Ingenierización social

Ingenierización social

N+1

Nota editorial de la revista N+1 número 47, abril de 2020. Traducción: A.V.

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En este número seguimos tratando el gran problema de la socialización. Veremos cómo este movimiento espontáneo, que discurre por encima de los diversos componentes sociales, se puede equiparar con la racionalización de un proceso de producción, de una forma de gobernar o de una red logística. Toda sociedad se desarrolla a partir de una necesidad creciente de rendimiento. Después de todo, de esto se trata la revolución: el reemplazo de una sociedad cuyo rendimiento ya no puede mejorar, por otra con un rendimiento mayor. Se trata de un problema de ingeniería social, que se planteó en el período entre las dos guerras mundiales a una sociedad que necesitaba ser reorganizada desde sus cimientos.

La socialdemocracia alemana fue la vocera del reformismo universal que se cernía sobre el capitalismo como necesidad ineludible. Distante tanto del centralismo bolchevique como de la "sabiduría eunuca" de los Bernstein, Kautsky o Ströbel, Rosa Luxemburgo había intuido que el capitalismo planetario tenía un gran problema de acumulación por falta de oxígeno, es decir, de plusvalía. No era una novedad. Lenin también habló del capitalismo como un envoltorio que ya no correspondía a su contenido, y ambos sabían muy bien que Marx había hecho gravitar El Capital en torno al análisis de su crecimiento y la dificultad de acumulación derivada nada menos que de la imposibilidad de mantener operativa la ley del valor.

Vista desde dentro del modo de producción capitalista, la crisis de época a la que arribó la sociedad hizo necesarias medidas drásticas para revitalizar el ciclo de acumulación, y la socialdemocracia alemana se convirtió en portavoz de esta necesidad. La edición definitiva de La socialización de E. Ströbel apareció en 1922, siendo traducida al italiano al año siguiente, con cinco capítulos menos que los once originales. El libro, de 200 páginas, es un clásico del reformismo y trata el tema desde el punto de vista de una sociedad cooperativa, en la tradición del socialismo austro-germano. Es una lástima no tener la obra completa, pero lo que fue la orientación general de la socialdemocracia en ese momento se puede deducir fácilmente de la traducción italiana y del título de los capítulos faltantes: "El episodio de la dictadura húngara""El problema de la socialización después de la Revolución Alemana""La economía planificada de Wissele-Möllendorff""La socialización en la construcción""El socialismo de las guildas". Los seis capítulos publicados en italiano abordan el problema general a partir de un esquema que va desde las comunidades comunistas locales hasta la socialización de la minería. El lector encontrará en el siguiente artículo abundantes referencias a este recorrido, que es un desarrollo de la definición concentrada utilizada por nuestra corriente histórica: el fascismo como realizador dialéctico de la necesidad reformista. De la economía programada al control de la renta inmobiliaria, de la nacionalización de la minería (de nuevo la renta) a la ciudad planificada, del Estado corporativo al mito del trabajo, no es difícil entender que cuando hablamos de socialdemocracia reformista y de fascismo, estamos hablando de lo mismo.

Habíamos dicho que para estimular la producción de plusvalía, el capitalismo requirió durante más de un siglo de una política que definiremos como ingeniería social. Recordemos que el término ingeniero proviene de ingenium, alguien capaz de concebir (proyectar). El ingenio es también una capacidad mental abstracta, o, si se refiere a una cosa, un dispositivo. En el idioma inglés, engineer tiene el mismo origen pero en general se refiere a engine, es decir máquina o motor. La máxima expresión individual de la noción de ingeniero la encontramos en Leonardo da Vinci, por ejemplo, un gran proyectista y experimentador de soluciones.

La ingeniería es, con todo, algo más que diseño o realización: es articular organización, procedimientos, máquinas y materiales para que un objeto sea fabricado o un fin se logre de la mejor manera posible. La organización científica del trabajo que lleva el nombre de Taylor (un ingeniero) es un momento de la ingenierización. Si ésta está bien hecha, ya en el proyecto se han tenido en cuenta los procesos (máquinas, materiales, costos). La ingeniería social es ciertamente posible, pero nunca se ha pensado en términos de continuidad entre la producción industrial y la vida de la especie. En el campo burgués no hay ninguna investigación, y mucho menos una teoría, dedicada al bienestar de nuestra especie (y del planeta que nos acoge) sobre la base de la armonización de las relaciones entre la humanidad y el medio ambiente. No existe ningún estudio sobre esas sociedades antiquísimas que se sucedieron en la escena histórica antes que apareciera la propiedad y que, a diferencia de la nuestra, supieron enfrentar y resolver el problema. Y en el campo del proletariado las cosas no son nada mejores: aparte de la teoría de la revolución desarrollada por Marx, en su mayor parte apenas esbozada por desgracia, sólo la izquierda comunista "italiana" ha desarrollado una teoría de las transiciones de fase.

Canonizada por el lenguaje gastado de una revolución fallida, la fórmula de la revolución es un axioma del que parece imposible escapar: el "materialismo histórico y dialéctico" nos pone ante una estructura social que se derrumba y una superestructura que es aniquilada por el proletariado en ascenso. De modo tal que en la historia de nuestra especie toda revolución se afirmaría a partir de la influencia recíproca entre la estructura, es decir, el desarrollo organizativo y tecnológico, y la superestructura, es decir, el orden jurídico social. La clase oprimida de turno se rebelaría entonces contra el opresor y lo haría desaparecer de la escena histórica tomando su lugar.

Pero la revolución del proletariado prevé una salida diferente: aún siendo una clase particular (toda la sociedad depende del plusvalor que ella produce), al liberarse liberará a la humanidad entera. Por lo tanto, no se convertirá en una nueva clase dominante en reemplazo de la burguesía, sino que, al extinguirse, extinguirá todas las clases. Si pasamos por alto el uso que se ha hecho de este modelo -desde la degeneración de su contenido hasta su trivialización-, encontramos que tiene varios méritos y al menos un defecto, que aún si es el único, resulta muy grave. Los méritos se refieren a las ventajas ofrecidas por todos los modelos que están en la base de las teorías, y que nos permiten hacer planes, calcular, simplificar las predicciones de la realidad, amplificando la posibilidad de entender los fenómenos y las dinámicas. Sin embargo, en su versión canónica, el modelo -y en esto reside su gran defecto- no respeta el principio de invarianza, es decir, no presenta una relación bidireccional entre ciertos aspectos de la realidad y la compresión de los datos que la representan. En las diversas transiciones de una forma social a otra no siempre ha habido una "clase oprimida" dispuesta a luchar por sí misma, en pos de su propia emancipación. Y a decir verdad casi no hay relación entre la realidad de las revoluciones y el mapa representado en el modelo. Es como si entre el metro de París y su mapa encontrásemos diferencias en los nombres de las estaciones o de las rutas (ver Fiorite primavere del Capitale).

¿Entonces Marx habría perpetrado una metida de pata de esta envergadura? Evidentemente, no: era perfectamente consciente de la dificultad de encontrar invariantes y diferencias claras en la evolución histórica. En sus notas sobre la sucesión de formas sociales no capitalistas, incluidas en los Grundrisse, emplea el término "disolución" para señalar el reemplazo de una forma antigua por otra nueva. No escribe recetas, sino que se sumerge en un estudio profundo que considera la superposición de matices, la ambigüedad y el hecho de que a veces se puede identificar a una clase como beneficiaria de la revolución aún cuando no luche con un ejército pero sí con un destacamento significativo. Y no siempre los beneficiarios de la revolución son quienes luchan por ella o quienes le aportan el fundamento de una teoría social. Es claro que la revolución antiesclavista no fue "hecha" por los esclavos, así como la revolución burguesa no fue "hecha" por los burgueses, por más que la anticiparan por medio siglo en sus publicaciones.

La revolución burguesa en Europa trastocó las condiciones previas primero con una hueste reclutada y más tarde con el Gran Ejército comandado por el poco burgués emperador Napoleón. Desde la Bastilla hasta Santa Helena, desató una fuerza inmensa preparando el camino hacia la Revolución Industrial. O, deberíamos decir más correctamente: a la revolución tecnológica que ya estaba en marcha se acopló una revolución social. Esta observación puede extenderse también a otras revoluciones, en las que el antes, el después y el mientras tanto sufrieron una súbita sacudida que desbarató el orden historiográfico. La revolución "física" demostró ser más fuerte que la teórica, y no fue posible para esta última dirigir las fuerzas materiales con una teoría que estuviese a la altura de la situación. El resultado: una revolución abortada, obligada a entregarle sus armas al enemigo. Enemigo que, agradecido, supo estar a la altura de su tarea: destruyó al proletariado como clase en sí y, a través del corporativismo, lo hizo parte de la ingeniería social que había madurado entretanto. En el inédito Capítulo VI, Marx analiza la integración de los trabajos diferenciados de los obreros individuales de fábrica que, tomados como un todo, constituyen un obrero global, y explora la posibilidad de considerar la totalidad de la producción capitalista no como un conjunto de mercancías discretas sino como una sola mercancía continua, como ya lo eran en los días de Marx las edificaciones, los ferrocarriles, telégrafos, etc.

En la disolución y sucesión de los modos de producción hay un orden, codificado por Engels y ahora también aceptado por muchos burgueses, que va de lo más básico a lo más complejo siguiendo el siguiente esquema:

Familia/Propiedad/Estado.

A esta división corresponde con cierta dificultad una distribución en subgrupos, a saber:

Comunismo primitivo/Forma asiática, esclavitud/Feudalismo/Capitalismo/Comunismo desarrollado.

Y si hacemos la misma operación con el capitalismo:

Mercantilismo/Manufactura/Industria/Finanzas.

Lo que, políticamente hablando, se convierte en:

Despotismo oligárquico/Monarquía/Democracia/Fascismo/...Comunismo

El esquema es desde luego incompleto, pero es suficiente para que captemos las sucesivas formas de control social. Para un demócrata es difícil digerir la secuencia llegado el punto en que la continuidad de la democracia es el fascismo. Sin embargo el fascismo reivindica esta secuencia, la considera natural, tal como lo han escrito y repetido los exponentes del fascismo, los verdaderos, no sus impostores teatrales y mistificantes. El fascismo original, hijo de la revolución/contrarrevolución, continuador de sus contenidos reformistas, ha sido plenamente consciente de la secuencia histórica, al punto de que siempre ha mostrado una no disimulada empatía -en el sentido etimológico del término, que es ponerse en el lugar de los demás- con la Rusia primero revolucionaria y luego estalinista.

El término "socialización" evoca lo que aún no ha sido socializado, lo que aún es privado. Surge en la turbulenta historia de la socialdemocracia alemana a caballo de los dos últimos siglos. Usado en un contexto socialista es un término ambiguo, como "propiedad privada" (la propiedad "priva" de algo a quienes no lo poseen, por más que el propietario no sea un ente privado sino uno público).

Habíamos visto, en Struttura frattale delle rivoluzioni, que en realidad estas subdivisiones no son unívocas sino que se superponen, dando lugar a conjuntos borrosos. Y lo que es más importante: las superposiciones y los matices no son fáciles de clasificar, ya sea porque no trazan un orden cronológico, ya sea porque no se atienen a la correspondencia forma-contenido. Por ejemplo, la forma asiática, que se presenta en la historia con diferentes aspectos, a veces con una extensión temporal de milenios y con determinaciones incluso opuestas (civilizaciones del desierto que presentan similitudes con las llamadas civilizaciones hidráulicas, etc.). O la forma esclavista, que contempla sociedades que no habían llegado aún al esclavismo, como la Roma republicana; o que habían dejado de serlo, como los Estados Unidos. O, incluso, la forma feudal, atribuida a sociedades en las que hay una dependencia recíproca entre las clases y que sin embargo no son todavía feudales (Rusia y el Imperio Bizantino, por ejemplo); pero también a formas sociales que ya no son o nunca fueron feudales, como la francesa de las abadías cistercienses o la italiana medieval, que ya eran capitalistas antes del año mil. Ströbel, después de citar a Engels y su consideración de las revoluciones como hechos físicos, que pueden ser analizados con los criterios de las ciencias naturales, no consigue resistir la tentación de identificar nuevamente los movimientos revolucionarios como algo que es creado según la voluntad de los hombres:

«El hombre no puede crear algo nuevo sin que ese algo haya adquirido contornos definidos en su conciencia y en su voluntad... sin una gran meta, sin un ideal, no es posible crear una nueva forma social. El socialismo surgirá de la lucha por el ideal socialista, no de la práctica de los capitalistas y financieros que forman cárteles y fideicomisos.» (La socializzazione)

Ante la confusión entre las épocas y las formas sociales que deberían corresponderles, el comunismo canonizado, el llamado comunismo marxista-leninista, bien afincado en los pliegues de esta sociedad, ignora que las revoluciones no sólo son espurias, contaminadas, aparentemente contradictorias, sino que además no respetan ninguna de las suposiciones básicas que siguen siendo reivindicadas por el léxico de antaño. En la medida en que las relaciones de producción maduran, la revolución proletaria se hace cada vez más necesaria, como se hacen cada vez más necesarias las relaciones de producción que emergen del estrato material, es decir, de la técnica ligada a la producción. El comunismo, por lo tanto, no es el producto del pensamiento humano sino un proceso material en desarrollo. Comprobemos, con Marx, la profunda diferencia:

«Este comunismo es, como completo naturalismo = humanismo, como completo humanismo = naturalismo; es la verdadera solución del conflicto entre el hombre y la naturaleza, entre el hombre y el hombre, la solución definitiva del litigio entre existencia y esencia, entre objetivación y autoafirmación, entre libertad y necesidad, entre individuo y género. Es el enigma resuelto de la historia y sabe que es la solución..» (Marx, Manuscritos filosóficos económicos de 1844)

En cuanto el naturalismo alcanza su propia realización, el ciclo de las sucesivas sociedades de propiedad y de clases llega a su fin. La revolución proletaria no será tal por una cuestión de mayorías o minorías en la composición oficial de las clases, sino por la impronta que le conferirá una clase (y su partido). Sólo una, y no como en los años entre ambas guerras mundiales, dos o más.