Hoyos
Tercera parte. Rellenando hoyos » 50
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LA madre de Stanley insiste en que la maldición nunca existió. Incluso duda de que el tatarabuelo de Stanley llegara a robar un cerdo. Sin embargo, al lector podría interesarle saber que el padre de Stanley inventó su remedio contra el olor de pies el día después de que el tataranieto de Elya Yelnats subiera a cuestas una montaña entera al tataranieto de madame Zeroni.
El fiscal general cerró el Campamento Lago Verde. La señora Walker, que necesitaba dinero desesperadamente, tuvo que vender los terrenos que habían pertenecido a su familia durante generaciones. Lo compró una organización nacional dedicada al bienestar de las niñas. Al cabo de unos años, el Campamento Lago Verde se convirtió en un campamento de señoritas: las girl scouts.
Y más o menos aquí se acaba la historia. Segura mente al lector le quedan algunas preguntas, pero por desgracia, de ahora en adelante, las respuestas tienden a ser largas y aburridas. Aunque a la señora Bell, la antigua profesora de Matemáticas de Stanley, le gustaría saber el cambio porcentual en el peso de Stanley, al lector probablemente le interesen más los cambios en su carácter y en su seguridad en sí mismo. Pero esos cambios son sutiles y difíciles de medir. La respuesta no es sencilla.
Incluso el contenido de la maleta resultó ser un tanto aburrido. El padre de Stanley la abrió en su taller, y al principio todos se quedaron boquiabiertos por el brillo de las joyas. Stanley pensó que Héctor y él se habían hecho millonarios. Pero las joyas eran de mala calidad, con un valor en torno a los veinte mil dólares.
Debajo de las joyas había un fajo de papeles que pertenecieron al primer Stanley Yelnats. Eran certificados de bolsa, títulos de propiedad y pagarés. Se leían con dificultad y se entendían todavía peor. El bufete de la señora Morengo dedicó más de dos me es a estudiarlos uno por uno.
Resultaron ser mucho más valiosos que las joyas. Después de pagar los costes legales y los impuestos, Stanley y Zero recibieron menos de un millón de dólares cada uno.
Pero no mucho menos.
Stanley tuvo bastante para comprar una casa nueva a su familia, con un laboratorio en el sótano, y Héctor pudo contratar un equipo de detectives privados.
Pero sería muy aburrido contar los detalles de todos los cambios que ocurrieron en sus vidas. En vez de eso, se presentará al lector una escena final, que tuvo lugar casi un año después de que Stanley y Héctor salieran del Campamento Lago Verde.
Los demás hoyos de esta historia tendrás que rellenarlos tú mismo.
En la casa de los Yelnats se celebraba una pequeña fiesta. Menos Stanley y Héctor, los demás eran todos adultos. En la mesa había todo tipo de aperitivos y bebidas, incluyendo caviar, champán y helado de vainilla con chocolate caliente.
Estaban televisando un partido de fútbol americano, pero nadie atendía.
—Debería salir en el próximo descanso —dijo la señora Morengo.
En el partido pidieron un tiempo muerto y apareció un anuncio en la pantalla.
Todo el mundo dejó de hablar y prestó atención.
El anuncio transcurría en un campo de béisbol. En medio de una nube de polvo, Clyde Livingston se lanzó a la última base mientras el catcher cogía la bola e intentaba tocarle para eliminarlo.
—¡Carrera! —gritó el árbitro haciendo la señal con los brazos.
En casa de Stanley todos gritaron de alegría, como si la carrera fuera de verdad.
Clyde Livingston se levantó sacudiéndose el polvo del uniforme. De camino al banquillo, se dirigió a la cámara.
—Hola, soy Clyde Livingston, pero todo el mundo me llama «Pies Dulces».
—¡Así se hace, Pies Dulces! —dijo otro jugador chocándole la mano.
Además de estar en la tele, Clyde Livingston estaba sentado en el sofá junto a Stanley.
—Pero mis pies no siempre fueron dulces —decía el Clyde Livingston de la pantalla mientras se sentaba en el banquillo—. Antes olían tan mal que nadie quería sentarse a mi lado.
—La verdad es que apestaban —dijo la mujer sentada en el sofá al otro lado de Clyde. Se tapó la nariz con una mano y con la otra hizo como que se abanicaba.
Clyde la mandó callar.
—Hasta que un compañero del equipo me habló del Sploosh —dijo el Clyde de la pantalla. Sacó un bote de Sploosh de debajo del banquillo y lo sostuvo en alto para mostrarlo a la cámara—. Todas las mañanas me echo un poquito y ahora sí que tengo pies dulces. Y, además, el cosquilleo me encanta.
—Sploosh —decía una voz—. Un regalo para sus pies. Hecho con ingredientes naturales, neutraliza los hongos y bacterias causantes del mal olor. Y, además, le encantará el cosquilleo.
Todos aplaudieron a rabiar.
—No era mentira —dijo la mujer sentada junto a Clyde—. Ni siquiera se podía estar en la misma habitación que sus calcetines.
Los demás se rieron. La mujer continuó:
—No es broma. Era tan horrible que…
—Vale, ya está bien —dijo Clyde, tapándole la boca con la mano—. ¿Me haces un favor, Stanley?
Stanley encogió el hombro izquierdo.
—Voy por más caviar —dijo Clyde—. Pon la mano en la boca de mi esposa.
Le dio una palmadita en el hombro al levantarse del sofá.
Stanley se miró la mano sin saber qué hacer, y luego a la mujer de Clyde Livingston.
Ella le guiñó el ojo.
Se puso colorado y se volvió hacia Hector, que estaba sentado en el suelo delante de un sillón.
Sentada detrás de Héctor había una mujer, atusándose el pelo distraída. No era muy mayor, pero tenía la piel gastada, como si fuese cuero. Sus ojos parecían cansados; tal vez hubieran visto demasiadas cosas que no querían ver. Y cuando sonreía, su boca parecía demasiado grande para su cara.
Muy suavemente, estaba medio cantando medio tarareando una tonada que su abuela solía cantarle cuando era pequeña:
«Ojalá, ojalá», pero la luna calla;
solo refleja el sol y todo lo que se fue.
«Sé fuerte, mi lobito, sé duro en la batalla.
Vuela, mi pajarillo.
Mi ángel, mi bien».