Forastera
Primera parte. Inverness, 1945 » 2. Las piedras enhiestas
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Las piedras enhiestas
A la mañana siguiente, el señor Crook pasó a recogerme a las siete en punto.
—Así podremos ver el rocío en los ranúnculos, ¿eh, jovencita? —dijo guiñándome un ojo con anciana galantería. Había traído una motocicleta, de casi su misma edad, para transportarnos a la campiña. Las prensas para plantas estaban minuciosamente atadas a los costados de la enorme máquina, como parachoques en una balsa. Fue un paseo agradable a través del tranquilo paisaje, que pareció mucho más silencioso cuando el atronador rugido de la motocicleta del señor Crook enmudeció de pronto. Descubrí que el anciano sabía mucho sobre las plantas locales. No sólo conocía los lugares donde encontrarlas, sino también sus usos medicinales y cómo prepararlas. Deseé haber llevado un cuaderno para escribirlo todo, pero me conformé con escuchar atentamente la cascada voz y me esforcé por memorizar la información mientras guardaba las muestras en las pesadas prensas.
Nos detuvimos a merendar cerca de la falda de una extraña colina. A pesar de ser verde como sus vecinas, con los mismos salientes rocosos y riscos, tenía algo diferente: un sendero muy marcado que subía por uno de los lados y desaparecía de forma abrupta tras un peñasco de granito.
—¿Qué hay ahí arriba? —pregunté al tiempo que señalaba el sitio con el bocadillo de jamón—. Parece un lugar muy escarpado para una merienda.
—Ah. —El señor Crook miró hacia la colina—. Es Craigh na Dun, jovencita. Pensaba enseñársela después del almuerzo.
—¿En serio? ¿Tiene algo especial?
—Oh, sí —respondió, pero se negó a decir nada más, limitándose a comentar que ya lo vería.
Tenía ciertos reparos con respecto a la capacidad del anciano para subir el empinado sendero, pero se disiparon cuando me encontré jadeando detrás de él. Por fin, el señor Crook extendió una mano huesuda y me ayudó a llegar a la cima.
—Ahí está. —Señaló con la mano abierta en un gesto casi de pertenencia.
—¡Es un monolito! —exclamé, encantada—. ¡Un monolito en miniatura!
Debido a la guerra, habían pasado varios años desde la última vez que había visitado Salisbury, pero Frank y yo habíamos ido a Stonehenge al poco tiempo de casarnos. Al igual que los demás turistas que paseaban anonadados entre las gigantescas rocas erguidas, nos habíamos quedado boquiabiertos ante la Piedra del Altar («donde los antiguos sacerdotes druidas realizaban sus espantosos sacrificios humanos» anunció la estentórea voz de la guía que acompañaba a un grupo de turistas italianos, quienes procedieron cumplidamente a tomar fotografías del bloque de piedra de aspecto bastante corriente).
La misma pasión por la exactitud que hacía que Frank colgara sus corbatas de modo tal que las puntas quedaran perfectamente paralelas nos había obligado a recorrer la circunferencia del círculo, para medir la distancia entre los orificios Z y los orificios Y y para contar los dinteles del Círculo Sarsen, el anillo más externo formado por las monstruosas piedras.
Tres horas más tarde, sabíamos cuántos orificios Y y Z había (cincuenta y nueve, si os interesa; a mí, no), pero no teníamos ninguna pista acerca del propósito de la estructura, como tampoco la tenían los cientos de arqueólogos profesionales y aficionados que habían inundado el lugar durante los últimos quinientos años.
Por supuesto, no faltaban opiniones. La vida con los académicos me había enseñado que en lo que se refiere al progreso profesional, una opinión bien expresada valía más, por lo general, que un hecho mal expresado.
Un templo. Un cementerio. Un observatorio astronómico. Un campo de ejecuciones (de ahí el incorrecto nombre de «Piedra de la Matanza» para la mole que se encuentra en uno de los laterales, semihundida en su propia fosa). Un mercado al aire libre. A mí me gustaba esta última posibilidad. Podía ver a las amas de casa megalíticas paseando por las aberturas con canastas bajo el brazo, observando con ojo crítico el brillo de la última serie de jarras de arcilla y escuchando con escepticismo los anuncios de los pasteleros prehistóricos y vendedores de palas de hueso de ciervo y cuentas de ámbar.
Lo único que parecía no sustentar esta hipótesis era la presencia de cuerpos debajo de la Piedra del Altar y de restos incinerados en los orificios Z. A menos que se tratara de los desafortunados restos de comerciantes acusados de estafar en el peso a sus clientes, no parecía muy higiénico enterrar gente en el mercado.
No había indicios de cementerio en el monolito en miniatura de la cima de la colina. Utilizo la palabra «miniatura» para indicar que el círculo de piedras enhiestas era más pequeño que Stonehenge. Las piedras en sí eran gigantescas en proporción a mi estatura.
Había escuchado comentar a otro guía de Stonehenge que estos círculos de piedras se encuentran en toda Gran Bretaña y Europa, algunos mejor conservados que otros, o con leves diferencias de orientación y forma, pero todos de propósito y origen desconocidos.
El señor Crook permaneció en pie, sonriente, mientras yo recorría las rocas y me detenía a cada momento para tocar alguna con delicadeza, como si pudiera dejar huella en las monumentales piedras.
Algunas eran moteadas, con líneas de colores tenues. Otras tenían manchas de mica que reflejaban el sol matinal con alegres destellos. Todas eran notablemente diferentes de los grupos de rocas lugareñas que sobresalían del helechal circundante. Quienquiera que hubiese construido aquel círculo, por la razón que fuera, lo había considerado lo suficientemente importante como para extraer, moldear y transportar los bloques de piedra con el fin de levantar su testimonio. Moldearlos… ¿cómo? Transportarlos… ¿cómo?, y ¿desde qué inimaginable distancia?
—A mi marido le fascinaría —manifesté al señor Crook cuando me detuve para agradecerle el haberme enseñado el lugar y las plantas—. Lo traeré más tarde. —El enjuto anciano me ofreció el brazo en lo alto del sendero. Lo acepté después de echar un vistazo a la pendiente empinada y decidir que a pesar de su edad, parecía tener un andar mucho más firme que el mío.
Aquella tarde, cogí el camino al pueblo para ir a buscar a Frank a la vicaría. Al pasar por las diseminadas cabañas, inhalé, feliz, el típico y fuerte aire escocés, mezcla de hierba, salvia y retama, condimentado aquí y allá con el humo de chimeneas y el aroma de arenque frito. El pueblo estaba ubicado en un pequeño declive al pie de uno de los elevados riscos que se yerguen en los páramos escoceses. Las cabañas junto al camino eran muy bonitas. El florecimiento de la prosperidad de posguerra había alcanzado para una nueva mano de pintura; incluso la rectoría, que debía de tener por lo menos cien años, lucía un vivo amarillo brillante en los marcos de las ventanas ya algo desvencijadas.
El ama de llaves del vicario abrió la puerta. Era una mujer alta y delgada con un collar de tres vueltas de perlas falsas alrededor del cuello. Al saber quién era yo, me dio la bienvenida y me escoltó por un corredor largo, angosto y oscuro, decorado con grabados color sepia de gente que debieron de ser personajes famosos de su época o parientes queridos del vicario actual, aunque igualmente podía tratarse de la Familia Real, pues no distinguía mucho en la penumbra.
En cambio, el estudio del vicario estaba inundado de luz proveniente de los enormes ventanales que cubrían una pared desde el techo hasta el suelo. Un caballete cerca de la chimenea, con un óleo inacabado de acantilados sombríos contra un cielo de atardecer, explicaba la razón de los ventanales, que debieron de añadirlos mucho tiempo después de la construcción de la casa.
Frank y un hombre bajo, rubicundo y con cuello clerical, estaban absortos sobre un montón de papeles en el escritorio que había al fondo, junto a la pared. Frank apenas levantó la vista a modo de saludo, pero el vicario, muy atento, dejó sus explicaciones y se apresuró a estrecharme la mano. Su rostro redondo irradiaba amabilidad.
—¡Señora Randall! —exclamó mientras me sacudía la mano con entusiasmo—. Qué alegría volver a verla. ¡Llega justo a tiempo para escuchar la noticia!
—¿Qué noticia? —Al ver la suciedad y el tipo de letra de los papeles sobre el escritorio, calculé que la fecha de la noticia en cuestión debía de ser de alrededor de 1750. Nada como para detener las rotativas.
—Una gran noticia. Hemos estado rastreando al ancestro de su marido, Jack Randall, en los despachos del ejército de la época. —El vicario se me acercó y me habló como un gángster de película norteamericana—. He… «tomado prestados» los despachos originales de los archivos de la Sociedad Histórica local. Le ruego que no se lo diga a nadie…
Divertida, prometí no revelar el fatal secreto y busqué una silla cómoda para disponerme a escuchar las últimas revelaciones del siglo dieciocho. Un silloncito junto al ventanal me pareció apropiado, pero cuando me acerqué para girarlo en dirección al escritorio, descubrí que estaba ocupado. Un niño de cabello negro brillante dormía, acurrucado, en el fondo del asiento.
—¡Roger! —El vicario, que se había aproximado para ayudarme, estaba tan asombrado como yo. El chico se despertó asustado, se enderezó y abrió unos enormes ojos verdes—. ¿Qué haces aquí, sabandija? —La voz del párroco estaba cargada de afecto—. ¿Has vuelto a quedarte dormido leyendo las tiras cómicas? —Recogió las hojas de colores vivos y se las entregó al jovencito—. Ve a jugar, Roger. Tengo que hablar con los señores Randall. Espera. Olvidé presentarte. Señora Randall, le presento a mi hijo, Roger.
Me sorprendí un poco. El padre Wakefield era, para mí, el retrato perfecto de un soltero empedernido. Cogí la pequeña mano que me ofrecía el niño, la estreché con calor y al soltarla, reprimí el impulso de limpiarme la palma, ahora algo pegajosa, en la falda.
El padre Wakefield siguió al niño con una mirada cariñosa mientras éste se encaminaba a la cocina.
—En realidad, es hijo de una sobrina —me confió—. Al padre lo derribaron sobre el Canal y la madre murió en un bombardeo. Así que me hice cargo de él.
—Qué generoso por su parte —murmuré al tiempo que pensaba en el tío Lamb. Él también había muerto durante un bombardeo en el auditorio del Museo Británico, donde se encontraba dando una conferencia. Conociéndolo, estaba segura de que le habría hecho feliz el saber que el ala contigua de antigüedades persas se había salvado.
—En absoluto, en absoluto. —El vicario agitó una mano con humildad—. Es muy agradable tener un poco de juventud en la casa. Tome asiento.
Frank comenzó a hablar antes de que pudiera apoyar mi bolso en el sillón.
—Hemos tenido mucha suerte, Claire —se entusiasmó mientras buscaba entre los viejos papeles—. El vicario ha encontrado una serie de despachos militares que mencionan a Jonathan Randall.
—Bueno, parece ser que el capitán Randall era alguien importante —señaló el vicario y cogió algunos de los papeles—. Estuvo al mando del regimiento del Fuerte William durante unos cuatro años, pero pasó bastante tiempo hostigando la campiña escocesa al otro lado de la frontera en nombre de la Corona. Este montón —añadió y separó un grupo de papeles que depositó en el escritorio—, son informes de quejas contra el capitán realizadas por distintas familias y terratenientes, que van desde interferencia con los sirvientes por parte de los soldados del regimiento hasta robos de caballos, sin mencionar «insultos» no especificados.
Aquello me divirtió.
—¿Así que tienes el proverbial ladrón de caballos en tu árbol genealógico, Frank?
Se encogió de hombros, inmutable.
—Era lo que era y no puedo hacer nada al respecto. Sólo quiero investigarlo. Las quejas no son nada extrañas si tenemos en cuenta la época. Los ingleses en general y el ejército en particular eran muy poco populares en Escocia. No, lo curioso es que no se haya hecho nada con respecto a las quejas, ni siquiera en el caso de las más serias.
El vicario, incapaz de quedarse callado, terció:
—Es verdad. En aquel entonces, los oficiales no estaban sujetos a las normas modernas; podían hacer lo que quisieran en asuntos menores. Sin embargo, resulta extraño. No se trata de que las denuncias se investigaran y se desestimaran, sino que, además, jamás volvieran a mencionarse. ¿Sabe lo que creo, Randall? Su antepasado debía de tener un protector. Alguien que podía protegerlo de la censura de sus superiores.
Frank se rascó la cabeza mientras miraba los despachos con ojos entornados.
—Tal vez tenga razón. Pero tendría que ser alguien bastante poderoso, alguien perteneciente a la alta jerarquía militar o quizás, incluso, a la nobleza.
—Sí, o posiblemente… —La entrada del ama de llaves, la señora Graham, interrumpió las teorías del párroco.
—Les traigo un refrigerio, caballeros —anunció y colocó la bandeja del té con firmeza en el centro del escritorio. El vicario logró salvar a tiempo sus valiosos despachos. La mujer me escudriñó con ojo analítico, evaluando mis movimientos inquietos y mirada vidriosa—. Traje dos tazas porque pensé que tal vez la señora Randall desearía acompañarme a la cocina. Tengo un poco de… —No esperé a que concluyera la invitación. Me levanté de un salto. Cuando llegamos a la puerta giratoria que llevaba a la cocina de la vicaría, oí las teorías recomenzar a mis espaldas.
El té era verde, caliente y aromático, con trocitos de hebras que flotaban en el líquido.
—Mmm —dije y deposité la taza en el plato—. Hacía mucho que no tomaba Oolong.
La señora Graham asintió, radiante al ver que yo disfrutaba de su bebida. Era obvio que se había tomado algunas molestias: mantelitos de encaje hechos a mano, finas tazas de porcelana y panecillos con crema.
—Sí, no podía conseguirlo durante la guerra. Es el mejor para leer las hojas. Con las otras hojas de té me costaba mucho. Las hebras se deshacen tan deprisa que no se puede ver nada.
—¿Lee usted las hojas de té? —pregunté, algo divertida. La señora Graham, con su cabello corto y gris y su gargantilla de tres vueltas de perlas, no tenía nada de gitana adivina. Un sorbo de té recorrió el largo y delgado cuello para desaparecer debajo de las perlas.
—Pues claro, querida. Como mi abuela y su abuela antes de ella. Beba su té y le diré lo que veo.
Permaneció en silencio un largo rato. A cada instante, ladeaba la taza para aprovechar la luz o la hacía girar para obtener un ángulo diferente.
La bajó con cuidado, como si temiera que le fuera a estallar en la cara. Las arrugas de la boca se hicieron más profundas y enarcó las cejas en señal de confusión.
—Bueno —aventuró por fin—. Es una de las más extrañas que he visto.
—¿De veras? —Todavía divertida, comenzaba a sentir curiosidad—. ¿Acaso voy a conocer a un extraño alto y moreno o a viajar al otro lado del océano?
—Puede que sí. —La señora Graham detectó mi tono irónico y lo imitó con una leve sonrisa—. Y puede que no. Eso es lo raro, querida. Todo es contradictorio. Está la hoja torcida que indica viaje, pero cruzada por la hoja rota que significa no moverse. Por cierto que hay desconocidos, varios. Y uno de ellos es su marido, si es que leo correctamente.
Algo de la diversión se esfumó. Después de seis años de separación y seis meses juntos, en cierto sentido, mi esposo todavía era un extraño. No obstante, no comprendía cómo podía saberlo una hebra de té.
La señora Graham seguía con el entrecejo fruncido.
—Déjeme ver su mano, querida —agregó.
La mano que sostenía la mía era huesuda pero cálida. Una fragancia a lavanda emanaba de la cabeza entrecana inclinada sobre la palma de mi mano. La mujer me la observó durante un buen rato. En ocasiones, deslizaba un dedo por las líneas, como siguiendo un mapa en el que todos los caminos acababan en desiertos y páramos.
—Bueno, ¿qué hay? —pregunté tratando de mantener un tono alegre—. ¿O es que mi destino es tan espantoso que no puede revelarse?
La señora Graham alzó unos ojos desconcertados y me contempló con expresión pensativa. Me retuvo la mano. Meneó la cabeza y apretó los labios.
—No, querida. No es el destino lo que está en la mano. Sólo su semilla. —La mujer ladeó su cabeza parecida a la de un pájaro—. Las líneas de la mano cambian, sabe. En otro momento de su vida pueden ser muy distintas de como son ahora.
—No lo sabía. Pensé que uno nacía con las líneas y listo. —Reprimí el impulso de retirar la mano—. ¿Para qué sirve leer las manos, entonces? —No quería ser brusca, pero el escrutinio me había puesto nerviosa, en especial después de la lectura de las hojas de té. La señora Graham sonrió y me cerró los dedos.
—Las líneas de la mano indican cómo es usted, querida. Por eso cambian o, por lo menos, deberían cambiar. En algunos casos no lo hacen. Son las personas que no tienen la suerte de cambiar, pero son muy pocas. —Me apretó la mano con suavidad y me dio una palmadita—. No creo que sea usted una de ellas. Su mano ya señala muchos cambios para alguien tan joven. Debe de ser por la guerra, por supuesto —añadió como para sí.
Volví a sentir curiosidad y abrí la mano por propia voluntad.
—¿Cómo soy, según mi mano?
La señora Graham frunció el entrecejo pero no volvió a cogerme la mano.
—No sé. Es curioso, porque la mayoría de las manos tienen algo en común. Con esto no quiero decir que «ver una es verlas todas», pero a menudo es así… Hay patrones, ¿sabe? —De pronto, sonrió; una sonrisa contagiosa tras la que asomaban dientes muy blancos, evidentemente postizos—. Así trabaja una adivina. Lo hago en la feria de la iglesia todos los años. O lo hacía antes de la guerra y supongo que volveré a hacerlo ahora. Una muchacha entra en la tienda y ahí estoy yo, con un turbante adornado con una pluma de pavo real del señor Donaldson y «vestimenta de esplendor oriental», que vendría a ser la bata del vicario, amarilla con pavos reales por todas partes. De todos modos, la miro mientras finjo observar su mano y advierto que lleva una blusa abierta hasta el busto, perfume barato y aros que le llegan a los hombros. No necesito una bola de cristal para saber que tendrá un hijo antes de la feria del año siguiente. —La señora Graham hizo una pausa. Los ojos grises brillaban, traviesos—. Aunque si la mano no tiene anillo, conviene predecir que se casará pronto.
Reí y ella también.
—Entonces, ¿ni siquiera les mira las manos? —pregunté—. ¿Excepto para ver si llevan alianza?
Pareció sorprendida.
—Oh, por supuesto que sí. Sólo que ya se sabe de antemano lo que se va a ver. En general. —Señaló mi mano con la cabeza—. Pero es la primera vez que veo este patrón. La línea del pulgar —prosiguió y ahora se echó hacia delante y me rozó la mano— no debería cambiar mucho. Significa que tiene usted carácter y una voluntad difícil de torcer. —Me guiñó un ojo—. Supongo que su marido podría haberle dicho eso. Y esta otra también. —Indicó el montículo debajo de la base del pulgar.
—¿Qué quiere decir?
—Lo llaman el Monte de Venus. —Apretó los delgados labios, pero las comisuras se elevaron—. En un hombre, significa que le gustan las damas. En el caso de una mujer, es diferente. Para decirlo con delicadeza, le haré una predicción. Su marido no se alejará mucho de su cama. —Emitió una carcajada sonora y me ruboricé.
La anciana ama de llaves se encorvó otra vez sobre mi palma y me clavó el dedo índice aquí y allá para reforzar sus palabras.
—A ver, una línea de la vida bien marcada. Tiene usted buena salud y lo más probable es que la conserve. La línea se interrumpe, lo cual quiere decir que su vida ha cambiado mucho… Bueno, nos ha pasado a todos, ¿verdad? Pero en su caso es más cortada de lo usual. Y la línea del matrimonio… —Volvió a menear la cabeza—. Está dividida. Es corriente. Significa dos matrimonios…
Mi reacción fue suave y la reprimí de inmediato, pero la mujer se dio cuenta y levantó la vista. Pensé que probablemente era una adivina bastante inteligente. La cabeza gris se sacudió con un gesto reconfortante.
—No, no, jovencita. No quiere decir que le vaya a pasar algo a su hombre. Es sólo que si algo le ocurriera… —explicó y enfatizó el «si» con un suave apretón de mano—… usted no se quedaría llorando y guardándole luto. Significa que puede usted volver a enamorarse si el primer amor se pierde. —Entornó los ojos mientras examinaba mi mano y deslizaba una uña corta por la profunda línea del matrimonio—. Pero la mayoría de las líneas divididas están cortadas y la suya se bifurca. —Me miró con una sonrisa pícara—. Está segura de que no es bígama, ¿verdad?
Meneé la cabeza, sonriente.
—No. ¿En qué momento? —Luego giré la mano para que viera el borde, junto al meñique—. Me contaron que las marcas a este lado indican el número de hijos que se van a tener. —Esperaba que mi tono sonara despreocupado. El borde de mi palma era tristemente liso.
La señora Graham descartó la idea con un ademán displicente.
—¡Bah! Después de haber tenido una o dos criaturas pueden aparecer arrugas allí. Pero lo más probable es que le aparezcan en el rostro. No prueba nada de antemano.
—¿No? —Sentí un tonto alivio al escucharla. Iba a preguntarle si las líneas profundas en la base de mi muñeca significaban algo (¿una tendencia al suicidio?), pero el padre Wakefield nos interrumpió al traer las tazas vacías. Las dejó en la mesa y comenzó una ruidosa y torpe búsqueda en el armario, con la obvia intención de recibir ayuda.
La señora Graham se puso en pie de un salto para preservar la santidad de su cocina. Apartó al padre y se dispuso a preparar una bandeja para llevar al estudio. El vicario me llevó a un lado.
—¿Por qué no viene al estudio a beber una taza de té con su marido y conmigo, señora Randall? Hemos hecho un descubrimiento muy gratificante.
Noté que a pesar de su compostura exterior, hervía de alegría por lo que habían encontrado, como un niño con una rana en el bolsillo. Era evidente que tendría que ir a leer la factura de la lavandería, el recibo de un arreglo de botas o algún documento similar del fascinante capitán Randall.
Frank estaba tan absorto en los documentos antiguos que apenas levantó la vista cuando entré en el estudio. Los depositó con desgana en las regordetas manos del vicario y se dio la vuelta para permanecer de pie detrás del padre y espiar por encima de su hombro, como si no soportara la idea de alejarse de aquellos papeles ni siquiera un segundo.
—¿Sí? —aventuré con cortesía mientras tocaba sin interés los sucios trozos de papel—. Mmm. Sí, muy interesante. —De hecho, la apretada letra estaba tan difusa y los trazos eran tan recargados que no parecía valer la pena descifrarla.
Una hoja, en mejores condiciones que las demás, tenía una especie de escudo en la parte superior.
—El duque de… Sandringham, ¿verdad? —pregunté mientras observaba el escudo con el leopardo y el lema debajo, más legible que el texto manuscrito.
—Sí, así es —respondió el párroco, más radiante que nunca—. Se trata de un título ya extinto, ¿sabe?
No lo sabía, pero asentí con expresión inteligente. Conocía a los historiadores y su comportamiento ante un hallazgo. Bastaba con asentir a cada momento y decir «¿de veras?» o «qué fascinante» en los momentos apropiados.
Después de una serie de idas y venidas por parte de Frank y el vicario, se decidió que el último tendría el honor de informarme sobre el descubrimiento. Era evidente que toda aquella basura indicaba que el antepasado de Frank, Jack Randall el Negro, no había sido sólo un gallardo soldado de la Corona, sino un agente secreto y de confianza del duque de Sandringham.
—Casi un espía, ¿no le parece, doctor Randall? —Con caballerosidad, el vicario le pasó la pelota a Frank, quien la cogió y corrió.
—Sí, desde luego. El lenguaje que utilizan es muy reservado, por supuesto. —Volvió las hojas con el dedo.
—¿De veras? —interpuse.
—Pero da la impresión de que a este Jonathan Randall le hubieran encomendado la tarea de avivar sentimientos jacobitas, si es que existían, en las familias distinguidas de la zona. El objetivo era poner al descubierto a los barones y jefes de clanes que tuvieran esperanzas secretas en ese sentido. Pero es muy curioso. ¿Acaso no se sospechaba que Sandringham era jacobita? —Frank se volvió hacia el vicario con el ceño fruncido. La suave frente del clérigo se arrugó con igual extrañeza.
—Creo que sí; tiene razón. Pero, espere. Busquemos en Cameron. —Se lanzó hacia la biblioteca repleta de libros encuadernados en cuero—. Estoy seguro de que menciona a Sandringham.
—Fascinante —murmuré y dejé que mi atención se desviara hacia la enorme plancha de corcho que cubría una pared del estudio desde el suelo hasta el techo.
Estaba cubierta con una increíble variedad de cosas; en su mayoría, papeles de todo tipo: recibos del gas, correspondencia, avisos del Consejo Diocesal, páginas de novelas, notas con la letra del vicario. También había pequeños objetos como llaves, tapas de botellas y lo que en apariencia eran trozos de coches en miniatura, sujetos con tachuelas e hilo.
Eché un vistazo a los objetos al tiempo que trataba de seguir el curso del debate a mis espaldas. (El duque de Sandringham probablemente fuera jacobita, decidieron). Un árbol genealógico captó mi atención. Lo habían colocado con gran cuidado en un sitio especial y tenía cuatro tachuelas, una en cada esquina. La parte superior del árbol incluía nombres que databan de principios del siglo diecisiete. Pero lo que me sorprendió fue el nombre escrito al final: «Roger W. (MacKenzie) Wakefield».
—Perdón —dije, interrumpiendo la última andanada de discusión con respecto al leopardo en el escudo del duque: ¿tenía un lirio en la pata o era una flor de azafrán?—. ¿Es éste el árbol genealógico de su hijo?
—¿Cómo? Oh, sí, sí, lo es. —Distraído, el vicario se me acercó, resplandeciente otra vez. Descolgó la hoja de la pared con ternura y la apoyó sobre la mesa frente a mí—. No quise que olvidara a su propia familia —explicó—. Se trata de un linaje bastante antiguo, de alrededor del 1600. —El dedo regordete siguió la línea de descendencia casi con veneración—. Le di mi apellido porque me pareció lo más apropiado, dado que vive aquí, pero no quería que olvidara su origen. —Hizo una mueca de humildad—. Me temo que mi familia no es gran cosa desde el punto de vista genealógico. Muchos vicarios y sacerdotes, con algunos libreros esporádicos para variar. El rastro se pierde alrededor de 1762. No eran muy buenos para llevar registros, ¿sabe? —concluyó y sacudió la cabeza con expresión de reproche por el letargo de sus ancestros.
Ya era tarde cuando por fin salimos de la vicaría; el párroco nos despidió con la promesa de llevar las cartas al pueblo para fotocopiarlas a primera hora de la mañana. Frank parloteó alegremente sobre espías y jacobitas durante gran parte del trayecto de regreso a la pensión de la señora Baird. Al final, no obstante, notó mi silencio.
—¿Qué te pasa, cariño? —preguntó y me tomó del brazo, solícito—. ¿No te sientes bien? —El interrogante encerraba una mezcla de preocupación y esperanza.
—Sí, estoy bien. Sólo pensaba… —Vacilé porque ya habíamos hablado del tema antes—. Pensaba en Roger.
—¿Roger?
Suspiré con impaciencia.
—¡Pero, Frank! A veces eres tan… olvidadizo. Roger, el hijo del padre Wakefield.
—Claro, por supuesto —replicó indeciso—. Un niño encantador. ¿Qué pasa con Roger?
—Bueno… hay muchos chicos como él. Huérfanos, ya sabes.
Me miró con seriedad y meneó la cabeza.
—No, Claire. De veras, me gustaría, pero ya te he dicho lo que siento con respecto a la adopción. Es sólo que… no me sentiría feliz con un niño que no fuera… bueno… de mi propia sangre. No dudo que es ridículo y egoísta por mi parte, pero así es. Quizá cambie de idea con el tiempo, pero por ahora… —Dimos unos pasos en medio de un tenso silencio. De pronto, Frank se detuvo y se volvió hacia mí, cogiéndome las manos—. Claire —declaró con voz ronca—, quiero un hijo nuestro. Eres lo más importante del mundo para mí. Deseo que seas feliz, pero quiero… bueno, quiero tenerte para mí. Tengo miedo de que un niño ajeno, con quien no tendríamos un parentesco real, se convierta en un intruso y me inspire resentimiento. Pero darte un hijo, verlo crecer dentro de ti, verlo nacer… entonces sentiría que es… parte de ti. Y de mí. Un verdadero miembro de la familia. —Sus ojos suplicaban, enormes.
—Sí, está bien. Comprendo. —Estaba dispuesta a dejar el tema… por ahora. Me volví para seguir caminando, pero él me tomó en sus brazos.
—Claire. Te quiero. —Había una ternura inconmensurable en su voz. Apoyé la cabeza en su hombro y sentí su calor y la fuerza de sus brazos alrededor de mi cuerpo.
—Yo también te quiero. —Permanecimos abrazados un momento, acunados por el viento que soplaba en el camino. De repente, Frank se apartó un poco y me sonrió.
—Además —susurró al tiempo que me apartaba el cabello del rostro—, todavía no hemos perdido la esperanza, ¿verdad?
Le devolví la sonrisa.
—No.
Me cogió la mano y la pasó por debajo de su brazo. Nos dirigimos a nuestro alojamiento.
—¿Quieres volver a intentarlo?
—Sí, ¿por qué no? —Caminamos de la mano hacia la calle Gereside. Al ver Baragh Mhor, la roca picta ubicada en la esquina, recordé los monolitos.
—Lo había olvidado —exclamé—. Hay algo fascinante que quiero enseñarte.
Frank me miró y me sujetó con fuerza. Me apretó la mano.
—Yo también —respondió con una sonrisa traviesa—. Me lo enseñarás mañana.
Al día siguiente, sin embargo, teníamos otras cosas que hacer. Había olvidado que habíamos planeado pasar el día en el valle del lago Ness.
Era un viaje largo y partimos muy temprano, antes del alba. Después de correr hasta el coche que nos esperaba, en el frío del amanecer, fue agradable descansar bajo la manta y sentir el calor retornar a manos y pies. Me dejé llevar por un delicioso sopor y me quedé dormida en el hombro de Frank. Lo último que vi fue la cabeza del conductor recortada contra el cielo rosado.
Llegamos después de las nueve; el guía que Frank había contratado nos esperaba en la orilla del lago con un pequeño bote de vela.
—Si le parece bien, señor, pensé que podríamos ir en bote hasta el castillo Urquhart. Tal vez podamos comer algo allí antes de continuar. —El guía, un hombrecillo lúgubre vestido con una camisa de algodón gastada y pantalones de lanilla, guardó la cesta con emparedados debajo del asiento y me ofreció su mano callosa para subir a la embarcación.
Era un día hermoso y la vegetación frondosa de la costa se reflejaba en la encrespada superficie del agua. Nuestro guía, a pesar de su sombría apariencia, resultó experto y conversador. Nos señalaba las islas, castillos y ruinas que bordeaban el largo y angosto lago.
—Allí está el castillo Urquhart. —Señaló una pared de piedra lisa, apenas visible entre los árboles—. O mejor dicho, lo que queda de él. Recibió una maldición de las brujas del valle y tuvo una desgracia tras otra.
Nos contó la historia de Mary Grant, hija del Señor del castillo Urquhart, y de su amante, Donald Donn el poeta, hijo de MacDonald de Bohuntin. El padre de ella les había prohibido verse debido a la costumbre de Donald de «recoger» todo ganado que encontraba (una antigua y honorable profesión escocesa, nos aseguró el guía). Sin embargo, se veían. El padre se enteró y planeó una cita falsa. Donald cayó en la trampa y fue atrapado. Condenado a morir, pidió que lo decapitaran como a un caballero, en lugar de ahorcarlo como a un criminal. Le concedieron el deseo y el muchacho marchó al cadalso repitiendo: «El diablo al señor de Grant se llevará, pero a Donald Donn no lo colgará». No lo colgaron y la leyenda asegura que su cabeza cortada rodó del cadalso y habló. Dijo: «Mary, levanta mi cabeza».
Me estremecí. Frank me rodeó con el brazo y murmuró:
—Recuerdo un fragmento de uno de los poemas de Donald Donn. Dice así:
Mañana estaré en la colina, sin cabeza.
¿Acaso no sienten compasión por mi doliente doncella,
mi Mary, la de piel clara y ojos dulces?
Le cogí la mano y se la apreté con suavidad.
Después de escuchar historia tras historia de traiciones, asesinatos y violencia, nos pareció que el lago se había ganado su siniestra reputación.
—¿Y el monstruo? —pregunté mientras miraba por la borda hacia la oscura profundidad. Combinaba a la perfección con el entorno.
El guía se encogió de hombros y escupió en el agua.
—Bueno, el lago es muy extraño, no hay duda. Hay historias de algo antiguo y malvado que vivió en sus profundidades. Se le ofrecían sacrificios… ganado y niños pequeños arrojados al agua en cestos. —Volvió a escupir—. Y algunos afirman que el lago no tiene fondo, que tiene un pozo en el centro, más hondo que ningún otro sitio de Escocia. Por otra parte —agregó y sus ojos entrecerrados se cerraron aún más—, hace unos años, una familia de Lancashire llegó corriendo a la comisaría de policía de Invermoriston gritando que habían visto al monstruo salir del agua y ocultarse en el helechal. Contaron que era una criatura espantosa, cubierta de pelo rojo y con cuernos horribles. Y que estaba comiendo algo y la sangre le chorreaba de la boca. —Levantó una mano para detener mi exclamación horrorizada—. El oficial que enviaron a investigar volvió y dijo que salvo por la sangre chorreando, se trataba de una descripción bastante precisa… —se interrumpió para aumentar el efecto de la historia— de una hermosa vaca escocesa rumiando en la pradera.
Navegamos la mitad de la longitud del lago antes de desembarcar para almorzar. El coche nos aguardaba allí y volvimos a cruzar el valle. No vimos nada más siniestro que un zorro rojo, con un pequeño animal en la boca, que nos miró pasar raudos por una curva. Saltó a un lado y se ocultó en la hierba, ágil como una sombra.
Era muy tarde cuando subíamos por el sendero hacia la posada de la señora Baird. Nos abrazamos en la entrada mientras Frank buscaba la llave y reímos al recordar los eventos del día.
Cuando nos desvestíamos para irnos a acostar, recordé mencionar el monolito de Craigh na Dun. El cansancio de Frank se desvaneció al instante.
—¿En serio? ¿Y sabes dónde está? ¡Qué maravilla, Claire! —Estaba radiante y comenzó a buscar algo en su maleta.
—¿Qué buscas?
—El despertador —contestó al tiempo que lo sacaba.
—¿Para qué? —pregunté, atónita.
—Quiero levantarme a tiempo para verlas.
—¿A quiénes?
—A las brujas.
—¿Qué brujas? ¿Quién te dijo que hay brujas?
—El vicario —replicó Frank. Era evidente que disfrutaba de la broma—. Su ama de llaves es una de ellas.
Pensé en la digna señora Graham y resoplé con sorna.
—¡No seas ridículo!
—Bueno, en realidad, no son brujas. Ha habido brujas en Escocia durante cientos de años —las quemaron hasta mediados del siglo dieciocho— pero éstas son druidas, o algo por el estilo. Supongo que no se trata de adoración al diablo, pero el párroco me dijo que había un grupo local que aún cumple con los rituales de las antiguas festividades del sol. Como comprenderás, no puede interesarse mucho en ese tipo de cosas, debido a su posición, pero tampoco puede ignorarlas por completo siendo un hombre curioso. No sabía dónde se realizan las ceremonias, pero si hay un monolito en los alrededores, ahí debe de ser. —Se restregó las manos con entusiasmo—. ¡Qué suerte!
Levantarse una vez antes del amanecer es divertido. Dos veces seguidas, es masoquismo.
Además, esta vez no nos esperaba un coche caliente con mantas y termos. Medio dormida, seguí a Frank colina arriba, trastabillando con raíces y piedras. El aire estaba frío y húmedo. Hundí las manos en los bolsillos de mi chaleco.
Un esfuerzo final para llegar a la cima y allí estaba el monolito. Las rocas eran apenas visibles en la sombría luz del alba. Frank se quedó petrificado, admirándolas, mientras yo buscaba una roca para apoyarme y recuperar el aliento.
—Qué hermoso —murmuró. Avanzó en silencio hacia el borde del conjunto y su silueta se perdió en las sombras de las gigantescas rocas. Eran hermosas, pero también espectrales. Me estremecí, no sólo por el frío. Si las habían hecho para impresionar, habían logrado su cometido.
Frank regresó enseguida.
—No hay nadie aún —susurró de pronto detrás de mí y me sobresalté—. Vamos; he encontrado un sitio desde donde podremos ver sin ser vistos.
La luz asomaba por el este, un leve resplandor gris claro en el horizonte, suficiente como para no tropezar mientras Frank me conducía hacia un hueco que había encontrado entre unos arbustos en lo alto del sendero. Había un pequeño claro en la mata de arbustos, con espacio para que ambos permaneciéramos de pie, hombro con hombro. Desde allí, se veía perfectamente el sendero y el interior del círculo de rocas, a no más de seis metros de distancia. No era la primera vez que me preguntaba qué tipo de tareas habría desempeñado Frank durante la guerra. Por cierto, sabía mucho sobre andar sigilosamente en la oscuridad.
Con lo adormecida que estaba, sólo quería acurrucarme debajo de algún arbusto acogedor y volver a dormirme. Como no había lugar para eso, me quedé de pie, mirando hacia el escarpado sendero para ver la llegada de las druidas. Se avecinaba un lumbago y ya me dolían los pies, pero no podía faltar mucho. El rayo de luz se había vuelto rosa pálido y calculé que faltaría menos de media hora para el amanecer.
La primera se movía casi tan silenciosamente como Frank. Apenas se oyó un sonido leve cuando sus pies despeñaron una piedra pequeña cerca de la cima de la colina. Luego, una repeinada cabeza gris asomó en silencio: la señora Graham. Era verdad, entonces. El ama de llaves del vicario vestía falda de tweed y chaqueta de lana y llevaba un bulto blanco bajo el brazo. Desapareció detrás de las rocas, sigilosa como un fantasma.
Enseguida aparecieron en grupos de dos y tres. Las risitas apagadas y los susurros en el sendero se acallaron al llegar al círculo.
Reconocí a algunas. Estaba la señora Buchanan, la encargada del correo del pueblo, con el cabello rubio recién peinado y el aroma de Noche de París emanando de sus rizos. Contuve la risa. ¡Así que éstas eran las druidas modernas!
En total, sumaban quince, todas mujeres. En edad, iban desde la señora Graham, con sus sesenta y tantos años, hasta una joven de alrededor de veinte, a quien yo había visto dos días antes en las tiendas empujando un cochecito. Todas llevaban ropa apta para la caminata y un fardo blanco bajo el brazo. Con un mínimo de conversación, desaparecieron detrás de rocas o arbustos y emergieron con las manos vacías y los brazos desnudos, todas de blanco. Cuando una de ellas pasó muy cerca de donde nos encontrábamos, detecté el olor a jabón en polvo y me di cuenta de que en realidad, las túnicas eran sábanas enrolladas alrededor del cuerpo y atadas en el hombro.
Se reunieron fuera del círculo de rocas, en fila de mayor a menor y permanecieron así, en silencio, esperando. La luz se hizo más intensa.
Cuando el sol asomó por encima del horizonte, la hilera de mujeres comenzó a caminar lentamente entre dos de las piedras. La guía las condujo al centro del círculo para dar vueltas allí, despacio, majestuosas como cisnes en una procesión circular.
La guía se detuvo de pronto. Levantó los brazos y entró en el centro del círculo. Alzó el rostro hacia las piedras ubicadas al este y habló en voz alta. No fue un grito, pero la voz se oyó por todo el círculo. La quieta bruma captó las palabras y las repitió, como si provinieran de las piedras mismas.
Cualquiera que fuera el grito, el resto de mujeres, ahora convertidas en bailarinas, lo pronunciaron. No se tocaban, pero con brazos extendidos, se sacudían y retorcían mientras continuaban marchando en círculo. De repente, el grupo se dividió en dos. Siete bailarinas caminaban en el sentido de las agujas del reloj, todavía girando, mientras las demás lo hacían en la dirección contraria. Los dos semicírculos se cruzaban a una velocidad creciente; en ocasiones, formaban un círculo completo y en otras, una línea doble. En el centro, la guía permanecía quieta, emitiendo una y otra vez el grito triste y agudo, en una lengua ya desaparecida.
Se veían ridículas y tal vez lo eran. Un grupo de mujeres ataviadas con sábanas, muchas de ellas robustas y nada ágiles, describiendo círculos en lo alto de una colina. Sin embargo, el grito conseguía ponerme los pelos de punta.
Se detuvieron al mismo tiempo y se volvieron hacia el sol naciente. Formaban dos semicírculos con un sendero entre las dos mitades del círculo que constituían. Cuando el sol se elevó en el horizonte, su luz se derramó entre las rocas orientales, atravesó las mitades del círculo y se clavó en la gran piedra hendida al otro lado del conjunto.
Las bailarinas permanecieron inmóviles un momento, rígidas en las sombras a cada lado del haz de luz. Entonces, la señora Graham pronunció algo en el mismo extraño idioma, pero esta vez en tono normal. Giró sobre sus talones y con la espalda erguida y las ondas grises como el acero brillando bajo el sol, caminó por el sendero de luz. Sin decir una palabra, las bailarinas la imitaron. Una por una, pasaron por la hendidura de la piedra principal y desaparecieron en silencio.
Nos acuclillamos en los arbustos hasta que las mujeres, que ahora reían y conversaban con normalidad, buscaron sus ropas y emprendieron el descenso en grupo, listas para tomar café en la vicaría.
—¡Caray! —Me estiré para desentumecer mis piernas y la espalda—. Vaya espectáculo, ¿no?
—¡Maravilloso! —exclamó Frank—. No me lo hubiera perdido por nada del mundo. —Salió del arbusto como una serpiente. Me dejó desenredarme sola y se dirigió al interior del círculo. Pegó la nariz al suelo, como un perro de caza.
—¿Qué estás buscando? —pregunté. Entré en el círculo algo vacilante, pero ya era pleno día y las rocas, si bien aún impresionaban, habían perdido el aspecto amenazante del amanecer.
—Marcas —respondió mientras gateaba con los ojos clavados en el césped—. ¿Cómo sabían dónde comenzar y dónde detenerse?
—Buena pregunta. No veo nada. —Eché un vistazo al suelo y divisé una planta interesante cerca de la base de una de las rocas altas. ¿Sería una miosota? No, probablemente no. Las flores de ésta tenían el centro naranja entre pétalos azul oscuro. Intrigada, me acerqué. Frank, con un oído más fino que el mío, se puso en pie de un salto y cogió mi brazo para sacarme del círculo un instante antes de que una de las bailarinas de la mañana entrara por el otro extremo.
Era la señorita Grant, la regordeta y pequeña mujer que atendía la confitería del pueblo en la calle Mayor. Miró a su alrededor y buscó sus anteojos en el bolsillo. Se los colocó y caminó por entre las rocas. Por fin, se agachó para recoger la horquilla que había perdido. Se la puso en medio de sus pesados y brillantes bucles, pero no parecía tener prisa. Se sentó en un montículo y se apoyó en una de las piedras para encender un cigarrillo.
Frank suspiró con exasperación a mi lado.
—Bueno —dijo—. Será mejor que nos vayamos. Por lo visto, es probable que pase allí la mañana entera. De todos modos, no he visto ninguna marca.
—Tal vez podamos volver más tarde —sugerí, aún curiosa por la planta de flores azules.
—Sí, de acuerdo. —Pero era evidente que había perdido todo interés en el conjunto de piedras. Ahora estaba absorto en los detalles de la ceremonia. Me interrogó despiadadamente mientras bajábamos el sendero para hacerme recordar con exactitud las palabras del grito y el orden de la danza.
—Eslavo —decretó por fin, satisfecho—. Las palabras son de origen eslavo antiguo. Estoy casi seguro. La danza, sin embargo… —Meneó la cabeza mientras pensaba—. No. La danza es mucho más antigua. Es cierto que hay danzas circulares vikingas —añadió y enarcó las cejas como si yo hubiera sugerido lo contrario—. Pero ese movimiento de filas dobles… es como… Algunos diseños de cerámicas de los Beaker tienen un dibujo similar pero… mmm.
Se dejó llevar por uno de sus trances académicos, murmurando para sus adentros de tanto en tanto. Volvió en sí cuando tropezó de improviso con un obstáculo cerca del final del sendero. Abrió los brazos con un grito de sorpresa al perder el equilibrio y rodó los últimos metros del descenso. Se detuvo ante un montículo de heno.
Corrí hasta él, pero al llegar, lo encontré ya sentado entre la hierba seca.
—¿Estás bien? —pregunté, a pesar de que lo veía sano y salvo.
—Creo que sí. —Se pasó la mano por las cejas y trató de atusarse el cabello oscuro—. ¿Con qué tropecé?