El puente sobre el río Kwai

El puente sobre el río Kwai


TERCERA PARTE » I

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I

Joyce se bebió de un trago el vaso de alcohol que le habían ofrecido. La dura expedición no había hecho demasiado mella en él. Se mostraba aún bastante alerta y sus ojos rebosaban vitalidad. Sin deshacerse siquiera de la extraña vestimenta tailandesa, con la que Shears y Warden apenas le reconocían, comenzó a exponer ávidamente los resultados más importantes de su misión.

—El golpe es sin lugar a dudas factible, sir. Difícil, no nos engañemos, pero posible y ciertamente rentable. El bosque es frondoso y el río ancho. El puente se eleva sobre un abismo y las márgenes del río son escarpadas. Se precisa un material considerable para quitar el tren de en medio.

—Comience desde el principio —dijo Shears—. Aunque quizá prefiera darse una ducha antes… —No estoy cansado, sir.

—Déjelo continuar —refunfuñó Warden—. ¿No ve que tiene más necesidad de hablar que de descansar?

Shears sonrió. Parecía evidente que Joyce estaba tan impaciente por relatar lo sucedido como Warden por escucharlo. A continuación se colocaron lo más cómodamente posible frente al mapa. Warden, siempre previsor, tendió un nuevo vaso a su camarada. En la habitación contigua, los dos partisanos tailandeses que habían servido de guía al joven ya habían comenzado a contar en voz baja su expedición, agazapados en el suelo y rodeados por varios habitantes de la aldea, en un relato aderezado con elogiosos comentarios sobre el comportamiento del hombre blanco que habían acompañado.

—El viaje ha sido un poco agotador, sir —reanudó Joyce—. Tres noches de marcha en la selva, ¡y por qué caminos! Pero los partisanos se han portado admirablemente. Me condujeron, como habían prometido, a la cima de una montaña, sobre la orilla izquierda, desde donde se domina todo el valle, el campamento y el puente. Un punto de observación perfecto.

—Espero que nadie le haya visto…

—Imposible, sir. Sólo nos desplazábamos por la noche, rodeados de una oscuridad tal que no me quedaba más remedio que apoyar la mano sobre el hombro de un guía. Por el día nos deteníamos en medio de una espesa vegetación, con el fin de evitar cualquier mirada indiscreta. Además, la región es tan salvaje que esas precauciones ni siquiera son necesarias. No nos hemos encontrado ni un alma hasta la llegada.

—Muy bien —dijo Shears—. Prosiga.

Sin dar muestra alguna de ello, Number One examinaba meticulosamente la actitud del aspirante Joyce mientras le escuchaba, tratando de precisar la opinión que empezaba a formarse de él. La importancia de esta misión de reconocimiento, en su opinión, era doble, puesto que también le permitía valorar las cualidades de su joven compañero en esa acción en solitario. La primera impresión, tras su vuelta, fue favorable. También era de buen augurio el aspecto satisfecho de los guías indígenas. Shears sabía muy bien que esos imponderables tenían su importancia. Joyce se mostraba, ciertamente, un tanto exaltado, por lo que había visto, la información a transmitir y la reacción originada por la atmósfera relativamente apacible de su acantonamiento, después de la tensión de los múltiples peligros a los que se había visto expuesto tras su partida. Con todo, daba la impresión de tener bastante control de sí mismo.

—Los tailandeses no nos han engañado, sir. Es una construcción verdaderamente imponente…

La hora del gran golpe se acercaba conforme las dos líneas de raíles crecían en longitud, sobre ese terraplén construido a base del ingente sufrimiento de los prisioneros aliados desplazados a Birmania y Tailandia. Shears y sus dos colaboradores seguían día a día la progresión del ferrocarril. Joyce pasaba horas completando y corrigiendo su trazado con las últimas informaciones que llegaban. Cada semana marcaba con una gruesa raya roja la sección finalizada. Ahora el trazo era casi continuo entre Bangkok y Rangún. Los tramos de especial interés estaban marcados con una cruz. Las características de cada una de las obras de fábrica se anotaban en fichas, mantenidas meticulosamente al día por Warden, que era una persona amante del orden.

Tras obtener un conocimiento más completo y preciso de la línea, su atención se dirigía ahora irremediablemente hacia el puente sobre el río Kwai que, ya desde los comienzos, había copado su interés por sus innumerables atractivos. En su particular visión de los puentes, quedaron hipnotizados por la excepcional abundancia de circunstancias favorables a la ejecución del plan que habían empezado a esbozar de forma mecánica, un plan en el que se combinaban la precisión y la fantasía características de la «Explosivos Plásticos y Destrucciones S.L.». Poco a poco fueron concentrando, llevados por el instinto y la razón, toda la fuerza de su ambición y sus esperanzas sobre el puente del río Kwai, y sobre ningún otro. Los demás habían sido examinados concienzudamente. Sus ventajas fueron asimismo discutidas, pero el del río Kwai terminó por imponerse de manera natural e implícita como objetivo evidente de su empresa. El gran golpe, en un primer momento abstracción vaga, existente sólo en el mundo de los sueños, había ido tomando cuerpo en un objeto sólido, situado en el espacio, en definitiva, vulnerable, expuesto a todas las contingencias y todas las degradaciones de las acciones humanas y, muy en particular, a la aniquilación.

—No es un trabajo para la aviación —declaró Shears—. Un puente de madera no es fácil de destruir desde el aire. Las bombas, cuando alcanzan su objetivo, derriban dos o tres tramos del puente, mientras que los demás permanecen intactos. Los japoneses harían una reparación improvisada, y ya han demostrado ser unos maestros en ese arte. Nosotros podemos no sólo hacer estallar los pilares a ras del agua, sino también activar la explosión al paso de un tren. De esa manera, provocaremos el desplome de todo el convoy en el río, causando daños irreparables y dejando inutilizable hasta la última viga. Lo he visto ya una vez en mi carrera. El tráfico fue interrumpido durante varias semanas, y eso que el ataque se produjo en un país civilizado, donde el enemigo tenía la posibilidad de desplazar tornos elevadores. Aquí les aseguro que tendrán que desviar el trazado y reconstruir el puente en su totalidad… sin contar la pérdida de un tren y de su cargamento. ¡Un espectáculo infernal! Ya lo puedo ver ante mis ojos.

Los tres contemplaron ese admirable espectáculo. El gran golpe contaba ahora con un sólido armazón sobre el que la imaginación podía colocar sus adornos. Una sucesión de imágenes, alternativamente oscuras y coloridas, poblaban los sueños de Joyce. Las primeras hacían referencia a la preparación en la sombra; las segundas lo abocaban a un cuadro de una brillantez tal que era capaz de discernir los más ínfimos detalles con una extraordinaria precisión: el tren precipitándose sobre un abismo, en el fondo del cual refulgía el río Kwai entre dos masas compactas de selva. Su mano agarrada fuertemente a una palanca, sus ojos mirando fijamente un punto concreto en el medio del puente, el espacio entre la locomotora y ese punto disminuyendo rápidamente. Tenía que apretar en el momento justo, sólo quedaban varios pies, ahora sólo un pie… su mano empujaba sin vacilación alguna en el instante preciso. En el puente fantasma construido en su imaginación, ya había buscado y encontrado un punto de referencia en la mitad del largo…

—Sir —declaró un día con inquietud—, ojalá que la aviación no llegue antes que nosotros.

—Ya he enviado un mensaje solicitando que no intervengan aquí —respondió Shears—. Espero que nos dejen tranquilos.

Durante este período de espera, acumularon una abundante información sobre el puente, que los partisanos espiaban por encargo suyo desde una montaña cercana. No se habían aproximado aún por temor a que se detectara la presencia de un hombre blanco en la región. Los agentes más capacitados se lo habían descrito, una y otra vez, e incluso dibujado sobre la arena. Desde su retiro habían seguido todas las etapas de la construcción, asombrados por el orden y la inusual meticulosidad que parecían dirigir todos los movimientos y que se desprendían de todos los informes. Estaban acostumbrados a dirimir la verdad subyacente en los rumores. Desde un comienzo habían podido detectar en las reseñas de los tailandeses un sentimiento cercano a la admiración. Éstos no eran capaces de apreciar la experta ciencia del capitán Reeves, ni la organización creada a iniciativa del coronel Nicholson, pero se daban perfecta cuenta de que no se trataba de un andamiaje sin pies ni cabeza, al estilo habitual japonés. Los pueblos primitivos distinguen inconscientemente el arte y la ciencia.

—Dios les bendiga —exclamaba Shears en ocasiones, impaciente—. Si es cierto lo que nos dicen nuestros agentes, lo que están construyendo es un nuevo puente «George Washington». Quieren dar celos a nuestros amigos los yanquis.

Ese insólito tamaño, ese lujo incluso, intrigaban e inquietaban a Shears. Los tailandeses afirmaban que el puente disponía de un amplio carril, junto a la vía, con espacio para dos camiones, uno en cada dirección. Una obra de tal magnitud debía de ser objeto, sin duda, de una vigilancia especial. Por otra parte, quizá tuviera una importancia estratégica mayor de la que había imaginado, por lo cual el golpe sería tanto más acertado.

Los indígenas se referían también con frecuencia a los prisioneros. Los habían visto, semidesnudos bajo el tórrido sol, trabajando sin respiro bajo la supervisión de los guardias. Los tres olvidaban entonces su empresa, por un momento, para dedicar unos pensamientos a sus desgraciados compatriotas. Conocían bien los métodos de los nipones, y no les costaba trabajo imaginar a qué extremo habrían llevado su crueldad para la realización de una obra de esas características.

—Si al menos supieran lo poco que nos queda, sir —dijo Joyce un día—, y que el puente nunca será utilizado, tendrían la moral indudablemente más alta.

—Tal vez —repuso Shears—, pero no quiero, bajo ningún concepto, que nos pongamos en contacto con ellos. Es imposible, Joyce. Nuestra profesión exige un máximo secreto, incluso en relación a los amigos. Su imaginación se pondría en marcha, tratarían de ayudarnos y, muy al contrario, pondrían todo en peligro al intentar sabotear a su manera el puente. Provocarían la alarma entre los nipones y se expondrían inútilmente a terribles represalias. Tenemos que mantenerlos al margen del golpe. Los japoneses no deben sospechar en ningún momento su posible complicidad.

Un día, ante las noticias de los singulares prodigios que cotidianamente les llegaban del río Kwai, Shears, incrédulo, tomó bruscamente una decisión.

—Uno de nosotros debe ir a ver. La obra está tocando a su fin y no podemos fiarnos más tiempo de las informaciones de esta buena gente, que me parecen ilusorias. Irá usted, Joyce. Le servirá de excelente entrenamiento. Quiero saber qué aspecto tiene verdaderamente ese puente, ¿comprende? Sus dimensiones exactas, el número de pilares… Tráigame cifras. La forma de atacarlo, la manera en que está vigilado, cuáles son las posibilidades de acción. Haga todo lo que pueda, sin exponerse demasiado. Es fundamental que no le descubran, no lo olvide, pero ¡por el amor de Dios, tráigame datos precisos sobre ese maldito puente!

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