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Ocho

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No sé muy bien cómo calificamos hoy a esas emociones que en otro tiempo llamábamos patriotismo. Es evidente que podemos sentir muy poco ardor marcial o codicia u orgullo del poseedor en los territorios de otros pueblos. Y sin embargo, aunque todo cuanto uno ama más en su propio país parece ser tan solo la supervivencia de una era que uno mismo no ha visto, y aunque todo aquello con lo que simpatiza y le parece digno de elogio en el tiempo que le ha tocado vivir apenas parece representado en su propio país, sigue existiendo cierta gloria impoluta en el hecho de pertenecer a una raza, en los mismos límites y circunscripción del lenguaje y en la frontera territorial, de modo que uno no se siente perdido, aislado e independiente. Me parece que todos los exiliados de capacidades tan admirables que, por preferencia o por la fuerza de las circunstancias adversas, han instalado su hogar fuera del país donde nacieron sufren esa deficiencia fatal, la misma deficiencia que se observa en quienes dan entrada en sus conciencias a creencias religiosas sectarias o adoptan unos hábitos higiénicos excéntricos o practican unos vicios nuevos y recién clasificados; una deficiencia en todo ese ciclo de profundas experiencias que se encuentra fuera de las peculiaridades personales y la emoción individual.

De esta manera, moralizando adecuadamente, me acerqué al final de mi viaje.

Cuando todavía me encontraba en la cubierta de botes nos cruzamos con otro banco de niebla. La velocidad de los motores pasó de despacio a lo más despacio posible, y la sirena antiniebla se puso a sonar lúgubremente cada medio minuto.

Al cabo de veinte minutos la niebla quedó atrás y navegamos bajo las estrellas a toda velocidad.

Por la noche me desperté varias veces, al oír de nuevo la sirena a través del húmedo aire nocturno. Era un sonido muy triste, tal vez premonitorio de trastornos inminentes, pues la Fortuna es la menos caprichosa de las deidades y dispone las cosas de acuerdo con el justo y rígido sistema que no permite a nadie ser muy feliz durante mucho tiempo.

A primera hora de la mañana siguiente llegamos al puerto de Harwich, donde nos aguardaba un tren especial. Comí en Londres.

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