Historia de un desdichado
Ángel Gabriel Cabrera
Martes por la tarde. Garúa en el pueblo de Sebastián. Ha perdido a sus padres en un accidente y su novia, Guadalupe, está enferma. Mucho.
Ya no sabe qué hacer. Cada vez que duerme tiene pesadilla, ¡y una más terrible que la otra! Ha llegado a pensar en el suicidio. Pobre. Con tan sólo trece años.
Lo que no sabe es que las cosas están a punto de cambiar. Si es para bien o para mal, ya lo descubrirán, en cuanto se adentren en este relato.
En la susodicha tarde, Sebastián vuelve de la escuela. Tuvo un día terrible: por un ataque de nervios que le dio al acordarse de sus padres, le pusieron quince amonestaciones. Y es poco, porque ha golpeado a su profesora e insultado al director. Vuelvo a decir “¡pobre Sebastián!”
Le va realmente mal en la escuela desde que es huérfano. En las últimas evaluaciones, no ha llegado a sacar más de 4 como calificación.
Cuando llegó a su casa aquella tarde, ocurrió el primer hecho horripilante de esta historia, pero no el más. Al entrar en la humilde morada –que era una casona antigua, legado de sus bisabuelos, cercana al cementerio–, encontró una carta escrita con sangre. “¡Auxilio!” decía la misma. Y no pudo dormir en toda la noche pensando en eso, además de que, al encontrar la carta, le dio una crisis de angustia aún más grande que el de la escuela; era evidente que su salud mental no era la mejor.
Pasó la semana sin más hechos dignos de mencionar, pero a la siguiente se enteró de lo peor: Guadalupe, esa hermosa adolescente de catorce años, quien –valga la redundancia– era su novia desde hace dos años, había muerto. Pero lo más triste de esto es que, según dicen, en el velorio, Seba se descontroló nuevamente y agredió a una niña hija de una de las mujeres del público asistente; y, cuando estaban solos, haciendo caso a su desesperación, luchando cada vez menos contra su desorden psicológico, la violó.
Luego de ocurrido todo este desastre, irrumpieron las autoridades y se llevaron al muchacho a un reformatorio en otro pueblo (cercano) y también cerca del cementerio local. Ahí pasó sus peores días: los sueños de terror volvían una y otra vez y ya no podía estar en paz.
Una noche, Sebastián Luna se propuso escapar de aquel oscuro lugar. Hizo un atado con sus cosas y su ropa y, como pudo, escapó. Pero para ello tenía que trepar la pared del cementerio, atravesarlo y salir por el otro lado.
Iba observando las tumbas en su fuga. En todas las lápidas y nichos, se veían inscripciones tales como “murió degollado por su esposa”, “se suicidó de un tiro en la sien” e “hijo, esto es lo peor que nos pudo haber pasado”.
Cuando logró salir del cementerio –a pesar del miedo que le inculcaban las inscripciones y, especialmente, andar por ahí de noche-, llegó al único lugar que había cerca: la casa de un cirujano llamado Doctrino Alcorques, quien le mostró una colección entera de cadáveres humanos y huesos –también humanos-, todo robado de sendas sepulturas, y luego le propuso algo: que fuera su socio en el robo de los cuerpos de los difuntos a cambio de un favor especial que sólo él podía darle, pero que descubriría con el tiempo; decía que le sería más que útil en algún momento de su vida. Una sonrisa diabólica se dibujó en el rostro de Doctrino… y el joven aceptó.
La primera misión sería rescatar los restos de un panadero de la comarca y llevarlo a las afueras del pueblo. Ahí transportarían todos los cadáveres posibles y huirían a otro sitio. Lo hicieron.
Una noche, caminando por los oscuros pasillos de la casa de Doctrino, Seba oyó un llanto de mujer. Impresionado, recorrió toda la casa hasta que el único lugar por verificar fue el sótano, donde Doctrino guardaba a sus víctimas. Entró y casi se desmayó de lo que vio: su novia y sus padres como muertos vivientes, llorando desconsoladamente. Y solamente atinó a salir corriendo, ya en estado de shock, para ir a un pueblo de cerca de ahí.
Llegó a un hotel y pagó la estadía con dinero robado, previamente, de las arcas de Doctrino. Ya se estaba yendo al extremo.
Recorrió, inmerso en amargura, todo el pueblo, desde la mañana de ese día hasta la madrugada de la siguiente. Entró a un hospital que lo atraía con gran fuerza sin saber por qué y ahí se enteró de que la menor violada había abortado. Eso fue el colmo. Sebastián no aguantó más y se suicidó, pero no le duraría mucho…
El desdichado protagonista de nuestra historia entró en otra dimensión. Ahí estaban sus padres, su novia, su niño abortado y todos sus desterrados seres queridos. Lo llamaban con ello, de brazos abiertos.
Así, nuestro protagonista no pudo aguantar más y se entregó al conmovido abrazo de su gente. Igualmente, antes de llegar a ellos, se desmayó de nuevo, sintiendo en sus espaldas un fuerte golpe que, filoso y contundente, lo derribó.
Después de ese falso encuentro, despertó en una camilla del hospital en el cual había entrado anteriormente. Tenía suero, y todos corrían con sondas y resultados de análisis. Y allí no pudo, casi, creer lo que vio: su novia, Guadalupe, lo estaba cuidando sentada en su cama.
Entró una enfermera a la sala y le colocó anestesia. Sebastián volvió a despertar y se sintió raro. Trató de abrir los ojos. No pudo. Cuando –tras muchísimo esfuerzo- logró hacerlo y pararse, descubrió –por medio de un espejo que había en aquella habitación–que su cuerpo era sólo un cadáver, un cadáver al que se le notaban algunos huesos y que apestaba a muerte.
Sebastián no pudo aguantar más y se propuso llegar al fondo de todo esto, descubrir de qué se trataba tanto misterio. Buscó en una biblioteca que estaba en el lugar donde despertó. Lo único que pudo hallar fueron libros sobre magia negra, necrofagia y nigromancia. Se dispuso, ya resignado, a leerlos todos (eran unos pocos).
Se exaltó el pobre Seba al enterarse de que todo ese procedimiento, incluida la visión de los parientes y su novia –tanto vivos como muertos-, los golpes, la carta con sangre y todo lo demás, se trataba de un macabro experimento al que había sido sometido: convertirlo en un nigromante modificando partes de su cerebro mediante chamanismo.
Y ya no pudo escapar nunca más. Ese “don” que le había prometido Doctrino era lo conocido como la “no-muerte”, es decir, ser un muerto viviente para toda la Eternidad, y eso era justamente lo que estaba pasando: lo habían dormido mediante somníferos en su casa y lo habían llevado, junto con los cuerpos inhumados en el cementerio vecino, a un templo de acupuntura, donde restauraron y cosieron cadáveres entre sí para, luego, colocar en ellos el cerebro de Sebastián.
Resignado a su destino, nuestro protagonista vivió deambulando por el cementerio todas las noches, intentando que los muertos se levanten y pensando “¿por qué a mí?”, gimiendo lánguidamente y recordando que alguna vez fue feliz.