Fuego y sangre

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El reinado del Dragón: Las guerras del rey Aegon I

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El reinado del Dragón Las guerras del rey Aegon I

El largo reinado del rey Aegon I Targaryen, del 1 d. C. al 37 d. C., fue pacífico en términos generales, sobre todo en los últimos años. Pero antes de la Paz del Dragón, como más adelante denominaron los maestres de la Ciudadela a los dos últimos decenios de su reinado, tuvieron lugar las guerras del Dragón, la última de las cuales fue el conflicto más encarnizado y sangriento que había visto Poniente en toda su historia.

Pese a que se consideraba que las guerras de la Conquista finalizaron cuando el Septón Supremo coronó y ungió a Aegon en el Septo Estrellado de Antigua, no todo Poniente se había sometido a su gobierno.

En el Mordisco, los señores de las Tres Hermanas habían aprovechado el caos de la Conquista de Aegon para declarar su independencia y coronar a lady Marla de la casa Sunderland. Puesto que la flota de los Arryn había quedado prácticamente destruida durante la Conquista, el rey ordenó a Torrhen Stark de Invernalia, su Guardián del Norte, que sofocase la rebelión de los hombres de las Tres Hermanas, y un ejército norteño partió de Puerto Blanco en una flota de galeras braavosíes contratadas, a cuyo mando iba a ser Warrick Manderly. A la vista de las velas y de la repentina aparición de la reina Visenya y Vhagar en el cielo, sobre Villahermana, los hombres de las Hermanas se desmoralizaron y depusieron a toda prisa a la reina Marla para coronar a su hermano menor. Steffon Sunderland renovó su voto de lealtad al Nido de Águilas, se prosternó ante Visenya y entregó a sus hijos como rehenes en garantía de su buen comportamiento: a uno lo acogieron los Manderly; al otro, la casa Arryn. Su hermana, la reina depuesta, fue exiliada y encarcelada. Cinco años después le cortaron la lengua, y pasó el resto de su vida entre las Hermanas Silenciosas atendiendo los cadáveres de los nobles fallecidos.

En el otro extremo de Poniente, las Islas del Hierro se hallaban sumidas en el caos. La casa Hoare, que había gobernado a los hombres del hierro durante muchos siglos, se extinguió en una sola noche cuando Aegon descargó el fuego de Balerion sobre Harrenhal. Pese a que Harren el Negro y sus hijos perecieron entre las llamas, se declaró a Qhorin Volmark de Harlaw, cuya abuela era hermana menor del abuelo de Harren, legítimo heredero de «la línea negra», y se hizo con el trono.

No obstante, no todos los hombres del hierro aceptaron su coronación. En Viejo Wyk, bajo los huesos de Nagga, el dragón marino, los sacerdotes del Dios Ahogado colocaron una corona de madera de deriva en la cabeza de uno de los suyos, el sacerdote descalzo Lodos, que se proclamaba hijo del Dios Ahogado y de quien se rumoreaba que podía realizar milagros. Otros aspirantes al trono se alzaron en Gran Wyk, Pyke y Monteorca, y durante más de un año, sus partidarios lucharon en tierra y mar. Se dice que las aguas que separaban las islas estaban tan saturadas de cadáveres que los krákens acudían a cientos atraídos por la sangre.

Aegon Targaryen puso fin a la contienda al descender sobre las islas en el año 2 d. C., montado sobre Balerion. Con él llegaron las flotas del Rejo, Altojardín y Lannisport, e incluso unos cuantos barcoluengos de la Isla del Oso enviados por Torrhen Stark. Los hombres del hierro, con las filas mermadas por un año de guerra fratricida, opusieron poca resistencia; de hecho, muchos de ellos recibieron de buen grado la llegada de los dragones. El rey Aegon mató a Qhorin Volmark con Fuegoscuro, pero permitió que su hijo, todavía un niño, heredase las tierras y el castillo de su padre. En Viejo Wyk, el rey y sacerdote Lodos, supuesto hijo del Dios Ahogado, invocó a los krákens de las profundidades para que se alzasen y hundieran los barcos del invasor. Puesto que no sucedió tal cosa, Lodos se rellenó la ropa de piedras y entró caminando en el mar «en busca del consejo de mi padre». Miles de hombres lo siguieron. Las aguas arrastraron sus cadáveres hinchados y carcomidos por los cangrejos a las costas de Viejo Wyk durante años.

Más adelante se planteó la cuestión de quién debería gobernar las Islas del Hierro en nombre del rey. Se sugirió que los hombres del hierro rindieran vasallaje a los Tully de Aguasdulces o a los Lannister de Roca Casterly, y algunos llegaron a proponer que se los entregase a Invernalia. Aegon escuchó todos los alegatos, pero al final decidió que permitiría a los hombres del hierro elegir a su propio señor supremo. Nadie se sorprendió de que escogieran a uno de los suyos: Vickon Greyjoy, Lord Segador de Pyke. Lord Vickon rindió pleitesía al rey Aegon, y el Dragón partió con su armada.

Sin embargo, el mandato de Greyjoy se limitaba a las Islas del Hierro; renunció a cualquier posible derecho sobre las tierras de las que se había apropiado la casa Hoare en el continente. Aegon entregó las ruinas del castillo de Harrenhal y sus dominios a ser Quenton Qoherys, el maestro de armas de Rocadragón, pero le exigió que aceptase a lord Edmyn Tully de Aguasdulces como señor. El recientemente nombrado lord Quenton tenía dos hijos fuertes y un nieto rollizo que garantizaban la sucesión, pero dado que a su primera esposa se la había llevado la fiebre manchada tres años antes, también accedió a desposarse con una de las hijas de lord Tully.

Con el sometimiento de las Tres Hermanas y las Islas del Hierro, todo Poniente, al sur del Muro, quedó bajo el mandato de Aegon Targaryen, con la única excepción de Dorne. De modo que fue a Dorne hacia donde el Dragón volvió la vista. Lo primero que intentó Aegon fue ganarse a los dornienses con palabras, para lo cual envió a Lanza del Sol una delegación de grandes señores, maestres y septones, con la misión de negociar con la princesa Meria Martell, motejada el Sapo Amarillo de Dorne, y convencerla de las ventajas de unir su reino al del Dragón. Las negociaciones se prolongaron durante cerca de un año, pero no consiguieron llegar a un acuerdo.

El principio de la Primera Guerra Dorniense suele fecharse en el año 4 d. C., cuando Rhaenys Targaryen regresó a Dorne. En esta ocasión volvió a fuego y sangre, como había amenazado. A lomos de Meraxes, la reina descendió del cielo despejado y prendió Los Tablones. Las llamas saltaron de barco en barco hasta que toda la desembocadura del Sangreverde se llenó de restos ardientes; la columna de humo se veía desde Lanza del Sol. Los habitantes de la ciudad flotante huyeron al río para refugiarse de las llamas, de modo que menos de un centenar murió en el ataque; en su mayoría perecieron ahogados, y no bajo las llamas del dragón. Pero ya se había derramado sangre.

Por otro lado, Orys Baratheon condujo a un millar de caballeros escogidos por el Sendahuesos, mientras el propio Aegon atravesaba el paso del Príncipe al mando de un ejército de treinta mil hombres, encabezados por cerca de dos mil caballeros montados y trescientos señores y banderizos. Se oyó decir a lord Harlan Tyrell, el Guardián del Sur, que tenían poder suficiente para aplastar a cualquier ejército dorniense que intentase oponérseles, incluso en ausencia de Aegon y Balerion.

Sin duda tenía razón, pero no le hizo falta demostrarlo, ya que los dornienses no llegaron a presentar batalla, sino que se retiraron ante las huestes del rey, incendiaron los cultivos y envenenaron hasta el último pozo. Los invasores se toparon con las atalayas dornienses de las Montañas Rojas desabastecidas y abandonadas. En los pasos elevados, la vanguardia de Aegon se encontró con el camino obstruido por un muro de ovejas muertas, completamente esquiladas y demasiado podridas para servir de alimento. El ejército del rey ya empezaba a acusar la falta de comida y forraje cuando emergió del paso del Príncipe para encarar las arenas de Dorne. Allí, Aegon dividió sus fuerzas: envió a lord Tyrell al sur para enfrentarse con Uthor Uller, señor de Sotoinferno, mientras él se dirigía hacia el este para sitiar a lord Fowler en Dominio del Cielo, su fortaleza de las montañas.

Corría el segundo año del otoño y se auguraba que el invierno no tardaría en llegar. Los invasores confiaban en que en la siguiente estación disminuyera el calor de los desiertos y hubiera más agua. Pero el sol de Dorne demostró ser implacable cuando lord Tyrell marchó hacia Sotoinferno. En un clima tan caluroso, los hombres bebían más, y todos los pozos y oasis del camino del ejército estaban envenenados. Los caballos empezaron a morir, más y más con cada día que pasaba, seguidos por sus jinetes. Los altivos caballeros abandonaron los estandartes, los escudos, incluso las armaduras. Lord Tyrell perdió a una cuarta parte de sus hombres y casi todos sus caballos en las arenas de Dorne, y cuando al fin llegó a Sotoinferno, lo encontró abandonado.

El ataque de Orys Baratheon obtuvo un resultado algo mejor. Sus caballos forcejearon por las pendientes pedregosas y los pasos serpenteantes, pero muchos se negaron a continuar cuando llegaron a las zonas más abruptas del camino, donde los dornienses habían tallado escalones en la montaña. Llovieron rocas sobre los caballeros de la Mano del Rey, obra de unos defensores que los tormenteños no llegaron a ver. En el lugar donde el Sendahuesos se unía al río Wyl, los arqueros dornienses aparecieron repentinamente cuando la columna cruzaba un puente, y las flechas cayeron a millares sobre ella. Cuando lord Orys ordenó retroceder a sus hombres, un gran desprendimiento de rocas les cortó la retirada. Sin posibilidad de avanzar ni de retroceder, los tormenteños cayeron como cerdos en la pocilga. Perdonaron la vida a Orys Baratheon, junto con una docena de señores a los que consideraron dignos de pedir un rescate por ellos, pero los hizo prisioneros Wyl de Wyl, el indómito señor montañés conocido como el Amante de las Viudas.

El rey Aegon salió mejor parado. Tras marchar hacia el este siguiendo las laderas, donde los arroyos que descendían de las cumbres proporcionaban agua y la caza abundaba en los valles, arrasó Dominio del Cielo y tomó Palosanto al cabo de un breve asedio. El señor de Tor había fallecido recientemente, y su mayordomo se rindió sin luchar. Más al este, lord Toland de Colina Fantasma envió a su paladín a desafiar al rey en combate singular. Aegon aceptó y le dio muerte, aunque posteriormente descubrió que no se trataba del paladín de Toland, sino de su bufón. Lord Toland había desaparecido.

Tampoco había rastro de Meria Martell, la princesa de Dorne, cuando el rey Aegon descendió sobre Lanza del Sol a lomos de Balerion y se encontró con que su hermana Rhaenys se le había adelantado y, tras incendiar Los Tablones, había tomado Limonar, Bosquepinto y Aguahedionda; la homenajearon ancianas y niños, pero no encontró un auténtico enemigo por ningún sitio. Incluso la ciudad invisible, situada extramuros de Lanza del Sol, estaba medio desierta, y ninguno de quienes quedaban en ella reconocía saber nada del paradero de los señores y las princesas de Dorne.

—El Sapo Amarillo se ha derretido en la arena —dijo la reina Rhaenys al rey Aegon.

La respuesta de Aegon fue una declaración de victoria. Reunió en el gran salón de Lanza del Sol a los dignatarios que quedaban y les dijo que Dorne había pasado a formar parte de su reino y a partir de entonces serían sus leales vasallos, pues sus antiguos señores eran rebeldes y proscritos. Ofreció recompensas por sus cabezas, en especial por la de la princesa Meria Martell, el Sapo Amarillo. Nombró a lord Jon Rosby castellano de Lanza del Sol y Guardián de las Arenas, para gobernar Dorne en nombre del rey. También se nombraron mayordomos y castellanos para las otras tierras y alcázares que había tomado el Conquistador. Después, el rey Aegon y sus huestes partieron por donde habían llegado, en dirección oeste a lo largo de las laderas y a través del paso del Príncipe.

Apenas habían llegado a Desembarco del Rey cuando Dorne estalló a sus espaldas. Los lanceros dornienses surgieron de la nada, como flores del desierto después de la lluvia. Recuperaron Dominio del Cielo, Palosanto, Tor y Colina Fantasma en una quincena, y pasaron por la espada a las guarniciones reales. Solo permitieron morir a los castellanos y mayordomos de Aegon después de haberlos sometido a un largo tormento. Se dijo que los señores dornienses cruzaron apuestas a ver quién era capaz de mantener con vida a su rehén durante más tiempo mientras lo desmembraba. Lord Rosby, castellano de Lanza del Sol y Guardián de las Arenas, tuvo un final menos aciago que la mayoría: después de que los dornienses salieran como un enjambre de la ciudad invisible para retomar el castillo, lo ataron de pies y manos y lo arrastraron a la Torre de la Lanza, donde la avejentada princesa Meria lo arrojó con sus propias manos por una ventana.

Pronto quedaron solo lord Tyrell y sus tropas; el rey Aegon había dejado atrás a Tyrell al partir de Dorne. Se consideraba que Sotoinferno, una fortaleza del río Azufre, estaba bien situada para sofocar cualquier levantamiento. Pero el río era de aguas sulfurosas, y los peces capturados en ellas enfermaron a los hombres de Altojardín. La casa Qorqyle de Asperón no había llegado a someterse, y sus lanceros acababan con los forrajeros y las patrullas que enviaba Tyrell cuando se aventuraban demasiado hacia el oeste. Lo mismo hacían los Vaith en el este. Cuando la noticia de la Defenestración de Lanza del Sol alcanzó Sotoinferno, lord Tyrell reunió las fuerzas que le quedaban y se aventuró a atravesar las arenas. Había anunciado su intención de capturar Vaith, marchar al este a lo largo del río, recuperar Lanza del Sol y la ciudad invisible, y castigar a los asesinos de lord Rosby, pero en algún lugar situado al este de Sotoinferno, entre las arenas rojas, desaparecieron Tyrell y todo su ejército. No se volvió a ver a uno solo de sus hombres.

Aegon Targaryen no era propenso a aceptar la derrota. La guerra se prolongaría durante otros siete años, pese a que después del 6 d. C. degeneró en una serie interminable de atrocidades sangrientas, incursiones y revanchas, interrumpida por largos períodos de inactividad, una docena de breves treguas, y numerosos asesinatos y magnicidios.

En el año 7 d. C. enviaron a Desembarco del Rey a Orys Baratheon y los demás señores capturados en el Sendahuesos, a cambio de su peso en oro, pero cuando llegaron se descubrió que el Amante de las Viudas les había amputado a todos la mano de la espada, de modo que nunca pudieran volver a alzarse en armas contra Dorne. Como represalia, el rey Aegon descendió en persona sobre la fortaleza montañesa de los Wyl con Balerion y redujo a montículos de piedra fundida media docena de sus atalayas y castillos. Sin embargo, los Wyl se refugiaron en las cuevas y túneles que horadaban sus montañas, y el Amante de las Viudas sobrevivió veinte años más.

En el 8 d. C., un año excepcionalmente seco, los saqueadores dornienses cruzaron el mar de Dorne en embarcaciones procuradas por un rey pirata de los Peldaños de Piedra y atacaron media docena de aldeas y pueblos a lo largo de la costa sur del cabo de la Ira, donde prendieron incendios que se extendieron por la mitad de la Selva. «Fuego por fuego», se dijo que declaró la princesa Meria.

Los Targaryen no podían permitir que algo así quedase sin respuesta. Más adelante, en ese mismo año, Visenya Targaryen apareció en el cielo de Dorne y desató los fuegos de Vhagar sobre Lanza del Sol, Limonar, Colina Fantasma y Tor.

En el año 9 d. C. regresó Visenya, esta vez con el mismísimo Aegon volando a su lado, y en esa ocasión ardieron Asperón, Vaith y Sotoinferno.

La respuesta de los dornienses llegó al año siguiente, cuando lord Fowler condujo un ejército a través del paso del Príncipe hasta alcanzar el Rejo, con tanta rapidez que logró incendiar una docena de aldeas y capturar el castillo fronterizo de Canto Nocturno antes de que los señores de las Marcas se dieran cuenta de que tenían encima al enemigo. Cuando la noticia del ataque llegó a Antigua, lord Hightower envió a su hijo Addam con una fuerza considerable para retomar Canto Nocturno, pero los dornienses lo habían previsto y un segundo ejército, bajo el mando de ser Joffrey Dayne, descendió desde Campoestrella y atacó la ciudad. Las murallas de Antigua demostraron ser demasiado fuertes para que los dornienses pudieran superarlas, pero Dayne incendió campos, granjas y pueblos en veinte leguas a la redonda y mató a Garmon, el hijo menor de lord Hightower, cuando este encabezó una partida contra él. Al llegar a Canto Nocturno, ser Addam Hightower se encontró con que lord Fowler había prendido fuego al castillo y pasado por la espada a la guarnición. A lord Caron, su esposa y sus hijos los habían conducido a Dorne como rehenes. En vez de ir en pos suya, ser Addam regresó a Antigua de inmediato con intención de liberarla, pero ser Joffrey y su ejército se habían desvanecido también entre las montañas.

El anciano lord Manfred Hightower falleció poco después. Ser Addam sucedió a su padre como señor de Torrealta, mientras Antigua clamaba venganza. El rey Aegon voló a lomos de Balerion hasta Altojardín para pedir consejo a su Guardián del Sur, pero Theo Tyrell, el joven señor, se mostró reticente a plantearse otra invasión de Dorne después del final que había sufrido su padre.

Una vez más, el rey desató sus dragones sobre Dorne. Aegon en persona cayó sobre Dominio del Cielo, jurando convertir la sede de los Fowler en «un segundo Harrenhal». Visenya y Vhagar derramaron fuego y sangre sobre Campoestrella, y Rhaenys y Meraxes regresaron una vez más a Sotoinferno…, donde las alcanzó la tragedia. Los dragones de los Targaryen, criados y entrenados para la batalla, habían volado entre tormentas de lanzas y flechas en multitud de ocasiones sin sufrir apenas daño. Las escamas de un dragón adulto eran más duras que el acero, y ni las flechas que daban en el blanco penetraban lo suficiente para conseguir más que enfurecer a las enormes bestias. Pero mientras Meraxes giraba sobre Sotoinferno, un defensor situado en la torre más alta del castillo disparó un escorpión y logró clavarle un dardo de hierro de dos codos en el ojo derecho. La dragona de la reina no murió al instante; se desplomó agonizante, y destruyó la torre y una gran sección de la muralla de Sotoinferno en sus últimos estertores.

Sigue siendo objeto de debate si Rhaenys Targaryen sobrevivió a su dragona. Algunos sostienen que cayó de la silla y murió; otros, que la aplastó Meraxes en el patio del castillo. Unos pocos aseguran que, aunque no la mató la caída, sufrió una muerte lenta bajo tortura en las mazmorras de los Uller. Es probable que nunca se conozcan las auténticas circunstancias de su final, pero Rhaenys Targaryen, hermana y esposa del rey Aegon I, pereció en Sotoinferno, en Dorne, en el año 10 después de la Conquista.

Los dos años siguientes fueron los de la Ira del Dragón. Hasta el último castillo de Dorne fue incendiado tres veces cuando Balerion y Vhagar cayeron sobre ellos repetidamente. Las arenas que rodeaban Sotoinferno se fundieron y cristalizaron en algunos lugares bajo el abrasador aliento de Balerion. Los señores dornienses se vieron obligados a esconderse, pero ni siquiera así lograron ponerse a salvo. Lord Fowler, lord Vaith, lady Toland y cuatro señores sucesivos de Sotoinferno fueron asesinados uno detrás de otro, ya que el Trono de Hierro había ofrecido el peso de un señor en oro a cambio de la cabeza de cualquier señor dorniense. No obstante, solo dos de los asesinos vivieron para cobrar su recompensa, y los dornienses tomaron represalias pagando la sangre con sangre. Asesinaron a lord Connington del Nido del Grifo mientras cazaba; lord Mertyns de Bosquebruma murió envenenado junto con toda su casa por un tonel de vino dorniense, y a lord Fell lo estrangularon en un burdel de Desembarco del Rey.

Los Targaryen tampoco salieron indemnes. El rey sufrió tres ataques, y en dos de ellos habría caído de no ser por sus guardias. Una noche tendieron una emboscada a la reina Visenya en Desembarco del Rey; dos de sus escoltas murieron antes de que la propia Visenya acabase con el último atacante con el filo de Hermana Oscura.

El acto más infame de aquella época sangrienta se produjo en el año 12 d. C., cuando Wyl de Wyl, el Amante de las Viudas, se presentó sin invitación en la boda de ser Jon Cafferen, heredero de Fawnton, con Alys Oakheart, hija del señor de Roble Viejo. Después de que un criado traicionero los dejase entrar por una puerta trasera, los atacantes encomendados por Wyl asesinaron a lord Oakheart y a la mayoría de los invitados, y posteriormente obligaron a mirar a la novia mientras castraban a su esposo. A continuación se turnaron para violar a lady Alys y a sus criadas, y por último se las llevaron a rastras para venderlas a un esclavista myriense.

Para entonces, Dorne era un desierto humeante asolado por la hambruna, la enfermedad y la peste. «Una tierra condenada», según la denominaban los comerciantes de las Ciudades Libres. Pero la casa Martell permanecía «Nunca Doblegada, nunca Rota», como aseveraba su lema. Un caballero dorniense, entregado a la reina Visenya como cautivo, insistió en que Meria Martell prefería ver muerto a su pueblo antes de permitir que acabase esclavizado por la casa Targaryen. Visenya respondió que su hermano y ella estarían más que satisfechos de cumplir los deseos de la princesa.

La edad y la mala salud acabaron por conseguir lo que los dragones y ejércitos no habían logrado. En el año 13 d. C., Meria Martell, el Sapo Amarillo de Dorne, murió en su lecho; a decir de sus enemigos mientras mantenía relaciones íntimas con un semental. Su hijo Nymor la sucedió como señor de Lanza del Sol y príncipe de Dorne. Con sesenta años de edad y la salud quebrantada, el nuevo príncipe dorniense no tenía ánimos para continuar con la matanza. Comenzó su reinado enviando una delegación a Desembarco del Rey, a devolver la calavera de la dragona Meraxes y ofrecer sus condiciones de paz al rey Aegon. Su propia heredera, su hija Deria, encabezaba esa embajada.

La propuesta de paz del príncipe Nymor chocó con una fuerte oposición en Desembarco del Rey. La reina Visenya se declaró contraria en términos contundentes: «No habrá paz sin sometimiento», declaró, y los amigos que tenía en el consejo privado corearon sus palabras. Orys Baratheon, que se había dejado llevar por la amargura en los últimos años, abogó por devolver a la princesa Deria a su padre con una mano menos. Lord Oakheart envió un cuervo para sugerir que se vendiera a la joven dorniense «al burdel más infame de Desembarco del Rey, hasta que todos los mendigos de la ciudad hayan obtenido placer de ella». Aegon Targaryen descartó todas aquellas propuestas: la princesa Deria había acudido como enviada bajo un estandarte de paz, y juró que no sufriría daño alguno bajo su techo.

El rey estaba cansado de guerrear, según todas las versiones, pero otorgar la paz a los dornienses sin someterlos sería equivalente a aceptar que su amada hermana Rhaenys había muerto en vano, que tanta sangre y muerte no habían servido de nada. Los señores de su consejo privado señalaron además que una paz en esas condiciones se consideraría un signo de debilidad y podría alentar nuevas rebeliones que habría que sofocar. Aegon sabía que el Rejo, las Tierras de la Tormenta y las Marcas habían sufrido grandes calamidades durante la lucha, y no perdonarían ni olvidarían. Ni siquiera en Desembarco del Rey se atrevía Aegon a dejar que los dornienses se aventurasen a salir de la fortaleza sin una fuerte escolta, por temor a que la plebe los despedazara. Por todos esos motivos, según reseñó más adelante el gran maestre Lucan, el rey estaba a punto de rechazar la propuesta dorniense y continuar la guerra.

Fue entonces que la princesa Deria entregó al rey una carta lacrada de su padre. «Solo podéis leerla vos, alteza».

El rey Aegon leyó las palabras del príncipe Nymor ante la corte, con rostro inexpresivo y en silencio, sentado en el Trono de Hierro. Cuando se levantó, al terminar, su mano goteaba sangre. Quemó la carta y no volvió a hablar de ella, pero aquella noche montó sobre Balerion y atravesó volando la bahía del Aguasnegras hasta llegar a la fortaleza de Rocadragón, apostada sobre su montaña humeante. Cuando regresó, a la mañana siguiente, Aegon Targaryen aceptó las condiciones propuestas por Nymor. Poco después firmó un tratado de paz eterna con Dorne.

Aún hoy nadie conoce con certeza el contenido de la carta de Deria. Algunos aseguran que era una simple súplica de un padre a otro, palabras cargadas de sentimiento que llegaron al corazón del rey Aegon. Otros insisten en que era una lista de los señores y nobles caballeros que habían perdido la vida durante la guerra. Incluso hubo septones que llegaron al extremo de insinuar que la carta estaba hechizada, que la había escrito el Sapo Amarillo antes de morir utilizando como tinta la sangre de la reina Rhaenys que guardaba en un tarro, de modo que el rey fuera incapaz de resistirse a su magia maligna.

El gran maestre Clegg, que se desplazó a Desembarco del Rey muchos años después, concluyó que Dorne ya no poseía la fuerza necesaria para luchar. Llevado por la desesperación, según apuntó Clegg, el príncipe Nymor podría haber amenazado con contratar a los Hombres sin Rostro de Braavos si seguía rechazando su oferta de paz, para que asesinasen a Aenys, el hijo y heredero del rey Aegon y la reina Rhaenys, que por aquel entonces solo contaba seis años de edad. Podría ser cierto…, pero nadie lo sabrá nunca.

Así concluyó la Primera Guerra Dorniense (4-13 d. C.).

El Sapo Amarillo de Dorne había conseguido lo que Harren el Negro, los dos reyes y Torrhen Stark no lograron: derrotar a Aegon Targaryen y a sus dragones. Pero al norte de las Montañas Rojas, sus tácticas solo provocaron desdén. «Coraje dorniense» se convirtió en un sinónimo burlón de cobardía entre los señores y caballeros de los reinos de Aegon. «El sapo salta a su agujero cuando se siente amenazado», escribió un cronista. Otro dijo: «Meria luchó como una mujer, con mentiras, traición y brujería». La victoria de Dorne, si se puede llamar victoria, se consideró deshonrosa, y los supervivientes de la guerra, así como los hijos y hermanos de los caídos, se prometieron mutuamente que algún día llegaría el momento de obtener retribución.

Su venganza tendría que esperar a una generación futura, y al ascenso al trono de un rey más joven y sediento de sangre. Pese a que siguió en el Trono de Hierro veinticuatro años más, el conflicto dorniense fue la última guerra de Aegon el Conquistador.

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