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EMPOLLÓN » El amor

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El amor

Y de pronto ella entró en mi mente.

Y al mirar de frente no vi un tren, vi a Luna viniendo hacia mí con los brazos abiertos, como lo hacía cada día cuando volvía a casa.

La vi de pequeña, en su cuna, durmiendo, cuando mis padres me decían: «Ahora tú tienes que ayudarnos a cuidarla»; la vi también cuando me daba la mano para que la ayudase a caminar, vi mi miedo cada vez que se caía y mi alegría al ver que se levantaba de nuevo con una sonrisa; la vi de mi mano cada vez que íbamos a cruzar una calle, cada vez que subíamos o bajábamos por una escalera…

La vi también en su pequeña bicicleta, intentando mantener el equilibrio sin los ruedines, pedaleando mientras mi padre la ayudaba a no caer y yo la animaba a levantarse.

Vi su sonrisa cuando me preguntaba si podía dormir conmigo y le decía que sí, cuando le daba galletas a escondidas; cuando, en cualquier cumpleaños, al llegar a casa, le daba algún caramelo que me había guardado en el bolsillo; la vi poniéndome el termómetro de mentira, dándome sus medicinas de mentira y pegándome en el cuerpo sus tiritas de verdad.

Vi que esa mancha que iba a tragarme crecía al mismo ritmo que lo hacía Luna.

Ya estaba allí, frente a mí, diciéndome que me quería mucho, muchísimo, supermuchísimo; diciéndome que no me fuera.

En ese momento vi cómo alargaba su mano para que se la diera, cómo me pedía que la acompañara, cómo me decía que tenía miedo, que no quería estar allí, que quería volver a casa, a nuestra habitación, a nuestra cama… para que le contase un cuento, pero no el del niño al que nadie quería, no, ese no, otro, otro… «invéntate otro, otro bonito, otro que tenga un final feliz…».

Alargué también mi mano y se la di.

Y un dragón que ya está a punto de llegar acaba de quedarse mudo al ver que el chico ha alargado un brazo —como si le estuviera dando la mano a alguien—, se ha movido lentamente y justo en el momento en el que estaba bajando de las vías el tren se lo ha llevado.

No ha llegado a impactarle directamente, ha sido la velocidad de la muerte lo que le ha hecho volar, lo ha desplazado tan lejos que ahora mismo el dragón no sabe dónde ha caído. Un dragón que coge impulso violentamente hacia arriba para intentar localizarlo.

Y lo ve, a varios metros de distancia, tumbado sobre un enorme charco, inmóvil.

Baja con todas sus fuerzas desde el cielo, atravesando la lluvia, el miedo y los remordimientos. Lo coge con cuidado entre sus garras y vuelve a volar para llevárselo al interior del túnel.

Aterriza y lo deja suavemente sobre el suelo. Lo abraza con sus grandes alas para intentar devolverle todo el calor que ha perdido. Es ahí cuando se da cuenta de que al chico le sale un hilo de sangre de la cabeza, es ahí también cuando al moverlo se da cuenta de que no respira.

Y los labios de un dragón se juntan con los del chico para intentar darle todo el fuego que lleva dentro.

Y sopla, y sopla, y sopla… intentando recuperar el aliento de quien casi se ha ido.

Y sopla, y sopla, y sopla… aire, fuego y, sobre todo, esperanzas.

Y sopla…

Y por fin, el chico nota el fuego del dragón y respira.

Y tose.

Y se mueve.

Y se abraza instintivamente al dragón como un náufrago a un salvavidas.

Y el dragón llora.

Y mientras espera —con el chico en su regazo— a que llegue la ambulancia que ella misma ha llamado, la profesora se pone a observar todo su alrededor. Es cuando se da cuenta de que aquel lugar es una especie de refugio donde el chico intentaba compensar con recuerdos la maldad del mundo.

Observa varios dibujos pegados en la pared, dibujos hechos por una niña pequeña —su hermana, supone— en los que siempre aparecen dos personas: una niña con un vestido y un chico un poco más alto con pantalones largos y camiseta. Los dos en los columpios, los dos jugando en una especie de parque, los dos en lo que parece una playa, los dos cogidos de la mano…

Descubre también otros dibujos, hechos por alguien más mayor, quizá de la misma edad del chico: uno en el que se ve a un guerrero luchando contra lo que parece ser una ardilla gigante; otro en el que hay una pistola que apunta a dos iniciales MM; otro en el que un chico está lanzando una flecha con forma de boli hacia una especie de monstruo; otro en el que una avispa con ropa de guerra ocupa todo el folio… unos dibujos que ahora mismo la profesora ignora quién los ha hecho.

Descubre también varios objetos en una repisa que hay en el muro: un montón de cómics, una máscara de Batman, varios muñecos de esos de superhéroes, algún juguete infantil, un marco con la foto de una chica a la que la profesora también conoce, una pequeña pelota, una oveja de peluche…

Suspira incapaz de aguantar las lágrimas.

Mira ahora hacia el otro lado, hacia el muro de enfrente y es ahí cuando se encuentra una sorpresa.

Ve lo que parece una lista escrita en tiza en la pared, una lista inmensa, con muchos nombres. Comienza a leer por arriba, a la izquierda:

La profesora de sociales que no me vio cuando me tiraron al suelo en el recreo.

La mujer del vestido rojo y el hombre con el maletín que estaban en el parque cuando me vaciaron la cartera.

David y Liliana.

La mujer mayor que llevaba un carro de la compra cuando salí corriendo del descampado.

El portero del colegio cada vez que salgo o entro corriendo.

El profesor de historia.

Mis compañeros Nico, Sara, Cloe y Carlos.

El policía que hay en la puerta cuando entramos.

El policía que hay en la puerta cuando salimos.

El profesor de matemáticas.

Mis compañeros Javi, Iker, Juanjo y Vero.

Papá.

Dos alumnos de tercero que no me vieron salir del baño.

Zaro.

La directora.

Las madres y padres que se quedan dentro de los coches a la salida del instituto.

Mamá.

Mis compañeros Esther, Pedro y María.

El padre de Esther.

La madre de Marina y Marina.

Las mujeres que se quedan tomando algo en la terraza de la cafetería a la salida del instituto.

Kiri.

La madre de Kiri.

La mujer que pasó delante de mí cuando volvía a casa con el pantalón manchado.

Mis compañeros Sandra, Patricia, Silvia, Ana, Héctor…

La profesora acaba de entender el significado de esa lista. Es la lista de la vergüenza, la lista de todos los que han conseguido que ese chico que ahora tiene entre sus brazos sea invisible. Acaricia su cara y lo aprieta con todas sus fuerzas.

Es ahí, observando esa lista, cuando se pregunta ¿qué clase de sociedad hemos construido? ¿Cuándo nos volvimos monstruos?

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