El príncipe roto

El príncipe roto


Capítulo 32

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Capítulo 32

Reed

Ella se ha negado a marcharse de mi lado desde que salí del hospital. Lo cual es totalmente innecesario, porque los analgésicos hacen su trabajo en la medida de lo posible. Si no me muevo, lo que más me incomoda son los puntos, que me pican. Los médicos me dijeron que tratara de no rascarme porque me arriesgaba a abrirlos, así que intento distraerme al ver a Sawyer y Sebastian tirar a Lauren a la piscina como si fuese una pelota de playa.

No hace tan buena tarde como para nadar, pero nuestra piscina es climatizada y Lauren también tiene a los gemelos para que la hagan entrar en calor. Ella y yo estamos echados en una tumbona mientras Easton manda mensajes sentado en una silla a nuestro lado.

—Wade quiere saber si vas a tener una cicatriz molona —dice East, distraído.

Ella gruñe con fuerza.

—Dile a Wade que deje de pensar en mierdas estúpidas y que dé gracias porque su mejor amigo esté vivo.

Yo sonrío con suficiencia.

—Te cito, hermanita —East escribe algo, espera y empieza a reír—. Wade quiere saber si le gritas así a Reed cuando te lo estás tirando.

—¿Hay un emoji del dedo corazón? —pregunta Ella con dulzura—. Si lo hay, mándale uno.

Acaricio su suave pelo con los dedos y disfruto de la sensación de tener su cuerpo pegado al mío. Nunca sabrá lo asustado que estaba anoche, no por mí, sino por ella. Cuando el tipo encapuchado salió de entre las sombras, mi primer y único pensamiento fue el de proteger a mi chica. Ni siquiera fui consciente de que me clavó la navaja en el abdomen. Solo recuerdo empujar a Ella a un lado y colocarme delante de ella.

Dios. ¿Qué habría pasado si Daniel hubiese enviado a alguien tras ella en lugar de a por mí? ¿Y si le hubieran hecho daño?

—¿Reed? —murmura preocupada.

—¿Mmm?

—Te has puesto tenso de repente. ¿Estás bien? —Se levanta al instante—. ¿Necesitas otro analgésico?

—Estoy bien. Pensaba en Delacorte y en lo psicópata que es.

—Cierto —señala East con seriedad—. Espero que le peguen una buena paliza en la cárcel militar esa.

Ella suspira.

—No es una cárcel. Es una academia para jóvenes problemáticos.

—¿Jóvenes problemáticos? —East resopla—. Ese cabrón es más que problemático. Ha hecho que apuñalen a mi hermano.

—¿Crees realmente que el tipo encapuchado intentaba matar a Reed? ¿Y si regresa y lo vuelve a intentar? —Parece muy triste, así que entrecierro los ojos y miro a Easton.

—Nadie intentaba matarme —aseguro—. Si fuera así, me habría rajado el cuello.

De repente, Ella se estremece.

—¡Dios, Reed! ¿Cómo se te ocurre decir eso?

—Lo siento. Ha sido una estupidez. —La vuelvo a acercar a mí—. No sigamos con esto. Daniel se ha ido. Y le dio el nombre del tipo encapuchado a la policía, así que lo encontrarán muy pronto, ¿vale?

—Vale —repite, pero no parece convencida.

Un chillido fuerte procedente de la piscina nos hace girar la cabeza en dirección a la parte más profunda, donde Seb intenta deshacer los nudos del bikini de Lauren.

—¡Sebastian Royal! ¡No te atrevas! —Sin embargo, la chica ríe mientras intenta alejarse de mi hermano menor.

Sawyer nada tras ella y la coge en brazos, y la pelota Lauren vuelve a ser lanzada.

East se inclina en su silla y baja la voz.

—¿Cómo crees que lo hacen?

Ella entrecierra los ojos.

—¿A qué te refieres?

—Lauren y los gemelos. ¿Crees que están con ella los dos a la vez o uno después del otro?

—La verdad es que no quiero saberlo —responde Ella con sinceridad.

Yo tampoco. Nunca he cuestionado la relación de Seb, Sawyer y Lauren. A ojos de la gente, Lauren es la novia de Sawyer, pero no tengo ni idea de qué pasa a puerta cerrada.

Escuchamos unas pisadas detrás de nosotros y me vuelvo a tensar al ver que mi padre aparece junto a las tumbonas.

—Reed. ¿Cómo estás?

—Bien —respondo sin mirarlo a la cara.

Se produce un silencio incómodo. No he sido capaz de mirar a mi padre a los ojos desde que Ella me contó que había hablado con él. Estaba avergonzada y nerviosa cuando vino al hospital esta mañana y me lo confesó mientras yo permanecía sentado y me debatía entre la culpabilidad y la sorpresa.

Mi padre sabe lo de Brooke. Y lo mío. Según Ella, lo ha sabido desde hace semanas, pero no me ha dicho ni una palabra. Supongo que así actúan los Royal. Evitamos los problemas complicados. No hablamos de nuestros sentimientos. Y una parte de mí lo agradece. No sé cómo reaccionaré si papá me habla de ello. Todavía no lo ha hecho, pero Ella me contó que había pedido cita para hacer una prueba de paternidad, así que, antes o después, tendrá que decir algo, ¿no?

Va a ser una conversación incómoda. Me alegro de posponerla lo máximo posible.

Papá se aclara la garganta.

—¿Vais a terminar pronto? —Echa un vistazo a la piscina y, luego, fija la vista en las tumbonas de nuevo—. Había pensado que podíamos ir todos a cenar. El jet tiene combustible y está listo para cuando lo estéis vosotros.

—¿El jet? —En la parte profunda de la piscina, Lauren abre los ojos como platos—. ¿Adónde vamos?

Callum sonríe.

—D. C. Pensé que sería una buena sorpresa para todos —Se gira hacia Ella—. ¿Has estado alguna vez en Washington?

Ella niega con la cabeza. Y desde la piscina escucho como Lauren susurra a los gemelos: «¿Quién vuela a otro estado para cenar?».

—Los Royal —responde Sawyer en un murmullo.

—No creo que sea buena idea —admito. Mi tono de voz es reticente porque odio mostrar mis debilidades, pero el efecto de los analgésicos está desapareciendo. Solo el hecho de pensar en levantarme y volar me resulta insoportable—. Id vosotros. No me importa quedarme aquí.

—Yo también me quedo —añade Ella de inmediato.

Le toco la rodilla y observo cómo la mirada de mi padre se posa en mi mano.

—No, ve con ellos —insisto bruscamente—. Has estado pegada a mí desde las siete de la mañana. Necesitas un cambio de aires.

Ella no parece contenta.

—No voy a dejarte solo.

—Eh, estará bien —dice East.

Mi hermano se levanta de su silla, lo cual no me sorprende. Me he dado cuenta de que ha estado como loco todo el día. Easton no está hecho para estar sentado sin hacer nada.

—Ve —exclamo a Ella—. Te encantará Washington, créeme.

—Venga, hermanita, vamos a ver el monumento a Washington desde el aire —intenta convencerla Easton—. Parece un pene gigante.

—¡Easton! —le reprende Callum.

Al final conseguimos convencerla y todos se dispersan para prepararse para la cena. Yo intercambio la tumbona por el sofá de la sala de juegos, donde Ella me encuentra veinte minutos después.

—¿Estás seguro de que estarás bien solo? —Se muerde el labio, consternada.

Alzo el mando.

—Sí, nena. Veré un partido y, luego, me echaré la siesta o algo.

Ella se acerca a mí y me da un suave beso en los labios.

—¿Me prometes que me llamarás si necesitas algo? Obligaré a Callum a que nos traiga.

—Lo prometo —respondo, solo para contentarla.

Después me da otro beso y se marcha. Oigo pasos y voces en la entrada, y, entonces, el ruido desaparece y la casa se queda silenciosa, como una tumba.

Me estiro en el sofá y me concentro en la pantalla. Veo como Carolina anota una y otra vez y machaca a la inepta defensa de Nueva Orleans. Por mucho que me guste ver ganar a mi equipo, hacerlo me recuerda que me perderé dos eliminatorias con los Riders como mínimo, y eso me molesta.

Suspiro, apago la tele y decido echarme una siesta, pero mi teléfono suena antes de que cierre los ojos.

Es Brooke.

Mierda.

Sé que me mandará un aluvión de mensajes si no contesto, así que descuelgo la llamada y murmuro:

—¿Qué quieres?

—Acabo de volver de París. ¿Podemos hablar?

Parece extrañamente apagada, lo que hace que me ponga en guardia de inmediato.

—Pensé que volvías la semana que viene.

—He vuelto antes, qué se le va a hacer…

Sí, está nerviosa por algo. Me levanto con cuidado.

—No me interesa escuchar nada de lo que tengas que decirme. Ve a molestar a otra persona.

—¡Espera! No cuelgues. —Su respiración agitada suena desde el otro lado de la línea—. Estoy lista para hacer un trato.

Mis hombros se tensan.

—¿Qué demonios significa eso?

—Ven y hablaremos —suplica Brooke—. Tú y yo, Reed. No traigas a Ella ni a ninguno de tus hermanos.

Yo suelto una carcajada.

—Si esta es tu forma de intentar seducirme…

—¡No quiero seducirte, pequeño imbécil! —Vuelve a tomar aire como si intentase tranquilizarse—. Quiero hacer un trato. Así que, a menos que hayas cambiado de idea sobre conseguir que me vaya, te sugiero que te presentes aquí.

Mi desconfianza crece. Es obvio que trama algo. No me interesa participar en sus jueguecitos.

Pero… si existe la más remota posibilidad de que lo diga en serio, ¿puedo ignorarla?

Dudo durante varios segundos antes de contestar:

—Estaré ahí en veinte minutos.

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