Forastera
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El juramento
Durante los dos días siguientes hubo gran excitación, con idas y venidas y preparativos de todo tipo. Mi práctica médica disminuyó con brusquedad. Las víctimas de intoxicación estaban restablecidas y los demás parecían demasiado ocupados para ponerse enfermos. Al margen de una leve proliferación de espinas en los dedos de los muchachos que metían la leña y una erupción similar de escaldaduras y quemaduras entre las ajetreadas criadas de la cocina, tampoco hubo accidentes.
Yo también estaba excitaba. Aquella noche era la noche. La señora Fitz me había dicho que todos los guerreros del clan MacKenzie estarían en el salón para prestar juramento de fidelidad a Colum. Con la celebración de una ceremonia tan importante en el interior del castillo, nadie vigilaría los establos.
Durante las horas en que había colaborado en las cocinas y los huertos, me las había ingeniado para almacenar suficiente comida para varios días. Carecía de cantimplora para el agua, así que había hecho un arreglo con una de las jarras de vidrio más pesadas del dispensario. Tenía botas fuertes y una buena capa, cortesía de Colum. Y cogería un buen caballo. Durante mi visita de la tarde a los establos, había elegido el que pensaba llevarme. No tenía dinero, pero mis pacientes me habían pagado con dijes, cintas y entalladuras o joyas pequeñas. De ser necesario, podría canjearlos por otras cosas que me hicieran falta.
No me gustaba insultar la hospitalidad de Colum y la amistad de los habitantes del castillo marchándome sin una palabra o nota de despedida, pero después de todo, ¿qué podía decir? Había reflexionado sobre el problema y finalmente decidido partir según lo planeado. Para empezar, carecía de papel para escribir y no estaba dispuesta a arriesgarme a visitar los aposentos de Colum para procurármelo.
Una hora después de que oscureciera, me aproximé con cautela al establo, el oído alerta para detectar cualquier señal de presencia humana. Pero parecía que todos se encontraban arriba en el salón, aprestándose para la ceremonia. La puerta se atascó, pero cedió con un ligero empujón y las bisagras de cuero permitieron abrirla en silencio.
El aire del interior era cálido y animado con el débil sonido de caballos descansando. Y como solía decir el tío Lamb, tan oscuro como el interior del sombrero de un funerario. Las pocas ventanas de ventilación eran rendijas estrechas, demasiado pequeñas para dejar entrar la suave luz de las estrellas. Con los brazos estirados, entré despacio en la parte principal del establo, arrastrando los pies en la paja.
Caminé a tientas con cuidado, buscando el borde de una caballeriza para guiarme. Mis manos encontraron aire vacío pero mis canillas chocaron contra algo sólido y caí de cabeza con un grito sobresaltado que resonó en las vigas del viejo edificio de piedra.
El objeto sólido rodó, maldijo con sorpresa y me cogió con fuerza de los brazos. Me encontré ceñida contra un cuerpo masculino grande y con el aliento de alguien en mi oído.
—¿Quién es usted? —pregunté con la respiración entrecortada y echándome hacia atrás con violencia—. ¿Y qué está haciendo aquí?
Al oír mi voz, el agresor invisible aflojó la presión de sus manos.
—Debería preguntarte lo mismo, Sassenach —respondió la voz suave y profunda de Jamie MacTavish. Me relajé con alivio. Agitando la paja, Jamie se sentó.
—Aunque supongo que puedo adivinarlo —prosiguió con sequedad—. ¿Hasta dónde crees que llegarías en una noche oscura, con un caballo extraño y la mitad del clan MacKenzie tras de ti por la mañana?
Estaba enfadada, por más de un motivo.
—No me seguirían. Están todos en el salón y si uno de cada cinco está lo bastante sobrio para permanecer de pie por la mañana, ni qué decir de montar un caballo, me sorprendería muchísimo. —Jamie rió, se puso en pie y me ayudó a incorporarme. Quitó la paja de la parte trasera de mi falda con más fuerza de la que consideré estrictamente necesaria.
—Bueno, es un razonamiento bastante lógico, Sassenach —contestó, algo sorprendido de que yo fuera capaz de razonar—. O lo sería —agregó— si Colum no tuviera guardias apostados alrededor del castillo y diseminados en los bosques. Jamás dejaría el castillo desprotegido y a los guerreros de todo el clan dentro. Aunque es cierto que la piedra no arde tan bien como la madera…
Supuse que se refería a la infame Masacre de Glencoe, cuando un tal John Campbell, a las órdenes del gobierno, había asesinado a treinta y ocho miembros del clan MacDonald y quemado la casa en la que se encontraban. Calculé con rapidez. Eso debió de suceder unos cincuenta años atrás. Lo bastante reciente para justificar cualquier precaución defensiva por parte de Colum.
—En todo caso, no podrías haber escogido una noche peor para escapar —continuó MacTavish. Parecía por completo indiferente al hecho de que yo hubiera planeado huir, sólo interesado en los motivos por los que la fuga no resultaría. Era extraño—. Además de los guardias, y de que todo buen jinete de las inmediaciones se encuentra aquí, el camino al castillo estará plagado de personas que vienen de la campiña para asistir a la cacería y a los juegos.
—¿La cacería?
—Sí, por lo general de ciervos, quizá de un jabalí esta vez. Uno de los muchachos del establo le contó al viejo Alec que hay uno enorme en el bosque del este. —Apoyó una mano en el centro de mi espalda y me condujo hacia la imperceptible abertura de la puerta.
—Ven —añadió—. Te acompañaré de vuelta al castillo.
Me aparté de él.
—No te preocupes —dije, displicente—. Conozco el camino.
Jamie cogió mi codo con bastante fuerza.
—Estoy seguro de que sí. Pero no querrás estar sola cuando te encuentres con los guardias de Colum.
—¿Y por qué no? —repliqué—. No estoy haciendo nada malo. No existe ninguna ley que prohíba pasear fuera del castillo, ¿verdad?
—No. Y dudo que quisieran hacerte daño —respondió, escudriñando las sombras con aire pensativo—. Pero es muy común que un hombre tenga consigo una cantimplora para que le haga compañía mientras monta guardia. Y la bebida puede ser un compañero constante pero un mal consejero cuando uno se topa en la oscuridad con una muchacha dulce, pequeña y sola.
—Me topé contigo en la oscuridad. Y sola —le recordé con cierta audacia—. Y no soy particularmente pequeña, ni muy dulce, al menos ahora.
—Bueno, estaba dormido, no borracho —contestó él—. Y al margen de tu temperamento, eres bastante más pequeña que la mayoría de los guardias de Colum.
Decidí que aquella discusión no nos llevaba a nada y la descarté para intentar otro plan de acción.
—¿Y qué hacías durmiendo en el establo? ¿No tienes una cama en algún sitio? —Habíamos alcanzado el borde externo de los jardines de la cocina y podía ver el rostro de Jamie bajo la luz mortecina. Estaba atento mientras observaba los arcos de piedras a medida que avanzábamos.
—Sí —repuso. Continuó marchando, todavía sosteniéndome del codo. Al cabo de un momento, añadió—: Creí que haría mejor en quitarme del medio.
—¿Porque no tienes intenciones de jurar fidelidad a Colum MacKenzie? —aventuré—. ¿Y temes lo que pueda pasar?
Me miró, divertido por mis palabras.
—Algo así —confesó.
Uno de los portones laterales había quedado entornado y un farol sobre el saledizo de piedra contiguo esparcía un resplandor amarillo en el sendero. Estábamos a punto de llegar a aquel sitio iluminado cuando, de pronto, una mano me tapó la boca desde atrás y me arrojaron al suelo.
Forcejeé y mordí, pero mi captor tenía guantes y como había dicho Jamie, era bastante más grandote que yo.
A juzgar por el ruido, Jamie también parecía estar teniendo dificultades. Los gruñidos e imprecaciones amortiguados cesaron de repente con un golpe y una maldición en sonoro gaélico.
La lucha en la oscuridad se interrumpió y oí una risa desconocida.
—¿Qué ven mis ojos? Pero si es el muchacho; el sobrino de Colum. Llegas tarde a la ceremonia de juramento, ¿eh, chico? ¿Y quién está contigo?
—Es una mujer —contestó quien me sostenía—. Y muy apetitosa, por lo que parece. —La mano se apartó de mi boca y me dio un intenso apretón en otro sitio. Chillé con indignación y alcé un brazo hacia atrás. Cogí al hombre de la nariz y tiré de ella. El guardia me soltó con un juramento mucho menos formal que el que estaban a punto de prestar en el salón. Me aparté del vaho a whisky, súbitamente aliviada por la presencia de Jamie. Después de todo, quizás había sido prudente que me acompañara.
Él no parecía pensar lo mismo mientras trataba en vano de zafarse de los dos hombres que lo sujetaban. No había hostilidad en su comportamiento pero sí un considerable grado de firmeza. Comenzaron a moverse con decisión hacia el portón abierto remolcando a su cautivo.
—No, dejad que me cambie antes —protestó Jamie—. No estoy vestido para asistir a la ceremonia.
La tentativa de evasión garbosa fue frustrada por la repentina aparición de Rupert. Con su cuerpo grueso resplandeciente en una camisa de volantes y casaca de encaje dorado, salió del estrecho portón con la potencia de un corcho al saltar de una botella.
—No te preocupes por eso, muchacho —declaró y examinó a Jamie con un ojo brillante—. Te vestiremos como corresponde; adentro. —Ladeó la cabeza hacia el portón y Jamie desapareció en el interior, no por propia voluntad. Una mano carnosa se cerró en mi codo y fui forzada a seguirlo.
Al parecer, Rupert estaba de excelente humor, al igual que los demás hombres del castillo. Había quizás unos sesenta o setenta, vestidos con atuendos de gala festoneados con dagas, espadas, pistolas y bolsas. Se arremolinaban en el patio más cercano a la entrada al gran salón. Rupert indicó una puerta y los hombres empujaron a Jamie dentro de un pequeño cuarto iluminado. Sin duda era utilizado como depósito. Había objetos de todo tipo diseminados sobre las mesas y los estantes que lo amueblaban.
Rupert escudriñó a Jamie con expresión crítica, reparando en la paja de su cabello y las manchas de la camisa. Su mirada brilló cuando notó la paja en mi propio cabello. Una sonrisa cínica dividió su rostro.
—No me extraña que llegues tarde, muchacho —comentó y le dio un codazo—. Y no te culpo. ¡Willie! —gritó a uno de los hombres—. Necesitamos ropa. Algo adecuado para el sobrino del Señor. ¡Encárgate de conseguirla y pronto!
Con los labios apretados, Jamie contempló a los hombres que le rodeaban. Seis miembros del clan, ansiosos y entusiasmados por la inminente ceremonia de juramento y desbordando un feroz orgullo MacKenzie. Era evidente que el fervor se había visto acentuado por un consumo abundante del tonel de cerveza que había en el patio. Jamie se volvió hacia mí con expresión sombría. Todo aquello era por mi culpa, parecía decir su rostro.
Desde luego, podía decir que no tenía intenciones de prestar juramento de fidelidad a Colum y regresar a su cama del establo. Es decir, si deseaba recibir una buena paliza o ser degollado. Enarcó una ceja en mi dirección y se encogió de hombros. Con bastante buena voluntad, se sometió a Willie, quien regresó deprisa con un montón de ropa de hilo y un cepillo. Sobre el montón, había una gorra aplanada de terciopelo azul adornada con una insignia de metal con ramita de acebo. Cogí la gorra para examinarla mientras Jamie se ponía una camisa limpia y se cepillaba el cabello con brusquedad contenida.
La insignia era redonda y el grabado sorprendentemente delicado. Cinco volcanes en el centro, arrojando llamas muy realistas. Y en el borde, tenía el lema: Luceo non Uro.
—Brillo, no ardo —traduje en voz alta.
—Sí, muchacha. Es el lema de los MacKenzie —explicó Willie y asintió en señal de aprobación. Me arrancó la gorra de las manos y se la entregó a Jamie antes de salir corriendo a buscar más ropa.
—Eeh… lo siento —murmuré, aprovechando la ausencia de Willie para acercarme—. No quería…
Jamie, que había estado observando con desagrado la insignia de la gorra, me miró. La línea severa de su boca se aflojó.
—Ah, no te preocupes por mí, Sassenach. Tarde o temprano habría ocurrido. —Quitó la insignia de la gorra y sonrió con acritud mientras la sopesaba—. ¿Conoces mi propio lema, muchacha? ¿El de mi clan?
—No —respondí con asombro—. ¿Cuál es?
Arrojó la insignia al aire, la atrapó y la dejó caer dentro de su morral. Contempló con cierta tristeza la arcada donde los miembros del clan MacKenzie formaban hileras desordenadas.
—Je suis prêt —respondió en un francés sorprendentemente bueno. Giró la cabeza hacia atrás. Rupert y otro MacKenzie grandote que no conocía, con los rostros enrojecidos por la exaltación y algo más, avanzaban con decisión. Rupert llevaba una pieza larga de tartán de MacKenzie.
Sin preliminares, el otro hombre estiró una mano hacia la hebilla de la falda de Jamie.
—Será mejor que te vayas, Sassenach —me aconsejó Jamie—. No es lugar para una mujer.
—Ya veo —repliqué con aspereza y fui recompensada con una sonrisa irónica. El grandote envolvió la nueva falda alrededor de las caderas de Jamie y luego, en una demostración de recato, le quitó la vieja deslizándola por debajo. Él y Rupert cogieron a Jamie con firmeza de los brazos y lo empujaron hacia la arcada.
Me volví sin más demora y me abrí camino hacia la escalera que conducía a la galería de los juglares, evitando cuidadosamente la mirada de los miembros del clan con quienes me crucé. Después de girar, me detuve y me encogí contra la pared para no ser vista. Esperé un momento, hasta que el corredor estuvo desierto y entré por la puerta de la galería. La cerré con rapidez a mis espaldas antes que alguien diera la vuelta y viera adónde había ido. Las escaleras estaban apenas iluminadas por el resplandor de arriba y no tuve dificultad para moverme sobre las lajas desgastadas. Subí hacia el ruido y la luz, pensando en aquel breve y último intercambio.
Je suis prêt. «Estoy listo». Esperaba que lo estuviera.
La galería estaba iluminada con antorchas de pino; las llamas brillantes se elevaban en línea recta, delineadas en negro por el tizne dejado por sus predecesoras en las paredes. Varios rostros se volvieron y parpadearon al verme emerger de las cortinas del fondo de la galería. Al parecer, todas las mujeres del castillo estaban allí. Reconocí a la chica Laoghaire, a Magdalen, a algunas otras que había conocido en las cocinas y, por supuesto, a la robusta señora FitzGibbons, en una posición de honor cerca de la balaustrada.
Al verme, me llamó cordialmente y las mujeres se apretujaron unas contra otras para dejarme pasar. Cuando llegué, podía ver el salón entero extendiéndose debajo.
Las paredes estaban adornadas con ramas de mirto, tejo y acebo y la fragancia ascendía hasta las galerías, mezclada con el humo del fuego y los vahos malolientes de los hombres. Había docenas yendo, viniendo y conversando de pie en pequeños grupos diseminados por la sala. Todos estaban ataviados con alguna versión del tartán del clan; en ciertos casos limitada a una capa o una gorra sobre la camisa de trabajo y los calzones harapientos. Los diseños variaban muchísimo pero los colores eran en su mayoría los mismos: verde oscuro y blanco. Casi todos vestían como Jamie ahora: falda, capa, gorra y, la mayoría, con insignias. Lo descubrí de pie cerca de la pared, todavía con expresión sombría. Rupert había desaparecido entre la muchedumbre pero dos fornidos MacKenzie, obviamente guardias, flanqueaban a Jamie.
La confusión en la sala se iba organizando gradualmente en tanto los residentes del castillo empujaban y conducían a los recién llegados al extremo inferior.
Aquella noche era especial. Dos gaiteros se habían sumado al joven que había tocado la gaita durante la Audiencia; uno cuyo porte y gaita engastada en marfil lo proclamaban como gaitero mayor. Éste hizo señas con la cabeza a los otros dos y pronto el típico zumbido invadió el salón. Aunque mucho más pequeñas que las grandes gaitas del norte utilizadas en batalla, éstas hacían un bullicio de lo más efectivo.
Los punteros emitieron un trino sobre los bajos que hizo arder la sangre de los presentes. Las mujeres se agitaron a mi alrededor y recordé un verso de «Maggie Lauder»:
Oh, me llaman Rab el vehemente,
y las muchachas se vuelven locas
cuando hago sonar mi puntero.
Si no locas, las mujeres no podían negar su excitación. Proferían murmullos efusivos en tanto se inclinaban sobre la baranda, señalando a un hombre o a otro de los que se paseaban por el salón con sus mejores galas. Una muchacha avistó a Jamie. Con una exclamación ahogada, indicó a sus amigas que lo miraran. La aparición del joven generó muchos susurros y comentarios.
Algunos eran de admiración por su aspecto elegante, pero en general se limitaban a especulaciones sobre su presencia en la ceremonia. Advertí que Laoghaire en particular resplandecía como una vela al mirarlo. Recordé lo que había dicho Alec en el corral: «Sabes que su padre no le permitirá casarse con nadie ajeno al clan». ¿Y con el sobrino de Colum? El muchacho podría ser un buen partido. Salvo por el detalle de que era un fugitivo.
La música de las gaitas ascendió a un tono ferviente y luego cesó con brusquedad. Cuando la sala estuvo en absoluto silencio, Colum MacKenzie apareció por la arcada superior y avanzó con paso resuelto hacia una pequeña plataforma erigida en la parte delantera. Si bien no se esforzaba por ocultar su invalidez, tampoco alardeaba de ella. Estaba espléndido, con una casaca azul celeste con cordones de oro, botones de plata y puños de seda rosa que se doblaban casi hasta el codo. Una falda escocesa de lana fina colgaba más allá de sus rodillas, cubriendo gran parte de sus piernas y las medias a cuadros. La gorra era azul, pero la insignia plateada tenía plumas, no ramas de acebo. El salón entero contuvo el aliento mientras ocupaba su lugar en la plataforma. Fuera lo que fuera, Colum MacKenzie tenía dotes para el arte dramático.
Se volvió hacia los hombres del clan, alzó los brazos y los saludó con un grito sonoro:
—Tulach Ard!
—Tulach Ard! —respondieron con un rugido los miembros del clan. La mujer que había junto a mí se estremeció.
A esto le sucedió un breve discurso en gaélico que fue recibido con bramidos periódicos de aprobación. Y enseguida comenzó la ceremonia del juramento propiamente dicha.
Dougal MacKenzie fue el primer hombre en dirigirse hacia la plataforma de Colum. La pequeña tribuna proporcionaba a Colum la altura suficiente para que los hermanos quedaran cara a cara. Dougal iba vestido con lujo, aunque de terciopelo marrón sin adornos de oro para no distraer la atención de la magnificencia de Colum.
Dougal extrajo la daga con un floreo y se hincó de hinojos, sosteniendo la daga verticalmente por la hoja. Su voz era menos potente que la de Colum pero lo bastante fuerte para que cada palabra retumbara en el salón.
—Juro por la cruz de nuestro Señor Jesucristo y por el santo puñal que sostengo que seré fiel y leal al nombre del clan MacKenzie. Si mi mano llegara a levantarse en rebelión contra ti, ruego que este santo puñal atraviese mi corazón.
Bajó el puñal, lo besó en la unión de mango y hoja y lo volvió a guardar dentro de la vaina. Todavía arrodillado, extendió las dos manos entrelazadas hacia Colum, que las tomó entre las suyas y las llevó a los labios como aceptación del juramento prestado. Luego le ayudó a ponerse en pie.
Colum se volvió y cogió una copa de plata de una mesa cubierta con un tartán a sus espaldas. Alzó con las dos manos la pesada vasija con asas, bebió y se la ofreció a Dougal. Dougal tomó un sorbo generoso y se la devolvió. Con una reverencia final hacia el Señor del clan MacKenzie, se hizo a un lado para dejar lugar al próximo hombre.
El mismo proceso se repitió una y otra vez, desde el juramento hasta el trago ceremonial. Considerando el número de hombres alineados, el poder de Colum volvió a impresionarme. Estaba intentando calcular qué cantidad de licor habría consumido al final de la noche, contando un trago por cada juramento, cuando vi a Jamie en la primera posición en la fila.
Una vez prestado su juramento, Dougal se había apostado detrás de Colum. Vio a Jamie antes que él, que estaba ocupado con otro hombre, y noté un repentino sobresalto. Se acercó a su hermano y le masculló algo. Colum mantuvo la vista fija en el hombre que había frente a él pero se tensó ligeramente. También estaba sorprendido y, pensé, no del todo complacido.
El nivel emotivo de la sala se había intensificado con el correr de la ceremonia. Si Jamie se negaba en aquel momento a prestar juramento, no sería raro que fuera despedazado por los hombres enardecidos que lo rodeaban. Me sequé las palmas con disimulo en la falda, sintiéndome culpable por haberlo puesto en una situación tan precaria.
Parecía sereno. A pesar del calor del salón, no sudaba. Aguardó con paciencia, como ajeno a los cien hombres que lo rodeaban, armados hasta los dientes y dispuestos a sentirse agraviados ante cualquier insulto a MacKenzie y al clan. Je suis prêt, ¡de veras! ¿O habría decidido después de todo seguir el consejo de Alec?
Cuando le llegó el turno, hundí las uñas en las manos.
Jamie se hincó con gracia sobre una rodilla e hizo una profunda reverencia hacia Colum. Pero en vez de extraer su puñal para el juramento, se puso de pie y miró a Colum a los ojos. Erguido en toda su estatura, su cabeza y hombros se elevaban sobre casi todos los hombres del salón y sobrepasaban a Colum en la plataforma por varios centímetros. Me volví hacia la muchacha Laoghaire. Se había puesto pálida al ver a Jamie incorporarse. Advertí que ella también apretaba los puños con fuerza.
Todas las miradas estaban posadas en Jamie, pero él se dirigió únicamente a Colum. Su voz era tan profunda como la del Señor de los MacKenzie y cada palabra resonó con claridad.
—Colum MacKenzie, me presento ante ti como pariente y aliado. No te juraré fidelidad puesto que ya la he prometido al nombre que llevo. —Un gruñido grave y ominoso surgió de la multitud, pero Jamie lo ignoró y prosiguió—: Pero te ofrezco con generosidad cuanto poseo: mi ayuda y buena voluntad, dondequiera que las requieras. Te ofrezco mi obediencia, como pariente y como Señor, y me atendré a tu palabra en tanto mis pies descansen en las tierras del clan MacKenzie.
Se interrumpió y permaneció de pie, alto y erguido, las manos relajadas a los costados. Había llegado el momento de que Colum hablara. Una palabra, una señal, y mañana por la mañana estarían restregando del suelo la sangre de Jamie.
Por un momento, Colum no se movió. Luego sonrió y alargó las manos. Al cabo de un instante de vacilación, Jamie apoyó las suyas en las palmas extendidas.
—Nos honras con tu ofrecimiento de amistad y buena voluntad —pronunció Colum con voz clara—. Aceptamos tu obediencia y te consideramos de buena fe un aliado del clan MacKenzie.
La tensión de la sala disminuyó y un suspiro de alivio casi audible recorrió la galería en tanto Colum bebía de la copa y se la pasaba a Jamie. El muchacho la aceptó con una sonrisa. Pero en vez del habitual trago ceremonial, alzó con cuidado el recipiente casi lleno, lo ladeó y bebió. Y continuó bebiendo. Un resuello de respeto y diversión brotó de los espectadores mientras los poderosos músculos de la garganta seguían moviéndose. Sin duda se detendría pronto para respirar, pensé, pero no. Vació la pesada copa hasta la última gota, la bajó con un jadeo explosivo y se la devolvió a Colum.
—Y a mí me honra —declaró en tono ronco— ser aliado de un clan con un paladar tan exquisito para el whisky.
El comentario suscitó un rugido estruendoso y Jamie se encaminó hacia la arcada, detenido de tanto en tanto por apretones de manos y palmadas de felicitación. Al parecer, Colum MacKenzie no era el único miembro de la familia con dotes de actor.
El calor en la galería era sofocante. El humo me produjo jaqueca antes de que por fin acabara la ceremonia con lo que asumí fueron unas breves palabras conmovedoras de Colum. Imperturbable después de compartir seis copas de licor, la voz sonora todavía retumbaba en las piedras del salón. Al menos las piernas no le dolerían aquella noche, pensé, pese a haber estado de pie tanto tiempo.
Un grito masivo y el estallido de las gaitas convirtió la escena solemne en una oleada creciente de alaridos bulliciosos. Un griterío todavía más intenso acogió los toneles de cerveza y whisky que ahora aparecieron sobre caballetes, acompañados de fuentes humeantes de tortas de avena y guisos de carnero. La señora Fitz, que debió de organizar aquella parte de la velada, se inclinó precariamente sobre la balaustrada para vigilar con atención el comportamiento de los mozos, en su mayoría muchachos demasiado jóvenes para prestar un juramento formal.
—¿Dónde están los faisanes? —masculló por lo bajo, estudiando las fuentes que iban apareciendo—. ¿Y las anguilas rellenas? ¡Maldito Mungo Grant, lo despellejaré vivo si ha dejado quemar las anguilas! —Se volvió con decisión y se dirigió hacia la parte trasera de la galería, obviamente reacia a dejar el manejo de algo tan crítico como el festín en las manos inexpertas de Mungo Grant.
Viendo la oportunidad, me abrí paso detrás de ella, aprovechando la estela que iba dejando entre el gentío. Otras mujeres, agradecidas por tener un motivo para marcharse, se me unieron en el éxodo.
La señora Fitz se volvió al llegar al último escalón, vio el rebaño de mujeres a sus espaldas y frunció el entrecejo con furia.
—A vuestras habitaciones ahora mismo, muchachas —ordenó—. Si no permanecéis ocultas y a salvo será mejor que vayáis a vuestras habitaciones. Pero nada de deambular por los pasillos ni de andar espiando por los rincones. No hay un hombre en este lugar que no esté medio borracho y dentro de una hora será peor. Éste no es sitio para muchachas esta noche.
Entornó la puerta y espió con precaución el pasillo. La costa estaba despejada, de modo que instó a las mujeres a salir y las envió deprisa a sus aposentos en los pisos superiores.
—¿Necesita ayuda? —le pregunté, al llegar a su lado—. Me refiero en las cocinas.
La mujer sacudió la cabeza pero sonrió.
—No, no hace falta, muchacha. Ahora váyase, no está más a salvo que las demás. —Y con un ligero empujón me lanzó al mortecino corredor.
Después de mi encuentro con el guardia, me inclinaba a seguir el consejo. Los hombres de la sala estaban alborotados, bailando y bebiendo sin restricción ni control. No era lugar para una mujer, en eso estaba de acuerdo.
Pero hallar el camino de regreso a mi habitación era otro asunto. Me encontraba en una parte desconocida del castillo y aunque sabía que el piso siguiente tenía un pasaje abierto y techado que lo conectaba con el corredor que conducía a mi cuarto, no podía hallar nada que se pareciera a una escalera.
Giré una esquina y me topé con un grupo de miembros del clan. Eran hombres que no conocía, provenientes de las tierras remotas del clan y desacostumbrados a los modales corteses de un castillo. O al menos eso deduje cuando uno, que al parecer buscaba las letrinas, desistió de su intento y decidió aliviarse en un rincón del corredor en el instante en que yo aparecí.
Giré sobre mis talones de inmediato con la intención de regresar por donde había venido, escaleras o no escaleras. Sin embargo, varias manos me detuvieron y me encontré presionada contra la pared del pasillo, rodeada de escoceses barbudos con aliento a whisky y la violación en sus mentes.
Pasando por alto los preliminares, el hombre que estaba frente a mí me cogió de la cintura y hundió su mano dentro de mi corpiño. Se acercó más y frotó su mejilla barbuda contra mi oído.
—¿Qué te parece un dulce beso de los valientes muchachos del clan MacKenzie? Tulach Ard!
—Por siempre Irlanda —respondí con rudeza y empujé con todas mis fuerzas. Inseguro a causa del whisky, el hombre se tambaleó hacia atrás contra uno de sus compañeros. Me hice a un lado y huí, sacudiendo los pies mientras corría para quitarme los incómodos zapatos.
Otra sombra surgió frente a mí. Vacilé. Parecía haber un solo hombre delante y como diez detrás, acercándose con rapidez a pesar del cargamento de whisky en sus cuerpos. Mantuve el rumbo con prisa, calculando esquivar al hombre de enfrente. Pero se interpuso en mi camino y me detuve con tanta brusquedad que tuve que apoyarle las manos en el pecho para evitar embestirlo. Era Dougal MacKenzie.
—¿Qué demonios…? —comenzó y luego vio a los hombres que me seguían. Me empujó a sus espaldas y ladró algo en gaélico a mis perseguidores. Los hombres protestaron en el mismo idioma, pero después de un breve intercambio de gruñidos, cedieron y se marcharon en busca de un entretenimiento mejor.
—Gracias —dije, un poco aturdida—. Gracias. Me… me iré. No debería estar aquí abajo. —Dougal me miró, me cogió de un brazo y me forzó a volverme. Estaba desaliñado y era obvio que había estado participando en la jarana en el salón.
—Tiene razón, muchacha —repuso—. No debería estar aquí. Pero ya que está, tendrá que pagar por ello —murmuró. Los ojos le brillaban en la penumbra. Y sin aviso, me atrajo hacia él con violencia y me besó. Me besó con tanta fuerza que lastimó mis labios y los obligó a abrirse. Su lengua tocó la mía y el olor a whisky invadió mi boca. Me agarró con firmeza el trasero y me apretó contra él. A través de las faldas y enaguas, sentí la dureza rígida debajo de la falda escocesa.
Me soltó tan repentinamente como me había cogido. Jadeando, asintió con la cabeza y señaló el pasillo. Un rizo de cabello castaño colgaba sobre su frente y se lo apartó con una mano.
—Ahora lárguese —declaró—. Antes de que pague un precio más alto.
Me marché, descalza.
Dado los desórdenes de la noche anterior, había esperado que la mayoría de los habitantes del castillo durmieran hasta tarde, posiblemente que bajaran haciendo eses en busca de un jarro de cerveza cuando el sol alcanzara su punto más alto, asumiendo que éste decidiera salir, por supuesto. Pero los montañeses escoceses del clan MacKenzie conformaban un grupo más rudo de lo que yo creía. Mucho antes del amanecer, el castillo zumbaba como una colmena ajetreada, con voces agrias llamando de una punta a otra de los corredores y entrechocar de armaduras y taconeo de botas en tanto los hombres se aprestaban para la cacería.
El día era frío y brumoso pero Rupert, con quien me encontré en el patio camino al salón, me aseguró que era el mejor clima para cazar jabalíes.
—Esos animales tienen un pellejo tan grueso que el frío no les afecta —me explicó mientras afilaba con entusiasmo la punta de una lanza contra una piedra de afilar accionada con el pie—. Y se sienten seguros con la niebla densa a su alrededor: no ven a los hombres que se les acercan, ¿entiende?
Me abstuve de señalar que eso significaba que los cazadores tampoco podrían ver a los jabalíes a los que se aproximaban hasta estar encima de ellos.
A medida que el sol comenzaba a vetear la niebla de sangre y oro, la partida de cazadores se congregó en el patio delantero, brillantes de humedad y con las miradas iluminadas de expectación. Me alegró ver que no se esperaba que las mujeres participaran y que éstas se contentaban con repartir pan ázimo y jarras de cerveza a los héroes prestos a partir. Al contemplar el grupo de hombres alejándose hacia el bosque, armados hasta los dientes con lanzas, hachas, arcos, flechas y dagas, sentí un poco de pena por el jabalí.
Una hora después, este sentimiento dio paso a otro de respeto temeroso cuando se me mandó llamar a las afueras del bosque para vendar las heridas de un hombre que, presumí, había tropezado con la bestia en la niebla sin darse cuenta.
—¡Santo cielo! —exclamé mientras examinaba una herida abierta que se extendía desde la rodilla hasta el tobillo—. ¿Un animal hizo esto? ¿Qué tiene, dientes de acero inoxidable?
—¿Eh? —La víctima estaba pálida por el susto y demasiado alterada para contestarme, pero uno de los compañeros que lo había asistido me miró con extrañeza.
—Olvídelo —dije y tiré para ceñir bien el vendaje que había colocado alrededor de la pantorrilla lastimada—. Llévenlo al castillo para que la señora Fitz le dé un caldo caliente y frazadas. Debo coserlo, pero aquí carezco de lo necesario.
Los gritos rítmicos de los batidores todavía resonaban en la ladera envuelta en neblina. De pronto, un chillido penetrante se elevó sobre la bruma y los árboles. Un faisán sobresaltado abandonó su escondite cercano batiendo las alas con temor.
—Por el amor de Dios, ¿ahora qué? —Cogí una buena cantidad de vendas, dejé a mi paciente con sus cuidadores y me adentré a ciegas en el bosque.
La niebla era más espesa debajo de las ramas y sólo podía ver algunos centímetros por delante, pero el sonido de gritos excitados y pisadas en la maleza me guiaban en la dirección correcta.
Me rozó al pasarme por detrás. Concentrada en el griterío, no lo oí ni lo vi hasta que hubo pasado a mi lado; era una masa oscura moviéndose a una velocidad increíble, las pezuñas diminutas y absurdamente hendidas casi silenciosas sobre las hojas húmedas.
Me quedé tan aturdida por la súbita aparición que al principio no atiné a sentir temor. Me limité a contemplar la bruma en la que aquella cosa negra había desaparecido. Cuando levanté una mano para retirar los bucles que se me pegaban húmedos a la cara, vi la línea roja que la atravesaba. Bajé la vista y descubrí una línea igual en mi falda. El animal estaba herido. ¿El grito habría provenido del jabalí?
Decididamente no. Sabía reconocer el grito de un herido de muerte. Y el cerdo me había pasado con demasiada energía. Respiré hondo y continué avanzando a través de la cortina de niebla, en busca de un hombre herido.
Lo hallé al pie de una pequeña cuesta, rodeado de hombres con faldas. Lo habían cubierto con sus capas para mantenerlo caliente pero podía distinguir la roja humedad sobre la tela. Una huella ancha de barro negro revelaba el lugar por donde había rodado cuesta abajo y un montón de hojas embarradas y tierra removida, donde se había enfrentado al jabalí. Me arrodillé junto a él, aparté la tela y me puse a trabajar.
Acababa de comenzar cuando los gritos a mi alrededor me hicieron volverme. La forma pesadillesca, de nuevo silenciosa, emergió de entre los árboles.
Esta vez tuve tiempo de divisar el mango de un puñal sobresaliendo del costado del animal, quizás obra del hombre que se encontraba en el suelo frente a mí. Los colmillos amarillentos y feroces estaban teñidos de rojo, igual que los ojillos enfurecidos.
Tan pasmados como yo, los hombres empezaron a moverse y a buscar sus armas. Más veloz que el resto, un hombre alto arrancó una lanza de jabalí de las manos de un compañero paralizado y salió al claro.
Era Dougal MacKenzie. Caminaba casi con indiferencia, la lanza baja y en ambas manos, como a punto de levantar una palada de tierra. Toda su atención estaba concentrada en la bestia. Le habló en voz baja, murmurando en gaélico para inducir al animal a dejar el refugio del árbol junto al cual se encontraba.
La primera carga fue repentina como una explosión. La bestia pasó junto a él como una bala, tan cerca que la brisa resultante agitó el tartán marrón de caza. Giró de inmediato y regresó; era un montón de músculo enfadado. Dougal lo sorteó como un torero, pinchándolo con la lanza. Una, dos, tres veces. Era más una danza que un acto violento; ambos adversarios desplegaban sus fuerzas, pero con tal ligereza que parecían flotar sobre el suelo.
El episodio duró apenas un minuto, aunque pareció mucho más. Acabó cuando Dougal, después de girar a un costado para eludir los despiadados colmillos, alzó la punta de la lanza corta y sólida y la clavó entre los hombros de la bestia. Se oyó el ruido sordo y apagado de la lanza y un chillido penetrante que me erizó la piel. Los ojillos del jabalí se movieron de un lado a otro buscando frenéticamente la venganza y las pezuñas se hundieron en el barro mientras se tambaleaba, inseguro. El chillido prosiguió hasta alcanzar un tono inhumano en tanto el cuerpo pesado se derrumbaba, enterrando más profundamente el puñal en la carne velluda. Las delicadas pezuñas patearon el suelo, formando masas de tierra húmeda.
El chillido cesó de repente. Se hizo el silencio durante un momento, luego se oyó un gruñido del cerdo. Y la mole ya no se movió.
Dougal no había esperado a asegurarse de la muerte del animal; no bien hubo girado en torno al jabalí moribundo, regresó junto al hombre herido. Se arrodilló y pasó un brazo debajo de los hombros de la víctima, tomando el lugar de quien lo había estado sosteniendo. Tenía los pómulos salpicados de sangre y algunas gotas secas le pegaban el cabello a un lado.
—Ya ha pasado, Geordie —dijo, la voz ruda ahora suave—. Ya ha pasado. Está muerto. Todo va bien.
—¿Dougal? ¿Eres tú, amigo? —El hombre herido volvió la cabeza en dirección a Dougal y se esforzó por abrir los ojos.
Yo estaba sorprendida, escuchando mientras comprobaba el pulso y los signos vitales. Dougal el feroz, Dougal el cruel, hablaba al hombre a media voz repitiendo palabras de consuelo, estrechándolo con fuerza contra sí, acariciándole el cabello revuelto.
Me senté sobre los talones y levanté de nuevo el montón de capas. Una herida profunda se extendía por lo menos unos veinte centímetros desde la ingle a lo largo de todo el muslo. La sangre manaba de forma ininterrumpida. Sin embargo, no salía a borbotones; la arteria femoral no estaba cortada, lo que significaba que aún quedaba alguna oportunidad de detener el flujo.
Lo que no podía detenerse era la hemorragia en el vientre, donde los colmillos habían abierto de un tajo piel, músculos y entrañas. No había ninguna vena cortada, pero el intestino estaba perforado. Podía verlo con claridad a través del desgarro de la piel. Ese tipo de herida abdominal resultaba con frecuencia fatal, incluso contando con un quirófano moderno, suturas y antibióticos. El contenido del abdomen desgarrado se vertía dentro de la cavidad del cuerpo y contaminaba toda el área. La infección era mortal. Y allí, sin nada excepto clavos de ajo y flores de milenrama para tratarlo…
Mi mirada se topó con la de Dougal cuando él también contempló la espantosa herida. Sus labios se movieron, articulando en silencio sobre la cabeza del hombre la palabra «¿Vivirá?».
Hice un gesto negativo. Dougal se quedó quieto un instante con Geordie entre los brazos. Luego se inclinó y desató deliberadamente el torniquete de emergencia que yo había aplicado en torno al muslo. Me miró, desafiándome a que protestara, pero permanecí inmóvil excepto por una ligera inclinación de cabeza. Podía taponar la herida y permitir que el hombre fuera transportado al castillo en una parihuela. Podría regresar al castillo, sí, y subsistir allí en agonía creciente en tanto la herida abdominal se ulceraba hasta que la infección se extendiera lo suficiente para por fin matarlo, sumiéndolo quizá durante días en un largo padecimiento. Una muerte mejor, tal vez, era la que Dougal le estaba ofreciendo: morir limpiamente bajo el cielo, con la sangre del corazón manchando las mismas hojas teñidas por la sangre de la bestia que lo había matado. Me arrastré por la hierba húmeda hacia la cabeza de Geordie y alcé la mitad de su peso en mi brazo.
—Ya, ya —lo tranquilicé en el tono que me habían enseñado a utilizar en estas ocasiones—. El dolor pasará pronto.
—Sí. Ha pasado… un poco. Ya no siento la pierna… ni las manos… Dougal… ¿estás ahí? ¿Estás ahí, amigo? —Las manos entumecidas se agitaban a ciegas frente al rostro del hombre. Dougal las tomó con firmeza entre las suyas y se agachó para murmurarle algo al oído.
De repente, la espalda de Geordie se arqueó hacia atrás y sus talones se hundieron con fuerza en el barro. Era la violenta protesta de su cuerpo contra aquello que su mente ya había empezado a aceptar. De tanto en tanto boqueaba, como cualquier hombre que al desangrarse boquea en busca de aire, ávido del oxígeno por cuya falta su cuerpo agoniza.
Un gran silencio reinaba en el bosque. Los pájaros no cantaban en la niebla y los hombres que aguardaban con paciencia acurrucados a la sombra de los árboles estaban tan callados como los propios árboles. Dougal y yo, inclinados juntos sobre el cuerpo en pugna, entre susurros y palabras de consuelo, compartíamos la difícil tarea, triste y necesaria, de ayudar a un hombre a morir.
El viaje colina arriba hacia el castillo fue silencioso. Yo caminaba junto al hombre muerto, que yacía en una improvisada camilla hecha con ramas de pino. Detrás de nosotros, transportado de la misma manera, iba el cadáver de su adversario. Dougal marchaba delante, solo.
Al atravesar el portón hacia el patio central divisé la pequeña figura rechoncha del padre Bain, el sacerdote de la aldea, corriendo tardíamente en auxilio de su feligrés caído.
Dougal se detuvo. Me volví hacia la escalera que llevaba al dispensario, pero él alargó una mano y me detuvo. Los hombres que transportaban el cadáver de Geordie envuelto en capas siguieron hacia la capilla, dejándonos juntos en el corredor desierto. Dougal me cogió de la muñeca y me miró con intensidad.
—No es la primera vez que ve usted morir a alguien violentamente —afirmó sin ambages. No era una pregunta, antes bien una acusación.
—Por supuesto que no —declaré con igual franqueza. Liberé mi mano y lo dejé allí plantado para ir a atender a mi paciente con vida.
La muerte espantosa de Geordie sólo ensombreció momentáneamente los festejos. Aquella tarde se celebró un funeral en la capilla del castillo y los juegos comenzaron al día siguiente.
No pude ver demasiado, ya que estuve ocupada poniendo parches a los participantes. Todo lo que podía decir con certeza de los auténticos juegos escoceses es que se jugaban de veras. Vendé el pie de un hombre que se había cortado tratando de bailar entre espadas, entablillé la pierna rota de una víctima desafortunada que se había interpuesto en el camino de un lanzador de martillo y repartí aceite de ricino y jarabe de mastuerzo a incontables niños que se habían excedido con los dulces. Al atardecer estaba agotada.
Trepé a la mesa del dispensario para asomar la cabeza por la diminuta ventana y respirar un poco de aire. Los gritos, las risas y la música del campo donde se celebraban los juegos habían cesado. Estupendo. No más pacientes nuevos, al menos no hasta el día siguiente. ¿Qué había dicho Rupert que harían después? ¿Tiro con arco? Mmm. Comprobé la provisión de vendas y cerré con cansancio la puerta del dispensario a mis espaldas.
Dejé el castillo y caminé colina abajo hacia el establo. Necesitaba una buena compañía, que no fuera humana, no hablara ni sangrara. También esperaba encontrar a Jamie, cualquiera que fuera su apellido, para tratar de disculparme otra vez por haberlo involucrado en la ceremonia de juramento. Ciertamente había salido airoso de ella, pero de no haber sido por mí, nunca habría estado allí. En cuanto al rumor que Rupert podría estar diseminando sobre nuestra supuesta relación amorosa, prefería no pensar.
También prefería no pensar en mi propia situación, aunque tarde o temprano tendría que hacerlo. Después de mi grandioso y fallido intento de fuga al comienzo de la Reunión, me preguntaba si tendría mejores oportunidades al final. Desde luego, la mayoría de los caballos partirían con los visitantes. Pero todavía quedarían disponibles los del castillo. Y con suerte, la desaparición de uno se atribuiría a un robo casual. Había muchos tipejos de aspecto ruin merodeando por los terrenos de la feria y los juegos. Y en la confusión de la partida, podría pasar un tiempo antes de que alguien advirtiera mi ausencia.
Caminé arrastrando los pies a lo largo del cerco del corral mientras reflexionaba sobre rutas de escape. La dificultad residía en que tenía una vaguísima idea de dónde me encontraba con relación al lugar al que quería ir. Y dado que gracias a mis servicios médicos durante los juegos ahora me conocían casi todos los MacKenzie entre Leoch y la frontera, no podría pedir direcciones.
De pronto me pregunté si Jamie habría hablado con Colum o Dougal acerca de mi frustrado intento de fuga. Ninguno de los dos lo había mencionado, así que tal vez no.
No había caballos en el corral. Empujé la puerta del establo y mi corazón se detuvo al ver a Jamie y a Dougal sentados uno junto al otro sobre un fardo de paja. Parecían tan sorprendidos por mi presencia como yo por la suya, pero se pusieron cortésmente en pie y me invitaron a sentarme.
—Está bien —dije, retrocediendo hacia la puerta—. No quería inmiscuirme en la conversación.
—Nada de eso, muchacha —respondió Dougal—, lo que acabo de decir al joven Jamie también le concierne a usted.
Lancé una mirada rápida a Jamie, quien contestó con un gesto de cabeza casi imperceptible. De modo que no había hablado con Dougal acerca de mi intento de fuga. Tomé asiento, con cierta cautela hacia Dougal. Recordaba la escena en el corredor la noche del juramento, aunque él jamás se había referido a ella ni con palabras ni con gestos.
—Me iré dentro de dos días —manifestó con brusquedad—. Y os llevaré conmigo.
—¿Llevarnos adónde? —inquirí con asombro. Mi corazón se aceleró.
—A través de las tierras de los MacKenzie. Colum no viaja, así que debo visitar a los arrendatarios y colonos que no pueden venir a la Reunión. Y hacerme cargo de otros negocios aquí y allá… —Agitó una mano, descartando el asunto como algo trivial.
—¿Pero por qué yo? Quiero decir, ¿por qué nosotros? —quise saber.
Pensó un momento antes de responder.