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Seis

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No hice apenas nada durante el día que pasamos allí, y en verdad hay muy poco que hacer. Paseé por la ciudad y el puerto, renovando mis sentimientos de envidia y aspiración. Después de comer tomé un coche de caballos que me llevó por el Vide Imperatore Guglielmo, bordeado de olivos, hasta la pequeña balaustrada llamada, en el estilo antiguo, Punta Canone o, en su versión helenizada, ΣTOH KANONI. Es el extremo de la península que se proyecta desde la ciudad y que encierra el fiordo llamado lago Kalikicopulo. Antes había ahí una batería de un solo cañón. Ahora hay un café y un restaurante. La ladera del promontorio desciende en pronunciada pendiente hasta el mar, donde hay dos islas minúsculas, una boscosa, con una quinta que, según tengo entendido, en el pasado fue un monasterio; la otra es muy pequeña y está totalmente ocupada por una capillita, dos cipreses y la casa del párroco. Es accesible desde la playa por medio de unas piedras pasaderas. Fui a visitarla. El campanario tenía dos campanas pequeñas y en el interior había unos iconos renegridos y una gallina que estaba poniendo un huevo. El sacerdote apareció como por arte de magia, a bordo de un bote de remos cargado con verduras y procedente de la otra orilla. Su hijo estaba sentado en la popa, con las piernas desnudas cruzadas y una lata de melocotones californianos en las manos. Les di unas monedas para las obras de la iglesia y subí por el sendero del promontorio hasta el café. Habían llegado otros dos pasajeros del Stella. Me reuní con ellos, comí pastelillos y bebí un delicioso vino de Corfú que parece zumo de naranjas de pulpa roja, sabe a sidra y cuesta, o debe de costar cuando uno no tiene demasiadas trazas de turista, unos dos peniques. Apareció un grupo de músicos con dos guitarras y un violín. El violinista era muy joven pero ciego. Tocaron Sí, señor, esa es mi chica de la manera más rara que quepa imaginar y se rieron con placer al ver el dinero que habían recaudado.

Durante mi breve visita le tomé más cariño a Corfú que a cualquier otro lugar. Lamenté marcharme, pero creo que allí, más que en cualquier otra parte, noté la desventaja de llegar en un barco de recreo. En Venecia no experimenté en absoluto esa sensación. En cuanto quedó anclado a la entrada del Gran Canal, el Stella se convirtió sencillamente en un hotel de comodidad desacostumbrada. Pasamos dos días allí y entonces zarpamos hacia Ragusa.

¿Qué puedo decir ahora, en esta etapa de la cultura mundial, acerca de un par de días en Venecia, que no sea una impertinencia para todo lector culto de este libro? ¿Diré que consiste en un archipiélago de ciento treinta y cinco islas cortadas transversalmente por ciento cuarenta y cinco canales; que en una de esas islas se alza una iglesia, dedicada a san Marcos, llena de mosaicos de singular esplendor; que en otra de las islas hay una hostería fuera de uso, para marineros, llamada la Scuola San Rocco, con frescos de Jacopo Tintoretto (1512-1594) en las paredes y el techo; que los venecianos fueron en el pasado una raza virtuosa y muy rica que había «aprendido el cristianismo de los griegos, la caballerosidad de los normandos y las leyes de la vida y el esfuerzo humanos del mismo mar»; que hoy son menos virtuosos y menos ricos y que, de hecho, subsisten únicamente gracias a los extranjeros que acuden a admirar las obras de sus antepasados? ¿O diré que comí scampi en Cavaletto y no noté ningún efecto secundario; que fui a un club nocturno con una bonita decoración de estilo rococó, el Luna, que había sido salón de juego en tiempos de Goldoni; que una señora en cuya compañía me encontraba sacó una pitillera de oro que había robado para ella un gondolero; que me encontré con Berta Ruck en la Piazetta y más tarde con Adrian Stokes, y caminé con él bajo la lluvia, cruzando innumerables puentecillos, para visitar lugares interesantes que siempre estaban cerrados; que cuando arreció la lluvia nos refugiamos en una herrería al lado de una iglesia paladiana y que cuando Adrian preguntó al joven herrero a qué hora abría la iglesia, él replicó con desdén que cómo iba a saberlo si él pertenecía a otra parroquia; que el mismo joven preguntó si los canales de Londres se habían helado aquel invierno; que fui a tomar el té con Adrian en un lujoso piso de la Giudecca, lleno de tizianos y tiépolos, y Adrian me dijo que Ruskin se había equivocado respecto a las fechas de algunos de los edificios que más admiraba; que durante mucho tiempo no se me ocurrió qué era lo que hacía la vida veneciana tan diferente de la de cualquier otra ciudad, hasta que me di cuenta de que no había tráfico y que la mitad de los niños de la ciudad jamás habían visto un caballo, salvo los de bronce en el exterior de San Marcos, y Adrian me contó que, unos meses atrás, cuando desembarcaron un automóvil, camino del Lido, se agolpó tal multitud para verlo que dos personas cayeron al agua y por poco se ahogaron; que descubrí que un conocido mío era un personaje legendario en Venecia, bien considerado entre los pobres como el milord inglés excéntrico que había comprado todas las coliflores en el mercado de verduras y las había hecho flotar en el Gran Canal; que compré una edición de Tauchnitz de El descanso de San Marcos en Alinari y reflexioné en que, al contrario que la mayoría de los hombres de letras, la vida de Ruskin habría sido mucho más valiosa si hubiera sido católico romano?

No, creo que en este momento se impone la humildad. Tal vez si hubiera vivido veinte años en Venecia y logrado un perfecto dominio del italiano medieval; si me hubiera pasado meses en bibliotecas públicas y privadas, traduciendo y cotejando fuentes originales; si lo aprendiera casi todo sobre la química de la pintura; si raspara fragmentos de frescos y los hiciera analizar, los estudiara con rayos X y recorriera toda Europa comparándolos con otras versiones; si me empapara de las últimas teorías estéticas; si me hiciera experto en particularizar entre toda clase de influencias conflictivas e incongruentes, rastreando en un mismo objeto aquí el motivo bizantino, allá el morisco, acullá el católico, franco o normando; si me convirtiera en un maestro del sutil arte de la atribución, capaz de trasladar con delicadeza la reputación de un artista a otro e identificar la técnica de un albañil anónimo, separándola de las imitaciones inferiores de otro, entonces tal vez podría añadir aquí un capítulo bastante bueno a lo que ya han escrito cuantos poseen esas habilidades. Entretanto, puesto que no parece probable que nunca llegue a ser nada más importante que un novelista trotamundos entre un centenar de ellos, hablaré de Ragusa.

Creo que puedo suponer, sin resultar ofensivo, que muchos de mis lectores tienen un conocimiento incompleto de esta ciudad. Ahora se llama Dubrovnik, un cambio que no resulta muy útil, a la manera de las nuevas nacionalidades, que coincidió con el cambio de nombre de Cattaro por Kotor y Spalato por Split. Su historia, hasta hace muy poco, ha sido interesante y honorable, pues fue una de las ciudades-estado libres de Occidente que, una generación tras otra, por medio del valor, la astucia y la fortuna, pudo mantener su integridad contra la influencia bárbara. Sus fundadores fueron fugitivos empujados por la invasión pagana desde Salona y Epidauro, los cuales establecieron una administración aristocrática de cuarenta y cinco familias senatoriales y un rector electo, más o menos análogo al consejo presidido por el dogo en Venecia. Debieron lealtad nominal al emperador de Bizancio hasta la cuarta cruzada, y luego a Venecia, pero en todos los aspectos prácticos eran autónomos. Se enriquecieron gracias al comercio y las salinas de Stagno, y a mediados del siglo XVII tenían una población de 33 000 habitantes, con 360 buques y un ejército permanente de 4000 hombres. Durante todo este período se vieron obligados a vivir en un estado de defensa perpetua, primero contra los eslavos, bosnios y serbios, y más adelante contra los turcos, quienes se convirtieron en los amos de todo el territorio continental y los confinaron precariamente entre las montañas y el mar. En 1667 Ragusa sufrió una epidemia de peste y un terremoto, una catástrofe que la hizo pasar de ciudad próspera a pequeño pueblo costero. Se recuperó lentamente y de manera incompleta, y a finales del siglo XVIII pasó a manos de los austríacos, pero, aunque ya no tenía importancia política, siguió siendo católica, aristocrática y culta, inmensamente distanciada de sus salvajes vecinos. Correspondió a los estadistas aliados de la Conferencia de Paz la sencilla tarea de deshacer la obra de mil años y entregar la ciudad a sus enemigos tradicionales, el reino mestizo de los yugoslavos.

Al pie de las murallas de Ragusa hay un pequeño puerto, pero los barcos de mayor calado anclan frente a Gravosa, el desembarcadero comercial que se encuentra al final de un corto trayecto en tranvía desde la ciudad. El día de nuestra visita era una festividad religiosa del calendario oriental, por lo que las tiendas estaban obligatoriamente cerradas. Esto suponía un verdadero apuro para los habitantes, pues la llegada de un gran buque es un hecho infrecuente y altamente lucrativo. Además, la mayoría de ellos, excepto los oficiales y la guarnición serbios, son católicos romanos para quienes la festividad carece de significado. Sin embargo, los funcionarios yugoslavos, a quienes creo que les hacen ser muy conscientes de su inferioridad social en esas ciudades imperiales, estaban ojo avizor por si se producía alguna infracción de la ley, y no nos resultó nada fácil acceder a los edificios públicos.

El principal de tales edificios es el Palacio del Rector y la Sponza, o aduana. Como es natural, son muy pequeños y, tras haber visto los de Venecia, relativamente sencillos, pero están bien conservados, son señoriales, con un diseño que tiene un encanto especial y de exquisita hechura. El Palacio del Rector se atribuye a Michelozzo Michelozzi, el arquitecto del Palazzo Riccardi de Florencia. La aduana tiene una ventana y un balcón de elegante gótico veneciano del siglo XIV. También hay unos pequeños monasterios dominicano y franciscano, este último con un pequeño y exquisito claustro románico en cuyo centro hay un jardín con naranjos, cactus y árboles de hoja perenne, en el que sobresale un pequeño surtidor y la estatua de un santo. Todas las iglesias, con la excepción de la tosca y moderna catedral ortodoxa, son interesantes: Santa Maria Maggiore contiene dos pinturas muy dudosas atribuidas a Tiziano y Andrea del Sarto; San Salvatore tiene una deliciosa fachada del siglo XVI; la catedral es de un buen barroco de comienzos del XVIII. Hay restos de varias casas nobles, con blasones tallados sobre las puertas, pero ahora la mayoría de ellas están habitadas por gente humilde y han sido divididas en pisos. Sin embargo, la tradición aristocrática había sobrevivido, como lo evidenciaba el porte de varias damas muy mal vestidas y muy venerables entregadas a sus plegarias, así como la cortesía y la dignidad de los ciudadanos en general. Muchos de ellos vestían con elegancia, mostraban un carácter vivaz, intercambiaban saludos y bromas en los cafés y se paseaban por la ancha calle principal de la ciudad (llamada inevitablemente la Stradone) con unos andares jactanciosos pero deliciosamente morigerados. Había algunos campesinos procedentes de las colinas, sus ropas tradicionales muy limpias y almidonadas, los hombres con unas dagas muy decorativas que les sobresalían de la faja. Por la noche una banda de música tocó en la plaza mayor, extramuros, y en Gravosa hubo una breve exhibición de fuegos artificiales, pero no pude descubrir si era por la llegada del Stella o por la festividad ortodoxa. Aquella noche zarpamos y fuimos navegando costa abajo hacia Cattaro.

Cattaro ha recibido más o menos las mismas influencias históricas que Ragusa, aunque su historia no es tan notable. Nunca fue una ciudad libre, excepto durante treinta años a comienzos del siglo XV. Antes de esa época la ocuparon sucesivamente, desde 1185, la dinastía serbia Nemaja, Luis el Grande, del imperio hungarocroata, y el rey bosnio Tvrtko I. En 1420 quedó de nuevo bajo la influencia occidental, y Venecia la retuvo hasta 1797, cuando los austríacos se apoderaron de ella y, con excepción de un breve interludio durante la época napoleónica, cuando Rusia y Francia se turnaron en su dominio, siguió en poder de Austria hasta la Conferencia de Paz. En la Edad Media, la sangre eslava diluyó considerablemente a la población romana original, pero es interesante observar, en vista de las modernas pretensiones eslavas, que cuando los venecianos se apoderaron de la ciudad, la cultura occidental había sobrevivido hasta tal punto que todos los documentos aún se redactaban en latín, y que el italiano era el idioma de los tribunales de justicia. Desde 1420 a 1918 la ciudad estuvo totalmente bajo la influencia occidental, hasta que, con Ragusa y el resto de la costa dálmata, pasó a formar parte de Yugoslavia.

Al igual que Ragusa, Cattaro sufrió terremotos y epidemias, y nunca ha recuperado la población que tenía en la Edad Media. Es una ciudad más pequeña que Ragusa y mucho menos atractiva desde el punto de vista arquitectónico, construida en un triángulo de suelo aluvial en el extremo de un hondo fiordo. Debido al límite estricto impuesto a su expansión por la naturaleza del lugar, las calles muy estrechas y las casas están amontonadas unas encima de las otras. No existe allí la holgura de Ragusa y no hay ningún equivalente de la Stradone. La gente parecía más pobre, no tan calmosa, eran menos sociables entre ellos y menos corteses con los forasteros. Cuando desembarcamos unos nos miraban con fijeza y otros nos pedían limosna, como nadie lo había hecho en Ragusa. Sin embargo, la ciudad parecía muy atractiva vista desde el mar, acurrucada al pie de una gran hendidura rocosa, distanciada de la ladera cubierta de árboles. Un muro de piedra fortificado trepaba por aquella hendidura, protegía la ciudad por detrás y formaba un triángulo, con la costa por base y la ciudadela de San Juan en el vértice, a doscientos sesenta metros de altura. En la mitad de la ascensión a la cima hay una capilla claramente visible desde abajo.

Cattaro está llena de iglesias (dicen que en cierta época llegaron a ser treinta), todas ellas católicas romanas, excepto dos. Una de estas es la repulsiva catedral moderna serbo-ortodoxa de San Nicolás, y la otra, la hermosa iglesia de San Lucas, del siglo XII, que los católicos entregaron a los ortodoxos refugiados de la persecución turca a mediados del siglo XVII. La iglesia católica de mayor tamaño y más antigua es la de San Trifón, pero poco hay que decir a su favor, excepto que es muy antigua. San Trifón es apenas conocido fuera de la ciudad donde está enterrado. Su hazaña más renombrada fue la curación del hijo de una viuda al que había mordido un basilisco, accidente atractivamente recordado en el ciborio del altar mayor, del siglo XIV. En San José hay una pintura que, según dicen, es de Veronese, y en Santa María un crucifijo de madera, yeso y lienzo atribuido a Miguel Ángel. La iglesia franciscana de Santa Clara posee un espléndido altar barroco de mármol de color. Los edificios civiles son pintorescos pero aburridos. No creo que Cattaro sea una ciudad donde nadie, excepto el acualerista más aguerrido, quiera pasar mucho tiempo.

Hay una carretera muy buena, construida por los austríacos, que conduce desde Cattaro a Cetinje, la capital de Montenegro. En el atlas la distancia parece muy pequeña, pero la cuesta es tan empinada que hay entre veinte y treinta curvas cerradas antes de llegar al puerto de montaña para bajar a la meseta donde se encuentra Cetinje. Desde la cubierta del Stella se veía el sendero que serpenteaba por la ladera de la montaña entre rocas y matorrales hasta perderse de vista a novecientos metros de altura. Me uní a la expedición de los pasajeros, y tardamos dos horas y media de duro trayecto en automóvil para cubrir la distancia que, en línea recta y medida sobre el mapa, no llega a doce kilómetros.

Nos pusimos en marcha poco antes del desayuno, en cinco o seis coches, y llegamos justo a la hora de comer. A fin de evitar que nos envolviera una nube de polvo, nada más partir los conductores se espaciaron, dejando un gran trecho entre uno y otro en la carretera. En algunos lugares la cuesta era tan empinada y la carretera había sido tan cuidadosamente nivelada que podíamos gritar a los grupos que estaban por arriba y abajo, aunque tal vez había ochocientos metros de distancia entre nosotros, como si nos dirigiéramos a alguien en las ventanas superiores de una casa. Cuando llegamos a la cima, el Stella y el fiordo en el que estaba anclado se habían vuelto diminutos e irreales, y una gran extensión del mar Adriático apareció a nuestras espaldas, mientras que delante y a cada lado se sucedían las cadenas montañosas.

Había un trecho bastante largo de carretera recta. El aire era frío y transparente. En algunos rincones el suelo estaba cubierto de nieve o esta se acumulaba en montones y no se veía ninguna vivienda. Sin embargo, había muchos signos de actividad humana. Tengo un conocimiento muy escaso de las regiones montañosas, por lo que no puedo saber si me refiero a un lugar común de tales zonas o si lo que tanto me sorprendió era realmente característico de Montenegro. La cuestión es que a las rocas y los riscos que configuraban el paisaje a nuestro alrededor les sucedían a intervalos muy frecuentes unos cráteres y cuencas generalmente circulares, de lados rocosos y una superficie llana de tierra en el fondo, en muchos casos no mayor que el piso de una habitación grande y de un diámetro que, como mucho, no superaba los treinta metros. Sin embargo, en la mayor parte de los casos, aquellas simas tan inaccesibles desde una granja o un mercado tenían todos los indicios de que eran tosca pero cuidadosamente cultivadas. La cosecha, fuera la que fuese, aún estaba del todo inmadura, solo unas líneas regulares de brotes verdes sobresalían unos pocos centímetros por encima del suelo, pero era evidente que no se trataba de una vegetación surgida al azar. Lleno de perplejidad, me preguntaba quién podría ser el cultivador de aquellas ingratas hectáreas.

Por fin la carrera inició un suave declive, y entonces se extendió completamente recta a través de una planicie de tierra cultivable hasta Cetinje. Puesto que es la capital de una provincia de considerable tamaño y, hasta fecha muy reciente, fue la capital de un reino independiente, es correcto referirse a Cetinje como una ciudad, aunque en realidad no es más que un pueblo grande, con un trazado espacioso y adornado por uno o dos edificios públicos, cuyo tamaño, desde luego, no superaba al de los edificios en la mayor parte de los pueblos ingleses, pero que en aquella parte del mundo eran desmesurados en cualquier lugar que no fuese una ciudad de cierta importancia. El palacio tiene, más o menos, el tamaño de una rectoría inglesa normal; en la sala más amplia hay una mesa de billar, un mueble que, para los campesinos del entorno eclipsaba de tal modo a los demás elementos lujosos del palacio que este llegó a ser conocido no como la casa del rey sino como la Biljarda, la casa de la mesa de billar. La mesa en cuestión contribuyó mucho al prestigio de la familia real, pero tenía la desventaja de que llenaba por completo la única sala disponible para las recepciones oficiales. Cierto que estas se producían tan raramente que el inconveniente era mínimo. Sin embargo, cuando alguien visitaba al rey de Montenegro, o debía celebrarse algún acontecimiento nacional de importancia, como el bautizo o la boda de un hijo, solía pedirse en préstamo para la fiesta la legación alemana, que era más cómoda en todos los aspectos.

Otro edificio destacado era el hotel, o más bien lo había sido, pues se incendió poco antes de nuestra visita y había sido totalmente demolido. Por suerte, nadie se alojaba en él cuando ocurrió el desastre. En cualquier caso, si hubiera habido clientes, la coincidencia habría sido especialmente desgraciada, dado que tanto los incendios como los visitantes son infrecuentes en Cetinje. Así pues, nuestra llegada en seis polvorientos automóviles había sido organizada con esmero, y los montenegrinos de toda la provincia, vestidos con sus mejores prendas, habían ido a la ciudad para ver a los turistas y, a ser posible, conseguir un poco de dinero. Con ocasión de la primera gira organizada que llegaba a Cetinje, hace unos treinta años, el rey en persona acudió a saludarlos, al frente de la caballería real, y asustaron tanto a los turistas con salvas de postas, disparadas de un modo bastante salvaje, con el arma apoyada en la cadera, que los guías se las vieron y desearon para persuadirlos de que entraran en la ciudad y asistieran al banquete preparado en su honor. En nuestro caso no hubo tales exhibiciones, pero los pilletes rurales nos dieron una bienvenida más amable, arrojándonos flores silvestres al regazo cuando nuestros coches pasaban ante sus casas.

Como he observado, el hotel había sido totalmente destruido, por lo que nos sirvieron el almuerzo en mesas de caballete en el Parlamento. Es justo decir que ese acto no supuso ninguna degradación para el edificio, pues desde la época del reino había tenido siempre una doble finalidad: de día acogía al cuerpo político y deliberante, mientras que de noche era un teatro. Al fondo había un escenario, con un monograma coronado en lo alto, y de una pared colgaba un gran óleo simbólico que representaba un hombre vestido con el traje nacional montenegrino, las fasces en una mano y en la otra la melena de un león vivo. Este emblema de nacionalidad me recordaba las caricaturas que aparecieron durante la guerra. Recuerdo que en cierta ocasión hubo un movimiento con numerosos seguidores para afirmar la importancia de Montenegro. Si no recuerdo mal, designaron un día de la bandera, y durante un período muy breve la expresión «el valiente y pequeño Montenegro» tuvo casi la misma fuerza que «la valiente y pequeña Bélgica» o «la apisonadora rusa».

El almuerzo fue muy malo, a pesar de que lo prepararon en la comisaría de policía; el vino era de una cosecha local, de color oscuro, no rojo pero tampoco exactamente negro, el color de la escritura cuando metes por error la estilográfica en el tintero de tinta roja. Era muy áspero, y durante algún tiempo dejaba una mancha indeleble en la lengua y los dientes. Después de comer paseamos por las callejuelas de la ciudad y visitamos las tiendas, donde las prendas campesinas (indistinguibles de los productos artesanales de Hampstead) estaban complementadas para la ocasión con toda clase de objetos curiosos, unos pocos crucifijos y joyas, pero sobre todo dagas y pistolas con las empuñaduras y las culatas muy ornamentadas. Supongo que los dueños aportaban esos objetos y las tiendas los vendían con una comisión exorbitante. Me pareció bastante patético verlos allí, porque entre los pueblos balcánicos esas suelen ser sus únicas posesiones de valor y una fuente de auténtico orgullo. Pasan de padre a hijo, como símbolos de la importancia que tiene la familia, así como del valor y la independencia personales. Me temo que la mayoría de ellos habrían sido de dudosa eficacia en las luchas intestinas que animan la vida montenegrina. Creo, en fin, que sería inútil dejarse llevar por el sentimentalismo con respecto a esas armas. Lo más probable era que sus propietarios estuvieran ahorrando para adquirir cartuchos con destino a un fusil robado al ejército y disparar contra sus vecinos de una manera más mortífera desde detrás de sus pocilgas.

El trayecto de regreso fue más rápido y mucho más arriesgado que el de la ida. Hubo el tiempo justo para nadar en el fiordo antes de que el Stella zarpara.

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