Forastera

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Segunda parte. El castillo Leoch » 8. Una velada de fiesta

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8

Una velada de fiesta

Yacía en la cama completamente agotada. Cosa curiosa, había disfrutado bastante con la inspección de la botica de Beaton. Y el haber atendido a algunos pacientes, pese a los escasos recursos, me había hecho sentir fuerte y útil de nuevo. Palpar carne y huesos, tomar pulsos, examinar lenguas y pupilas, toda la rutina familiar, había contribuido a disminuir el pánico sordo que me había acompañado desde mi caída a través de la roca. A pesar de lo extraño de mi situación y por más fuera de lugar que estuviera, en cierta forma era reconfortante darse cuenta de que aquellas eran simplemente personas: pieles cálidas y velludas, corazones que palpitaban y pulmones que respiraban con ruido; malolientes, piojosas y sucias, algunas, pero eso no era nuevo para mí. No era mucho peor que un hospital de campaña. Y por fortuna, hasta ahora las heridas no habían sido muy graves. Me resultaba en extremo satisfactorio poder aliviar nuevamente un dolor, encajar una articulación, reparar un daño. Asumir la responsabilidad del bienestar de otros menguaba la sensación de ser víctima de los caprichos de cualquiera que fuese el insoportable destino que me había traído aquí. Y agradecía a Colum el haberlo sugerido.

Colum MacKenzie. Vaya un hombre extraño. Un hombre instruido, cortés por demás, y también considerado, con una reserva que ocultaba el corazón férreo en su interior. La dureza era mucho más obvia en su hermano Dougal. Un guerrero de nacimiento. Y sin embargo, al verlos juntos, saltaba a la vista quién era el más fuerte. Pese a sus piernas torcidas, Colum era un líder. El síndrome de Toulouse-Lautrec. Nunca había visto un caso antes, pero había oído descripciones. Llamado así por su más famosa víctima (que todavía no existía, recordé), se trataba de un mal degenerativo de los huesos y el tejido conectivo. Con frecuencia, los enfermos parecían normales, aunque débiles, hasta la adolescencia temprana, cuando los huesos largos de las piernas, bajo la tensión de mantener un cuerpo enhiesto, comenzaban a atrofiarse.

La piel pálida, con arrugas prematuras, constituía otro efecto externo de la circulación deficiente que caracterizaba la enfermedad. Asimismo, la sequedad y pronunciada callosidad de los dedos de manos y pies que yo ya había notado. A medida que las piernas se torcían y arqueaban, la espina dorsal se veía sometida a un esfuerzo y a menudo se torcía también, causando enormes molestias al afectado. Repasé mentalmente la descripción mientras me desenredaba el cabello con los dedos. Baja cantidad de glóbulos blancos, susceptibilidad creciente a las infecciones, propensión a la artritis. Debido a la mala circulación y a la degeneración del tejido conectivo, las víctimas eran invariablemente estériles y, con frecuencia, también impotentes.

Me interrumpí de pronto, pensando en Hamish. «Mi hijo», había dicho Colum con orgullo al presentar al niño. Mmm, reflexioné. Quizá no fuera impotente. O quizá sí. Letitia tenía suerte de que la mayoría de los MacKenzie se parecieran tanto entre sí. Un súbito golpe a la puerta interrumpió mis interesantes meditaciones. Era un chico con una invitación del propio Colum. Habría una sesión de canto en el salón y MacKenzie se sentiría honrado con mi presencia.

Dadas mis recientes especulaciones, sentía curiosidad por ver a Colum de nuevo. Así que eché un vistazo a mi imagen en el espejo, me peiné como pude, cerré la puerta a mis espaldas y seguí a mi escolta a través de los corredores fríos y sinuosos.

De noche, la sala se veía distinta, bastante festiva. Antorchas de pino crepitaban en las paredes, chasqueando con una llamarada azul ocasional de trementina. La chimenea inmensa, con sus múltiples asadores y calderos, había disminuido su actividad desde el ajetreo de la cena. Ahora, un único fuego ardía en el hogar, alimentado por dos troncos enormes y de combustión lenta. Los asadores estaban plegados hacia dentro en la chimenea cavernosa. Las mesas y los bancos continuaban allí, pero empujados hacia atrás para dejar un espacio abierto cerca del fuego. Al parecer, ése sería el centro del espectáculo, puesto que la gran silla tallada de Colum se encontraba a un lado. Colum ya estaba sentado en ella, con un tapete sobre las piernas y una pequeña mesa con una garrafa y copas al alcance de la mano.

Al verme vacilar en la arcada, me llamó con gesto amistoso y señaló un banco cercano.

—Me alegra que haya bajado, señora Claire —manifestó con aire informal y simpático—. A Gwyllyn le complacerá contar con un nuevo oyente para sus canciones, aunque siempre estamos dispuestos a escucharlo. —El jefe de los MacKenzie parecía algo cansado, pensé. Tenía los hombros anchos ligeramente caídos y las líneas prematuras de su rostro demasiado marcadas.

Murmuré algo sin importancia y contemplé el salón. La gente comenzaba a entrar, y a veces a salir, conversaba en grupos reducidos e iba tomando asiento poco a poco en los bancos alineados contra las paredes.

—¿Perdón? —Me volví. No había oído las palabras de Colum en medio del alboroto creciente y lo encontré ofreciéndome la garrafa, un hermoso objeto, de cristal verde pálido y con forma de campana. El líquido, visto a través del vidrio, parecía verde como las aguas profundas del mar, pero una vez servido, resultó poseer un bonito color rosa pálido y un aroma exquisito. El sabor era igualmente delicioso y cerré los ojos extasiada, dejando que los vahos del vino me produjeran un hormigueo en el fondo del paladar antes de permitir que cada sorbo de néctar se deslizara por mi garganta.

—Bueno, ¿verdad? —La voz profunda tenía un dejo burlón y abrí los ojos. Colum me sonreía con aprobación.

Abrí la boca para responder y descubrí que la delicada suavidad del sabor era engañosa. El vino era lo bastante fuerte para causar una leve parálisis de las cuerdas vocales.

—Ma… maravilloso —logré contestar.

Colum asintió.

—Sí, lo es. Del Rin, sabe. ¿No lo conocía? —Meneé la cabeza mientras él inclinaba la garrafa sobre mi copa para llenarla con el líquido brillante y rosado. Sostenía su propia copa por el pie y la hacía girar frente a su rostro de modo que la luz del fuego iluminaba el contenido con destellos rojos.

—Pero sabe reconocer un buen vino —añadió e inclinó la copa para disfrutar del intenso gusto dulce—. Aunque supongo que es natural, ya que su familia es francesa. O mejor dicho, medio francesa —se corrigió con una rápida sonrisa—. ¿De qué parte de Francia proviene?

Dudé un instante, luego pensé: «Atente a la verdad hasta donde puedas», y repliqué:

—Es un vínculo antiguo, y bastante lejano, pero mis parientes son del norte, cerca de Compiègne. —Me sorprendió un poco darme cuenta de que en ese momento, mis parientes estaban de hecho cerca de Compiègne. En efecto, me había atenido a la verdad.

—¿Usted no ha estado nunca allí?

Ladeé el vaso y sacudí la cabeza. Cerré los ojos y respiré profundamente, inhalando el aroma del vino.

—No —contesté con los ojos todavía cerrados—. Y tampoco conozco a ninguno de mis parientes de allí. —Abrí los ojos. Colum me observaba con atención—. Ya se lo dije.

Asintió sin inmutarse.

—Así es. —Sus ojos eran de un hermoso color gris y sus pestañas, negras y tupidas. Era un hombre muy atractivo, Colum MacKenzie, al menos hasta la cintura. Miré más allá de él, a un grupo que había cerca del fuego. Su esposa Letitia y otras damas mantenían una animada conversación con Dougal MacKenzie. También un hombre muy atractivo, y de la cabeza a los pies.

Volví a concentrarme en Colum y lo sorprendí contemplando con aire distraído uno de los tapices de la pared.

—Y como también le dije antes —acoté con brusquedad, sacándolo de su ensimismamiento—, me gustaría estar camino de Francia lo antes posible.

—Así es —repitió él y levantó la jarra enarcando las cejas con expresión inquisitiva. Sostuve mi copa con firmeza y señalé la mitad para indicar que no deseaba más que eso, pero Colum la volvió a llenar casi hasta el tope.

—Bueno, como yo le he dicho a usted, señora Beauchamp —afirmó con la mirada fija en la garrafa—, creo que debe sentirse complacida de permanecer un tiempo aquí hasta que se realicen los arreglos apropiados para su traslado. Después de todo, no hay necesidad de apresurarse. Estamos en primavera y cruzar el Canal en los meses previos a las tormentas de otoño es peligroso. —Volvió a enarcar las cejas sin bajar la garrafa y me clavó la mirada.

—Pero si me diera usted los nombres de sus parientes en Francia, yo podría enviarles un mensaje, de modo que estuvieran preparados para su llegada, ¿eh?

Desenmascarada, no tuve más remedio que mascullar algo del tipo de sí, bueno, quizá después, y me apresuré a disculparme con el pretexto de satisfacer mis necesidades antes de que comenzara la sesión de canto. Colum había ganado un punto importante, pero no el juego.

Mi excusa no había sido del todo ficticia. Sin embargo, me llevó cierto tiempo encontrar el lugar que buscaba. Mientras tanteaba el camino de vuelta con la copa de vino aún en la mano, hallé la arcada iluminada que conducía a la sala. Al cruzarla, me di cuenta de que se trataba de la entrada inferior. Ésta desembocaba en la otra punta de donde estaba Colum. Dadas las circunstancias, me venía bastante bien. Avancé con recato al interior de la amplia habitación, cuidando de confundirme con pequeños grupos de personas en tanto me abría paso a lo largo de la pared hacia uno de los bancos.

Eché una ojeada al extremo superior de la sala y vi a un hombre esbelto que, a juzgar por el arpa que llevaba, debía de ser Gwyllyn el poeta. Colum hizo una señal y un criado se apresuró a acercar un taburete al poeta. Gwyllyn se sentó y procedió a afinar el arpa, pulsando las cuerdas con ligereza, el oído junto al instrumento. Colum sirvió otro vaso de vino y con otro gesto, lo despachó vía el criado en dirección al poeta.

La escena me recordó una vieja canción infantil y la canté con irreverencia y en voz baja. Laoghaire me miró con extrañeza. La chica estaba sentada debajo de un tapiz que representaba a un cazador con seis perros alargados y bizcos persiguiendo a una única liebre.

—Una lucha desigual, ¿no te parece? —comenté con animación, señalando el tapiz. Me dejé caer en el banco junto a ella.

—¡Oh! Ah, sí —repuso la joven con cautela, alejándose un poco. Intenté establecer una conversación amigable, pero ella contestaba casi siempre con monosílabos, se ruborizaba y se sobresaltaba cuando yo le hablaba. Pronto me di por vencida y la escena del centro de la sala cautivó mi atención.

Satisfecho con la afinación del arpa, Gwyllyn había sacado de su saco tres flautas de madera de distintos tamaños que apoyó en una mesita cercana.

De pronto, advertí que Laoghaire no compartía mi interés en el poeta y sus instrumentos. Se había puesto un poco tensa y espiaba sobre mi hombro hacia la arcada inferior, reclinándose al amparo de la sombra del tapiz para evitar ser detectada.

Seguí la dirección de su mirada y divisé la figura alta y pelirroja de Jamie MacTavish que acababa de entrar en la sala.

—¡Ah! ¡El héroe valiente! ¿Te gusta, eh? —pregunté a la muchacha. Meneó la cabeza con vigor pero el rubor brillante que coloreó sus mejillas fue respuesta suficiente.

—Bueno, veremos qué podemos hacer —añadí con un sentimiento de magnanimidad. Me puse en pie y agité una mano con entusiasmo para llamar la atención de Jamie.

Al verme, el joven sonrió y se abrió camino entre la multitud. Ignoraba qué había pasado entre ellos en el patio, pero la forma en que saludó a la muchacha fue cálida, aunque formal. En cuanto a mí, se mostró más relajado al inclinar la cabeza. Después de la forzada intimidad de nuestra relación hasta el momento, a duras penas podía tratarme como a una extraña.

Unas pocas notas desde el extremo superior del salón señalaron el comienzo inminente del espectáculo y nos apresuramos a tomar asiento. Jamie lo hizo entre Laoghaire y yo.

Gwyllyn era un hombre de apariencia insignificante, de huesos ligeros y cabello arratonado. Pero cuando empezaba a cantar, ya no se le veía. Sólo servía de foco, un lugar donde los ojos se posaban en tanto los oídos se deleitaban. Comenzó con una canción sencilla, algo en gaélico con líneas marcadas por una consonancia intensa y acompañadas por una pulsación casi imperceptible de las cuerdas del arpa, de modo que cada cuerda pulsada parecía, por su vibración, acarrear el eco de las palabras de una línea a la otra. La voz era también engañosamente simple. Al principio, no notaba nada en particular… agradable, pero sin demasiada fuerza. Y al cabo de un rato sentía cómo el sonido me atravesaba, que cada sílaba era clara como el cristal, la entendiera o no, y reverberaba con viveza dentro de la cabeza.

La canción fue acogida con un cálido aplauso y el cantor emprendió otra, esta vez en galés, supuse. A mí me sonaba como una sucesión de gárgaras melodiosas, pero la gente a mi alrededor parecía entender perfectamente; sin duda, ya la habían escuchado antes.

Durante una pausa breve para volver a afinar el arpa, pregunté a Jamie en un susurro:

—¿Hace mucho que Gwyllyn está en el castillo? —Luego recordé y agregué—: ¿Cómo vas a saberlo? Olvidaba que eras nuevo aquí.

—He estado aquí antes —contestó, volviéndose hacia mí—. Pasé un año en Leoch cuando tenía dieciséis. Y Gwyllyn ya estaba aquí. A Colum le gusta su música y le paga bien para que se quede. Tiene que hacerlo. El galés sería bienvenido en cualquier lugar donde escogiera alojarse.

—Recuerdo cuando estuviste aquí. —Era Laoghaire, todavía ruborizada pero decidida a unirse a la conversación. Jamie volvió la cabeza para incluirla y le sonrió ligeramente.

—¿De veras? No podías tener más de siete u ocho años. No creo haber sido tan digno de mirar en aquel entonces para que alguien me recuerde. —Se volvió con cortesía hacia mí y añadió—: ¿Entiendes el galés?

—Bueno, de todas maneras me acuerdo —insistió Laoghaire—. Eras… Eh… Ah… quiero decir… ¿no me recuerdas de esa época? —Sus manos jugueteaban nerviosamente con los pliegues de la falda. Vi que se comía las uñas.

Jamie se había concentrado en un grupo de personas al otro lado de la habitación que discutían sobre algo en gaélico.

—¿Eh? —dijo un tanto despistado—. No, creo que no. En todo caso —agregó con una sonrisa, volviendo su atención a la muchacha—, no lo creo posible. Un joven de dieciséis años está demasiado ocupado con su gran persona para reparar en lo que considera un puñado de niños mocosos.

Supuse que el comentario había pretendido ser desaprobatorio de sí mismo y no de su oyente, pero el efecto no fue el que podría haberse esperado. Decidí que Laoghaire necesitaba una pausa breve para recobrar el aplomo, y la interrumpí:

—No, no entiendo nada de galés. ¿Tienes idea de qué estaba diciendo?

—Oh, claro. —Y Jamie se embarcó en una especie de declamación, palabra por palabra, de la canción, traducida al inglés. Se trataba de una antigua balada, al parecer sobre un joven que amaba a una joven (¿qué otra cosa podía ser?), pero se sentía indigno de ella porque era pobre. El enamorado se hizo a la mar para amasar fortuna, naufragó, tropezó con amenazantes serpientes de mar y sirenas que lo encantaron, tuvo aventuras, encontró un tesoro y finalmente volvió a su hogar para encontrar a su amada casada con su mejor amigo, quien aunque más pobre, tenía más sentido común.

—¿Y qué harías tú? —le pregunté en tono burlón—. ¿Serías el joven que no se casaría sin dinero o tomarías a la muchacha sin importarte nada más? —La pregunta pareció interesar también a Laoghaire, que ladeó la cabeza para escuchar la respuesta mientras fingía prestar atención a una tonada que Gwyllyn había comenzado con la flauta.

—¿Yo? —preguntó Jamie con aire divertido—. Bueno, como para empezar no tengo dinero y casi ninguna posibilidad de tenerlo alguna vez, supongo que me consideraría afortunado si encontrara a una joven que quisiera casarse conmigo en estas condiciones. —Meneó la cabeza y sonrió—. No tengo estómago para las serpientes de mar.

Abrió la boca para decir algo más, pero Laoghaire lo silenció apoyándole tímidamente una mano sobre el hombro. Luego se sonrojó y la retiró con rapidez como si se estuviera quemando.

—Sshh —dijo—. Quiero decir… va a contar una historia. ¿No queréis escucharla?

—Oh, sí. —Jamie se inclinó con anticipación. Después se dio cuenta de que me bloqueaba la visión e insistió en que me sentara al otro lado de él, desplazando a Laoghaire más allá. Noté que a la muchacha no le complacía mucho el arreglo y traté de protestar que así estaba bien, pero Jamie no cedió.

—No, verás y escucharás mejor desde aquí. Y si habla en gaélico, podré traducirte al oído lo que dice.

Cada parte de la actuación del poeta había sido recibida con un cálido aplauso, aunque la gente susurraba mientras él tocaba, creando un intenso zumbido por debajo de los acordes agudos y dulces del arpa. Pero ahora, un silencio expectante invadió el salón. Gwyllyn hablaba con la misma voz clara con que cantaba, cada palabra entonada de modo que llegaba sin esfuerzo al fondo de la alta y ventosa sala.

—Había una vez, hace doscientos años… —Hablaba en inglés y tuve la sensación de haber ya vivido aquel momento. Era la forma exacta en que había hablado nuestro guía en el lago Ness al relatar las leyendas del valle.

Sin embargo, no era una historia de fantasmas ni héroes sino un relato de duendes.

—Había un clan de duendes que vivía cerca de Dundreggan —comenzó—. La colina que hay allí lleva el nombre del dragón que la habitaba, el que Fionn mató y enterró donde cayó, de modo que así se llama la colina. Después de la muerte de Fionn y de Feinn, los duendes que se instalaron en la colina querían que las madres de aquellos hombres fueran nodrizas de sus niños, puesto que un hombre posee algo que un duende no tiene y los duendes pensaron que podría pasar por la leche de la madre a sus pequeños.

»Bien, Ewan MacDonald de Dundreggan estaba fuera, atendiendo a sus animales, la noche en que su mujer dio a luz a su primogénito. Una ráfaga de viento nocturno sopló junto a él y en el murmullo del viento oyó suspirar a su esposa. Suspiró como suspiraba antes de que naciera el niño y al oírla, Ewan MacDonald hundió su cuchillo en el viento en nombre de la Trinidad. Y su esposa cayó sana y salva al suelo junto a él.

La historia fue acogida con una especie de «ah» colectivo al final y fue seguida de inmediato por relatos sobre la inteligencia e ingenuidad de los duendes y otros acerca de sus interacciones con el mundo de los hombres. Algunos eran en gaélico, otros en inglés, utilizados al parecer según qué idioma se adaptara mejor al ritmo de las palabras, dado que todas ellas poseían una belleza elocuente, más allá del contenido de la historia en sí. Fiel a su promesa, Jamie me tradujo el gaélico en voz baja y con tanta rapidez y facilidad que deduje que debió de escuchar aquellos cuentos muchas veces antes.

Había uno que me llamó particularmente la atención. Era acerca de un hombre que se hallaba de noche en una colina encantada y oyó el sonido de una mujer cantando «triste y melancólica» desde las rocas de la colina. El hombre escuchó con más detenimiento y oyó las palabras:

Soy la esposa del Señor de Balnain,

los hechiceros me han vuelto a robar.

De modo que el hombre se dirigió rápidamente a la casa de Balnain y descubrió que el dueño se había marchado y que su esposa y el hijo habían desaparecido. El hombre buscó a un cura y lo llevó a la colina encantada. El cura bendijo las rocas y las roció con agua bendita. De pronto, la noche se ennegreció y estalló un ruido fuerte como el de un trueno. Luego apareció la luna tras una nube y brilló sobre la mujer, la esposa de Balnain, que yacía exhausta en la hierba con el niño en los brazos. La mujer estaba cansada, como si hubiera viajado muy lejos, pero no sabía dónde había estado ni cómo había llegado allí.

Otros en el salón tenían relatos para contar y Gwyllyn descansó en el taburete sorbiendo vino en tanto un narrador dejaba lugar a otro, manteniendo absorta a la sala entera.

Algunas casi no las oí. Yo también estaba ensimismada, pero en mis propios pensamientos que revoloteaban bajo la influencia del vino, la música y las leyendas de duendes.

—Había una vez, hace doscientos años…

«Las historias de los montañeses de Escocia siempre son hace doscientos años», dijo la voz del padre Wakefield en mi memoria. «Y sobre mujeres atrapadas en rocas de colinas encantadas, que viajaban lejos y arribaban exhaustas e ignoraban dónde habían estado y cómo habían llegado allí».

Sentí que se me ponía la piel de gallina, como si tuviera frío. Me froté los brazos con inquietud. Doscientos años. De 1945 a 1743; sí, bastante aproximado. Y mujeres que viajaban a través de rocas. ¿Eran siempre mujeres?, me pregunté de pronto.

Se me ocurrió algo más. Las mujeres regresaban. Ya fuera por el agua bendita, un hechizo o un cuchillo, regresaban. De modo que quizá, sólo quizá, fuera posible. Debía volver a las piedras de Craigh na Dun. La excitación me produjo cierto malestar y busqué la copa de vino para tranquilizarme.

—¡Cuidado! —Mis dedos inseguros manipularon con torpeza el borde de la copa de cristal que había dejado con descuido junto a mí en el banco. El largo brazo de Jamie se estiró con rapidez sobre mi regazo y salvó la copa del desastre. Jamie la alzó y la sostuvo en alto entre dos dedos largos. Luego la pasó de un lado a otro debajo de su nariz y me la devolvió con las cejas enarcadas.

—Del Rin —le expliqué.

—Sí, lo sé —repuso, todavía con expresión curiosa—. De Colum, ¿verdad?

—Así es. ¿Quieres un poco? Es muy bueno. —Le ofrecí el vino con una mano algo vacilante. Después de un momento de duda, lo aceptó y bebió un trago.

—Tienes razón, es bueno —dijo, devolviéndome la copa—. También es dos veces más fuerte de lo normal. Colum lo toma de noche para aliviar el dolor de sus piernas. ¿Cuánto has bebido? —inquirió con el entrecejo fruncido.

—Dos, no, tres vasos —contesté con cierta dignidad—. ¿Insinúas que estoy borracha?

—No —respondió con las cejas aún enarcadas—, me sorprende que todavía no lo estés. Muchos de los que beben con Colum terminan bajo la mesa después de la segunda copa. —Me la quitó de la mano.

—En todo caso —agregó con firmeza—, creo que será mejor que no bebas más o no podrás subir las escaleras. —Inclinó la copa y bebió hasta vaciarla. Luego se la entregó a Laoghaire sin mirarla.

—Llévatela, muchacha —le pidió con indiferencia—. Es muy tarde. Acompañaré a la señora Beauchamp a su habitación.

—Puso una mano en mi codo y me guió hacia la arcada. La joven se quedó mirándonos con tal expresión que me reconfortó saber que las miradas no matan.

Jamie me acompañó hasta el dormitorio y para mi asombro, me siguió al interior. La sorpresa se desvaneció cuando cerró la puerta y se quitó la camisa. Me había olvidado del vendaje que desde hacía dos días tenía intenciones de cambiar.

—Me alegraré de no tener esto —comentó, frotando el arnés de hilo y rayón bajo el brazo—. Me ha estado raspando durante días.

—Me sorprende que no te lo hayas quitado —dije, disponiéndome a deshacer los nudos.

—Me daba miedo, después del sermón que me echaste cuando me pusiste el primero —respondió con una sonrisa descarada—. Pensé que si lo tocaba, me azotarías en el trasero.

—Lo haré si no te sientas y te quedas quieto —contesté fingiendo severidad. Apoyé las manos en su hombro sano y con cierta inestabilidad lo obligué a sentarse en el taburete del dormitorio.

Palpé con cuidado la articulación del hombro. Todavía estaba un poco hinchada y amoratada, pero, por suerte, no hallé evidencias de músculos desgarrados.

—Si estabas tan ansioso por deshacerte de él, ¿por qué no dejaste que te lo quitara ayer por la tarde? —El comportamiento de Jamie en el corral me había desconcertado. Y ahora más, cuando vi la piel enrojecida donde los bordes ásperos de las vendas de hilo la habían raspado hasta dejarla casi en carne viva. Levanté el vendaje con cautela, pero todo estaba bien debajo.

Jamie me miró de soslayo. Parecía avergonzado.

—Bueno, es que… ah, no quería quitarme la camisa delante de Alec.

—Recatado, ¿no es cierto? —inquirí con dureza y lo forcé a levantar el brazo para comprobar la articulación. El movimiento le hizo dar un leve respingo y sonrió por mi comentario.

—Si lo fuera, no estaría sentado semidesnudo en tu habitación, ¿verdad? No, es por las marcas de la espalda. —Al ver mi expresión de sorpresa, continuó explicando—. Alec sabe quién soy… quiero decir, le han contado que me azotaron pero no lo ha visto. Y saber algo así no es lo mismo que verlo con los propios ojos. —Se palpó el hombro dolorido sin mirarme y frunció el entrecejo con la cabeza agachada—. Es… quizá no lo entiendas. Pero cuando se sabe que un hombre ha sufrido un daño, es sólo una cosa que se sabe de él y no cambia en mucho la forma en que lo ve. Alec sabe que he sido azotado, de la misma manera que sabe que soy pelirrojo, y eso no influye en la forma en que me trata. —Alzó la cabeza, esperando descubrir alguna señal de comprensión en mí—. Pero cuando lo ve por sí mismo, es como… —Vaciló, buscando las palabras—. Es como un poco… personal, tal vez a eso me refiero. Creo… que si Alec me viera las cicatrices, no podría seguir viéndome a mí sin pensar en mi espalda. Y yo lo vería a él pensando en ellas y eso me las recordaría y… —Se interrumpió y se encogió de hombros—. En fin. No ha sido una buena explicación, ¿verdad? En todo caso, tal vez exagere. Después de todo no puedo verme la herida. Quizá no sea tan fea como creo. —Yo había visto a hombres heridos caminando con muletas por la calle y a la gente desviando la vista. Sí, definitivamente había sido una buena explicación.

—¿Te importaría que yo te viera la espalda?

—No. —Sonó un poco sorprendido y se detuvo un momento para reflexionar—. Supongo… que porque pareces tener el don de hacerme saber que lo sientes sin que yo me sienta digno de compasión.

Se quedó sentado con paciencia y sin moverse mientras yo daba la vuelta a su alrededor y me detenía detrás para inspeccionarle la espalda. Ignoraba cuán fea pensaba él que era su herida, pero desde luego lo era. Incluso a la luz de las velas y viéndola por segunda vez, me causó consternación. Antes, había visto nada más que un hombro. Las cicatrices cubrían toda la espalda desde los hombros hasta la cintura. Aunque muchas habían ido desapareciendo hasta convertirse en delgadas líneas blancas, las peores formaban cuñas gruesas y plateadas que atravesaban los músculos suaves. Deduje con pesar que en otro tiempo debió de ser una espalda hermosa. La piel era clara y fresca y las líneas de hueso y músculo se conservaban sólidas y gráciles, los hombros eran rectos y cuadrados y la columna un surco profundo, recto y liso entre pilares redondeados de músculo.

Jamie tenía razón. Al contemplar aquel destrozo inhumano, no podía evitarse imaginar el proceso que lo había provocado. Intenté no pensar en los brazos musculosos alzados, extendidos y atados, las sogas cortando las muñecas, la cabeza cobriza presionada contra el poste. Pero las marcas traían esas imágenes a la mente con demasiada rapidez. ¿Había gritado mientras lo azotaban? Descarté el pensamiento de inmediato. Había oído las historias que se contaban de la Alemania de posguerra, desde luego. Relatos sobre atrocidades peores que aquélla. Pero Jamie tenía razón. Oírlas no era lo mismo que verlas. Lo toqué involuntariamente, como si mi mano pudiera curarlo y borrar las marcas. Jamie suspiró con fuerza y permaneció inmóvil en tanto yo delineaba las profundas cicatrices, una por una, como para enseñarle el grado del daño que no podía ver. Por fin, le apoyé las manos sobre los hombros en silencio.

Puso su mano sobre la mía y la apretó un poco como agradeciendo aquello que yo no lograba expresar.

—A otros les han pasado cosas peores, pequeña —susurró.

Retiró la mano y el hechizo se rompió.

—Parece estar curándose bien —añadió y trató de mirar de soslayo la herida del hombro—. No me duele mucho.

—Me alegro —comenté y me aclaré la garganta—. Se está curando bien. Se ha formado una buena costra y no sangra. Consérvala limpia y no uses el brazo más de lo necesario durante dos o tres días. —Palmeé el hombro sano como dando a entender que había terminado. Jamie se puso la camisa solo y se acomodó los extremos dentro de la falda.

Hubo un momento incómodo cuando vaciló en la puerta, buscando la manera de despedirse. Por fin, me invitó a pasar por los establos al día siguiente para ver un potrillo recién nacido. Le prometí que lo haría y nos deseamos buenas noches a la vez. Reímos y cabeceamos absurdamente mientras yo cerraba la puerta. Fui directamente a la cama y me dormí, aturdida, para tener sueños inquietantes que no recordaría al despertar.

Al día siguiente, después de una larga mañana de atender pacientes nuevos, revolver la despensa en busca de hierbas útiles para reabastecer el armario de suministros médicos y, con cierta ceremonia, registrar los detalles en el libro mayor negro de Davie Beaton, abandoné el estrecho cuarto ansiando aire y ejercicio.

Aproveché que no había nadie cerca para explorar los pisos superiores; husmeé en los aposentos vacíos y subí escaleras de caracol, trazando un mapa mental del castillo. El plano del piso era de lo más irregular, por no decir algo peor. A lo largo de los años, habían añadido estancias aquí y allá, de manera que resultaba difícil determinar si alguna vez había habido algún plano original. Aquel corredor, por ejemplo, tenía un nicho en la pared junto a la escalera, al parecer construido con el único propósito de llenar un espacio vacío demasiado pequeño para una habitación completa.

El nicho se encontraba parcialmente oculto por una cortina de hilo rayado. Si un repentino destello blanco no hubiera atraído mi atención, habría pasado de largo. Me detuve junto a la abertura y espié el interior para averiguar de qué se trataba. Era la manga de la camisa de Jamie. Estaba estrechando a una muchacha en su regazo para besarla. El cabello rubio de la joven captaba la luz del sol que se filtraba por una rendija, reflejándola como la superficie de un arroyo en una mañana radiante.

Me quedé quieta, sin saber qué hacer. No deseaba espiarlos pero temía que el ruido de mis pisadas en el pasillo delatara mi presencia. Jamie se apartó de la joven y levantó la cabeza. Sus ojos se encontraron con los míos y su rostro denotó alarma y luego reconocimiento. Con una ceja enarcada y encogiendo los hombros con cierta ironía, acomodó a la muchacha sobre sus rodillas y continuó con lo suyo. Por mi parte, me encogí de hombros también y me alejé de puntillas. No era asunto mío. Sin embargo, estaba segura de que tanto Colum como el padre de la chica desaprobarían ese «galanteo». Si no tenían más cuidado al escoger un sitio de reunión, Jamie podría recibir otra paliza.

Aquella noche, durante la cena, lo encontré con Alec sentado a la larga mesa y tomé asiento frente a ambos. Jamie me saludó con amabilidad pero mirada vigilante. El viejo Alec me ofreció su habitual «Mmfm». Las mujeres, me había explicado en el corral, no sabían apreciar los caballos y por lo tanto era difícil entablar conversación con ellas.

—¿Cómo va la doma de caballos? —pregunté para interrumpir el activo masticar al otro lado de la mesa.

—Bastante bien —respondió Jamie con cautela.

Lo escudriñé a través de una fuente de nabos hervidos.

—Tienes la boca un poco hinchada, Jamie. ¿Te la golpeó un caballo? —pregunté con picardía.

—Sí —repuso él y entornó los ojos—. Volteó la cabeza cuando yo no miraba. —Hablaba reposadamente, pero sentí un pie grande apoyarse sobre el mío bajo la mesa. No hubo presión, pero la amenaza era explícita.

—Lo lamento. Esas potrancas pueden ser peligrosas —comenté inocentemente.

El pie presionó con fuerza cuando Alec preguntó:

—¿Potrancas? No estás trabajando con potrancas, ¿verdad, muchacho? —Utilicé mi otro pie como palanca pero no sirvió, así que opté por patearle el tobillo. Jamie dio un respingo.

—¿Qué te pasa? —agregó Alec.

—Me he mordido la lengua —masculló Jamie y me miró con ira por encima de la mano que se había llevado a la boca.

—¡Qué torpe! Aunque no me extraña de un tonto que ni siquiera se aparta de un caballo cuando… —Alec prosiguió durante varios minutos, acusando a su asistente de torpe, holgazán, estúpido e ineptitud general. Jamie, tal vez la persona menos torpe que yo había conocido en toda mi vida, mantuvo la cabeza agachada y comió impasible durante la diatriba, aunque muy sonrojado. Yo no quité los ojos del plato durante el resto de la cena.

Jamie rechazó un segundo plato de estofado y abandonó la mesa con brusquedad, poniendo fin a la perorata de Alec. El viejo caballerizo y yo masticamos en silencio un par de minutos. Luego el anciano limpió el plato con el último bocado de pan, lo empujó dentro de su boca y se reclinó, examinándome burlonamente con su único ojo azul.

—No debería fastidiar al muchacho —manifestó con aire casual—. Si el padre de ella o Colum llegaran a enterarse, Jamie podría terminar con algo más que un ojo morado.

—¿Con una esposa? —aventuré. Lo miré a los ojos y asintió con lentitud.

—Podría ser. Y ésa no es la esposa que debería tener.

—¿No? —Me sorprendí, sobre todo después de los comentarios que le había oído hacer en el corral.

—No. Necesita una mujer, no una niña. Y Laoghaire seguirá siendo una niña aun cuando cumpla cincuenta. —La boca vieja y desagradable se torció en algo similar a una sonrisa—. Tal vez crea que viví toda la vida en los establos. Pero tuve una esposa que era una mujer y sé reconocer la diferencia. —El ojo azul brilló mientras se disponía a incorporarse—. Y usted también, muchacha.

Guiada por un impulso, estiré una mano para detenerlo.

—¿Cómo supo…? —comencé. El viejo Alec resopló con sorna.

—Que tenga un solo ojo no significa que sea ciego, muchacha. —Se alejó entre bufidos. Encontré las escaleras y subí a mi habitación reflexionando sobre qué habría querido decir el viejo caballerizo con su último comentario.

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