El príncipe roto

El príncipe roto


Capítulo 31

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Capítulo 31

—¿Cómo está Reed Royal? —pregunto por enésima vez.

La enfermera pasa por mi lado como si ni siquiera me hubiese oído. Quiero gritarle «sé que me has oído, zorra», pero no creo que eso me diera la respuesta que necesito.

Easton se sienta delante de mí. Parece un volcán a punto de explotar desde que pilló al tipo que apuñaló a Reed en el estómago. Quiere matar a Daniel, y lo único que lo mantiene pegado a la silla es el temor que tiene a que le pase algo a Reed.

Eso y el hecho de que la policía apareció más rápido de lo que esperábamos. Supliqué a Easton que no me dejara porque estaba aterrada. ¿Y si lo apuñalaban a él también?

No puedo creer que ese loco pagase a alguien para hacer daño a Reed.

—La única razón por la que no estoy convirtiendo a Daniel en donante de órganos es que Reed me mataría en cuanto saliese del hospital si supiese que te he dejado sola.

Me muerdo el pulgar.

—No sé, Easton. Daniel está loco. Podrías ganarle en una pelea, pero después ¿qué? Está metido en líos en los que nosotros ni pensaríamos involucrarnos. ¿Contratar a alguien para apuñalar a Reed? ¿Y si le hubiesen dañado algún órgano vital? Es un milagro que siga vivo.

—Entonces haremos algo peor. —Lo dice en serio.

—¿Y que Reed y tú vayáis a la cárcel por agresión?

Easton bufa.

—Nadie va a ir a la cárcel. Esto quedará entre nosotros.

—¿No vas a decir a la policía lo que has oído?

—El tipo de la navaja ha desaparecido. —Easton niega con la cabeza—. Además, Reed querría ocuparse de ello por sí mismo. No quiere meter a la policía de por medio.

Abro la boca para rebatir, pero no tengo una buena respuesta. No denuncié a Daniel cuando me hizo daño y ahora mira lo que ha pasado. Tiene como presa a otras chicas y contrata a escoria para hacer daño a la gente que quiero. Callum aparece por la puerta e interrumpe mis pensamientos.

—¿Qué sabéis? —pregunta.

—Nada. ¡No nos dicen nada! —sollozo. 

—No nos han dicho una mierda, tío —coincide Easton.

Callum asiente con brusquedad.

—Quedaos aquí —ordena de forma innecesaria.

Nunca me ha hecho tan feliz ver a Callum. Aunque su casa sea un caos, es evidente que la gente lo escucha. Se marcha de la sala de espera para enterarse de lo que le pasa a Reed por boca de algún cargo superior.

Vuelve en menos de cinco minutos.

—Están operando a Reed. Parece que todo va bien. Le han metido para ver si tiene algún órgano vital dañado, pero es más superficial de lo que parecía al principio. La herida es limpia. Se ha dañado algo de tejido y músculo, pero se curará con el tiempo. —Se pasa una mano por el pelo—. Una herida de navaja limpia. ¿Habéis escuchado lo que he dicho? —Mira a Easton con dureza—. No puedo creer que hayáis llevado a Ella al muelle si era tan peligroso.

Easton palidece.

—Antes no lo era. Solo había un puñado de gamberros como yo que querían juntarse y pegarse unos a otros. Conocíamos a todos. No se permitían armas. Esto ha pasado cuando nos marchábamos.

—¿Es cierto eso, Ella? —inquiere Callum.

Asiento enérgicamente.

—Sí. Nunca me he sentido en peligro, y algunos de los tíos eran de Astor o de otros colegios o institutos. No he visto pistolas ni nada parecido.

—¿Te refieres a que ha sido un ataque fortuito?

Por la incredulidad reflejada en su cara queda claro que Callum no cree que haya sido una casualidad.

Easton se frota la boca.

—No, no he dicho eso.

—¿Ella?

—Ha sido Daniel —digo en voz baja—. Ha sido culpa mía.

—¿A qué te refieres? ¿Eras tú quien tenía la navaja?

Aprieto los labios entre los dientes para no sollozar. No quiero romper a llorar ahora mismo, aunque siento que estoy al borde de un ataque de nervios.

—No denuncié a Daniel. Debería haberlo hecho, pero no quise lidiar con ese lío. Mi pasado no es bonito y testificar… las mierdas que me dicen en el colegio… ya tenía bastante. 

Pensaba que era más fuerte, pero, por lo visto, no es así. Bajo la cabeza, avergonzada.

—Oh, cielo. —Callum se acerca y me rodea con un brazo—. Esto no es culpa tuya. Aunque hubieses denunciado a Daniel, él habría quedado libre. Nadie va a la cárcel porque una persona lo denuncie. Tiene que haber todo un proceso judicial.

No estoy convencida, así que no me permito aceptar su consuelo.

Easton aclara la garganta.

—No es culpa tuya, Ella. Debería haberle dado una lección.

Callum sacude la cabeza.

—Me parece bien un puñetazo en la cara si sirve, pero pegar una paliza al chico no resolverá el problema. Contratar a alguien para que apuñale a mi hijo va más allá de lo que haría un matón. Unos centímetros más a la izquierda y… —Su voz se apaga, pero mi mente rellena el espacio.

Unos centímetros más a la izquierda y estaríamos preparando un funeral. Puede que Callum tenga razón al decir que habrían apuñalado a Reed aunque yo hubiese denunciado a Daniel, pero quedarme callada ya no me parece bien.

No puedo arrastrar a Daniel hasta la entrada del instituto y humillarlo para que pare. Eso ya lo he intentado. Y Reed ya le ha dado una paliza. Daniel no va a parar así porque sí.

Alguien tiene que detenerlo.

—¿Y si denuncio lo que ocurrió? —pregunto.

—¿Lo que ha pasado esta noche? —inquiere Callum.

Easton frunce el ceño, pero yo lo ignoro.

—No, lo que ocurrió hace unas semanas. Cuando me drogó. Sé que es demasiado tarde para hacer pruebas y tal, pero había más gente en la sala. Un tío llamado Hugh. Dos chicas del instituto North. Ellos fueron testigos de que Daniel me drogó.

Callum se aleja y me mira a la cara. Está visiblemente preocupado.

—No voy a mentirte, cariño. Este tipo de cosas son horribles para las víctimas. Además, ha pasado tiempo desde aquello. No hay forma de que puedan hacerte un análisis de sangre para comprobarlo. Si esos chicos no testifican o no quieren hacerlo, será su palabra contra la tuya.

Lo sé, y por eso nunca lo conté a la policía. Denunciar es un gran follón que nunca parece dar resultado, sobre todo para la víctima. Pero ¿qué otra alternativa hay? ¿Mantener la boca cerrada para que Daniel encuentre a más víctimas?

—Puede que sea cierto. Pero no soy la única a la que ha hecho daño. Puede que si doy un paso al frente, otra gente también lo haga.

—De acuerdo. Te apoyaremos, desde luego. —Lo dice como si no se planteara hacer algo distinto. Como hubiera hecho mi madre si siguiera viva—. Tenemos recursos. Contrataremos a un equipo de relaciones públicas y a los mejores abogados. Buscarán en el pasado de Daniel hasta que aparezcan los esqueletos de los ancestros de los Delacorte.

Está a punto de decir algo más, pero la puerta de la sala de espera se abre y aparece un doctor. No tiene sangre en su ropa quirúrgica y no parece triste.

Suspiro, aliviada. No sé por qué. Supongo que si tuviese la ropa manchada de sangre significaría que la operación ha sido terrible y que Reed no ha salido con vida.

—¿Señor Royal? Soy el doctor Singh. Su hijo está bien. El cuchillo no ha dañado órganos vitales. Ha sido una herida superficial. Atrapó el cuchillo con las manos y tiene heridas en las palmas, pero se le curarán en los próximos diez o quince días. Debería evitar todo tipo de actividades físicas. 

Easton resopla a mi lado y Callum lo fulmina con la mirada. Mis mejillas adquieren un tono rojo oscuro.

—Pero si los Riders continúan ganando —añade el doctor—, podrá jugar en el estatal.

—¿Dice en serio lo del fútbol? —exclamo.

Esta vez, todos me miran y fruncen el ceño. El doctor Singh se quita las gafas y las frota contra su camisa.

—Claro que sí. No querría que uno de nuestros mejores defensas se quedase sin jugar el campeonato.

El doctor Singh me mira como si estuviese loca. Yo gesticulo y me alejo mientras Callum y el doctor hablan sobre las oportunidades de los Riders sin que Reed juegue el primer partido de las eliminatorias.

—Easton, no dejarás que tu hermano juegue, ¿verdad? —susurro.

—El doctor ha dicho que no pasa nada. Además, ¿crees que puedo controlar lo que hace mi hermano?

—Estáis todos locos. ¡Reed debería quedarse en cama!

Él pone los ojos en blanco.

—Ya has oído lo que ha dicho el doctor. Herida superficial. Estará bien y haciendo vida normal en un par de semanas.

—Me rindo. Esto es totalmente ridículo.

Callum se acerca a nosotros.

—¿Listos para volver a casa?

—¿No puedo quedarme con Reed?

—No, está en una habitación privada, pero no hay una cama para ti. Ni para ti —dice a Easton—. Ambos os venís conmigo, donde pueda manteneros vigilados. Reed está durmiendo y no necesita preocuparse por vosotros.

—Pero…

—No. —Callum no cede—. Y tú, Easton, no vas a ir a casa de Delacorte a hacer nada.

—Vale —responde malhumorado.

—Quiero ir a la comisaría de policía a denunciar a Daniel —Necesito hacerlo esta noche antes de perder valor. Ir con Callum es la segunda mejor opción si no puedo ir con Reed.

—Iremos allí primero —accede Callum mientras nos dirigimos al coche—. Todo va a ir bien, Durand.

Durand asiente con cierta brusquedad y se dirige al asiento del conductor.

Cuando el coche empieza a moverse, Callum marca un número en su móvil y después lo coloca sobre la rodilla, boca arriba y con el altavoz activado.

Cuando suena el tercer tono, oímos una voz somnolienta.

—¿Callum Royal? ¡Es la una de la mañana!

—Juez Delacorte. ¿Cómo está? —pregunta educadamente.

—¿Ha pasado algo malo? Es bastante tarde —La voz del padre de Daniel es profunda, como si todavía estuviese en la cama.

—Lo sé. Quería llamarle por cortesía. Voy de camino a la comisaría con mi pupila y mi hijo. Su chico, Daniel, es… ¿cómo decirlo?… un puto y asqueroso criminal, y vamos a hacer que pase un tiempo entre rejas.

Un silencio cargado de sorpresa es la respuesta que obtenemos. Easton ahoga una risa con la mano.

—No sé de qué me habla —responde por fin Delacorte.

—Es posible —reconoce Callum—. A veces los padres no estamos pendientes de lo que hacen nuestros hijos. Yo mismo soy culpable de eso. La buena noticia es que tengo un excelente equipo de investigadores privados. Como sabe, dado el trabajo gubernamental que realizamos, necesitamos ser muy cuidadosos sobre a quién contratamos. Mi equipo es excepcionalmente bueno en obtener secretos que lograrían que una persona fuese sincera. Estoy seguro de que no hay ningún cadáver en el armario de Daniel… —Se detiene para añadir dramatismo. Funciona, porque se me eriza el vello de la nuca, y no soy yo a quien amenaza—… ni en el suyo, así que no tiene nada de lo que preocuparse. Pase una buena noche, señoría.

—Espere, espere, no cuelgue —Se oyen unos crujidos—. Deme un minuto—. Se cierra una puerta y su voz se escucha con más fuerza y más alerta—. ¿Qué propone?

Callum permanece callado.

A Delacorte no le gusta eso. Suplica, aterrorizado.

—Debe querer algo, de lo contrario, no habría llamado. Dígame lo que quiere.

Callum sigue sin responder.

Al cabo de unos instantes, Delacorte jadea y añade:

—Haré que Daniel se vaya lejos. Lo han invitado a asistir al colegio de caballeros de Knightsbridge, en Londres. Lo he animado a ir, pero él se resiste a alejarse de sus amigos.

Oh, genial. O sea que ¿volará y apuñalará a chicos en Londres? Abro la boca, pero Callum alza la mano y niega con la cabeza. Yo me acomodo en mi asiento y trato de tener paciencia.

—Inténtelo de nuevo —dice.

—¿Qué quiere?

—Quiero que Daniel reconozca que ha hecho algo mal y corrija su comportamiento en el futuro. No creo que el hecho de que lo encierren provoque ese cambio. En unas cinco horas, dos oficiales de la marina se presentarán en su puerta. Firmará la orden que les permite llevarse a su hijo de diecisiete años. Daniel asistirá a una escuela militar diseñada para corregir el comportamiento de jóvenes problemáticos como él. Si aprueba, volverá con usted. Si no, será comida para el motor de uno de los aviones a reacción de la planta. —Callum se echa a reír al colgar, pero no sé si está bromeando o no.

Sé que tengo los ojos abiertos como platos. Entonces, no puedo evitar preguntar:

—¿Vas a matar a Daniel?

—Joder, papá, eso ha sido la hostia.

—Gracias, hijo. —Callum sonríe con suficiencia— Todavía los tengo bien puestos aunque no lo creáis. Y, Ella, no, no voy a matar a Daniel. El Ejército puede salvar a niños. También convertir a chicos malos en algo peor. Si mis amigos piensan que no lo pueden salvar, hay otras opciones. Opciones que no discutiré con vosotros.

Vale.

Al llegar a casa Easton sube corriendo las escaleras para contar todo a los gemelos y Callum se mete en su despacho. Llama a Gideon para contarle lo sucedido. Yo me quedo en la entrada y recuerdo la primera vez que pisé la casa de los Royal. Era tarde, tanto como hoy.

Los chicos estaban en fila junto a la barandilla de las escaleras. Parecían tristes y hostiles. Yo tenía miedo de ellos. ¿Y ahora…? Ahora temo por ellos.

Callum está cambiando. Lo que ha hecho esta noche y sus acciones de las semanas pasadas demuestran que está más involucrado con su familia que cuando llegué. Sin embargo, todo se irá al garete si se casa con Brooke. Sus hijos no volverán a confiar en él mientras esté con esa terrible mujer. ¿Por qué no lo ve?

Si Callum fuese inteligente mandaría a Brooke con Daniel a esa academia militar especial. Pero, por alguna razón, está ciego en lo que se refiere a Brooke.

Me muerdo los carrillos. ¿Y si Callum supiera la verdad? Si supiera lo de Reed y Brooke… ¿se casaría con ella?

«Solo hay una forma de saberlo…», pienso.

Si Reed estuviese aquí, no le haría nada de gracia que fuese al despacho de Callum, pero estoy tomando una decisión ejecutiva. Sé que se pondrá furioso cuando descubra lo que he hecho, pero alguien necesita abrir los ojos a su padre, y, desgraciadamente, creo que ese alguien soy yo.

Llamo a la puerta.

—Callum, soy Ella.

—Adelante—responde con un gruñido.

Entro en el estudio. Es masculino. Unos paneles de madera de cerezo cubren todas las paredes; los asientos están tapizados con cuero de color borgoña y las ventanas están cubiertas por cortinas de un tono verde bosque.

Por supuesto, Callum tiene una copa en la mano. Lo dejo pasar. Si hay una noche en la que tiene permitido beber, es esta.

—Gracias por ocuparte de lo de Daniel —digo.

—Cuando te traje aquí, te prometí que haría cualquier cosa por ti. Eso incluye mantenerte a salvo de gente como Delacorte. Debería haberme deshecho de él hace tiempo.

—Te lo agradezco de verdad. —Paseo por delante de las hileras de libros. En el centro de las estanterías, hay otra gran foto de Maria—. Maria era preciosa. —Vacilo antes de añadir—: Los chicos la echan mucho de menos.

Él remueve el líquido de su copa varias veces antes de contestar:

—No hemos sido los mismos desde que nos dejó.

Tomo aire. Sé que estoy a punto de sobrepasar muchos límites.

—Callum… quería decirte algo sobre Brooke… —Suelto aire con rapidez—. Estamos en el siglo veintiuno, no tienes que casarte con una chica porque esté embarazada.

Él deja escapar una risa aguda.

—Sí que debo. Verás…

—¿Qué, Callum? ¿Qué? —Me siento tan frustrada. Quiero dar un paso adelante y quitarle esa estúpida copa de la mano—. ¿Qué escondes?

Levanta la mirada y me mira por encima del borde de la copa.

—Mierda, Callum. ¿Me lo vas a contar?

Casi pasa un minuto hasta que deja escapar un suspiro profundo.

—Siéntate, Ella.

Mis piernas parecen temblar, así que no discuto. Me acomodo en la silla que hay frente a la suya y espero a que me cuente por qué está obligado a casarse con Brooke.

—Brooke apareció en el momento idóneo de mi vida —admite—. Yo estaba hundido, de luto, y usé su cuerpo para olvidar. Y entonces… me resultó más simple seguir utilizándola. —Cada palabra está teñida de arrepentimiento—. A ella no le importó que me acostase con otras mujeres. De hecho, me animó a hacerlo. Cuando salíamos, ella señalaba a mujeres con las que creía que disfrutaría. Me gustaba que no requiriese involucrarme emocionalmente. Pero a partir de cierto punto, quiso más de lo que yo podía darle. Nunca encontraré a otra Maria. Brooke solo me hace sentir lujuria.

Lo miro con incredulidad.

—Entonces deja que se vaya. Aunque se marche, podrás ser el padre de ese bebé. 

Joder, si Brooke vendería al bebé por el precio adecuado.

Callum sigue hablando como si yo no estuviese ahí.

—Cuando Brooke sea mi mujer, a lo mejor podré controlarla. Puedo atarla con lazos contractuales. No quiere vivir en Bayview. Quiere una casa más grande. Una vida en París, Milán o Los Ángeles, un lugar donde codearse con actores, modelos o atletas. Si la puedo alejar de mis chicos, valdrá la pena.

—¡No la vas a alejar de tus chicos! ¡La vas a empujar a ellos! 

¿Por qué no entra este hombre en razón?

—Nos mudaremos a la costa oeste. O al extranjero. Los chicos estarán bien aquí por su cuenta hasta que terminen el colegio. Haré lo que sea por alejarla de ellos. Sobre todo de Reed.

Yo frunzo el ceño.

—¿A qué te refieres?

Lo que dice a continuación me deja helada:

—Lo más seguro es que el bebé sea suyo, Ella.

Agradezco estar sentada. Si no, me hubiese desplomado.

Vine para confesar lo que sabía sobre Reed y Brooke, pero Callum, el hombre que pensé que no se daba cuenta de nada, ya sabe que su hijo se había acostado con su novia…

Mi cara debe de revelar algo, porque los ojos azules de Callum se entrecierran.

—Ya los sabías… —dice pensativo.

Yo asiento, temblorosa. Me cuesta un poco hablar.

¿Tú ya lo sabías?

Una risa desganada se escapa de sus labios.

—Cuando Brooke me dio la noticia de que estaba embarazada, le dije lo mismo que tú me acabas de decir a mí. Que podía tener el bebé y que yo la ayudaría. Entonces me dijo que se había acostado con Reed y que el bebé podía ser suyo.

Las náuseas se apoderan de mi garganta.

—¿Cu… cuando dijo que pasó? ¿Ella y Reed…?

Reed me prometió que no la había tocado desde que nos besamos, pero nunca especificó cuándo dejó de acostarse con ella. Y yo no he sido lo bastante valiente o estúpida para obligarlo a darme detalles.

Callum vacía su copa y se levanta para rellenarla.

—Supongo que antes de que vinieses. Conozco a Reed. No te hubiese tocado si estuviese aún con Brooke.

Mi mano viaja hasta mi garganta.

—¿Sabes lo nuestro?

—No estoy del todo ciego, Ella. Y vosotros dos no sois tan cuidadosos como creéis. Pensé… que os vendría bien a los dos. Creí que a Reed le sentaría bien estar con alguien de su edad y que sería bueno que tuvieses a alguien especial en tu vida. Lo descubrí cuando te marchaste —admite.

—¿Por qué no descubriste lo que Brooke quería? ¿Por qué no protegiste a tu hijo de ella?

Mi tono acusatorio hace que sus ojos se llenen de ira.

—¡Lo estoy protegiendo ahora! ¿Crees que quiero que mi hijo esté atado a ella el resto de su vida? Es mejor que yo cuide de ese bebé como si fuera mío y que Reed viva la vida que merece.

—El bebé no puede ser suyo, Callum. La última vez que estuvo con ella fue hace seis meses, y ella no está embarazada de seis meses.

A menos que Reed me mintiera sobre lo que pasó en su habitación el mes pasado…

Pero no. No. Me niego a creerlo. Le di otra oportunidad porque confío en él. Si dice que no la tocó aquella noche, entonces no la tocó.

Callum me mira como si fuera una niñata estúpida.

—Tiene que ser suyo, Ella.

—¿Cómo sabes que no es tuyo? —lo desafío.

Él sonríe con tristeza.

—Me hice la vasectomía hace quince años.

Trago saliva con dificultad.

—Oh.

—Maria quería una niña —confiesa Callum—. Seguimos intentándolo, pero después de que tuviese a los gemelos, el doctor le aconsejó que no tuviera más hijos. Dijo que si se quedaba embarazada de nuevo, podía ser muy peligroso. Ella se negó a aceptarlo, así que… me hice la vasectomía y nunca se lo dije. —Él sacude la cabeza, desolado—. No puedo ser el padre del bebé de Brooke, pero puedo hacerme cargo de él. Si arrastro a Reed hacia esto, se creará un lazo entre Brooke y él para siempre, un lazo de culpa, tristeza y responsabilidad. No dejaré que eso pase. Puede que mi hijo me odie lo suficiente como para que se quisiese acostar con mi novia, pero yo lo quiero tanto como para liberarlo de una vida de miseria.

—¿De cuánto está? —pregunto.

—De tres meses y medio.

Cierro los puños, frustrada; quiero hacer ver a Callum de alguna forma que la suposición que ha hecho es equivocada.

—Creo a Reed cuando dice que no la ha tocado en seis meses.

Callum se limita a mirarme.

—Lo creo —insisto—. Y desearía que tú también lo hicieras. Que tú no engañaras a Maria ni Reed me haya engañado a mí no significa que Brooke sea igual.

—Brooke quiere ser una Royal. No se arriesgaría. La pillé una vez intentando sabotear su tratamiento anticonceptivo.

Me froto la cara con las manos porque está claro que ha tomado una decisión.

—Puedes creer lo que quieras, pero estás equivocado. —Me levanto de la silla con los hombros caídos. Me siento derrotada. Me detengo en el umbral de la puerta y lo intento por última vez—. Reed quiere que te hagas una prueba de paternidad. Obligaría a Brooke a hacerlo si pudiera.

Callum parece sorprendido.

—¿Se haría una prueba y arriesgaría a que los resultados demostraran que él es el padre oficialmente?

—No, se haría la prueba para que la verdad saliese a la luz. —Lo miro a los ojos—. Brooke te está mintiendo. No es el hijo de Reed, y si confías en tu hijo aunque solo sea mínimamente obligarás a Brooke a hacerse la prueba y harás que todo este problema acabe.

Empiezo a irme, pero Callum alza la mano.

—Espera.

Frunzo el ceño, pero veo que agarra el teléfono y marca un número. Quienquiera que sea, contesta enseguida.

—Dottie —dice Callum en alto al aparato—. Cuando vayas a la oficina por la mañana, pide una cita para la señorita Davidson en el ginecólogo de Bayview a las nueve en punto. Y manda un coche para recogerla.

Una sonrisa se extiende por mi cara. Quizá le haya hecho reaccionar.

Callum cuelga y me mira preocupado. Después suspira y dice:

—Espero que tengas razón, Ella.

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