HHhH
Primera parte » 89
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Al mismo tiempo, no me disgusta en absoluto evitar la versión romántica de su idilio, ya que la señora Heydrich se habrá encargado de nutrirla profusamente en sus memorias. Evito así la tentación de una escena de novela rosa. Y no es que me niegue a considerar los aspectos humanos de un ser como Heydrich. No soy de esos que se han ofuscado con la película El hundimiento porque en ella se ve (entre otros) a un Hitler amable con sus secretarias y cariñoso con su perro.
Naturalmente, supongo que Hitler podía ser amable de vez en cuando. Tampoco dudo, a juzgar por los facsímiles de las cartas que le dirigía, que Heydrich se enamorase sinceramente de su mujer cuando la conoció. En aquella época, era una chica de sonrisa agradable, que podía incluso pasar por bonita, lejos aún de la madrastra de rostro duro en que iba a convertirse.
Pero su encuentro, tal como lo relata un biógrafo basándose expresamente en los recuerdos de Lina, es en realidad demasiado kitsch: durante un baile en que teme aburrirse toda la velada porque no hay bastantes muchachos, ella y su amiga se dejan abordar por un oficial de cabello negro que va acompañado de un rubito tímido. Flechazo en el tímido. Cita dos días más tarde en el parque Hohenzollern de Kiel (muy bonito, he visto fotos), paseo romántico por la orilla de un pequeño lago. Teatro al día siguiente y luego un pequeño cuarto donde, me imagino, se acuestan juntos, aunque el biógrafo se vuelve muy púdico en este punto: la versión oficial es que Heydrich llega con su más elegante uniforme, van juntos a beber una copa después de pasar por la habitación, guardan silencio delante de sus vasos y de repente, sin previo aviso, Heydrich le pide matrimonio. «Mein Gott, Herr Heydrich, ¡pero si usted no sabe nada de mí ni de mi familia! ¡Ni siquiera sabe quién es mi padre! La marina no permite a sus oficiales casarse con cualquiera.» Como por otra parte es sabido que Lina se había hecho con las llaves de una habitación, supongo yo que aquella noche, antes o después de la petición, consumaron. Para él Lina von Osten, descendiente de una familia de aristócratas un tanto venida a menos, es un partido muy conveniente. En consecuencia, se casan.
Esta historia equivale a cualquier otra. Me sobraba la escena del baile, y más aún la del paseo por el parque. Preferiría no haber tenido conocimiento de más detalles; así, no habría estado tentado de contarlos. Cuando caigo sobre elementos que me permiten reconstruir minuciosamente una escena entera de la vida de Heydrich, a menudo me cuesta renunciar a ellos, incluso cuando la escena en sí no me parece poseer el menor interés. Por otra parte, supongo que las memorias de Lina están repletas de historias de ese estilo.
Definitivamente voy a prescindir de tan carísimo libraco.
Pese a todo, hay una cosa que siempre me ha intrigado del encuentro de los dos tortolitos: el oficial moreno que acompañaba a Heydrich se llamaba von Manstein. Lo primero que me pregunté fue si sería el mismo Manstein que capitaneó la ofensiva de las Ardenas durante la campaña francesa, que luego aparecerá como general de ejército en el frente ruso, en Leningrado, Stalingrado, Kursk, y que dirigiría la operación Ciudadela en 1943, destinada a que la Wehrmacht encajara de la mejor manera posible la contraofensiva del Ejército Rojo. El mismo también que, para justificar el trabajo de los Einsatzgruppen de Heydrich en el frente ruso, declararía en 1941: «El soldado debe dar muestras de comprensión con respecto a la necesidad de las severas medidas de expiación a las que son sometidos los judíos, en tanto depositarios espirituales del terror bolchevique. Esta expiación es necesaria para cortar de raíz todas las sublevaciones que, en su mayor parte, han sido planeadas por los judíos.» El mismo, en fin, que morirá en 1973, lo que significa que, durante un año, ha vivido en el mismo planeta que yo. La verdad es que me parece poco probable, ya que el oficial moreno es presentado como un hombre joven, mientras que Manstein, en 1930, tiene ya cuarenta y tres años. Quizá sea alguien de su familia, un sobrino o un primo pequeño.
La joven Lina, de dieciocho años, era ya entonces, por lo que se puede saber, una nazi convencida. Pretende incluso ser ella la que convirtió a Heydrich. Algunos indicios, sin embargo, hacen creer que desde 1930 Heydrich estaba políticamente mucho más a la derecha que la media de los militares, y se sentía enormemente atraído por el nacionalsocialismo. Pero es evidente que la versión de «una-mujer-en-la-sombra» siempre tiene un toque más seductor…
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Sin duda es azaroso pretender determinar los momentos de una vida en los que la existencia da un vuelco. Ni siquiera sé si tales momentos existen. Eric-Emmanuel Schmidt ha escrito ese libro, La parte del otro, donde imagina que Hitler consigue aprobar su examen de ingreso en Bellas Artes. De golpe, su destino y el del mundo habrían cambiado por entero: colecciona aventuras, se transforma en una bestia sexual, se casa con una judía a la que hace dos o tres hijos, se une al grupo de los surrealistas en París y se convierte en un pintor célebre. Paralelamente, Alemania se contenta con una breve guerra con Polonia y ya está. Nada de guerra mundial ni de genocidio, con un Hitler radicalmente distinto al verdadero.
Dejando aparte toda ficción más o menos ingeniosa, dudo mucho que el destino de una nación, y más aún el del mundo entero, dependan nunca de un solo hombre. Pero también hay que constatar que es muy difícil encontrar equivalente a una personalidad tan completamente maléfica como Hitler. Y es probable que aquel examen de ingreso en Bellas Artes fuera una circunstancia decisiva en su destino individual, ya que después de ese fracaso Hitler se vuelve un mendigo que deambula por Múnich, durante un periodo en el que desarrollará fatalmente un acentuado resentimiento contra la sociedad.
Si hubiera que determinar un momento así de clave en la vida de Heydrich, habría que situarlo sin ninguna duda en cierto día de 1931 en que se lleva a su casa a quien él creía que era una chica cualquiera. Sin esa chica, todo habría sido muy diferente, no sólo para Heydrich, sino también para Gabčík, Kubiš y Valčík, así como para miles de checos y, quizá, cientos de miles de judíos. No quiero llegar a pensar que sin Heydrich los judíos se habrían salvado. Pero la increíble eficacia de la que dará muestras a lo largo de su carrera nazi lleva a creer que Hitler y Himmler se las habrían apañado muy mal sin él.
En 1931, Heydrich no es más que un alférez de navío de 1.ª clase, oficial de marina, al que todo parece prometer una brillante carrera militar. Es novio de una joven aristócrata y se le presenta un futuro inmejorable. Pero es también un follador inveterado, que multiplica las conquistas femeninas y las visitas al burdel. Una noche se lleva a su casa a una chica con la que se ha encontrado en un baile de Potsdam y que había ido a Kiel expresamente para verlo a él. No sé con exactitud si la chica se quedó embarazada, pero lo cierto es que los padres le exigieron a él una reparación. Heydrich no se dignó a proseguir con ese asunto, visto que se acercaba la fecha de casarse con Lina von Osten, cuyo pedigrí le convenía más, al parecer, sin menoscabo del hecho de que estaba enamorado de ella sinceramente y no de la otra. Por desgracia para él, el padre de dicha joven era un amigo del mismísimo almirante Raeder, nada menos que el jefe superior de la marina. Se monta un gran escándalo. Heydrich se enfanga en unas explicaciones que le permitirán disculparse ante su novia, pero no ante la institución militar. Ha de comparecer ante una corte marcial, acusado de indignidad, para acabar siendo expulsado del ejército.
En 1931, en medio de la más devastadora crisis económica que sacude a Alemania, el joven oficial al que todo parecía prometer una brillante carrera se encuentra sin empleo y ahora es uno más entre otros cinco millones de parados.
Afortunadamente para él, su novia no lo ha abandonado. Antisemita militante, lo impulsa a entrar en contacto con un nazi de bastante nivel en el escalafón de esa nueva organización de élite que cada vez tiene mayor renombre: la SS.
¿Ese 30 de abril de 1931, día en que Heydrich es expulsado ignominiosamente de la marina, sella acaso su destino y el de sus futuras víctimas? No se puede asegurar del todo, ya que a raíz de las elecciones de 1930 Heydrich había declarado: «Ahora el viejo Hindenburg no tendrá más remedio que nombrar canciller a Hitler. Y poco después llegará nuestra hora.» Dejando de lado el hecho de que se equivoca en tres años sobre el nombramiento de Hitler, es obvio cuáles eran las opiniones políticas de Heydrich a partir de 1930, y es de suponer que aunque hubiera seguido siendo oficial de marina, habría hecho también una magnífica carrera entre los nazis. Aunque tal vez no tan monstruosa.
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Mientras tanto, vuelve a casa de sus padres y, según cuentan, llora como un niño durante varios días.
Poco más tarde, se afilia a la SS. Pero en 1931, ser subalterno en la SS no conlleva un sueldo. Está allí casi de voluntario, por así decir. Salvo que ascienda en el escalafón.
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Habría algo de cómico en ese cara a cara, si no augurase la muerte de millones de personas. Por un lado, el rubio alto con uniforme negro, rostro equino, voz aguda, botas lustrosas. Por otro, un pequeño hámster con gafitas, castaño oscuro, bigotudo, con pintas muy poco arias. En esa ridícula voluntad de parecerse a su maestro Adolf Hitler mediante el bigote se manifiesta físicamente el lazo de Heinrich Himmler con el nazismo, el cual no debió de ser muy evidente al principio, habida cuenta de los diferentes disfraces vestimentarios de que hizo gala.
Contra toda lógica racial, es el hámster el que manda. Su posición está ya muy asentada en el seno del partido después de ganar las elecciones. Ésa es la razón por la que, ante tan curioso personajillo con cabeza de roedor pero de creciente influencia, el alto y rubio Heydrich trata de mantener un aire a la vez respetuoso y seguro de sí mismo. Es la primera vez que se encuentra con Himmler, el jefe supremo del cuerpo al que pertenece. En tanto que oficial de la SS, Heydrich, recomendado por un amigo de su madre, se postula para dirigir el servicio de información que Himmler desea montar en el seno de su organización. Himmler duda. Hay otro candidato, más de su preferencia. Ignora que ese candidato es un agente de la República encargado de infiltrarse en el aparato nazi. Está tan convencido de que ese hombre será el elegido, que no le importa postergar sine díe su entrevista con Heydrich. Pero en cuanto lo ha sabido, Lina ha metido a su marido en el primer tren hacia Múnich para que se plante nada más llegar en el domicilio del antiguo criador de pollos, futuro Reichsführer Himmler, ese a quien Hitler llamará desde muy pronto «mi fiel Heinrich».
Heydrich, forzando la cita, ha impuesto su presencia a un Himmler bastante poco predispuesto. Sabe que, si no quiere continuar como instructor para balandristas ricos en un club de yate de Kiel, ha de concentrar todo su interés en causar buena impresión.
Por otra parte, dispone de un as: la notable incompetencia de Himmler en el terreno de la inteligencia.
En alemán, Nachrichtenoffizier significa «oficial de transmisión», mientras que Nachrichtendienstoffizier significa «oficial de información». La razón por la que Heydrich, ex oficial de transmisión en la marina, está hoy sentado frente a Himmler es porque éste, ignorante notorio en materia militar, no era capaz de distinguir entre los dos términos. Porque de hecho, Heydrich apenas si tiene poquísima experiencia en información. Y lo que le pide Himmler es, ni más ni menos, crear en el seno de la SS un servicio de espionaje que pueda competir con el Abwehr del almirante Canaris, su antiguo jefe en la marina, dicho sea de paso. Ya que está ahí, Himmler espera de él que le exponga las líneas maestras de su proyecto. «Tiene usted veinte minutos.»
Heydrich no quiere seguir siendo instructor náutico toda su vida, así que se concentra para reunir sus conocimientos en la materia. Éstos se limitan principalmente a lo que recuerda de las numerosas novelas inglesas de espías que devora desde hace años. ¡Que por eso no quede! Entonces Heydrich se da cuenta de que Himmler domina aún menos la cuestión, por lo que decide farolear. Esboza algunos esquemas procurando abundar en los términos militares. Y la cosa funciona. Himmler se impresiona muy favorablemente. Olvidándose de su segundo candidato, el agente doble de Weimar, contrata al joven por un sueldo de 1.800 marcos al mes, seis veces más que su salario medio desde que lo expulsaron de la marina. Heydrich tendrá que instalarse en Múnich. Los cimientos del siniestro SD están puestos.
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SD: Sicherheitsdienst, servicio de seguridad. La menos conocida y la peor de todas las organizaciones nazis, incluida la Gestapo.
Al principio, sin embargo, no era más que una pequeña oficina con medios reducidos: Heydrich monta sus primeros ficheros en cajas de zapatos y dispone de media docena de agentes. Pero ya ha asimilado el espíritu de la información: saberlo todo de todo el mundo. Sin excepción. A medida que el SD va expandiendo su manto, Heydrich descubrirá que tiene un don fuera de lo común para la burocracia, que es la primera cualidad requerida para la gestión de una buena red de espionaje. Su divisa podría ser ésta: ¡fichas, fichas y más fichas! De todos los colores. En todos los terrenos. Heydrich le coge gusto muy rápidamente. La información, la manipulación, la extorsión y el espionaje se convierten en sus drogas.
A esto hay que añadir una megalomanía algo pueril. Habiendo llegado a sus oídos que el jefe del Secret Intelligence Service inglés se hace llamar M (sí, como en James Bond), decide hacerse llamar sobriamente H. Es, en cierto sentido, su primer alias verdadero, antes de la era de los sobrenombres que pronto le impondrán: «el verdugo», «el carnicero», «la bestia rubia», y el que le dio Adolf Hitler en persona: «el hombre con corazón de hierro».
No creo que H acabara imponiéndose como un apelativo muy extendido entre sus hombres (que preferirán «la bestia rubia», más coloquial). Sin duda, con tantas H eminentes por encima de él se corría el riesgo de generar lamentables confusiones: Heydrich, Himmler, Hitler…, por prudencia él mismo fue abandonando esa infantilada. No obstante, H de Holocausto… habría podido servir de mal título para su biografía.
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Natacha hojea distraídamente el número del Magazine littéraire que amablemente me ha comprado. Se detiene en la crítica de un libro dedicado a la vida de Bach, el músico. El artículo empieza con una cita del autor: «¿Hay algún biógrafo que no sueñe con afirmar que Jesús de Nazaret tenía el tic de alzar la ceja izquierda cuando reflexionaba?» Sonríe mientras me lee la frase.
En ese momento no soy consciente del alcance de esa expresión y, fiel a mi vieja repugnancia por las novelas realistas, me digo: ¡puaj! Pero luego le pido que me deje la revista y releo la frase. No tengo más remedio que aceptar que me gustaría mucho, en efecto, disponer de ese género de detalles relativos a Heydrich. Entonces Natacha bromea sin piedad: «¡Sí, te pega mucho escribir que Heydrich tenía el tic de alzar la ceja izquierda cuando reflexionaba!»
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En el imaginario de los turiferarios del Tercer Reich, Heydrich siempre ha pasado por ser el ario ideal, porque era alto y rubio y poseía los rasgos bastante finos. Los biógrafos complacientes lo describen en general como un hombre guapo, un seductor lleno de encanto. Si fueran honestos, o no estuvieran tan cegados por la turbia fascinación que ejerce sobre ellos todo lo que evoca el nazismo, verían, al observar mejor las fotos, que Heydrich, lejos de ser exactamente un figurín de moda, posee con creces ciertos rastros físicos poco compatibles con las exigencias de la clasificación aria: unos labios gruesos, que, aunque no exentos de cierta sensualidad, son casi de tipo negroide, así como una larga nariz aguileña que fácilmente podría pasar por ganchuda si perteneciera a un judío. Además están las orejas, grandes, un poco despegadas, y un rostro alargado del que todos concuerdan en reconocer el carácter equino; con todo ello se obtiene un resultado que no es forzosamente feo, pero se aleja mucho de los estándares de Gobineau.
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Los Heydrich, recién instalados en un bonito apartamento muniqués muy del agrado de Lina (lo confieso, acabé por comprar su libro; le encargué que me lo pusiera en fichas a una estudiante rusa que creció en Alemania; habría podido encontrar a una alemana para ello, pero fue mejor así), han tirado la casa por la ventana. Esa noche reciben a Himmler para cenar, con otro invitado notable: Ernst Röhm en persona, el jefe de las SA. Físicamente parece un puerco, con su enorme barriga, su gruesa cabeza, sus ojillos hundidos, su espeso cuello rodeado por un collarín de grasa y su nariz respingona mutilada como un hocico, recuerdo del 14-18. Orgulloso de sus modales de soldado, también tiene la costumbre de comportarse como un cerdo. Pero está al frente de un ejército irregular de más de 400.000 camisas pardas, y hasta se dice que trata de tú a Hitler. A ojos de los Heydrich, es alguien perfectamente recomendable. De hecho, la velada transcurre con la mayor cordialidad. Se ríen mucho. Después de una buena cena cocinada cuidadosamente por la dueña de la casa, los hombres desean fumar acompañados de un buen licor. Lina les trae cerillas y baja al sótano a buscarles coñac. De repente, oye una detonación. Sube las escaleras rápidamente y comprende lo sucedido: en su afán por atender a sus insignes invitados, había confundido las cerillas corrientes con las de año nuevo. Todos se están desternillando. Sólo les faltan las típicas risas grabadas.
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Antiguo camarada de Hitler, miembro del NSDAP desde su creación, Gregor Strasser dirige el Arbeiter Zeitung, el periódico berlinés que él mismo fundó al salir de la cárcel, en 1925. Su prestigio y su posición explican sin duda que sea a él a quien se le encarguen ciertos asuntos. Como por ejemplo uno muy concreto que excede el marco del simple reglamento de la sección local del Partido. En 1932, la acusación de un oficial superior de la SS no está exenta de riesgos, incluso para un alto funcionario nazi, y la reputación creciente de la orden negra incita a la prudencia. Ésa es la razón por la que el Gauleiter de HalleMerseburg, alertado por sus administrados, prefiere transferir un delicado dosier, según el cual en la vieja edición de una enciclopedia musical se encuentra la siguiente mención: «Heydrich, Bruno, cuyo verdadero apellido es Süss.»
¿Entonces el nuevo protegido de Himmler sería hijo de un judío? Gregor Strasser, sin duda deseoso de probar que sigue siendo necesario contar con él, ordena una investigación. ¿Acaso quiere ofrecer la piel de un joven lobo ambicioso? ¿Se trata de hacer brillar otra vez su estrella, ahora que palidece en la cúpula del partido que ha ayudado a fundar? ¿O es verdadero temor a dejar que la gangrena judía se infiltre en el corazón mismo del aparato nazi? Todo informe que es enviado a Múnich, aterriza en el despacho de Himmler.
Éste está consternado. Ya ha presumido de los méritos de su joven neófito ante el Führer y teme por su propia credibilidad, si la acusación se confirma. Por eso también sigue con mucha atención la investigación llevada por el Partido. Las sospechas concernientes a la rama paterna deben ser disipadas con la mayor rapidez: el apellido Süss pertenece al segundo marido de la abuela de Heydrich, con el que por tanto no está emparentado, y de todos modos el hombre tampoco era judío, pese a su patronímico. Por el contrario, la investigación habría generado algunas dudas sobre la pureza de la rama materna. Ante la ausencia de pruebas, Heydrich acaba siendo oficialmente disculpado. Sin embargo, Himmler se pregunta igualmente si no sería mejor deshacerse de él, ya que en adelante Heydrich quedará para siempre a merced de los rumores. Pero por otra parte, las actividades del joven Heydrich en el seno de la SS lo han revelado como un elemento, si no indispensable, al menos muy prometedor. Indeciso, Himmler opta por remitirse a la sabiduría del Führer en persona.
Hitler convoca a Heydrich, con quien mantiene una larga entrevista cara a cara. Ignoro qué pudo decirle Heydrich, pero a la salida de ese encuentro ya tiene formada su opinión. Así se lo explica a Himmler: «Ese hombre está extraordinariamente dotado y es extraordinariamente peligroso. Seríamos unos estúpidos si prescindiéramos de sus servicios. El Partido necesita hombres como él, y sus talentos, en el futuro, nos serán especialmente útiles. Además, nos estará eternamente reconocido por haberlo salvaguardado y nos obedecerá ciegamente.» Himmler, pese a su inquietud por tener bajo sus órdenes a un hombre capaz de inspirar tal admiración en el Führer, asiente, ya que no está entre sus costumbres discutir las opiniones de su amo.
Fue así como Heydrich salvó su cabeza. Pero revivió la pesadilla de su infancia. ¿Qué extraña fatalidad ha permitido que se le acuse de ser judío a él, que encarna tan explícitamente la raza aria en toda su pureza? Su odio contra el pueblo maldito se acrecienta. Mientras tanto, retiene el nombre de Gregor Strasser.
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No sé en qué época exactamente, pero me inclino a pensar que es en aquellos años cuando decide introducir una pequeña modificación en la ortografía de su nombre. Hace desaparecer la t final: Reinhardt se convierte en Reinhard. Suena más duro.
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Antes he dicho una tontería, víctima a la vez de un error de memoria y de una imaginación un tanto intrusiva. Para ser exactos, el jefe de los servicios secretos ingleses de aquella época se hacía llamar «C» y no «M» como en James Bond. Heydrich también se hace llamar «C», y no «H». Lo que no es seguro es que, al hacerlo, quisiera copiar a los ingleses, ya que probablemente la inicial designase sin más la palabra der Chef.
En cambio, al comprobar mis fuentes, he dado con la siguiente confidencia, hecha a no sé quién, pero que demuestra que Heydrich tenía una idea muy sólida acerca de su función: «En un sistema de gobierno totalitario moderno, el principio de la seguridad del Estado no tiene límites, por tanto el responsable que asuma esa carga debe obligarse a poseer un poder prácticamente sin trabas.»
Se le podrán reprochar muchas cosas a Heydrich, pero no la de faltar a sus promesas.
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El 20 de abril de 1934 es un día para grabar en una lápida blanca sobre la historia de la orden negra: Goering cede la Gestapo, creada por él, a los dos jefes de la SS. Himmler y Heydrich toman posesión de las soberbias sedes de la Prinz Albrecht Strasse, en Berlín. Heydrich elige su despacho. Se instala en él. Se sienta a la mesa. Se pone a trabajar de inmediato. Coloca un papel delante. Coge su pluma. Y empieza a hacer listas.
Evidentemente, Goering no abandona con agrado la dirección de su policía secreta, a partir de ahora una de las joyas del régimen nazi. Pero es el precio a pagar para garantizarse el apoyo de Himmler contra Röhm: el pequeño burgués de la SS lo inquieta menos que el agitador socialistoide de las SA. A Röhm le gusta proclamar que la revolución nacionalsocialista no ha acabado todavía. Pero Goering no ve las cosas desde ese ángulo: ya tienen el poder, su única tarea de ahora en adelante consiste en conservarlo. Con toda seguridad, por mucho que Röhm sea el padrino de su hijo, Heydrich suscribe ese punto de vista.
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Todo Berlín bulle en una atmósfera de complot debido a un documento que circula por la ciudad. Se trata de una lista mecanografiada. Los observadores neutrales están estupefactos ante la falta de precaución con que esa hoja de papel pasa de mano en mano por los cafés, ante los ojos de los camareros, quienes, como todo el mundo sabe, son confidentes a sueldo de Heydrich.
Es ni más ni menos que el organigrama de un hipotético gabinete ministerial. En ese futuro gobierno, Hitler se mantiene como canciller, pero desaparecen los nombres de Papen y de Goering. Por el contrario, figuran en él los de Röhm y sus amigos Schleicher, Strasser y Brüning.
Heydrich enseña la lista a Hitler. Éste, a quien nada le gusta menos que poder confirmar sus tendencias paranoicas, revienta de rabia. Sin embargo, la heterogeneidad de la coalición le deja perplejo: Schleicher, por ejemplo, no ha contado nunca entre los amigos de Röhm, y éste lo menosprecia soberanamente. Heydrich replica que el general Von Schleicher ha sido visto hablando animosamente con el embajador de Francia, prueba de que está conspirando.
La mezcla heteróclita de esa extraña coalición demuestra sobre todo que Heydrich tiene todavía que afinar sus conocimientos en materia de política interior, porque ha sido él quien ha redactado y hecho difundir esa lista. El principio que ha prevalecido a la hora de redactarla es muy simple: poner con toda naturalidad los nombres de los enemigos de sus dos superiores, Himmler y Goering, y de los suyos.
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Por fuera, el imponente edificio de piedra gris no revela nada. A lo sumo, se adivina una anormal actividad en el vaivén de siluetas que entran y salen. Pero en el interior del enjambre de la SS reina una agitación frenética: hombres corriendo por todas partes, voces retumbando en el enorme vestíbulo blanco, portazos en todos los pisos, teléfonos sonando sin parar en los despachos. En el corazón del edificio y del drama, Heydrich ensaya el que será su mejor papel, el del burócrata asesino. A su alrededor, unas mesas con teléfonos y unos hombres de negro que los cuelgan y descuelgan. Él coge todas las llamadas:
—¡Oiga! ¿Ha muerto?… Dejad el cuerpo allí mismo. Oficialmente es un suicidio. Colocadle el arma en la mano… ¿Que le habéis disparado en la nuca?… Bueno, no tiene ninguna importancia. Suicidio.
—¡Oiga! ¿Ya está hecho?… Muy bien… ¿La mujer también?… Bueno, decid que se resistieron al arresto… Sí, la mujer también… Eso es, ella quiso interponerse, ¡eso funcionará!… ¿Las criadas?… ¿Cuántas?… Anotad sus nombres, ya nos ocuparemos de ellas después.
—¡Oiga! ¿Terminado?… Bien, arrojadme todo eso al Óder.
—¡Oiga!… ¿Qué?… ¿En su club de tenis? ¿Jugaba al tenis?… ¿Que ha saltado el seto y se ha adentrado en el bosque? ¿Me tomáis el pelo?… ¡Batid esa zona y encontradlo!
—¡Oiga!… ¿Cómo que es «otro»? ¿Que tiene el «mismo apellido»?… ¿Y el mismo nombre?… Bueno, lleváoslo y mandadlo a Dachau hasta que aparezca el verdadero.
—¡Oiga!… ¿Dónde ha sido visto por última vez?… ¿En el hotel Adlon? ¡Pero es estúpido, todo el mundo sabe que los camareros trabajan para nosotros! ¿Ha dicho que quería entregarse?… Perfecto, id a buscarlo a su casa y enviádnoslo para acá.
—¡Oiga! ¡Páseme al Reichsführer!… ¿Oiga? Sí, ya está hecho… Sí, también… Eso está en marcha… Está hecho… ¿Y dónde está usted con el número uno?… ¿El Führer se niega?… ¿Pero por qué?… ¡Es muy necesario que usted convenza al Führer!… ¡Insista en lo de sus costumbres! ¡Con todos los escándalos que hemos tenido que sofocar! ¡Recuérdele el baúl olvidado en el burdel!… Entendido, llamo a Goering enseguida.
—¿Oiga? Heydrich al aparato. El Reichsführer me dice que el Führer quiere proteger al SA Führer… ¡Naturalmente que a ningún precio!… ¡Hay que decirle que el ejército eso no lo aceptará nunca! Hemos ejecutado a varios oficiales de la Reichswehr: si Röhm sigue con vida, Blomberg se negará a garantizar la operación… Sí, en efecto, es cuestión de justicia, de acuerdo… Entendido, espero su llamada.
Entra un SS. Va con mucho cuidado. Se acerca a Heydrich y se inclina para hablarle al oído. Los dos salen de la habitación. Al cabo de cinco minutos, Heydrich regresa solo. Su cara no revela nada. Vuelve a retomar el hilo de las comunicaciones.
—¡Oiga!… ¡Quemad el cadáver y enviadle las cenizas a su viuda!
—¡Oiga!… No, Goering no quiere que lo cojamos allí… Poned seis hombres delante de su casa…¡Que no entre ni salga nadie!
—¡Oiga!… etcétera.
Al mismo tiempo, rellena metódicamente pequeñas fichas blancas.
La escena dura todo un fin de semana.
Finalmente, cae la noticia que tanto esperaba: el Führer ha cedido. Va a dar la orden de ejecutar a Röhm, el jefe de la Sturmabteilung, su más antiguo cómplice. Röhm es también el padrino del primer hijo de Heydrich, pero sobre todo es el superior directo de Himmler. Al decapitar la dirección de las SA, Himmler y Heydrich despejan el camino de la SS, que se convierte en una organización autónoma que sólo ha de rendir cuentas ante Hitler. Heydrich es nombrado Gruppenführer, un grado equivalente al de general de división. Tiene treinta años.
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El sábado 30 de junio de 1934, Gregor Strasser almuerza con su familia cuando llaman al timbre de la puerta de su domicilio. Ocho hombres armados se presentan para detenerlo. Sin darle tiempo de despedirse de su mujer, lo conducen a la sede de la Gestapo. No padece ningún interrogatorio pero se encuentra encarcelado en una celda en compañía de varios SA que se arremolinan a su alrededor: aunque es cierto que ya no ejerce ninguna responsabilidad política desde hace varios meses, su prestigio de viejo compañero del Führer les da seguridad. Él no comprende la razón de su presencia entre esos hombres, pero conoce lo suficientemente bien los arcanos del Partido como para temer su parte arbitraria e irracional.
A las 17 horas, un SS viene a buscarlo para conducirlo a una celda individual, en la que hay abierto un gran tragaluz. Strasser, aislado, ignora que la Noche de los Cuchillos Largos ha comenzado, pero adivina no obstante lo que va a ocurrir. No sabe si debe temer por su vida. Es verdad que él es una figura histórica del Partido, ligado a Hitler por el recuerdo de los combates pasados. Al fin y al cabo, han conocido juntos la cárcel tras el putsch de Múnich. Pero también sabe que Hitler no es un sentimental. Por mucho que no alcance a entender por qué él mismo podría constituir una amenaza comparable a Röhm o a Schleicher, debe tomar en cuenta la incalculable paranoia del Führer. Strasser comprende enseguida que tiene que actuar con tiento si quiere salvar su piel.
Está en esas cavilaciones cuando nota una sombra que pasa por su espalda. Llevado por el instinto infalible de los viejos combatientes bregados en la clandestinidad, advierte que está en peligro y se agacha en el preciso momento en que suena un tiro. Alguien ha metido un brazo por el tragaluz y le ha disparado a quemarropa desde arriba. Él se ha agachado, pero no lo bastante rápido. Se desploma.
Boca abajo sobre el suelo de la celda, Strasser oye girar el cerrojo de la puerta, luego ruidos de botas a su alrededor, el aliento de un hombre que se inclina sobre su nuca y unas voces:
—Todavía vive.
—¿Qué hacemos? ¿Lo rematamos?
Oye el chasquido que se produce al montar una pistola.
—Aguarda, voy a informar.
Un par de botas se aleja. Transcurre un momento. Las botas vuelven acompañadas. Taconazos cuando entra el recién llegado. Un chapoteo de charco. Silencio. Y de repente esa voz de falsete que reconocería entre mil y que acaba de helarle el espinazo:
—¿Todavía no está muerto? ¡Dejadlo que se desangre como un cerdo!
La voz de Heydrich es la última voz humana que oirá antes de morir. Lo de humana, en fin, es una manera de hablar…
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Fabrice viene a visitarme y me pregunta por mi futuro libro. Es un viejo compañero de la uni a quien, como a mí, le apasiona la historia, y que cuenta, entre otras cualidades, con la de interesarse por lo que escribo. Una tarde de verano cenamos en mi terraza y me hace algunos comentarios sobre el comienzo con un entusiasmo alentador. Se detiene en la construcción del capítulo concerniente a la Noche de los Cuchillos Largos: ese encadenamiento de llamadas telefónicas, en su opinión, recrea perfectamente la dimensión burocrática y el proceso en cadena de lo que será la marca propia del nazismo: el asesinato. Me siento halagado, sin embargo tengo una sospecha y me parece oportuno precisarle: «Pero sabes que cada llamada corresponde a un caso real, ¿no? Podría aportarte casi todos los nombres, si quisiera.» Él se sorprende, y me responde con ingenuidad que creía que yo lo había inventado todo. Vagamente inquieto, le pregunto: «¿Y lo de Strasser?» También se pensaba que me había inventado el hecho de que Heydrich en persona diese la orden de dejar agonizar al moribundo en su celda. Me siento un poco incómodo y exclamo: «¡No, todo eso es de verdad!» Entonces pienso: «¡Joder! No está logrado…» Habría tenido que ser más claro al nivel del pacto de lectura.
Esa misma noche, veo en la tele un documental sobre una vieja película de Hollywood dedicada al general Patton. Le película se titula sobriamente Patton. Lo esencial del documental consiste en mostrar extractos del film y en entrevistar luego a unos testigos que explican: «en realidad eso no sucedió así…». No se plantó de cara a dos Messerschmitt que iban a ametrallar la base armado sólo con un Colt (aunque no hay duda alguna, según el testigo, de que lo habría hecho, si los Messerschmitt le hubieran dado tiempo). No pronunció aquel discurso delante de todo el ejército, fue en privado y, además, no dijo exactamente eso. No supo en el último momento que iba a ser enviado a Francia, ya se lo habían comunicado con varias semanas de antelación. No desobedeció las órdenes cuando tomó Palermo, sino que lo hizo con la aprobación del alto mando aliado y de su jefe directo. No hay certeza de que mandara a tomar por el culo a un general ruso, por mucho que aborreciera a los rusos. Etcétera. En resumidas cuentas, la película habla de un personaje ficticio cuya vida está muy inspirada en la carrera de Patton, pero claramente no es él. Y sin embargo, la película se titula Patton. Y eso no le choca a nadie, todo el mundo ve como algo normal hacer bricolaje con la realidad para así poder ensalzar un guion, o dar una coherencia a la trayectoria de un personaje cuyo recorrido real comportaba, sin duda alguna, demasiados tumbos azarosos y bastante poco significativos. Por culpa de gente así, que le hace trampas a la eternidad con la verdad histórica con tal de vender su propio caldo, un viejo amigo, curtido en todo género de ficciones y por tanto fatalmente habituado a esos procedimientos de normalizada falsificación, puede asombrarse inocentemente y preguntarme: «¿Entonces no es inventado?»
No, no es inventado. Por otra parte, ¿qué interés habría en «inventar» el nazismo?
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Como habrán podido comprender, toda esta historia me fascina, y al mismo tiempo creo que me saca de quicio.
Una noche tuve un sueño. Yo era un soldado alemán, vestido con el uniforme verde grisáceo de la Wehrmacht, y hacía mi turno de guardia en un paisaje nevado, ninguno en concreto pero delimitado por unas alambradas que yo debía bordear. Ese decorado se inspiraba claramente en los de numerosos videojuegos cuyo tema es la Segunda Guerra Mundial y a los que a veces tengo la debilidad de entregarme: Call of Duty, Medal of Honor, Rev Orchestra…
De pronto, durante mi ronda, yo era sorprendido por Heydrich en persona, que venía a hacer una inspección. Me cuadraba y contenía el aliento mientras él daba una vuelta a mi alrededor con aire inquisitorial. Me aterraba la idea de que pudiera encontrar algo que reprocharme. Pero me desperté antes de saberlo.
A menudo Natacha, para burlarse de mí, pone cara de alarmarse por el elevadísimo número de obras sobre el nazismo que proliferan en mi casa y por el serio peligro de conversión ideológica que, según ella, estoy corriendo. Para seguirle la broma, nunca pierdo ocasión de mencionarle la enorme cantidad de páginas web tendenciosas —incluso totalmente neonazis— que me he visto obligado a visitar en Internet en el curso de mis investigaciones. Que quede claro que en ningún momento yo, hijo de madre judía y padre comunista, educado en los valores republicanos de la pequeña burguesía francesa más progresista, e impregnado por mis estudios literarios tanto del humanismo de Montaigne y de la filosofía de las Luces como de las grandes revueltas surrealistas y de los pensamientos existencialistas, ni he podido ni podré estar tentado de «simpatizar» con absolutamente nada que, de cerca o de lejos, pueda evocar al nazismo.
Pero no tengo más remedio que inclinarme, una vez más, ante el inconmensurable y nefasto poder de la literatura. Ese sueño prueba formalmente que, en efecto, debido a su indiscutible dimensión novelesca, Heydrich me impresiona.
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Anthony Eden, entonces ministro de Asuntos Exteriores británicos, escucha con estupefacción. El nuevo presidente checo, Edvard Beneš, demuestra una confianza apabullante en su capacidad para resolver la cuestión de los Sudetes. No sólo pretende poder contener las veleidades expansionistas de Alemania, sino, además, hacerlo solo, es decir, sin la ayuda de Francia ni de Gran Bretaña. Eden no sabe a qué atenerse ante una frase como ésta: «Sin duda, para ser checo en nuestros días hay que ser optimista…». Claro que estamos aún en 1935.
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En 1936, el comandante Moravec, jefe de los servicios secretos checoslovacos, pasa un examen para acceder al rango de coronel. Entre otros temas del ejercicio, se le plantea esta hipótesis: «Las circunstancias hacen que Checoslovaquia sea atacada por Alemania. Hungría y Austria son igualmente hostiles. Francia no ha hecho movilizaciones y la Pequeña Entente sufre para encontrar su sitio. ¿Qué alternativas militares tendría Checoslovaquia en ese caso?»
Análisis del tema: al desmembrarse el Imperio austrohúngaro en 1918, Viena y Budapest ponen sus miras, como es natural, en sus antiguas provincias, a saber, Bohemia-Moravia, que dependía de Austria, y Eslovaquia, que estaba bajo control húngaro. Por otra parte, Hungría está dirigida por un fascista amigo de Alemania, el almirante Horthy. En cuanto a Austria, muy debilitada, resiste como puede a las presiones de quienes, a un lado y a otro de la frontera alemana, reclaman la unión del país con el gran hermano germánico. El acuerdo firmado con Hitler, que promete no intervenir en los asuntos internos austriacos, no vale más que un pedazo de papel. En caso de conflicto con Alemania, Checoslovaquia deberá hacer frente por igual a las dos cabezas del finiquitado Imperio. La Pequeña Entente, firmada en 1920-1921 por Checoslovaquia con Rumanía y Yugoslavia para protegerse de sus antiguos dueños austrohúngaros, no supone propiamente hablando una alianza estratégica muy disuasoria. Y las reticencias de Francia a mantener sus compromisos con su aliado checo en caso de conflicto son ya manifiestas. La situación planteada como una hipótesis en el ejercicio es, por tanto, totalmente realista. Moravec responde con tres palabras: «Problema militarmente irresoluble.» Aprueba su examen con éxito y se hace coronel.
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Si tuviera que contar todos los complots en los que Heydrich estaba involucrado, no acabaría nunca. A veces, cuando estoy documentándome, doy con una historia que opto por no relatar, ya sea porque me parece demasiado anecdótica, ya porque carezco de todos los detalles y no llego a reunir todas las piezas del puzle, o ya porque está puesta en tela de juicio. También me ocurre que haya varias versiones de una misma historia, y que esas versiones sean absolutamente contradictorias. En algunos casos, me permito contrastar, si no, lo dejo de lado.
Había decidido no mencionar el papel de Heydrich en la caída de Tujachevsky. En primer lugar, porque ese papel me parece secundario, incluso ilusorio. Luego, porque la política soviética de los años treinta excede un poco el embudo narrativo por el que trato de introducir mis capítulos. Y finalmente, quizá, por miedo a meterme en un nuevo terreno histórico: las purgas estalinistas, la carrera del mariscal Tujachevsky, los orígenes de su contencioso con Stalin, y todo eso requería a la vez erudición y minuciosidad. Corría el riesgo de que ese asunto me apartara un poco.
Pero me había imaginado una escena, en cierto sentido placentera: veía en ella al joven general Tujachevsky contemplando la derrota del ejército bolchevique a las puertas de Varsovia. Estamos en 1920. Polonia y la URSS están en guerra. «¡La Revolución pasará por encima del cadáver de Polonia!», ha dicho Trotski. No hay que olvidar que, aliándose con Ucrania y soñando con una confederación que incluiría también a Lituania y a Bielorrusia, Polonia amenaza la frágil unidad de la naciente Rusia soviética. Por otra parte, si los bolcheviques quieren llevar el triunfo de la revolución a Alemania, están forzosamente obligados a atravesar esa región.
En agosto de 1920, el contraataque soviético ha puesto el Ejército Rojo a las puertas de Varsovia y la suerte de los polacos parece estar echada. Pero la independencia de la joven nación va a prolongarse todavía diecinueve años. Lo que no sabrá hacer en 1939 frente a los alemanes, Polonia lo hace ahora frente a los rusos: rechazarlos. Es el «milagro del Vístula». Tujachevsky es vencido por un estratega sin par, Jozef Pilsudski, el héroe de la independencia, treinta años mayor que él.
Las fuerzas sobre el terreno están equilibradas: 113.000 polacos se enfrentan a 114.000 rusos. Tujachevsky, sin embargo, como está convencido de la victoria, toma la iniciativa. Coloca el grueso de sus fuerzas en el norte, donde Pilsudski lo ha atraído haciéndole creer en una concentración de tropas ficticia. De hecho, Pilsudski ataca por el sur, a la contra. Es en ese preciso momento cuando el episodio entra por el agujero de «Antropoide». Tujachevsky pide refuerzos al Primer Ejército de caballería del no menos legendario general Budienny, que lucha en el frente sudoeste para tomar Lvov. La caballería de Budienny es temible, Pilsudski sabe que su intervención puede invertir la suerte de las armas. Pero sucede entonces algo increíble: el general Budienny se niega a obedecer las órdenes y retiene su ejército en Lvov. Para los polacos sin duda ése es el auténtico milagro del Vístula. Para Tujachevsky, por el contrario, la derrota es amarga y quiere comprender la razón. No tendrá que ir muy lejos a buscarla: el comisario político responsable del frente sudoeste, a cuya autoridad Budienny estaba sometido, había hecho de la toma de Lvov una cuestión de prestigio. No iba a privarse de sus mejores tropas, y menos aún para evitar un desastre militar en un sector que no dependía de su responsabilidad. Poco importa que sea allí donde se juegue la suerte de la guerra. Las ambiciones personales de ese comisario se han impuesto sobre cualquier otra consideración. Se llamaba Iósif Dzhugashvili, y su apodo era Stalin.
Quince años más tarde, Tujachevsky ha sucedido a Trotski al frente del Ejército Rojo, mientras que Stalin ha sucedido a Lenin al frente del país. Ambos se detestan, están en la cima de su poder y sus análisis estratégico-políticos divergen: Stalin busca retrasar un conflicto con la Alemania nazi, Tujachevsky preconiza pasar a la ofensiva sin demora.
Yo aún desconocía todo esto cuando vi Triple agente, de Eric Rohmer. Pero decidí estudiar seriamente el asunto cuando oí que el personaje principal, el general Skoblin, un eminente ruso blanco refugiado en París, le dice a su mujer: «¿No te acuerdas? Te dije que en Berlín fui a ver al gran jefe del espionaje alemán, un tal Heydrich. ¿Y sabes lo que me callé? Ciertas cosas sobre mi camarada Tujachevsky, con quien me volví a encontrar en secreto en París cuando viajó a Occidente para las exequias del rey de Inglaterra. Es obvio que él no me iba a abrir su corazón, pero, de sus reservados comentarios pude hacer algunas deducciones. Ese encuentro debió de llegar a los oídos de la Gestapo, porque Heydrich, con indiferencia, me preguntó por él, pero le respondí con evasivas; me lanzó una mirada glacial y la cosa quedó ahí.»
Heydrich en una de Rohmer. Todavía no doy crédito.
En la réplica del diálogo, la mujer de Skoblin pregunta:
«Y ese tal Heydrich, ¿por qué quería esa información?»
Skoblin se limita a responder:
«Bueno, es lógico pensar que a los alemanes les interese especialmente comprometer al jefe del Ejército Rojo, ahora que ya saben probablemente que no cuenta con el favor de Stalin… supongo.»
Inmediatamente Skoblin se defiende de toda connivencia con los nazis, y, por lo que parece, ésta también es la tesis de Rohmer, aunque el director de cine pone mucho cuidado en cultivar la ambigüedad de su personaje (¿blanco, rojo, pardo?). Pero me cuesta mucho creer que ese Skoblin se tomara la molestia de ir a encontrarse con Heydrich en Berlín para no decirle nada.
Pienso más bien que Skoblin fue a ver a Heydrich para informarle de que Tujachevsky había urdido un complot contra Stalin, pero en realidad Skoblin actuaba por cuenta del NKVD, es decir, para el propio Stalin. ¿Con qué objeto? Propagar el rumor del complot con el fin de dar credibilidad a una acusación de alta traición (acusación que al parecer careció de fundamento).
¿Creyó Heydrich a Skoblin? En todo caso, vio la ocasión de eliminar a un adversario peligroso para el Reich: apartar a Tujachevsky en 1937 equivale a decapitar al Ejército Rojo. Decide, por tanto, alimentar el rumor. Sabe que un asunto como ése depende del Abwehr de Canaris, ya que se trata de una cuestión militar. Pero embriagado por la envergadura de su proyecto, llega a convencer a Himmler, e incluso al mismísimo Hitler, para que le confíe el mando de una minuciosa operación de intoxicación. Para llevarla a cabo, hace llamar a su mejor hombre al respecto, Alfred Naujocks, un especialista en trabajos sucios. Durante tres meses va a fraguar toda una serie de falsedades con las que comprometer al mariscal ruso. No necesita encontrar su firma: le basta con acudir a los archivos de la República de Weimar; en aquella época, numerosos documentos oficiales habían sido visados por Tujachevsky, cuando ambos países mantenían unas relaciones diplomáticas más amigables.
Una vez listo el dosier, Heydrich le encarga a uno de sus hombres que se lo venda a un agente del NKVD. La ocasión da lugar a un magnífico juego entre espías: el ruso le compra el falso dosier al alemán pagándolo con rublos falsos. Cada uno cree burlarse del otro, todo el mundo engaña a todo el mundo.
En definitiva, Stalin obtiene lo que quiere: pruebas de que su más serio rival prepara un golpe de Estado. Los historiadores desconocen la verdadera importancia que hay que atribuir a las maniobras de Heydrich en este asunto, ya que conviene hacer notar que el dosier fue transmitido en mayo de 1937 y que Tujachevsky fue ejecutado en junio. Para mí, la proximidad de las fechas indica una inequívoca relación de causa a efecto.