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Sexta parte. La búsqueda » 34. La historia de Dougal

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La historia de Dougal

Cualesquiera que fueran las desventajas de la civilización, medité apesadumbrada, los beneficios eran innegables. El teléfono, por ejemplo. O para el caso, los periódicos, populares en ciudades como Edimburgo, o incluso Perth, pero desconocidos por completo en las recónditas tierras altas.

Sin estos métodos de comunicación, las noticias se propagaban de boca en boca y a paso de hombre. Por lo general, la gente averiguaba lo que necesitaba saber, pero con un retraso de varias semanas. De ahí que, frente al problema de averiguar el paradero exacto de Jamie, no tuviéramos mucho con qué contar salvo que alguien se encontrara con él y llevara la noticia a Lallybroch. Ese proceso podía tardar semanas. Y pronto llegaría el invierno y sería imposible viajar a Beauly. Me senté y alimenté el fuego con ramas mientras calculaba las posibilidades.

¿Qué dirección habría tomado Jamie? Desde luego, no de regreso a Lallybroch y tampoco hacia el norte, a territorio MacKenzie. ¿Al sur, a las tierras fronterizas donde podría encontrarse con Hugh Munro o con algunos de sus antiguos compañeros? No, lo más probable era que hubiera elegido el noreste, hacia Beauly. Pero si yo era capaz de deducir esto, los hombres de la Guardia también.

Murtagh volvió de recoger leña y tiró al suelo la carga. Se sentó con las piernas cruzadas y se envolvió con la capa para protegerse del frío. Levantó la vista al cielo, hacia el resplandor que desprendía la luna detrás de raudas nubes.

—Todavía no nevará —comentó con el ceño fruncido—. Dentro de una semana, tal vez dos. Podríamos llegar a Beauly antes.

Bueno, es agradable obtener confirmación de las propias deducciones, pensé.

—¿Cree que estará allí?

Al encogerse de hombros, desapareció bajo la capa.

—No hay forma de saberlo. No le será fácil viajar si tiene que ocultarse de día y mantenerse lejos de los caminos. Además, no tiene caballo. —Se rascó la barbilla con aire pensativo—. No podemos encontrarlo. Será mejor que dejemos que él nos encuentre a nosotros.

—¿Cómo? ¿Enviando señales de humo? —sugerí en tono sarcástico. Cabe una observación sobre Murtagh: no importaba las incongruencias que yo dijera, podía estar segura de que él se comportaría como si yo no hubiera hablado.

—He traído su caja de medicinas —con la cabeza señaló las alforjas en el suelo—. Ya se ha creado una buena reputación cerca de Lallybroch y deben de conocerla en toda la campiña. —Asintió ensimismado—. Sí, eso servirá. —Y sin más explicaciones, se acostó, envuelto en la capa, y se durmió tranquilamente, ajeno al viento que silbaba entre los árboles, al suave repiqueteo de la lluvia y a mí.

Pronto descubrí a qué se refería. Durante nuestra libre —y lenta— travesía por los caminos principales, nos detuvimos en cada granja, aldea y caserío por los que pasábamos. Murtagh realizaba un reconocimiento rápido de la gente del pueblo, reunía a los enfermos o heridos y me los traía para que los atendiera. Los médicos escaseaban por esta zona, por lo que siempre había algún afligido que aliviar.

Mientras yo estaba ocupada con mis tónicos y ungüentos, él charlaba con los amigos y familiares del paciente, asegurándose de describir la ruta de nuestro viaje a Beauly. Aunque por la zona no hubiera ningún paciente que curar, igualmente nos deteníamos a pasar la noche y nos refugiábamos en alguna cabaña o taberna, en donde Murtagh cantaba para entretener a nuestros anfitriones y ganarse la cena de ambos. Siempre insistía en que conservara el dinero que llevaba conmigo en caso de que lo necesitáramos cuando encontráramos a Jamie.

Dado que no era una persona locuaz por naturaleza, me enseñó algunas de sus canciones para pasar el tiempo mientras cabalgábamos de un sitio para otro.

—Tiene usted una voz decente —comentó un día después de un intento, bastante acertado por mi parte, de entonar una canción popular—. No está educada, pero es fuerte y clara. Pruebe otra vez y esta noche cantaremos juntos. Hay una taberna en Limraigh.

—¿De veras cree que funcionará? —pregunté—. Me refiero a lo que estamos haciendo.

Se movió en la montura antes de contestar. No era un jinete nato, parecía un mono entrenado para cabalgar, pero aun así, se las ingeniaba para desmontar fresco como una lechuga al final del día. Yo, en cambio, apenas lograba conducir a mi caballo antes de desplomarme.

—Oh, sí —replicó al cabo de unos minutos—. Tarde o temprano. Estos días está atendiendo a más enfermos, ¿no?

Era cierto. Y lo reconocí.

—Bueno —añadió para confirmar su idea—, eso significa que se está corriendo el rumor de sus habilidades. Y eso es lo que queremos. Pero podríamos hacer algo mejor. Por eso cantará usted esta noche. Y tal vez… —Titubeó, como reacio a sugerir algo.

—¿Tal vez qué?

—¿Sabe algo sobre adivinar el futuro? —preguntó, cauteloso. Comprendí su titubeo. Había visto el frenesí de la caza de brujas en Cranesmuir.

Sonreí.

—Un poco. ¿Quiere que lo intente?

—Sí. Cuanto más tengamos que ofrecer, más personas vendrán a vernos… y se lo contarán a otros cuando regresen. Se hablará de nosotros. De este modo, Jamie se enterará y lo encontraremos. Vale la pena intentarlo, ¿eh?

Me encogí de hombros.

—Si nos sirve de ayuda, ¿por qué no?

Esa noche en Limraigh, debuté como cantante y adivina, con un éxito considerable. Descubrí que la señora Graham tenía razón en lo que me había dicho… los rostros, no las manos, proporcionaban los indicios necesarios.

Nuestra fama creció poco a poco. A la semana siguiente, cuando entrábamos en las aldeas, la gente salía corriendo de sus cabañas para saludarnos y arrojar monedas y pequeños obsequios a nuestro paso.

—¡Podríamos llegar lejos con esto! —comenté una noche mientras guardaba las ganancias del día—. Es una pena que no haya un teatro cerca. Podríamos hacer un número de variedades en condiciones: El Mago Murtagh y Gladys, su encantadora ayudante.

Murtagh acogió el comentario con su habitual indiferencia taciturna; pero era cierto. Formábamos un buen dúo. Quizá fuera porque, pese a nuestras grandes diferencias de carácter, estábamos unidos en nuestra búsqueda.

El clima empeoró gradualmente y el ritmo de nuestra marcha disminuyó. Seguíamos sin saber de Jamie. Una noche, en las afueras de Belladrum, nos topamos con una partida de gitanos bajo una lluvia torrencial.

Parpadeé incrédula cuando vi el grupo de diminutas carretas pintadas en el claro próximo al camino. Era exacto al campamento de gitanos que venía a Hampstead Down todos los años.

Las personas también eran parecidas; de tez aceitunada, alegres, ruidosas y excelentes anfitrionas. Al sonido de nuestros arneses, asomó una mujer por la ventana de una carreta. Nos observó un momento y luego gritó. De repente, la tierra bajo los árboles cobró vida con risueños rostros morenos.

—Deme el monedero, que se lo guardo —masculló Murtagh nada risueño. Observó al joven que se acercaba a nosotros con aire petulante, indiferente a la lluvia que empapaba su vistosa camisa—. Y no le dé la espalda a nadie.

Fui cauta, pero nos recibieron abiertamente y nos invitaron a compartir la cena. Olía deliciosamente —parecía un estofado— y acepté la invitación con entusiasmo. Ignoré las especulaciones de Murtagh en cuanto a la naturaleza del animal utilizado para el guiso.

Hablaban poco inglés, menos aún gaélico. Conversamos a base de gestos y en un idioma parecido al francés. El ambiente que se respiraba en la carreta mientras cenábamos era cálido y cordial. Hombres, mujeres y niños, sentados allí donde podían, comían en sus cuencos y mojaban trozos de pan en el suculento guiso. Era mi mejor comida en semanas y la devoré hasta reventar. Apenas pude reunir aliento para cantar, pero me esforcé. Canturreé la parte más difícil y dejé que Murtagh estableciera el tono.

Nuestra actuación cosechó aplausos extasiados y los gitanos correspondieron en la misma medida. Un joven cantó una especie de lamento con el acompañamiento de un violín antiguo. La canción fue realzada con el retumbar de una pandereta que una niña de ocho años sacudía solemnemente.

Si bien Murtagh había sido algo circunspecto durante las averiguaciones que realizó en las aldeas y cabañas que visitamos, con los gitanos fue totalmente franco. Para sorpresa mía, les reveló sin ambages a quién buscábamos; un hombre corpulento, de cabellos de fuego y ojos de cielo estival. Los gitanos intercambiaron miradas a un lado y a otro de la carreta, pero hubo un movimiento unánime de cabezas. No, no lo habían visto. Pero… el jefe, el joven de camisa púrpura que nos había dado la bienvenida, expresó con gestos que enviaría un mensajero en caso de que se toparan con el hombre que buscábamos.

Sonriente, me incliné ante él mientras Murtagh gesticulaba para explicar que se entregaría dinero a cambio de la información recibida. Esto último suscitó sonrisas pero también miradas especulativas. Me alegré cuando Murtagh declaró que no podíamos quedarnos a pasar la noche, que debíamos continuar nuestro camino, pero que igualmente les estábamos agradecidos. Extrajo de su morral algunas monedas y se aseguró de hacerles ver que sólo contenía un puñado. Las distribuyó para agradecerles la cena y nos marchamos, seguidos de frases de despedida, gratitud y buenos deseos… o al menos eso me parecieron.

En realidad podían estar prometiendo seguirnos y degollarnos y, de hecho, Murtagh se comportó como si así fuera. Condujo los caballos al galope hacia la encrucijada que había a tres kilómetros de distancia. Doblamos de improviso y nos adentramos en la vegetación para tomar un desvío substancial antes de resurgir al camino.

Murtagh escudriñó hacia un lado y otro del camino, desierto bajo el crepúsculo desvaído y húmedo.

—¿De veras cree que nos han seguido? —pregunté con curiosidad.

—No lo sé, pero como ellos son doce y nosotros dos, prefiero actuar como si lo hubieran hecho.

Era un argumento razonable y lo seguí en silencio durante varias maniobras de evasión. Por fin llegamos a Rossmoor, donde encontramos refugio en un granero.

Al día siguiente nevó. Una ligera nevada, suficiente para cubrir el terreno de una fina capa blanca como la harina que cubría el suelo del molino, pero me preocupó. No me gustaba la idea de ver a Jamie, solo y a cielo raso, desafiando las tormentas invernales únicamente con la camisa y la capa que llevaba cuando lo capturó la Guardia.

Dos días después, llegó el mensajero.

El sol todavía estaba sobre el horizonte, pero ya había anochecido en los valles cercados con piedras. Las sombras eran tan alargadas bajo los árboles pelados, que el sendero —si podía llamarse así— era casi invisible. Por miedo a perder al mensajero en la creciente oscuridad, caminaba tan cerca de él que tropecé una o dos veces con su capa. Se volvió con un gruñido impaciente y me empujó delante de él; posó su mano en mi hombro y, con una ligera presión, fue guiándome en medio de la oscuridad.

Tenía la impresión de que llevábamos caminando un buen rato. Había perdido la cuenta de las vueltas que habíamos dado entre las imponentes rocas y la maleza tupida y seca. Esperaba que Murtagh no anduviera muy lejos, donde pudiera oírme aunque no verme. El hombre que había ido a buscarme a la taberna, un gitano de mediana edad que no hablaba nada de inglés, se había negado de plano a que lo acompañara otra persona además de mí. Señaló con énfasis primero a Murtagh y después al suelo para indicarle que no debía moverse de allí.

El frío nocturno se echaba rápidamente encima en esta época del año y mi capa pesada no era protección suficiente contra las súbitas ráfagas de viento gélido que barrían los claros. Me sentía desgarrada: consternada, al imaginar a Jamie totalmente desprotegido en aquellas noches frías y húmedas de otoño, y excitada ante la perspectiva de volver a verlo. Un escalofrío me recorrió la espalda, y no de frío precisamente.

El guía me detuvo y, tras una presión en mi hombro, salió del sendero y desapareció. Esperé con toda la paciencia que pude y con las manos bajo los brazos para darles calor. Estaba segura de que mi guía —o alguien— regresaría. Para empezar, no le había pagado. El viento tronaba entre las ramas secas como el galope de un ciervo huyendo del cazador, despavorido. La humedad se filtraba por mis botas; la capa de grasa de nutria impermeable se había desgastado y no había tenido ocasión de volver a aplicarla.

Mi guía reapareció tan repentinamente como se había marchado. Me mordí la lengua para reprimir un chillido de sorpresa. Con un movimiento de cabeza, me ordenó que lo siguiera y apartó una cortina de alisos muertos para dejarme pasar.

La entrada de la caverna era estrecha. Un farol ardía en un saliente y delineaba la silueta de una figura alta que se volvió hacia la entrada para ir a mi encuentro.

Me precipité hacia delante, pero antes de tocarlo, me di cuenta de que no era Jamie. La desilusión me dolió como un golpe en pleno estómago y tuve que retroceder y tragar varias veces para contener la bilis viscosa que me subía a la garganta.

Apreté los brazos a los costados y me hundí los puños en los muslos hasta que me sentí lo suficientemente tranquila para hablar.

—Un poco lejos de casa, ¿no? —pregunté con una voz que me asombró por su frialdad.

Dougal MacKenzie había observado mi lucha por controlarme con cierta compasión en su moreno rostro. Me cogió del codo y me condujo hacia el interior de la caverna. Había varios bultos apilados al fondo, muchos más de los que un caballo podía cargar. O sea que no iba solo. Y fuera lo que fuera lo que él y sus hombres transportaban, Dougal prefería no exponerlo a los ojos curiosos de posaderos y palafreneros.

—¿Contrabando, eh? —aventuré y señalé los bultos con la cabeza. Después reflexioné y respondí a mi propia pregunta—. No, no es exactamente contrabando…, provisiones para el príncipe Carlos, ¿verdad?

No se molestó en contestar. Se sentó en una roca frente a mí, con las manos en las rodillas.

—Tengo noticias —declaró con brusquedad.

Respiré hondo y me preparé. Noticias, y no buenas, a juzgar por la expresión de su rostro. Respiré de nuevo, tragué saliva y asentí.

—¿Cuáles son?

—Está vivo. —Sentí cómo se derretía en mi estómago el trozo de hielo más grande. Dougal ladeó la cabeza y me clavó la mirada. «¿Para ver si me desmayo?», pensé algo aturdida. No importaba; no lo haría.

—Lo llevaron cerca de Kiltorlity hace dos semanas —añadió sin quitarme los ojos de encima—. No fue culpa suya, sólo mala suerte. Se encontró cara a cara con seis dragones al tomar una curva en el sendero y uno lo reconoció.

—¿Lo hirieron? —Mi voz era todavía serena, pero me empezaban a temblar las manos. Las presioné contra las piernas para aquietarlas.

Dougal sacudió la cabeza.

—No, que yo sepa. —Se interrumpió un instante—. Está en la prisión de Wentworth —concluyó displicente.

—Wentworth —repetí como una autómata. La prisión de Wentworth. En su origen un fuerte fronterizo, había sido construida a finales del siglo dieciséis y ampliada a intervalos durante los ciento cincuenta años siguientes. El conglomerado de piedra grande e irregular cubría casi una hectárea de terreno, encerrado detrás de muros de granito de un metro de espesor. Pero hasta las paredes de granito tienen portones, pensé. Levanté la mirada para formular una pregunta y advertí la desgana aún reflejada en las facciones de Dougal—. ¿Hay algo más? —Los ojos pardos se fijaron en los míos, impávidos.

—Lo juzgaron hace tres días —repuso—. Y lo condenaron a la horca.

El trozo de hielo regresó, ahora en compañía. Cerré los ojos.

—¿Cuánto tiempo le queda? —pregunté. Mi voz sonaba remota a mis propios oídos y abrí los ojos. Parpadeé para enfocarlos de nuevo en la luz trémula del farol. Dougal meneaba la cabeza.

—No lo sé. Pero no mucho.

Estaba respirando mejor y abrí los puños.

—Entonces más vale que nos apresuremos —dije sin inquietarme—. ¿Cuántos hombres lleva?

En vez de responder, Dougal se levantó y se acercó a mí. Me cogió las manos y me detuvo. La compasión teñía su rostro otra vez y un profundo dolor en sus ojos me asustó más que nada de lo que había dicho hasta entonces. Movió la cabeza lentamente.

—No, muchacha —murmuró—. No podemos hacer nada.

Aterrada, solté mis manos.

—¡Sí! —exclamé—. ¡Podemos! ¡Ha dicho que estaba vivo!

—¡Y también he dicho que no por mucho tiempo! —replicó con aspereza—. ¡El muchacho está en la prisión de Wentworth, no en la fosa de los ladrones de Cranesmuir! ¡Por lo que sé, pueden colgarlo hoy o mañana o la semana que viene, pero no hay manera de que diez hombres entren por la fuerza en la prisión de Wentworth!

—¿Ah, no? —Temblaba de nuevo, pero ahora de rabia—. ¡No lo sabe…, no sabe lo que podría ocurrir! ¡Lo que pasa es que no está dispuesto a arriesgar su pellejo ni sus miserables… ganancias! —Agité un brazo acusador hacia los bultos apilados.

Dougal forcejeó conmigo y me agarró por los brazos. Le golpeé el pecho una y otra vez en un frenesí de rabia y dolor. Ignoró los golpes y me rodeó con los brazos. Me estrechó y me sostuvo hasta que dejé de luchar.

—Claire. —Era la primera vez que usaba mi nombre de pila y me asustó todavía más.

»Claire —repitió y aflojó la presión de sus brazos para que pudiera mirarlo—. ¿No cree que haría todo lo posible por liberarlo si pensara que existía la menor posibilidad? ¡Maldición, es mi hijo adoptivo! ¡Pero no hay posibilidad! ¡Ninguna! —Me dio una ligera sacudida para enfatizar sus palabras.

»A Jamie no le gustaría que desperdiciara las vidas de hombres buenos en un acto aventurado inútil. Lo sabe tan bien como yo.

Ya no podía seguir conteniendo las lágrimas. Ardieron en mis mejillas heladas mientras intentaba apartarme. Sin embargo, Dougal me apretó con más fuerza y trató de que apoyara mi cabeza en su hombro.

—Claire, querida —susurró con voz suave—. Mi corazón sufre por el muchacho, y por usted. Venga comigo. La llevaré a un sitio seguro. A mi propia casa —agregó deprisa al sentir que yo me ponía tensa—. No a Leoch.

—¿A su casa? —Una horrible sospecha comenzaba a formarse en mi mente.

—Sí. ¿No pensará que la iba a llevar de regreso a Cranesmuir, verdad? —Esbozó una ligera sonrisa antes de que las facciones severas volvieran a dibujarse—. No. La llevaré a Beannachd. Allí estará a salvo.

—¿A salvo? —repetí—. ¿O indefensa? —Bajó los brazos al oír el tono de mi voz.

—¿A qué se refiere? —La voz agradable se había vuelto gélida. Sentí frío y me ajusté la capa al tiempo que me alejaba de él.

—Mantuvo a Jamie lejos de su casa diciéndole que su hermana había dado un hijo a Randall —dije—. De ese modo, usted y su precioso hermano tendrían la ocasión de convertirlo en aliado suyo. Pero ahora que lo tienen los ingleses, han perdido toda posibilidad de controlar la propiedad a través de Jamie.

Retrocedí otro paso y tragué saliva.

—Fue cómplice en el contrato matrimonial de su hermana. A petición especial suya —suya y de Colum— ahora Broch Tuarach puede quedar en manos de una mujer. Cree que en caso de que muera Jamie, Broch Tuarach pasará a mis manos… o a las suyas si logra seducirme o forzarme a que me case con usted.

—¿Qué? —El tono era de incredulidad—. ¿Cree… cree que todo esto es un complot? ¡Virgen Santa! ¿Cree que la estoy mintiendo?

Sacudí la cabeza manteniendo aún las distancias. No confiaba en él ni una pizca.

—No, le creo. Si Jamie no estuviera en prisión, jamás se atrevería a decirme que lo está. Es muy fácil de comprobar. Tampoco creo que lo entregara a los ingleses (ni siquiera usted sería capaz de hacer algo semejante a alguien de su propia sangre). Además, si lo hiciera y algún día se enteraran sus hombres, se volverían contra usted en un segundo. Podrían tolerarle muchas cosas, pero no que traicione a un familiar. —Mientras hablaba, recordé algo—. ¿Fue usted quien atacó a Jamie cerca de la frontera el año pasado?

Sus tupidas cejas se enarcaron en señal de sorpresa.

—¿Yo? ¡No! ¡Encontré al muchacho casi muerto y lo salvé! ¿Es eso quizás un indicio de querer hacerle daño?

Debajo de la capa, deslicé la mano por mi muslo y palpé el bulto reconfortante de mi daga.

—Si no lo hizo, ¿quién fue?

—No lo sé. —Sus apuestas facciones expresaban cautela pero no ocultaban nada—. Fue uno de los tres hombres —los fugitivos— que en esa época cazaban con Jamie. Se acusaron mutuamente y no hubo forma de averiguar la verdad. —Se encogió y la capa resbaló de uno de sus hombros anchos.

»Ya no importa mucho. Dos están muertos y el tercero encarcelado, por otro asunto, pero eso no cambia mucho las cosas, ¿verdad?

—No, supongo que no. —De cualquier modo era un alivio saber que Dougal no era un asesino. No tenía motivos para mentirme ahora. Él sabía que estaba indefensa. Podía obligarme a hacer lo que quisiera. O al menos, eso podía creer. Cerré los dedos en torno a la empuñadura de la daga.

La luz en la caverna era muy escasa, pero yo observaba con atención y advertí un destello de indecisión en su rostro al elegir el siguiente paso. Avanzó hacia mí con una mano extendida pero se detuvo cuando vio que yo retrocedía.

—Claire, mi dulce Claire. —Su voz era suave y deslizó una mano insinuante por mi brazo. Por lo visto, se había decidido por la seducción antes que por la fuerza.

»Sé por qué me habla con tanta frialdad y por qué piensa mal de mí. Sabe que me consumo por usted, Claire. Es cierto…, la he deseado desde la noche de la Reunión, cuando besé sus dulces labios. —Deslizaba suavemente sus dedos por mi hombro en dirección al cuello—. Si hubiera sido un hombre libre cuando Randall la amenazó, yo mismo la habría desposado y, por usted, habría enviado al capitán al infierno. —Movía su cuerpo hacia mí y, paulatinamente, me iba arrinconando contra la pared de la caverna. Las puntas de los dedos llegaron hasta mi garganta y dibujaron la línea del cierre de mi capa.

Debió de ver mi rostro entonces, porque se detuvo, aunque no quitó la mano del pulso rápido que latía en mi garganta.

—Aun así —prosiguió—, aun a pesar de mis sentimientos, puesto que ya no se los seguiré ocultando, ¿cree que abandonaría a Jamie si hubiera alguna esperanza de salvarlo? ¡Jamie Fraser es como un hijo para mí!

—No tanto —repliqué—. Tiene a su verdadero hijo. ¿O ahora ya son dos? —Los dedos aumentaron la presión durante un segundo antes de alejarse.

—¿A qué se refiere? —En ese momento, ninguna pretensión ni ningún juego tenían sentido. Sus ojos pardos eran intensos y sus labios carnosos una línea inflexible en medio de aquella barba rojiza. Dougal era corpulento y estaba muy cerca de mí. Pero yo había ido demasiado lejos, ya no había lugar para la precaución.

—Me refiero a que sé quién es el verdadero padre de Hamish —contesté. Dougal lo había estado esperando a medias y tenía el rostro bajo control, pero el último mes adivinando el porvenir no había sido en vano. Percibí la minúscula chispa de espanto que agrandó sus ojos y el pánico repentino, enseguida sofocado, que tensó la comisura de sus labios.

Había dado en el blanco. A pesar del peligro, experimenté una intensa alegría. De modo que no me había equivocado y ese conocimiento podría ser el arma que necesitaba.

—¿En serio? —aventuró con voz suave.

—Sí —afirmé—. Y supongo que Colum también lo sabe.

Eso lo inmovilizó un momento. Entrecerró los ojos y, por un instante, me pregunté si estaría armado.

—Creo que durante un tiempo pensó que era Jamie —añadí, con la mirada puesta en sus ojos—. A causa de los rumores. Usted debió de iniciarlos, por mediación de Geillis Duncan. ¿Por qué? ¿Porque Colum empezó a sospechar de Jamie y a interrogar a Letitia? Ella no habría podido mentir por mucho tiempo. ¿O fue porque Geilie creía que usted era el amante de Letitia y usted le dijo que era Jamie para acallar sus sospechas? Es una mujer celosa, pero ahora no puede tener motivo alguno para protegerlo a usted.

Dougal sonrió con crueldad. El hielo nunca abandonó sus ojos.

—No, no puede —convino aún con voz suave—. La bruja está muerta.

—¡Muerta! —Mi rostro debió de delatar tanto estupor como mi voz. La sonrisa de Dougal se ensanchó.

—Sí. La quemaron. Primero la pusieron boca abajo en un barril de alquitrán y le echaron turba seca. Después la ataron al poste de la hoguera y le prendieron fuego como a un farol. Se fue al infierno en una columna de llamas, bajo las ramas de un serbal.

En un principio pensé que con esta despiadada descripción pretendía impresionarme, pero me equivoqué. Me eché a un lado y cuando la luz brilló en el rostro de Dougal, distinguí las arrugas de dolor que circundaban sus ojos. De modo que no había sido una exposición del horror, sino un flagelo para sí mismo. En aquellas circunstancias, no estaba yo para compadecer a nadie.

—O sea que la quería —aseveré con frialdad—. Para lo que le sirvió… A ella y al niño. ¿Qué hizo usted con él?

Se encogió de hombros.

—Me encargué de conseguirle una buena familia. Es mi hijo, un niño saludable, aun cuando su madre fuera una bruja y una adúltera.

—Y su padre un adúltero y un traidor —le espeté—. Su esposa, su amante, su sobrino, su hermano… ¿queda alguien a quien no haya traicionado y engañado? Usted…, usted… —Me atraganté con las palabras, asqueada—. No sé por qué me sorprende —agregué y traté de hablar con calma—. Si no es leal a su rey, supongo que, por pura lógica, tampoco lo sería a su sobrino o a su hermano.

Giró la cabeza con brusquedad y me clavó una mirada airada. Enarcó las cejas oscuras y tupidas, de igual trazo que las de Colum, Jamie y Hamish. Los ojos hundidos, los pómulos altos, la cabeza hermosamente modelada: la herencia del viejo Jacob MacKenzie era fuerte.

Una mano grande se cerró con firmeza en mi hombro.

—¿Mi hermano? ¿Piensa que traicionaría a mi hermano? —Por alguna razón eso lo había enfurecido. Había enrojecido de rabia.

—¡Acaba de admitir que lo hizo! —Entonces comprendí—. Los dos —continué despacio—. Lo hicieron juntos, usted y Colum. Juntos, como siempre han hecho todo.

Le aparté la mano de mi hombro.

—Colum no podía ser jefe del clan si usted no iba a la guerra en su lugar. No podía mantener unido el clan si usted no viajaba por él para cobrar las rentas y atender a las demandas. Colum no podía cabalgar, no podía viajar. Y no podía concebir un hijo para que le sucediera. Y usted no tenía hijos con Maura. Juró ser sus brazos y sus pies… —Empezaba a sentirme algo histérica—. ¿Y por qué no su pene también?

Dougal se había tranquilizado. Me observó un instante con mirada especulativa. Al parecer, decidió que yo no iría a ninguna parte, así que se sentó en uno de los fardos de mercancías a esperar a que yo terminara.

—O sea que lo hizo con el conocimiento de Colum. ¿Letitia se prestó? —Ahora que conocía la crueldad que poseían los hermanos MacKenzie, no descartaba la posibilidad de que la hubieran violado.

Dougal asintió. Su enfado se había esfumado.

—Sí, de muy buena gana. Yo no le gustaba especialmente, pero quería un hijo… lo suficiente para llevarme a su cama durante los tres meses que nos llevó concebir a Hamish. Fue una tarea muy aburrida —añadió con aire pensativo y se rascó el barro de la bota—. Un budín de leche caliente es más ardiente que ella.

—¿Le dijo eso a Colum? —pregunté, irritada. Dougal levantó la cabeza. Me contempló unos segundos y una débil sonrisa iluminó su cara.

—No —susurró—. No lo hice. —Se contempló las manos y las volvió como si buscara algún secreto oculto en sus líneas.

»Le dije —prosiguió a media voz— que era tierna y dulce como un melocotón maduro. Todo lo que un hombre podía desear en una mujer.

Cerró las manos de repente y me miró. Aquella imagen fugaz del hermano de Colum volvió a velarse bajo la mirada sarcástica de Dougal MacKenzie.

—Tierna y dulce no sería exactamente como yo la describiría a usted —señaló—. Pero todo lo que un hombre puede desear…

Sus penetrantes ojos iniciaron un lento recorrido por mi cuerpo deteniéndose en la redondez de mis pechos y caderas, que asomaban por la capa entreabierta. Inconscientemente, la mano de Dougal comenzó a acariciarse el muslo.

—¿Quién sabe? —agregó como hablando consigo mismo—. Podría tener otro hijo…, esta vez legítimo. Es cierto… —Ladeó la cabeza y observó mi abdomen—. Aún no ha ocurrido con Jamie. Quizá sea estéril. Pero correré el riesgo. Vale la pena.

Se levantó y dio un paso hacia mí.

—¿Quién sabe? —repitió con suavidad extrema—. Si arara ese hermoso surco y lo sembrara todos los días… —Las sombras en la pared de la caverna se alteraron con brusquedad cuando adelantó otro paso.

—¡Sí que ha tardado! ¡Maldita sea! —dije airada.

Una expresión entre incrédula y asustada asomó al rostro de Dougal antes de que advirtiera que yo miraba detrás de él, hacia la entrada de la caverna.

—No me pareció correcto interrumpir —respondió Murtagh. Entró en la caverna empuñando un par de pistolas cargadas. Con una apuntaba a Dougal y con la otra gesticulaba.

—A no ser que quiera aceptar aquí y ahora la última proposición, le sugeriría que se marchara. Pero si piensa aceptarla, entonces me iré yo.

—Nadie se va todavía —declaré—. Siéntese —dije a Dougal. Seguía de pie, con los ojos clavados en Murtagh como si fuera un fantasma.

—¿Dónde está Rupert? —preguntó tras recuperar la voz.

—Ah, Rupert. —Murtagh se rascó la barbilla con el cañón de una pistola mientras meditaba la respuesta—. Ya debe de estar en Belladrum. Supongo que regresará antes del amanecer… con el barril de ron que cree que le enviaste a buscar. El resto de tus hombres aún duerme en Quinbrough.

Dougal tuvo la gentileza de reírse, aunque con cierta desgana. Volvió a sentarse con las manos en las rodillas y paseó la mirada entre Murtagh y yo. Hubo un breve silencio.

—¿Y bien? —preguntó—. ¿Ahora qué?

¡Buena pregunta! La sorpresa de encontrar a Dougal en vez de a Jamie, el sobresalto que sus revelaciones me habían causado y la rabia por sus últimas proposiciones no me habían dejado tiempo para pensar en qué debía hacerse. Por fortuna, Murtagh estaba mejor preparado. Bueno, después de todo, él no había estado ocupado en repeler avances lascivos.

—Necesitaremos dinero —se apresuró a decir—. Y hombres. —Echó un vistazo a los bultos apilados contra la pared—. No —dijo pensativo—. Eso será para el rey Jacobo. Pero nos llevaremos lo que tengas encima. —Sus pequeños ojos oscuros se volvieron hacia Dougal y el cañón de una pistola señaló su morral.

Una importante observación con respecto a la vida en las tierras altas escocesas era que, por lo visto, provocaba cierta actitud fatalista. Con un suspiro, Dougal introdujo una mano en su morral y arrojó un pequeño monedero a mis pies.

—Veinte monedas de oro y unos treinta chelines —pronunció y enarcó una ceja hacia mí—. Puede cogerlo todo.

Al ver mi expresión escéptica, meneó la cabeza.

—Lo digo en serio. Piense lo que quiera de mí. Jamie es el hijo de mi hermana y si puede liberarlo, que Dios la acompañe. Pero no puede. —Su tono fue terminante.

Volvió los ojos hacia Murtagh, que todavía sostenía las pistolas con firmeza.

—En cuanto a los hombres, no. Si tú y la muchacha queréis suicidaros, no puedo deteneros. Incluso me ofreceré a enterraros, uno a cada lado de Jamie. Pero no os llevaréis a mis hombres al infierno con vosotros, con pistolas o sin ellas.

Se cruzó de brazos y se reclinó contra la pared de la caverna. Nos observó con tranquilidad.

Las manos de Murtagh no se apartaron del blanco. Sin embargo, sus ojos brillaron hacia mí. ¿Quería que le disparara?

—Le ofrezco un trato —sugerí.

Dougal enarcó una ceja.

—En este momento, está en mejor posición que yo para negociar —replicó—. ¿Cuál es su oferta?

—Déjeme hablar con sus hombres —expliqué—. Si deciden venir conmigo por voluntad propia, entonces les dejará que lo hagan. De lo contrario, nos iremos como vinimos y además le devolveremos su dinero.

Me dirigió una sonrisa torcida. Me miró con atención, como si evaluara mi poder de persuasión y mi habilidad como oradora. Luego se echó hacia atrás con las manos en las rodillas. Asintió.

—Trato hecho.

Al final, dejamos el valle de la cueva con el monedero de Dougal y cinco hombres, además de Murtagh y yo: Rupert, John Whitlow, Willie MacMurtry y los hermanos mellizos, Rufus y Geordie Coulter. Fue la decisión de Rupert lo que convenció a los demás. Todavía podía ver —con un sentimiento de sombría satisfacción— la expresión en el rostro de Dougal cuando su lugarteniente regordete y de barba negra me miró con aire especulativo, se palmeó las dagas en el cinto y dijo: «Sí, muchacha, ¿por qué no?».

La prisión de Wentworth estaba a cincuenta y cinco kilómetros de distancia. Media hora de viaje en un coche veloz por una buena carretera. Dos días de marcha penosa a caballo sobre barro semicongelado. «No por mucho tiempo». Las palabras de Dougal reverberaban en mis oídos y me mantenían en la montura mucho más allá del momento crítico en que me habría desplomado por la fatiga.

Sometí mi cuerpo a un esfuerzo límite para conservarlo sobre la montura durante los largos y agotadores kilómetros. Pero mi mente no tenía mejor cosa que hacer que estar preocupándose. Como no quería pensar en Jamie, pasaba el tiempo recordando el encuentro con Dougal en la caverna.

Y lo último que me había dicho. Ya fuera de la pequeña cueva y mientras esperábamos que Rupert y sus compañeros bajaran los caballos de un escondite en lo alto del valle, Dougal se había vuelto hacia mí con brusquedad.

—Tengo un mensaje para usted —dijo—. De la bruja.

—¿De Geilie? —Decir que me sobresalté sería poco.

No podía verle el rostro en la oscuridad, pero noté que su cabeza se ladeaba en señal de asentimiento.

—La vi por última vez —murmuró—, cuando fui a llevarme al niño.

En otras circunstancias, habría sentido lástima por él, despidiéndose de su amante condenada a la hoguera y sosteniendo al niño que habían concebido juntos, un hijo que él nunca podría reconocer. Pero tal como estaban las cosas, mi voz fue como un témpano de hielo.

—¿Qué le dijo?

Hizo una pausa. No sé si porque era reacio a revelarme la información o trataba de asegurarse de sus palabras. Al parecer, fue lo segundo, puesto que habló con cuidado.

—Dijo que si volvía a verla, debía decirle dos cosas, tal como ella me las dijera. La primera era: «Creo que es posible, pero no lo sé». Y la segunda… la segunda eran sólo números. Me hizo repetirlos para comprobar que los había memorizado bien, puesto que debía decirlos en un cierto orden. Los números eran uno, nueve, seis y siete. —La alta figura se volvió hacia mí en la oscuridad con mirada inquisitiva.

—¿Significan algo?

—No —respondí y me alejé hacia mi caballo. Pero por supuesto, significaban algo para mí.

«Creo que es posible». Sólo podía referirse a una sola cosa. Geilie pensaba —aunque no lo sabía— que era posible regresar a mi época y lugar a través del círculo de piedras. Era evidente que ella no lo había intentado sino que había escogido —a sus expensas— permanecer. Sin duda había tenido sus propios motivos. ¿Dougal, quizá?

En cuanto a los números, también creía saber qué significaban. Geilie se los había dicho a Dougal en forma separada por un hábito de reserva ya encarnado en ella, pero en realidad, formaban parte de un único número. Uno, nueve, seis, siete. Mil novecientos sesenta y siete. El año en que ella había desaparecido y venido al pasado.

Experimenté una punzada de curiosidad y profundo pesar. ¡Qué pena que no viera la marca de la vacuna en su brazo hasta que fue demasiado tarde! ¿Y sin embargo, si la hubiera visto antes, habría regresado al círculo de piedras, tal vez con su ayuda, y abandonado a Jamie?

Jamie. Pensar en él era imaginar una plomada en mi mente, un péndulo que oscilaba en el extremo de una soga. «No por mucho tiempo». El camino se hacía interminable y monótono; en ocasiones, moría en pantanos congelados o extensiones de agua abiertas que otrora habían sido praderas y páramos. Bajo una llovizna helada que pronto se convertiría en nieve, alcanzamos nuestro objetivo al atardecer del segundo día.

El edificio se alzaba negro contra el cielo encapotado. Construido en forma de cubo gigante, ciento veinte metros de cada lado y con una torre en cada esquina, podía albergar a trescientos prisioneros, además de los cuarenta soldados de la guarnición y su comandante, el alcalde de la prisión y su personal, y las cuatro docenas de cocineros, ordenanzas, mozos de cuadra y otros asistentes necesarios para el funcionamiento del establecimiento: la prisión de Wentworth.

Alcé la vista hacia los muros amenazantes de granito verdusco de Argyll, de sesenta centímetros de espesor en la base. Ventanas diminutas atravesaban las paredes aquí y allá. Algunas comenzaban a iluminarse. Otras, que supuse que eran las celdas de los prisioneros, permanecieron oscuras. Tragué saliva. Cara a cara frente al imponente edificio, de muros impenetrables, portones monumentales y guardias de casacas rojas, comencé a dudar.

—¿Qué ocurrirá…? —Mi boca estaba seca y tuve que interrumpirme para humedecerme los labios—. ¿Qué ocurrirá si no lo logramos?

La expresión de Murtagh era la de siempre; la boca inflexible y la barbilla, hosca y estrecha, contraída dentro del cuello sucio de la camisa. No se alteró cuando se volvió hacia mí.

—Entonces, Dougal nos enterrará con Jamie, uno a cada lado —respondió—. Vamos, tenemos trabajo que hacer.

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