Genios y biografías

Genios y biografías

Claudia A. Damiani

La primera vez que topé con el nombre de George Sand fue en una biografía de Chopin que leí en mi adolescencia. Tal libro se ha traspapelado sin que alcance recordar siquiera el nombre del autor. De estas lecturas juveniles apenas me suelen quedar algunos pasajes, ya nebulosos, y una impresión muy general. En aquel entonces, yo no me hubiera identificado como feminista, sin embargo, aquella mujer nombrada bajo pseudónimo masculino, atrapó mi atención. El libro no pretendía que simpatizara con ella, se la presentaba con recelo como a una amante egoísta e insaciable que no supo cuidar y comprender al talentoso compositor polaco, víctima del exilio y la tuberculosis. 

Sin embargo, —y a pesar de las intenciones recriminatorias— la baronesa Dudevant, aparecía tan bohemia y romántica como los genios con que se reunía en París y en sus tierras de Nohant. No quedaba más remedio que reconocerla una más dentro de esa categoría decimonónica que la autonomía del arte había hecho surgir; aun cuando el sustantivo “genio” solo existe en masculino y la pertinaz feminidad de “musa” funciona como una predestinación lingüística para que las mujeres no se equivoquen en sus aspiraciones: inspirar al arte, no crearlo; ser objeto de deseo y no sujeto.

Pero Amandine Aurore Lucile Dupin, la mujer detrás del seudónimo George Sand, no era de conformarse: aristócrata por nacimiento y matrimonio, defendía a la clase trabajadora en sus primeros años y a la Republicana en 1848; no contenta con el papel de esposa y madre, se separó y marchó con sus hijos a París; vistió con prendas de hombre cuando quiso y tuvo relaciones amorosas con quien quiso... 

¿Se iba a conformar con ser la musa de Musset y Chopin? o, acaso, de sus amigos ilustres: Franz Liszt, Delacroix, Heinrich Heine, Victor Hugo, Balzac, Julio Verne, Flaubert ¡Claro que no! Aurore Dupin sería una prolífica novelista, que incursionaría además en la crítica literaria y el teatro, así como en toda la vida política y cultural de su época. 

Al poco tiempo de descubrir a George Sand —por ese misterio que torna relevante aquello que se reconoce, como si solo existiera después de descubierto—, topé en la librería con una edición cubana de “Historia de mi vida”, su autobiografía. Un libro que también extravié en un viaje, en el desorden de la biblioteca o en algún préstamo olvidado. No existe mejor reivindicación para la autora que este alegato altanero contra cualquier injuria patriarcal que le dediquen los biógrafos de su amante, pues, con ella, demuestra que se basta a sí misma para contar su historia y para ser protagonista.

Retrato de George Sand por Eugène Delacroix (1838) Originariamente era un doble retrato en el que mostraba al compositor Frédéric Chopin tocando el piano y a la escritora George Sand, sentada a su derecha. Pero más tarde la pintura fue cortada para venderse por separado.


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