Forastera
Segunda parte. El castillo Leoch » 6. La Audiencia de Colum
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La Audiencia de Colum
El niño al que la señora FitzGibbons se había referido como el «joven Alec» vino a buscarme para la cena. Ésta tenía lugar en un recinto largo y angosto, con mesas alineadas contra las paredes. Los criados entraban y salían sin cesar a través de arcadas en ambos extremos de la habitación, cargados de bandejas, platos trincheros y jarras. Los débiles rayos del atardecer de principios de verano se filtraban por las ventanas altas y estrechas. Los candelabros estaban listos para ser encendidos en cuanto oscureciera.
Estandartes y tartanes colgaban en las paredes entre las ventanas con diseños escoceses y heráldicos de todo tipo que salpicaban las piedras de colores. En contraste, la mayoría de la gente allí reunida para cenar estaba vestida en tonos de gris y marrón, o con el suave escocés marrón y verde de las faldas de caza; tonos apagados, adecuados para ocultarse en los brezales.
Mientras el joven Alec me guiaba hacia la parte superior de la habitación, sentí las miradas curiosas taladrando mi espalda, pero en general, los comensales mantuvieron la vista cortésmente en sus platos. El protocolo parecía no importar demasiado. La gente comía como quería, se servía de las fuentes o llevaba sus platos de madera al extremo más alejado de la habitación, donde dos muchachos hacían girar un carnero en un asador dentro de una chimenea enorme. Había unas cuarenta personas cenando y tal vez unas diez sirviendo. El aire bullía con conversaciones, en gran parte en gaélico.
Colum ya estaba sentado a una mesa en el extremo superior de la estancia, sus piernas atrofiadas escondidas debajo del roble marcado por los años. Me saludó gentilmente con la cabeza y me indicó que me sentara a su izquierda, junto a una mujer pelirroja, regordeta y bonita a quien presentó como su esposa, Letitia.
—Y este es mi hijo, Hamish —dijo. Apoyó una mano en el hombro de un apuesto muchacho pelirrojo de unos siete u ocho años, quien desvió la mirada de su plato el tiempo justo para dirigirme una rápida inclinación de cabeza.
Observé al niño con interés. Se parecía mucho a todos los MacKenzie; las mismas mejillas anchas y chatas y ojos hundidos. De hecho, teniendo en cuenta la diferencia de color, podía ser una versión pequeña de su tío Dougal, sentado a su lado. Las dos adolescentes que había junto a Dougal, que rieron y se dieron codazos cuando me fueron presentadas, eran sus hijas, Margaret y Eleanor.
Dougal me dirigió una sonrisa breve pero amable. Cogió el plato de una de sus hijas y lo empujó hacia mí.
—¿Y tus modales, muchacha? —la regañó—. ¡Los invitados primero!
Con vacilación, alcé la cuchara de asta que se me ofrecía. No había estado segura de qué tipo de comida se serviría y me alivió bastante descubrir que el plato contenía una hilera de agradables y bien conocidos arenques ahumados.
Nunca había intentado comer un arenque con una cuchara, pero no vi nada parecido a un tenedor. Recordé vagamente que los tenedores de mesa no se incorporarían al uso general hasta unos cuantos años más tarde.
A juzgar por el comportamiento de comensales en otras mesas, cuando una cuchara resultaba poco práctica, se recurría al puñal para cortar la carne y remover los huesos. Como carecía de un puñal, decidí masticar con precaución. Al inclinarme hacia delante para recoger un arenque, me topé con los ojos azules y profundos del joven Hamish clavados en mí de manera acusadora.
—No ha bendecido la mesa —declaró con severidad y el pequeño rostro contraído. Era obvio que me consideraba una pagana desalmada y, por qué no, depravada.
—Eh… ¿serías tan amable de hacerlo por mí? —aventuré.
Los ojos azules se agrandaron con estupor, pero al cabo de un instante de reflexión, el niño asintió y enlazó las manos con rapidez. Lanzó una mirada airada alrededor de la mesa para asegurarse de que todos habían adoptado la actitud reverente apropiada y luego bajó la cabeza. Satisfecho, entonó:
Algunos tienen carne que no pueden comer,
y otros que sí pueden, la desean.
Nosotros tenemos carne, y podemos comer,
y por eso damos gracias a Dios. Amén.
Alcé la vista de mis manos enlazadas con respeto y mis ojos se cruzaron con los de Colum. Le sonreí, como reconociendo la compostura de su hijo. Él reprimió una sonrisa y asintió con seriedad en dirección al niño.
—Bien dicho, muchacho. Pasa el pan, ¿quieres?
En tanto todos se disponían a comer, la conversación en la mesa se limitó a pedir comida aquí y allá. Yo no estaba muy hambrienta, en parte debido a mi extraña situación y, para ser sincera, porque el arenque no me gustaba demasiado. El carnero estaba bastante bueno y el pan era delicioso, fresco y crujiente, con trozos de manteca fresca y sin sal.
—Espero que el señor MacTavish se encuentre mejor —comenté durante una pausa momentánea para tomar aliento—. No lo vi al entrar.
—¿MacTavish? —Las delicadas cejas de Letitia se enarcaron sobre sus ojos azules y redondos. Sentí que Dougal, a mi lado, alzaba la vista.
—El joven Jamie —aclaró lacónicamente antes de volver su atención al hueso de carnero en sus manos.
—¿Jamie? ¿Por qué? ¿Qué le sucede? —El rostro regordete se frunció con preocupación.
—Nada más que un rasguño, querida —la tranquilizó Colum. Miró a su hermano—. ¿Pero, dónde está, Dougal? —Tal vez imaginé que los ojos oscuros tenían un destello de recelo.
El hermano se encogió de hombros sin levantar los ojos del plato.
—Lo envié a los establos para que ayudara al viejo Alec con los caballos. Dadas las circunstancias, me pareció el mejor lugar para él. —Alzó la vista y miró a su hermano—. ¿O tenías otra idea?
Colum pareció vacilar.
—¿Los establos? Sí, bueno… ¿crees que es adecuado?
Dougal se pasó una mano con descuido por la boca y cogió una hogaza de pan.
—Decídelo tú, Colum, si no estás de acuerdo con mis órdenes.
Los labios de Colum se tensaron brevemente, pero sólo respondió:
—No, supongo que estará bien allí. —Y siguió comiendo.
Yo tenía mis dudas de que un establo fuera el lugar apropiado para un paciente con una herida de bala, pero no me atrevía a arriesgar una opinión. Resolví buscar al joven por la mañana, simplemente para asegurarme de que se encontraba todo lo bien atendido que fuera posible.
Rechacé el budín y me disculpé, alegando cansancio, lo cual era cierto. Estaba tan exhausta que casi no presté atención cuando Colum dijo:
—Buenas noches, señora Beauchamp. Enviaré a alguien por la mañana para que la traiga a la Audiencia.
Una de las criadas, al verme andar a tientas por el corredor, se apresuró con amabilidad a iluminarme el camino hasta mi habitación. Acercó su vela a la que estaba sobre mi mesa y una luz vacilante parpadeó sobre las imponentes piedras de la pared. Por un instante, tuve la sensación de estar en un sepulcro. Sin embargo, una vez que la mujer se hubo marchado, descorrí la cortina bordada de la ventana y el aire fresco disipó la sensación. Traté de pensar en todo lo que había pasado, pero mi mente se negaba a concentrarse en otra cosa que no fuera dormir. Me deslicé bajo las mantas, soplé la vela y me dormí contemplando la lenta salida de la luna.
Por la mañana, la corpulenta señora FitzGibbons me despertó otra vez con lo que parecía un surtido completo de artículos de tocador para una dama escocesa de buena familia. Cepillos de grafito para oscurecer pestañas y cejas, potes de raíz de lirio triturada y de polvo de arroz, un palito que supuse que era para sombrear los ojos, aunque nunca había visto ninguno, y una frágil taza de porcelana con colorete francés, tallada con una hilera de cisnes dorados.
La señora FitzGibbons también traía una sobrefalda rayada verde, un corpiño de seda y unas medias amarillas de hilo escocés que diferían de las de lienzo casero que me había dado el día anterior. Fuera lo que fuera la «Audiencia», parecía ser una ocasión de importancia. Me sentí tentada de insistir en usar mi propia ropa, sólo por rebeldía, pero el recuerdo de la reacción del gordo Rupert ante mi vestido de algodón ligero me disuadió.
Además, Colum me gustaba bastante, a pesar de que parecía tener la intención de retenerme allí durante un futuro imprevisible. Bueno, ya me encargaría de eso, pensé mientras me las ingeniaba con el colorete. Dougal había dicho que el joven que yo había curado estaba en los establos, ¿no? Y presumiblemente, en los establos había caballos en los que uno podía huir. Decidí buscar a Jamie MacTavish en cuanto hubiera acabado la Audiencia.
La Audiencia resultó llevarse a cabo en el salón comedor donde había cenado la noche anterior. Sin embargo, ahora estaba transformado. Las mesas, bancos y taburetes habían sido apartados contra las paredes y la mesa principal reemplazada por una sólida silla tallada de madera oscura y tapada con lo que supuse era el tartán de los MacKenzie, uno escocés verde oscuro y negro con cuadros superpuestos rojos y blancos. Ramitas de acebo decoraban las paredes y juncos recién cortados salpicaban las lajas.
Detrás de la silla vacía, un joven gaitero probaba una gaita entre suspiros y resuellos. Cerca de él, se encontraban quienes deduje eran los miembros más íntimos del personal de Colum: un hombre de rostro delgado con calzones de tartán y camisa fruncida apoyado perezosamente contra la pared; un hombrecillo con calva incipiente y una chaqueta de fino brocado, sin duda un escribiente dado que estaba sentado a una pequeña mesa equipada con un tintero de cuerno, plumas y papel; dos hombres musculosos con faldas escocesas en actitud de guardias y, a un lado, uno de los hombres más grandes que jamás había visto.
Contemplé al gigante con cierto temor. La gran mata de pelo negro le nacía en la parte inferior de la frente, casi juntándose con las cejas prominentes. Matas similares cubrían los enormes antebrazos que dejaba ver la camisa arremangada. A diferencia de la mayoría de los demás hombres, el gigante no parecía estar armado, excepto por un cuchillo diminuto que llevaba en el extremo superior de la media. El mango corto casi no se veía entre la espesura de vello negro que le cubría las piernas por encima de los vivos colores de los calcetines escoceses. Un grueso cinto de cuero rodeaba la inmensa cintura, pero no llevaba ni puñal ni espada. Pese a su tamaño, el hombre tenía una expresión amable y daba la impresión de estar bromeando con el hombre de rostro enjuto que parecía una marioneta en comparación con su inmenso interlocutor.
El gaitero comenzó a tocar con un eructo preliminar, seguido de inmediato por un chillido desgarrador que finalmente se convirtió en algo similar a una melodía.
Había unas treinta o cuarenta personas presentes, todas mejor vestidas y más acicaladas que los comensales de la noche anterior. Las cabezas se volvieron hacia el extremo inferior del salón. Al cabo de una pausa para que la música cobrara ímpetu, Colum entró, seguido de su hermano Dougal.
Ambos MacKenzies iban ataviados con el atuendo ceremonial: faldas escocesas verdes y casacas de buen corte, la de Colum color verde claro y la de Dougal color bermejo. Los dos llevaban el tartán cruzado sobre el pecho y asegurado en un hombro con un gran broche de piedras preciosas. El cabello negro de Colum estaba suelto, aceitado con esmero y rizado sobre los hombros. Dougal lo llevaba atado, formando una trenza casi del mismo color que la casaca.
Colum avanzó con lentitud a lo largo del pasillo, inclinando la cabeza y sonriendo a derecha e izquierda. Observé a través de la sala y vi otra arcada, cerca de la silla de Colum. Bien podría haber entrado por allí en vez de por la del extremo más alejado de la habitación. De modo que el alarde de sus piernas torcidas y el contoneo torpe en su larga marcha hacia el asiento era deliberado. Y también lo era el contraste con su hermano menor, alto y erguido, que no miró ni a un lado ni a otro sino que siguió a Colum hacia la silla de madera y ocupó su lugar, de pie, detrás.
Colum se sentó, esperó un momento y luego alzó la mano. El gemido de las gaitas se extinguió con un plañido lastimero. Y comenzó la «Audiencia».
Pronto se evidenció que ésa era la ocasión regular en que el Señor del castillo Leoch impartía justicia entre sus arrendatarios, atendiendo casos y resolviendo disputas. Había un orden del día; el escribiente de calva incipiente leía los nombres en voz alta y las distintas partes se adelantaban al llegarles el turno.
Si bien algunos casos se presentaban en inglés, la mayoría de los procesos se realizaban en gaélico. Yo ya había notado que para enfatizar el idioma solían recurrir a poner los ojos en blanco y golpear con fuerza los pies contra el suelo. Esto hacía que fuera difícil juzgar la seriedad de un caso por el comportamiento de los participantes.
Justo cuando había llegado a la conclusión de que un hombre, un anciano con un morral enorme hecho con un tejón entero, estaba acusando a su vecino nada menos que de asesinato, incendio premeditado y secuestro de su esposa, Colum enarcó las cejas y pronunció algo en gaélico que hizo que el demandante y el acusado se desternillaran de risa. Enjugándose las lágrimas, el demandante asintió por fin con la cabeza y extendió una mano a su oponente en tanto el escribiente garabateaba con diligencia; la pluma arañaba como las patas de un ratón.
Yo era la quinta en el orden del día. Una posición, pensé, cuidadosamente calculada para indicar a la muchedumbre reunida la importancia de mi presencia en el castillo.
Durante mi presentación, se habló en inglés.
—Señora Beauchamp, ¿quiere usted adelantarse? —llamó el escribiente.
Impulsada hacia delante por un empujón innecesario de la carnosa mano de la señora FitzGibbons, trastabillé hasta situarme frente a Colum y me incliné en una reverencia un tanto desmañada, como había visto hacer a otras mujeres. Los zapatos de ambos pies eran iguales; dos trozos de cuero moldeado que no ayudaban precisamente a caminar con gracia. Una punzada de interés estremeció a la multitud cuando Colum me hizo el honor de ponerse de pie y me ofreció su mano, que acepté para evitar caer de bruces.
Mientras me enderezaba, maldiciendo mentalmente mis zapatos, me encontré mirando con fijeza el pecho de Dougal. En calidad de captor mío, a él le correspondía elevar una solicitud formal para mi admisión —o cautiverio—, según como se mirara. Aguardé con atención a ver cómo habían decidido los hermanos explicar mi presencia.
—Señor —comenzó Dougal, inclinándose formalmente hacia Colum—, imploramos vuestra indulgencia y misericordia con respecto a esta dama necesitada de ayuda y un refugio seguro. La señora Claire Beauchamp, una dama inglesa de Oxford, fue atacada por salteadores de caminos que asesinaron a su criado a traición. Huyó a los bosques de vuestra propiedad, donde mis hombres y yo la encontramos y rescatamos. Solicitamos que el castillo Leoch ofrezca refugio a esta dama hasta que… —se detuvo y su boca se torció con una sonrisa cínica—… sus parientes ingleses sean informados de su paradero y se dispongan las medidas necesarias para asegurar un traslado seguro.
No me pasó inadvertido el énfasis puesto en la palabra «ingleses», y estaba segura de que lo mismo había ocurrido a todos los que se hallaban en el salón. De modo que se me toleraría, pero bajo sospecha. De haber dicho franceses, se me habría considerado una intrusa amistosa o en el peor de los casos, neutral. Escapar del castillo podría ser más difícil de lo que había esperado.
Colum me hizo una reverencia gentil y me ofreció la hospitalidad de su humilde hogar. Le devolví la reverencia con algo más de éxito que la vez anterior y me reuní con la multitud, seguida de miradas curiosas pero bastante cordiales.
Hasta ese momento, los casos parecían haber interesado principalmente a las partes involucradas. Los espectadores habían conversado en voz baja entre ellos, aguardando sus turnos. Mi aparición había provocado un murmullo interesado de especulación y, pensé, de aprobación.
Pero ahora se desató un alboroto agitado a lo largo del pasillo. Un hombre fornido se adelantó al espacio vacío. Arrastraba con una mano a una joven de unos dieciséis años, rostro bonito y fruncido y largo cabello rubio recogido con una cinta azul. La muchacha avanzó tambaleante y permaneció en pie mientras el hombre la reprendía en gaélico, agitando los brazos y señalándola de vez en cuando a modo de ilustración o acusación. Mientras el hombre hablaba, la muchedumbre murmuraba.
La señora FitzGibbons, sentada sobre un sólido taburete, estiraba el cuello con atención. Me incliné hacia delante y le susurré al oído:
—¿Qué ha hecho la joven?
La gigantesca mujer respondió sin mover los labios ni apartar la vista.
—El padre la acusa de comportamiento disoluto; de frecuentar jóvenes en contra de sus órdenes —masculló la señora FitzGibbons y reclinó su cuerpo en el taburete—. Quiere que MacKenzie la castigue por desobediencia.
—¿La castigue? ¿Cómo? —siseé, tan bajo como pude.
—Shhh.
En el centro, la atención ahora se concentraba en Colum, que estaba evaluando a la joven y al padre. Miró a uno y a otro y comenzó a hablar. Frunció el entrecejo, golpeó con fuerza los nudillos contra el brazo de la silla y el gentío se estremeció.
—Ya ha decidido —murmuró, innecesariamente, la señora FitzGibbons. La decisión tomada era también evidente. Por primera vez, el gigante se movió. Se quitó el cinturón de cuero con ademanes pausados. Los dos guardas cogieron de los brazos a la aterrorizada chica y la volvieron de espaldas a Colum y a su padre. La joven comenzó a llorar pero no habló. La multitud observaba con la intensidad típica de las ejecuciones públicas. De repente, desde el fondo de la muchedumbre, se elevó sobre los murmullos una voz gaélica.
Las cabezas giraron. La señora FitzGibbons se estiró más, incluso se puso de puntillas para ver mejor. Yo no tenía ni idea de qué se había dicho, pero creí reconocer la voz profunda y suave y la manera punzante de acortar las últimas consonantes.
El gentío se apartó y Jamie MacTavish se dirigió hacia el espacio vacío. Inclinó la cabeza con respeto en dirección a MacKenzie y habló otra vez. No sé lo que dijo, pero pareció generar cierta controversia.
—¿Qué sucede? —musité a la señora Fitz. Mi paciente tenía mucho mejor aspecto que la última vez, aunque todavía estaba un poco pálido. Había encontrado una camisa limpia en alguna parte; la manga vacía había sido doblada y metida debajo de la falda escocesa.
La señora Fitz contemplaba los acontecimientos con gran interés.
—Se ha ofrecido a recibir el castigo en lugar de la joven —respondió con aire ausente, atisbando por el costado de un espectador.
—¿Qué? ¡Pero si está herido! ¡No pueden permitirlo! —Hablé tan bajo como pude. La muchedumbre seguía murmurando.
La señora Fitz sacudió la cabeza.
—No lo sé, muchacha. Lo están discutiendo. Se aceptaría si el hombre fuera del mismo clan que ella, pero el joven no es un MacKenzie.
—¿No lo es? —Me sorprendí. Había dado por hecho que todos los hombres del grupo que me había capturado provenían del castillo Leoch.
—Pues claro que no —contestó la señora Fitz con impaciencia—. ¿No ve su tartán?
Desde luego que sí, después de que ella me lo hubo señalado. Si bien Jamie también llevaba un tartán de cacería en tonos de verde y marrón, los colores diferían de los del resto de los hombres. El marrón era más oscuro, casi color corteza, con finas rayas azules.
Por lo visto, la opinión de Dougal fue el argumento decisivo. El grupo de consejeros se dispersó; la multitud calló, se echó hacia atrás y esperó. Los guardias soltaron a la joven, que corrió hacia el gentío y Jamie se adelantó para ocupar su lugar entre ambos centinelas. Observé con espanto cómo se acercaban para cogerlo de los brazos, pero Jamie dijo algo en gaélico al hombre del cinto y los guardas retrocedieron. Cosa sorprendente, por un momento, una sonrisa ancha y descarada iluminó el rostro de Jamie. Y más extraño aún, el gigante esbozó una rápida sonrisa de respuesta.
—¿Qué dijo? —pregunté a mi intérprete.
—Escoge los puños antes que el cinto. Un hombre puede hacerlo, una mujer no.
—¿Los puños? —No tuve tiempo de seguir preguntando. El verdugo alzó un puño tan grande como un jamón y lo hundió en el abdomen de Jamie, que se dobló en dos y se quedó sin aliento. El hombre esperó a que se enderezara antes de continuar con una serie de golpes cortos a las costillas y brazos. Jamie no hizo nada por defenderse y se limitó a mantener el equilibrio haciendo frente al ataque.
El golpe siguiente fue al rostro. Di un respingo y cerré los ojos involuntariamente en tanto la cabeza de Jamie se mecía hacia atrás. El verdugo se tomaba su tiempo entre puñetazo y puñetazo, cuidando de no derrumbar a su víctima ni golpear demasiadas veces en un mismo sitio. Era una paliza científica, realizada con habilidad para infligir dolor, pero sin incapacitar o lisiar al oponente. Jamie tenía un ojo cerrado por la hinchazón y respiraba con dificultad. Por lo demás, su situación no parecía tan mala.
Me sentía presa de la más absoluta aprensión, temiendo que uno de los golpes volviera a dañar el hombro herido. Las vendas seguían en su lugar pero no aguantarían mucho más. ¿Cuánto tiempo duraría aquello? El silencio reinaba en la habitación, excepto por el batacazo seco de carne sobre carne y algún que otro gruñido.
—Angus se detendrá cuando corra sangre —susurró la señora Fitz, como adivinando mi pregunta sin formular—. Probablemente, cuando le rompa la nariz.
—Eso es inhumano —siseé con ira. Varias personas a nuestro alrededor me miraron con expresión reprobadora.
El verdugo pareció decidir que el castigo había durado el tiempo suficiente. Alzó un brazo y lanzó un golpe brutal. Jamie se tambaleó y cayó de rodillas. Los dos guardias se apresuraron a ponerlo en pie y cuando levantó la cabeza, vi sangre brotando de la boca lastimada. La muchedumbre dejó escapar un susurro de alivio y el verdugo se apartó, satisfecho por el deber cumplido.
Un guarda sostenía a Jamie por un brazo mientras el joven sacudía la cabeza para despejarse. La muchacha había desaparecido. Jamie alzó la cabeza y miró a los ojos al imponente verdugo. Increíblemente, volvió a sonreír, lo mejor que pudo. Los labios ensangrentados se movieron.
—Gracias —pronunció con dificultad. Hizo una reverencia formal al hombre más corpulento y se volvió para marcharse. La atención de la muchedumbre se concentró una vez más en MacKenzie y en el próximo caso.
Vi a Jamie dejar el pasillo por la puerta de la pared opuesta. Dado que ahora él me interesaba más que los casos que pudieran presentarse, me despedí con presteza de la señora FitzGibbons y me abrí paso a través del corredor para seguirlo.
Lo encontré en un pequeño patio lateral, apoyado contra un pozo de agua y pasándose la punta de la camisa por los labios.
—Toma, usa esto —sugerí y le ofrecí un pañuelo.
—Mmff. —Lo aceptó con un ruido que interpreté como gracias. El sol ya había salido, pálido y desteñido. Bajo su luz, contemplé al joven con detenimiento. Un labio partido y un ojo hinchado parecían ser los principales daños, aunque las marcas en la mandíbula y el cuello pronto se convertirían en negras moraduras.
—¿Tienes la boca herida por dentro?
—Mm-mm. —Se agachó y le abrí la mandíbula inferior, doblando el labio con suavidad para examinarlo por dentro. Había un corte profundo en la cara interna de la mejilla y un par de orificios pequeños en el área rosada del labio interno. Una mezcla de sangre y saliva escapó de la boca.
—Agua —pidió con dificultad, enjugándose el hilillo sangriento que se deslizaba por la mejilla.
—Sí. —Por fortuna, había un balde y una taza de cuerno en el borde del pozo. Jamie se enjuagó la boca y escupió varias veces. Luego se echó el resto del agua a la cara—. ¿Por qué lo has hecho? —quise saber por curiosidad.
—¿Qué? —dijo. Se enderezó y se secó con la manga. Se tocó con cuidado el labio partido y dio un leve respingo.
—Ofrecerte a recibir el castigo de la chica. ¿La conoces? —Me avergonzaba un poco preguntar, pero quería saber qué había detrás de aquel gesto quijotesco.
—Sé quién es. Pero nunca he hablado con ella.
—¿Entonces por qué lo has hecho?
Jamie se encogió de hombros, lo que le provocó otro respingo.
—Ser azotada durante la Audiencia la habría avergonzado. Para mí es más fácil.
—¿Más fácil? —repetí con incredulidad, contemplando aquel rostro estropeado. Estaba tanteando con la mano libre sus costillas golpeadas, pero alzó el rostro y me sonrió a medias.
—Sí. Ella es muy joven. Habría pasado vergüenza delante de todos los que la conocen y habría tardado mucho tiempo en superarlo. Estoy dolorido, pero no tengo ninguna herida seria. Estaré bien dentro de un par de días.
—¿Pero por qué tú? —pregunté. A juzgar por su expresión, la pregunta le pareció extraña.
—¿Por qué no yo? —dijo.
«¿Por qué no?», quise responder: «Porque no la conocías. Ella no significaba nada para ti. Porque ya estabas herido. Porque al margen del motivo que te impulsó, se requiere un valor muy especial para ponerse delante de la multitud y permitir que alguien te golpee en la cara».
—Bueno, una bala de mosquete a través del músculo trapecio podría considerarse un buen motivo —respondí con sequedad.
Pareció divertido y se pasó los dedos por el área en cuestión.
—¿Se llama trapecio? No lo sabía.
—¡Ah, ah, aquí estás, muchacho! Veo que ya has encontrado quien te cure. Tal vez no me necesites. —La señora FitzGibbons avanzó contoneándose y tuvo que apretarse para atravesar la estrecha puerta del patio. Llevaba una bandeja con unos botes, un gran cuenco y una toalla de hilo limpia.
—Sólo le he dado un poco de agua —repliqué—. Creo que no está malherido, pero no estoy segura de que podamos hacer algo más que lavarle la cara.
—Bueno, siempre hay algo que pueda hacerse —respondió ella con calma—. A ver ese ojo, muchacho, déjame revisártelo. —Jamie se sentó de buen grado en el borde del pozo y volvió la cara hacia la mujer. Los dedos regordetes apretaron despacio la hinchazón púrpura, dejando depresiones blancas que desaparecieron con rapidez—. Sigue sangrando bajo la piel. Las sanguijuelas servirán. —Destapó el cuenco y pude ver varios objetos pequeños y oscuros, como babosas, de tres a cinco centímetros de largo y cubiertos por un líquido de aspecto desagradable. Cogió dos y apretó uno contra la piel, justo debajo del hueso de la ceja y otro debajo del ojo—. Cuando el cardenal ya se ha formado —explicó—, las sanguijuelas son inútiles. Pero si hay una hinchazón como ésta, aún en formación, significa que la sangre está fluyendo bajo la piel. Las sanguijuelas pueden detenerla.
Yo observaba con fascinación y desagrado.
—¿No te duele? —pregunté a Jamie. Él meneó la cabeza y las sanguijuelas rebotaron con obscenidad.
—No. Da un poco de frío, eso es todo. —La señora Fitz estaba ocupada con sus botes.
—La gente no sabe usar las sanguijuelas —afirmó—. A veces son muy útiles, pero hay que saber utilizarlas. Cuando se aplican en un cardenal viejo, se llevan la sangre sana y no mejoran el cardenal. Además, hay que tener la precaución de no usar muchas a la vez. Debilitan al que esté muy enfermo o ya haya perdido mucha sangre.
Escuché con respeto, absorbiendo toda la información, aunque esperaba que nunca se me pidiera que la pusiera en práctica.
—Ahora enjuágate la boca con esto. Limpiará los cortes y aliviará el dolor. Es té de corteza de sauce —me aclaró en un aparte— con un poco de raíz de lirio molida. —Asentí. Recordé vagamente haber oído en una conferencia de botánica que la corteza del sauce contenía ácido salicílico, el ingrediente activo de la aspirina.
—¿La corteza de sauce no aumentará la posibilidad de una hemorragia? —inquirí. La señora Fitz asintió con aprobación.
—Sí. A veces lo hace. Por eso hay que combinarla con un buen puñado de hierba de San Juan remojada en vinagre; eso detiene la hemorragia, si se ha recogido con luna llena y se ha molido correctamente. —Sin protestar, Jamie se lavó la boca con la solución astringente. El picante y aromático vinagre lo hizo lagrimear.
Las sanguijuelas ya estaban atiborradas y tan hinchadas que su tamaño original se había cuatriplicado. Las pieles oscuras y arrugadas estaban tensas y brillantes; parecían piedras redondas y lustradas. De pronto, una sanguijuela dio un salto y rebotó en el suelo a mis pies. La señora Fitz la recogió con destreza, agachándose con facilidad pese a su tamaño, y la devolvió al cuenco. Luego cogió la otra sanguijuela con suavidad, estirándole la cabeza.
—No hay que tirar con demasiada fuerza —explicó—. Pueden explotar. —La idea me hizo estremecer involuntariamente—. Pero si están casi llenas, es fácil quitarlas. Si no se puede, hay que dejarlas tranquilas y se soltarán solas. —En efecto, fue fácil retirar la sanguijuela, que dejó un hilo de sangre en el lugar donde había estado. Sequé la pequeña herida con la punta de una toalla humedecida en la solución con vinagre. Para mi sorpresa, las sanguijuelas habían dado resultado. La hinchazón se había reducido de manera considerable y el ojo estaba parcialmente abierto, aunque el párpado continuaba hinchado. La señora Fitz lo examinó con aire crítico y decidió no usar más sanguijuelas.
—Mañana estarás horroroso, muchacho, créeme —dijo con una sacudida de cabeza—. Pero al menos podrás ver con ese ojo. Ahora lo que necesitas es cubrirlo con un buen pedazo de carne cruda y echarle unas gotas de caldo con cerveza para fortalecerlo. Ven a la cocina dentro de un rato. —Recogió la bandeja y se detuvo por un momento.
—Lo que hiciste fue muy gentil. Laoghaire es mi nieta, sabes, y te doy las gracias en su nombre. Aunque debería hacerlo ella personalmente, si es que tiene modales. —Palmeó la mejilla de Jamie y se alejó contoneándose pesadamente.
Examiné a Jamie con atención. El arcaico tratamiento médico había resultado sorprendentemente efectivo. El ojo todavía estaba hinchado pero apenas amoratado y el corte en el labio era ahora una línea precisa y limpia, ligeramente más oscura que los tejidos circundantes.
—¿Cómo te sientes? —le pregunté.
—Bien. —Debí de mirarlo con desconfianza, porque me sonrió, aunque sin descuidar la boca—. Son sólo cardenales. Tengo que darte las gracias de nuevo. Me has curado tres veces en tres días. Debes de considerarme muy torpe.
Toqué una marca púrpura en su mandíbula.
—No, torpe no. Un poco osado, tal vez. —Un movimiento agitado en la entrada al patio atrajo mi atención; un destello amarillo y azul. Al verme, la joven llamada Laoghaire retrocedió con timidez—. Creo que alguien quiere hablarte a solas —añadí—. Me marcho. Mañana te quitaré las vendas del hombro. Hasta entonces.
—Sí. Gracias de nuevo. —Me apretó la mano a manera de despedida y me alejé, mirando con curiosidad a la muchacha al pasar junto a ella. De cerca era aún más hermosa, con ojos azules suaves y el cutis como los pétalos de una rosa. Cuando miró a Jamie, su rostro resplandeció. Abandoné el patio, preguntándome si el gesto galante habría sido en realidad tan altruista como yo había supuesto.
A la mañana siguiente, desperté escuchando el gorjeo de los pájaros fuera y el ajetreo de personas dentro. Me vestí y hallé el camino al comedor a través de pasillos helados. El comedor había recuperado su identidad como tal. Se repartían enormes recipientes con gachas y pan ázimo horneado en el fogón y untado con melaza. El olor a comida humeante era fortísimo. Todavía me sentía un poco mareada y confundida, pero un desayuno caliente me animó lo suficiente para explorar un poco.
Hallé a la señora FitzGibbons hundida hasta los codos en masa espolvoreada con harina. Le anuncié que quería encontrar a Jamie para quitarle las vendas y comprobar la cicatrización de la herida de bala. La señora Fitz agitó una manaza enharinada para llamar a uno de sus diminutos subordinados.
—Joven Alec, ve a buscar a Jamie, el nuevo domador de caballos. Dile que venga contigo a que le revisen el hombro. Estaremos en el jardín de hierbas. —Un seco chasquido de dedos hizo que el muchacho se apresurara a localizar a mi paciente.
La señora Fitz entregó la masa a una criada, se enjuagó las manos y se volvió hacia mí.
—Tardarán un poco. ¿Le gustaría echar un vistazo al jardín de hierbas? He visto que sabe algo de plantas y, si le interesa, podría echar una mano allí en su tiempo libre.
El herbario, depositario valioso de plantas medicinales y aromáticas, estaba situado en un patio interno lo bastante grande para que se filtrara el sol pero resguardado de los vientos de primavera; tenía su propio pozo de agua y estaba bordeado por arbustos de romero y manzanilla. Una hilera de amarantos marcaba el límite norte y la pared del castillo el este. Identifiqué correctamente las espigas verdes de azafranes tardíos y las acederas francesas de hojas suaves que emergían de la tierra fértil y oscura. La señora Fitz me enseñó dedaleras, verdolagas y betónicas, además de otras especies que no reconocí.
El final de la primavera era época de siembra. La cesta en el brazo de la señora Fitz contenía una profusión de dientes de ajo, la base de la cosecha de verano. La regordeta dama me entregó el cesto y un palo de cavar para plantar. Aparentemente, yo había holgazaneado demasiado en el castillo; hasta que Colum halló algo en lo que podía ser útil. La señora Fitz siempre encontraba trabajo para una persona ociosa.
—Aquí, querida. Plántelos en el lado sur, entre el tomillo y las dedaleras. —Me enseñó a dividir las cabezas en semillas individuales sin estropear la película externa y luego a plantarlas. Era bastante sencillo. Sólo había que introducir cada diente en la tierra, con el extremo romo hacia abajo y enterrarlo a casi cuatro centímetros de la superficie. La mujer se enderezó y se quitó el polvo de la voluminosa falda.
—Guarde algunas cabezas —me aconsejó—. Divídalas y plante los ajos por separado, uno aquí y otro allá, en todo el jardín. El ajo mantiene a los insectos lejos de las demás plantas. También la cebolla y la milenrama. Y recorte las cabezuelas de las caléndulas muertas, pero consérvelas, son útiles.
Numerosas caléndulas salpicaban el jardín con sus flores doradas. En aquel momento, apareció el joven que la señora Fitz había enviado en busca de Jamie. La carrera lo había dejado sin aliento. Anunció que el paciente se negaba a dejar su trabajo.
—Dice —jadeó el muchacho— que no está tan malherido como para necesitar que lo curen, pero que agradece su preocupación. —La señora Fitz se encogió de hombros ante el mensaje no muy tranquilizador.
—Bueno, si no quiere venir, que no venga. Si quiere, puede ir al corral cercado al mediodía, jovencita. Quizá no pare para que lo curen, pero si no me equivoco, lo hará para comer. El joven Alec vendrá a buscarla al mediodía para guiarla al corral. —La señora Fitz se alejó como un galeón, con el joven Alec corriendo tras ella y me dejó plantando el resto de los ajos.
Trabajé con gusto toda la mañana, plantando, recortando cabezuelas de flores muertas y arrancando hierbajos, enzarzada en la interminable batalla del jardinero contra caracoles, insectos y pestes similares. Aquí, sin embargo, la lucha se libraba con las manos vacías, sin la asistencia de pesticidas químicos. Estaba tan absorta en la tarea que no advertí la reaparición del joven Alec hasta que tosió con cortesía para llamar mi atención. Muchacho de pocas palabras, aguardó el tiempo justo a que yo me incorporara y me quitara el polvo de la falda antes de desaparecer por la puerta del patio.
El corral al que me condujo quedaba un poco lejos de los establos, en una pradera cubierta de hierba. Tres potrillos retozaban briosos en la pradera contigua. Otro animal, una potranca baya, estaba atado a la cerca del corral, con una manta sobre el lomo.
Jamie se acercaba furtivamente por el costado de la potranca, que seguía sus movimientos con bastante recelo. Apoyó el brazo libre en el lomo del animal y le habló con suavidad, preparado para retroceder en caso de que se encabritara. La potranca giró los ojos y resopló, pero no se movió. Con lentitud, Jamie se reclinó sobre la manta, todavía susurrando al animal y, gradualmente, apoyó todo su peso sobre el lomo. La potranca se encabritó un poco y se agitó inquieta, pero él insistió, elevando apenas la voz.
Entonces, la yegua volvió la cabeza y se percató de mi presencia y la del joven que me acompañaba. Intuyendo algún peligro, se encabritó, relinchó y se giró hacia nosotros, aplastando a Jamie contra la cerca del corral. Resoplando y corcoveando, comenzó a brincar y patear, rebelándose contra la correa que la sujetaba. Jamie rodó debajo del cerco, lejos de la lluvia de coces. Se puso de pie con dolor, maldiciendo en gaélico, y se volvió para ver qué había desbaratado su tarea.
Al advertir de quién se trataba, su expresión airada se convirtió en una de amable bienvenida, aunque supuse que nuestra presencia no era del todo oportuna. El cesto del almuerzo, preparado con solicitud por la señora Fitz, que por cierto no se había equivocado, contribuyó a devolverle el buen humor.
—Tranquila, bestia maldita —masculló a la potranca, que continuaba resoplando y moviéndose. Despidió al joven Alec con un golpecito amistoso, recogió la manta caída de la yegua, la sacudió para quitarle el polvo y la extendió con gentileza para que yo me sentara sobre ella.
Evité con gran tacto cualquier referencia al contratiempo reciente con la potranca y serví cerveza y le ofrecí trozos de pan con queso.
Jamie comió con apetito, lo que me recordó su ausencia en el comedor las dos noches anteriores.
—Durmiendo —explicó cuando le pregunté dónde había estado—. Me fui a dormir no bien te dejé en el castillo y no desperté hasta la madrugada de ayer. Trabajé un poco después de la Audiencia y luego me senté en un fardo de paja para descansar un rato antes de cenar. —Rió—. Cuando desperté esta mañana, seguía allí sentado, con un caballo mordisqueándome la oreja.
No cabía duda de que el descanso le había sentado bien. Los cardenales habían oscurecido, pero la piel que los rodeaba tenía un color saludable. Y realmente gozaba de un excelente apetito.
Observé cómo se pulía las últimas migas caídas por la camisa con precisos toques de dedo previamente humedecido.
—Tienes buen apetito —comenté riendo—. Creo que comerías hierba a falta de otra cosa.
—Lo he hecho —contestó con gran seriedad—. No sabe mal, pero no llena.
Me sorprendí. Luego supuse que era una broma.
—¿Cuándo? —pregunté.
—Durante el invierno, hace dos años. Vivía de una manera salvaje…, ¿sabes?, en los bosques… con el… con un grupo de muchachos. Robábamos en la frontera. Habíamos tenido una mala racha y no nos quedaba comida. De vez en cuando conseguíamos gachas en la cabaña de algún agricultor, pero esa gente es tan pobre que casi nunca les sobra nada. Siempre encuentran algo para darle a un extraño, pero veinte forasteros es demasiado, incluso para la hospitalidad de un escocés. —Sonrió de repente—. ¿Has oído…? Bueno, claro que no. Iba a preguntarte si conocías la bendición de la mesa de los granjeros.
—No. ¿Cómo es?
Jamie sacudió la cabeza para apartarse el pelo de los ojos y recitó:
Hale, hale, alrededor de la mesa,
come tanto como puedas.
Come mucho, nada embolses,
hale. Hale. Amén.
—¿Nada embolses? —dije, divertida. Jamie se palmeó el morral que llevaba al cinto.
—Ponlo en tu estómago, no en el morral —explicó.
Estiró una mano para coger unas hojas de hierba largas y las arrancó con suavidad de la vaina. Las enrolló entre las manos haciendo que las semillas blandas salieran volando del tallo.
—El invierno finalizaba y, por suerte, el tiempo estaba templado o no habríamos sobrevivido. Solíamos cazar conejos con trampas… a veces no podíamos arriesgarnos a encender fuego y los comíamos crudos… y de tanto en tanto también caía algún venado. Pero en la época de la que te hablo, llevábamos varios días sin cazar.
Sus dientes blancos y cuadrados se hundieron en el tallo de la hierba. Yo también cogí una y mordisqueé la punta. Era dulce y algo ácida pero sólo tenía unos dos centímetros de tallo tierno para comer; nada muy nutritivo.
Jamie tiró el tallo semicomido, cogió otro y prosiguió con la historia.
—Había caído algo de nieve unos días antes; apenas una capa bajo los árboles y barro en los demás sitios. Yo andaba buscando los frutos anaranjados y grandes que crecen en la parte baja de los árboles, cuando, de pronto, en un claro, descubrí una mancha de hierba bajo la nieve. Supongo que el sol se filtraba hasta allí de vez en cuando. Por lo general, los ciervos encuentran esas manchas. Quitan la nieve con las patas y se comen la hierba hasta las raíces. No habían encontrado aquélla y pensé que si ellos sobrevivían al invierno de esa manera, ¿por qué no habría de hacerlo yo? Tenía tanta hambre que habría sido capaz de hervir mis botas y comérmelas, de no haberlas necesitado para caminar. Así que comí la hierba, hasta la raíz, igual que los ciervos.
—¿Cuánto tiempo llevabas sin comer? —pregunté, fascinada y estupefacta.
—Tres días sin probar bocado; una semana con casi nada… un puñado de avena y algo de leche. Sí —agregó, estudiando el tallo de hierba—, la hierba del invierno es dura y agria, no como ésta, pero no le presté demasiada atención. —De pronto, me sonrió—. Tampoco se la presté al hecho de que un ciervo tiene cuatro estómagos y yo sólo uno. Tuve retortijones espantosos y gases durante días. Después, uno de los hombres más viejos me dijo que para comer hierba, primero hay que hervirla, pero entonces yo no lo sabía. De todos modos, no me habría importado. Estaba demasiado hambriento para esperar. —Se puso en pie y se inclinó con la mano extendida para ayudarme a incorporarme.
—Será mejor que siga con mi trabajo. Gracias por el almuerzo. —Me entregó el cesto y se encaminó hacia las caballerizas. El sol resplandecía en su cabello arrancándole reflejos de oro y cobre.
Regresé despacio al castillo, pensando en los hombres que vivían en el barro frío y comían hierba. Cuando llegué al patio, me di cuenta de que había olvidado por completo el hombro de Jamie.