Invisible

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EMPOLLÓN

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EMPOLLÓN

Esa fue la palabra que escribió en la pizarra, pero aquel día no hubo risas, solo silencio.

—Veamos, ¿alguien se atreve con una definición de esta palabra? —preguntó la profesora.

Pero nadie decía nada.

—Venga, Sara, tú misma, dime una frase.

—Bueno… pues… Él sacó la máxima nota porque era un empollón —dijo.

—Bien, bueno… podría valer, alguna más, a ver tú…

—Él nunca salía los fines de semana porque era un empollón.

—Vale, a ver, otra más por allí.

—Él siempre aprueba todo sin esforzarse porque es un empollón.

Ahí, en la tercera frase me di cuenta de que todas comenzaban por un él, no con un ella, y yo sabía que ese él era yo.

—Bueno —contestó la profesora—, esa última frase no es del todo correcta, ahí tenemos un problema de significado —dijo mientras cogía el diccionario.

—Mirad, os voy a leer la definición, a ver si así detectáis dónde está el error. Empollón: «Persona que estudia mucho y se distingue más por la aplicación que por el talento».

—Es decir —continuó—, un empollón no es alguien que sea listo por naturaleza, sino alguien que se esfuerza mucho por ser listo, y eso es muy distinto. ¿Qué pensáis que es más importante: el esfuerzo o el talento? A ver, levantad las manos. ¿Esfuerzo?

»Y ahora, ¿talento?

La votación quedó más o menos igualada, yo no levanté la mano en ninguno de los dos casos.

—Veréis —continuó la profesora—, si yo tuviera que elegir, elegiría una persona que se esforzara, porque conozco muchas personas con talento pero que son más vagos que un palo de escoba, en cambio la mayoría de la gente que se esfuerza suele conseguir siempre buenos resultados.

»Pero no nos desviemos del tema, vamos a trabajar esta palabra, y, sobre todo, vamos a analizar cómo la utilizamos, pues generalmente es de forma despectiva, ¿a que sí?

—A ver, ¿cuántos de aquí tienen móvil?

Y ante esa pregunta casi toda la clase levanta la mano.

—Bien, ¿qué tipo de personas pensáis que han desarrollado la tecnología necesaria para que todos vosotros os estéis gastando el dinero en esos aparatos? ¿Quiénes creéis que se han enriquecido mientras vosotros estáis suplicando dinero a vuestros padres para aumentar el saldo? ¿Quién gana dinero mientras vosotros perdéis el tiempo haciendo selfis?

»¿Quién utiliza Google? ¿Quién utiliza WhatsApp? ¿Quién tiene una bici, una tableta, un ordenador…? ¿Quién se ha subido alguna vez a un tren, a un avión o a un ascensor?

»Tenemos todas esas cosas gracias a que en su día hubo empollones que lo hicieron posible, personas que con o sin talento se esforzaron por estudiar, por investigar, por aprender, por dar un paso más que los demás… Cuando cogéis una moto, una bici, cuando cruzáis un puente, cuando compráis algo por internet, cuando encendéis una bombilla, cuando utilizáis el GPS para guiaros, cuando jugáis a la consola, cuando os hacéis una foto… todo eso es posible gracias a los que llamamos “empollones”, de hecho toda vuestra vida depende de ellos.

En ese momento la profesora hace una pausa y solo se oye el silencio, muy pocas veces una clase ha tenido a sus alumnos tan concentrados.

—Supongo que muchos de vosotros habéis subido a un avión, ¿verdad? Seguro que no os gustaría mucho que el piloto fuera uno de esos que en el instituto sacaba las peores notas, que no sabía hacer nada, que le daba todo igual… ¿a que no? A que os gustaría que el piloto estuviese muy preparado, y si es el mejor preparado de su promoción, mejor, ¿a que sí? Pues cada vez que conozcáis a un empollón pensad lo mismo de él, que seguramente será quien en un futuro pilote vuestra vida.

»Y después está el resto, el rebaño de ovejas, los consumidores, los que ahora de jóvenes se ríen de los empollones pero que después se pasarán trabajando quince horas al día en una pizzería o una hamburguesería por un sueldo de mierda.

»Bueno, y también están los otros, los que piensan que sin hacer absolutamente nada serán famosos y ricos; los que su mayor aspiración simplemente es ser famosos, o esos que creen que su futuro es ser youtuber porque está de moda.

Y en ese momento la profesora comienza a reírse.

—¿Alguno de esos ha pensado qué pasará el día en el que YouTube diga que va a reducir lo que paga por visita, o que directamente lo reduzca a cero? ¿Qué hará toda esa gente que sin tener ni idea de nada se dedica a comentarlo todo? ¿Hablarán con el espejo?

Ahí para de hablar y se queda mirando a toda la clase.

—¿Sabéis una cosa, chicos? Esto del instituto son solo cuatro años, quizá más para algunos —y es ahí cuando MM se revuelve en su silla—, pero después os queda el resto de vuestra vida, y eso es mucho mucho mucho tiempo, ¿qué haréis después?

Silencio de nuevo.

—Después tenéis toda la vida, y eso son muchos años, para elegir si queréis pasarla trabajando para otros por un sueldo de mierda o no. Os aseguro que aunque ahora os riais de los empollones, no será nada comparado con lo que se reirán ellos de vosotros dentro de unos años.

»Os deberíais preguntar quiénes suelen ser las personas más ricas del planeta. No son las que se pasan el día tumbados en el césped, o las que están todo el día mirándose al espejo a ver cómo les han quedado las uñas o las mechas nuevas, ni las que pierden horas enganchadas al móvil, ni siquiera las que tienen talento y lo desperdician, no, no son esas las que se hacen ricas.

»Por eso, antes de reíros de una persona que estudia, que quiere ser algo, que quiera aportar algo a la sociedad, pensad en quién os curará cuando estéis enfermos, quién os salvará la vida cuando un parto se complique, cuando tengáis un accidente…

Y es en ese momento cuando, sin verlo, MM sabe que el dragón va a ir a por él, que le va atacar sin piedad.

Y es en ese momento cuando la profesora nota que algo se mueve en su espalda, sabe que va a tomar el control de la conversación.

Y ambos, MM y profesora tiemblan porque no saben lo que va a decir el dragón, ¿hasta dónde va a ser capaz de llegar con toda la información que tiene?

—Por ejemplo, Sara —pregunta el dragón—, cuando te caíste y te rompiste la pierna, ¿quién te curó, quién te operó, quién diseñó el aparato con el que te hicieron la resonancia…? O tú, Marcos, cuando tu hermanita nació casi sin peso, ¿quién ayudó a tu madre a dar a luz, quién inventó la incubadora que ha conseguido que tu hermana esté viva y sana?, o tú, Sandra…

Y MM en ese momento se da cuenta de que el dragón está volando sobre todos los alumnos pero con un objetivo claro: él.

En apenas unos minutos sus temores se hacen realidad, no hay nombre, solo una historia, su historia. Y es entonces cuando MM se pregunta cómo el dragón sabe eso, cómo se ha enterado de lo que ocurrió hace tanto tiempo.

—O imaginaos —continúa el dragón— que un día vais en coche con vuestros padres y el coche se sale de la carretera en plena noche…

«El coche se salió por algo», piensa MM.

—… Y tenéis un accidente, uno de los graves, de esos que os pueden costar la vida, la vuestra o la de todos los que van en el coche.

«La de todos no, solo la mía», se dice a sí mismo MM.

—Y es tan grave el accidente que os llevan al hospital para operaros a vida o muerte, pues un trozo del coche se os ha clavado en algún punto de vuestro cuerpo…

«En cualquier parte no, en el pecho, justo encima del corazón».

—Y afortunadamente la operación sale bien, pero os toca estar ingresados mucho tiempo en un hospital en el que os hacen todo tipo de pruebas.

«Mucho mucho tiempo, dos meses fueron, recuerda el chico de nueve dedos y medio. Dos meses ingresado en el hospital sin saber por qué estaba yo allí, sin haber hecho nada, sin…». Y es ahí cuando nota por primera vez que se le humedecen los ojos.

—¿Os imagináis que el doctor que os tiene que operar no estuviera ahí porque de pequeño no paraban de llamarle empollón?, ¿os imagináis que os toca el doctor más vago de su promoción?, o lo que sería ya total, pero que podría pasar algún día… ¿os imagináis que el doctor que os va a salvar es el mismo al que de pequeños vosotros insultabais por estudiar mucho?

»Nunca subestiméis el destino y, sobre todo, nunca os riais de alguien que el día de mañana puede salvaros la vida.

Y en ese momento MM ya no está allí, su mente ha volado hacia el pasado, hacia todos aquellos días en los que un pequeño de siete años permanecía día tras día en una cama sin entender nada…

Muchos años atrás, también en un hospital

Un niño de solo siete años se despierta cada mañana sin saber por qué tiene que respirar a través de un tubo, por qué le dan tantas pastillas y, sobre todo, sin saber por qué tiene vendada la mano. Por eso le pregunta a su madre.

—Mamá —le dice sin poder mover casi el cuerpo—, ¿por qué estoy aquí?

Y es en ese momento cuando la mujer no aguanta más y comienza a llorar, allí, delante de él. Cuando desearía desaparecer, cuando el dolor es tan intenso que le gustaría morir allí mismo si con eso pudiera volver al pasado, si con eso pudiera arreglar lo ocurrido…

MM reconoce que ha perdido, que el dragón ha jugado sucio, que hay cosas que no deberían saberse. Que hay recuerdos que deberían permanecer en la intimidad de uno mismo.

Se levanta y, sin decir nada a nadie, sale de clase.

El dragón lo ve, la profesora lo ve, el chico invisible lo ve, todos sus compañeros lo ven… pero nadie dice nada.

Un chico con nueve dedos y medio entra furioso en el baño y comienza a golpearlo todo: la puerta, la pared, el espejo… y es en el interior de esa furia cuando nota que algo ha crujido en su mano: le sale sangre de uno de sus nudillos.

Mete la mano bajo el agua del grifo y comienza a llorar. Es una mezcla entre rabia, impotencia y odio.

El accidente ocurrió hace muchos años, cuando él era muy pequeño, pero se acuerda absolutamente de todo, es como si la mente marcara a fuego algunos recuerdos. La discusión de sus padres incluso antes de entrar al coche: ella, su madre, insistiendo que en su estado no debería conducir; él, su padre, asegurando que por cuatro copas no iba a pasar nada.

Y así, entre gritos, un niño de apenas siete años es colocado en la parte de atrás del coche sin que nadie le dé la opción a opinar.

Y el coche arranca, y la discusión continúa: las lágrimas de ella, los gritos de él. Y entre ese huracán de emociones, un niño que tiene miedo pero no sabe de qué llora en una situación que no entiende, porque a esa edad aún no alcanza a comprender qué relación tienen las palabras copas y coche.

A los pocos minutos un volantazo avisa de que lo peor aún está por venir: el coche invade el carril contrario, otro que viene de frente le hace las luces y consigue esquivarlo. Gritos de su madre, gritos de su padre, lágrimas de un niño que quisiera salir de allí pero que al ser una vida tan pequeña se da cuenta de que no tiene capacidad de decisión.

Y al rato la calma, ese silencio que siempre precede a la desgracia.

Otro volantazo, el que los saca de la carretera.

Y un niño al que nada le sujeta a su asiento nota cómo empieza a volar en el interior de un coche. Sus pequeños ojos observan cómo todo su alrededor gira.

Y es en ese volar sin ancla cuando de pronto siente un pequeño dolor en su mano, pero no será ese el peor dolor que sufra, no, será el que viene a continuación, el de un trozo de metal que se le clava en el pecho, justo al lado del corazón.

Y silencio.

Y gritos de una madre desesperada al ver la sangre salir del pecho de su pequeño.

Y el hundimiento de un padre que permanece arrodillado en el suelo, sujetando entre sus brazos la vida de un niño que se le escapa entre los dedos.

Nadie tenía esperanzas en que un cuerpo tan pequeño y con tanto daño saliera adelante, nadie excepto el médico que lo operó, que tomó el control de todo, uno de los mejores le dijeron después, una de esas personas que no había hecho otra cosa en su vida que estudiar y prepararse para eso… para salvar vidas.

Y el niño sobrevivió, con una gran cicatriz en el pecho y medio dedo menos, pero sobrevivió.

Y sobrevivió, lo piensa ahora, gracias a alguien como el chico tomate.

Fue a partir de aquel momento cuando sus padres, para compensar el sentimiento de culpa, comenzaron a darle todo lo que quiso.

Fue también a partir de entonces cuando su padre se alejó de él. Cada vez jugaban menos juntos, cada vez había menos abrazos, menos besos, menos cuentos por la noche…

Algo que el niño nunca entendió, porque con siete años no se puede tener rencor, con siete años uno quiere a sus padres aunque no cuiden de él, aunque no sean los mejores padres del mundo… aunque casi le maten con el coche. Es lo que tienen los niños tan pequeños: que fabrican continuamente amor sin condiciones.

Con el tiempo su padre se ha ido alejando tanto de él que ya hay días en los que parece que viven en universos distintos.

«¿Por qué?», se ha preguntado tantas veces. Quizá por vergüenza, quizá porque nunca se ha perdonado lo que hizo, quizá porque cada vez que observa a su hijo él solo ve culpa.

Y MM llora en la intimidad lo que jamás se atrevería a llorar en público, y se sienta en el suelo, bajo el lavabo, y deja que su cabeza caiga entre sus piernas; es ahora cuando ese chico desearía que entrara el dragón en el baño y le abrazase, aunque le quemase, aunque le clavase las uñas en la piel… porque incluso los villanos necesitan de vez en cuando un abrazo.

Es en ese momento cuando algo se mueve debajo de esa cicatriz que tiene en el pecho.

Aquel día de la palabra empollón me di cuenta de que no era tan grave mi defecto, que la profesora tenía razón, que quizá eso de ser un empollón no era tan malo.

Aquel día también pasó algo raro con MM. Salió de clase para ir al baño y ya no volvió, ni a esa clase ni en todo el día, ni tampoco al día siguiente, ni al otro. Dijeron que se había dado un golpe muy fuerte en la mano y que tenía algo roto.

Así que los siguientes días fueron tranquilos. De todas formas yo ya había perfeccionado tanto mi poder que podía pasarme el día entero sin que nadie me hablara, sin que nadie me tocara, sin que nadie me viera.

¡Lo había conseguido! Estaba feliz. Era capaz de controlar cuándo quería ser invisible, y ya siempre funcionaba.

Por eso fue tan raro lo que pasó a los pocos días…

Un chico con nueve dedos y medio, y ahora uno de ellos roto, está en casa pensando en el momento adecuado para hacer lo que nunca se ha atrevido.

Es complicado, por eso le cuesta tanto, porque algo así solo puede hacerlo un valiente y quizá él, en el fondo, sí que es un cobarde.

Al tercer día de estar en casa ya no puede más y sale a la calle, sabe que a esa hora más o menos atravesará de vuelta el parque, que estará solo. Mejor así, no quiere testigos.

Se espera escondido tras un árbol, sabe que si lo ve echará a correr, por eso quiere hacerlo por sorpresa.

A los pocos minutos lo ve: el chico avispa llega con la cabeza mirando al suelo, como si estuviera contando sus propios pasos, como si estuviera viviendo en otro mundo.

Deja que pase y se coloca detrás de él, a unos diez metros. Y entonces le llama:

—Sheee.

Ese sheee llega como un huracán de recuerdos a un chico que revive todo lo sufrido desde aquel primer día en el que dijo NO.

Y tiembla de nuevo.

Y tiene otra vez miedo.

Y no entiende qué ha fallado, ¿por qué justamente en ese momento ha vuelto a ser visible?, ¿qué es lo que ha hecho mal?, en qué momento se ha desconcentrado.

Nota, gracias a sus poderes, una presencia en su espalda, a apenas cinco metros, calcula.

Duda entre si girarse o echar a correr.

Decide por una vez enfrentarse a él y se gira, y se quedan allí, héroe y villano frente a frente.

Y su mente se llena de recuerdos: los empujones, las zancadillas al entrar y salir de clase, los escupitajos en la espalda, su cabeza en el interior del váter, la caca de perro que le metieron en la mochila, el vídeo de la avispa, sus fotos volando por las redes sociales, el rostro de Kiri diciéndole cobarde a la cara, las noches sin dormir, las mañanas en las que ha mojado la cama… y es ese último recuerdo el que ahora mismo hace que se junte todo el miedo en su cuerpo y, sin quererlo, se escape en forma de líquido: se mea encima.

El villano mira fijamente cómo va creciendo una mancha oscura en los pantalones del chico tomate, una mancha que hace visible todo el sufrimiento que el héroe lleva dentro.

Un héroe que, de pronto, mira instintivamente a todos lados. Sospecha que los amigos de MM estarán por ahí, escondidos, grabándolo todo. Grabando el momento en el que un chico se acaba de mear encima sin que nadie le haya hecho nada.

Mira de nuevo a MM y sale de allí corriendo.

MM se ha quedado de pie durante varios minutos en el parque, observando cómo el chico avispa huía sin motivo, sin saber qué ha ocurrido. No le ha hecho nada, no le ha tocado, ni siquiera le ha hablado. No entiende qué ha pasado, quizá porque aún es demasiado joven para comprender que no se pueden quitar los agujeros de una flecha que ha atravesado tantas veces un cuerpo.

Se da la vuelta, mira a todos lados, nadie ha visto nada, mejor así.

Un chico llega a casa arrastrando una derrota tan larga en el tiempo que le pesa más que su propio cuerpo. Sabe que el dolor puede asumirlo ya sin problemas, se ha llenado tanto que al final se ha hecho inmune, pero la vergüenza… eso es otra cosa. Eso siempre le ha hecho naufragar.

Y ahora, justamente ahora que parecía haber conseguido ser invisible, piensa que va a ser más visible que nunca.

Se imagina que en unos minutos, quizá ya mismo, ese vídeo lo estarán viendo todos sus compañeros de instituto. Un vídeo que, imagina, no se quedará solo ahí, que llegará también a los amigos de sus compañeros y a los amigos de los amigos, y a los amigos de los amigos de los amigos… y así hasta el infinito. Serán miles y miles las personas que verán cómo se ha meado encima.

Sube a su habitación, tira la mochila y se lanza sobre la cama. Y allí llora un cuerpo sobre el que ya no caben más castigos. Lleva ya demasiado tiempo rodeando precipicios, haciendo lo imposible por aguantar el equilibrio en un mundo repleto de enemigos, con los pies cada vez más lejos del suelo… con los pies cada vez más cerca del abismo.

Vuelve a pensar en el vídeo, no puede dejar de hacerlo, y se lo imagina llegando también a un móvil muy especial, al móvil de una chica con muchas pulseras. Y se la imagina también tumbada sobre su cama, abriendo un enlace que le acaba de llegar. Se la imagina viendo cómo se mea encima, sin razón aparente, solo por miedo. Y se la imagina riéndose, riéndose de él, se imagina su risa de desprecio, se imagina… Es lo que tiene la mente, que puede causar un dolor infinito basándose en la nada.

Tiene muy claro que no va a volver al instituto, no sabe muy bien cómo lo hará, pero no va a volver.

Se levanta.

Entra en el baño sin encender la luz.

Se quita la ropa.

Se ducha dejando caer las gotas sobre su espalda.

Se seca lentamente, a oscuras, así no tendrá la oportunidad de mirar su cuerpo desnudo en el espejo.

Esconde el pantalón entre la ropa sucia para no tener que responder a ninguna pregunta.

A los pocos minutos llegan sus padres y su hermana, una niña que lo primero que hace cada día nada más entrar en casa es subir corriendo a verlo.

—¡Vamos, a cenar! —se oye al rato desde la cocina.

Bajan por las escaleras despacio, ella de su mano, él observando bien todos los detalles de una casa que quién sabe si puede olvidar mañana.

Mientras cenan se oyen truenos lejanos.

—Mamá, ¿qué es eso? —pregunta su hermana.

—Tormenta, pero no pasa nada, no te preocupes —contesta la madre.

Acaban de cenar, se ponen los pijamas, se lavan los dientes y, mientras él recoge su habitación, llega su hermana con una pequeña oveja de peluche en la mano.

—¿Puedo dormir contigo esta noche? Es que me da miedo la tormenta.

—Sí, claro que sí —contesta un chico que sigue pensando en el vídeo, en Kiri, en la vergüenza…

—Vale —le contesta con una sonrisa que vale un mundo.

Los dos se meten en la cama. Y es ahí cuando nuestro chico se dispone a comenzar una de las conversaciones más difíciles de su vida.

—¿Qué cuento me vas a contar hoy? —le pregunta su hermana mientras se acurruca junto a su pecho.

—El del niño al que nadie quería —le contesta mientras le tiemblan los ojos. Piensa que, con la luz apagada, ella no notará las lágrimas.

—¿Nadie lo quería?

—No, Luna, nadie lo quería…

Y llega ese momento en que la torre se tambalea, cuando uno ya sabe que no va a hacer falta ni siquiera el viento para tirarla porque va a caer sola.

—Pero yo sí que lo querría, seguro que sí que lo quieren…

—Tú sí, Luna, tú sí…

—¿Cómo se puede no querer a alguien? —pregunta una niña desde esa edad en la que aún sobrevive la inocencia.

Silencio.

—Luna, ¿sabes que te quiero mucho? —le dice mientras la aprieta entre sus brazos.

—Yo también, yo también te quiero mucho, muchísimo, supermuchísimo —le contesta ella colocándose poco a poco en posición fetal.

—Te querré siempre, Luna, siempre, eres lo más bonito que me ha pasado en la vida, ojalá la vida fuera esto, ojalá la vida fueras tú —le dice el chico mientras hunde su cabeza entre los pequeños brazos de su hermana.

—¿Por qué lloras? —le pregunta ella.

—Porque igual algún día ya no estoy aquí, contigo.

—Pero yo no quiero que te vayas, yo quiero que estés siempre conmigo… —le susurra en esa lucha contra el sueño que poco a poco comienza a perder.

—Ya lo sé, no te preocupes, siempre estaré contigo, siempre voy a quererte…

—Yo no quiero que te vayas, yo no quiero que… —Y por fin la niña cierra los ojos sin soltarle el dedo a su hermano. Duerme.

—Pero si no sirvo para nada —le susurra—, solo soy un estorbo, todo el mundo se ríe de mí, no entiendo para qué he nacido…

Y la abraza.

Y así, juntos, rostro contra rostro, desaparecen.

Ella sintiéndose feliz, segura, querida.

Él sintiéndose nada.

A la mañana siguiente me desperté pronto, y ella seguía allí, a mi lado, con su mano agarrándome el brazo. Me levanté con cuidado para no despertarla, encendí la luz de la mesita y me asomé a la ventana: seguía lloviendo y parecía que no iba a parar en todo el día.

Comencé a mirar los pósteres que tenía en las paredes, las estanterías llenas de cómics, el armario con tantas y tantas fotos… no sé por qué de alguna forma quería memorizarlo todo… por si acaso no volvía a verlo.

Al rato sonó el despertador de mis padres.

Aquella mañana, mientras Luna y yo estábamos desayunando, me di cuenta de que por lo menos en casa aún seguía siendo invisible, no había perdido mi poder.

Es su padre el que, como casi siempre, se despide con prisas, con un hasta luego que no llega a nadie. Ni siquiera se da cuenta de que ha estado más tiempo buscando las llaves del coche que hablando con su hijo.

Es curioso la importancia que puede tener este tipo de detalles después, cuando ya es tarde, cuando uno vuelve a casa y se da cuenta de que no puede recordar su rostro. Casi siempre actuamos como si todo lo que nos rodea fuera a estar ahí siempre, en lugar de vivir cada momento como si fuéramos a perderlo todo al día siguiente.

Cuando su padre ya no está es cuando comienza a observar detenidamente a su madre. Una mujer que va de aquí para allá, preparando todo para su hermana, buscando la bolsa para su trabajo, intentando dejar la cocina lo más recogida posible…

Una madre que, tras coger a Luna, sale de casa sin apenas prestarle atención, sin darse cuenta de que hay un cuerpo delante de ella que está desapareciendo entre los muebles. Y así comienza una mañana que va a ser muy distinta a todas las demás.

Ya se habían ido todos, estaba solo en casa.

Aquel día no tenía prisa, no iba a ir al instituto, no iba a volver nunca. Durante toda la noche había estado pensando en todas las opciones, la primera que se me ocurrió fue quemar los libros y los apuntes. Así por lo menos ya tenía un motivo para no ir.

Subí a mi habitación, cogí la cartera y metí en ella todo lo del instituto. Cogí también el móvil y un mechero.

No sé por qué pero fui a la habitación de Luna, estuve un rato mirando su cama, sus muñecos, sus libros… y de pronto la vi, sobre la mesa. La cogí y la metí como pude en la cartera.

Bajé a la cocina, apagué las luces y salí a la calle, seguía lloviendo.

Estuve a punto de volver a entrar para coger el paraguas pero pensé en lo absurdo que sería ver un paraguas volando solo por la calle, sin nadie debajo que lo sostuviera.

Mientras caminaba pensaba otra vez en mis opciones. Estaba hecho un lío. Sabía que lo de MM había sido un fallo, un fallo de concentración seguramente. Es verdad que durante las últimas semanas había sido visible en algunos momentos del día: en clase, en casa cenando con mis padres, el día que fui a la tienda a comprar… pero en todos esos momentos había sido visible porque yo había querido serlo. Y también es verdad que durante las últimas semanas siempre que había querido ser invisible también lo había conseguido. Tenía claro que con la única persona que no funcionaba aquel poder era con mi hermana, pero ¿y si ahora tampoco funcionaba con MM? ¿Y si estaba empezando a perder mi poder? ¿Y si el veneno de las avispas estaba dejando de hacer efecto?

Aunque también había otra explicación. Me había dado cuenta de que la única persona que siempre podía verme era mi hermana, justamente la persona a la que más quería, entonces… por esa misma regla, quizá la persona a la que más odiaba, MM, también podía verme.

Tenía que averiguar si lo de MM solo había sido un error mío, por no estar concentrado, o si de verdad estaba perdiendo mi poder… porque si era eso último…

Empezó a llover más fuerte y yo a correr más rápido, hasta que llegué al muro. Lo salté y seguí corriendo hasta que me metí en el túnel lo más rápido que pude.

Me quité la mochila y saqué todo lo que había dentro.

La oveja de peluche de mi hermana la dejé en una pequeña repisa junto a las demás cosas, no sabía muy bien por qué la había cogido, era como tener un trocito de ella allí.

Cogí el mechero y pensé que la mejor forma de no volver a las clases era quemándolo todo: los libros, las libretas, los apuntes, la cartera…

Al principio me costó un poco porque la mochila estaba mojada, pero no los libros, así que metí todos los papeles de nuevo dentro y ahí les prendí fuego. La mochila empezó a derretirse delante de mí.

Miré también a la pared del túnel, todo lo que había allí: los papeles, la lista, los dibujos… todo lo que había ido coleccionando durante los últimos meses.

¿Y ahora qué?

Bueno, ahora tenía que descubrir si solo había sido esta vez o si de verdad estaba perdiendo mi poder para ser invisible. Y había una forma de saberlo, solo tenía que esperar.

Suena el timbre en el instituto y todos los alumnos entran corriendo, sin orden ni control… es lo que ocurre cuando llueve, que parece que se acaba el mundo.

Ya en el interior del edificio cada uno va a su clase a la espera de que comience un día más.

En una de ellas, la segunda a la derecha en el piso de arriba, una profesora entra y saluda a todos sin fijarse demasiado en las ausencias. Coge la tiza y se dispone a poner en grande la palabra del día cuando el dragón se da cuenta de que hay una silla vacía en el aula. Y por eso se mueve, y por eso le duele la espalda a una profesora que se gira para descubrir la ausencia.

—¿Alguien sabe por qué no ha venido?

Pero nadie dice nada.

Se da la vuelta extrañada y comienza de nuevo a escribir la palabra. Escribe la I, la N, la V, la I… y justo cuando va a escribir la siguiente letra el dragón se mueve de nuevo. Está inquieto, nervioso.

Deja la tiza, se gira y vuelve a mirar la silla vacía.

—Voy un momento a hablar con la directora, enseguida vuelvo —dice mientras deja allí, sobre la pizarra, una palabra que ya no terminará de escribir.

Un chico que ya no sabe si la gente puede verle o no abandona la protección del túnel hacia la respuesta que está buscando.

Camina como un equilibrista bajo la lluvia, intentando no resbalar sobre dos alambres paralelos. Avanza unos cuantos metros y elige un lugar bien visible, justo donde acaba la recta infinita, para demostrarse a sí mismo que aún es invisible.

Y se quedará allí, a la vista de todos, a la espera de que la respuesta a su pregunta venga a recogerlo.

El dragón entra como un huracán en el despacho de la directora para preguntar por el chico invisible, pero ella no sabe nada, nadie ha llamado para decir que no iba a ir a clase.

—Hay que avisar a los padres —le dice una profesora que cada vez está más nerviosa.

—Bueno, no creo que sea necesario, si tuviéramos que llamar a los padres cada vez que…

—Pero es el protocolo, hay que hacerlo —insiste ella.

—Bueno, pues haz lo que quieras…

Busca el teléfono, y llama.

Suena un móvil a varios kilómetros de distancia que nadie coge. Cuelga.

Llama ahora al otro teléfono. Un tono, dos, tres… y esta vez sí hay suerte. La madre lo coge.

Pero la conversación no soluciona la situación, sino todo lo contrario: tampoco sabe nada, no entiende por qué su hijo hoy no ha ido a clase.

Y a partir de ese momento llegan los miedos, las preguntas y las prisas. Es entonces cuando el dragón decide hacerse cargo de la situación, poniéndose al mando de un cuerpo que se ha bloqueado.

—Me voy a buscarlo —dice sin esperar respuesta.

—¿Qué? —protesta la directora—. Pero ¿dónde vas? ¿Estás loca? Tú lo que tienes que hacer es quedarte en clase, con tus alumnos, ahora tomaremos las medidas oportunas, pero tú tienes que…

Pero la profesora ya no está allí para escuchar nada, sabe que ella puede equivocarse, ella sí, pero el dragón no, el dragón nunca se equivoca.

Saca las llaves, abre la puerta del coche y comienza a conducir entre la lluvia y el miedo.

Sabe perfectamente dónde tiene que dirigirse, conoce el refugio del chico, el mismo lugar que ahora podría ser su tumba. No es la primera vez que le ha seguido, lo lleva haciendo hace ya mucho tiempo aunque él no se haya dado cuenta.

Lo lleva haciendo desde aquel primer día en el parque, cuando MM y sus amigos lo pillaron sentado en un banco e iban a pegarle. Aún recuerda la reacción del pobre chico. Lo único que hizo fue apretar los ojos y agacharse sobre sí mismo, puso la cabeza entre sus piernas simplemente esperando los golpes.

Unos golpes que nunca llegaron gracias a que ella apareció por el otro lado y cruzó la mirada con sus agresores. Fue en ese momento cuando MM y sus amigos decidieron seguir caminando como si no pasara nada, como si el chico invisible fuera de verdad invisible.

Lo intentaron varios días más, y en todas las ocasiones ella estaba allí.

Desde entonces le ha seguido casi siempre, por eso ahora mismo sabe dónde puede encontrarlo.

Continúa lloviendo sobre un cuerpo que se mantiene inmóvil. Sabe que queda poco, muy poco; aún no lo ve pero ya puede sentir el aliento de la respuesta bajo sus pies: un pequeño temblor que segundo a segundo se va haciendo más intenso.

Está convencido de que aún es invisible, quizá porque esa es la única esperanza que le anima a continuar en un mundo que no le quiere.

Está ahí, aún a mucha distancia pero ya es capaz de verlo: un pequeño punto que va creciendo conforme se acerca.

De momento silencio, eso es buena señal.

Continúa acercándose, continúa creciendo, y continúa el silencio. Sonríe.

Una sonrisa que de pronto se esfuma al escuchar el sonido de una bocina. Una bocina gigante que ocupa todo el alrededor, un pitido tan fuerte que parece como si una aguja le atravesara la cabeza de lado a lado.

«No lo entiendo, no lo entiendo, no lo entiendo», se dice a sí mismo. «No puede ser…».

Un coche va demasiado rápido a través de unas calles difuminadas por la lluvia. La mujer que lo conduce no puede apoyarse porque la espalda le quema como si hubiese fuego en el respaldo, por un momento piensa que el dragón se le va a salir del cuerpo.

Llega al lugar pero no sabe dónde aparcar, no hay sitio. «¡Da igual!», le grita un dragón que tiene más relieve que nunca. «¡Deja el coche ahí, sobre la acera!».

Y lo deja.

Y ambos —mujer y dragón— salen del coche en dirección al muro. Ella corriendo, él volando.

Una bocina continúa gritando sobre un chico que no puede creer lo que está pasando. Un cuerpo que se ha quedado bloqueado, inmóvil bajo una lluvia que parece querer sepultarlo allí mismo.

Una bocina que muestra dos realidades: la suya, la que él se ha imaginado en su cabeza, y la otra, la que todos los demás conocemos.

La primera es esa que le hace creer que después de meses siendo invisible, por alguna razón ha perdido su poder. Una realidad dura porque eso implicaría volver otra vez al principio: a los insultos, a los golpes, a las risas, a la violencia…

Y después está la otra realidad, la que todos sabemos pero él ni siquiera contempla: quizá es visible ahora porque siempre lo ha sido. Pero claro, eso sería admitir algo demasiado duro para un cuerpo tan frágil: significaría admitir que durante los últimos meses todo el mundo ha visto lo que le ocurría y nadie ha hecho nada para ayudarle. No, esa opción ni siquiera la contempla.

Diez segundos.

Continúa sonando la bocina —cada vez más fuerte, cada vez más cerca— sobre un chico que no se mueve.

Es la mente la que ha decidido tomar el control con la esperanza de desbloquear un cuerpo que se ha quedado inerte. Comienza enviando pequeños recuerdos de esa época en la que apenas existía el miedo: su infancia.

El olor a leña de la casa del pueblo; las monedas que su abuelo le sacaba de las orejas en cualquier momento; las partidas al parchís que misteriosamente casi siempre ganaba; los caramelos que su abuela siempre le daba a escondidas… Tumbarse sobre su padre en el sofá, haciendo coincidir su cabeza con el latido de él hasta que llegaba el sueño; el sabor de aquellos macarrones que hacía mamá los viernes; los castillos de arena que siempre acababa llevándose el agua; la cometa que se quedó enganchada en el árbol; los primeros días en la piscina; los cuidados que le dio su madre aquella vez que cogió una gripe tan fuerte que estuvo una semana en la cama; aquel ratón que después de perder un diente siempre le traía regalos demasiado grandes como para llevarlos encima; la sensación de flotar en los brazos de su padre cuando volvían tarde a casa y se había quedado dormido en el coche…

El problema es que, entre todos esos recuerdos lejanos, la mente no es capaz de filtrar otros más cercanos, más dolorosos: la sensación de impotencia ante aquel primer empujón; las risas de sus compañeros después de cualquier ataque, después de cualquier insulto; todos los bocadillos que acababan destrozados en el suelo; esas marcas en la espalda que ha intentado ocultar a todo el mundo; el olor de su propia orina en el cuerpo… son esos recuerdos los que mantienen el cuerpo bajo la lluvia, sin intención de moverse.

Ocho segundos.

La mente lo intenta de nuevo, sabe que cada vez queda menos tiempo para sobrevivir al impacto de la desesperación. Por eso, al ver que no ha funcionado lo anterior, busca en otra parte de los recuerdos hasta que cree encontrar la solución: el amor.

Y vuelven a llegarle imágenes a un cuerpo que continúa bloqueado en un limbo de ruido: el sonido de las pulseras cuando movía sus brazos; aquella tarde que, sin querer, rozaron sus manos; el primer beso en la mejilla; las pecas moviéndose por su cara cuando sonreía; los mensajes con sonrisas y corazones violeta; las miradas antes de despedirse; la felicidad al dormirse pensando en ella; el deseo que pidió en su último cumpleaños; esos dibujos que ahora están en la pared del túnel: el de la ardilla gigante luchando con el guerrero, el de esa pistola que apunta a dos iniciales MM… y ahí, de pronto, entran otros pensamientos: la palabra cobarde que ella le dijo un día a la vuelta del colegio; las conversaciones que ya no tenían; observarla desde lejos hablar con otros chicos… y, sobre todo, esa mancha en el pantalón que ahora mismo piensa que ella ya habrá visto, de la que ya se habrá reído.

Seis segundos.

Ya puede sentirla bajo sus pies, todo tiembla, es la muerte que viene a recogerlo.

Un dragón que acaba de volar sobre un pequeño muro continúa elevándose en el aire para tener una mejor perspectiva de lo que está ocurriendo.

Y de pronto lo ve: bajo la lluvia un cuerpo permanece inmóvil sobre las vías de un tren que está a punto de llevárselo por delante.

Sabe que jamás llegará a tiempo, y aun así despliega sus alas gigantes para volar lo más rápido posible, y grita, y escupe fuego, y rabia, y miedo…

Sabe también que no es el tren el que va a llevarse por delante la vida de ese chico, ni siquiera es MM el culpable; no, los que van a acabar con una vida que apenas ha podido estrenarse son todos los que han mirado pero han preferido no ver; también toda esa gente que ni siquiera ha querido mirar. Sabe que uno no es invisible si los demás no le ayudan a serlo.

Y aun así, aun sabiendo que no va a llegar a tiempo, el dragón continúa volando todo lo rápido que puede.

Cinco segundos.

La mente sabe que le queda una última oportunidad.

Cinco segundos es el tiempo límite para introducir los pensamientos adecuados, ya no puede fallar.

Cuatro segundos.

La mente tiene una idea, bueno, dos. La primera es introducir en el cuerpo una mentira, una mentira creíble entre todo ese universo de poderes que el chico se ha inventado. Una mentira que le dé una esperanza.

Y después, al instante, llenar sus recuerdos de amor, pero del otro amor, del que no se acaba.

Y llega la mentira…

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