En el ojo de la tormenta

En el ojo de la tormenta

Dixie Edith

Cimarronas

Foto: GOES/ Vía INSMET Cuba.

En este 2020, disparatado y catastrófico, parece que no escampa. Literalmente. Por si no bastara con los embates de la COVID-19, al cierre de estas letras apenas han pasado tres días de junio y ya los fuertes aguaceros, junto a una triada de tormentas tropicales en el Atlántico, auguran un verano movidito si del clima se trata.

De hecho, desde 1966, solo en dos ocasiones se habían contado dos fenómenos de este tipo en el área, antes del primer día del sexto mes del año. Ni hablar de tres en fecha tan temprana.

La temporada, ya lo anunciaron especialistas del Instituto de Meteorología (Insmet), está “cantada”; en buen criollo. Un análisis conjunto de los centros de Pronósticos y del Clima de esa institución científica augura que será activa, con unos 15 ciclones tropicales en el Atlántico, de los cuales ocho podrían alcanzar la categoría de huracán. Se estima en un 60 por ciento la probabilidad de que Cuba sea afectada por al menos uno de esos fenómenos.

Las autoridades de la Defensa Civil ya perfilan sus cálculos. La diligente maquinaria de alerta y respuesta temprana de este país tendrá nuevas cargas en tiempos de pandemia. Si antes la solidaridad del barrio daba albergue a muchos vecinos en un solo apartamento de un piso alto, hoy esas viviendas protectoras tendrán que multiplicarse por tres, o por cuatro. Si hace unos pocos años los miles, e incluso millones, de personas evacuadas se concentraban en un número ajustado de instalaciones estatales, en tiempos de aislamiento físico el Estado tendrá que movilizar muchos más espacios y, por tanto, mucha más logística, ante la llegada de una de estas emergencias climáticas que tanto nos golpean.

Si de planificar una respuesta diferente se trata, valdría la pena también pensar la temporada ciclónica, y otras contingencias, desde enfoques de género. En ese camino, más de una investigación ha puesto el foco en una aparente contradicción que vale la pena retomar: sobre las mujeres recaen particularmente los efectos negativos de los desastres naturales, pero, a la par, ellas pueden ser protagonistas a la hora de modificar estilos de vida y generar comportamientos responsables frente al ambiente.

Hace poco más de 10 años, el Informe Estado de la Población Mundial de 2009 explicaba que “debido a su mayor pobreza, a su menor poder sobre sus propias vidas, al menor reconocimiento de su productividad económica y a la desproporcionada carga que soportan en la reproducción y crianza de los hijos, las mujeres afrontan dificultades adicionales a medida que va cambiando el clima".

Pasados unos cuantos años –y múltiples desastres- esa realidad no ha cambiado. La situación sanitaria desatada por la COVID-19 también la agudiza. Recluidas en sus hogares, a veces embarazadas, las mujeres tienen más dificultades para protegerse, porque, por si fuera poco, generalmente les toca poner a buen recaudo a infantes y personas mayores de edad.

Según estadísticas globales del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), su probabilidad de morir durante un desastre es 14 veces mayor que la de los hombres. Pero ellas no son más vulnerables por ser “naturalmente más débiles”, sino porque su condición de género así lo ha configurado durante siglos de patriarcado.

Los roles de género y la división sexual del trabajo hacen que la participación femenina en la economía formal sea menor, al igual que en los espacios donde se toman decisiones. Sus ingresos también suelen ser inferiores a los de sus congéneres. La asociación entre las variables pobreza y género las pone también en desventaja y esa vulnerabilidad se acentúa según la raza, la etnia o la edad, entre otros determinantes.

Casi siempre son ellas las encargadas de resolver los problemas económicos de la familia, lo que representa un mayor desgaste físico y psicológico. Además, se ocupan de responsabilidades domésticas como el cuidado infantil y la atención a personas mayores, por lo que no tienen libertad de migrar después de un desastre. Cuando las viviendas son destruidas, muchas familias se ven obligadas a reubicarse en refugios y esa irregularidad aumenta la carga doméstica de las mujeres, dejándolas, a menudo, sin movilidad para buscar fuentes alternativas de ingresos. Y como la serpiente que se muerde la cola, cuando pierden sus recursos económicos, su posición de negociación se perjudica.

Para oscurecer aún más el panorama, resulta muy frecuente que tras un evento traumático se incrementen los niveles de violencia. Solo una mirada a la prensa de la región por estos días ilustra con amplitud esta certeza, al constatar cómo han aumentado maltratos domésticos y feminicidios con la pandemia del nuevo coronavirus.

Sin embargo, justamente por su papel de aseguradoras de los hogares, y protagonistas en la educación y formación de valores de la generación más joven, las mujeres están en una invaluable posición para promover cambios en el comportamiento futuro de las personas frente al entorno. Según investigaciones de la Organización de Cooperación y Desarrollo (OCDE), suelen ser “consumidoras más sostenibles"; es decir, compran más alimentos producidos con métodos respetuosos del medio ambiente y están más interesadas en un aprovechamiento inteligente de la energía.

Por tanto, “si las políticas de los gobiernos las apoyan en su vida, educación, salud y desarrollo, la contribución que podrán hacer ante el cambio climático es incalculable", asevera el UNFPA.

A la espera de los ciclones

En los últimos 20 años, el archipiélago cubano ha sido impactado, directa o indirectamente, por alrededor de 30 ciclones tropicales. Una decena de ellos fueron de gran intensidad y alcance, como Irma, que barrió la costa norte arrasando todo a su paso y dejó pérdidas que aún no restañamos del todo. Tornados destructivos, sequias intensas y hasta sismos perceptibles se van haciendo más cotidianos.

Acá nadie queda desamparado ante esas contingencias. #CubaSalva no es mero hashtag de moda o lema dedicado en exclusiva a profesionales de la salud. Es también reconocimiento a la vocación humanista que ha calado muy profundo en la esencia nacional de este pequeño país. Con un sistema de Defensa Civil aplaudido por organizaciones internacionales por su eficacia para proteger a las personas y sus bienes, la infraestructura social, la economía y los recursos naturales, lo más urgente está ya ganado.

Sin embargo, pensar los desastres también desde el género ayudaría a garantizar respuestas más precisas, más aterrizadas. ¿Qué quiere decir exactamente? Pues, en primer lugar, que la protección y asistencia debe planificarse -y ejecutarse- de manera que nadie quede fuera, pero también atendiendo a las diversidades que se esconden detrás de cada grupo de población.

En el caso de Cuba, la nación más envejecida del continente, habría que particularizar en las necesidades de las personas mayores y, más aún, de las ancianas, que son mayoría y a menudo viven solas. Pero también en las demandas de quienes cuidan –generalmente mujeres- que deben evacuarse con las personas a su cargo y necesitan de apoyos y condiciones especiales.

Toca, además, asegurar que en los centros de evacuación no sean ellas las que, como “manda” la tradición, vuelvan a asumir la mayoría de las cargas. O mirar con lupa a las adolescentes quienes, en los refugios y con sus mayores atendiendo otras urgencias, suelen ser más susceptibles a recibir violencia sexual y tener embarazos no deseados.

Otro desafío es atender el impacto psicológico que muchas veces dejan esos eventos, donde las personas logran salvar la vida, sin dudas el bien más preciado, pero quedan sin casa y a veces hasta sin recuerdos, porque pierden las fotos de su vida y de la familia. Son, apenas, algunos ejemplos.

La buena noticia es que llevamos camino andado. Con el altísimo grado de participación social ganado por las cubanas, ellas son ya parte esencial del diseño y ejecución de las respuestas ante los desastres, lo que aporta miradas diversas.

Ejemplos sobran: las “cazahuracanes” del Insmet, pioneras junto a otros colegas en las predicciones de las temporadas ciclónicas en Cuba; el más de un centenar de especialistas que manejan los riesgos en los distintos niveles del Estado Mayor de la Defensa Civil; las gobernadoras, vice-gobernadoras o intendentes que toman decisiones en los territorios para proteger vidas y recursos… La lista podría ser interminable. Ellas, en definitiva, también están en el ojo de la tormenta.

(Texto publicado en Cubadebate el 4 de junio de 2020)

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