Forastera

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Séptima parte. El santuario » 35. La prisión de Wentworth

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El aire en la celda, sofocante a causa del humo de las antorchas, era tranquilo excepto por la respiración entrecortada de los dos hombres y los batacazos ocasionales de la madera contra la piel. Temía hablar por temor a distraer la precaria concentración de Jamie, así que subí los pies a la cama y me encogí contra la pared para no estorbar.

Me daba cuenta —y también el ordenanza, a juzgar por la tenue sonrisa de anticipación— de que Jamie se estaba cansando con rapidez. Ya era increíble de por sí que se mantuviera en pie; tanto más, que pudiera pelear. Los tres sabíamos que la lucha no podía durar mucho más. Si Jamie quería tener una oportunidad, debía moverse pronto. Usando la pata del taburete para lanzar golpes cortos y violentos, avanzó con precaución hacia Marley y lo acorraló en un rincón para limitar sus movimientos. Pero el ordenanza captó la intención como por instinto y su brazo describió el curso horizontal de un golpe feroz con la idea de hacer recular a Jamie.

En vez de retroceder, Jamie se adelantó. Recibió la fuerza total del impacto en el costado izquierdo mientras descargaba el palo con ímpetu en la sien de Marley. Absorta en la escena, no había prestado atención al cuerpo de Randall postrado en el suelo cerca de la puerta. Pero cuando el asistente se tambaleó con los ojos nublados, oí el sonido de botas arrastrándose sobre la piedra y una respiración penosa chirrió en mi oído.

—Buena pelea, Fraser. —La voz de Randall estaba ronca por el ahogo, pero tan serena como siempre—. Aunque te ha costado algunas costillas, ¿eh?

Jamie se apoyó contra la puerta. Jadeaba mucho y todavía sostenía el palo con el codo apretado contra un costado. Dirigió la mirada al suelo para medir la distancia.

—No lo intentes, Fraser —le advirtió Randall con voz melosa—. Ella morirá antes de que des el segundo paso. —La hoja fría y fina del cuchillo pasó junto a mi oreja y la punta se detuvo en la mandíbula.

Aún contra la pared, Jamie evaluó la escena con objetividad por un momento. Con un esfuerzo repentino, se enderezó dolorosamente y se quedó parado, tambaleante. El palo resonó en el suelo de piedra con un ruido hueco. La punta del cuchillo se clavó apenas un milímetro, pero, aparte de eso, Randall no se movió cuando Jamie recorrió pausadamente los pocos centímetros que lo separaban de la mesa. En el camino, recogió el mazo del suelo y lo balanceó delante de él, sin intención agresiva aparente.

El mazo cayó ruidosamente sobre la mesa y el mango viró con tanta intensidad que llevó la pesada cabeza casi hasta el borde. Herramienta sólida y sencilla, yacía oscura y pesada sobre el roble. Un cesto de caña con clavos se entremezclaba en el revoltijo de objetos que había a un extremo de la mesa; tal vez abandonado por los carpinteros que habían amueblado la habitación. La mano sana de Jamie, con los dedos rectos y largos delineados en oro por la luz, se agarró con firmeza al extremo de la mesa. Con un esfuerzo que sólo podía imaginar, se sentó lentamente en la silla y desplegó ante sí ambas manos sobre la superficie de madera marcada, a unos centímetros del mazo.

Durante todo el doloroso trayecto, había mantenido la mirada de Randall y ahora no vaciló. Asintió en mi dirección sin mirarme y dijo:

—Suéltala.

La mano que asía el cuchillo pareció relajarse una pizca. La voz de Randall sonó divertida y curiosa.

—¿Por qué habría de hacerlo?

Jamie daba la impresión de tener absoluto control de sí mismo, pese a su rostro pálido y al sudor, que como lágrimas, corría indiferente por sus mejillas.

—No puedes empuñar un cuchillo contra dos personas a la vez. Mata a la mujer o aléjate de ella y te mataré. —Habló con suavidad y con severa amenaza bajo el pausado acento escocés.

—¿Y qué me impide mataros a los dos?

Habría asegurado que Jamie sonreía sólo porque se le veían los dientes.

—¿Y defraudar al verdugo? Sería difícil de explicar por la mañana, ¿no crees? —Señaló con la cabeza el bulto inconsciente en el suelo—. No habrás olvidado que tuviste que pedirle a tu asistente que me atara con la soga antes de que me rompieras la mano.

—¿Y? —El cuchillo se mantenía inmóvil junto a mi oreja.

—Tu ayudante no te servirá de nada por un buen rato. —Esto era muy cierto. El monstruoso ordenanza yacía boca abajo y respiraba con ronquidos discordantes. Conmoción cerebral severa, decidí de manera mecánica. Posible hemorragia cerebral. Me importaba un comino que muriera ante mis propias narices.

—Tú solo no puedes conmigo, aunque tenga una mano inutilizada. —Jamie sacudió la cabeza despacio mientras evaluaba el tamaño y la fuerza de Randall—. No. Soy más grande y mucho mejor luchador que tú. Si no tuvieras a la mujer, te arrebataría el cuchillo y te lo hundiría en la garganta. Y lo sabes. Por eso no la has herido aún.

—Pero está en mi poder. Puedes marcharte, desde luego. Hay una salida bastante cerca. Pero eso significaría la muerte de tu esposa… Dijiste que era tu esposa, ¿no?

Jamie se encogió de hombros.

—Y la mía también. No llegaría lejos con toda la guarnición tras de mí. Que me maten de un tiro al aire libre podría ser mejor que ser colgado aquí, pero no es mucha la diferencia. —Una mueca de dolor cruzó su cara y contuvo el aliento un instante. Cuando respiró de nuevo, lo hizo con resuellos entrecortados. La conmoción que lo había estado protegiendo de lo peor del dolor se estaba desvaneciendo.

—O sea que estamos en un callejón sin salida. —El comedido tono inglés de Randall era desenfadado—. ¿Alguna sugerencia?

—Sí. Me deseas. —La fría voz escocesa era desapasionada—. Deja ir a la mujer y me tendrás. —La punta del cuchillo se movió un milímetro y lastimó mi oreja. Sentí el pinchazo y el hilo de sangre—. Haz lo que quieras conmigo. No me resistiré, aunque te dejaré que me ates si lo crees necesario. Y nunca lo mencionaré en el futuro. Pero antes sacarás a la mujer de esta prisión. —Mis ojos se posaron en la mano herida de Jamie. Una mancha de sangre crecía debajo del dedo medio y comprendí con estupor que apretaba el dedo a propósito contra la mesa para que el dolor lo ayudara a mantenerse consciente. Estaba negociando mi vida con lo único que le quedaba…, su cuerpo. Si se desmayaba, ya no habría ninguna oportunidad.

Randall se había relajado por completo. El cuchillo descansó con descuido en mi hombro derecho mientras el capitán reflexionaba. Yo también lo hice. Jamie iba a ser colgado a la mañana siguiente. Tarde o temprano, notarían su ausencia y se registraría el castillo. Era probable que se tolerara cierta brutalidad entre los oficiales y caballeros —estaba segura de que eso incluiría una mano rota o una espalda despellejada— pero de ahí a pasar por alto las otras inclinaciones de Randall era otro cantar. Al margen de que Jamie fuera un prisionero condenado, si al día siguiente al pie de la horca denunciaba abusos por parte de Randall, se abriría una investigación. Y si el examen físico confirmaba la denuncia, sería el fin de la carrera de Randall y quizá también de su vida. Pero si Jamie juraba guardar silencio…

—¿Me das tu palabra?

Los ojos de Jamie eran como dos llamas azules en el pergamino de su cara. Al cabo de un momento, asintió con lentitud.

—A cambio de la tuya.

La atracción de una víctima reacia y sumisa al mismo tiempo era irresistible.

—Trato hecho. —El cuchillo dejó mi hombro y oí el susurro de metal al ser envainado. Randall pasó por delante de mí, dio la vuelta a la mesa y recogió el mazo. Lo sostuvo en alto y aventuró en tono irónico—: ¿Me permites que ponga a prueba tu sinceridad?

—Sí. —La voz de Jamie fue tan firme como sus manos, abiertas y quietas sobre la mesa. Traté de hablar, de protestar, pero mi garganta se había secado.

El capitán se movió sin prisas. Se inclinó para coger un clavo del cesto de caña. Colocó la punta con cuidado y descargó el mazo. El clavo atravesó la mano derecha de Jamie y se hundió en la mesa con cuatro golpes vigorosos. Los dedos rotos se crisparon y se estiraron de pronto, como las patas de una araña pinchada en un cuadro de colección.

Jamie gimió y sus ojos se agrandaron y se quedaron en blanco. Randall bajó el mazo con delicadeza. Cogió a Jamie por la barbilla y le volvió el rostro hacia arriba.

—Ahora bésame —susurró y bajó la cabeza hacia la boca pasiva.

Cuando la levantó, la expresión en su rostro era lánguida y sus ojos tiernos y distantes. Una sonrisa curvaba su boca carnosa. En otro tiempo, yo había amado esa sonrisa y esa mirada lánguida me había hecho arder de deseo. Ahora me daban asco. Las lágrimas se infiltraron por la comisura de mis labios aunque no recordaba haber empezado a llorar. Randall se quedó un momento como transportado, contemplando a Jamie. Luego recordó, se sacudió y volvió a desenvainar el cuchillo.

La hoja cortó con descuido la soga alrededor de mis muñecas y me rozó la piel. Apenas tuve tiempo de frotarme las manos para restablecer la circulación antes de que el capitán me instara a incorporarme y me empujara hacia la puerta.

—¡Espera! —exclamó Jamie a nuestras espaldas y Randall se volvió con impaciencia.

»¿Me permitirás despedirme? —Era una afirmación más que una pregunta y Randall titubeó unos segundos. Luego asintió y me dio un empellón hacia la figura inmóvil. El brazo sano de Jamie me rodeó los hombros y hundí mi rostro húmedo en su cuello.

—No debes hacerlo —murmuré—. No debes. No te dejaré.

Su boca era cálida junto a mi oído.

—Me colgarán por la mañana, Claire. Lo que suceda conmigo a partir de ahora no le importa a nadie. —Retrocedí y le clavé la mirada.

—¡A mí me importa! —Los labios tensos temblaron y formaron casi una sonrisa. Jamie alzó la mano libre y la apoyó en mi mejilla húmeda.

—Lo sé, mo duinne. Y por eso te irás ahora. Así sabré que hay alguien a quien todavía le importo. —Me estrechó, me besó con suavidad y susurró en gaélico—: Te dejará ir porque cree que estás indefensa. Yo sé que no lo estás. —Me soltó y agregó en inglés—: Te amo. Ahora vete.

Randall se detuvo mientras cruzábamos la puerta.

—Regresaré pronto. —Era la voz de un hombre que abandonaba a su amante a disgusto. Se me encogió el estómago.

La luz de la antorcha a sus espaldas perfilaba su silueta con un halo rojizo; Jamie inclinó la cabeza con gracia hacia la mano clavada en la mesa.

—Supongo que aquí estaré.

Jack el Negro. El típico nombre de pillos y rufianes en el siglo dieciocho. Ingrediente básico de la ficción romántica, el nombre evocaba salteadores de caminos apuestos, espadas brillantes y sombreros con plumas. La realidad caminaba junto a mí.

Nadie se detiene nunca a pensar qué sirve de fundamento a la novela romántica. La tragedia y el terror, transmutados por el tiempo. Agreguemos un poquito de arte para la narración y voilà!, una novela conmovedora que acelera la sangre y arranca suspiros a las muchachas. Mi sangre estaba acelerada, eso seguro, y jamás muchacha alguna había suspirado como Jamie mientras sostenía su mano despedazada.

—Por aquí. —Era la primera vez que Randall hablaba desde que habíamos dejado la celda. Indicó un nicho estrecho en la pared sin antorchas que lo iluminaran: la salida que le había mencionado a Jamie.

Yo ya me había recuperado lo suficiente para poder hablar, y lo hice. Di un paso atrás para que la luz de las antorchas cayera de lleno sobre mí, puesto que quería que él recordara mi rostro.

—Me preguntó usted, capitán, si era yo una bruja —comencé con voz baja y firme—. Ahora le responderé. Sí, soy una bruja. Y como tal, lo maldigo. Usted se casará, capitán. Y su esposa le dará un hijo. Pero usted no vivirá para conocer a su primogénito. Lo maldigo con conocimiento, Jack Randall…, le diré la hora de su muerte.

Su cara estaba en sombras, pero el destello de sus ojos me revelaba que me creía. ¿Y por qué no habría de hacerlo? Yo decía la verdad, y lo sabía. Podía ver las líneas en el árbol genealógico de Frank como si estuvieran dibujadas en las líneas de argamasa entre las piedras de la pared y los nombres escritos en ellas.

—Jonathan Wolverton Randall —pronuncié despacio y leyendo de las piedras—. Nacido el 3 de septiembre de 1705. Muerto… —El capitán hizo un movimiento convulsivo hacia mí, pero no lo bastante rápido para acallarme.

Una puerta angosta en el fondo del nicho se abrió de golpe con el chirrido de bisagras. Mis ojos esperaban mayor oscuridad, pero el intenso resplandor de luz sobre la nieve los cegó. Un empujón desde atrás me lanzó de cabeza dentro del cúmulo de nieve y la puerta se cerró con violencia a mis espaldas.

Yacía en una especie de foso detrás de la prisión. La nieve a mi alrededor tapaba pilas de algo…, los desechos de la prisión, supuse. Había algo duro debajo del foso en el que había caído; quizá madera. Contemplé la pared que se alzaba ante mí. Huellas y chorreras a lo largo de la piedra marcaban el trayecto de la basura arrojada a través de una puerta corrediza a doce metros de altura. Debía de ser la sección de la cocina.

Rodé y me apoyé para levantarme. De pronto, me encontré frente a un par de ojos azules muy abiertos. El rostro estaba casi tan azul como los ojos y duro como el tronco de madera con el que lo había confundido. Me puse de pie con vacilación, tragué saliva y retrocedí bamboleante contra la pared de la prisión.

«Baja la cabeza y respira hondo —me dije con firmeza—. No vas a desmayarte. Has visto antes hombres muertos, montones. No vas a desmayarte. Cielos…, tenía ojos azules como… ¡Maldición, no te desmayarás!».

Mi respiración se tranquilizó por fin y también mi pulso enloquecido. A medida que el pánico cedía, me forcé a acercarme a la figura patética mientras me enjugaba las manos en la falda. No sé si fue lástima, curiosidad o espanto lo que me hizo volver a mirar. No obstante, visto sin el factor sorpresa, no había nada de atemorizante en el hombre muerto; nunca lo hay. No importa cómo muera un hombre, presenciar un alma humana sufriendo es lo verdaderamente horrible; ya muerto el individuo, lo que queda no es más que un objeto.

El extraño de ojos azules había sido colgado. No era el único habitante del foso. No me molesté en cavar entre la nieve, pero ahora que sabía lo que contenía, divisé con claridad el contorno de miembros congelados y cabezas. Por lo menos yacían una docena de hombres, aguardando un deshielo que facilitaría sus entierros o ser devorados por las bestias del bosque cercano.

El pensamiento me arrancó de mi inmovilidad. No tenía tiempo para perder en meditaciones u otro par de ojos azules mirarían fijo y sin ver en medio de la nieve.

Tenía que encontrar a Murtagh y a Rupert. La puerta trasera oculta tal vez fuera útil. Era obvio que no estaba fortificada ni custodiada como los portones principales y otros accesos a la prisión. Pero necesitaba ayuda, y pronto.

Levanté la mirada hacia el borde del foso. El sol estaba bastante bajo y resplandecía entre una bruma de nubes sobre las copas de los árboles. El aire estaba cargado de humedad. Era muy probable que volviera a nevar al anochecer. La neblina era espesa en el este. No quedaba más de una hora de luz.

Comencé a seguir el curso del foso. No quería trepar por las zonas rocosas y empinadas hasta no tener otra alternativa. La hondonada se curvaba enseguida alejándose de la prisión y parecía conducir hacia el río. Presumiblemente, el escurrimiento de la nieve derretida acarreaba los desechos de la prisión. Estaba casi en la esquina de la alta pared cuando oí un débil sonido a mis espaldas. Giré. El ruido había sido producido por una roca al caer desde el borde del foso. Un lobo gris y grande la había soltado con la pata.

Desde el punto de vista del lobo, sin duda yo poseía características más apetecibles que las de los cuerpos bajo la nieve. En primer lugar, me movía, era más difícil de atrapar y ofrecía la posibilidad de resistencia. Segundo, mi andar era lento y torpe y, sobre todo, no estaba congelada, por lo que no existía el peligro de dientes rotos. También olía a sangre fresca, tibia y tentadora en medio del páramo helado. Si yo fuera un lobo, decidí, no lo dudaría. Al parecer, el animal llegó a la misma conclusión en cuanto a nuestras relaciones futuras.

Había un yanqui en el Hospital de Pembroke llamado Charlie Marshall. Era un tipo simpático y cordial como todos los yanquis. Y muy divertido cuando hablaba sobre su tema preferido: los perros. Charlie era sargento en la unidad K-9, en la que los adiestraban. Una mina lo hizo volar, junto a dos de sus perros, en las afueras de una pequeña aldea cerca de Arles. Echaba de menos a sus perros y a menudo me contaba historias sobre ellos cuando me sentaba con él en los pocos momentos de inactividad durante mi turno.

Pues a lo que íbamos; también me contó qué hacer y no hacer en caso de ser atacada por un perro. Me parecía algo exagerado llamar perro a la criatura escalofriante que bajaba con delicadeza por las piedras, pero esperaba que todavía compartiera algunos rasgos de temperamento básicos con sus descendientes domesticados.

—Perro malvado —afirmé y clavé la mirada en las pupilas amarillas—. En realidad —añadí mientras retrocedía muy despacio hacia la pared de la prisión—, eres un perro horrible.

«Habla con firmeza y en voz alta», oía decir a Charlie.

—Tal vez el peor que jamás he visto —continué con firmeza y en voz alta.

Seguí retrocediendo, con una mano atrás en busca de las piedras de la pared. Una vez allí, fui avanzando con sigilo hacia la esquina, a unos nueve metros de distancia.

Tiré de las cintas del cuello y manipulé con torpeza el broche que sujetaba mi capa sin dejar de decirle al lobo, con firmeza y en voz alta, lo que pensaba de él, sus antepasados y su familia cercana. La bestia parecía interesada en la diatriba. La lengua le colgaba en una sonrisa perruna. No tenía prisa y cojeaba un poco. Lo advertí cuando se acercó. Estaba flaco y sarnoso. Quizás había tenido problemas cazando y la debilidad lo había atraído al vertedero de la prisión a rescatar algo de entre los desechos. Ojalá fuera así; cuanto más débil estuviera, mejor.

Encontré los guantes de cuero en el bolsillo de la capa y me los puse. Enrollé la capa gruesa en varios pliegues sueltos alrededor del brazo derecho y agradecí el peso del terciopelo.

«Saltarán a la garganta —me había instruido Charlie—, a menos que su entrenador les diga lo contrario. Míralo siempre a los ojos. Te darás cuenta del momento en que decida atacar. Entonces será tu oportunidad».

Las malvadas pupilas amarillas delataban muchas cosas, incluyendo hambre, curiosidad y especulación, pero todavía no una decisión de atacar.

—Criatura repugnante. ¡Ni se te ocurra saltarme a la garganta! —Tenía otras ideas. La improvisada protección del brazo tenía el espesor suficiente para que los dientes del lobo no pudieran atravesarla.

El lobo estaba flaco pero no raquítico. Calculé que pesaría entre treinta y cinco y cuarenta kilos; menos que yo, pero no tanto como para darme una ventaja importante. Además, cuatro patas contra dos le aseguraban un mejor equilibrio en la capa resbaladiza de nieve. Esperaba que apoyar la espalda contra la pared me ayudara.

Una sensación de vacío a mis espaldas me anunció que había llegado a la esquina. El lobo se encontraba a seis metros de distancia. Había llegado el momento. Raspé suficiente nieve debajo de mis pies para fijar bien mi posición y esperé.

Ni siquiera vi al animal dejar el suelo. Podía jurar que había estado mirándolo a los ojos, pero si la decisión de saltar se había registrado allí, la acción siguiente fue tan veloz que no la percibí. El instinto, no el pensamiento, alzó mi brazo cuando la mancha gris y blancuzca se me abalanzó.

Los dientes se hundieron en la capa con una potencia que me magulló el brazo. El lobo era más pesado de lo que creía; su peso me cogió desprevenida y mi brazo cayó. Había planeado intentar arrojar a la bestia contra la pared para atontarla. Pero fui yo quien terminó lanzada contra la pared, con el lobo aplastado entre los bloques de piedra y mi cadera. Forcejeé para envolverlo con la parte de capa que colgaba. Las garras me rasgaron la falda y me arañaron el muslo. Le propiné un rodillazo en el pecho y se oyó un aullido estrangulado. No me di cuenta hasta entonces que los plañidos extraños y refunfuñadores provenían de mí y no del lobo.

Cosa curiosa, ahora no sentía nada de temor, aunque había estado aterrada mientras observaba al lobo acercarse. En mi mente no cabía sino un único pensamiento: matar al animal, o él me mataría a mí. Por lo tanto, debía matarlo.

Hay un punto crítico en la lucha física en que el luchador se entrega a tal derroche de fuerza y recursos físicos, que ignora el costo hasta que la lucha ha terminado. Las mujeres lo hacen al dar a luz; los hombres, en combate.

Superado este punto, se pierde todo temor al dolor o al daño. La vida se vuelve muy sencilla en ese momento; se hará lo que se intenta hacer o se morirá en el intento.

Había visto este tipo de lucha durante mis prácticas en los pabellones, pero jamás la había experimentado. Ahora, toda mi concentración estaba centrada en las garras alrededor de mi antebrazo y en el demonio que tiraba de mi cuerpo.

Logré golpear la cabeza del animal contra la pared, pero no lo bastante fuerte para que sirviera de mucho. Me estaba cansando con rapidez; si el lobo hubiera estado en buenas condiciones físicas, yo no habría tenido ninguna oportunidad. No tenía muchas ahora, pero trataba de aprovechar las que había. Caí sobre el lobo, lo inmovilicé y la bestia dejó escapar una ráfaga de aliento fétido. Se recobró casi de inmediato y comenzó a retorcerse debajo de mí, pero los segundos de relajación me permitieron quitármelo del brazo y apretar una mano debajo de su hocico húmedo.

Forcé mis dedos en las comisuras de la boca y de esa manera neutralicé los colmillos afilados. La saliva se deslizó por mi brazo. Yacía cuán larga soy encima del lobo. La esquina del muro de la prisión estaba a unos cuarenta y cinco centímetros. Debía llegar allí sin soltar a la furia que se contorsionaba y agitaba debajo de mí.

Empujando con los pies y apretando hacia abajo con todas mis fuerzas, me impelí hacia delante centímetro a centímetro, esforzándome por mantener los colmillos alejados de mi garganta. No pude tardar más de unos minutos en avanzar aquellos centímetros, pero tuve la impresión de haber estado allí tirada gran parte de mi vida, enzarzada en combate con aquella bestia cuyas garras traseras me raspaban las piernas y buscaban llegar al estómago.

Por fin llegué a la esquina. Ahora venía la parte difícil. Tenía que maniobrar el cuerpo del animal para poder llevar las dos manos debajo del hocico; jamás podría ejercer la fuerza necesaria con una sola.

Me aparté rodando con brusquedad y el lobo se deslizó enseguida dentro del pequeño espacio despejado entre mi cuerpo y la pared. Antes de que pudiera ponerse de pie, levanté una rodilla con toda mi alma. El animal gimió cuando mi rodilla se hundió en su costado y lo atenazó, si bien por un instante fugaz, contra la pared.

Ahora tenía ambas manos debajo de la mandíbula. De hecho, los dedos de una mano se encontraban dentro de la boca. Sentí algo que se clavaba en los nudillos a través del guante, pero lo ignoré mientras tiraba la cabeza peluda hacia atrás utilizando el ángulo de la pared como punto de apoyo para apalancar el cuerpo del animal. Creí que se me quebrarían los brazos, pero era mi única oportunidad.

No oí el ruido, pero sentí el eco a través de todo el cuerpo cuando el cuello crujió. Las extremidades tiesas —y la vejiga— se relajaron al instante. Al ceder la tensión insoportable en mis brazos, me desplomé, tan fláccida como el lobo moribundo. Sentí el corazón del animal fibrilar bajo mi mejilla, la única parte todavía capaz de luchar contra la muerte. El pelaje sucio y largo apestaba a amoníaco y a pelo empapado y húmedo.

Quería alejarme, pero no podía.

Creo que debí de dormirme un momento, aunque parezca extraño, con la mejilla apoyada en el cadáver. Abrí los ojos y vi la piedra verduzca de la prisión a pocos centímetros de mi nariz. El mero pensamiento de lo que estaba ocurriendo al otro lado de esa pared me puso de pie.

Me tambaleé por el foso, con la capa sobre un hombro. Tropezaba con las piedras ocultas en la nieve y me golpeaba las piernas contra ramas semienterradas. En mi subconsciente, debía de tener presente que los lobos suelen andar en manadas, porque no recuerdo haberme sorprendido por el aullido que brotó del bosque encima y detrás de mí. Si algo sentí, fue una furia ciega por lo que parecía una conspiración para obstaculizarme y retenerme.

Me volví con cansancio para ver de dónde provenía el sonido. Ahora me encontraba al descubierto lejos de la prisión; no había una pared donde apoyar mi espalda ni arma que empuñar. Había tenido suerte con el primer lobo. Pero no existía la menor posibilidad de que pudiera matar a otro animal con las manos vacías. ¿Y cuántos más habría? La manada que había visto alimentarse a la luz de la luna en verano abarcaba al menos diez lobos. Podía oír en mi memoria los sonidos de los dientes al masticar y el crujido de huesos al partirse. La única cuestión ahora era si me molestaría en hacerles frente o si preferiría tenderme en la nieve y darme por vencida. Considerando la situación, la última alternativa resultaba de lo más tentadora.

Pero Jamie había renunciado a su vida, y a mucho más que eso, para sacarme de la prisión. Le debía, al menos, el intentarlo.

Otra vez retrocedí para alejarme. La luz se estaba extinguiendo; pronto la hondonada estaría cubierta de sombras. Dudaba que eso pudiera ayudarme. Sin duda los lobos veían mejor en la noche que yo.

El primero de los cazadores apareció en el borde del foso tal como lo había hecho el anterior. Una figura desgreñada, estática y alerta. Me quedé helada al descubrir que otros dos ya estaban conmigo en el foso. Trotaban con lentitud, casi manteniendo el paso. Eran del mismo color de la nieve en el crepúsculo —gris sucio— y prácticamente invisibles, aunque su andar no era furtivo.

Me quedé quieta. Huir era inútil. Me agaché y recogí una rama de pino de la nieve. La corteza estaba negra por la humedad y áspera incluso a través de los guantes. Agité la rama alrededor de mi cabeza y grité. Los animales dejaron de moverse hacia mí, pero no recularon. El más cercano agachó las orejas como si mis gritos le aturdieran.

—¿No os gusta? —chillé—. ¡Lo siento mucho! ¡Fuera, desgraciados! —Levanté una roca semienterrada y la arrojé a un lobo. Erré, pero la bestia se echó a un lado. Envalentonada, comencé a lanzar misiles con desesperación: rocas, ramas, puñados de nieve, cualquier cosa que pudiera abarcar mi mano. Chillé hasta que me dolió la garganta por el aire frío, aullando como los mismos lobos.

Al principio, pensé que uno de los misiles había dado en el blanco. El lobo más próximo gimió y pareció convulsionarse. La segunda flecha pasó a escasos centímetros de mí y vislumbré el diminuto punto en movimiento antes de que se clavara en el pecho del segundo lobo. Ése murió ahí mismo. El primero, herido de menor gravedad, pateaba y forcejeaba en la nieve, apenas un bulto movedizo en la oscuridad creciente.

Me quedé mirando como una estúpida durante un rato. Luego alcé la vista por instinto hacia el borde de la hondonada. El tercer lobo, que sabiamente eligió la discreción, había desaparecido entre los árboles, desde donde emergió un aullido estremecedor.

Todavía estaba observando los árboles oscuros cuando una mano me cogió del codo. Me volví sobresaltada y me encontré frente al rostro de un extraño. De mandíbula estrecha y barbilla pequeña mal disimulada por una barba cubierta de costras, era sin duda un extraño, pero la capa y la daga lo identificaban como un escocés.

—Ayúdeme —dije y me derrumbé en sus brazos.

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