Halo
L. Annette Binder • TiempoDeLectura18min
La señora Schrom tenía un halo negro la víspera de su muerte. Raymond lo vio cuando la mujer estaba en el jardín trasero sujetando las tomateras a unas cañas y cuando sacó a pasear al perro. Al día siguiente, su marido se salió de la carretera con la caravana. En la autopista, nada más pasado Gunnison. Él sobrevivió porque salió despedido del vehículo, pero la señora Schrom tenía puesto el cinturón de seguridad y lo llevaba bien ajustado. A Raymond su madre le dijo que no sacara ninguna lección del accidente. «El cinturón de seguridad te lo tienes que poner siempre», le insistió. La señora Schrom era la excepción que confirmaba la regla. Sor Mary Bee, que vivía más arriba en la calle, también tenía un halo, pero era vieja y al principio Raymond no se dio cuenta. Tenías que fijarte bien si querías verlos. Se parecían mucho a una sombra.
La primera vez que vio uno alargó la mano para tocarlo, pero sus dedos lo atravesaron. Su madre se disculpó. «Debe de gustarle su pelo», le dijo a la anciana señora Dreisser, que murió al día siguiente. Se fue a dormir y ya no despertó, y su hija dijo que había sido una bendición. Su madre le había reñido después. Movió el dedo negativamente y le dijo que señalar era de mala educación, y Raymond supo que ella no veía lo que él veía.
Raymond llamaba a esa gente ángeles, aunque algunos eran malos. Tenían un halo, e iban conduciendo su coche o pasaban por su lado en silla de ruedas. Los veía en los centros comerciales y en el hospital cuando su madre se puso mala. Fue la vesícula. Los médicos dijeron que la tenía llena de piedras. Su madre gritó hasta quedarse afónica y todas las enfermeras acudieron corriendo. Raymond esperó en el pasillo tapándose los oídos, y el anciano del cuarto de al lado tenía un halo encima de la cama. Flotaba en el aire como una nube. Como un enjambre de abejas. Al día siguiente, las enfermeras cambiaron las sábanas de la habitación del anciano. Quitaron toda la ropa de la cama y trajeron a otra señora, y fue entonces cuando Raymond empezó a contar. Contó las baldosas del suelo y los cuadros del pasillo. Contó las ambulancias cuando encendían la sirena y los pasos que había entre el cuarto de baño y la puerta, y gracias a que contó todo eso su madre se puso bien otra vez. Volvió a casa gracias a los números.
Cuántos guisantes tenía en el plato y cuántos pájaros había posados en los cables de la electricidad, y también los contaba mientras volaban. Esos números tenían magia. Raymond lo sabía sin necesidad de que nadie se lo dijera. La magia evitaría que el avión de su padre se estrellara. Era piloto de la línea Continental y pasaba fuera de casa tres días a la semana. La comida se había quedado fría para cuando terminaba de contar. A veces perdía la cuenta y tenía que volver a empezar. Su madre no entendía por qué tardaba tanto en comer. «A ti te pasa algo —le dijo—. No vayas a salir como tu tía Leslie. Veinte años de terapia y sigue sin poder comerse una galleta». Cuando su madre empezaba a ponerse nerviosa, Raymond empujaba la comida por el plato. Se metía en la boca un tenedor lleno de guisantes y los contaba con la lengua, y entonces ella parecía alegrarse. Se relajaba un poco y sonreía, sin saber que él seguía contando. Estaba sujetando el cielo con sus números. Estaba manteniendo los halos a distancia.
Su abuelita conocía bien a sus propios ángeles. Miguel y Rafael, el sanador, y Uriel, que se aparece junto a los que están a punto de morir. Tenía cabezas de ángeles en la pared e imágenes de San Jorge matando al dragón. Raymond se quedaba con ella porque su madre estaba en el gimnasio. Veían juntos la televisión, aunque ella no tenía la vista bien. Ya no podía leer ni sus revistas ni sus novelas policiacas, pero tampoco quería que la operaran de cataratas, no fuera a ser que esos médicos hicieran algún estropicio. Conocía a una mujer a la que, al día siguiente de que los cirujanos la operaran, se le empezaron a cerrar los ojos. Ya no tenía cataratas, pero de qué le servía si no era capaz de mantener los ojos abiertos.
Su abuela le preparó un sándwich de queso a la plancha con mucha mantequilla. También hizo palomitas dulces en el microondas y se las comieron directamente de la fuente los dos juntos. Vieron en la televisión Tocados por un ángel y Autopista hacia el cielo. «Gracias a Dios que tenemos estas reposiciones y los programas musicales de Lawrence Welk», dijo su abuela. No le gustaba que la violencia entrara en su casa. Tampoco permitía que se dijeran palabrotas, porque los malos pensamientos dejan rastro. Y si no desaparecen, acaban convirtiéndose en un pecado. «Piensa solo en cosas buenas», le decía, con los ojos grises brillándole.
En la televisión se veían nubes, y el ángel caminaba por la carretera. Estaba en el desierto donde no hay nadie más. Su trabajo era ayudar a la gente para así poder ganarse las alas.
Raymond movió la cabeza afirmativamente, aunque no sabía exactamente a qué se refería. Alargó la mano hacia la fuente con palomitas que ella tenía apoyada en una rodilla.
—A veces veo ángeles —dijo—. Los veo con su halo.
Su abuela se rascó la barbilla. Tenía los dedos torcidos de todos los años que había trabajado en la zapatería. De vez en cuando hablaba de eso. De los muchos zapatos ortopédicos que había vendido a mujeres con dedos en martillo y juanetes.
—Los halos son negros —añadió Raymond.
Su abuela lo miró.
—No se debe hablar de ellos —le dijo, pero su voz no sonaba enfadada. Alargó la mano para coger el mando a distancia y subió el volumen—. Están de paso y hay que dejarlos en paz.
Raymond lavó la fuente cuando terminaron los programas que le gustaban a su abuela y arrancó los hierbajos de los arriates con grava. Ella a veces también utilizaba gasolina, pero a los vecinos no les hacía gracia. Su abuela se sentó en el porche con una lata de Sprite salpicada de gotitas de agua.
—Eres un buen chico —le dijo mientras Raymond, tras tirar dentro del cubo de la basura las malas hierbas, lo llevaba rodando hasta la acera—. Ven a sentarte conmigo antes de que te quemes.
Era muy cuidadosa con el sol porque eso es lo que había matado al abuelo. Empezó con un lunar en la parte de arriba de la cabeza. Tan solo una mancha marrón que había echado raíces y se había extendido.
Raymond se sentó a su lado en el banco y ella le dio unas palmaditas en su sudorosa cabeza.
—Mi pelo era tan pelirrojo como el tuyo —le dijo—. Fue en lo primero en lo que se fijó tu abuelo.
Se había saltado una generación con su madre, continuó diciéndole. A ella le había tocado lo alemán, en lugar de lo irlandés, con ese pelo rubio y liso que tenía. Contemplaron la puesta de sol detrás de las montañas, y ella miró fijamente con sus ojos turbios, sin parpadear ni hacerse sombra con la mano. A Raymond le hubiera gustado preguntarle más cosas sobre los ángeles. Le hubiera gustado preguntarle adónde iban, aunque ya lo sabía.
Los viernes por la tarde, él y su madre iban a Leon Gessi’s y compartían una pizza de pepperoni. Ella decía que una vez a la semana se podía comer hidratos. Para eso iba a todas esas clases de spinning y levantaba todas esas pesas. Ese día fueron temprano. Fueron a las tres en lugar de a las cinco, y la mayor parte de los estudiantes del instituto todavía estaban esperando sus porciones de pizza. Estaban apiñados alrededor de la mesa de futbolín y de algunas viejas máquinas recreativas de videojuegos. Chicos y chicas iban vestidos igual. Llevaban vaqueros ajustados y las uñas pintadas de negro, con la piel tan pálida que Raymond les veía las venas de alrededor de los ojos. Los chavales del instituto parecían espíritus. Se parecían a los anime que sus padres no le dejaban ver. Un grupo pasó por su lado: tres chicos y dos chicas de ojos muy claros. Llevaban unos platos grasientos y latas de refrescos. Se marcharon riéndose, y todos llevaban halos, los cinco. Raymond los miró subirse a un viejo coche abollado, con manchas de herrumbre. Se incorporaron a la calzada tan deprisa que los neumáticos dejaron unas largas huellas, y otro coche les pitó y tuvo que dar un frenazo.
Cuando lo vio, su madre gritó y dejó caer la cesta con la ropa lavada.
—Pero ¿a ti qué te pasa?
Lo hizo levantarse y lo llevó a rastras hasta la casa. Parecía asustada, como cuando tenía que frenar el coche demasiado bruscamente y alargaba el brazo por delante del pecho de Raymond. Los dos entraron en la habitación de él y su madre subió las persianas.
—¿Por qué no juegas como los otros niños? ¿Por qué ya no montas en bici ni vas a Ryan’s a jugar a las maquinetas de videojuegos?
Raymond se sentó en la cama y la miró pasear de un lado a otro de la habitación, entre la mesa y el armario de puertas correderas. Se detuvo junto a la cama y arrancó las listas de la cabecera.
—¿Qué es esto? —Sacudió los papeles en el aire. Probablemente los había visto cien veces antes, cuando le hacía la cama todas las mañanas y cuando pasaba el aspirador, pero hasta ese momento no se había fijado en ellos—. ¿Qué es todo esto que andas escribiendo siempre?
Se acercó con los papeles a la ventana y los miró a la luz del sol. Entornó un poco los ojos porque no llevaba puestas las gafas, y Raymond se percató por primera vez de cuánto se parecía a su abuela. No en el pelo, sino en las arrugas de la frente y en cómo apretaba la mandíbula.
—¿Qué son estos números? —Volvió a agitar los papeles como si sacudiéndolos con la suficiente fuerza fuera a conseguir que le hablaran—. ¿Qué significan?
Raymond se removió intranquilo en la cama. En el ciruelo que había justo al otro lado de la ventana había algunos pájaros. Estaban posados en perfecta alineación. Le pareció que había cinco, pero a lo mejor había algún otro que no veía.
—Solo cuento —dijo—. Los cuento antes de que se marchen.
Su madre se sentó a su lado y le pasó el brazo por los hombros.
—Nadie se va a marchar —le dijo—. Yo estoy aquí y papá volverá a casa dentro de una semana. Solo necesita un poco de tiempo.
Su madre recogió todos los papeles de la mesa y de debajo de la cama. Incluso encontró los que había pegado con celo en la cara interior de las puertas del armario. Empezó a decirle que los once años era una edad difícil, y que los niños, incluso los que se portaban bien, a veces necesitaban un poco de ayuda. Se llevó las listas. Las sujetó con un clip y no le dijo dónde las iba a poner, pero daba igual. En cuanto se marchó, Raymond abrió su cuaderno y empezó una nueva.
Su terapeuta, la doctora Winer, tenía treinta y siete bolas de nieve. Su marido se las traía de los viajes de negocios y ella también se las compraba, cuando iban juntos de vacaciones. Tenía una con unas bailarinas de hula-hula, de cuando habían estado en Hawái, y otra con unos ángeles de nieve, de Viena. El puente Golden Gate de San Francisco («la ciudad más bonita del país —le dijo ella—, si aguantas la niebla») y un Lincoln de aspecto adusto sentado en su silla. También tenía una sirena, con el cabello rubio platino flotando en el agua. Tenía los ojos cerrados y flores doradas detrás de las orejas. La doctora Winer tenía las bolas en la repisa de debajo de la ventana, y los días soleados a Raymond le gustaba agitarlas y ver cómo se iban posando los reflejos.
La doctora Winer no tenía arrugas en la cara, ni una, pero tenía el cabello casi plateado. Lo llevaba suelto, y la hacía parecer joven y vieja al mismo tiempo. Cuando Raymond hablaba, le escuchaba con atención. Quería que le contara cosas del colegio y también le preguntó si su padre estaba fuera con frecuencia. En alguna ocasión, Raymond le mencionó lo de que contaba, pero no de tal modo que ella pudiera comprenderlo. No podía explicarle el enorme peso que le quitaba de encima ni cómo mantenía los halos a raya. Ella le preguntó por qué había matado a los grillos.
—¿Por qué los esparciste por encima de las losas?
Lo miró igual que lo miraba su madre cuando estaba preocupada. Arrugó la frente, y el sol atravesó la ventana y le iluminó el canoso cabello.
—Estaba rezando —respondió él.
Y, aunque no sabía por qué lo había dicho ni qué es lo que quería decir exactamente, era cierto. Cierto como pueden serlo los sueños o las lágrimas cuando alguien te hace daño. Estaba rezando por la gente con halos y por aquellos que todavía estaban esperando.
Su madre estaba muy satisfecha con cómo se estaba comportando.
—Ahora estás más tranquilo —le dijo—. Ya no estás todo el día dando pataditas a las cosas como antes, ni juegas con la comida.
Su madre llevaba una sudadera del gimnasio y sus zapatillas Adidas de correr. Ahora hacía ejercicio todos los días, y no solo en el gimnasio. Por la mañana miraba en la televisión los programas de fitness y se había comprado una esterilla morada para hacer yoga. Hacía abdominales sobre una pelota de goma, y ejercicios de los de toda la vida, como fondos y multisaltos abriendo y cerrando brazos y piernas.
—Así es cómo lo hacía el abuelito cuando estaba en el ejército —le explicó su madre—. Nunca he visto a un hombre que pudiera hacer tantos fondos como él.
Raymond le ayudaba a contar cuando ella se cansaba. Llevaba la cuenta de todo.
Su madre se secó la frente cuando terminó y bebió de la botella de agua con vitaminas.
—Lo único que te hacía falta era alguien que te escuchara —le dijo—. Alguien profesional, y no solamente yo, o tu abuela. —Volvió a enroscar el tapón de la botella y la dejó—. Se ha vuelto un tanto rara desde que tu abuelo murió. Es porque pasa mucho tiempo sola.
Su madre lo estaba mirando con expresión seria. Esperaba que Raymond le diera la razón, pero estaba equivocada, tanto en lo referente a su terapeuta como a lo de su abuela.
—La abuelita no está sola —dijo Raymond—. Yo voy a verla todas las semanas.
Sus ojos estaban llenos de ángeles y espíritus, le hubiera gustado decir. ¿Cómo iba a sentirse sola si nunca estaba sola?
La doctora Winer decía que la gente necesita un cierto espacio para respirar. Eso era así para los adultos, como sus padres, y también lo era para los niños. Le preguntó si no creía que todos esos números podían estar impidiéndole hacer amigos. A lo mejor pasaba demasiado tiempo solo cuando en realidad lo que debería hacer es estar jugando. Estaba equivocada, por supuesto, pero a Raymond no le importaba. Le gustaba el sonido de su voz y la manera en que la luz atravesaba la ventana de su despacho. Dos pisos más abajo había un patio con un arce que había empezado a florecer. Un mes más y sus semillas empezarían a caer, revoloteando en su descenso como si fueran alas. En todo el tiempo que pasó en el despacho de la doctora Winer, en todo el tiempo que pasó hablando y mirando las ramas por la ventana, lo único que aprendió fue esto: es bueno tener a alguien que te escuche, aunque no te comprenda.
Cuenta las baldosas del cuarto de baño, pero no la rajada junto a la bañera. Esa traía mala suerte. Las latas de la despensa y las botellas de agua vacías. Su madre nunca las guardaba como era debido, sino que las amontonaba junto a la lavadora. Cuéntalas y llévate contigo los números porque los vas a necesitar en el lugar al que vas. El señor Driscoll, el conductor del autobús escolar, tosió seis veces antes de que llegaran a Chelton. En esta época del año tenía asma. Decía que era por el polen. Cuéntalos, quédatelos y no dejes de lidiar con ellos hasta que le devuelvan el aire.
Raymond limpió los canalones de la casa de su abuela. Ya era mayo y a ella le preocupaban las lluvias. Lo dejó subir por la escalera y andar por el tejado. Había agujas de árboles y clavos oxidados doblados y, allá arriba, de pie sobre las tejas, se sintió igual que su padre. Como volando entre las nubes. Y su abuela, con los pantalones de chándal y una visera, se veía tan pequeña allá abajo…
—Ten cuidado cerca del borde —le estaba diciendo ella—. Ve despacio y con cuidado.
Raymond fue recogiendo las hojas y todas las agujas y las fue metiendo en una bolsa de basura. Para cuando llevaba recorrido medio canalón, la bolsa estaba llena a rebosar. Encontró un mapache muerto y un nido de pájaros con trozos agrietados de cáscara verde pálido. Se preguntó adónde habrían ido los pájaros y si las crías habrían sobrevivido. En una ocasión había visto a un arrendajo azul comerse a una cría de estornino. La cogió directamente del nido y se la llevó.
—Átala —le dijo su abuela, con los brazos en jarras—. Y, cuando esté llena, déjala caer.
Para cuando terminó, había llenado dos bolsas y empezado con una tercera. Volvió a utilizar la escalera para bajar, y la bajada fue peor que la subida, porque no veía por dónde iba. Su abuela le sacudió el polvo y le hizo limpiarse los zapatos. Le tenía preparado helado. Había dejado que se ablandara un poco para que se pudiera clavar la cuchara.
—No le cuentes a tu madre lo del tejado —le dijo—. No quiero que se preocupe. Y tampoco le digas lo del helado. Es tan maniática con los dulces…
—No se lo diré.
Su madre ya tenía bastantes preocupaciones, y en su mayoría tenían que ver con él.
Raymond se comió el helado, dándole vueltas hasta que se quedó tan blando como unas natillas, y su abuela empezó a rezar. Rezaba cuando le apetecía, porque no creía en las iglesias. Juntaba las manos y le hablaba directamente al rey de reyes. Al que conoce incluso aquello que es incierto y oscuro.
—Dame fuerza y bendice a todos mis hijos y a los viajeros que están lejos del hogar —pidió con voz grave, con los ojos cerrados, para poder sentir a Dios.
Cuando su madre fue a recogerlo, su abuela lo besó en la mejilla. Tenía los labios secos como el papel. Se inclinó más y le cogió por los hombros; sus manos eran más fuertes de lo que aparentaban.
—No tengas miedo —le dijo—. Sé amable con ellos mientras estén aquí.
Cuatro semanas, seis días y once horas. Los números no habían traído a su padre de vuelta a casa. Cuarenta y nueve mil seiscientos veinte minutos. Nunca antes había estado fuera tanto tiempo. Y su madre estaba otra vez en la bici estática. Había dejado de pintarse los labios y de secarse el pelo con secador. Hacía ejercicio hasta que le brillaba la cara. «Tu padre y yo te queremos —le dijo—, eso es tan cierto como que hay estrellas en el cielo».
La doctora Winer no estaba sentada en su silla cuando él entró. Estaba debajo de la mesa.
—He perdido un pendiente —le explicó—. Lo he oído cuando se ha caído.
Estaba gateando por debajo de la mesa, y Raymond también se puso de rodillas para poder ayudarla a buscar. Anduvo a cuatro patas por el exterior de la mesa, palpando el suelo de madera con los dedos.
—Tengo la parte de atrás —dijo ella—, pero no consigo encontrar la perla.
Raymond fue avanzando en círculos cada vez más alejados de la mesa. El sol, tras atravesar la ventana, se reflejaba sobre los listones de madera del suelo y les daba un aspecto meloso. Estaba a mitad de camino entre la mesa y la pared cuando encontró el pendiente. Era dorado y no blanco como las perlas que se ponía su madre cuando llevaba su vestido de fiesta.
—Ya lo tengo —dijo. Se incorporó y lo levantó para que ella viera que estaba en perfectas condiciones—. ¡Mire hasta dónde ha rodado!
La doctora Winer salió de debajo de la mesa. Le sonrió y se estiró el jersey, envuelta totalmente por un aura de luz plateada. Raymond se tuvo que tapar los ojos.
—Me acabas de salvar la vida —le dijo ella, y se dirigió hacia Raymond para cogerle el pendiente de la mano—. Mi marido me compró estos pendientes durante el viaje de novios.
Salió de la luz. Se puso el pendiente en la oreja y se aseguró de que estuviera bien sujeto, y cuando se giró tenía una sombra sobre la cabeza. Raymond la vio flotando en el aire. Era tan real como la perla que había encontrado o las postillas que tenía en las manos de limpiar los canalones de su abuela.
—La próxima semana nos vamos a las Bahamas —le dijo la doctora Winer. Llevó rodando la silla de vuelta a su sitio y el halo la acompañó—. Y quiero llevarme este par. —Se sentó como hacía siempre y alargó la mano para coger el bolígrafo y el cuaderno—. Tres meses de clases en una piscina y ahora por fin voy a ver algún pez.
Raymond miró por la ventana. Los jardineros estaban sacando los cortacéspedes del camión. El césped ya estaba verde y habían empezado a plantar flores en los arriates.
—Mire qué buen día hace —dijo Raymond—. Ya hace calor como para ir en pantalón corto. —Esta vez incluso lo oía. El halo zumbaba igual que una colmena. El ruido inundaba la habitación, pero ella no se daba cuenta—. ¿Seguro que tiene que ir?
—No será mucho tiempo. No llegará ni a las dos semanas.
Raymond no se sentó en su silla. Se acercó hasta la ventana donde la doctora tenía las bolas de nieve y cogió la de la sirena dormida. La sostuvo con una mano. La sirena estaba junto a un cofre en el que había gemas y collares de perlas plateadas.
—A lo mejor no debería ir.
Quería decirle que a veces veía cosas malas, que sabía lo que iba a suceder. Ella tenía que quedarse porque ya era casi verano. El aire era dulce, aunque las montañas todavía tenían nieve.
—Mi madre dice que en esos cruceros hay gente que se cae del barco.
Le dijo que el lugar al que iba era precioso. Con el agua tan calentita como en una bañera.
Luego se volvió a poner seria y empezó a hacerle preguntas. Quería saber sobre cosas que en realidad carecían de importancia. Su padre pilotaba aviones que iban de Denver a Phoenix y se alojaba en un hotel. Su madre cada vez hacía más ejercicio, y las venas se le empezaban a notar en los brazos. Todas esas repeticiones que él contaba, con el rostro agarrotado por el esfuerzo, y encima cuando acababa no parecía estar más fuerte. Estaba extenuada de tanto ejercicio.
Raymond paseaba arriba y abajo por delante del escritorio de la doctora Winer. Oía el ruido del bolígrafo raspando contra el papel, pero ni la miró a ella ni a la sombra que tenía encima de la cabeza. El ordenador zumbaba, y el halo también, y a Raymond le hubiera gustado taparse los oídos. ¡Qué gran alivio sería empezar a verlo todo borroso! Porque entonces podría salir a la calle. Y ya no tendría que andar mirando el suelo. Y rezaría por gente a la que no podría ver, y no sabría que se iban a morir.
Su madre llamó al timbre antes de que hubiera acabado la hora. Siempre llevaba el reloj un poco adelantado. La doctora Winer se levantó al oírlo. Se acercó a la ventana y cogió la sirena.
—Quédatela —le dijo—. Siempre ha sido tu favorita. Lo he sabido desde tu primer día.
Se la puso entre las manos. Antes de que él pudiera decir que no o devolvérsela, ella lo atrajo hacia sí y lo abrazó. Nunca antes lo había hecho, y Raymond se aferró a ella sin soltarla, hasta que su madre entró por la puerta.
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