Hábitos atómicos
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19 La regla de Ricitos de Oro: Cómo mantenerte motivado en la vida y el trabajo
En 1955 Disneyland acababa de abrir sus puertas en Anaheim, California, cuando un niño de 10 años entró y solicitó empleo. Las leyes laborales de aquella época eran más laxas que ahora y el niño logró conseguir un empleo vendiendo guías por 50 centavos de dólar cada una.
En el lapso de un año, ya había evolucionado y estaba actuando en el taller de magia de Disney, donde aprendió algunos trucos de los empleados mayores. Experimentó con chistes y ensayó rutinas simples con los visitantes. Pronto descubrió que lo que amaba no era hacer trucos de magia sino actuar en general. Puso entonces sus esfuerzos en convertirse en comediante.
Cuando estaba en la adolescencia, empezó a actuar en pequeños clubs alrededor de Los Ángeles. El público era reducido y su acto era muy corto. Rara vez permanecía en escena por más de cinco minutos. La mayoría de la gente en el público estaba demasiado ocupada bebiendo o charlando para ponerle atención. Una noche, literalmente presentó su espectáculo de comedia para un club vacío.
No era un trabajo glamoroso, pero no había duda de que se estaba volviendo mejor en lo que hacía. Sus primeras rutinas duraban solamente uno o dos minutos. Cuando empezó el bachillerato, su material se había expandido hasta incluir un acto de cinco minutos y, unos años después, tenía ya un espectáculo de diez minutos. A la edad de 19 años ya tenía presentaciones semanales de veinte minutos. Tenía que leer tres poemas durante el espectáculo tan solo para lograr que la rutina durara el tiempo suficiente, pero sus habilidades seguían progresando.
Pasó otra década experimentando, haciendo ajustes y practicando. Consiguió trabajo como guionista de televisión y, poco a poco, empezó a aparecer en programas de comedia en televisión nacional. Para mediados de los setenta, ya había logrado ser un invitado frecuente en programas como The Tonight Show y Saturday Night Live.
Finalmente, después de 15 años de arduo trabajo, el joven alcanzó la fama. Hizo una gira por 60 ciudades en 63 días. Luego otra por 72 ciudades en 80 días. Luego 85 ciudades en 90 días. Un público de 18 695 espectadores llenó su presentación en Ohio. En Nueva York se vendieron 45 000 boletos para sus tres espectáculos. Se catapultó hasta el tope de su género y se volvió uno de los más exitosos comediantes de su tiempo[1].
Su nombre es Steve Martin.
La historia de Steve Martin ofrece una fascinante perspectiva de lo que se requiere para mantener los hábitos a largo plazo. La comedia no es para los tímidos. Es difícil imaginar una situación que causara temor a más personas que actuar solo en un escenario y fallar en hacer reír al público. Y, sin embargo, Martin enfrentó este miedo cada semana durante 18 años. En sus propias palabras: «Pasé diez años aprendiendo, cuatro años refinando y cuatro años de éxito salvaje[2]».
¿Por qué la gente como Martin se mantiene firme en sus hábitos —ya sea que practique sus chistes o dibuje historietas o toque la guitarra— mientras la mayoría de nosotros batallamos tan solo para mantenernos motivados? ¿Cómo diseñamos nuestros hábitos para que nos impulsen en lugar de desvanecerse? Los científicos han venido estudiando estas preguntas por varios años. Mientras todavía hay mucho que aprender, uno de los descubrimientos más consistentes es que la manera de mantener la motivación y lograr alcanzar niveles pico de deseo consiste en trabajar con tareas que tienen «un nivel de dificultad manejable[3]».
El cerebro humano ama los retos, pero solamente si están dentro de una zona óptima de dificultad. Si te encanta el tenis y tratas de jugar un partido serio contra un niño de 4 años, rápidamente te aburrirás. Sería demasiado sencillo. Ganarías todos los puntos. En contraste, si jugaras en contra de un tenista profesional como Roger Federer o Serena Williams, también perderías la motivación porque el partido sería demasiado difícil para ti.
Ahora imagina jugar tenis contra alguien que es tu igual. Conforme el juego avanza, tú ganas algunos puntos y pierdes otros. Tienes una buena oportunidad de ganar, pero solamente si te esfuerzas realmente. Te enfocas en algo específico, las distracciones se desvanecen y te encuentras a ti mismo completamente comprometido en la tarea que estás realizando. Este es un reto que tiene un nivel de dificultad manejable y que es un ejemplo de la Regla de Ricitos de Oro.
La Regla de Ricitos de Oro establece que los humanos experimentamos los niveles más altos de motivación cuando al trabajar en alguna tarea, esa tarea está en el límite de nuestras habilidades actuales. No demasiado difícil. No demasiado sencilla. Solo lo justo.
La carrera de comediante de Steve Martin es un perfecto ejemplo de la Regla de Ricitos de Oro. Cada año, Martin expandía su rutina —pero solamente uno o dos minutos más. Siempre estaba añadiendo nuevo material, pero también mantenía algunos chistes que garantizaban las risas del público. Había suficientes victorias para mantenerlo motivado y suficientes errores para mantenerlo trabajando duro.
Cuando estás empezando un nuevo hábito, es importante mantener la conducta tan fácil como sea posible para que puedas mantenerlo incluso si las condiciones no son perfectas. Esta es una idea que cubrimos a detalle cuando hablamos de la Tercera Ley del Cambio de Conducta.
Una vez que un hábito se ha establecido, sin embargo, es importante seguir avanzando de maneras pequeñas. Estos pequeños avances y retos te mantienen involucrado. Y si logras alcanzar la Zona de Ricitos de Oro, puedes lograr el estado de flujo[∗].
LA REGLA DE RICITOS DE ORO

FIGURA 15. La máxima motivación ocurre cuando se está enfrentando un desafío de dificultad manejable. En las investigaciones psicológicas esto se conoce como la ley Yerkes-Dodson[4], la cual describe el nivel óptimo de motivación como el punto medio entre aburrimiento y ansiedad.
Un estado de flujo es la experiencia de estar «en la zona» y completamente inmerso en una actividad. Los científicos han tratado de cuantificar este sentimiento. Descubrieron que, para alcanzar el estado de flujo, una tarea debe estar apenas 4% por debajo de tu habilidad actual[5]. En la vida real, típicamente no es posible cuantificar la dificultad de una acción de esta manera, pero la idea central de la Regla de Ricitos de Oro permanece: trabajar en desafíos de dificultad manejable —algo en el perímetro de tu habilidad— parece crucial para mantener la motivación.
La mejoría requiere un delicado balance. Necesitas buscar regularmente desafíos que te impulsen a tu límite mientras continúas haciendo suficiente progreso para estar motivado. Las conductas deben permanecer novedosas para que sigan siendo atractivas y satisfactorias. Sin variedad, nos aburrimos. Y el aburrimiento es tal vez el peor villano en la búsqueda del desarrollo personal.
CÓMO MANTENERTE ENFOCADO CUANDO TE ABURRES TRABAJANDO EN TUS METAS
Cuando mi carrera como beisbolista terminó, me puse a buscar un nuevo deporte. Me uní al equipo de levantamiento de pesas y un día un entrenador de élite visitó nuestro gimnasio. Había trabajado con miles de atletas a lo largo de su carrera, incluyendo algunos de nivel olímpico. Me presenté y empezamos a hablar acerca del proceso de mejora.
—¿Cuál es la diferencia entre los mejores atletas y el resto de las personas? —le pregunté—. ¿Qué es lo que la gente realmente exitosa hace que la mayoría no hace?
El entrenador mencionó los factores que uno podría esperar: genética, suerte, talento. Pero luego dijo algo que yo no estaba esperando:
—En cierto punto todo se reduce a quién puede manejar el aburrimiento que produce entrenar todos los días y hacer los mismos levantamientos una y otra vez.
Su respuesta me sorprendió porque es una manera de pensar muy distinta acerca de la ética de trabajo. La gente habla de «amplificarse» para trabajar en sus metas. Ya sea que se trate de negocios, deportes o arte, escuchas a la gente decir cosas como: «Todo se reduce a la pasión». O «Realmente debes querer lograrlo». Como resultado, muchos de nosotros nos deprimimos cuando perdemos la concentración o la motivación porque pensamos que la gente exitosa tiene una reserva inagotable de pasión. Pero este entrenador estaba diciendo que la gente verdaderamente exitosa sentía la misma clase de falta de motivación que el resto de la gente. La diferencia está en que ellos encuentran la manera de seguir adelante a pesar de sus sentimientos de aburrimiento.
La maestría requiere práctica. Pero entre más practicas algo, más aburrido y rutinario se vuelve. Una vez que las ganancias de principiante se han logrado y hemos aprendido qué esperar, nuestro interés comienza a desvanecerse. A veces esto sucede más rápido que aquello. Todo lo que tienes que hacer es presentarte en el gimnasio varios días seguidos o publicar un par de posts a tiempo y saltarte un día no parece ser mucho. Las cosas van bien. Es fácil razonar que puedes tomar un día libre porque estás en una buena posición.
La mayor amenaza al éxito no es el fracaso sino el aburrimiento. Nos aburrimos de nuestros hábitos porque dejan de fascinarnos. El resultado se vuelve previsto. Y conforme nuestros hábitos se vuelven ordinarios, empezamos a desviarnos de nuestro progreso para buscar novedad. Quizás este es el motivo por el cual acabamos atrapados en un ciclo interminable, saltando de un entrenamiento a otro, de una dieta a otra, de una idea de negocios a otra. Tan pronto como experimentamos el más ligero baño de motivación, empezamos a buscar una nueva estrategia —incluso si la anterior sigue funcionando—. Como notó Maquiavelo: «Los hombres desean novedad a tal grado que aquellos a quienes les va bien, desean un cambio tanto como aquellos a los que les está yendo mal[6]».
Tal vez esta es la razón por la que muchos productos que generan hábitos son los que proporcionan formas continuas de novedad. Los videojuegos proporcionan novedad visual. La pornografía proporciona novedad sexual. La comida chatarra nos proporciona novedad culinaria. Cada una de estas experiencias ofrece elementos continuos de sorpresa.
En psicología, esto se conoce como recompensa variable[∗][7]. Las máquinas tragamonedas son el ejemplo más común proveniente de la vida real. Los apostadores obtienen el premio principal de vez en cuando, pero en intervalos que no pueden predecirse. El ritmo de las recompensas es variable. Esta variabilidad provoca una descarga muy alta de dopamina, realza los recuerdos en la memoria y acelera la formación de un hábito[8].
Las recompensas variables no crearán un anhelo —esto es, no puedes tomar una recompensa que no le interesa a la gente, dársela en un intervalo variable y esperar que cambie su manera de pensar— pero son una poderosa manera de amplificar los anhelos que ya experimentamos de antemano porque reducen el aburrimiento.
El punto más atractivo del deseo ocurre en el lugar intermedio entre el éxito y el fracaso. La mitad del tiempo obtienes lo que quieres. La mitad del tiempo no lo obtienes. Necesitas la proporción justa de «ganancia» para experimentar satisfacción y la cantidad justa de «ganas de tener algo» para experimentar deseo. Este es uno de los beneficios de seguir la Regla de Ricitos de Oro. Si ya estás interesado en un hábito de antemano, trabajar en desafíos de dificultad manejable es una buena manera de mantener las cosas interesantes.
Por supuesto, no todos los hábitos tienen un componente de recompensa variable, y no sería deseable que así fuera. Si tras una búsqueda, Google solamente proporcionara un resultado útil de vez en cuando, evidentemente yo me cambiaría de inmediato al motor de búsqueda de la competencia. Si Uber me proporcionara el servicio de taxi la mitad de las veces en que lo solicito, dudo que seguiría usando la aplicación durante mucho tiempo. Y si usara el hilo dental todas las noches, pero solo me quedara la boca limpia la mitad de las veces, creo que dejaría de usarlo.
Ya sea que haya recompensas variables o no, ningún hábito es interesante por siempre. En algún momento, todos experimentamos el mismo reto en el camino de la mejora personal: te tienes que enamorar del aburrimiento y seguir con tu hábito.
Todos tenemos metas que nos gustaría lograr y sueños que queremos cumplir, pero sin importar en qué estás tratando de ser mejor, si solo te esfuerzas y haces el trabajo cuando te resulta conveniente y emocionante, entonces nunca serás lo suficientemente consistente como para alcanzar resultados destacados.
Puedo garantizarte que, si consigues iniciar un hábito y mantenerlo de manera constante, habrá días en que te sentirás tentado a renunciar. Cuando comienzas un negocio, habrá días en que tendrás deseos de no presentarte a trabajar. Cuando estás en el gimnasio, habrá rutinas que no tendrás deseos de terminar. Cuando llega la hora de escribir, habrá días en los que no tengas ganas de teclear. Pero seguir adelante cuando lo que tienes que hacer te resulta fastidioso o doloroso o desgastante, es lo que hace la diferencia entre los profesionales y los aficionados.
Los profesionales se atienen a un horario, los aficionados dejan que la vida se entrometa en el camino. Los profesionales saben qué es importante para ellos y trabajan con un propósito, los aficionados se desvían del curso debido a las urgencias de la vida.
David Cain, un autor y maestro de meditación, anima a sus alumnos a dejar de ser «meditadores de buen tiempo». De igual forma, tú no quieres ser un atleta de buen tiempo o un escritor de buen tiempo o un emprendedor de buen tiempo. Cuando un hábito realmente te importa, tienes que estar dispuesto a mantenerlo vigente, aunque el tiempo no sea bueno o no estés de buen humor. Los profesionales se ponen en acción, aunque las circunstancias estén en contra y el humor no sea el correcto. Quizás no lo disfruten, pero encuentran la manera de hacer el trabajo.
Ha habido muchas rutinas que no he tenido ganas de terminar, pero nunca he lamentado haber terminado un entrenamiento. Ha habido muchos artículos que no he tenido ganas de escribir, pero nunca he lamentado haber cumplido con mis fechas de publicación. Ha habido incontables días en lo que he tenido ganas de relajarme y descansar, pero nunca me he arrepentido de haber trabajado en algo que era importante para mí.
La única manera de volverse excelente es mantenerse perpetuamente fascinado con repetir la misma acción una y otra vez. Te tienes que enamorar del aburrimiento.
RESUMEN DEL CAPÍTULO
◆ La Regla de Ricitos de Oro establece que los humanos experimentamos el máximo de motivación cuando trabajamos en tareas que están justo en el borde de nuestras habilidades actuales.
◆ La más grande amenaza al éxito no es el fracaso, es el aburrimiento.
◆ Conforme los hábitos se convierten en rutina, se vuelven menos interesantes y menos satisfactorios. Nos aburren.
◆ Cualquiera puede trabajar cuando se siente motivado. Es la habilidad de seguir adelante cuando el trabajo no es emocionante lo que hace la diferencia.
◆ Los profesionales mantienen un horario, los aficionados dejan que la vida se entrometa en el camino.