En las calles de Tabacundo

En las calles de Tabacundo

Cuentos de terror

Tabacundo, un pequeño pueblo de fiestas, tradiciones y leyendas, siempre permanecerá en mi memoria. Pocos conocen sus historias, pero los ancianos las susurran, algunos intentando olvidar, otros conmemorando las muertes que en ellas se narran. Muchas de esas leyendas se han disfrazado de asesinatos, pero la verdad es que no todas son ciertas.

Adrián, Pablo y Carmen, estudiantes de tercer año de bachillerato, eran jóvenes unidos por una peculiar amistad. Adrián, con ojos verdes que reflejaban soledad y angustia, era uno de los pocos que expresaba abiertamente su sufrimiento; con una frialdad que lo protegía, compartía con cualquiera el peso que cargaba en su corazón. Pablo, en apariencia alegre, ocultaba una profunda tristeza: el sufrimiento de sus padres, a pesar de sus intentos por ocultarlo, era un secreto a voces. Carmen, por su parte, encontraba refugio en el baloncesto, su deporte favorito. La indiferencia de sus padres la impulsaba a sobresalir, a brillar en el deporte que su hermana, antes de morir, le había enseñado.

Los tres amigos, compañeros desde octavo grado, compartían la angustia por su futuro incierto. La falta de apoyo familiar les hacía dudar de poder cumplir sus sueños. Pero la muerte, que acechaba en las calles de Tabacundo, cambiaría sus vidas para siempre.

Un día, hartos de su sufrimiento, decidieron buscar una descarga de adrenalina, una pequeña dosis de emoción. Sabían que las calles de Tabacundo eran peligrosas después de las nueve de la noche; la gente aseguraba sus casas, convencida de que la maldad rondaba en la oscuridad. Ladrones, asesinos y psicópatas transitaban por las calles adoquinadas, acompañados por entidades que, según se decía, guiaban a los inocentes hacia la muerte.

Los amigos planearon salir cuando el pueblo estuviera desolado. Las mañanas, con su bullicio y sus conversaciones, les parecían insoportables. Preferían la tranquilidad de la soledad, aunque ni siquiera esa les ofrecía un completo consuelo.

El viernes 13 de noviembre de 2015, a las 11:00 p. m., según el reloj de Pablo, comenzaron su aventura. El frío recorría las calles solitarias, y pronto escucharon unos inquietantes susurros que parecían decir: “Mátalos”.

“¡Siento mucho miedo! ¿Qué es ese sonido?”, exclamó Pablo, angustiado.

“No es nada, sigamos caminando”, intentó tranquilizarlo Adrián.

“Tiene razón Adrián, sigamos”, asintió Carmen.

Fue un error. Cuanto más avanzaban, más clara se hacía la macabra voz. Justo cuando Carmen señaló a Pablo diciendo "gallinita", vieron bultos negros danzar en el cielo y rostros asomarse en las esquinas del parque. El terror los invadió. Los vecinos después contarían: "Ellos gritaban", "Les tapé los oídos a mi nieto", "Los vi pasar", "Corrían despavoridos", "Yo ya soy viejo y las he visto muchas veces, pero no me dio miedo".

En su huida, encontraron una casa abandonada sin cerradura.

“¡Intenten cerrar esa puerta, no sabemos qué nos espera!”, gritó Adrián.

“¡Si entra, qué haremos!”, sollozó Pablo, aterrorizado.

“Mejor escondámonos, busquemos una salida, ¡vamos Pablo y Adrián!”, dijo Carmen, tratando de mantener la calma.

La oscuridad de la casa los envolvió. Tras caminar varios minutos, encontraron un pasillo con una puerta que parecía una salida. Al abrirla, vieron un muñeco con una melena larga y un aspecto demoníaco; parecía real, no un producto de su imaginación.

“Solo es un muñeco”, dijo Carmen, acercándose. Al tomarlo, las paredes comenzaron a temblar con violencia. Un espejo se hizo añicos sobre Carmen, que dejó caer el muñeco, el cual se destrozó al impactar contra el suelo.

Adrián y Pablo, aterrorizados, buscaron refugio. Al mover un armario, una pared se derrumbó, revelando una habitación fría que despedía un olor nauseabundo. El grito de Pablo resonó al ver una figura... era Carmen. Había vivido allí todos esos años, tras esas paredes, y sabía lo que iba a pasar. Ella los había guiado hasta ese lugar.

Carmen, aunque herida por el espejo, seguía viva, desfigurada por las cicatrices. Atacó a Pablo, golpeándolo con un fragmento de porcelana del muñeco; él cayó al suelo, inerte. Adrián se encerró en una habitación, pero Carmen intentó entrar por accesos ocultos en las paredes. Finalmente, lo atacó, pero él logró escapar.

Al recordar a su amigo, Adrián decidió regresar. Al volver, Carmen saltó sobre él.

"¿Por qué haces esto? ¿Qué te hicimos?", preguntó Adrián, con la voz entrecortada.

"Solo bésame", respondió ella, intentando besarlo.

Adrián encontró un destornillador y se lo clavó en el estómago con una fuerza brutal. Luego, la estranguló hasta que cayó sin vida al suelo. Escapó, dejando atrás a sus amigos muertos, con un vacío inmenso en su alma.

Comenzó una nueva vida en otra ciudad, solo, sin familia, sin amigos, sin nada... solo con el brillo de sus ojos verdes, que ahora reflejaban el dolor y la muerte. Cuando Adrián me contó esta historia, de alguna manera, yo también la viví.

Report Page