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Primera parte » 89

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Los SA ya se han puesto en marcha, los SS les marcan el paso. En las calles de Berlín y en las de todas las grandes ciudades de Alemania, los escaparates de los comercios judíos vuelan en mil pedazos, los muebles de las casas judías salen por la ventana, y los judíos mismos son molestados, cuando no detenidos e incluso asesinados. Se ven máquinas de escribir, máquinas de coser y hasta pianos destrozados contra el suelo. Durante toda la noche se suceden los expolios. La gente honrada se encierra en su casa, los más curiosos asisten al espectáculo, cuidándose mucho de intervenir, como fantasmas silenciosos, sin que se pueda determinar la naturaleza de su silencio, cómplice, desaprobador, incrédulo o satisfecho. En un lugar cualquier de Alemania golpean la puerta de una anciana de ochenta y un años. Cuando abre a los SA, ríe sarcásticamente: «¡Vaya, menuda visita honorable tengo hoy!» Pero cuando los SA le piden que se vista y los acompañe, ella se sienta en su sofá y declara: «No pienso vestirme ni ir a ninguna parte. Hagan conmigo lo que quieran.» El jefe de la cuadrilla desenfunda y le pega un tiro en el pecho. Ella se desploma sobre el sofá. Él le mete una segunda bala en la cabeza. Cae del sofá y rueda sobre sí misma. Pero todavía no está muerta. Con la cabeza vuelta hacia la ventana, emite un leve estertor. Entonces el jefe le pega un tercer tiro en medio de la frente, a diez centímetros.

En otra parte, un SA sube al tejado de una sinagoga saqueada y levanta los rollos de la Torá gritando: «¡Limpiaos el culo con esto, judíos!» Y se los lanza como una serpentina de carnaval, ya con ese estilo suyo inimitable.

En el informe de un alcalde de pueblo puede leerse: «La acción contra los judíos se ha desarrollado con rapidez y sin tensión digna de reseñar. Tal como estaba previsto, un matrimonio judío ha sido arrojado al Danubio.»

Todas las sinagogas están en llamas, pero Heydrich, que conoce su oficio, ha ordenado que todos los archivos que puedan encontrarse se transfieran al QG[*] del SD. A la Wilhelmstrasse llegan cajas repletas de documentos. A los nazis les gusta quemar los libros, pero no los registros. ¿Eficacia alemana? A saber con qué valiosos papeles se habrá limpiado el culo más de un SA…

Al día siguiente, Heydrich le hace llegar al propio Goering un primer informe confidencial: la importancia de las destrucciones, por lo que respecta a las tiendas y casas judías, no puede ser todavía confirmada por las cifras. 815 comercios destruidos y 171 casas incendiadas o destruidas no indican más que una fracción de los verdaderos estropicios. Se ha pegado fuego a 119 sinagogas y otras 76 han sido completamente derruidas. 20.000 judíos han sido arrestados. Hay que señalar 36 muertos. Los heridos graves son también 36. Tanto los muertos como los heridos son judíos.

También se ha informado a Heydrich de algunas violaciones: en general, se trata de violaciones tipificadas en las leyes raciales de Núremberg. Por consiguiente, los culpables serán detenidos, expulsados del Partido y remitidos a la justicia. En cambio, no se tomarán medidas contra quien haya cometido algún asesinato.

Dos días más tarde, en el ministerio de Transportes Aéreos, Goering preside una reunión con el fin de hallar un medio de hacerles endosar a los judíos el coste de los destrozos ocasionados. Como hace notar el portavoz de las compañías de seguros, sólo el precio de los cristales de las ventanas rotas se eleva a cinco millones de marcos (por eso se le llamará «la noche de cristal»)[*]. También se pone de manifiesto que los propietarios de las tiendas judías son a menudo arios, a los que habrá que indemnizar. Goering estalla. Nadie, aparentemente, había pensado en el coste económico de la operación, y menos aún el ministro de Economía.

Grita a Heydrich que más habría valido matar a doscientos judíos que destruir tantos objetos valiosos. Heydrich, humillado, le responde que ha habido por lo menos 36 judíos asesinados.

En cuanto se encuentra una solución para hacer pagar los desperfectos a los propios judíos, Goering se tranquiliza y el ambiente se relaja. Heydrich lo escucha bromear con Goebbels acerca de la creación de reservas para judíos en el bosque. Según Goebbels, habría que introducir en ellas algunos animales que tengan un espantoso aire judío, como el alce, con su nariz ganchuda. Toda la concurrencia ríe alegremente, salvo el responsable de las compañías de seguros, poco convencido del plan de financiamiento elaborado por el mariscal de campo. Heydrich tampoco ríe.

Al acabar la reunión, cuando ya se ha decidido confiscar todos los bienes a los judíos y prohibirles cualquier forma de participación en los negocios, considera útil regresar al debate:

—Aunque los judíos sean eliminados de la vida económica, el problema mayor sigue existiendo. Éste consiste en echar a los judíos fuera de Alemania. Mientras tanto —sugiere él—, habría que ponerles un signo distintivo para poder reconocerlos.

—¡Un uniforme! —exclama Goering, siempre aficionado a las cosas vestimentarias.

—Mejor una insignia —replica Heydrich.

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La reunión, sin embargo, no acaba con esa nota profética. En adelante, los judíos serán excluidos de las escuelas públicas, de los hospitales públicos, de las playas y de los balnearios. Deben hacer sus compras en horarios restringidos. En cambio, como consecuencia de las objeciones de Goebbels, se renuncia a que tengan un vagón o un compartimento aparte en los transportes públicos, porque, ¿qué pasaría si se diera el caso de que hubiera una gran afluencia? ¡Los alemanes se amontonarían en su zona mientras los judíos tendrían su vagón para ellos solos! Como puede verse, el nivel de la discusión alcanza cotas muy técnicas y concretas.

Heydrich propone más restricciones de desplazamiento. Goering, completamente recuperado de su cólera pasajera, saca entonces, como quien no quiere la cosa, una cuestión fundamental: «Pero, mi querido Heydrich, no podrías evitar crear guetos a gran escala en todas las ciudades. No habrá más remedio, si se llega a eso.»

Al parecer, Heydrich responde con tono apremiante:

«Sobre el problema de los guetos, quiero dejar clara mi posición enseguida. Desde el punto de vista policial, estimo imposible establecer un gueto que tenga la forma de un barrio completamente aislado, donde sólo vivieran judíos. No se puede controlar un gueto en el que toda la población sea una mezcla confusa de judíos. Eso equivaldría a crear una guarida de criminales y un foco de epidemias. Es cierto que no queremos dejar que los judíos habiten en los mismos edificios que la población alemana; pero por ahora, en las viviendas aisladas o en los edificios comunes, los alemanes obligan al judío a comportarse correctamente. Es mejor controlarlo sometiéndolo a la atenta mirada vigilante de toda la población, que amontonarlo a millares en un barrio donde yo no pueda controlar adecuadamente su vida cotidiana con agentes uniformados.»

Raoul Hilberg ve en este «punto de vista policial» el concepto que Heydrich tiene tanto de su oficio como de la sociedad alemana: el de considerar a toda la población como una especie de policía auxiliar, encargada de vigilar y de señalar cualquier comportamiento sospechoso por parte de los judíos. La insurrección del gueto de Varsovia en 1943, que el ejército alemán tardará tres semanas en aplastar, confirmará su análisis: no se puede fiar uno de los judíos. Además, sabe también perfectamente que los microbios no hacen distinciones de razas.

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Físicamente, monseñor Tiso es un tipo gordito. Históricamente, su lugar está al lado de los mayores colaboracionistas. Su odio hacia el poder central checo sellará su destino como el Pétain eslovaco. El arzobispo de Bratislava ha dedicado toda su vida a la independencia de su país y hoy, gracias a Hitler, alcanza su objetivo. El 13 de marzo de 1939, cuando las divisiones de la Wehrmacht están a punto de invadir Bohemia y Moravia, el canciller del Reich recibe al futuro presidente eslovaco.

Como siempre, Hitler habla y su interlocutor escucha. En esta ocasión, Tiso no sabe si debe regocijarse o echarse a temblar. ¿Por qué lo que ha venido deseando desde siempre debe llegar bajo forma de un ultimátum y de un chantaje?

Hitler le explica: Checoslovaquia le debe sólo a Alemania no haber sido mucho más mutilada. El Reich, contentándose con anexionarse la región de los Sudetes, ha dado prueba de una gran mansedumbre. Sin embargo, los checos no le han manifestado ningún reconocimiento. A lo largo de las últimas semanas, la situación se ha vuelto insostenible. Demasiadas provocaciones. Los alemanes que todavía residen allí están siendo oprimidos y perseguidos. Vuelve a aflorar el espíritu del gobierno Beneš (cuya sola mención enciende a Hitler).

Los eslovacos le han decepcionado. Después de Múnich, ha tenido que reñir con sus amigos los húngaros al no permitirles que se apoderen de Eslovaquia. Lo hizo porque creía que los eslovacos querían su independencia.

¿Eslovaquia desea su independencia, sí o no? Es cuestión, no ya de días, sino de horas. Si Eslovaquia quiere su independencia, él la ayudará, y la tomará bajo su protección. Pero si se niega a separarse de Praga, o incluso si duda en hacerlo, él abandonará Eslovaquia a su destino: estará a merced de unos acontecimientos de los que él ya no será responsable.

En ese preciso momento, Hitler se hace entregar un informe por Ribbentrop, que pretendidamente acaba de llegar, según el cual se han detectado movimientos de tropas húngaras en la frontera eslovaca. Esta pequeña puesta en escena permite a Tiso, caso de que lo necesitara, comprender la urgencia de la situación, así como los dos términos de la alternativa: o Eslovaquia declara su independencia para jurar fidelidad a Alemania, o es engullida por Hungría.

Tiso responde: los eslovacos sabrán mostrarse dignos de la benevolencia del Führer.

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A cambio de la cesión de los Sudetes a Alemania, Checoslovaquia había creído garantizarse en Múnich la integridad de sus nuevas fronteras por Francia e Inglaterra. Pero la independencia de Eslovaquia modifica el reparto de papeles. ¿Acaso se puede proteger un país que ya no existe? El compromiso adquirido era con Checoslovaquia, no con Chequia sola. Ésa será la respuesta de los diplomáticos ingleses a sus homólogos de Praga que acudieron a pedirles ayuda. Estamos en la víspera de la invasión alemana. La cobardía de Francia e Inglaterra, en esta ocasión, está amparada por una absoluta legalidad.

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El 14 de marzo de 1939, a las 22:40 h., un tren proveniente de Praga entra en la estación de Anhalt, en Berlín. Desciende de él un viejo vestido de negro, con el labio colgando, poco pelo y la mirada apagada. El presidente Hácha, que ha sustituido a Beneš después de lo de Múnich, ha venido a suplicarle a Hitler que trate a su país con indulgencia. No ha cogido un avión porque padece del corazón; lo acompaña su hija así como su ministro de Asuntos Exteriores.

Hácha se teme lo que le espera aquí. Sabe que tropas alemanas han franqueado ya la frontera, y se concentran en torno a Bohemia. La invasión es inminente, y si se ha desplazado hasta allí es para negociar una rendición honrosa. Supongo que estaría preparado para aceptar unas condiciones similares a las impuestas a Eslovaquia: un estatuto de nación independiente pero bajo tutela alemana. Con ello, temía ni más ni menos que la desaparición total de su país.

Cuando pone el pie en el andén, cuál no sería su sorpresa al ser recibido por una guardia de honor. El ministro de Asuntos Exteriores, Ribbentrop, ha acudido en persona. Le ofrece a su hija un magnífico ramo de flores. El cortejo que precede a la delegación checa es digno de un jefe de Estado, lo que todavía sigue siendo. Hácha respira un poco más a gusto. Los alemanes lo han instalado en la mejor suite del suntuoso hotel Adlon. Sobre su cama, su hija encuentra una caja de bombones, cortesía personal del Führer.

El presidente checo es conducido a la Cancillería, donde los SS le forman una guardia de honor. Hácha se sosiega un poco más.

Su impresión, sin embargo, se matiza cuando penetra en el despacho del Canciller. A ambos lados de Hitler, reconoce a Goering y a Keitel, cuya presencia, en calidad de jefe del ejército alemán, no augura nada bueno. La expresión de la cara de Hitler no es tampoco la que podía esperarse, a la vista del buen recibimiento que se le había reservado hasta entonces. La escasa seguridad que había recuperado se volatiliza, y Emil Hácha, en ese preciso momento, se abisma irremediablemente en el torbellino de la Historia.

«Puede asegurarle al Führer —le dice al traductor— que jamás me he mezclado en política. Nunca, por así decir, me he cruzado con Beneš ni con Masaryk, y por lo que a mí respecta siempre me han sido antipáticos. Siempre he tenido la mayor aversión por el gobierno de Beneš, hasta tal punto que después de Múnich me he preguntado si realmente sería algo bueno que permaneciéramos como un estado independiente. Estoy convencido de que el destino de Checoslovaquia está en manos del Führer, y estoy convencido de que está en buenas manos. El Führer, no me cabe la menor duda, es hombre que comprende mi punto de vista cuando le digo que Checoslovaquia tiene derecho a una existencia nacional. Se le reprocha a Checoslovaquia que tenga todavía demasiados partidarios de Beneš, pero mi gobierno se afana por todos los medios en reducirlos al silencio.»

Hitler toma, a su vez, la palabra y sus frases, según el testimonio del traductor, dejan de piedra a Hácha:

«El viaje emprendido por el presidente, a pesar de su edad, puede ser muy beneficioso para su país. Alemania, en efecto, se prepara para intervenir en las próximas horas. No albergo ninguna enemistad contra ninguna nación. Si el Estado-muñón de Checoslovaquia ha seguido existiendo, se debe únicamente a que yo lo he permitido, y a que he respetado lealmente mis compromisos. ¡Pero incluso después de la marcha de Beneš, la actitud de Checoslovaquia no ha cambiado! ¡Os lo había avisado! ¡Había dicho que si las provocaciones continuaban, destruiría por entero el Estado checoslovaco! ¡Y no han cesado! Ahora ya se han tirado los dados… He ordenado a las tropas alemanas invadir el país y he decidido incorporar Checoslovaquia al Reich alemán.»

El traductor ha declarado, a propósito de Hácha y de su ministro: «Sólo sus ojos demostraban que estaban vivos.»

Hitler prosigue:

«Mañana a las 6, el ejército alemán penetrará en Checoslovaquia por todos los lados a la vez y la aviación alemana ocupará los aeródromos. Pueden darse dos eventualidades.

»O bien la entrada de las tropas alemanas da lugar a combates, en cuyo caso la resistencia será doblegada por la fuerza bruta.

»O bien la entrada de las tropas alemanas tiene lugar de manera pacífica, y entonces permitiré en Chequia, sin ningún obstáculo, un régimen propio en gran medida, con autonomía y una cierta libertad nacional.

»No es el odio lo que me mueve, mi único objetivo es la protección de Alemania, pero si Checoslovaquia no hubiera cedido cuando lo de Múnich, habría exterminado al pueblo checo sin el menor titubeo, ¡y nadie lo habría podido impedir! Hoy, si los checos quieren luchar, el ejército checo habrá dejado de existir en dos días. Naturalmente, habrá también víctimas entre los alemanes, lo que alimentará un odio contra el pueblo checo que me obligará, por deseo de autoconservación, a no conceder ninguna autonomía.

»El mundo se burla de vuestra suerte. Cuando leo la prensa extranjera, me compadezco de Checoslovaquia. Me lleva a pensar en la célebre cita de Otelo: “El Moro ha cumplido con su deber, el Moro puede partir…”».

Por lo visto, esta cita es proverbial en Alemania, pero no comprendo muy bien por qué Hitler la utiliza aquí ni qué es lo que quiere decir… ¿Quién es el Moro? ¿Checoslovaquia? Pero entonces, ¿qué deber ha cumplido? ¿Y hacia dónde podría partir?

Primera hipótesis: desde el punto de vista alemán, Checoslovaquia ha servido a las democracias occidentales con su misma existencia, debilitando a Alemania desde 1918. Ahora que ya ha cumplido con su misión, puede dejar de existir. Pero esto es, cuando menos, inexacto: la creación de Checoslovaquia supone la ratificación del desmantelamiento de Austria-Hungría, no de Alemania. Es más, si el deber de Checoslovaquia hubiera sido debilitar a Alemania, 1939 parece un momento poco oportuno para abandonarla, justo cuando Alemania refuerza su poder, se anexiona Austria y se vuelve cada vez más amenazante.

O bien, segunda hipótesis: el Moro representa las democracias occidentales, que han hecho lo que han podido en Múnich para limitar los daños (el Moro ha cumplido con su deber), pero se cuidarán mucho de intervenir en adelante (el Moro puede partir)… Salvo que, en boca de Hitler, se entienda que el Moro encarna a la víctima, al extranjero que es utilizado, y designa a Checoslovaquia.

Tercera hipótesis: el propio Hitler no sabe muy bien lo que ha querido decir; sencillamente no se ha aguantado las ganas de plantar una cita, y su escasa cultura literaria no le da para hallar otra más adecuada. En ese caso, habría podido contentarse con un «Vae victis!» más idóneo a la situación, simple pero siempre eficaz. O bien francamente callarse, ya que, como dijo Shakespeare, «el crimen, aunque falto de palabras, se expresa con una maravillosa elocuencia…».

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Ante el Führer, Hácha está completamente hundido. Ha confirmado que la situación está muy clara y que resistir sería una locura. Pero son las dos de la mañana, sólo le quedan cuatro horas para impedir que el pueblo checo se defienda. Según Hitler, la máquina militar alemana está ya en marcha (lo que es cierto) y nada podrá detenerla (desde luego, nadie parece deseoso de intentarlo). Es preciso que Hácha firme la capitulación inmediatamente y que se informe de ello a Praga. La alternativa que ha presentado Hitler es muy simple: o la paz ahora y una larga colaboración entre los dos pueblos, o la aniquilación de Checoslovaquia.

Completamente petrificado, el presidente Hácha es ayudado por Goering y Ribbentrop a sentarse ante una mesa sobre la que está el documento que ha de firmar. Le han puesto la pluma en la mano, pero tiembla. La pluma se detiene antes de tocar el papel. En ausencia del Führer, que casi nunca se queda para los detalles, Hácha tiene un sobresalto. «No puedo firmar esto —dice—. Si firmo la capitulación, seré para siempre maldecido por mi pueblo.» Y fue exactamente eso lo que ocurrió.

Goering y Ribbentrop deben de emplearse a fondo en convencer a Hácha de que es demasiado tarde para echarse atrás. Lo cual da origen a esa escena grotesca en la que, según los testimonios, los dos ministros nazis se ponen literalmente a hostigar a Hácha alrededor de la mesa, colocándole una y otra vez la pluma en la mano, conminándolo a sentarse y a firmar el odioso documento. Al mismo tiempo, Goering vociferará sin parar: si Hácha se mantiene en su negativa, media Praga será destruida en dos horas por la aviación alemana… ¡eso para empezar! Centenares de bombarderos están esperando sólo una orden para despegar, orden que recibirán a las seis si la capitulación no está firmada a esa hora.

Entre medias, Hácha se tambalea y se desmaya. Ahora son los dos nazis quienes están petrificados ante su cuerpo inerte. Hay que reanimarlo como sea, porque si muere, se acusará a Hitler de haberlo hecho asesinar en la mismísima Cancillería. Afortunadamente para ellos, tienen a mano a un as de las inyecciones, el doctor Morell, el mismo que dopará a Hitler con anfetaminas hasta su muerte con varias inyecciones diarias (lo que, dicho sea de paso, probablemente guarde alguna relación con la creciente demencia del Führer). Morell aparece y pincha a Hácha, que llega a despertarse. Enseguida le ponen un teléfono en la mano, ya que, vista la urgencia, el papel puede esperar. Ribbentrop se había encargado de instalar una línea especial conectada directamente con Praga. Hácha reúne sus escasas fuerzas; informa al gabinete checo en Praga de lo que ocurre en Berlín y aconseja la capitulación. Le ponen una inyección más y lo conducen ante el Führer, que le presenta de nuevo el maldito documento. Son casi las cuatro de la mañana, Hácha firma. «He sacrificado el Estado para salvar a la nación», cree el muy imbécil. Evidentemente, la estupidez de Chamberlain era contagiosa…

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«Berlín, 15 de marzo de 1939.

»A petición suya, el Führer ha recibido hoy en Berlín al Doctor Hácha, presidente de Checoslovaquia [los alemanes, por lo visto, no habían admitido todavía oficialmente la independencia de Eslovaquia, que sin embargo ellos mismos habían orquestado], al Doctor Chvalkovsky, ministro de Asuntos Exteriores de Checoslovaquia, en presencia del señor von Ribbentrop, ministro de Asuntos Exteriores. En el transcurso de la reunión, se ha examinado con total franqueza la grave situación creada por los acontecimientos de las últimas semanas en el actual territorio checoslovaco.

»Ambas partes se han declarado una a la otra convencidas de que deben hacerse todos los esfuerzos posibles para mantener la calma, el orden y la paz en esa parte de Europa central. El presidente del Estado checoslovaco ha declarado que, para alcanzar ese objetivo y para llegar a la pacificación definitiva, ha entregado, con total confianza, el destino del país y del pueblo checo en manos del Führer del Reich alemán. El Führer ha apreciado esta declaración; ha expresado su intención de poner al pueblo checo bajo la protección del Reich alemán y de garantizarle el desarrollo autónomo de su vida étnica, tal como conviene a su carácter propio.»

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Hitler está exultante. Abraza a todas las secretarias, a las que declara: «¡Hijas mías, hoy es el día más hermoso de mi vida! ¡Mi nombre quedará en la Historia, seré considerado el alemán más grande que jamás haya existido!»

Para celebrarlo, decide dirigirse a Praga.

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La ciudad más bella del mundo se halla agitada como por espasmos esporádicos. Los alemanes locales tratan de provocar un motín. Los manifestantes desfilan por la Václavske náměstí, la inmensa avenida dominada por el imponente Museo de historia natural. Los provocadores buscan camorra, pero la policía checa ha recibido la orden de no intervenir. La violencia, el pillaje, el vandalismo de quienes esperan la llegada de sus hermanos nazis son auténticos gritos de guerra cuyo eco no resuena en el silencio de la capital.

La noche se abate sobre la ciudad. Un viento helado barre las calles de Praga. Sólo un puñado de adolescentes excitados profieren algunos insultos a unos policías de guardia en las inmediaciones de la Deutsches Haus, la Casa de Alemania. Bajo el reloj astronómico, en la plaza de la Ciudad Vieja, el pequeño esqueleto tira de su cuerdecilla cada hora desde hace lustros. Da la medianoche. Se oye el crujido característico de los postigos de madera, pero esa noche apuesto a que nadie se molesta en mirar el desfile de los pequeños autómatas que regresan muy rápido a las entrañas de la torre donde estarán quizá más seguros. Imagino bandadas de cuervos volando alrededor de Nuestra Señora de Tyn, la sombría catedral erizada de siniestras atalayas. Bajo el puente Carlos corre el Vltava. Bajo el puente Carlos corre el Moldau. El río apacible que atraviesa Praga tiene dos nombres, uno checo, el otro alemán, y no cabe duda de que sintomáticamente uno de los dos sobra.

Los checos, entre nervios, tratan de conciliar el sueño. Todavía confían en que haya concesiones suplementarias que calmen el apetito de los alemanes, pero, ¿qué concesiones quedan por hacer? Para amansar al ogro hitleriano, cuentan con el servilismo de su presidente Hácha. Su voluntad de resistencia ha sido quebrada en Múnich por la traición de Francia e Inglaterra. Sólo tienen su pasividad para oponerse al belicismo nazi. Lo que queda de Checoslovaquia no aspira más que a ser una pequeña nación pacífica, pero la gangrena inoculada hace siglos por Premysl Otakar II no podrá cambiar nada. Antes del alba, la radio anuncia los términos del acuerdo cerrado entre Hácha y Hitler. Es la anexión, lisa y llanamente. La noticia estalla como una bomba en cada hogar checo. No ha amanecido todavía cuando por las calles emerge un zumbido, primero como un rumor sordo, que se transforma progresivamente en algarabía y luego en un tumulto generalizado. Poco a poco, la gente sale de su casa. Algunos llevan una pequeña maleta: son los que corren a precipitarse a las puertas de las embajadas para pedir asilo y protección, que les es denegado por sistema. Hay que señalar los primeros casos de suicidio.

A las nueve, el primer carro de combate alemán penetra finalmente en la ciudad.

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La verdad es que no sé si es un carro de combate lo que primero penetra en Praga. Las unidades más avanzadas parecían estar masivamente compuestas de motos con sidecar.

A las nueve, por tanto, unos soldados alemanes motorizados entran en la capital checa. Descubren en ese momento a los alemanes locales que les aclaman como libertadores, lo que les permite rebajar la tensión nerviosa que les domina desde hace varios días, pero también a los checos que les muestran sus puños, gritando eslóganes hostiles, cantando su himno nacional, lo que les produce mayor inquietud.

Una muchedumbre compacta se ha reunido en la Václavske náměstí, el equivalente checo de los Campos Elíseos, y por las grandes arterias de la ciudad los camiones de la Wehrmacht se ven rápidamente bloqueados por la enorme densidad de los manifestantes. En ese momento, los alemanes no saben todavía a qué atenerse.

Pero estamos lejos de una insurrección. El levantamiento popular y las manifestaciones de resistencia se limitarán a… tirarle bolas de nieve al invasor.

Los objetivos estratégicos prioritarios son alcanzados sin pegar ni un solo tiro: toma del control del aeropuerto, del ministerio de la Guerra, y sobre todo del Hradčany, el castillo volcado sobre su alta colina, corazón del poder. Antes de las diez, ya se han colocado en sus rampas unas baterías de artillería apuntando abajo, hacia la ciudad.

Los únicos problemas con que se han encontrado son de orden logístico: la ventisca ha sido la prueba más dura para los vehículos alemanes, y se ven por todas partes camiones parados, carros de combate inmovilizados por problemas mecánicos. Los alemanes tampoco saben orientarse en el dédalo de las calles de Praga: puede vérseles preguntando el camino a unos policías checos que parecen responderles con amabilidad (el respeto pavloviano por el uniforme, sin duda…). La hermosa calle Nerudova, que sube hacia el castillo, adornada con sus enseñas esotéricas, está bloqueada por un blindado extraviado. Mientras que el conductor ha ido a preguntar por su ruta en la legación italiana, el soldado que se ha quedado solo en la torreta vigila, con el dedo crispado sobre el gatillo de su fusil ametrallador, a la muchedumbre silenciosa de curiosos checos que se van aglomerando a su alrededor. Pero no ocurre nada. El general que comanda la vanguardia alemana no tendrá que lamentar más que algunos actos de sabotaje menores: unos cuantos neumáticos pinchados.

Hitler puede preparar tranquilamente su visita. Antes de que acabe el día, la ciudad está «asegurada». Tropas a caballo desfilan tranquilamente por la orillas del Vltava. Se ha decretado un toque de queda que prohíbe circular a los checos a partir de las ocho de la tarde. La entrada de los hoteles y de los edificios oficiales se decora con centinelas alemanes provistos de fusiles con bayoneta. Praga ha caído sin dar batalla. Los adoquines de las calles se cubren de nieve sucia. Para los checos empieza un invierno muy muy largo.

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Adelantando a la interminable columna de soldados que avanza como una larga serpiente por la carretera helada, un cortejo de Mercedes se encamina lentamente hacia Praga.

Los miembros más eminentes de la camarilla hitleriana van en ese viaje: Goering, Ribbentrop, Bormann. Y en el coche personal del Führer, al lado de Himmler, Heydrich.

¿En qué pensará cuando, después de ese largo viaje, lleguen por fin a su destino? ¿Será subyugado por la belleza envolvente de la ciudad de las cien torres? ¿Estará absorbido por el disfrute del insigne privilegio de su posición? ¿Se irritará porque el cortejo se pierda y pugnará por encontrar su camino en la ciudad de la que el Führer toma posesión esa misma mañana? ¿O, más bien, en su cerebro calculador germina ya la idea de una carrera planificada que pasa por la ex capital checa?

El futuro «verdugo de Praga», a quien los checos también apodarán «el carnicero», descubre la ciudad de los reyes de Bohemia: las calles están desiertas, vacías por el toque de queda; el paso de los vehículos del ejército alemán ha dejado huellas muy visibles en el barro y en la nieve sobre la calzada; una tranquilidad impresionante reina en una ciudad conquistada ese mismo día; los escaparates de las tiendas exponen sus vajillas de cristal o su charcutería con abundancia; la ópera se alza en el corazón de la ciudad vieja, donde fue creado el Don Giovanni de Mozart; los coches circulan por la izquierda, como en Inglaterra; el trayecto que lleva hasta el castillo, magníficamente aislado, serpentea por la colina; unas espléndidas e inquietantes estatuas decoran el portalón de la entrada principal, guardada por los SS.

El cortejo penetra en lo que hasta ayer era el palacio presidencial. Hoy es otra cosa: una bandera con la cruz gamada ondea en la cima del castillo, indicando la presencia de los nuevos amos de la plaza. Cuando Hácha regrese de Berlín —su tren aún no ha llegado porque ha sido oportunamente retenido en Alemania—, le harán pasar por la entrada de servicio. Supongo que sentirá toda la ironía de esa humillación, él, que la víspera celebraba con tanto regocijo la acogida como jefe de Estado que le habían dispensado en Berlín. El presidente no es más que un fantoche, y procurarán hacérselo saber.

El cortejo hitleriano sienta sus reales en medio del castillo. El Führer sube al primer piso. Existe una célebre foto en la que se ve a Hitler con las manos apoyadas sobre la repisa de una ventana abierta contemplando la ciudad con aire satisfecho. Luego baja para asistir a una cena a la luz de las velas en uno de los comedores. Heydrich anota obligatoriamente que el Führer come una loncha de jamón y bebe una Pilsner Urquell, la cerveza checa más famosa, cuando por lo general no suele beber nunca y es vegetariano. Va repitiendo que Checoslovaquia ha dejado de existir, y no cabe duda de que desea significar la importancia histórica de esa jornada del 15 de marzo de 1939 saltándose sus hábitos alimenticios.

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Al día siguiente, 16 de marzo de 1939, Hitler hace esta proclamación:

«Durante mil años, las provincias de Bohemia y de Moravia han formado parte del espacio vital del pueblo alemán. Checoslovaquia ha demostrado fundamentalmente que era incapaz de sobrevivir y, de hecho, hoy se halla inmersa en un estado de completa disolución. El Reich alemán no puede tolerar la existencia de disturbios continuos en este territorio. Por ese motivo, y en virtud de la ley de autoconservación, el Reich alemán está desde ahora dispuesto a intervenir y a tomar las medidas decisivas de cara a establecer las bases de un orden razonable en Europa central. A lo largo de los mil años de su historia, el Reich ha dado repetidas muestras de que, por la grandeza y las cualidades del pueblo alemán, es el único cualificado para emprender esa tarea.»

Luego, al principio de la tarde, Hitler deja Praga para no volver a poner sus pies en ella nunca jamás. Heydrich lo acompaña, pero él sí volverá.

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«Durante mil años, las provincias de Bohemia y de Moravia han formado parte del espacio vital del pueblo alemán.»

Es totalmente cierto que en el siglo X, o sea mil años antes, Václav I, el famoso San Wenceslao, debió jurar fidelidad al no menos famoso Enrique I el Pajarero, en una época en la que Bohemia no era todavía un reino, ni el rey de Sajonia estaba a la cabeza del Sacro Imperio Romano Germánico. Sin embargo, Václav pudo conservar su soberanía, y sólo tres siglos más tarde los colonos alemanes pudieron instalarse masivamente —aunque pacíficamente— en Bohemia. Por tanto, Bohemia siempre ha gozado de una situación relevante en el seno de Europa. A partir del siglo XIII, el rey de Bohemia fue uno de los siete príncipes electores aptos para designar al emperador, entre los cuales poseía el título honorífico de copero mayor. En una ocasión, llegó a emperador el también rey de Bohemia, el muy ilustre Carlos IV, Luxemburg por su padre pero Premyslida por su madre. Mitad checo y mitad alemán, hizo de Praga su capital, donde fundó la primera universidad de Europa central, y reemplazó el viejo puente Judith por el más hermoso puente del mundo, ese puente de piedra que todavía hoy lleva su nombre.

Es exacto decir que los países checo y alemán siempre han mantenido estrechas relaciones. También es exacto decir que Bohemia estuvo casi continuamente en la esfera de influencia alemana. Pero me parece totalmente abusivo hablar de espacio vital alemán a propósito de Bohemia.

Fue el propio Enrique el Pajarero, icono nazi, ídolo de Himmler, quien inauguró el Drang nach Osten, «la oleada hacia el Este» de la que Hitler se erigirá continuador para legitimar sus pretensiones de invadir la Unión Soviética. Pero Enrique el Pajarero jamás había tratado de invadir ni de colonizar Bohemia. Se contentaba con reclamarle un tributo anual. Por otra parte, además, no ha habido jamás, que yo sepa, una colonización alemana impuesta por la fuerza en Bohemia-Moravia. La afluencia de colonos alemanes en el siglo XIII respondía a la demanda del soberano checo, que buscaba mano de obra cualificada. Todo esto quiere decir que, hasta entonces, a nadie se le había ocurrido todavía vaciar Bohemia-Moravia de sus habitantes checos. Así pues, en términos de proyecto político, se puede decir que los nazis, una vez más, serán unos innovadores. Y Heydrich, por supuesto, estará en el ajo.

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¿Con qué criterio se decide que un personaje será el personaje principal de una historia? ¿Por el número de páginas que se le dedica? Creo yo que es algo un poco más complicado.

Cuando hablo del libro que voy a escribir, digo: «mi libraco sobre Heydrich». Sin embargo, se supone que Heydrich no será el personaje principal de esta historia. En todos los años que llevo con este libro dentro de mí, no he pensado en ningún momento titularlo de otro modo que Operación Antropoide (y si éste no es el título que figura en la portada que el lector puede leer, es porque cedí ante el editor, a quien no le gustaba en absoluto: le parecía demasiado ciencia-ficción, demasiado Robert Ludlum…). Es obvio que Heydrich es el blanco y no el actor de la operación. Todo lo que cuento sobre él sirve para montar el decorado, de alguna manera. Pero hay que reconocer que, desde un punto de vista literario, Heydrich es un buen personaje. Es como si un doctor Frankenstein novelista hubiera alumbrado una criatura terrorífica a partir de los monstruos más grandes de la literatura. Con la excepción de que Heydrich no es un monstruo de papel.

Soy sensible al hecho de que mis dos héroes tardan en entrar en escena. Pero tal vez no venga mal que se hagan de rogar. Tal vez haya que darles un cuerpo. Tal vez la marca que han dejado en la Historia y en mi memoria pueda imprimirse más profundamente en mis páginas. Tal vez esta larga estadía en la antecámara de mi cerebro les devuelva un poco de su realidad, y no sólo una vulgar verosimilitud. Tal vez, tal vez… ¡pero nada hay menos seguro! Heydrich ya no me impresiona. Son ellos los que me intimidan.

Y aun así, los veo. O digamos que empiezo a percibirlos.

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En los confines de la Eslovaquia oriental, se halla una ciudad que conozco muy bien, Košice (hay que pronunciar «Kochitsé»). En esa ciudad fue donde hice mi servicio militar: yo era el subteniente francés encargado de enseñar mi lengua natal a los jóvenes futuros oficiales del ejército del aire eslovaco. Es la ciudad de donde es originaria Aurelia, la hermosa joven con quien mantuve durante cinco años una pasión ardiente, hace ya diez años de eso. Es también la ciudad del mundo en la que he visto la mayor concentración de chicas guapas, y cuando digo guapas, quiero decir de una belleza realmente excepcional.

No veo ninguna razón para pensar que no fuese también así en 1939. Las chicas guapas han paseado desde tiempo inmemorial por la Hlavna ulica, la larguísima calle principal que constituye el corazón de la ciudad, bordeada de espléndidas casas barrocas de colores pastel, y remachada en su centro por una maravillosa catedral gótica. La única diferencia es que en 1939 uno puede encontrarse también con uniformes alemanes que saludan discretamente a las chicas al pasar. Eslovaquia ha logrado su independencia, al precio de traicionar a Praga, pero ve cómo se le impone la amigable y pegajosa tutela de Alemania.

Josef Gabčík, cuando sube por esta gigantesca arteria, no puede evitar ver todo eso: la chicas guapas y los uniformes alemanes. Y al cabo de varios meses, este hombre pequeño ha decidido reflexionar sobre lo que ve.

Hace dos años que ha dejado Košice para irse a trabajar a Žilina, en una fábrica de productos químicos. Vuelve hoy para reencontrarse con sus amigos del 14.º Regimiento de infantería, donde ha servido durante tres años. La primavera tarda en llegar y la nieve tenaz cruje bajo las botas.

Algunos cafés de Košice son como casas particulares. Por lo general, hay que entrar bajo un porche, o bien subir o bajar unas escaleras, para acceder a una sala bien caldeada. En uno de esos cafés es donde Gabčík se encontrará con sus antiguos camaradas, al caer la noche. Todos se regocijan con ese reencuentro en torno a una pinta de Steiger (una cerveza elaborada en la región de Banská Štiavnica). Pero Gabčík no ha venido a hacer una simple visita de cortesía. Quiere saber dónde está el ejército eslovaco, y cómo se posiciona en relación al gobierno de Tiso, el cardenal colaboracionista.

—Los oficiales superiores se han alineado con Tiso; como imaginarás, Jozef, para ellos la ruptura con el estado mayor checo supone la perspectiva de rápidas promociones…

—El ejército no ha rechistado, ni los oficiales, ni la tropa. Como nuevo ejército eslovaco, se han visto obligados a obedecer al nuevo gobierno independiente, es normal.

—¡Queríamos la independencia desde hace mucho tiempo y poco importa ahora cómo se ha obtenido! ¡Les está bien empleado a los checos! ¡Con menuda consideración nos habrían tratado, llegado el caso! Sabes perfectamente que los checos siempre se guardaban para ellos los mejores puestos en todas partes. En el gobierno, en el ejército, en la administración, ¡en todas partes! ¡Era asqueroso!

—De todos modos, no había otro remedio: si Tiso no decía que sí a Hitler, se lo habrían merendado como a los otros. Vale, de acuerdo, sé que esto parece una semiocupación, pero al final tenemos más autonomía que los checos.

—¿Sabes que en Praga han decretado el alemán como lengua oficial? Cierran todas las universidades checas, censuran cualquier actividad cultural checa, ¡hasta han fusilado a estudiantes! ¿Es eso lo que querrías aquí? Créeme, era la mejor solución…

—Era la única solución, Jozef.

—¿Por qué habríamos de luchar cuando el propio Hácha fue quien pidió la capitulación? No hemos hecho más que cumplir órdenes.

—Para Beneš es más fácil proseguir el combate porque está tranquilamente en Londres. Nosotros, en cambio, estamos aquí como gilipollas.

—Y eso que todo esto es culpa suya. Él firmó en Múnich, ¿no? No nos dejó luchar por los Sudetes, ¿no te acuerdas? En aquella época, nuestro ejército quizás hubiera podido, y digo bien quizás, rivalizar con el ejército alemán… Pero ahora, ¿qué podíamos hacer? ¿Has visto las cifras de la Luftwaffe? ¿Sabes cuántos bombarderos tienen operativos? Habrían entrado como en la mantequilla y nos habrían masacrado.

—¡Yo no quiero morir ni por Hácha ni por Beneš!

—¡Ni por Tiso!

—Bueno, hay algunos alemanes con uniforme que callejean por la ciudad, ¿y qué? No voy a decirte que me guste eso, pero es mucho mejor que una verdadera ocupación militar. ¡Vete a preguntarle a tus amigos checos!

—Por mi parte, no tengo nada en contra de los checos, pero siempre nos han tratado como paletos. Una vez fui a Praga y los tíos parecían no entenderme debido a mi acento. Siempre nos han despreciado. Ahora, ¡que se las apañen con sus nuevos compatriotas! ¡Ya veremos si prefieren el acento alemán!

—Hitler ya tiene lo que quería, ha dicho que no hará ninguna otra reivindicación territorial. Por lo que a nosotros respecta, jamás hemos sido parte alemana. ¡Si no fuera por él, Jozef, la que nos habría tragado a nosotros sería Hungría! Hay que ver las cosas como son.

—¿Qué quieres? ¿Un golpe de Estado? Ningún general tiene cojones para darlo. ¿Y luego, además, qué? ¿Echamos al ejército alemán nosotros solos? ¿Acaso crees que Francia e Inglaterra van a volar de repente en nuestra ayuda? ¡Llevamos un año esperándolos!

—Créenos, Jozef, tienes un empleo tranquilo, regresa a Žilina, busca una chica amable y pasa de toda esta historia. No nos va tan mal, después de todo.

Gabčík ha acabado su cerveza. Ya es tarde, él y sus camaradas están un poco achispados; fuera, la nieve cae. Se levanta para despedirse, saluda a la compañía y va a buscar su abrigo en el guardarropa. Mientras una chica se lo da, uno de sus compañeros de mesa se reúne con él. Le insinúa:

—Escucha, Jozef, por si quieres saberlo. Con la llegada de los alemanes, los checos han sido desmovilizados, pero algunos se han negado a volver a la vida civil. Será por patriotismo, o quizá porque no desean verse en el paro, no lo sé. El caso es que han pasado a Polonia y han creado un ejército de liberación checoslovaco. No creo que tengan mucho peso, pero me consta que también hay eslovacos entre ellos. Tienen su base en Cracovia. Mira, si yo hiciera eso, sería considerado como un desertor, y no puedo dejar a mi mujer ni a mis hijos. Pero si tuviera tu edad, si fuera libre… Tiso es un crápula, eso es lo que pienso, y la mayoría de los muchachos también. No todos se han hecho nazis, como puedes imaginar. Pero qué quieres, tenemos canguelo. Al parecer, lo que pasa en Praga es verdaderamente terrible, ejecutan a todo aquel que hace el menor ademán de protestar. Por mi parte, voy a tratar de amoldarme a la situación, ya ves, sin ningún entusiasmo, pero voy a permanecer tranquilo. Mientras no nos pidan deportar a los judíos…

Gabčík le sonríe. Se pone el abrigo, le da las gracias y sale. Fuera es de noche, las calles están desiertas y la nieve cruje bajo sus pies.

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