Forastera
Quinta parte. Lallybroch » 26. El regreso del Señor
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Jamie había abierto la boca para contestar antes de que ella terminara, pero la conclusión lo dejó sin palabras. Cerró la boca y Jenny aprovechó su ventaja.
—Porque te quiero, a pesar de que eres un cabezota, tonto y necio. ¡Y no permitiré que te maten a mis pies sólo porque eres demasiado terco para callarte una vez en tu vida!
Los ojos azules se clavaron en los otros ojos azules y volaron chispas en todas direcciones. Jamie se tragó los insultos con dificultad mientras buscaba una respuesta racional. Parecía estar a punto de tomar una decisión. Por fin, cuadró los hombros, resignado.
—Está bien, lo siento —musitó—. Estaba equivocado y te pido disculpas.
Los hermanos quedaron mirándose mucho rato, pero Jenny no le concedió el perdón. Lo miró con atención y se mordió el labio, pero no habló. Finalmente, Jamie perdió la paciencia.
—¡Te he dicho que lo siento! ¿Qué más quieres que haga? —espetó—. ¿Acaso deseas que me ponga de rodillas? ¡Lo haré si es necesario, pero dímelo!
Jenny movió la cabeza despacio, con el labio todavía entre los dientes.
—No —respondió al fin—, no dejaré que te arrodilles en tu propia casa. Ponte de pie.
Jamie se levantó y su hermana depositó a su hijo en el sillón para cruzar el salón y detenerse frente a él.
—Quítate la camisa —ordenó.
—¡No!
Jenny le sacó los faldones de la camisa y sus dedos buscaron los botones. Si no oponía resistencia física, Jamie tendría que obedecer o someterse a ser desvestido. Con toda la dignidad que pudo reunir, se apartó, apretó los dientes y se quitó la prenda en cuestión.
Jenny se colocó detrás de él y le examinó la espalda. Su expresión impasible era igual a la que yo había visto en el rostro de Jamie cuando intentaba ocultar alguna emoción fuerte. Asintió con la cabeza, como si confirmara una antigua sospecha.
—Bueno, si fuiste un tonto, Jamie, ya has pagado por ello. —Apoyó la mano con suavidad en la espalda de su hermano para cubrir las peores cicatrices—. Debió de dolerte mucho.
—Sí.
—¿Lloraste?
Jamie apretó los puños.
—¡Sí!
Jenny giró para ponerse frente a él, con la cabeza erguida y los ojos rasgados grandes y brillantes.
—Yo también —confesó con voz queda—. Todos los días desde que te llevaron.
Los rostros de pómulos altos volvieron a convertirse en espejos recíprocos, pero la expresión que los embargaba era tal que me levanté y me dirigí a la puerta de la cocina para dejarlos solos. Cuando la puerta se cerró detrás de mí, logré ver cómo Jamie tomaba las manos de su hermana y le susurraba algo en gaélico. Jenny se acercó a él y las cabezas se juntaron en un abrazo.