El príncipe roto

El príncipe roto


Capítulo 29

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Capítulo 29

Ella

—Este sitio es demasiado elegante —susurro a Reed la noche del jueves. Insistió en salir esta noche, pero cuando dijo «cena» no me esperaba este extravagante restaurante. Mi vestido negro es demasiado básico comparado con los vestidos de noche que veo por todos lados—. ¡Voy muy informal!

Reed me agarra la mano con más fuerza y casi me arrastra a la zona de recepción de comensales.

—Estás muy guapa —se limita a decir y, después, informa a la encargada vestida de negro que tenemos una reserva: «Royal, mesa para dos».

La mujer nos guía a través de mesas separadas por grandes helechos. Hay una fuente en mitad de la sala que tira chorros de agua y lo que parece una cascada tras el bar. Es el restaurante más elegante en el que jamás he estado.

Reed separa mi silla y toma asiento frente a mí en la acogedora mesa. Un camarero se acerca con dos menús con portamenús de cuero y una lista de vinos que Reed rechaza. «Beberemos agua», dice al tío, y lo agradezco, porque odio el vino. Sabe fatal.

Cuando abro el menú, me extraña que los precios no aparezcan. Mierda. Eso no es buena señal. Significa que todo cuesta más que la matrícula universitaria de la mayoría de la gente.

—Deberíamos haber ido al restaurante de marisco del muelle —gruño.

—¿En tu primera cita? Ni hablar.

Deseo al instante no haber confesado que nunca he tenido una cita. Debería haber sabido que Reed se pasaría. Este chico no hace las cosas a medias.

—¿Por qué es tan importante para ti que tenga una primera cita de verdad? —pregunto entre suspiros.

—Porque tienes unos recuerdos míos de mierda y quiero reemplazarlos con algunos buenos —responde de forma simple, y yo me derrito como la cera que baja por las blancas velas que hay en el centro de nuestra mesa.

El camarero regresa con el agua y nos saltamos los entrantes para pedir el primer plato. Entonces, nos observamos durante unos instantes. Estar en una cita con Reed Royal es algo surrealista. Cuando le conté a Val los planes que tenía esta noche se burló y dijo algo como que había hecho las cosas al revés. Supongo que la primera cita va antes del tonteo, pero, eh, mi vida nunca ha sido como la de los demás, así que, ¿por qué cambiarla ahora?

—¿Has sabido algo más de Rose? —pregunta él.

Yo niego con la cabeza. Rose no ha vuelto al colegio desde que Jordan la torturó y la humilló delante de todos los alumnos.

—No, todos me han dejado en paz, excepto Val. Creo que me tienen miedo.

—Si preguntases, alguien te daría los detalles.

—Por una parte, me gustaría llamarla, pero quizá solo quiera olvidarse de que Astor existe.

—Creo que deberías llamarla —me anima Reed.

—Tengo la sensación de que siempre estamos librando una gran batalla —comento con tristeza—. Es decir, sí, la gente ha dejado de comportarse como si fueran psicópatas, pero el resto es un caos.

Frunce el ceño.

—Nosotros no somos un caos.

—Tú y yo no, pero…

—¿Pero qué?

Tomo aire.

—Brooke y Dinah volverán la semana que viene.

Su expresión se vuelve seria.

—¿De verdad quieres arruinar tu primera cita hablando de esas dos?

—Tenemos que hablar de ellas antes o después —señalo—. ¿Qué vamos a hacer? Dinah chantajea a Gideon. Brooke se va a casar con tu padre y va a tener el bebé. —Me muerdo el labio, consternada—. No creo que vayan a irse nunca, Reed.

—Las obligaremos —dice con brusquedad.

—¿Cómo?

—No… no tengo ni idea.

Me muerdo el labio con más fuerza.

—No sé cómo solucionar lo de Dinah, pero puede que tenga una idea sobre cómo hacer que Brooke desaparezca.

Reed me observa con cierto recelo.

—¿Qué tipo de idea?

—¿Recuerdas el día que nos oíste hablar en la cocina? Le pregunté que a qué jugaba, lo que quería realmente, y su respuesta fue dinero. —Me inclino y me apoyo con los codos en la mesa—. Es todo lo que siempre ha querido. Así que démosle dinero.

—Créeme, ya lo he intentado. Intenté ofrecerle pasta. —Emite un sonido de insatisfacción por lo bajo—. Lo quiere todo, Ella. Toda la fortuna de los Royal.

—¿Y que hay de la fortuna de los O’Halloran?

Él toma aire, sorprendido. Después entrecierra los ojos.

—Ni lo pienses, nena.

—¿Por qué no? —replico—. Ya te lo he dicho. No quiero el dinero de Steve. No quiero la cuarta parte de Atlantic Aviation.

—¿Y quieres que la tenga Brooke? —exclama con incredulidad—. Estamos hablando de cientos de millones.

Tiene razón, es una cantidad de dinero increíble. Pero la herencia de Steve nunca me ha parecido real. Todavía no han terminado de procesar el papeleo y aún hay un montón de obstáculos legales que superar, así que, hasta que alguien me dé un cheque con todos esos ceros, no me consideraré rica. No quiero ser rica. Todo lo que siempre he deseado es vivir una vida normal que no involucrase quitarme la ropa delante de desconocidos.

—Si dándole el dinero nos la quitamos de encima, no me importa.

—Bueno, pues a mí sí. Steve te dejó ese dinero a ti, no a Brooke. —Su semblante serio me indica que no discuta con él—. No le vas a dar ni un centavo, Ella. Lo digo en serio. Arreglaré las cosas, ¿vale?

—¿Cómo? —lo desafío de nuevo.

Entonces, la frustración vuelve a apoderarse de él.

—Ya lo pensaré. Hasta entonces, no quiero que hagas nada sin consultármelo primero, ¿de acuerdo?

—Vale.

Él estira la mano sobre la mesa y entrelaza los dedos con los míos.

—No vamos a hablar más de esto —dice con firmeza—. Acabemos de cenar y finjamos, aunque sea por una noche, que Brooke Davidson no existe. ¿Qué te parece?

Aprieto su mano.

—Suena genial.

Y eso es lo que hacemos… durante unos diez minutos. Pero mi miedo de que siempre nos veamos involucrados en algún tipo de pelea acaba siendo un presagio; justo cuando el camarero nos trae la tarta de mousse de chocolate que hemos decidido compartir, una persona conocida pasa junto a nuestra mesa.

Reed tiene la cabeza agachada porque está pinchando la tarta con el tenedor, pero alza la mirada en cuanto susurro «Daniel está aquí».

Ambos nos giramos hacia la mesa a la que llevan a Daniel y a su acompañante. No reconozco a la chica, pero parece joven. ¿Una de primero, quizá?

—¿Ahora es un asaltacunas? —murmura Reed.

—¿Conoces a la chica?

—Cassidy Winston. Es la hermana menor de uno de mis compañeros de equipo. —Frunce los labios—. Tiene quince años.

La preocupación me come por dentro. Solo tiene quince años… y está en una cita con un asqueroso al que le gusta drogar a las chicas.

Echo otro vistazo. Daniel y Cassidy se han sentado, y ella lo mira como si él hubiese colgado la luna y las estrellas en el cielo. Tiene las mejillas sonrosadas, lo que le hace parecer más joven de lo que ya es.

—¿Por qué sale con una de primero?

Acerco el plato del postre en dirección a Reed. Se me ha quitado el apetito. Y, por lo visto, a él también, porque no come más.

—Porque nadie de nuestro curso quiere tocarlo ni con un palo —responde Reed con seriedad—. Todas las chicas mayores del Astor saben lo que te hizo. Después de la fiesta de Worthington, Savannah se aseguró de que todos supiesen que le hizo lo mismo a su prima.

—¿Crees que Cassidy lo sabe?

Reed no tarda en negar con la cabeza.

—No saldría con él si lo supiese. Y no creo que le haya dicho a su familia con quién ha salido esta noche, porque, créeme, Chuck le habría partido la cara a Delacorte si supiera que este cabrón va detrás de su hermana.

Vuelvo a poner la vista en la bonita chica de primer curso. Ríe por algo que Daniel acaba de decir. A continuación, coge su copa y bebe un pequeño sorbo, y una chispa de miedo estalla en mi interior.

—¿Y si él ha echado algo en su bebida? —susurro a Reed, y se me acelera el pulso.

—No creo que sea lo bastante estúpido como para drogar a una chica en un sitio como este —asegura Reed.

—No, no es estúpido… pero está desesperado. —El corazón empieza a latirme más deprisa—. Las chicas de tercero y cuarto no se acercan a él, y ahora pide salir a las de primero. Está claro que está desesperado. —Me quito la servilleta del regazo con brusquedad y la dejo en la mesa—. Necesita saber con quién está cenando. Voy a hablar con ella.

—No…

—Reed…

—Déjame a mí.

Parpadeo, sorprendida.

—¿Vas a ir ahí de verdad?

Reed echa su silla hacia atrás.

—Claro. No voy a permitir que haga daño a nadie más, nena. —Se levanta—. Espera aquí, yo me encargo.

Me levanto deprisa.

—Ja. Voy contigo. Sé cómo te encargas de las cosas y no pienso dejar que des un espectáculo en un restaurante tan elegante.

—¿Quién dice que voy a dar un espectáculo?

—¿Tengo que recordarte qué paso el lunes?

—¿Tengo que recordarte quién empezó todo al agarrar a Jordan del pelo y arrastrarla por el colegio?

Me ha ganado. Nos sonreímos mutuamente, pero el buen humor se disipa cuando nos damos la vuelta a la vez y cruzamos la sala.

El semblante de Daniel se ensombrece cuando nos ve. Cassidy está de espaldas, pero los ojos furiosos de su acompañante consiguen que emita un murmullo alarmado.

—Buenas noches —dice Reed lentamente.

—¿Qué quieres, Royal? —murmura Daniel.

—Hablar con tu acompañante.

—¿Conmigo?

Cassidy emite un pequeño chillido y su castaño pelo ondea cuando se da la vuelta hacia Reed.

—Cassidy, ¿verdad? —pregunta Reed con amabilidad—. Soy Reed. Tu hermano y yo jugamos juntos en el equipo de fútbol.

La chica de primero parece estar a punto de desmayarse cuando se da cuenta de que Reed sabe su nombre. Daniel contempla su expresión de sorpresa y contrae los labios.

—Sí —contesta ella en un susurro—. Sé quién eres. Voy a todos los partidos de Chuck.

Reed asiente.

—Bien. Me alegra que animes al colegio así.

—Siento ser grosero —interrumpe Daniel con frialdad—, pero estamos en una cita.

—Siento ser grosero —lo imita Reed, con sus ojos azules puestos en Cassidy—, pero Daniel es un violador, Cass.

La chica suelta un gemido.

—¿Qué? —titubea.

—¡Royal! —gruñe Daniel.

Reed lo ignora.

—Está muy bien con su traje de miles de dólares, pero este tipo es un cerdo de cuidado.

Las mejillas de la chica adquieren un tono rosado. Mira a Daniel, luego a mí y, por último, a Reed.

—No entiendo nada.

Yo aclaro todo en voz baja.

—En una fiesta, echó éxtasis en mi bebida. Me hubiese violado si mi novio —digo mientras señalo a Reed— no hubiese aparecido a tiempo para detenerlo.

Cassidy traga saliva varias veces.

—Dios mío.

—Podemos llevarte a casa —propone Reed con cautela—. ¿Quieres venirte con nosotros?

Ella vuelve a mirar a Daniel, que está rojo como un tomate. Tiene los puños cerrados sobre el mantel de lino y estoy bastante segura de que está a punto de lanzarse sobre Reed.

—Eres demasiado buena para él —digo a la chica—. Por favor, deja que te llevemos a casa.

Cassidy permanece callada durante un momento. Observa a Daniel sin moverse de su asiento.

Hay más gente a nuestro alrededor que también nos mira. Todos tienen los ojos fijos en nosotros y nos contemplan con curiosidad a pesar de que ninguno ha alzado la voz.

Al final, Cassidy echa su silla hacia atrás y se levanta.

—Me encantaría que me llevaseis —susurra mientras se alisa la falda de su vestido estampado con flores.

—Cassidy —susurra Daniel, claramente avergonzado—. ¿Qué coño haces?

Ella no lo mira. En lugar de eso, se coloca a mi lado en silencio y los tres nos vamos de la sala. Nos detenemos para que Reed le dé tres billetes nuevos de cien dólares a la acomodadora y yo cometo el error de mirar a Daniel.

Está tenso en su mesa, como una estatua, con los labios rígidos. Ya no parece avergonzado, sino lívido. No nos miramos a los ojos porque él no los tiene puestos en mí. Observa a Reed con una furia nada disimulada que me hace estremecer.

Trago saliva, aparto la mirada y sigo a Reed y a Cassidy hacia la puerta.

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