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Segunda parte » 257

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Kubiš ha muerto. Me apena tener que escribir esto. Me habría gustado mucho conocerlo. Habría deseado poder salvarlo. Parece ser que al final de la galería había, según los testimonios, una puerta condenada que comunicaba con los edificios vecinos y que habría podido permitir escapar a los tres hombres. ¡Por qué no la utilizaron! La Historia es la única verdadera fatalidad: se la puede releer en todos los sentidos pero no se la puede reescribir. Por mucho que yo haga, por mucho que yo diga no resucitaré al bravo Jan Kubiš, al heroico Jan Kubiš, al hombre que mató a Heydrich. No me ha dado ningún placer contar esta escena cuya redacción me ha costado largas y laboriosas semanas. ¿Y todo para qué? Tres páginas de idas y venidas por una iglesia y tres muertos. Kubiš, Opálka y Bublík, muertos como héroes, pero muertos al fin y al cabo. No tengo tiempo de llorar por ellos porque la Historia, esa fatalidad en marcha, nunca se detiene.

Los alemanes rebuscan entre los escombros y no encuentran nada. Depositan el cadáver del tercer hombre sobre la acera y hacen venir a Čurda para la identificación. El traidor baja la cabeza y murmura: «Opálka». Pannwitz se regocija: buena pieza. Supone que los dos hombres que van en la ambulancia son los presuntos autores del atentado, cuyos nombres ha soltado Čurda durante el interrogatorio, Josef Gabčík y Jan Kubiš. Ignora que Gabčík está justo bajo sus pies.

Forzosamente Gabčík ha comprendido que su amigo ha muerto cuando cesaron los disparos, porque nunca se habrían entregado vivos a la Gestapo. Ahora, junto a Valčík y a otros dos camaradas, Jan Hrubý, de «Bioscope», y Jaroslav Švarc, de «Tin», este último enviado por Londres para cometer otro atentado en la persona, esta vez sí, de Emanuel Moravec, el ministro colaboracionista, espera que los alemanes irrumpan en la cripta o se marchen sin desalojarlos.

Sobre ellos, sigue habiendo agitación y siguen sin hallar nada. La iglesia parece haber sido destruida por un temblor de tierra, y la trampilla que da acceso a la cripta está disimulada por una alfombra que a nadie se le ha ocurrido levantar. Cuando no se sabe lo que se busca, evidentemente, toda pesquisa se vuelve ineficaz, eso sin contar que los nervios de los policías y de los soldados han sido puestos a prueba duramente. Todo el mundo comenta que probablemente no haya nada más que hacer allí, la misión ha sido cumplida y Pannwitz va a proponer a Frank levantar el campo. Pero entonces un hombre encuentra algo y se lo lleva a su jefe: una prenda de vestir que ha recogido de un rincón, no sé si es una chaqueta, un jersey, una camisa o unos calcetines. El instinto del policía se pone enseguida alerta. Ignoro cómo decide que esa prenda de vestir no pertenece a ninguno de los tres hombres abatidos en la galería, pero lo cierto es que ordena seguir buscando.

Son las 7 pasadas cuando encuentran la trampilla.

Gabčík, Valčík y sus dos camaradas están atrapados como ratas. Su escondite pasa a ser su prisión y todo lleva a creer que será su tumba, pero mientras tanto van a convertirlo en un búnker. La trampilla se levanta. Cuando aparecen las piernas de un uniforme SS, lanzan a su vez una corta ráfaga, como firma de la sangre fría que los posee. Gritos. Las piernas desaparecen. Su situación es muy mala y desesperada, pero también bastante sólida en cierto modo, al menos a corto plazo, mucho más corto que en la galería. Kubiš y sus dos camaradas se beneficiaban de una posición superior que les permitía dominar a sus agresores. Aquí es al contrario, ya que el asaltante llega por arriba, pero la estrechez de la vía de acceso obliga a los SS a descender de uno en uno, dando tiempo a los defensores de prepararse para matarlos uno tras otro. Es algo parecido a lo que ocurrió en las Termópilas, si se quiere, salvo que la tarea llevada a cabo por Leónidas aquí ya ha sido ejecutada por Kubiš. Protegidos por los espesos muros de piedra, Gabčík, Valčík, Hrubý y Švarc disponen de un poco de tiempo, al menos para reflexionar. ¿Cómo salir de allí? Por encima de ellos oyen: «Rendíos y no se os hará ningún daño.» El único acceso a la cripta es esa trampilla. Está también el respiradero horizontal, a unos tres metros por encima del suelo: cuentan con una escalera para alcanzarlo, pero es demasiado estrecho para que pueda pasar un hombre, y de todos modos da directamente a la calle Resslova, invadida por centenares de SS. «Seréis tratados como prisioneros de guerra.» También hay unos escalones que conducen a una antigua puerta condenada, pero ésta, suponiendo que consiguieran derribarla, daría acceso al interior de la nave que ya es un hormiguero de alemanes. «Me dicen que os diga que debéis rendiros. Por eso os lo digo. Que no os sucederá nada malo, que os tratarán como prisioneros de guerra.» Los paracaidistas reconocen la voz del sacerdote, el padre Petrek, que los ha acogido y escondido en su iglesia. Uno de ellos responde: «¡Somos checos! ¡No nos rendiremos jamás, oís, jamás, jamás!» Sin duda no es Gabčík, porque este habría matizado: «Checos y eslovacos»; en mi opinión, es Valčík. Pero otra voz repite: «¡Jamás!» y añade una ráfaga. En eso reconozco más el estilo de Gabčík (aunque la verdad es que no sé nada en absoluto).

De una manera o de otra, la situación es de bloqueo. Nadie puede entrar ni salir de la cripta. Fuera, los altavoces repiten constantemente: «Rendíos y salid con las manos en alto.

Si no os rendís, volaremos la iglesia y seréis sepultados bajo los escombros.» A cada anuncio, los ocupantes de la cripta responden con una salva. La Resistencia, por lo general desprovista de palabra, se expresa también con una maravillosa elocuencia. Fuera, se les pregunta a unos SS puestos en fila quién se ofrece voluntario para bajar a la cripta. Nadie rechista. El comandante vuelve a repetirlo, con amenazas. Unos pocos soldados, pálidos, dan un paso al frente. Los demás son designados a la fuerza. Escogen a uno para descender por la trampilla. Mismo castigo: una ráfaga en las piernas, un horrible aullido, un lisiado más entre los superhombres. Si los paracaidistas disponen de municiones suficientes, esto puede durar mucho tiempo.

La verdad es que no quiero acabar esta historia. Desearía congelar eternamente este momento en que los cuatro hombres deciden en la cripta no resignarse y excavar un túnel. Debajo de la especie de claraboya-respiradero, con no sé qué herramientas, constatan que el muro, ubicado bajo el nivel del suelo, está hecho de ladrillos que se desmenuzan y se despegan fácilmente. Tal vez, después de todo, exista una posibilidad, si podemos excavar en la piedra. Detrás del endeble muro de ladrillo, alcanzan tierra blanda que les hace redoblar los esfuerzos. ¿Cuánta puede haber hasta alguna tubería, un desagüe, un camino que lleve hasta el río? ¿Veinte metros? ¿Diez? ¿Menos? Los setecientos SS están fuera con el dedo en el gatillo, paralizados o sobrexcitados por el nerviosismo y el miedo a esos cuatro hombres, por la perspectiva de tener que desalojar a unos enemigos parapetados, decididos y nada asustados, que saben combatir y de quienes ignoran el número, como si pudiera haber batallones enteros allí dentro (la cripta tiene quince metros de largo). Fuera, hay agitación en todos los sentidos y Pannwitz da órdenes. Dentro, excavan con la energía de la desesperación, quizá no quede más remedio que luchar por luchar y nada más, quizá nadie crea en ese plan de evasión insensato, delirante, pre-hollywoodiense, pero yo creo en él. Los cuatro hombres pican, se relevan para picar. ¿Puede ser que, mientras tanto, se oiga la sirena de los bomberos? ¿O no usan sirena? Debo consultar de nuevo el testimonio del bombero que participó en aquella terrible jornada. Gabčík se afana picando en la tierra, está sudando cuando antes tenía tanto frío desde hace varios días, estoy seguro de que la idea del túnel ha sido suya, es optimista por naturaleza, y también de que es el que más excava, no soporta la inacción ni la espera mortal de un fatal destino, eso no, al menos hay que hacer algo, intentar cualquier cosa. Kubiš no habrá muerto por nada. Ni nadie dirá que ha muerto por nada. ¿Habían empezado a excavar ya durante el asalto a la nave, aprovechando el tumulto de las explosiones para ahogar el ruido de los golpes de pico? También lo ignoro. ¿Cómo se puede saber tanto y tan poco a la vez sobre una gente, una historia, unos acontecimientos históricos con los que uno vive desde hace años? Pero en el fondo sé que van a lograrlo, lo presiento, van a salir de ese avispero, van a escapar de Pannwitz, Frank se volverá loco de rabia y harán películas sobre ellos.

¿Dónde está ese maldito testimonio del bombero?

Hoy estamos a 27 de mayo de 2008. Cuando los bomberos llegan, a eso de las 8, ven SS por todas partes y un cadáver en la acera porque nadie ha creído oportuno retirar el cuerpo de Opálka. Les explican lo que se espera de ellos. La idea luminosa ha sido de Pannwitz: ahumarlos, o si eso no funciona, ahogarlos como ratas. Ningún bombero desea encargarse de ese trabajo, incluso entre sus filas se oye a uno abuchear: «Para eso que no cuenten con nosotros.» El jefe de bomberos se atraganta: «¿Quién ha dicho eso?» Pero, ¿quién iba a hacerse bombero para encargarse de semejante trabajo? Se designa un voluntario a la fuerza para ir a echar abajo la reja que obstruye la claraboya. Ésta cae al cabo de unos pocos golpes. Frank aplaude. Una nueva batalla se entabla entonces en torno a ese orificio horizontal, de apenas un metro de largo y treinta centímetros de alto aproximadamente, agujero negro abierto a lo desconocido y a la muerte para los alemanes, rayo de luz no menos mortal para los ocupantes de la cripta. Esta lucerna se convierte en la casilla codiciada por todas las piezas que aún quedan en el tablero para obtener una ventaja posicional decisiva en una partida en que las blancas (pues aquí son las negras las que empiezan y se benefician de la iniciativa) plantearían la defensa de una contra todas.

28 de mayo de 2008. Los bomberos consiguen deslizar su manguera por el orificio del respiradero. El caño es empalmado a una boca de riego. Las bombas se activan. El agua fluye por la claraboya.

29 de mayo de 2008. El agua empieza a subir. A Gabčík, a Valčík y a sus dos compañeros les llega por los pies. A la menor sombra que ven aparecer por la claraboya, disparan una ráfaga. Pero el agua sigue subiendo.

30 de mayo de 2008. El agua sube un poco aunque muy lentamente. Frank se impacienta. Los alemanes arrojan granadas lacrimógenas dentro de la cripta para ahumar a los ocupantes, pero eso no funciona porque las granadas caen en el agua. ¿Por qué no han intentado eso desde el principio? Misterio. No excluyo que, como tantas otras veces, procedan con desorden y precipitación. Pannwitz no tiene pinta de ser un hombre muy reflexivo, si bien supongo que no están en su mano todas las operaciones militares y, después de todo, quizá a él también le entre el pánico. Gabčík y sus camaradas tienen los pies en el agua pero a este ritmo se morirán de viejos antes que ahogados.

1.º de junio de 2008. Frank está extremadamente nervioso. Cuanto más tiempo pasa, más teme que los paracaidistas acaben encontrando un pasadizo para escapar. El agua podría incluso ayudarlos, si llegaran a descubrir el lugar de la grieta por la que se fuga, ya que es evidente que la cripta no se caracteriza por una estanquidad a toda prueba. Allí dentro están organizados. Uno se ocupa de recoger las granadas y de devolverlas a la calle. Otro se dedica intensamente al túnel que han empezado a excavar. Un tercero, subido en una escalera, expulsa la manguera hacia afuera del respiradero. El último lanza ráfagas en cuanto alguien se acerca. Al otro lado del muro de piedra, soldados y bomberos inclinados de a dos, se encargan de recoger la manguera y de volver a meterla evitando las balas.

2 de junio de 2008. Los alemanes instalan un gigantesco proyector para deslumbrar a los ocupantes de la cripta e impedirles ver afuera. Antes incluso de que lo enciendan, una ráfaga, como una puntuación irónica, ya lo deja inservible.

3 de junio de 2008. Los alemanes se obstinan en querer deslizar unos tubos en la cripta para ahogarlos con agua o con humo, pero una y otra vez los ocupantes utilizan la escalera como un brazo telescópico para expulsarlos. No comprendo por qué no podían meter los tubos por la trampilla, que hasta donde yo sé había quedado abierta en el interior de la nave. ¿Tal vez los tubos fueran demasiado cortos o el acceso por la nave impracticable para el tipo de material requerido? ¿O más bien es una improbable providencia que ofusca toda lucidez táctica a los asaltantes?

4 de junio de 2008. Los paracaidistas tienen el agua hasta las rodillas. Fuera, han mandado venir a Čurda y a Ata Moravec. Ata se niega a hablar, pero Čurda les grita por el hueco abierto: «¡Rendíos, muchachos! A mí me han tratado bien. Seréis prisioneros de guerra, todo irá bien.» Gabčík y Valčík reconocen la voz, saben ya quién ha sido el que los ha traicionado. Mandan su respuesta habitual: una ráfaga. Ata está con la cabeza baja, el rostro tumefacto, el aire ausente de un joven que ha entrado ya a medias en el mundo de los muertos.

5 de junio de 2008. Al cabo de unos metros, la tierra del túnel se vuelve dura. ¿Van a dejar los paracaidistas la excavación para concentrarse en disparar? Me resisto a creerlo. Se afanan aún más en la tierra. Excavarán hasta con las uñas si hace falta.

9 de junio de 2008. Frank no puede más. Pannwitz reflexiona. Tiene que haber otra entrada. Ponían a los monjes muertos en la cripta. ¿Por dónde bajaban los cuerpos? Siguen registrando la iglesia, desescombran, arrancan los tapices, destruyen el altar, sondean la piedra, buscan por todas partes.

10 de junio de 2008. Y por fin se encuentra. Debajo del altar destaca una pesada losa que suena a hueco. Pannwitz manda venir a los bomberos y les pide que rompan la losa. Un doble plano mostraría, por un lado, a los bomberos picando la piedra en la superficie, mientras por otro los paracaidistas pican la tierra del subsuelo. El cuadro se titularía: «Carrera contra la muerte de cien contra uno.»

13 de junio de 2008. Han pasado veinte minutos, durante los cuales los bomberos se han empleado a fondo en la losa. Farfullan en mal alemán a los soldados armados que están detrás de ellos que les es imposible incidir en la piedra con las herramientas que tienen. Los SS, sobrepasados, los despachan y traen dinamita. Los artificieros la ponen alrededor de la losa y luego, cuando todo está preparado, evacuan la iglesia. Fuera se manda retroceder a todo el mundo. Los paracaidistas seguramente dejan de excavar allá abajo. El silencio que sigue a todo el jaleo ha debido de alertarlos. Son fatalmente conscientes de que algo se prepara. La deflagración viene a confirmarlo. Una nube de polvo se abate sobre ellos.

16 de junio de 2008. Pannwitz ordena que se retiren los cascotes. La losa se ha partido en dos. Un agente de la Gestapo mete la cabeza por el agujero abierto. Enseguida, las balas silban a su alrededor. Pannwitz sonríe con aire satisfecho. Han hallado la entrada. Mandan descender a los SS pero sigue planteándose el problema de la vía de acceso: de nuevo, una exigua escalera de madera no deja pasar a más de un hombre a la vez. Los primeros desafortunados SS son abatidos como bolos. Pero ahora los paracaidistas tienen que vigilar tres boquetes diferentes. Aprovechando que han descuidado su atención en el tragaluz, un bombero consigue hacerse con la escalera y llega a sacarla al exterior en el momento en que uno de los ocupantes volvía de repeler un tubo por enésima vez. Fuera, Frank aplaude. El bombero será recompensado por su celo (pero castigado cuando llegue la Liberación).

17 de junio de 2008. La situación se complica horriblemente. A partir de ahora, los defensores están privados de su brazo telescópico de la suerte y su búnker hace aguas por todas partes, tanto en sentido literal como figurado. Desde el momento en que los SS cuentan con dos vías de acceso, más el peligro que representa la claraboya, los paracaidistas comprenden que el final se acerca. Saben que están perdidos. Dejan de cavar, si no lo habían hecho ya, para concentrarse en los disparos. Pannwitz ordena un nuevo asalto por la entrada principal, a la vez que se lanzan granadas en la cripta y se trata de hacer bajar a otro hombre por la trampilla. Dentro, las Sten escupen todo lo que pueden para rechazar a los agresores. La confusión es total, es el Álamo que resiste y resiste, esto no se acaba, atacan por todas partes, por la trampilla, por la escalera, por el respiradero, y mientras las granadas caigan en el agua y no exploten, los cuatro hombres vacían sus cargadores sobre todo lo que se menea.

18 de junio de 2008. Llegan a su último cargador y eso es algo de lo que uno se da cuenta muy rápido, imagino, sobre todo si está en medio de un tiroteo. Los cuatro hombres no necesitan hablar. Gabčík y su amigo Valčík intercambian una sonrisa, estoy seguro, les veo hacerlo. Saben que han luchado bien. Es ya mediodía cuando cuatro detonaciones secas perforan el tumulto de las armas, que cesa de inmediato. El silencio cae al fin sobre Praga como un sudario de polvo. Donde los SS todo el mundo se ha parado, nadie se atreve a disparar más ni a moverse. Esperan. Pannwitz está rígido. Hace una seña a un oficial SS que, titubeante, muy lejos del estatuario aplomo varonil que debería demostrar en cualquier circunstancia, pide a dos de sus hombres que vayan a ver. Descienden con precaución los primeros peldaños y se paran. Como dos chiquillos, se dan la vuelta hacia su comandante que les apremia a continuar, weiter, weiter! Todos los observadores presentes en la iglesia los siguen con la mirada conteniendo el aliento. Desaparecen en la cripta. Todavía transcurren unos largos segundos hasta que se oye una llamada, literalmente de ultratumba, en alemán. El oficial empuña su revólver y se precipita por la escalera. Sale de nuevo con el pantalón mojado hasta las cachas y grita: «Fertig!» Se acabó. Cuatro cuerpos flotan en el agua, los de Gabčík, Valčík, Švarc y Hrubý, muertos por su propia mano para no caer en las del enemigo. En la superficie del agua flotan billetes de banco rotos y documentos de identidad también hechos pedazos. Entre los objetos diseminados, un hornillo, ropa, colchones, un libro. Por las paredes, restos de sangre, en los peldaños de la escalera de madera, charcos también de sangre (ésta por lo menos es alemana). Y unos casquillos, pero sin carga: los últimos se los habían reservado para ellos.

Es mediodía, han hecho falta casi ocho horas y ochocientos SS para acabar con siete hombres.

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Mi historia toca a su fin y me siento completamente vacío, no sólo vaciado sino vacío. Podría detenerme aquí, pero no, aquí la cosa no funcionaría. La gente que ha participado en esta historia no son personajes, o en todo caso, si han llegado a serlo ha sido por mi culpa, aunque no era mi intención tratarlos como tales. Con gravedad, sin hacer literatura o al menos sin desear hacerla, he de contar lo que fue de quienes, al mediodía del 18 de junio de 1942, todavía seguían vivos.

Cuando miro las noticias de actualidad, cuando leo el periódico, cuando me encuentro con gente, cuando frecuento los círculos de amigos y conocidos, cuando veo cómo cada uno resiste y bandea como puede las sinuosidades absurdas de la vida, me digo a mí mismo que el mundo es ridículo, emocionante y cruel. Algo parecido sucede con este libro: la historia es cruel, los protagonistas emocionantes y yo soy ridículo. Pero estoy en Praga.

Y estoy en Praga, lo presiento, por última vez. Los fantasmas de piedra que pueblan la ciudad me envuelven como siempre con su presencia amenazante, benévola o indiferente. Veo pasar bajo el puente Carlos el cuerpo escultural-evanescente de una joven morena de piel blanca, con un vestido de verano muy ceñido en el vientre y los muslos, el agua brillante en su pecho desnudo y sobre sus senos, como en un cofre abierto, fórmulas mágicas a punto de borrarse. El agua del río lava el corazón de los hombres llevados por la corriente. El cementerio está ya cerrado, como de costumbre. De la calle Liliova me llega el eco de los cascos de un caballo trotando por los adoquines. En los cuentos y leyendas de la vieja Praga de los alquimistas se dice que el Golem volverá cuando la ciudad esté en peligro. El Golem no volvió para proteger a los judíos ni a los checos. El hombre de hierro, paralizado en su maldición secular, no se movió tampoco cuando abrieron Terezín, cuando mataron a la gente, cuando expoliaron, vejaron, torturaron, deportaron, fusilaron, gasearon y ejecutaron de todas las maneras posibles. Cuando Gabčík y Kubiš llegaron, ya era demasiado tarde, el desastre se había producido, sólo cabía la venganza. Ésta fue resplandeciente gracias a ellos, a sus amigos y a su querido pueblo, aunque a un precio muy alto.

Leopold Trepper, jefe de la red «Orquesta Roja», legendaria organización que operaba en Francia, había observado una cosa: cuando un resistente caía en manos del enemigo y le daban la oportunidad de cooperar, podía aceptar o no. Si aceptaba, tenía aún la posibilidad de limitar los daños y decir lo menos posible, tergiversar, dar la información con cuentagotas, ganar tiempo. Es la estrategia que él adoptó cuando lo detuvieron, y es también lo que hizo A54. Pero en ambos casos se trataba de profesionales, espías de muy alto nivel. Trepper había constatado que, en la mayor parte de los casos, el que aceptaba claudicar, aunque hasta entonces hubiera resistido a las peores torturas, en cuanto se desmoronaba, en cuanto había decidido hacerlo, a partir de ese momento —nunca olvidaré su expresión— «se revolcaba en la traición como en el barro». Karel Čurda no se contentó con poner a la Gestapo tras la pista de los autores del atentado, sino que también proporcionó los nombres de todos los contactos que él tenía y de toda la gente que los había ayudado desde su regreso al país. Vendió a Gabčík y a Kubiš, pero regaló a todos los demás. Por ejemplo, nada le obligaba a mencionar la existencia de «Libuše», la radioemisora. Puso a la Gestapo tras los pasos de los dos últimos supervivientes del grupo de Valčík, «Silver A», el capitán Bartoš y el radiotelegrafista Potůček. La pista lleva hasta Pardubice, donde Bartoš, rodeado, se suicida como sus camaradas después de una persecución a la carrera por la ciudad. En él, desafortunadamente, encuentran un pequeño cuadernillo con un montón de direcciones. Así Pannwitz puede continuar desenrollando el ovillo. El hilo pasa por un pequeñísimo pueblo llamado Ležaky, que se convierte en el Nagasaki de Lidice. El 26 de junio, el radiotelegrafista Potůček, último de los paracaidistas todavía vivo, emite el último despacho de «Libuše»: «El pueblo de Ležaky donde me encontraba con mi aparato emisor ha sido arrasado. La gente que nos había ayudado ha sido arrestada [sólo dos chicas rubias aptas para la germanización sobrevivirán]. Gracias a su apoyo, he podido salvarme y salvar la radio. Ese día, Freda [Bartoš] no estaba en Ležaky. Actualmente, yo no sé dónde está él ni él sabe dónde estoy yo. Pero espero que consigamos encontrarnos. Ahora estoy solo. Próxima emisión, el 28 de junio a las 23 horas.» Vaga por los bosques, es descubierto en otro pueblo, una vez más consigue escaparse abriéndose camino a tiros de revólver, pero acorralado, hambriento, agotado, es capturado finalmente y fusilado el 2 de julio cerca de Pardubice. He dicho que era el último paracaidista pero no es verdad: queda Čurda, el traidor que cobra su dinero, cambia de nombre, se casa con una alemana de pura cepa y se convierte en agente doble a tiempo completo al servicio de sus nuevos amos. Por esa época, A54, el superagente alemán, es enviado a Mauthausen, donde consigue aplazar una y otra vez su ejecución haciendo de Sherezade. Pero no todos tienen tantas historias que contar.

Ata Moravec y su padre, Anna Malinová, la novia de Kubiš, Libena Fafek, la de Gabčík, de diecinueve años, sin duda embarazada, con toda su familia, y los Novák, los Svatoš, los Zelenka, Piskáček, Khodl, casi los olvido, el cura ortodoxo de la iglesia y toda su jerarquía, la gente de Pardubice, todos los que de cerca o de lejos fueron sospechosos de haber ayudado a los paracaidistas son detenidos, deportados, fusilados o gaseados. El maestro de escuela Zelenka tuvo tiempo de masticar su cápsula de cianuro cuando lo iban a detener. Se dice que la señora Nováková, la madre de la chica de la bicicleta, se volvió loca antes de ser llevada a la cámara de gas con sus hijos. Muy pocos consiguieron escapar del cerco, como el portero de los Moravec. Incluso se dice que Mula, el perro que Valčík le había dejado bajo su custodia, fue dejado morir de pena por haber perdido a su amo. Había acompañado a Valčík hasta cuando hacía sus localizaciones. Pero hay que añadir también a todos aquellos que no guardaban ninguna relación con el atentado, rehenes, judíos, prisioneros políticos ejecutados como represalia, pueblos enteros, Anna Maruščcaková y su amante, cuya inocente correspondencia generó la masacre de Lidice, y también las familias de los paracaidistas cuyo único crimen era haberles sido fieles, los Kubiš y los Valčík a la cabeza, todos deportados y gaseados en Mauthausen. Sólo la familia de Gabčík, su padre y sus hermanas, escaparon a la masacre gracias a su nacionalidad eslovaca, ya que Eslovaquia era un Estado satélite pero no un Estado ocupado y para preservar su aparente independencia, no estaba decidida a ejecutar a sus compatriotas, ni siquiera para complacer a su amenazante aliado. Todo esto arroja un total de miles de personas que perecieron como consecuencia del atentado. Pero se dice que quienes fueron juzgados por haber ayudado o apoyado a los paracaidistas declararon valientemente, a la cara a los nazis que los juzgaban, que no se arrepentían de nada y que se sentían muy orgullosos de morir por su país. Los Moravec no traicionaron a su portero. Los Fafek no traicionaron a la familia Ogoun, que sobrevivió igualmente. Esto es más o menos lo que yo quería decir sobre esos hombres y esas mujeres de buena voluntad, y no quería olvidarme de decirlo, con toda mi torpeza, con toda mi inherente torpeza para los homenajes o las condolencias.

Hoy Gabčík, Kubiš y Valčík son héroes de su país, donde su memoria se celebra con regularidad. Cada uno de ellos tiene una calle con su nombre en las cercanías del lugar del atentado, y existe en Eslovaquia un pueblecito llamado Gabčíkovo. Incluso fueron ascendidos a título póstumo (creo que actualmente son capitanes). Quienes los ayudaron directa o indirectamente no son tan conocidos y, agotado por el desordenado esfuerzo con que he tratado de rendir homenaje a todas esas personas, me estremezco de culpabilidad al imaginar los cientos, los miles que he dejado morir en el anonimato, pero quiero pensar que la gente existe aunque no se hable de ella.

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El homenaje más justo que los nazis rindieron a la memoria de Heydrich no fue el discurso pronunciado por Hitler en los funerales de su celoso servidor sino probablemente éste: en julio de 1942 comienza el programa de exterminio de todos los judíos de Polonia, con la apertura de Belzec, Sobibor y Treblinka. De julio de 1942 a octubre de 1943, más de dos millones de judíos y cerca de 50.000 gitanos van a morir como resultado de ese programa. El nombre en clave dado al programa es Aktion Reinhard.

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¿En qué piensa este trabajador checo al volante de su furgoneta esta mañana de octubre de 1943? Circula por las calles sinuosas de Praga con un cigarrillo en los labios y seguro que su cabeza está rebosante de preocupaciones. Oye cómo se bambolea su carga en la parte de atrás, unas jaulas o cajas de madera que se deslizan y golpean en las paredes del vehículo en cada curva. Retrasado o apremiado por las ganas de acabar su faena para ir a beber un vaso con sus camaradas, circula muy rápido sobre el pésimo alquitrán cuarteado por la nieve. No ve la pequeña silueta rubia que corre por la acera. Cuando ésta se precipita en la carretera tan repentinamente como sólo los niños son capaces de hacer, él frena pero ya es demasiado tarde. La furgoneta golpea al niño, que rueda por el arcén. El conductor no sabe todavía que acaba de matar al pequeño Klaus, el primogénito de Reinhard y Lina Heydrich, ni que va a ser deportado por ese fatal momento de descuido.

254

Paul Tümmel, alias René, alias Karl, alias A54, ha podido sobrevivir en Terezín hasta abril del 45. Pero ahora que los Aliados están a las puertas de Praga, los nazis evacuan el país y no desean dejar testigos molestos detrás de ellos. Cuando vienen a buscarlo para ser fusilado, Paul Tümmel le pide a su compañero de celda que le transmita sus mejores saludos al coronel Moravec, si tiene ocasión. Y añade este mensaje: «Fue un auténtico placer trabajar con los servicios de información checoslovacos. Lamento que deba terminar de este modo. Mi consuelo es que todo esto no habrá sido en vano.» El mensaje llegará a su destino.

255

—¿Cómo ha sido capaz de traicionar a sus camaradas?

—Pienso que usted habría hecho lo mismo por un millón de marcos, Su Señoría.

Arrestado por la Resistencia cerca de Pilsen durante los últimos días de la guerra, Karel Čurda fue juzgado y condenado a muerte. Se le ahorcó en 1947. Subió al cadalso diciéndole al verdugo bromas obscenas.

256

Mi historia se ha acabado y mi libro debería hacerlo también, pero descubro que es imposible terminar una historia semejante. Una vez más, mi padre me llama para leerme un texto que ha copiado en el museo del Hombre, de donde salía de ver una exposición sobre Germaine Tillion, antropóloga y resistente, deportada a Ravensbrück y recientemente fallecida. El texto decía así:

Los experimentos de vivisección en 74 jóvenes reclusos constituyen una de las más siniestras particularidades de Ravensbrück. Los experimentos, realizados entre agosto del 42 y agosto del 43, consistían en operaciones muy mutiladoras con la intención de reproducir las heridas que habían costado la vida a Reinhard Heydrich, el gauleiter de Checoslovaquia. El profesor Gerhardt, al no haber podido salvarlo de una gangrena gaseosa, deseaba probar si con el empleo de sulfamidas habría cambiado algo. Inoculó por tanto, con toda intención, gérmenes infecciosos en algunas jóvenes, muchas de las cuales murieron.

Paso por alto lo que conozco («gauleiter», «Checoslovaquia», «gangrena gaseosa»…). Sé, no obstante, que esta historia no acabará nunca verdaderamente para mí, que seguiré siempre aprendiendo cosas nuevas relacionadas con aquel asunto, con la extraordinaria historia del atentado organizado contra Heydrich el 27 de mayo de 1942 por unos paracaidistas checoslovacos venidos de Londres. «Sobre todo, no traten de ser exhaustivos», decía Barthes. He aquí una recomendación que se me había olvidado por completo…

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Un buque con el armazón oxidado navega por el Báltico como un poema de Nezval. Detrás de él, Josef Gabčík deja las sombrías costas de Polonia y algunos meses colgado por las callejuelas de Cracovia. Con él, otros fantasmas del ejército checoslovaco han conseguido por fin embarcarse para Francia. Caminan a bordo fatigados, inquietos, inseguros, pero felices ante la perspectiva de combatir de una vez contra el invasor, sin saber nada todavía de la Legión Extranjera, Argelia, la campaña francesa o la niebla de Londres. Por las estrechas crujías, se bambolean torpemente en busca de un camarote, de un cigarrillo o de un conocido. Gabčík, acodado en la borda, mira el mar, tan extraño para los que vienen de un país enclavado como el suyo. Pero su mirada no se dirige hacia el horizonte, demasiado fácil representación simbólica de su futuro, sino hacia la línea de flotación del navío, allí donde el vaivén estrella las olas contra el casco y luego las aparta, y luego las estrella de nuevo, en un movimiento de balancín hipnótico y engañoso. «¿Tienes fuego, camarada?» Gabčík reconoce el acento moravo. Ilumina con su encendedor el rostro del compatriota. Un hoyuelo en el mentón, labios gruesos listos para fumar, y en los ojos, es sorprendente, un poco de la bondad del mundo. «Me llamo Jan», dice él. Una voluta se dispersa por el aire. Gabčík sonríe sin responder. Ya tendrán tiempo, durante la travesía, de presentarse. Otras sombras se mezclan con las sombras de los soldados de civil que pululan por el barco, viejos desorientados, damas solitarias de mirada perdida, niños obedientes que llevan a su hermanito de la mano. En el puente, una joven que se parece a Natacha se sujeta a la borda con las manos mientras su pierna doblada juguetea con el dobladillo de la falda, y también yo, sí, quizá también yo esté ahí con ella.

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