Fortuna
Mi vida. Andrew Bevel » Prefacio
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PREFACIO
Mi nombre lo conocen muchos; mis actos, algunos, y mi vida, pocos. No es algo que nunca me haya preocupado demasiado. Lo importante es el cómputo de nuestros logros, no lo que se cuenta de nosotros. Aun así, como a menudo mi pasado ha coincidido con el de nuestro país, últimamente me he convencido de que le debo al público compartir algunos de los momentos decisivos de mi historia.
No escribo estas páginas con la intención de satisfacer el deseo, tan frecuente en los hombres de mi edad, de hablar de mí mismo. Todos estos años he sido muy reacio a realizar declaraciones de ninguna clase. Esto debería bastar para demostrar que nunca he sentido inclinación a hablar públicamente de lo que hago. Toda mi vida he estado rodeado de rumores. Me he acostumbrado a ellos y nunca niego los chismes ni las habladurías. La negación es una forma de confirmación. Pero confieso que el impulso de responder a algunas de esas ficciones y refutarlas se ha vuelto apremiante, sobre todo desde que pasó a mejor vida mi querida mujer, Mildred.
Mildred fue la presencia discreta y constante en mi vida que hizo posibles tantos de mis logros. Considero que es mi deber asegurarme de que su recuerdo no se atenúe, y de que su sereno ejemplo moral perdure en el tiempo. Ofreceré aquí un retrato de mi querida esposa, resignado a saber que no conseguirá honrar plenamente su dignidad, su honestidad y su gracia.
Hay otra razón que me ha llevado a reunir mis pensamientos y recuerdos en este libro. Llevo más de una década presenciando una lamentable decadencia no solo de la vida financiera de nuestro país, sino también del espíritu de su gente. Donde antes habitaban la perseverancia y el ingenio, ahora deambulan la apatía y la desesperación. Donde antes reinaba la autosuficiencia, ahora usurpa su lugar un sometimiento mendicante. El trabajador ha quedado reducido a la condición de pordiosero. Un círculo vicioso se ha adueñado de nuestros hombres físicamente capaces: cada vez dependen más del gobierno para mitigar la miseria que crea ese mismo gobierno, sin darse cuenta de que esa dependencia solo perpetúa lo lamentable de su situación.
Mi esperanza es que estas páginas sirvan como recordatorio de la determinación infatigable que ha definido hasta ahora a nuestro pueblo. También confío en que mis palabras blinden al lector, no solo para soportar las lamentables condiciones de nuestra época, sino también cualquier intento de sobreprotegerlos. Quizás este libro ayude a mis compatriotas a recordar que solo mediante la suma de aguerridas acciones individuales consiguió esta nación elevarse sobre las demás, y que nuestra grandeza no habría sido posible sin la interacción libre de las voluntades singulares. Es con este espíritu que ofrezco al público la narración de mi vida.
Sé que los días que me quedan por vivir son menos que los que ya he dejado atrás. No hay forma de escapar de esta contabilidad tan básica. A cada uno de nosotros se nos concede una cantidad determinada de tiempo. Solo Dios sabe cuánto. No podemos invertirlo. No podemos esperar ninguna clase de retorno. Solo podemos consumirlo, segundo a segundo, década a década, hasta que se agota. Pese a todo, aunque nuestros días en esta Tierra sean limitados, siempre podemos, por medio del trabajo y del esfuerzo, confiar en extender nuestra influencia al futuro. Y por esa razón, tras haber vivido mi vida con la mirada puesta en la posteridad y con la esperanza de mejorar las vidas de las generaciones futuras, me adentro en estos años que me quedan no con nostalgia de todo lo que ya no existe, sino con emoción por lo que todavía está por venir.
Nueva York, julio de 1938