Invisible
COBARDE
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COBARDE
Se dio la vuelta, dejó la tiza y se quedó allí de pie, delante de todos nosotros.
—He pensado que, a partir de hoy, todos los días vamos a dedicar los primeros minutos de la clase a analizar una palabra. Empezaremos por esta: cobarde.
Todos estábamos sorprendidos, todos nos quedamos callados.
—Vamos a ver qué pone el diccionario. Aquí está, la primera acepción de cobarde es: «Persona sin valor ni espíritu para afrontar situaciones peligrosas o arriesgadas». Pero también hay otra: «Que perjudica o hace daño de forma encubierta por carecer de valor». Bueno, ¿alguien se atreve a hacer una frase con esta palabra? Venga, tú —le dijo a una chica que se sienta en la primera fila—, dime una frase.
—Pues… a ver… Fue un cobarde porque no se atrevió a subir a la montaña rusa.
—Bien, está bien, es una frase coherente con el significado de la palabra. ¿Y alguien sabe cuál es el antónimo de cobarde? ¿Todos sabéis lo que es un antónimo, no? —se oyeron risas—. Pues va, ¿quién me lo dice?
—Valiente —gritó uno de mis compañeros.
—Perfecto —contestó la profesora—. ¿Y alguna frase con la palabra valiente?
—Fue un valiente porque se subió a la montaña rusa —dijo otro y todos comenzaron a reír.
—Sí, ya, ya, siempre a lo fácil, verdad —le contestó—. Mirad, el lenguaje a veces es confuso y muchas veces no sabemos bien dónde está el límite entre dos palabras, por ejemplo entre valiente y cobarde. Por eso siempre es tan importante el contexto, todo depende del contexto.
»Por ejemplo, imaginemos que hay un guerrero alto, fuerte, que lleva toda la vida entrenando para pelear y que tiene la opción de acabar con un dragón que está atemorizando a un pueblo. Supongo que si lo hace, todos diríamos que es un valiente, ¿no?
Y se escuchó un sí generalizado en la clase.
—Pero imaginemos que a ese guerrero, al ver al dragón le entra miedo y sale huyendo de allí, eso sí, como tiene que demostrar su fuerza con alguien, decide pelear con un enemigo más débil, por ejemplo una ardilla.
En ese momento se escuchó un «oh» en la clase.
—¿Verdad que entonces ya no nos parecería tan valiente?
A esa pregunta no contestó nadie. Supongo que porque todos sabíamos ya quién era el guerrero.
—Mirad, el mundo está lleno de guerreros, el problema es que valientes hay muy pocos y en cambio cobardes hay por todos lados: en la calle, en el trabajo, en el instituto, incluso podríamos encontrarlos en esta misma clase —y después de decir eso la profesora cambió de tema—. Bueno, y ahora sigamos con el libro, ¿por qué página íbamos?
Todos abrimos el libro sin decir nada, aunque todos sabíamos quién era el guerrero cobarde, quien era la ardilla, y desde hacía unos días, también sabíamos quién era el dragón.
MM permanece en silencio, sabe que, aunque nadie se atreva a mirarle, ahora mismo todos están pensando en él, en el guerrero cobarde que ataca a la ardilla.
Mira con rabia la espalda de esa profesora que lo está dejando en ridículo delante de todos y se da cuenta de que hoy ella lleva una camisa abierta por detrás, una camisa que deja al descubierto la cabeza de un dragón que no para de observarle.
Se fija ahora en uno de los asientos de delante: la ardilla. ¿Así que cobarde? Cuando te coja ya veremos quién es el cobarde, se dice a sí mismo.
Lo del otro día en el parque salió mal, pero sabe que hay muchos más días, muchísimos, para volver a intentarlo, para hacer que esa ardilla se vuelva pequeña, invisible.
Kiri escucha con atención la historia mientras dibuja en su libreta la pelea entre un pequeño guerrero y una ardilla gigante que intenta comérselo. De momento solo es capaz de luchar contra MM así, a través de los dibujos.
En cada clase mira al chico avispa preguntándose dónde está todo lo que han perdido: por qué ya no quedan nunca, por qué ya no hablan, por qué no tienen contacto ni a través del móvil…
A veces mueve la boca en silencio, formando palabras en el aire con sus labios, imaginando que, de alguna forma, llegarán hasta ese chico que poco a poco va desapareciendo… si supieras lo que a escondidas te quiero.
Ya solo puede verlo en clase, cuando está en su silla, mirando hacia la nada, viviendo ausente. Después, cuando llega el recreo, cuando acaban las clases, le da la impresión de que su amigo se va apagando entre la gente.
Nadie le ve, nadie le mira tampoco, nadie se da cuenta de que hay una vida que se va difuminando lentamente.
Al menos ahora hay una persona que está intentando hacer algo, al menos esa profesora está haciendo lo que puede, pero ¿y ella? ¿Qué está haciendo ella? Esa es la pregunta que siempre la hace mirar hacia otro lado, la que consigue que todas sus pulseras se queden en silencio.
Aquella historia iba por mí, estaba claro quién era la ardilla y quién era el guerrero. Lo que no tenía yo tan claro es si aquello iba a ayudarme o no.
De todas formas ya no me preocupaba, yo ya tenía mi superpoder, ahora solo hacía falta mejorarlo. Cada día probaba y probaba, y cuanto más probaba mejor me salía: cada vez era capaz de ser invisible durante más tiempo y delante de más gente.
Lo del parque me volvió a pasar dos veces más. Pasó más o menos lo mismo que la primera vez: ellos vinieron a por mí y yo me quedé quieto. Cerré los ojos, me concentré y cuando los abrí habían pasado de largo.
En el instituto también iba mejorando todo, por ejemplo, en el recreo me acurrucaba en un rincón y conseguía desaparecer durante esa media hora.
Ya me había acostumbrado a andar por la calle sin tener que preocuparme por nada. En cuanto salía del instituto me metía en un garaje cercano, ahí me agachaba sobre mí mismo, me concentraba todo lo que podía y salía de allí siendo invisible. Nadie iba a molestarme hasta que llegase a casa.
Pero aun así a veces había fallos, no siempre salía todo bien, por eso empecé a observar más detenidamente a mis compañeros, quería averiguar quién era capaz de verme y quién no. Yo sospechaba que algo extraño pasaba con mi poder, pues no era invisible para todos a la vez: había gente que podía verme y gente que no. Y eso es lo que tenía que averiguar, cuál era la razón por la que los que me querían pegar a veces me veían y los otros, los que me podían defender, casi nunca lo hacían.
Uno de esos fallos ocurrió un día en el parque, me había confiado tanto que no me di cuenta de que alguien me había estado siguiendo.
Mientras caminaba por la avenida principal del parque noté que alguien se acercaba por detrás. Al principio no le di importancia, pues era normal que la gente se acercase a mí sin saber que yo estaba ahí, ya que no podían verme.
Ese era otro de mis poderes, con el tiempo había conseguido sentir las presencias de la gente sin ni siquiera verlos. Todos los ataques, golpes… habían hecho que desarrollara ese superpoder.
Pero aquel día la presencia me puso una mano en el hombro. Y mi corazón comenzó a latir muy fuerte, muy rápido.
Estuve unos segundos sin saber qué hacer, pero al final me di la vuelta.
Y allí estaba, enfrente de mí, mirándome a los ojos.
—¿Tienes un momento? —me preguntó.
—Sí, sí… —comencé a temblar—, ¿para qué?
—Solo será un momento, vamos a ese banco…
—Vale…
Y allí, en la intimidad de un banco, una extraña pareja va a tener una de las conversaciones más importantes de sus vidas.
Para él porque es la primera vez que va a hablar de sus miedos con alguien que no sea su hermana pequeña, para ella porque hace demasiado tiempo que no le cuenta a nadie los suyos.
Tras unos minutos iniciales en los que ninguno de los dos se atreve a decir nada, poco a poco van apareciendo las palabras, y los sentimientos, y van abriendo sus mentes, y al poco lo harán también sus corazones, porque es ahí donde realmente se encuentra todo lo que necesitan decirse.
Es al rato, después de haber encontrado la confianza necesaria, después de haber hablado de temas triviales, cuando él decide preguntar algo que lleva demasiado tiempo en su mente:
—¿Por qué me cambiaste la nota?
—¿Yo? —le contesta ella, extrañada—. No, yo no cambié la nota, yo puse la nota correcta, fuiste tú quien cambió las respuestas, quien hizo el examen de otra forma.
Él se queda en silencio, sin saber qué decir.
—Sabes… —comienza de nuevo ella con delicadeza—. Sé cómo te sientes, sé lo que te está pasando…
—¿Lo sabes? —contesta sorprendido—. ¿Cómo, cómo puedes saberlo?
—Porque a mí me ocurrió lo mismo —le contesta.
Es en ese momento cuando al chico le cambia la expresión de la cara y se le dibuja una sonrisa en el rostro.
—¿Tú también conseguiste ser invisible?
—¿Qué? —contesta extrañada una profesora que no entiende la pregunta.
—Sí, ¿que si tú también tuviste ese poder?
—¿Ese poder?
—Sí, como el mío.
Y mientras un chico comienza con alegría una explicación que durará varios minutos, hay una mujer a la que se le empieza a deshacer el cuerpo, como si estuviera hecho de papel y no parara de lloverle por dentro.
Escucha, y escucha, y escucha… hasta que el chico se desahoga, hasta que expulsa de su cuerpo ese gran secreto que llevaba en su interior desde hace tanto tiempo.
—¿Sabes? —le dice ella intentando sostener las lágrimas—, no eres el único que alguna vez ha sido invisible, hay mucha gente a la que le ocurre lo mismo que a ti, lo que pasa es que todos lo mantienen en secreto, nadie dice nada.
—¿Por qué? —le pregunta.
—¿A quién se lo has contado tú?
—A nadie…
—Mira —le dice la profesora mientras se da la vuelta y se levanta el pelo de su nuca—. ¿Sabes lo que es?
—¿Parece la cabeza de un dragón?
—Sí, es un dragón, pero este es un dragón muy especial.
—¿Por qué?
—Porque este dragón apareció cuando yo quería desaparecer, él vino para darme la posibilidad de volver a ser visible. Durante años yo no quería que nadie me viera sin camisa, no quería ir a la piscina, ni a la playa… —durante muchos años, piensa, pero eso ya no se lo dice al chico, tenía pánico a estar desnuda delante de alguien, si alguna vez conocía a un chico y nos íbamos a la cama, tenía que ser con todas las luces apagadas, casi no dejaba que me tocasen, casi no dejaba que me abrazasen…—, no soportaba la idea de que nadie me viera la espalda. Hasta que un día me armé de valor y nació este dragón.
Y en ese momento, allí, en el parque, delante de todo el mundo, la profesora se da la vuelta, se levanta la camisa por detrás y le enseña su dragón, completo.
—Quiero que lo mires bien, no te quedes solo en el dibujo, mira todo lo demás, todo lo que lo rodea y, sobre todo, observa todo lo que oculta.
El chico permanece callado, mirando una espalda ajena que a la vez es la suya.
Y allí, ante el silencio de un chico que no sabe qué contestar, es ella la que le anima, la que le insiste en que le cuente todo lo que le ha estado ocurriendo, la que le pregunta por qué no ha dicho nada a nadie…
Y es allí, ante la sorpresa de una profesora que no se espera esa reacción, donde un chico le contesta que él no tiene ningún problema desde que es invisible, que, simplemente, cuando ocurre algo que no le gusta, él desaparece y así la gente deja de verlo.
Durante los siguientes días una profesora intenta, a través de palabras, parar de alguna forma los golpes. El problema es que esos golpes son, también, cada vez más invisibles: duelen igual pero no dejan marca.
Intenta evitar también un aislamiento que al final puede convertirse en el peor de los castigos, a pesar de que quien lo recibe intente convertirlo en algo bueno: en un superpoder.
Ella lo sigue intentando, en cada clase, con las palabras, con las ideas, con los ejemplos, incluso el otro día con un cuento, un cuento que dejó a todos los alumnos en silencio.