El príncipe roto

El príncipe roto


Capítulo 30

Página 33 de 39

Capítulo 30

—Estoy aburrido. Entretenedme.

Reed y yo nos separamos sin aire cuando Easton entra en mi habitación sin llamar. Genial. Me alegra tanto haber pedido a Callum que inhabilitase el escáner de mi puerta. Reed me convenció de que era una tontería ahora que volvíamos a estar juntos y me recordó que no podía colarse en mi habitación por la noche si no podía abrir la puerta. Pero supongo que ambos olvidamos que Easton no sabe llamar.

—Fuera —murmura Reed desde la cama.

—¿Por qué? ¿Qué estáis…? —Easton se detiene cuando se da cuenta de nuestras pintas desaliñadas y de que nuestros pies están entrelazados. Sonríe.

—Ups. ¿Os estabais liando?

Lo fulmino con la mirada. Nos estábamos liando. Estaba siendo increíble y ahora estoy enfadada con él por habernos interrumpido.

—Lo siento. —Entonces, hace una pausa durante unos instantes y añade—: ¿Hacemos un trío?

Reed le tira un cojín, pero Easton lo intercepta fácilmente.

—Jo. Relájate, hermano. Estaba de coña.

—Estamos ocupados. Vete.

—¿Y qué hago? Es sábado por la noche y no hay ninguna fiesta. Estoy aburrido —dice Easton en un tono lastimero.

Reed pone los ojos en blanco.

—Es casi medianoche. ¿Por qué no te vas a la cama?

—No. Eso no tiene gracia. —Easton saca su móvil del bolsillo—. Bah. Voy a mandar un mensaje a Cunningham. Seguro que hay una pelea o dos esta noche.

Reed desenreda sus piernas de las mías y se sienta.

—No vas a ir a ese sitio solo. Sistema de compañeros, ¿recuerdas?

—Vale, entonces sé mi compañero. Te gusta pelear. Peleemos.

No se me escapa el brillo de emoción de los ojos de Reed, aunque desaparece en cuanto se da cuenta de que lo observo con detenimiento. Me levanto y suspiro.

—Si quieres ir, ve —digo.

—¿Ves, Reed? —señala Easton—. Tu hermana pequeña/novia, que está muy buena, te acaba de dar permiso para dar unos cuantos golpes. Venga.

Reed no se mueve. En lugar de eso, escudriña mi cara.

—¿De verdad que no te importa que pelee?

Vacilo. Sus actividades extracurriculares no me entusiasman precisamente, pero la vez que seguí a Reed y a Easton al muelle no vi nada que pudiera considerarse peligroso o que me diese miedo. Solo son un puñado de adolescentes y universitarios dándose palizas por diversión y por apuestas. Además, ya he visto a Reed en acción. Es letal cuando necesita serlo.

—Haz lo que quieras —respondo. Luego, sonrío con ironía—. No, espera. Deja KO a alguien. Quiero que vuelvas a casa tan guapo como te vas.

Easton finge tener arcadas.

Reed solo ríe.

—¿Quieres venir? Lo más probable es que no estemos mucho tiempo allí. Esa mierda suele terminar antes de las dos.

Me lo pienso. Mañana es domingo, así que, técnicamente, podemos dormir tanto como queramos.

—Vale, os acompañaré.

—Bien. Puedes guardar lo que ganemos en el sujetador —dice Easton mientras levanta las cejas en mi dirección.

Entonces, recibe otro cojín en la cara, cortesía de Reed.

—Lo que Ella lleve bajo la ropa, incluido su sujetador, no te incumbe —contesta Reed a su hermano.

Easton parpadea con fingida inocencia.

—Tío, ¿necesitas que te recuerde quién la besó primero?

Reed gruñe y yo lo agarro del brazo antes de que se abalance sobre Easton.

—Ahórratelo para el muelle —le echo la bronca.

—Vale. —Señala a Easton con el dedo—. Pero si vuelves a hacer un comentario guarro, te arrastraré al cuadrilátero.

—No prometo nada —exclama Easton mientras nos dirigimos hacia la puerta.

No tardamos mucho en llegar al muelle. Cuando lo hacemos, ya hay un montón de coches aparcados cerca de la verja que bloquea el astillero. Easton y Reed saltan por encima con facilidad y yo necesito dos intentos antes de lograrlo. Los brazos de Reed me recogen cuando aterrizo con escasa gracia. Me pellizca el trasero antes de bajarme al suelo.

—¿Le has mandado un mensaje a Cunningham? —pregunta a Easton.

—Sí, cuando íbamos en el coche. Dodson está aquí.

Los ojos de Reed se iluminan.

—Genial. Tiene un buen gancho de izquierda.

—Es una belleza —responde Easton de acuerdo—. Y nunca avisa. Viene de la nada. Lo aguantaste como un campeón la última vez que luchaste contra él.

—Dolió la hostia —admite Reed con una sonrisa.

Pongo los ojos en blanco. Ambos casi parecen dar saltitos de la emoción por ese tal Dodson y sus habilidades de combate masculinas.

Pasamos por delante de filas y filas de contenedores mientras nos dirigimos al patio desierto. Escucho leves gritos a lo lejos. El ruido se eleva cuanto más nos acercamos a la acción. Los chicos que vienen a estas peleas ni siquiera intentan esconder su presencia. No tengo ni idea de cómo pueden salirse con la suya con una actividad ilegal que se realiza en la propiedad privada de alguien.

Se lo pregunto a Reed, y él se encoge de hombros.

—Sobornamos al encargado del astillero.

Claro. Desde que me mudé a la casa de los Royal he aprendido que todo vale si ofreces el precio adecuado.

Cuando llegamos hasta una multitud de chicos ruidosos sin camiseta, Easton y Reed no tardan en quitarse la suya. Como siempre, se me entrecorta la respiración cuando veo el torso desnudo de Reed. Tiene músculos en lugares en los que ni siquiera sabía que había músculos.

—¡East! —grita alguien, y un tipo sudoroso con la cabeza rapada se acerca a nosotros—. ¿Vas a apostar?

—Joder, claro. 

Easton le pasa un fajo de billetes de cien nuevecitos.

Es lo suficientemente grande como para que me gire hacia Reed y le susurre a la oreja:

—¿Cuánto cuestan estas cosas?

—Pelear son cinco de los grandes, pero también puedes apostar.

Vaya. No me puedo creer que alguien pague tanto dinero solo para pegar una paliza a alguien. Pero quizá es cosa de tíos, porque todas las caras masculinas que veo están iluminadas por un entusiasmo salvaje.

Aunque eso no detiene a Reed.

—Quédate con uno de nosotros todo el tiempo, ¿vale? —murmura.

No bromea. Durante la siguiente hora, tengo a un Royal pegado a mí todo el tiempo. Easton pelea un par de veces, gana una vez y pierde otra. Reed gana su único combate, no sin que, antes, su enorme oponente, el único e inimitable Dodson, le parta el labio con un gancho que me hace jadear. Pero mi chico sonríe al volver a mi lado, sin importarle la sangre que le recorre la barbilla.

—Eres un animal —digo en tono acusatorio.

—Y a ti te encanta —responde, y a continuación me besa, con lengua. 

Es un beso tan profundo y adictivo que ni siquiera me importa la sangre que tiene en la boca.

—¿Listos? —Easton agita un fajo de billetes el doble de ancho que el que han entregado—. No estoy seguro de querer tentar más a la suerte.

Reed frunce el ceño, sorprendido.

—¿Lo dejas al estar en cabeza? ¿Estás… —Toma aire de broma—… controlando tus impulsos?

Easton se encoge de hombros.

—Ay, mira, Ella, nuestro hermanito pequeño está creciendo.

Río cuando Easton le muestra el dedo corazón.

—Vamos. Volvamos a casa. Empiezo a estar cansada.

Se vuelven a poner las camisetas, chocan las manos de varios de sus amigos y los tres volvemos por el camino que hemos venido. Mientras caminamos, Reed acerca sus labios a mi oreja y me dice:

—No estás cansada de verdad, ¿no? Porque tenía planes para ti al llegar a casa.

Ladeo la cabeza y sonrío.

—¿Qué tipo de planes?

—Pervertidos.

—Lo he oído —exclama Easton detrás de nosotros.

Se me vuelve a escapar la risa.

—¿No te ha dicho nadie que es de mala educación escuchar…?

Antes de poder terminar, un encapuchado sale de entre dos contenedores.

Reed gira la cabeza y exclama:

—¿Qué co…?

Él también es incapaz de terminar su frase.

Todo sucede tan rápido que apenas tengo tiempo de digerir lo que ocurre. El tipo de la capucha susurra palabras que no oigo bien. Vislumbro un destello plateado y un borrón, como si algo se moviera. Un segundo después, Reed está a mi lado y, al siguiente, está en el suelo y tan solo veo sangre.

Mi cuerpo entero se congela. Mis pulmones necesitan aire. Oigo gritar a alguien y pienso que quizá he sido yo. Al instante me apartan a un lado cuando se oyen unas pisadas contra el asfalto.

Easton. Se está peleando con el tipo encapuchado. Y Reed…Reed está en el suelo, sujetándose el costado derecho con ambas manos.

—¡Dios mío! —grito mientras corro hacia él.

Tiene las manos rojas y pegajosas. Cuando me doy cuenta de que la sangre se escapa de entre sus dedos, siento náuseas y quiero vomitar. Le aparto las manos y aplico presión en su costado. Mi voz parece débil y ronca cuando grito para pedir ayuda. Escucho más pisadas. Más gritos. Más alboroto. Pero todo mi mundo gira en torno a Reed ahora mismo.

Su rostro está casi completamente lívido y pestañea con rapidez.

—Reed —consigo decir—. No cierres los ojos, cariño. —No sé por qué ordeno eso, pero una parte aterrorizada de mí me dice que si los cierra, quizá no los vuelva a abrir. Entonces, giro la cabeza hacia atrás y grito—: ¡Que alguien llame a una ambulancia, maldita sea!

Alguien se detiene junto a nosotros. Es Easton. Se tira de rodillas al suelo y presiona rápidamente mis manos.

—Reed —exclama con cuidado—. ¿Estás bien, hermano?

—¿Qué coño crees? —murmura Reed. Su voz apenas es un susurro y eso aumenta mi pánico—. Acaban de apuñalarme.

—La ambulancia está de camino —anuncia una voz masculina.

Me doy la vuelta y veo al tío de cabeza rapada cerca de nosotros. La mirada de Dodson refleja preocupación.

Yo me centro de nuevo en Reed y me siento enferma. Lo han apuñalado. ¿Quién demonios haría eso?

—El hijo de puta se ha escapado —dice Easton—. Saltó la verja antes de que pudiese detenerlo.

—No importa —contesta Reed con dificultad—. ¿Has oído lo que ha dicho, verdad?

Easton asiente.

—¿Qué ha dicho? —pregunto mientras intento no vomitar al ver un charco de sangre en el asfalto.

Easton aparta la mirada de su hermano y la posa en mí.

—Ha dicho «un saludo de parte de Daniel Delacorte».

Ir a la siguiente página

Report Page