El príncipe roto

El príncipe roto


Capítulo 34

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Capítulo 34

La pantalla de mi teléfono dice que son las dos de la mañana, pero no suena ninguna alarma, al menos no en mi cuarto. Oigo un sonido chirriante que procede de algún lugar de la casa. Echo un vistazo a Reed para comprobar si está despierto, pero está tumbado sobre dos terceras partes del colchón, dormido como un tronco.

Me tapo la cara con el cojín y vuelvo a cerrar los ojos, pero el ruido no cesa. No solo eso, sino que ahora también oigo unas pisadas en el pasillo antes de que alguien aporree una puerta con fuerza.

Reed se levanta con el pelo oscuro despeinado y una expresión somnolienta en la cara.

—¿Qué co…?

Se puede oír una voz enfadada en el vestíbulo.

—Un maldito minuto. —Parece Callum, pero me cuesta entender lo que dice—. Te dije que iría a por él.

Oh, mierda. Reed y yo nos levantamos de la cama de un salto. Una cosa es que Callum sepa lo nuestro, pero no le gustaría descubrirnos durmiendo en la misma cama. Tengo los vaqueros a la altura de las rodillas y Reed se pone la camiseta cuando el ruido al otro lado de mi puerta se detiene.

Ambos nos congelamos al oír el grito furioso de Callum.

—¡Esa es la habitación de mi pupila de diecisiete años y nadie va a entrar sin avisar!

¿Nadie va a entrar?

—¿Quién hay ahí fuera? —susurro a Reed.

Me mira confuso.

—Ella —grita Callum en el pasillo—. Tenemos visita. Necesito que te vistas y bajes lo antes posible.

Me aclaro la garganta.

—Sí, vale. Bajo ahora mismo.

Me estremezco al darme cuenta de que mi voz proviene de la habitación de Reed.

Callum vacila y después dice:

—Despierta a Reed. Que venga contigo.

«Qué incómodo», pienso. Me subo los vaqueros con rapidez y agarro un suéter del armario. Reed se toma su tiempo.

—Nena, todo irá bien. Todavía eres virgen. Se lo diré a papá.

Me acerco a él y le tapo la boca con la mano.

—Dios, no. No vamos a hablar de eso con Callum. Nunca.

Reed pone los ojos en blanco y me quita la mano de su cara.

—No te preocupes. Solo nos gritará.

—¡Por qué nos levanta en mitad de la noche para eso? —pregunto.

—Así es más dramático. Nos dirá algo importante sobre que debemos tener cuidado y mierdas así. —Se encoge de dolor cuando lo arrastro hacia la puerta.

Le suelto la mano al instante.

—¿Te duele el costado?

Mueve el brazo despacio y echa un vistazo a la herida.

—Solo estoy un poco dolorido. Estaré bien en unos días, no te preocupes.

Ahora me toca a mí mirarle enfadada.

—Ni siquiera pensaba en eso. Has hecho algo mientras estábamos cenando, ¿verdad?

Él se encoge de hombros.

—Nada importante. Ya te lo he dicho, se me han abierto un par de puntos. No pasa nada.

Callum nos saluda cuando llegamos a la zona que divide su ala de la casa de la nuestra, justo al lado de las escaleras que conducen a la planta baja. Viste unos pantalones y una camisa blanca a medio abotonar.

—Papá —dice Reed cauteloso—. ¿Qué pasa?

Los ojos furiosos de su padre viajan del uno al otro.

—¿Dónde has estado esta noche? —Callum suspira aire de forma agitada—. No, no me lo digas. Cuanto menos sepa, mejor.

Reed da un paso al frente.

—¿Qué cojones pasa?

Callum se pasa las manos por el pelo.

—La policía está aquí. Quieren hablar contigo para saber dónde has estado esta noche. No digas nada hasta que venga Grier.

Reconozco el nombre de Grier. Lo vi grabado en dorado en la puerta del despacho de abogados donde se leyó el testamento de Steve.

—¿Ha pasado algo con Daniel? ¿Han atrapado al tipo encapuchado?

Silencio. Un silencio atronador me permite imaginar el peor de los escenarios. Pero nada de ello se parece al pánico que percibo en la voz de Callum cuando contesta:

—Brooke ha muerto…

¿Qué?

—…y Reed es sospechoso de su asesinato. —Su voz se apaga. Callum tiene los ojos fijos en la cara de su hijo, que está completamente lívido.

Dios mío.

Fijo la mirada en el costado de Reed instintivamente, justo en la zona en que su vendaje se tiñe de sangre mientras hablamos. Vuelvo a mirar a Callum, abro la boca, la cierro y, luego, repito la acción.

«¿Cómo te lo has hecho?»

«Me he movido un poco… No es para tanto».

En cuanto recuerdo esas palabras quiero pegarme a mí misma por el simple hecho de pensarlo. No. De ninguna manera. No importa lo mucho que la odiase, Reed nunca… él nunca…

¿Lo haría?

«Sabes que haría cualquier cosa por ti, ¿verdad? Cualquier cosa con tal de mantenerte a salvo».

—Señor Royal —dice una voz al final de las escaleras. Un hombre de aspecto cansado con un traje arrugado coloca una mano en la barandilla y un pie en el primer peldaño—. Tenemos una orden firmada. Su hijo tendrá que acompañarnos.

—¿Quién ha firmado esa mierda? —inquiere Callum mientras baja las escaleras.

El hombre alza una hoja de papel.

—El juez Delacorte.

En cuanto Callum le quita el papel de las manos, el hombre sube las escaleras escoltado por dos oficiales de policía a los que no había visto antes. Uno de ellos agarra a Reed, en silencio, le da la vuelta y lo empuja contra la barandilla.

—Eso no es necesario. —Callum sube de nuevo las escaleras—. Irá con ustedes voluntariamente.

—Lo lamento, señor Royal, pero es el procedimiento estándar —explica el hombre con cierta petulancia.

—No digas ni una sola palabra —ordena Callum a su hijo—. Nada de nada.

Reed me mira fijamente a los ojos y siento que sus ojos me queman.

«Te quiero».

«Yo también te quiero».

«Haré cualquier cosa».

«Tenemos que encontrar una forma de deshacernos de ella».

«Quiero que Brooke desaparezca de nuestras vidas».

«Te quiero».

—Te quiero —susurro mientras el oficial se lo lleva.

Su cara adquiere una expresión feroz, pero no dice nada, y no sé si es porque teme abrir la boca o porque cumple las órdenes de su padre. 

Todo mi cuerpo empieza a temblar y Callum me rodea con un brazo.

—Sube y ponte unos zapatos. Te llevaré a la comisaría.

—Los chicos —digo débilmente—. Deberíamos despertarlos. —Me doy cuenta de que está a punto de decir que no, pero creo que se equivoca—. Necesitamos mostrar a Reed que la familia le apoya. Estoy segura de que les gustaría venir con nosotros.

Finalmente, Callum asiente.

—Ve a por ellos.

Me doy la vuelta y atravieso el vestíbulo corriendo. Entonces, aporreo la puerta de las habitaciones de Easton y los gemelos.

—¡Despertad, chicos! —grito—. ¡Despertad!

El timbre vuelve a sonar. Corro hacia la puerta. Por alguna razón, creo que es Reed. Que ha vuelto y me dirá que es una broma de mal gusto. Una sorpresa estúpida. Una broma del Día de los Inocentes que llega tarde. 

Callum alcanza la puerta primero y la abre con rapidez. Da un paso hacia delante y se paraliza justo un segundo después. Se detiene tan abruptamente que choco contra su tensa espalda.

—Dios mío… —jadea.

No tengo ni idea de por qué se ha detenido. No veo nada; su ancha espalda me lo impide.

Mientras Callum permanece de pie como una estatua, yo echo un vistazo a su alrededor y parpadeo, sobresaltada.

Hay un hombre de pie en medio del camino de roca caliza. Pelo rubio grasiento cae sobre sus hombros. Tiene una barba poblada que cubre casi toda su cara. Viste unos pantalones caqui y un polo que parece que cuelguen de su cuerpo delgado, como si llevara dos tallas de más.

Me resulta extrañamente familiar, pero estoy bastante segura de que no le he visto en mi vida.

Nos miramos a los ojos. Son de un azul claro y unas pestañas de color rubio oscuro los rodean.

Se me acelera el corazón, porque ahora dudo de mí misma. Creo que lo conozco. Creo que es…

—¿Steve? —exclama Callum.

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