El príncipe roto

El príncipe roto


Capítulo 33

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Capítulo 33

Ella

La cena en Washington es divertida, pero cuando el avión aterriza me siento contenta y aliviada. He echado de menos a Reed y no me gusta saber que ha estado solo y dolorido toda la noche.

—¿Quieres ver una peli conmigo y con Reed? —pregunto a Easton en cuanto nos subimos al coche.

Parece estar a punto de aceptar cuando su teléfono comienza a vibrar. Echa un vistazo a la pantalla y niega con la cabeza.

—Wade me ha invitado a su casa. Tiene una amiga que necesita público.

Callum anda más deprisa para evitar escuchar los planes de su hijo. En cambio, yo no tengo otra opción.

—Ten cuidado —digo a Easton.

Me pongo de puntillas y le doy un beso en la mejilla, y él me despeina a modo de respuesta.

—Siempre. Siempre utilizo protección —grita en dirección a su padre—. Justo como me enseñaron.

No puedo asegurarlo por la escasa luz, pero creo que Callum le enseña el dedo corazón sin darse la vuelta.

—Ten cuidado tú también —bromea Easton—. Nunca se sabe si Reed intentará cazarte con un bebé. —Yo hago una mueca y él se encoge—. Lo siento, soy un bocazas.

—No pasa nada. Además, va a hacerse la prueba de paternidad, así que sabremos quién es el padre de esa semilla demoníaca en unos pocos días, ¿no? O en una semana.

Easton vacila.

—¿Estás segura de que no es de Reed?

—Él jura que no.

—¿Entonces es de mi padre?

Ahora me toca dudar a mí. Desearía no guardar estos secretos. No sé por qué Callum no les cuenta a sus hijos lo de la vasectomía.

—No, no creo que sea suyo tampoco.

Easton respira con rapidez.

—Bien. Solo tenemos sitio para un Royal más en casa, y esa eres tú.

Luego, me da un tierno beso en la frente y se marcha a su camioneta.

Cuando llegamos a la casa, los gemelos se han ido a quién sabe dónde. La luz del despacho de Callum está encendida, así como la del pasillo del piso de arriba que lleva a mi habitación y a la de Reed. Subo las escaleras en silencio. Es extraño, pero tengo la misma sensación que cuando encontré a Reed y Brooke juntos. Al llegar arriba, echo un vistazo a lo largo del pasillo y mi corazón empieza a latir con más fuerza.

Me recuerdo a mí misma que las cosas no son como pensaba la última vez y que no hay razón para que haya alguien en su habitación que no sea él. Sin embargo, mi corazón late con fuerza y tengo las palmas sudorosas cuando llego a su puerta.

—¿Reed?

—En el baño —responde con una voz amortiguada.

Suspiro aliviada y giro la manilla. La habitación está vacía, pero una tenue luz que procede de la puerta entreabierta del baño ilumina la estancia. Meto la cabeza en el baño y jadeo al verlo.

Se ha quitado el vendaje y hay gasas ensangrentadas en el lavabo.

—¡Dios! ¿Qué ha pasado?

—Se me han abierto un par de puntos. Estoy cambiándome el vendaje. —Tira las gasas manchadas de sangre a la basura y se coloca una venda nueva y blanca en el costado—. ¿Me ayudas a ponerme el esparadrapo?

Me acerco a él en menos de lo que canta un gallo; con el ceño fruncido, agarro el rollo de esparadrapo del tocador.

—¿Cómo te lo has hecho? ¿Te has movido mucho?

—La verdad es que no.

Lo fulmino con la mirada. No lo ha negado, simplemente ha evadido mi pregunta.

—Mientes.

—Me he movido un poco —admite—. No es para tanto.

Tiene los ojos oscurecidos y algo caídos. ¿Ha bajado a golpear el saco? ¿Todavía se culpa por lo de Brooke? Mientras rompo trozos de esparadrapo, observo sus nudillos. No parecen amoratados.

—Sabía que tenía que haberme quedado —gruño—. Me necesitabas. ¿Qué has estado haciendo mientras yo estaba fuera? ¿Levantar pesas?

En lugar de contestarme, se inclina y me besa con dulzura e intensidad al mismo tiempo en la frente. Entonces, se aparta de mí y contesta:

—Te prometo que no ha sido nada. Intentaba alcanzar algo, he sentido que se me abrían los puntos y aquí estoy.

Frunzo los labios.

—Hay algo que no me estás contando. Pensé que no habría más secretos entre nosotros.

—No peleemos, nena. —Me agarra de la muñeca, me saca del baño y me dirige a la cama—. De verdad que no es nada. Me he tomado otro analgésico y ahora me siento bien.

Esboza una sonrisa torcida que no llega a sus ojos. Pero al menos me mira. Busco respuestas en su mirada y veo que hay cierta tensión en su boca, aunque la atribuyo al dolor. Sea lo que sea que haya pasado esta noche, puede esperar hasta mañana. Necesita descansar.

—No me gusta verte dolorido —admito mientras nos acomodamos en su cama.

—Lo sé, pero te prometo que no duele tanto.

—Se suponía que ibas a descansar. —Doy un ligero toque al esparadrapo sobre su piel, casi sin preocuparme cuando se encoge—. ¿Ves? Te duele.

—No te jode… Nena, me han apuñalado, ¿es que no te acuerdas? —Me toma de las manos y me acerca a él.

Su pecho sube y baja a un ritmo normal. Me podrían arrebatar todo: los coches, los aviones, las cenas en restaurantes elegantes… pero no podría soportar perder a Reed. La ansiedad se apodera de mi estómago cuando la verdadera razón por la que estoy triste sale a la superficie.

—Es mi culpa que te hayan apuñalado.

Las comisuras de sus labios caen hacia abajo.

—No, no lo es. No vuelvas a decir eso.

—Es cierto. Daniel no habría ido a por ti si no fuera por mí.

Distraída, acaricio la piel dura de sus pectorales y bajo por el valle que hay entre sus costillas mientras agradezco que el daño no haya sido peor.

—No digas tonterías. Soy yo quien le pegó una paliza y después le dijo a la chica con la que había ido a cenar que era un violador. Yo soy quien se lo ha buscado.

—Supongo. —No lo creo, pero sé que no voy a ganar esta discusión—. Me alegro de que se haya marchado.

—Papá se ha encargado de él. No te preocupes. —Reed me acaricia la espalda—. ¿Cómo ha ido la cena?

—Bien. Muy elegante. El menú estaba lleno de cosas que no podía pronunciar.

Foie gras. Escargots. Nori.

Él sonríe.

—¿Qué has pedido?

—Langosta. Deliciosa.

Al igual que los escargots, que no son más que caracoles. No quise el foie gras (hígado de oca) y las nori (algas) porque ambas cosas parecían asquerosas cuando me explicaron lo que eran.

—Me alegro de que te lo pasaras bien. —Sus manos van más despacio y sus caricias se convierten en algo más… placentero.

Intento moverme hacia atrás, avergonzada por la facilidad con la que consigue excitarme. No puedo aprovecharme de él en este estado. No mientras esté herido.

—Te he echado de menos —confieso.

Me da otro rápido beso en la boca.

—Yo también a ti.

—La próxima vez, vendrás con nosotros. Es evidente que no me puedo fiar de ti.

Toma aire profundamente y me acerca a su cuerpo.

—Hecho. La próxima vez que papá nos lleve a algún lado, iremos juntos.

—Sabes que es una locura, ¿verdad?

—¿Qué parte?

—Lo de que nos lleve en jet. —Le beso el hombro—. Lo de ir juntos me parece bien.

—¿Ah, sí? ¿Cuánto?

La única luz proviene de la puerta entreabierta del baño y crea unas sombras interesantes en el cuerpo de Reed. Le acaricio la garganta con la nariz e inhalo el aroma a jabón y a champú.

—Mucho.

—Nena… —Se aclara la garganta—. Tienes que dejar de hacer eso.

—¿Hacer qué?

Me mira y yo le devuelvo la mirada, desconcertada.

—Tocarme el pecho. Olerme —dice con voz ronca—. Me haces pensar en cosas malas.

No puedo evitar esbozar una ligera sonrisa.

—¿Cosas malas?

—Guarradas —se corrige.

Mi sonrisa se ensancha. No sé si lo dice para distraerme o porque es cierto, pero funciona. Me inclino sobre él y mi pelo forma una cortina que cubre nuestras caras. Le rozo los labios con los míos y Reed pasa la lengua por mi labio inferior, pidiéndome permiso para entrar. Yo abro los labios y él se aprovecha para profundizar el beso.

—No deberíamos hacer esto —murmuro contra su boca—. Estás herido.

Él se separa con una sonrisa en la cara.

—Entonces, haz que me sienta mejor.

—¿Es un reto?

Ríe cuando vuelvo a posar mis labios sobre los suyos. Esta vez, mi lengua lo tortura a él. Devoro su boca hasta que se olvida de respirar. Y mi mano vuelve a moverse y desciende por su pecho, en dirección a su cintura. La meto dentro de sus bóxers y encuentro la prueba dura, caliente y gruesa de lo bien que se siente.

Cuando se arquea sobre la cama con un gemido miro hacia arriba de inmediato.

—¿Estás bien?

Él gruñe.

—No te atrevas a parar.

—¿Qué te duele? —pregunto con preocupación fingida. Me encanta ver a Reed así, a mi merced.

—Todo. En serio, me duele todo. Sobre todo aquí. —Se da una palmada en la entrepierna—. Necesito que la beses para que se recupere.

—¿Quieres que te bese ahí? —pregunto con fingida indignación.

—Sí. Quiero que me beses como si no hubiera mañana y con lengua ahí… a menos que no quieras. —La duda se apodera de sus últimas palabras.

Se baja los pantalones cortos con impaciencia hasta que se queda desnudo. Se agarra con una mano el miembro y me observa expectante y esperanzado.

—Pobrecito… —murmuro mientras recorro el dorso de su mano con un dedo.

Bajo la cabeza y, al instante, Reed me aparta el pelo de la cara. En el momento en que cierro la boca con él en mi interior susurra de placer:

—Joder, sí… —Su tono refleja agonía, y el dolor que siente ahora mismo es producto de lo que hago. Es una sensación deliciosa y poderosa. Sus manos temblorosas se pierden en mi pelo de nuevo.

—Nena… Ella… —jadea, y después es incapaz de hablar.

Solo emite sonidos. Gemidos roncos, suspiros profundos y súplicas rotas. Me tira del pelo con fuerza, me separo de él y lo miro a la cara, que ahora refleja pasión… y puede que incluso amor.

Vuelvo a bajar la cabeza y voy todo lo lejos que puedo. Es grande y pesado, pero sentir su miembro con mi lengua y contra mis labios me excita más de lo que pensaba. Bajo mi cuerpo, siento su desesperación y su deseo. Me embriaga un sentimiento de poder. Si me detuviese, es probable que consiguiera que Reed me prometiese cualquier cosa.

Pero no quiero nada. Solo a él. Y saber cuánto me desea me pone mucho. Le llevo al límite con mis manos, mi lengua y mis dientes.

—Para… voy a correrme —gime y me tira del pelo débilmente.

Cierro los labios en torno a él. Quiero que pierda el control. Redoblo mi esfuerzo, chupo y lamo hasta que su cuerpo se tensa y explota.

Cuando se relaja, me acomoda junto a él.

—¿Reed? —susurro.

—¿Sí? —pregunta con voz áspera.

—Te… eh… te quiero.

—Yo… también te quiero. —Entierra la cara en mi cuello—. No te haces una idea de cuánto. Yo… Sabes que haría cualquier cosa por ti, ¿verdad? Cualquier cosa con tal de mantenerte a salvo.

De repente, siento una cálida sensación en el vientre.

—¿Sí?

—Cualquier cosa —repite con voz ronca, y me besa hasta que ambos nos quedamos sin aire.

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