El príncipe roto

El príncipe roto


Capítulo 28

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Capítulo 28

—Das asco —comenta Easton el lunes por la mañana mientras esperamos que Ella llegue a clase tras su turno en la pastelería.

Me paso el dorso de la mano por la cara.

—¿Qué? ¿Tengo sirope en la cara? 

Después de entrenar, hemos ido a la cafetería y he comido unas diez tortitas.

—No, es por la sonrisa que tienes en la cara, tío. Pareces feliz.

—Gilipollas.

Le doy una colleja con cariño, pero East me esquiva ágilmente.

Ambos vemos a Ella a la vez. East corre a su encuentro y finge esconderse detrás de ella.

—Sálvame, hermanita. Nuestro hermano mayor se está metiendo conmigo.

—Reed, métete con alguien de tu tamaño —dice ella.

La observo durante unos instantes. Me fijo en todas las cosas que me gustan de ella; desde su hermosa sonrisa hasta la coleta que se balancea de un lado a otro cuando camina. Su uniforme de instituto sin accesorios, con la falda plisada, la camisa blanca abotonada y la americana azul le dan un aspecto de lo más sexy. Aunque es probable que sea porque imagino lo que hay debajo de toda esa ropa. 

—Tienes razón. East es un poco enclenque. No se lo pondré difícil.

Cuando se acerca, la agarro y la coloco frente a mí. Estamos tan cerca que noto las asas de su mochila contra mi pecho. Me inclino y la beso con fuerza hasta que East empieza a toser a su espalda.

Para cuando Ella se aparta, sus labios ya son de un perfecto tono rosado. Quiero hacer novillos, llevármela al coche y hacer que todo su cuerpo adquiera ese color.

—Cariño, ¿quieres un dulce? —pregunta con una sonrisa pícara.

—Por supuesto —contesto de inmediato—. ¿Dónde está la furgoneta? Estoy listo para que me secuestren. —Finjo mirar alrededor.

—No tengo furgoneta, pero aquí… —Se da la vuelta y agita la mochila. Veo una pequeña caja blanca en su interior—… Hay un dónut para cada uno —dice mientras los saca.

Easton agarra la caja y ya tiene medio dónut en la boca antes de pasármela. Me enseña dos pulgares hacia arriba. Al tiempo que devoro mi tentempié, veo que los gemelos cruzan el césped acompañados de Lauren. Alzan la barbilla a modo de saludo cuando les indico que vengan.

—Lauren, también hay uno para ti.

La chica baja la cabeza con una tímida sonrisa.

—Gracias.

—No hay de qué. —Ella se apoya contra mí mientras me acabo de zampar el dónut—. ¿Qué tal el entrenamiento?

—Bien. Todos estamos ansiosos por las estatales. El año pasado nos quedamos en semifinales. Un tío del St. Francis Prep dejó inconsciente a Wade y los médicos no le permitieron seguir jugando. El suplente no pudo marcar ni queriendo.

Ella resopla.

—No te importa ganar, ¿eh?

—Para nada. 

Sonrío. Ambos sabemos que, además de otras cosas, me encanta ganar.

Unos gritos en las escaleras del colegio llaman nuestra atención.

Ella entrecierra los ojos.

—¿Qué pasa?

—Seguro que es algo de las eliminatorias. Habrá fiestas y cosas así las próximas semanas. La gente se anima —dice Easton.

Ella chilla de forma poco entusiasta. Ya la convertiremos en una fan de verdad.

—Lo bueno de tener cuatro semanas de eliminatorias es que habrá días que no tendrás que llevar uniforme —informa Lauren—. Como los días azules. Los dorados. Los de los sombreros locos…

—El día del pijama. —Easton alza las cejas una y otra vez.

Wade y Hunter se acercan.

—¿Por qué sonríes? —pregunta Wade a East.

—Por el día del pijama.

—El mejor puto día del año.

Wade y East chocan los cinco.

—¿Te acuerdas de Ashley M? —exclama mi hermano—. Y aquel…

—Picardías rosa—termina la frase Wade—. Me acuerdo. Durante un mes, se me ponía dura cada vez que veía algo de ese color. —Se gira hacia Ella y pregunta—: ¿Y tú qué llevarás?

—Un camisón largo hasta el suelo y bragas de abuela —responde exasperada—. ¿Y vosotros? Supongo que iréis en calzoncillos.

A Wade le encantaría eso.

—Tía, si me dejaran iría en pelotas todo el día. Desnudo las veinticuatro horas. Ese es mi sueño.

Antes de que East o yo podamos contestar y decir que no queremos ver los huevos y la salchicha de Wade en clase, los gritos y murmullos en la puerta principal empiezan a incrementarse.

Hunter, el acompañante de Wade que nunca habla, se acerca a investigar. Los demás lo seguimos porque las clases empiezan pronto.

El ruido no está fuera de lugar, pero el gran corro de estudiantes sí. Lo único que reúne a tanta multitud es el fútbol americano. E incluso para la mayoría de la gente, los partidos son una excusa para reunirse y socializar.

Miro a East y Wade, precavido. Incluso Hunter reconoce que hay algo fuera de lo normal. Todos juntos, caminamos hacia la entrada. Ella coloca la mano en mi espalda y yo la agarro por la muñeca. No quiero perderla. Algo no va bien.

Y el espectáculo que nos da la bienvenida cuando llegamos a la entrada es horrible. Una chica casi desnuda está pegada con cinta adhesiva contra la fachada del edificio. Tiene la cabeza inclinada hacia abajo e, incluso desde la distancia, veo que tiene parte del pelo cortado de forma desigual. Tiene los brazos y las piernas abiertos, como si solo la sujetara contra la pared la cinta adhesiva. Y han utilizado un montón. La cinta adhesiva le cubre el pecho y los muslos, y pone de manifiesto las partes cubiertas por su ropa interior.

Se me revuelve el estómago.

—Joder. ¿Qué coño os pasa? —grita Ella.

Antes de parpadear, Ella se adelanta, deja caer su mochila al suelo y se quita la americana. La chica está demasiado alta como para que la pueda cubrir por completo, pero lo intenta.

Me acerco a Ella a la vez que Hunter, y ambos arrancamos la cinta adhesiva que cubre a la chica mientras Ella levanta la americana. Entonces, Hunter saca un cuchillo de su bota. Empieza a cortar la cinta y yo tiro de ella.

Hay tanta que tardamos cinco minutos en bajar a la chica. East me pasa una chaqueta y yo intento ponerla sobre los hombros de la chica, la cual se aleja y llora con tanta fuerza que temo que vaya a vomitar. O a desmayarse.

Ella me quita la chaqueta.

—Ya está. Toma. Póntela —dice con voz suave—. ¿Cómo te llamas? ¿Puedes decirme tu número de taquilla? ¿Tienes ropa dentro?

La chica ni puede ni quiere contestar. Sigue sollozando.

Cierro los puños a mis costados. Quiero matar a alguien.

Uno de los gemelos habla.

—Tengo algo en el coche. Esperad.

Nos lanzan un par de chaquetas hasta que Ella y la chica están cubiertas.

—Lauren, ven aquí —ordena Ella.

Lauren se apresura a su lado y se pone en cuclillas. Ella mueve a la chica herida con cuidado y se la acerca a Lauren. Cuando termina, se levanta y observa a los estudiantes congregados.

—¿Quién ha hecho esto? —gruñe—. Alguien ha visto algo. ¿Quién ha sido?

Nadie responde.

—Juro por Dios que si nadie dice nada, os responsabilizaré a todos.

—Lo descubriré, Ella —murmura Wade—. Puedo enterarme de cualquier cosa.

—Ha sido Jordan —respondo con seriedad—. Apesta a ella.

Ha sido Jordan —dice la chica, con la voz tomada—. Ella… —Su voz es demasiado leve como para oírla.

Ella se inclina hacia la boca de la chica y la escucha con atención. Cuando se levanta, sus ojos brillan furiosos.

Esta vez soy yo quien se dirige a la gente.

—Jordan Carrington. ¿Dónde está?

—Dentro —grita alguien.

Otra voz continúa.

—La he visto ir a su taquilla.

Ella no espera un segundo más. Se da la vuelta y abre la puerta. Easton y yo la seguimos de cerca, y los gemelos se quedan con Lauren.

Al llegar al pasillo de las taquillas de los alumnos de cuarto curso, Ella echa a correr. Se detiene cuando ve a Jordan reír con las chicas pastel y hacerse selfies contra las taquillas.

Jordan baja el teléfono lentamente cuando ve que Ella se aproxima a ella.

—¿Tienes prisa, princesa? ¿No puedes aguantar un segundo más sin tirarte a un Royal?

Ella no responde. En lugar de eso, rauda como un rayo, agarra a Jordan del pelo y la estampa contra la taquilla. El teléfono sale volando. Las chicas pastel se echan hacia atrás. Gastonburg da la vuelta a la esquina cuando oye el grito de Jordan, pero yo le enseño los dientes y desaparece. Cobarde.

Ella no ha terminado aún. Le da un codazo en la nariz y… ¡pam! De repente, la sangre empieza a brotar.

East se encoge.

—Vaya. Eso ha tenido que dolerle.

—Y tanto.

Jordan se libera con un grito, pero Ella sacude los dedos. Entonces, me doy cuenta de que a Jordan le ha salido caro escaparse de ella. Un montón de mechones de pelo oscuros cuelgan de la mano de Ella. Sí. Esa es mi chica.

Jordan saca las uñas, se abalanza sobre ella y le araña la cara. Easton se mueve para interceptarla, pero yo lo aparto.

—Ella lo tiene controlado —murmuro.

Yo también quiero ayudarla, pero sé que esto es cosa de Ella. Si vence a Jordan, no… cuando venza a Jordan, nadie volverá a tocarla jamás. Nadie la insultará. Y todos la temerán.

Y yo quiero que sea así. Lo necesitará cuando me marche a la universidad.

Cuando Ella se abalanza, la mayor del grupo de las chicas pastel, se tropieza y pierde el equilibrio. Ella salta por encima y se coloca sobre Jordan. Le sujeta las manos por encima de la cabeza.

—¿Qué ha hecho? —pregunta Ella—. ¿Te ha mirado mal? ¿Llevaba alguna prenda de la marca equivocada? ¿Qué?

—Respira —escupe Jordan al tiempo que intenta alejarse de Ella—. ¡Quítate de encima, puta vaca!

Ella me mira.

—¿Tienes cuerda? 

Tiene sangre en la cara. Puede que parte sea de Jordan y parte de ella misma.

Nunca me ha parecido tan atractiva.

—No. Usa mi camiseta. —Me la quito y se la doy.

Ella la mira y después fija sus ojos en mi, indecisa.

—¿Te ayudo? —pregunto con cuidado.

Al asentir, enrollo la camiseta y, como si se tratara de una larga cuerda, ato las muñecas de Jordan.

—¿Qué haces? ¡Para! ¡Esto es acoso! —chilla Jordan mientras se retuerce—. ¡Quítame de encima esta basura!

Una de las chicas pastel se acerca. Yo niego con la cabeza mientras Easton da un paso amenazante en su dirección. Su pequeña muestra de resistencia se disuelve de inmediato.

Ella se levanta y prueba los nudos.

—Sé me da bien hacer nudos. Crecí en el yate de mi padre —le recuerdo.

—¡Suéltame, zorra! —grita Jordan—. Mi padre hará que te detengan enseguida.

—Genial. —Ella arrastra a Jordan hasta la salida—. Estoy deseando que los chicos que han visto lo de esta mañana declaren.

—¿Y a ti qué te importa? Te he dejado en paz, tal y como ordenó el tío al que te follas.

Jordan tira del tejido, pero Ella la sujeta con fuerza.

—Me importa porque eres una niñita rica y consentida que cree que puede hacer daño a quien quiera engañando a su padre con sonrisitas y zalamerías. No eres intocable. Hoy vas a probar de tu propia medicina.

Ella camina implacable hacia la puerta principal y tira de Jordan a su lado. Nosotros la seguimos.

—No puedo creer que dejéis que haga esto. —Jordan se da la vuelta como si East o yo estuviésemos interesados en salvarla—. No es nadie. Es basura.

—No les hables —ordena Ella—. No existes para ellos.

Mi hermano sonríe como un tonto. «Amo a esta tía», dice en silencio.

Yo también.

Ella la Vengadora es increíble. Lucha con uñas y dientes por lo que quiere. La clave es ser lo que quiere. Porque pasaría de cualquiera si no pensase que vale la pena.

Algunos profesores asoman la cabeza por las puertas, pero, en cuanto nos ven, vuelven dentro. Saben quién está a cargo de este zoo, y no son ellos. Más de un estudiante ha conseguido que despidan a un profesor por creer que se había cometido una injusticia con el alumno en cuestión.

—¿Y ahora qué? —exclama Jordan—. ¿Vas a mostrar a todo el mundo que eres más fuerte que yo? ¿Y qué?

Cuando llegamos a la puerta principal, Easton se coloca a un lado de Ella, y yo al otro. Abrimos la puerta y el sonido llama la atención de la multitud.

Ella arrastra a Jordan y, luego, se detiene. Todavía hay algo de cinta pegada a la pared, como si fuera una bandera obscena. Ella arranca una tira y tapa la boca a Jordan.

—Estoy harta de que hables sin parar —dice Ella.

La mirada de sorpresa en la cara de Jordan es irrisoria, pero cuando mis ojos se posan en la chica con la que se ha metido, todavía en los brazos de Lauren, el mal humor se disipa.

Ella lleva a Jordan al rellano y un jadeo colectivo hace eco en el patio.

La chica que estaba pegada a la fachada de la entrada está sentada bajo un montón de abrigos. Lauren la rodea entre sus brazos y otras chicas le ofrecen consuelo. Los gemelos, junto a Wade, Hunter y el resto del equipo merodean por las escaleras, se preguntan con quién deberían pelear y se frustran al no hallar un objetivo.

Empatizo con ellos al cien por cien, pero, al igual que le he transmitido a Easton, esto es cosa de Ella, y lucharé con cualquiera para que pueda acabar las cosas de la manera que quiera. 

—Mírala. —Ella suelta la cuerda improvisada y vuelve a agarrar del pelo a Jordan—. Dile a la cara por qué se merecía lo que has hecho. Explícanoslo a todos.

—No tengo que justificarme ante ti —responde Jordan, pero su voz no suena tan fuerte como dentro del colegio.

—Cuéntanos por qué no deberíamos desvestirte y pegarte a las puertas con cinta —gruñe Ella—. Dínoslo.

—Jordan creyó que estaba flirteando con Scott —dice la chica, con lágrimas en los ojos—. Pero no es así. Lo juro. Me tropecé, él me agarró y yo se lo agradecí. Nada más.

—¿Y ya está? —Ella se gira hacia Jordan con incredulidad—. ¿Has humillado a esta pobre chica porque pensaste que coqueteaba con el grosero de tu novio? —Sacude a Jordan con furia—. ¿Solo por eso?

Jordan intenta liberarse de Ella, pero es incapaz. Creo que el mundo se acabaría antes de que mi chica la soltase.

Ella se mueve y obliga a Jordan a colocarse de frente al resto de estudiantes. Los brazos de Ella tiemblan por el esfuerzo y noto que no le quedan muchas fuerzas. Arrastrar a Jordan por el pasillo mientras esta se resistía no ha debido de ser fácil, aunque East y yo la apoyáramos y siguiéramos.

—No va a aguantar —murmura Easton.

—Sí, lo hará.

Camino y me coloco tras ella. Puede apoyarse en mí si lo necesita. Estoy aquí para apoyarla. De repente, noto la presencia de mis hermanos a mi lado. Todos estamos detrás de ella.

A Ella le tiemblan las manos. Tiene las rodillas firmes para no caer, pero su voz es clara y fuerte.

—¡Todos tenéis un montón de dinero, y en lugar de apreciarlo, os tratáis unos a otros como basura! Vuestros jueguecitos son asquerosos. Vuestro silencio es desagradable. Sois cobardes, patéticos y endebles. Quizá nadie os ha dicho lo infantiles que sois. Puede que estéis tan saturados por el dinero que tenéis que no veis lo terrible que es todo esto. Pero es horrible. Peor. Si tengo que asistir a este colegio hasta graduarme, toda esta mierda tendrá que parar. Si hace falta, iré tras todos y cada uno de vosotros y os pegaré a la pared con cinta adhesiva.

—¿Tú y quién más? —grita un capullo entre la multitud.

Easton y yo nos movemos hacia delante, pero yo empujo a mi hermano detrás de mí.

—Yo me ocupo.

La gente se aparta y el bocazas se queda en medio solo. Le suelto un puñetazo en la mandíbula y cae como una piedra. Joder, qué bien sienta esto.

Después, sonrío al público y pregunto: 

—¿El siguiente?

Todos se dan la vuelta en silencio, y yo me limpio las manos y regreso junto a mi chica y mis hermanos. Son unos cobardes. Wade me lanza una camiseta y yo me la pongo enseguida.

—Ha sido el perfecto toque final —murmura Ella.

—Gracias. Lo había reservado para la ocasión idónea. —La tomo de la mano, amoratada—. La familia que lucha unida permanece unida.

—¿Es ese el lema de los Royal? Pensé que era otro diferente.

La adrenalina ha desaparecido y siento cómo tiembla. La acerco a mí. Ella apoya la cabeza bajo mi barbilla, entre mis brazos.

—Puede que antes de que llegaras fuera otro, pero ahora es ese.

—No está mal. —Con una mirada cargada de ironía, observa a la multitud disolverse entre los restos de cinta adhesiva que hay en las escaleras y las gotas de sangre que han manchado la piedra caliza—. Entonces, ¿es esta nuestra primera cita?

—Ni hablar. Nuestra primera cita fue… —Mi voz se apaga. ¿Cuál fue nuestra primera cita?

—No hemos tenido ninguna cita, tonto.

Me pega un puñetazo, o, al menos, lo intenta. Tiene los brazos débiles, como si fueran de gelatina.

—Mierda. Creo que tienes razón.

—No te atormentes por ello. Nunca he tenido una cita. ¿Sigue haciendo la gente esas cosas?

Yo sonrío porque, por fin, puedo hacer algo por ella.

—Oh, nena, tienes mucho que aprender.

***

Las noticias de lo ocurrido durante la mañana no tardan mucho en llegar a oídos del director. Apenas llego a mi primera clase, el profesor me informa de que tengo que ir al despacho de Beringer. Al llegar, descubro que también han sacado de clase a Ella y a Jordan, y que han llamado a nuestros padres. Joder. Esto no me gusta.

El despacho está abarrotado. Ella y yo nos sentamos a un lado, con mi padre entre nosotros. Jordan, con una expresión pétrea, está a mi lado. Noto cómo vibra por el miedo y la rabia.

La víctima de Jordan, una chica de primero que se llama Rose Allyn, está sentada al otro lado de la sala. Su madre se queja sin parar sobre el hecho de perderse una reunión importante por estar aquí.

Por fin, Beringer entra y cierra la puerta con estruendo. Ella se sobresalta al oír el ruido y tanto papá como yo apoyamos una mano en ella para que se calme. Papá le apoya la mano en la espalda y yo, en la rodilla. Nuestros ojos se encuentran y, por una vez, veo aprobación en ellos. A papá le dará igual lo que Beringer tenga que decir. Lo que le importa es que he apoyado a la familia y que no he actuado como el capullo egoísta que soy la mayor parte del tiempo.

Beringer se aclara la garganta y todos lo miramos. Se sentiría como en casa en la sala de juntas de papá con ese traje de mil dólares que viste. Me pregunto si se compró ese traje con el dinero que le pagó mi padre tras pegar a Daniel y lo que se comprará con los sobornos que obtendrá después de la reunión de hoy.

—La violencia nunca es la respuesta. Una sociedad civilizada empieza y acaba con una conversación, no a puñetazos.

—Pensé que el dicho era que una sociedad armada era una sociedad educada —interrumpe papá con sequedad.

Ella se cubre la boca con la mano para evitar reír.

Beringer nos fulmina con la mirada.

—Creo que sé por qué es difícil que los Royal se lleven bien con sus compañeros.

—Un momento. —Ella se endereza, indignada—. Ningún Royal ha pegado con cinta adhesiva a nadie en la pared.

—Bueno, al menos no este año —murmuro.

Papá me da una ligera colleja y Ella me mira mal.

—¿Qué? ¿Crees que esos idiotas se comportan así porque lo digo yo? —pregunto en voz baja.

—Señor Royal, présteme atención —dice Beringer antes de que Ella responda.

Yo estiro las piernas y paso un brazo por el respaldo de la silla de Ella.

—Lo siento — contesto sin mostrar arrepentimiento alguno—. Le explicaba a Ella que en el Astor no se toleran ciertas cosas, como pegar a una chica medio desnuda de primer año en la entrada de la escuela. Tiene la idea absurda de que la escuela pública es mejor.

—Callum, necesitas controlar mejor a tu hijo —ordena Beringer.

Papá se niega.

—No estaría aquí si el colegio hiciera que los estudiantes cumplan las normas.

—Estoy de acuerdo. Ha interrumpido un trato inmobiliario de siete ceros porque no es capaz de manejar a estos adolescentes —añade la madre de Rose—. ¿Para qué le pagamos?

Ella y yo intercambiamos una mirada divertida al tiempo que Beringer se sonroja.

—No son adolescentes. Son animales salvajes. Si no, mire en cuántas peleas se ha metido Reed…

—No pienso disculparme por apoyar a mi familia —respondo en un tono de voz monótono—. Haré lo que sea por asegurarme de que yo y los míos estamos seguros.

Incluso Mark, el padre de Jordan, se impacienta.

—Acusar a unos u a otros no sirve de nada. Está claro que los chicos estaban en desacuerdo por algo y lo han arreglado a su manera.

—¿En desacuerdo? —repite Ella furiosa—. ¡No estábamos en desacuerdo! Esto se…

—Se llama crecer, Ella —interrumpe Jordan—. Que es lo que te sugiero que hagas. Y por favor, no intentes decirme que, si una chica mirara de reojo a tu chico, no le darías una paliza.

—No la pegaría a ningún lado —replica Ella.

—¿Le estamparías la cara contra una taquilla? ¿Eso está mejor? —suelta Jordan.

—No intentes compararnos. No somos iguales.

—Ahí tienes razón. Tú eres basura…

—¡Jordan! —estalla Mark—. Ya basta. —El padre de Jordan mira precavido a papá, cuyo rostro indiferente ahora muestra un ceño fruncido.

Mark aprieta las manos sobre los hombros de su hija, como si intentase mantenerla sentada, o quizá para recordarle quién manda—. Todos lamentamos que haya sucedido algo así en el Astor Park. Va en contra de todos los códigos de conducta de una institución como esta. Los Carrington estamos dispuestos a asumir toda la responsabilidad.

Beringer se aclara la garganta y dice chorradas sobre cómo debería castigarnos, pero, al ver que nadie dice nada, respira y anuncia:

—Entonces, ya hemos terminado.

—Por fin —exclama la madre de Rose, que se marcha sin siquiera mirar a su hija.

Después de un corto silencio, Ella se acerca a Rose y le coloca una mano con suavidad sobre el hombro.

—Venga, Rose, te acompaño a tu taquilla.

Rose sonríe ligeramente, pero la sigue.

—Ella te ha cambiado —dice Mark Carrington con cierta frialdad.

Papá y yo intercambiamos una mirada, orgullosos.

—Eso espero —contesto, aunque es probable que Carrington se dirigiese a papá. Me levanto y me encojo de hombros delante del padre de Jordan—. Es lo mejor que le ha pasado a los Royal en mucho tiempo.

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