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17 Cómo un socio corresponsable puede cambiarlo todo
Después de servir como piloto en la Segunda Guerra Mundial, Roger Fisher acudió a la facultad de leyes de Harvard y pasó los siguientes 34 años especializándose en negociación y manejo de conflictos. Fue el fundador del Proyecto Harvard de Negociación y trabajó en numerosos países asesorando a líderes mundiales en tratados de paz, crisis de rehenes y compromisos diplomáticos. Pero fue en las décadas de 1970 y 1980, cuando la amenaza de una guerra nuclear se hizo más patente, cuando Fisher desarrolló la que tal vez sea su idea más interesante.
En aquella época, Fisher estaba concentrado en diseñar estrategias que pudieran prevenir una guerra nuclear, y había notado un hecho preocupante. Cada uno de los presidentes que estaban participando en las negociaciones tenía acceso a códigos que de activarse podían matar a millones de personas; sin embargo, ninguno de ellos los vería morir porque siempre estarían a miles de kilómetros de distancia.
—Mi sugerencia es bastante simple —afirmó en 1981—. Hay que poner ese número de código [nuclear] dentro de una pequeña cápsula y luego implantarla a un lado del corazón de un voluntario. El voluntario deberá traer siempre consigo un filoso cuchillo de carnicero mientras le hace compañía al presidente. Si en algún momento el presidente decide disparar las armas nucleares, la única manera en que podrá hacerlo será matando a un ser humano con sus propias manos. El presidente tendría que decir: «George, lo siento pero decenas de millones de personas deben morir ahora». En ese momento tendría que ver a un ser humano y darse cuenta de lo que la muerte representa en realidad —lo que la muerte de un inocente significa—. Sangre en la alfombra de la Casa Blanca. Esa realidad se haría patente.
—Cuando sugerí aquella idea en el Pentágono, la gente me dijo[1]:
—Dios mío, eso es terrible. Tener que matar a alguien distorsionaría el juicio del presidente. Seguramente jamás se atrevería a apretar el botón.
Cuando hemos hablado de la Cuarta Ley del Cambio de Conducta, hemos explicado la importancia de hacer que los hábitos sean inmediatamente satisfactorios. La propuesta de Fisher es una inversión de la Cuarta Ley: hacerlo inmediatamente insatisfactorio.
Igual que somos más proclives a repetir una experiencia cuando los resultados son satisfactorios, también somos más proclives a evitar una experiencia cuando el resultado es doloroso. El dolor es un maestro muy efectivo. Si un fracaso es doloroso, se arregla. Si un fracaso es prácticamente indoloro, se ignora. Entre más inmediato y costoso es un error, más rápido aprenderás de él. La amenaza de una mala reseña en internet obliga a un plomero a hacer un buen trabajo. La posibilidad de que los clientes nunca regresen hace que los restaurantes sirvan buena comida. El costo de cortar el vaso sanguíneo equivocado hace que el cirujano conozca con maestría la anatomía humana y haga cortes cuidadosamente. Cuando las consecuencias son severas, la gente aprende rápido.
Entre más inmediato es el dolor, menos probable es que la conducta se repita. Si quieres prevenir los malos hábitos y eliminar conductas poco sanas, añadir un costo instantáneo a la acción es una excelente manera de reducir sus posibilidades.
Solemos repetir los malos hábitos porque de alguna manera nos sirven y eso hace que sean difíciles de abandonar. La mejor manera que conozco de superar este predicamento es incrementar la velocidad de castigo asociada a una conducta. No debe haber un vacío entre la acción y sus consecuencias.
Tan pronto como las acciones provocan una consecuencia inmediata, la conducta comienza a cambiar. Los clientes pagan su cuenta a tiempo cuando obtienen un cargo adicional por retrasarse. Los alumnos se presentan a clase cuando su calificación depende de la asistencia. Haremos grandes sacrificios y esfuerzos para evitar un poco de dolor inmediato.
Hay, por supuesto, un límite para esto. Si vas a confiar en el castigo para cambiar una conducta, entonces la fuerza del castigo debe corresponder relativamente a la fuerza de la conducta que estás tratando de corregir. Para ser productivo, el costo de posponer una actividad debe ser mayor que el costo de realizarla a tiempo. Para ser saludable, el costo de ser perezoso debe ser mayor que el costo de hacer ejercicio. Ser multado por fumar en un restaurante o por no haber reciclado le añade una consecuencia negativa a una acción. El comportamiento solo cambia si el castigo es suficientemente doloroso e impuesto de manera confiable.
En general, entre más local, tangible, concreta e inmediata sea la consecuencia, más probabilidades tiene de influir en la conducta individual. Entre más global, intangible, vaga y retardada sea una consecuencia, menos probable es que influya en la conducta individual.
Afortunadamente, hay una manera directa y simple de añadir un costo inmediato a cualquier mal hábito: crear un contrato de hábitos.
EL CONTRATO DE HÁBITOS
La primera ley estadounidense que hacía obligatorio el uso de los cinturones de seguridad se aprobó en Nueva York el 1 de diciembre de 1984[2]. En aquellos tiempos, solo 14% de la población de ese país usaba el cinturón de seguridad de manera regular. Pero aquello estaba a punto de cambiar.
En un lapso de cinco años, la mitad de la nación estadounidense ya tenía leyes para el uso de los cinturones de seguridad. Hoy en día, en los Estados Unidos de América, usar un cinturón de seguridad es una ley obligatoria en 49 de los 50 estados que lo conforman[3]. Y no solo se trata de la legislación, el número de personas que usa los cinturones también ha cambiado dramáticamente. Actualmente, más del 88% de los estadounidenses se abrochan el cinturón cada vez que se suben a un coche[4]. En poco más de treinta años, se dio un giro a los hábitos de millones de personas.
Las leyes y los reglamentos son un ejemplo de cómo los gobiernos pueden cambiar nuestros hábitos al crear un nuevo contrato social. Como sociedad, acordamos de manera colectiva acatar las reglas y hacerlas obligatorias como grupo. Cuando una nueva legislación impacta nuestra conducta —leyes para usar el cinturón de seguridad, prohibición de fumar en restaurantes, obligatoriedad del reciclado—, estamos ante un contrato social que moldea nuestros hábitos. El grupo social acuerda actuar de determinada manera y si tú no sigues las reglas, serás castigado.
Así como los gobiernos usan las leyes para responsabilizar a los ciudadanos de sus actos, tú puedes crear un contrato para hacerte responsable de tus propias acciones. Un contrato de hábitos es un acuerdo verbal o escrito en el que estableces tu compromiso de cumplir un hábito en particular, así como el castigo que ocurrirá si no lo cumples. Luego encuentras a una o dos personas que actúen como tus socios corresponsables y que firmen el contrato contigo.
Bryan Harris, un emprendedor de Nashville, Tennessee, fue la primera persona que, según sé, puso esta estrategia en acción[5]. Poco después del nacimiento de su hijo, Harris se dio cuenta de que quería perder algunos kilos. Escribió un contrato de hábitos entre él, su mujer y su entrenador personal. En la primera versión se leía: «El primer objetivo de Bryan para el primer trimestre de 2017 es comenzar a comer correctamente otra vez para poder sentirse mejor, verse mejor y alcanzar su meta a largo plazo de llegar a pesar 90 kilos y tener solamente 10% de grasa corporal».
Debajo de esa declaración, Harris bosquejó los pasos que lo llevarían a alcanzar su meta ideal:
Fase 1: Volver a la estricta dieta baja en carbohidratos durante el primer trimestre.
Fase 2: Iniciar un estricto programa de registro de macronutrientes en el segundo trimestre.
Fase 3: Refinar y mantener los detalles de la dieta y del programa de entrenamiento en el tercer trimestre.
Finalmente, escribió una lista de cada uno de los hábitos diarios que lo llevarían a alcanzar su meta. Por ejemplo: «Escribir una lista de toda la comida que consume cada día y pesarse diariamente».
Y luego incluía el castigo en caso de que no cumpliera: «Si Bryan no cumple estos dos puntos, se verá obligado a seguir la siguiente consecuencia: Tendrá que usar ropa de vestir durante todos los días de la semana incluida la mañana del domingo durante todo el trimestre. La ropa de vestir es toda aquella ropa aparte de los vaqueros, camisetas, sudaderas y shorts. También tendrá que darle a Joey (su entrenador) 200 dólares para que los use como lo considere conveniente si deja de registrar lo que come en el diario de alimentación».
Al final de la página, Harris, su mujer y su entrenador firmaron el contrato.
Mi reacción inicial cuando conocí el caso fue que un contrato como este parecía demasiado formal e innecesario, especialmente las firmas. Pero Harris me convenció de que firmar el contrato era una indicación de seriedad.
—Cada vez que me salto esta parte —me dijo—, empiezo a flojear casi inmediatamente.
Tres meses después de haber alcanzado sus metas para el primer trimestre, Harris elevó sus metas para el siguiente trimestre. Las consecuencias se hicieron más rigurosas. Si fallaba y no alcanzaba sus objetivos de carbohidratos y proteínas, tenía que pagarle 100 dólares a su entrenador. Y si dejaba de pesarse diariamente, tenía que pagarle 500 dólares para que los usara de la manera en que él considerara conveniente. Quizás lo más doloroso era que si no corría su serie de carreras cortas, tenía que vestir formal todos los días y además usar una gorra de Alabama durante todo el trimestre —el rival acérrimo de Auburn, su equipo favorito.
La estrategia funcionó. Con su mujer y su entrenador actuando como socios corresponsables y con el contrato de hábitos que aclaraba exactamente lo que tenía que hacer cada día, Harris perdió peso[∗].
Para hacer insatisfactorios los malos hábitos, tu mejor opción es hacerlos dolorosos en el momento. Crear un contrato de hábitos es una manera directa de hacer exactamente eso.
Incluso si no quieres crear un contrato tan específico, contar con un socio corresponsable puede ser de gran utilidad. La comediante Margaret Cho escribe un chiste o una canción diariamente. Ella hace el reto «una canción al día» con ayuda de una amiga[6]. Esto las ayuda a ambas a ser responsables. El saber que alguien te está mirando puede ser un motivador muy poderoso. Es más difícil que pospongas el trabajo o que te rindas porque hay un costo inmediato. Si no completas el trabajo, tal vez tu socio te vea como alguien en quien no se puede confiar o como alguien perezoso. De pronto, no solo te estás fallando a ti mismo por no cumplir tus promesas, también le estás fallando a otras personas.
Incluso puedes automatizar este proceso. Thomas Frank, un empresario de Boulder, Colorado, se despierta a las 5:55 cada mañana. Si no se despierta, tiene un tuit programado automáticamente que dice: «Son las 6:10 y no me he despertado porque ¡soy un perezoso! Responde a este mensaje por 5 dólares vía Paypal (el límite son cinco), asumiendo que la alarma no está descompuesta[7]».
Siempre estamos tratando de presentar nuestra mejor faceta al mundo. Nos peinamos, nos lavamos los dientes y nos vestimos con cuidado porque sabemos que estos hábitos seguramente provocarán una reacción positiva. Queremos sacar buenas calificaciones y graduarnos de las mejores escuelas para impresionar a potenciales empleadores y a posibles parejas, además de agradar a nuestros familiares y amigos. Nos importa lo que los demás piensen de nosotros, porque el gustarle a alguien nos ayuda. Este es precisamente el motivo por el cual tener un socio corresponsable o firmar un contrato de hábitos puede funcionar tan bien.
RESUMEN DEL CAPÍTULO
◆ La inversión de la Cuarta Ley del Cambio de Conducta es hacerlo insatisfactorio.
◆ Es menos probable que repitamos un mal hábito si este es doloroso e insatisfactorio.
◆ Un socio corresponsable puede crear un costo inmediato para nuestra inactividad. Nos importa mucho lo que otros piensan de nosotros y no queremos que los otros nos tengan en un mal concepto.
◆ Un contrato de hábitos puede ser usado para añadir un costo social a cualquier conducta. Esto hace que el costo de violar tus promesas sea público y doloroso.
◆ Saber que alguien nos está observando puede ser un motivador muy poderoso.
Cómo crear un buen hábito
Primera Ley
Hacerlo obvio
1.1
Llena el Registro de hábitos. Escribe tus hábitos actuales y hazte consciente de ellos.
1.2
Usa la estrategia de intención de implementación: «Yo haré [CONDUCTA] a [HORA] en [LUGAR]».
1.3
Usa la estrategia de acumulación de hábitos: «Después de [HÁBITO ACTUAL] yo haré [NUEVO HÁBITO]».
1.4
Diseña tu ambiente. Vuelve evidentes y obvias las señales de los hábitos positivos.
Segunda Ley
Hacerlo atractivo
2.1
Usa la vinculación de tentaciones. Vincula una acción que quieras hacer a una acción que necesites hacer.
2.2
Únete a un ambiente donde tu conducta deseada sea una conducta normal para el resto de los integrantes.
2.3
Crea un ritual de motivación. Haz algo que disfrutes mucho inmediatamente antes de realizar un hábito que sea difícil.
Tercera Ley
Hacerlo sencillo
3.1
Reduce la tensión y la resistencia. Disminuye el número de pasos entre tú y tus buenos hábitos.
3.2
Prepara el ambiente para hacer que tus futuras acciones sean más sencillas.
3.3
Domina el momento decisivo. Optimiza las pequeñas elecciones que producen un impacto mayúsculo.
3.4
Usa la regla de los dos minutos. Simplifica tus hábitos hasta que puedan realizarse en dos minutos o menos.
3.5
Automatiza tus hábitos. Invierte en tecnología y en compras de una sola ocasión que aseguren tu conducta futura.
Cuarta Ley
Hacerlo satisfactorio
4.1
Usa el reforzamiento. Prémiate con una recompensa inmediata cuando hayas terminado tu hábito.
4.2
Haz que «hacer nada» sea disfrutable. Cuando logres evitar un mal hábito, diseña una manera de apreciar los beneficios.
4.3
Usa un registro o historial de hábitos. Registra una cadena de hábitos y «no rompas la cadena».
4.4
Nunca dejes de hacer algo dos veces. Cuando olvides realizar un hábito, asegúrate de recuperar el ritmo inmediatamente.
Cómo eliminar los malos hábitos
Inversión de la Primera Ley
Hacerlo invisible
1.5
Reduce la exposición. Elimina de tu ambiente las señales de tus hábitos negativos.
Inversión de la Segunda Ley
Hacerlo poco atractivo
2.4
Replantea tu mentalidad. Resalta los beneficios que obtienes al evitar tus malos hábitos.
Inversión de la Tercera Ley
Hacerlo difícil
3.6
Incrementa la resistencia y la tensión. Aumenta el número de pasos entre tú y tus malos hábitos.
3.7
Usa un mecanismo de compromiso. Limita tus elecciones futuras solamente a aquellas que te benefician.
Inversión de la Cuarta Ley
Hacerlo insatisfactorio
4.5
Consigue un socio corresponsable. Pídele a alguien que observe tu conducta.
4.6
Crea un contrato de hábitos. Haz que los costos de tus malos hábitos sean públicos y dolorosos.
Puedes bajar e imprimir una versión de esta tabla en atomichabits.com/cheatsheet