Hoyos
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STANLEY clavó la pala en el suelo. El hoyo tenía casi un metro de profundidad en el centro. Rebufó, sacó una paletada y la arrojó a un lado. El sol estaba casi directamente en la vertical.
Miró la cantimplora, junto a su hoyo. Estaba medio llena, pero todavía no bebió. Tenía que reservarse porque no sabía quién vendría conduciendo la camioneta la próxima vez.
Habían pasado tres días desde que Vigilante había arañado al señor Sir. Cada vez que le tocaba a él traer el agua, vertía la de Stanley directamente en la tierra.
Afortunadamente, el señor Peraski conducía la camioneta más a menudo que el señor Sir. Era evidente que el señor Peraski sabía lo que estaba pasando, porque siempre le daba a Stanley un poco más. Llenaba su cantimplora, dejaba que bebiera un gran sorbo, y luego se la volvía a llenar hasta arriba.
También lo ayudaba el hecho de que Zero estuviera cavando parte de su hoyo. Aunque, como Stanley suponía, a los otros chicos no les hacía gracia verle sentado mientras ellos trabajaban. Decían cosas como «¿Quién se ha muerto y te ha nombrado rey?» o «Debe de ser agradable tener un esclavo personal».
Cuando intentaba explicarles que él había cargado con lo de las pipas, los otros decían que era culpa suya porque él las había derramado.
—Arriesgué la vida por esas pipas —dijo Imán— y lo único que me llevé fue un puñado asqueroso.
Stanley también intentó hacerles ver que necesitaba ahorrar fuerzas para enseñar a Zero a leer, pero solo consiguió que se burlaran de él.
—Lo mismo de siempre, ¿verdad, Sobaco? —dijo Rayos X—. El señorito blanco se rasca la barriga mientras el chico negro hace todo el trabajo. ¿A que sí, Cavernícola?
—No, la cosa no es así —replicó Stanley.
—No, claro que no —dijo Rayos X—. Las cosas no son así.
Stanley sacó otra paletada. Sabía que Rayos X no habría dicho lo mismo si fuera él el que enseñara a Zero a leer. Rayos X estaría explicando lo importante que sería su descanso, «¿a que sí?». Para que pudiera enseñarle mejor, «¿a que sí?».
Y en aquello tenía razón. Necesitaba ahorrar fuerzas para enseñar mejor a Zero, aunque Zero aprendía muy rápido. A veces, incluso, Stanley deseaba que Vigilante estuviera observándolos, con sus cámaras y micrófonos secretos, para que se enterase de que Zero no era tan estúpido como todo el mundo pensaba.
Al otro lado del lago vio la nube de polvo acercándose. Dio un sorbo de su cantimplora y esperó a ver quién conducía el camión.
La cara del señor Sir se había deshinchado un poco, pero todavía estaba algo abultada. Antes tenía tres arañazos en la mejilla. Dos habían desaparecido, pero el del medio debió de haber sido el más profundo, porque todavía se notaba. La línea púrpura, quebrada, iba desde debajo del ojo hasta la boca, como una cicatriz.
Stanley se puso a la cola y le entregó su cantimplora.
El señor Sir se la acercó al oído y la sacudió. Sonrió al escuchar al agua en el interior.
Stanley confiaba en que no la tirase.
—Espera un momento —le dijo.
Con la cantimplora en la mano, el señor Sir rodeó la camioneta y se metió en la cabina, donde no le veían.
—¿Qué estará haciendo ahí? —preguntó Zero.
—Ojalá lo supiera —contestó Stanley.
Poco después, el señor Sir salió de la camioneta y le devolvió a Stanley la cantimplora. Todavía estaba llena.
—Gracias, señor Sir.
Él sonrió:
—¿A qué esperas? —le preguntó—. Bebe.
Se metió un puñado de pipas en la boca, las masticó y escupió las cáscaras. Stanley tenía miedo del agua. No quería ni pensar qué horrible sustancia le habría metido el señor Sir.
Se llevó la cantimplora a su hoyo. Durante un buen rato, la dejó a su lado mientras seguía cavando. Luego, cuando tenía tanta sed que no podía soportarlo más, desenroscó el tapón, la puso boca abajo, y echó toda el agua al suelo. Temía que si esperaba un solo segundo más, terminaría bebiendo un sorbo.
Una vez que Stanley le hubo enseñado a Zero las seis últimas letras del alfabeto, le mostró cómo escribir su nombre:
—Zeta mayúscula, e, erre, o.
Zero escribió las letras como le dijo Stanley y las leyó.
—Zero —dijo con los ojos clavados en la hoja de papel. La sonrisa se le salía de la cara.
Stanley lo miró escribirlo una y otra vez.
Zero Zero Zero Zero Zero Zero Zero.
Pero aquello también lo entristeció. No pudo evitar pensar que cien veces cero seguía siendo nada.
—¿Sabes? Zero no es mi nombre de verdad —dijo Zero mientras caminaban hacia la Nada a la hora de la cena.
—Sí —dijo Stanley—, ya me lo imaginaba. —La verdad es que hasta entonces no había estado seguro.
—Siempre me han llamado Zero, incluso antes de venir aquí.
—Ah.
—Mi nombre verdadero es Héctor.
—Héctor —repitió Stanley.
—Héctor Zeroni.