Forastera
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El comandante de la guarnición
Nos estábamos acercando al Fuerte William y me puse a pensar seriamente en cuál sería mi plan de acción una vez que llegáramos.
Dependería de lo que el comandante de la guarnición hiciera. Si me creía una dama en apuros, tal vez me proporcionara una escolta hasta la costa y mi supuesto embarque a Francia.
Pero era posible que sospechara de mí al verme llegar en compañía de los MacKenzie. Aunque resultaba evidente que yo no era escocesa, esperaba que no me considerara alguna espía. Eso creían Colum y Dougal: que yo era espía inglesa.
Me pregunté qué se suponía que espiaba. Bueno, deduje que actividades antipatrióticas, como por ejemplo, reunir fondos para apoyar al príncipe Carlos Eduardo Estuardo, pretendiente al trono.
Sin embargo, en ese caso, ¿por qué había permitido Dougal que le viera hacerlo? Podría haberme enviado fuera antes de comenzar esa parte de la asamblea. Aunque el discurso había sido en gaélico, argumenté conmigo misma.
Esa podía ser la cuestión, reflexioné. Recordé el brillo en los ojos de Dougal al decirme que no pensaba que hablara gaélico. Tal vez había sido una prueba para saber si realmente yo ignoraba el idioma. Era obvio que no mandarían a Escocia a un espía inglés que no pudiera hablar con más de la mitad de la gente.
Pero no, la conversación que había escuchado entre Jamie y Dougal indicaba que Dougal era jacobita, aunque al parecer Colum no lo era… aún.
Comenzaba a dolerme la cabeza con todas estas suposiciones y me alegré al ver que nos aproximábamos a un pueblo bastante grande. Por lo general, eso significaba una buena posada y comida decente.
La posada era, de hecho, espaciosa, según los parámetros a los que ya me había acostumbrado. Aunque la cama parecía hecha para enanos —enanos pulgosos— por lo menos estaba en una habitación separada. En varias de las posadas más pequeñas había dormido en un catre en el salón, rodeada de hombres que roncaban y siluetas envueltas en capas escocesas.
A pesar de lo primitivo del alojamiento, solía dormirme de inmediato, exhausta después de un día a caballo y una velada con el consabido discurso político de Dougal. La primera noche en una posada, no obstante, había permanecido despierta durante más de media hora, fascinada por la variedad de ruidos que producía el aparato respiratorio masculino. Un dormitorio lleno de estudiantes de enfermería no se le parecía ni por asomo.
Mientras escuchaba aquel coro, se me ocurrió que los hombres internados en una sala de hospital rara vez roncan. Respiran hondo, jadean, gimen en ocasiones y en otras, lloran o gritan dormidos. Sin embargo, nada era equiparable a este saludable bullicio. Tal vez fuera porque los hombres heridos o enfermos no podían dormir tan profundamente como para abandonarse a semejante alboroto.
Si mis observaciones eran correctas, mis compañeros gozaban de excelente salud. Desde luego, su aspecto era saludable, despatarrados y con los rostros relajados brillando a la luz de la chimenea. El completo abandono de aquellas siluetas dormidas sobre la madera dura era producto de un apetito tan vigoroso como el de sus estómagos en la cena. Curiosamente reconfortada por aquella cacofonía, me había cubierto con mi capa de viaje y me había dormido.
En comparación, ahora me sentía desamparada en el solitario esplendor de mi pequeño y hediondo desván. A pesar de haber quitado las sábanas y golpeado el colchón para desalentar a posibles acompañantes indeseables, no podía dormir en la silenciosa oscuridad que envolvió la habitación cuando apagué la vela.
Se oían ecos distantes del salón, dos pisos más abajo, pero esto sólo servía para destacar aún más mi propio aislamiento. Era la primera vez que me habían dejado completamente sola desde mi llegada al castillo y no estaba segura de que me gustara.
Me debatía inquieta al borde del sueño cuando mis oídos captaron un crujido de las maderas del suelo del corredor. Eran pasos lentos y titubeantes, como si el intruso dudara antes de escoger las tablas más resistentes para apoyar los pies. Me senté de golpe y tanteé en busca de la vela y la caja de cerillas que había junto a la cama.
Mi mano, en su búsqueda a ciegas, golpeó la caja de cerillas, que cayó al suelo con un ruido suave. Me paralicé y las pisadas en el corredor se detuvieron.
Oí un leve sonido en la puerta, como si alguien buscara el picaporte. Sabía que la puerta carecía de cerrojo. Aunque tenía los pasadores para uno, no pude encontrarlo antes de acostarme. Cogí el candelabro, le quité la vela y me levanté con el mayor sigilo.
Las bisagras de la puerta chirriaron levemente cuando ésta se abrió. La única ventana del cuarto estaba cerrada. Sin embargo, pude distinguir la silueta al abrirse la puerta. La silueta creció: luego, para mi sorpresa, de pronto se encogió y desapareció mientras la puerta volvía a cerrarse. La calma reinó otra vez.
Me quedé apoyada contra la pared durante lo que me pareció un siglo, sin respirar siquiera, en tanto intentaba escuchar por encima de los fuertes latidos de mi corazón. Por fin, me acerqué a la puerta, siempre pegada a la pared, convencida de que las maderas del suelo eran más resistentes allí. Bajaba el pie con cuidado a cada paso y echaba el peso del cuerpo lentamente. Luego me detenía y buscaba con un pie la juntura entre dos tablones antes de apoyar el otro.
Al llegar a la puerta, me detuve con la oreja apoyada contra los delgados paneles y las manos prendidas al marco, en guardia. Creí oír un tenue sonido, pero no estaba segura. ¿Provenía de la planta baja o era la respiración contenida de alguien al otro lado de la puerta?
El constante flujo de adrenalina me mareaba. Cansada de tanta tontería, sujeté el candelabro con firmeza, abrí la puerta de un tirón y salí al pasillo.
En realidad, no llegué a salir del todo. Di dos pasos y tropecé con algo suave. Caí en medio del corredor, me lastimé los nudillos y mi cabeza se estrelló contra algo sólido.
Me senté y me toqué la frente con ambas manos, sin importarme que pudieran asesinarme en cualquier momento.
La persona a la que había atropellado mascullaba insultos en voz baja. En medio de una nube de dolor, me percaté de que se había levantado (por su tamaño y olor a sudor, supuse que mi visitante era un hombre) y buscaba los postigos de la pared.
Una súbita ráfaga de aire fresco me sobresaltó y cerré los ojos. Al abrirlos otra vez, la luz proveniente del cielo estrellado era suficiente como para que pudiera ver al intruso.
—¿Qué haces tú aquí? —pregunté en tono acusador.
Al mismo tiempo, Jamie preguntaba con igual belicosidad:
—¿Cuánto pesas, Sassenach?
—Cincuenta y siete kilos —respondí, aún confundida, antes de añadir—: ¿Por qué?
—Casi me aplastas el hígado —contestó y se tocó la zona afectada—. Además, casi me matas del susto. —Estiró la mano y me ayudó a levantarme—. ¿Estás bien?
—No, me golpeé la cabeza. —Mientras me masajeaba el lugar del golpe, busqué a mi alrededor en el corredor vacío—. ¿Con qué he tropezado? —pregunté.
—Con mi cabeza —dijo, algo malhumorado.
—Te lo mereces. ¿Qué hacías escondido detrás de mi puerta?
Me miró con fastidio.
—No estaba «escondido», por Dios. Dormía… o trataba de hacerlo.
Se pasó la mano por lo que parecía ser un chichón en la frente.
—¿Dormías? ¿Aquí? —Contemplé el frío, desnudo y sucio pasillo con exagerado asombro—. Siempre eliges lugares extraños; primero un establo y luego esto.
—Tal vez te interese saber que un pequeño grupo de dragones ingleses se ha instalado en el salón principal —me informó con voz helada—. Se han pasado un poco con la bebida y se están divirtiendo con dos mujeres del pueblo. Como sólo hay dos muchachas y cinco soldados, algunos parecían tener intenciones de subir en busca de… compañía. Pensé que no te agradaría recibirlos. —Se colocó la capa en el hombro y giró hacia la escalera—. Si me equivoqué en mi apreciación, te pido disculpas. No quise perturbar tu descanso. Buenas noches.
—Espera un momento.
Se detuvo, pero no se volvió, lo cual me obligó a dar la vuelta para ponerme delante de él. Me miró, cortés y distante a la vez.
—Gracias —expresé—. Fue muy amable por tu parte. Lamento haberte pisado.
Entonces sonrió y su rostro recuperó su habitual expresión de buen humor.
—No te preocupes, Sassenach —precisó—. En cuanto se me pase la jaqueca y las costillas se curen, estaré como nuevo.
Se volvió y abrió la puerta de mi cuarto, que se había cerrado de golpe tras mi precipitada salida. Era obvio que el constructor había edificado la posada sin un hilo de plomada. No había ni un solo ángulo recto en el lugar.
—Vuelve a la cama —sugirió—. Aquí estaré.
Eché un vistazo al suelo. Además de la dureza y el frío, los tablones de roble estaban manchados con expectoraciones, derrames y otros tipos de suciedades que ni siquiera me atrevía a imaginar. La marca del constructor en el dintel decía 1732 y era evidente que ésa era la fecha en que habían limpiado el suelo por última vez.
—No puedes dormir aquí fuera —comenté—. Pasa. Por lo menos el suelo del cuarto no está tan sucio.
Jamie se quedó paralizado con la mano en el marco de la puerta.
—¿Dormir en el cuarto contigo? —Parecía de veras horrorizado—. ¡No podría hacerlo! ¡Arruinaría tu reputación!
Lo decía en serio. Comencé a reír, pero convertí la carcajada en un discreto acceso de tos. Con las exigencias del viaje, las posadas repletas y la total carencia de instalaciones sanitarias, había llegado a un nivel de intimidad con aquellos hombres, incluyendo a Jamie, que tal pudor me resultaba de lo más divertido.
—Ya hemos dormido en la misma habitación —señalé cuando me recobré—. Junto con otros veinte hombres.
—No es lo mismo —espetó—. Quiero decir, era un salón público y… —Se interrumpió, presa de un horrible pensamiento—. ¿No habrás creído que pensé que estabas sugiriendo algo impropio, verdad? —preguntó, ansioso—. Te juro que jamás…
—No, ya sé —me apresuré a contestar para asegurarle que no me había ofendido.
Al ver que no podía convencerlo, insistí en que al menos cogiera las mantas de mi cama para acostarse. Aceptó con alguna reserva, sólo cuando le hube repetido que de todos modos no las utilizaría, ya que dormiría, como siempre, con mi capa de viaje.
De pie junto al improvisado colchón y antes de regresar a mi fétido santuario, intenté darle las gracias otra vez, pero levantó la mano en un elegante gesto de indiferencia.
—No es sólo desinteresada cortesía por mi parte. También quiero pasar inadvertido.
Había olvidado que él tenía sus propias razones para mantenerse alejado de los soldados ingleses. Sin embargo, no descarté que podría haber logrado su cometido con mayor comodidad durmiendo en los aireados y cálidos establos y no en el suelo, delante de mi puerta.
—Pero si alguien llega a subir —protesté—, te encontrarán.
Extendió su largo brazo para cerrar el postigo. El corredor volvió a sumirse en una total oscuridad y Jamie pasó a ser un bulto indefinido.
—No pueden verme el rostro —explicó—. Además, en el estado en que se encuentran, mi nombre no les diría nada. Aun cuando les diera el verdadero, cosa que no pienso hacer.
—Es verdad —concedí con algo de duda—. Pero ¿no van a preguntarse qué haces aquí, a oscuras? —No podía ver su cara, pero el tono de su voz me indicó que sonreía.
—De ninguna manera, Sassenach. Pensarán que estoy esperando mi turno.
Me reí y entré en el cuarto. Me acosté y me dispuse a dormir, maravillada por la forma en que Jamie podía hacer aquellas atrevidas bromas y, al mismo tiempo, espantarse ante la idea de dormir en mi cuarto.
Cuando desperté, Jamie ya no estaba allí. Al bajar a desayunar, encontré a Dougal al pie de la escalera, esperándome.
—Coma rápido —dijo—. Vamos a ir a Brockton.
No quiso explicarme más, pero se le veía preocupado. Comí deprisa y pronto estábamos cabalgando en medio de la bruma matinal. Los pájaros se agitaban en los arbustos y el aire prometía un caluroso día de verano.
—¿A quién vamos a ver? —pregunté—. Puede decírmelo, ya que si no lo sé, me sorprenderé, y si lo sé, soy lo bastante inteligente como para fingir sorpresa.
Dougal enarcó una ceja para mirarme. Meditó un instante y decidió que mi argumento era sólido.
—Al comandante de la guarnición del Fuerte William —contestó.
Sentí un ligero sobresalto. No estaba preparada para eso. Había pensado que todavía faltaban tres días para llegar al fuerte.
—¡Pero si no estamos cerca del Fuerte William! —exclamé.
—Mmfm.
Al parecer, este comandante de guarnición era del tipo inquieto. En lugar de contentarse con quedarse en casa a atender la guarnición, estaba inspeccionando la comarca con una patrulla de dragones. Los soldados que habían llegado a nuestra posada la noche anterior eran parte de su grupo y le habían dicho a Dougal que el comandante se hallaba en la posada de Brockton.
Aquello representaba un problema y permanecí en silencio el resto del viaje, pensando en ello. Había contado con poder separarme de Dougal en el Fuerte William, que calculaba que estaba a menos de un día de viaje de la colina de Craigh na Dun. Incluso sin los utensilios necesarios para acampar y sin comida ni recursos, pensaba que podía recorrer aquella distancia sola y encontrar el círculo de piedras. Con respecto a lo que ocurriría después… bueno, no había manera de saberlo hasta llegar allí.
Sin embargo, este nuevo acontecimiento complicaba mis planes. Si me separaba de Dougal aquí, lo cual era posible, estaría a cuatro días de viaje de la colina, no a uno. Y no tenía tanta fe en mi sentido de la orientación ni en mi resistencia como para aventurarme sola, a pie, a través de los despeñaderos y páramos desolados. Las últimas semanas de viaje agotador me habían enseñado a respetar las rocas salientes y los rápidos de las tierras altas, sin mencionar las ocasionales bestias salvajes. No tenía ningún deseo de encontrarme, por ejemplo, cara a cara con un jabalí en un valle desierto.
Llegamos a Brockton a media mañana. La neblina se había disipado y el día era soleado. Me sentí optimista. Tal vez resultara fácil, después de todo, convencer al comandante de la guarnición de que me brindara una pequeña escolta para acompañarme hasta la colina.
Comprendí por qué el comandante había elegido Brockton para hospedarse. El pueblo contaba con dos tabernas; una de ellas era un imponente edificio de tres pisos con un establo adjunto. Nos detuvimos allí y entregamos los caballos a un palafrenero que se movía tan despacio que parecía momificado. Para cuando llegó a la puerta del establo, nosotros ya estábamos dentro y Dougal pedía un refrigerio al tabernero.
Me quedé abajo, delante de un plato de galletas de avena de aspecto rancio, mientras Dougal subía la escalera hacia el santuario del comandante. Me resultó algo extraño verlo partir. Había tres o cuatro soldados ingleses en el salón, que me miraban y comentaban entre sí en voz baja. Después de un mes entre los escoceses del clan MacKenzie, la presencia de los dragones ingleses me ponía inexplicablemente nerviosa. Me dije que me estaba comportando como una estúpida. En realidad, eran compatriotas míos, aunque lo fueran de épocas diferentes.
Descubrí que echaba de menos la agradable compañía de Ned Gowan y la simpática familiaridad de Jamie no-sé-qué. Lamenté no haber tenido la oportunidad de despedirme antes de partir. De pronto, oí que Dougal me llamaba desde la escalera y me hacía señas para que subiera.
Me pareció más lúgubre que de costumbre. Se apartó en silencio para dejarme pasar y me señaló una habitación. El comandante de la guarnición estaba de pie junto a la ventana abierta. Su delgada y erecta figura se recortaba contra la luz. Emitió una risita al verme.
—Sí, por la descripción de MacKenzie, supuse que se trataría de usted. —La puerta se cerró a mis espaldas y me encontré a solas con el capitán Jonathan Randall del Octavo Regimiento de Dragones de Su Majestad.
Esta vez, llevaba un reluciente uniforme rojo y pardo, con puños de encaje, y una peluca empolvada y cuidadosamente rizada. Pero las facciones eran las mismas: el rostro de Frank. No podía respirar. En esta ocasión, sin embargo, noté el rictus despiadado de los labios y el toque arrogante de sus hombros erguidos. Sin embargo, sonrió con amabilidad y me invitó a sentarme.
La habitación tenía un mobiliario simple: un escritorio, una silla, una mesa alargada y varios bancos. El capitán Randall hizo una seña al soldado apostado junto a la puerta, quien sirvió con torpeza una jarra de cerveza y la depositó delante de mí.
El capitán, con otro gesto de la mano, indicó al soldado que volviera a su posición y se sirvió cerveza él mismo. Luego, con movimientos elegantes, se sentó en un banco del otro lado de la mesa.
—De acuerdo —pronunció en tono afable—. ¿Por qué no me cuenta quién es y cómo llegó hasta aquí?
Dado que no tenía alternativa, le relaté la misma historia que había contado a Colum, omitiendo tan sólo los groseros detalles de su propio comportamiento, que de todos modos él ya conocía. No sabía cuánto le había dicho Dougal y no quería caer en contradicciones.
El capitán se mantuvo cortés pero escéptico durante mi relato. Se molestó menos en ocultar su incredulidad que Colum. Se balanceó en el banco mientras consideraba los hechos.
—Oxfordshire, ¿no? Que yo sepa, no hay ningún Beauchamp en Oxfordshire.
—¿Cómo lo sabe? —espeté—. Usted es de Sussex.
Abrió los ojos, sorprendido. Tuve deseos de morderme la lengua.
—¿Y puedo preguntarle cómo sabe usted eso? —inquirió.
—Eh…, por su voz. Su acento —agregué enseguida—. Es obvio que es de Sussex.
Las cejas oscuras casi rozaron los rizos de la peluca.
—Ni a mis tutores ni a mis padres les alegraría saber que mi manera de hablar refleja tan claramente mi origen, señora —comentó—, después de dedicar tanto tiempo y dinero a remediarlo. Pero dado que es usted una experta en acentos locales —expuso y se volvió hacia el hombre parado junto a la pared—, sin duda podrá identificar el terruño de mi soldado. Cabo Hawkins, ¿me haría el favor de recitar algo? Cualquier cosa —añadió al ver la expresión confusa del hombre—. Algún verso popular, tal vez.
El cabo, un joven de rostro rubicundo y aspecto estúpido, miró desesperado alrededor del cuarto en busca de inspiración. Se puso en posición de firmes y entonó:
La rolliza Meg me lavaba la ropa,
y un día se le ocurrió llevársela toda.
Esperé me la trajera
y entonces la hice pagar.
—Bueno, suficiente, cabo, gracias. —Randall volvió a despedirlo con un ademán y el soldado reasumió su postura contra la pared, bañado en sudor—. ¿Y? —El capitán se volvió hacia mí, inquisitivo.
—Eh… Cheshire —arriesgué.
—Cerca. Lancashire. —Entornó los ojos y me observó. Juntó las manos a la espalda y se dirigió a la ventana para mirar afuera. ¿Acaso intentaba comprobar si Dougal había traído más hombres consigo?
De pronto, giró y me lanzó un abrupto:
—Parlez-vous français?
—Très bien —respondí de inmediato—. ¿Por qué?
Ladeó la cabeza y me miró con intensidad.
—Que me cuelguen si creo que es francesa —dijo, como si hablara consigo mismo—. Podría ser, pero jamás conocí un franchute que pudiera distinguir el acento vulgar londinense del de Cornish.
Sus uñas bien cuidadas repiquetearon en la superficie de la mesa.
—¿Cuál era su apellido de soltera, señora Beauchamp?
—Mire, capitán —manifesté con mi sonrisa más encantadora—, a pesar de lo divertido que me resulta jugar al juego de las preguntas con usted, me agradaría concluir con los preliminares y arreglar la continuación de mi viaje. Ya me he retrasado bastante y…
—No favorece a su caso que adopte usted esa actitud frívola, señora —me interrumpió con los ojos entornados. Había visto a Frank hacer eso cuando algo le disgustaba y sentí que me temblaban las rodillas. Apoyé las manos en los muslos para tranquilizarme.
—No tengo ningún caso que favorecer —declaré con toda la audacia que pude—. No exijo nada de usted ni de la guarnición, tampoco de los MacKenzie. Sólo quiero que me permitan proseguir mi viaje en paz. Y no veo razón alguna para que usted se oponga.
Me clavó la mirada y apretó los labios con fastidio.
—¿Conque no? Bueno, considere por un momento mi posición, señora, y tal vez mis razones le resulten más evidentes. Hace un mes, estaba yo con mis hombres persiguiendo a una banda de escoceses no identificados que habían huido con cierta cantidad de ganado de una propiedad cercana a la frontera, cuando…
—¡Ah, así que eso era lo que hacían! —exclamé—. No lo sabía —agregué, dócil.
El capitán Randall suspiró. Decidió guardarse lo que pensaba y continuar con su relato.
—En medio de esta legítima persecución —prosiguió en tono mesurado—, me encuentro con una mujer inglesa medio desnuda, en un lugar donde ninguna dama inglesa debería estar, ni siquiera con la escolta apropiada, que se resiste a mi interrogatorio, ataca mi persona…
—¡Usted me atacó primero! —repliqué, indignada.
—Cuyo cómplice me deja inconsciente de un golpe por la espalda y que luego huye, obviamente con ayuda de alguien. Mis hombres y yo revisamos el área con cuidado y le aseguro, señora, no hallamos rastro alguno de su sirviente asesinado, ni de su equipaje robado, ni de su vestido ni ninguna otra señal que confirme su historia.
—¿De veras? —susurré.
—Sí. Más aún, no se han registrado asaltos en esa zona durante los últimos cuatro meses. ¡Y ahora, señora, aparece usted en compañía del jefe militar del clan MacKenzie, quien me dice que su hermano Colum está convencido de que usted es una espía que se supone trabaja para mí!
—Pues no lo soy, ¿verdad? —dije razonablemente—.
Eso lo sabe, por lo menos.
—Sí, lo sé —respondió con exagerada paciencia—. ¡Lo que no sé es quién diablos es usted! Pero tengo la intención de averiguarlo, señora. No lo dude. Soy el comandante de esta guarnición. Como tal, estoy autorizado a tomar ciertas medidas a fin de preservar la seguridad de esta región en contra de traidores, espías y cualquier otra persona cuyo comportamiento juzgue sospechoso. Y, señora, estoy preparado para tomar esas medidas.
—¿Y cuáles son esas medidas? —pregunté. Quería saberlo sinceramente, aunque supongo que el tono de mi pregunta debió de ser algo provocador.
Randall se puso en pie. Me contempló un instante y rodeó la mesa hasta llegar a mí. Extendió la mano para incorporarme.
—Cabo Hawkins —llamó sin quitarme la vista de encima—, voy a necesitar su colaboración un momento.
El joven parecía profundamente incómodo, pero se acercó hasta nosotros.
—Póngase detrás de la señora, por favor, cabo —ordenó Randall en tono aburrido—. Cójala con firmeza por los codos.
Echó atrás el brazo y me pegó en la boca del estómago.
No emití sonido alguno porque me quedé sin aliento. Me senté en el suelo, doblada en dos, tratando de inspirar aire. Estaba aturdida, no por el dolor, que ya comenzaba a sentir, sino por el golpe mismo. Una arcada me sobrecogió. En una vida bastante azarosa, jamás nadie me había golpeado a propósito.
El capitán se acuclilló ante mí. Tenía la peluca algo torcida, pero aparte de ese detalle y un cierto brillo en los ojos, lucía su habitual compostura refinada.
—Confío en que no esté encinta, señora —comentó—, porque si lo está, no será por mucho tiempo.
Comencé a producir un extraño silbido a medida que el oxígeno me llegaba a la garganta. Apoyé las manos y las rodillas en el suelo y busqué a tientas el borde de la mesa. El cabo, después de una nerviosa mirada al capitán, se agachó para ayudarme.
El cuarto pareció sumergirse en oleadas de negrura. Me dejé caer en el banco y cerré los ojos.
—Míreme. —La voz era tan tranquila como si estuviera a punto de ofrecerme un té. Abrí los ojos y lo vi en medio de una ligera bruma. Tenía las manos apoyadas en sus caderas elegantemente ataviadas.
—¿Hay algo que quiera decirme ahora, señora? —inquirió.
—Tiene la peluca torcida —respondí y cerré los ojos otra vez.