El príncipe roto
Capítulo 9
Página 12 de 39
Capítulo 9
Lo primero que veo cuando me despierto es el ventilador que hay sobre mi cama. Las suaves y pesadas sábanas de algodón me recuerdan que ya no estoy en aquella mugrienta habitación de motel a cuarenta dólares la noche, sino de vuelta en el palacio de los Royal.
Todo está igual. Incluso mis almohadas huelen a Reed, como si hubiese dormido aquí todas las noches que he estado fuera. Lanzo la almohada al suelo y anoto mentalmente que tengo que comprar sábanas nuevas.
¿He tomado la decisión correcta? ¿Tenía otra elección? Callum me ha demostrado que puede encontrarme en cualquier parte. Le exigí todo lo que pude. El escáner manual de mi puerta. Una tarjeta de crédito a mi nombre. La promesa de que en cuanto terminara el colegio, todo esto acabaría.
La pregunta que debería hacerme es si voy a dejar que un tío me arruine la vida. ¿Tan débil soy que soy incapaz de manejar a Reed Royal? Cuidé durante años de mi madre, y también de mí misma. El agujero que la muerte de mi madre dejó en mi corazón terminó curándose. La herida que me ha hecho Reed también lo hará. ¿Verdad?
Me giro y veo el teléfono que Callum me dio sobre la mesita de noche. Me lo dejé junto con el coche, la ropa y todo lo demás que me habían regalado. Pero que intentara huir de los Royal, especialmente de Reed, no significa que dejara de pensar en él. No podía evitarlo. Los recuerdos me atormentaron durante todo el trayecto.
Cojo el teléfono con determinación y me obligo a enfrentarme al desastre que dejé atrás. Leer todos los mensajes me provoca una sensación agridulce. Hasta ahora, cuando me marchaba de un sitio, nadie me echaba de menos. Mi madre y yo nunca permanecíamos en un mismo sitio más de un par de años.
Tengo más de treinta mensajes de Valerie, junto con otros tantos de Reed. Elimino esos sin leerlos. Hay varios de Easton, pero sospecho que también son de Reed, así que también los borro. Los otros mensajes son de mi jefa, Lucy, la propietaria de The French Twist, una pastelería cerca del Astor Park. Sus primeros mensajes muestran preocupación y los últimos, impaciencia.
Pero son los mensajes de Val los que me hacen sentir un incómodo nudo en el estómago. Debería haberle dicho algo. Pensé bastante en ello cuando me fui, pero tenía miedo. No solo de que los Royal le sonsacaran información. Val formaba parte de una vida que quería olvidar. Me siento mal por cómo la he tratado, eso sí. Si ella desapareciera de repente, me enfadaría.
«Lo siento. Soy la peor amiga de la historia. ¿Aún sigues queriendo hablarte conmigo?»
Bajo el teléfono y me quedo mirando el techo, pasmada. Para mi sorpresa, el teléfono suena al instante. La foto de Val aparece en la pantalla.
Respiro hondo y descuelgo.
—Hola, Val.
—¡Dónde estabas! —grita—. ¡Te he llamado unas mil veces!
Abro la boca para contarle una excusa barata, pero sus siguientes palabras me detienen.
—Y no me digas que has estado mala, porque nadie está tan enfermo durante dos semanas como para no poder responder a una llamada. Bueno, a menos que seas una paciente cero tras un apocalipsis zombi.
Mientras escucho sus palabras de preocupación, me doy cuenta de que esto ha sido una prueba de nuestra amistad. A pesar de haber ignorado sus llamadas durante dos semanas, me recibe ahora con los brazos abiertos. Sí, está haciendo preguntas, pero se merece una respuesta. Es una persona importante para mí. Lo bastante como para que conteste con sinceridad sin importar lo vergonzoso que pueda resultarme.
—Me escapé —confieso.
—Ay, Ella, no… —Suspira con tristeza—. ¿Qué te han hecho esos Royal?
No quiero mentirle.
—Yo… no estoy preparada para hablar de ello. Pero puede que haya sobreactuado.
—¿Por qué no me pediste ayuda? —pregunta. El dolor está patente en cada una de sus palabras.
—No lo pensé. Yo… ocurrió algo aquí y me metí en el coche, compré un billete de autobús y me largué. Lo único que tenía en mente era alejarme tanto como pudiera de los Royal. No se me ocurrió acudir a ti. No estoy acostumbrada a depender de nadie. Lo siento.
Se queda en silencio durante un momento.
—Sigo enfadada contigo.
—Haces bien.
—¿Vas a venir hoy a clase?
—No. Volví ayer por la noche, así que Callum me ha dado un día para que me instale de nuevo.
—Bien. Entonces yo también faltaré. Ven a verme y me lo cuentas todo.
—Te contaré lo que pueda. —Ni siquiera quiero pensar en lo ocurrido con Brooke y Reed. Quiero olvidarlo. Quiero olvidar que le abrí mi corazón a Reed.
—Yo también tengo muchas cosas que contarte —admite—. ¿Cuándo puedes venir?
Echo un vistazo al reloj.
—¿En una hora? Tengo que ducharme, desayunar y vestirme.
—Me parece bien. Ven por la puerta trasera, si no mi tía se preguntará por qué no estamos en el colegio.
Val vive con su tía, y gracias a ella va al Astor Park. Solo conozco a la malvada prima de Val, Jordan, y supongo que el día que hago pellas no es la mejor ocasión para conocer al resto de su familia.
—Vale. Hasta ahora.
Respiro hondo y llamo a Lucy.
—Hola, Lucy. Soy Ella. Siento mucho haber desaparecido así. ¿Puedo ir a la pastelería esta tarde?
—Yo también lo siento, pero ahora mismo no puedo hablar. Estoy liada. —Lucy contesta con frialdad y, de repente, me arrepiento de no haber ido en cuanto me he despertado esta mañana—. Si te pasas alrededor de las dos, podemos hablar.
—Allí estaré —le prometo. Tengo la sensación de que no me va a gustar lo que quiere decirme.
Salgo a rastras de la cama, me ducho y, después, me enfundo un par de vaqueros viejos y mi camisa de franela. Irónicamente, este es básicamente el mismo modelito que llevaba cuando llegué a la mansión de los Royal. Mi armario está lleno de ropa cara, pero no voy a ponerme ni una sola prenda que eligiera Brooke Davidson para mí. Puede que sea una estupidez, pero no me importa.
Abro la puerta y me detengo. Reed está apoyado contra la pared, delante de mi dormitorio.
—Buenos días.
Cierro la puerta de golpe.
Su estridente voz atraviesa la puerta con facilidad.
—¿Cuánto tiempo piensas ignorarme?
Dos años. No. Tanto como sea humanamente posible.
—No voy a irme —añade—. Al final, acabarás perdonándome, así que es mejor que me escuches.
Camino hacia la ventana junto a mi cama y miro abajo. La caída desde un segundo piso es peligrosa y no estoy segura de que una liana hecha con sábanas funcione realmente en la vida real. Con la suerte que tengo, las sábanas se desatarían y me estrellaría contra el suelo. Me rompería varios huesos y me quedaría atrapada en la cama durante semanas.
Cruzo la habitación, abro la puerta de un tirón y paso junto a él en silencio.
—Siento no haberte contado lo de Brooke.
«Puedes meterte las disculpas por donde te quepan», pienso.
Mientras bajo por las escaleras, Reed me agarra por el antebrazo, tira de mí y me coloca frente a él.
—Sé que todavía te importo, de lo contrario no estarías castigándome con tu silencio.
Incluso tiene el morro de dedicarme una sonrisa.
Ay, Dios. No tiene permitido sonreír. Primero, porque está buenísimo cuando lo hace. Y segundo, porque… uf… porque estoy enfadada con él.
Lo miro con indiferencia y me libero de él.
—He decidido que no voy a malgastar mi tiempo ni mi energía en gente que no lo merece.
Reed espera a que baje los escalones para llamarme.
—¿Entonces no te importa Easton?
Al mencionar a Easton, me giro, porque además de Val, Easton se ha convertido en uno de mis mejores amigos.
—¿Qué pasa con él?
Reed desciende el resto de escalones hasta colocarse a mi lado.
—Huiste y lo abandonaste. Su vida ha estado llena de mujeres a las que ha querido y que lo han abandonado.
La culpa me hace sonrojarme como un tomate.
—Yo no lo abandoné.
«Te abandoné a ti, cerdo mentiroso».
Reed se encoge de hombros.
—Entonces, tendrás que convencerlo a él, no a mí. Pero estoy seguro de que te lo ganarás en nada.
Qué gilipollas más arrogante. Me controlo e intento parecer tan dulce como puedo.
—¿Me haces un favor?
—Por supuesto.
—Métete tu condescendencia, tus consejos y tus instintos acosadores por donde te quepan.
Me giro. Pero no logro hacer una salida triunfal, porque Reed me sigue hasta la cocina, donde encuentro al resto de los Royal, menos a Gideon.
—¿Nadie tiene entrenamiento esta mañana? —pregunto con cautela.
Easton y Reed juegan al fútbol americano. Esos dos ya deberían estar en el colegio. Callum normalmente se va a la oficina antes de que salga el sol. No tengo ni idea de cuándo se levantan los gemelos. Esta mañana, todos están sentados en la enorme mesa de cristal situada en uno de los rincones de la cocina, con vistas a la piscina y al océano Atlántico.
—Es un día especial —dice Callum, todavía con la taza de café en la boca—. Todos vamos a participar en esta reunión familiar. Sandra te ha preparado el desayuno, está en la nevera. ¿Por qué no lo coges y te sientas? Reed, deja de agobiar a Ella y siéntate.
No son sugerencias y, pese a que Callum no es mi padre y a la tendencia de Reed a hacer oídos sordos, ambos hacemos lo que nos pide.
—Es genial que hayas vuelto —dice Sawyer mientras me siento. Al menos creo que es Sawyer. La quemadura de la muñeca que usaba antes para diferenciar a los gemelos ya se ha curado, así que no estoy segura.
—Sí. Ya empieza a hacer frío, y Reed nos prometió que nos llevarías a todos a comprar ropa de invierno —añade Seb.
—Ah, ¿sí?
—Sí, sin ti estamos perdidos.
El hilo de voz de Reed me golpea con fuerza en el estómago.
—No me hables —espeto.
—Eso —dice Easton—. No le hables.
Me sobresalto al ver a los tres Royal lanzándole miradas asesinas a Reed. Él tensa la boca. Le digo a mi estúpido corazón que no tiene permiso para sentir ni una pizca de compasión por Reed. Sea lo que sea que se esté cociendo en la mesa de la cocina, sé que se lo ha buscado una y mil veces antes.
—Buenos días, Easton —gorjeo—. ¿Me he perdido algo interesante en Biología?
Quiero hablar sobre el extraño abrazo de anoche, pero este no es el lugar.
Aun así, necesito saber si está bien. Easton tiene unos cuantos problemas de adicción. Creo que echa de menos a su madre y que intenta llenar el hueco que dejó con todo, aunque sabe que nada funciona. Yo también he estado en su lugar.
—Sí, estamos diseccionando cerdos.
—¿En serio? —Finjo tener una arcada—. Menos mal que me lo he perdido.
—No, qué va. —Me da un empujoncito con el hombro—. Es broma. No te has perdido una mierda. La entrega de trabajos es la semana que viene, eso sí.
—Mierda.
—No te preocupes. Callum se ocupará de todo, ¿verdad, papá? —Easton levanta el mentón.
Callum ignora a Easton y asiente con sosiego.
—Sí, si necesitas más tiempo, estoy seguro de que puedo solucionarlo.
Porque en este mundo, el dinero lo compra todo, incluidas las prórrogas en las entregas de trabajos. A lo mejor ni siquiera tendré que hacer los exámenes de acceso a la universidad. No sé si eso me alegra o me molesta. Ambas cosas, supongo. Mi cabeza está acostumbrada a las emociones contradictorias.
Como cuando Reed se sienta junto a mí. Mi cuerpo se regocija al recordar todo el placer que fue capaz de hacerme sentir y el corazón me da un vuelco al recordar cómo rellenó las grietas de mi corazón con un afecto y una calidez que no sabía que necesitaba en mi vida. Pero la cabeza me recuerda que este chico se ha portado fatal conmigo. La única concesión que puedo hacerle es que me lo advirtió, pero yo seguí tras él como una idiota enamorada, diciéndole que me amaba y que solo necesitaba admitirlo. Así que supongo que los dos tenemos algo de culpa.
Me dijo que me mantuviera alejada de él.
Me dijo que este no era mi sitio.
Ojalá le hubiera hecho caso.
—¿Te ha ofendido el bagel de algún modo? —pregunta Easton.
Bajo la mirada y veo mi desayuno hecho trizas en el plato. Lo aparto y me acerco el cuenco lleno de fruta fresca, cereales y yogur. Lo único bueno de vivir en la casa de los Royal es la cantidad de comida que hay en la cocina a todas horas. No hay cabida para los días de una sola comida o la esperanza de que no se te revuelva el estómago si lo único que puedes comer es un taco de un restaurante de comida rápida.
Y todo es fresco, brillante, verde y sano.
Si Callum me hubiese recordado todo lo que hay en el frigorífico, a lo mejor no me habría resistido tanto a volver.
—No me apetecen carbohidratos esta mañana.
—Entonces, hermanita, ¿qué vamos a hacer hoy? —Se frota las manos—. He oído que no vamos a clase. Bueno, los gemelos sí, pero eso es porque son tontitos. En cuanto se saltan una clase, ya van perdidos.
Los dos gemelos le muestran el dedo corazón.
—Voy a ir a casa de Valerie.
—Genial —dice Easton—. Me gusta Val. Parece que nos lo vamos a pasar bien.
—Creo que no has pillado el sujeto elíptico. Yo voy a casa de Val.
Todos están pendientes de nuestra conversación.
—Lo he pillado. —Easton sonríe con alegría, pero sus ojos se mueven a toda velocidad—. Simplemente te he ignorado. ¿A qué hora nos vamos?
Tamborileo con los dedos sobre la mesa.
—Easton, presta atención. —Espero hasta que su frenética mirada aterriza de nuevo en mí—. Te vas a quedar aquí. O puedes irte, pero no vas a venir conmigo.
—Hablas y hablas, pero nada de lo que dices tiene sentido. ¿Cuándo nos vemos en tu coche?
Miro al resto de comensales sentados en la mesa en busca de ayuda, pero todo el mundo aparta la mirada. Frente a mí, los gemelos están a punto de sacudirse por las carcajadas que intentan contener.
Callum echa un vistazo por encima de su periódico.
—Deberías darte por vencida. Si no le dejas ir contigo, aparecerá en casa de los Carrington de todos modos.
Easton intenta parecer clemente y contrito, pero sus ojos brillan, triunfantes.
—Vale, pero vamos a pintarnos las uñas y a hablar de qué compresas son las más absorbentes. Puede que hagamos experimentos científicos.
Su sonrisa no flaquea, pero los gemelos gimen.
—Qué asco —dicen al unísono y se separan de la mesa. Sawyer (voy a seguir jugándomela) le da una palmada a Sebastian en el hombro—. ¿Listo?
Seb tira la servilleta en la mesa y se pone de pie.
—Supongo. Prefiero aprender Geometría a hablar de compresas.
—Nos vamos en unos… ¿quince minutos? —propone Easton antes de salir de la cocina.
Me froto la frente cuando un dolor punzante empieza a martillearme justo encima del ojo derecho.
—Ella… —Reed habla tan bajito que apenas lo oigo.
Lo ignoro y miro por la ventana hacia el agua clara y calma de la piscina. Ojalá la vida fuese igual de tranquila.
—Os dejo solos para que terminéis de desayunar. —Callum dobla el periódico sin preocuparse por no hacer ruido. Las patas de la silla arañan el suelo cuando se pone de pie—. Me alegro de que hayas vuelto, Ella. Te hemos echado de menos.
Me coloca una mano sobre el hombro y, luego, abandona la estancia.
—Yo también he terminado.
Dejo caer la cuchara junto a mi desayuno, intacto.
—No te molestes. Ya me voy yo. —Reed se pone en pie—. Necesitas comer, y está claro que no lo harás mientras yo esté aquí.
Continúo ignorándolo.
—No soy tu enemigo —dice. La infelicidad tinta su voz—. No te conté mi pasado porque era un desastre y no sabía cómo reaccionarías. Me equivoqué, ¿vale? Pero lo arreglaré.
Se inclina y acerca la boca a un par de centímetros de mi oreja. Su olor me invade, así que me obligo a contener la respiración. Intento no mirar su brazo esculpido y flexionado cuando apoya una mano en la mesa.
—No voy a rendirme —murmura, y me roza el lateral del cuello con su aliento.
Finalmente, le ofrezco una respuesta en un tono de voz bajo y burlón:
—Pues deberías. Me tiraría a Daniel antes que volver contigo.
Silba cuando el aire pasa entre sus dientes al inspirar.
—Los dos sabemos que eso no es verdad. Pero lo pillo. Te hice daño y ahora quieres hacérmelo pagar.
Lo miro a los ojos.
—No. No quiero venganza. No merece la pena gastar energía mental en algo así, y no planeo pasarme mucho tiempo pensando en ti. No me importáis ni tú ni tus chicas. Solo quiero que me dejes en paz.
Reed tensa la mandíbula.
—Estoy dispuesto a hacer casi lo que sea por ti. Si pudiera, viajaría en el tiempo para cambiar las cosas. —Baja la mirada hacia mí, decidido—. Pero no voy a dejarte en paz.