El príncipe roto

El príncipe roto


Capítulo 10

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Capítulo 10

Easton está tumbado sobre mi cama cuando entro en mi habitación. Tiene una lata de refresco —gracias a Dios, no es de cerveza— colocada entre las piernas y el mando de la tele en la mano.

—¿Cómo has entrado? 

—No has cerrado bien la puerta. —Da golpecitos en el hueco libre del colchón—. Ven aquí. Miraré el canal de deportes mientras tú llamas a Val. 

—Ya he hablado con ella antes de desayunar. —Meto unas cuantas cosas en la mochila y me la cuelgo al hombro—. ¿Hay alguna tienda de segunda mano por aquí?

Easton se baja de la cama y se coloca frente al armario, junto a mí.

—Ni idea, pero si estás cansada de tu ropa, puedes donarla durante la semana formal. Ponen un puesto benéfico. 

¿Semana formal? Estoy a punto de preguntar qué es, pero luego decido que en realidad no quiero saberlo. No voy a asistir a ningún estúpido evento que organice el Astor Park.

—Claro que sí —murmuro—. Callum dice que tengo dinero. Supongo que puedo disponer de él.

—¿Para qué lo quieres?

—Para comprar ropa.

—Ya tienes ropa. —Hace un gesto hacia el armario.

—Voy a quemarla toda y a comprar cosas nuevas, ¿vale? —La ira y la impaciencia me hacen sonar más borde de lo que pretendía—. No veo por qué importa tanto que quiera irme de compras. Supuestamente, a las chicas nos encanta ir de compras.

Easton me escudriña con unos ojos brillantes, que son más intuitivos de lo que creo.

—No eres una chica normal, Ella. Así que sí, es raro viniendo de ti, pero sé sumar dos más dos. Brooke te compró esa ropa, y tú odias a Brooke. Así que toda esta ropa tiene que desaparecer.

Me cruzo de brazos.

—¿Te lo ha contado Reed o lo sabías desde el principio?

—Me lo acaba de decir —admite Easton.

—Buenas noticias. Tus pelotas se han salvado. 

Lo aparto de mi camino y agarro un par de zapatillas de deporte. 

Voy a construir una vida nueva y quiero empezar hoy mismo. No incluiré a los chicos que se acuestan con las novias de su padre y que empiezan un romance con su hermanastra a escondidas. También voy a cortar las alas a todas las zorras que intenten jugar conmigo.

Es una suerte que la zorra número uno, Jordan, esté hoy en el colegio, de lo contrario, puede que la empujara a la piscina con unas cuantas rocas atadas al cuello.

—Has puesto cara de mala. Ha sido muy sexy. Prométeme que vas a dejar que me corra antes de matarme —bromea Easton.

—Algún día alguien te dará una hostia de las buenas.

—Sé que lo dices como amenaza, pero, sinceramente, me muero de ganas de que pase. Suena bien.

Sea cual sea la chica que cace a Easton, va a tener que sostener un látigo en una mano y una pistola en la otra. Pero, aun así, creo que es incontrolable. 

Recojo la llave de mi precioso descapotable de color personalizado. Sentí mucha pena al tener que dejar a esa preciosidad aquí.

—¿Crees que Val tendrá comida para mí? —pregunta Easton—. Tengo hambre otra vez.

—Pues ve abajo, porque no vas a venir conmigo.

—Entonces irá Reed.

Me detengo junto a la puerta de mi dormitorio.

—¿De qué hablas?

—Papá tiene miedo de que intentes escaparte otra vez, así que uno de nosotros tiene que estar contigo a todas horas. La buena noticia es que puedes ir a mear tú sola, pero hay una alarma instalada en la ventana. 

Lanzo las llaves contra el vestidor y entro en el cuarto de baño.

—¿Ves los sensores rojos de aquí? —Easton se inclina hacia delante y señala dos puntitos rojos de luz en el marco de la ventana—. Papá recibirá un mensaje si la abres. Entonces… ¿quién va contigo a casa de Val? ¿Reed o yo?

—Esto es de locos. —Niego con la cabeza—. Vale, vamos.

Easton me sigue obedientemente por las escaleras y nos dirigimos al aparcamiento. No estoy de humor para hablar, pero, cuando atravieso con el coche el enorme portón, parece que él tiene otros planes. 

—Yo soy quien debería estar enfadado. Te marchaste sin decir nada. Estaba preocupado por ti. Podrían haberte matado o algo parecido.

Ya he mantenido esta conversación con Reed, muchas gracias.

—Parece que no soy yo la única con la que estás enfadado. ¿De qué iban esas miradas asesinas que tú y los gemelos le habéis dedicado a Reed durante el desayuno?

—Está comportándose como un gilipollas.

—¿Y ahora te das cuenta?

Easton mira fijamente sus zapatillas cuando responde:

—Antes no me importaba.

Es inútil responder. Además, los Carrington viven a menos de diez minutos y ya estoy en el camino asfaltado que lleva a su casa. Localizo a Val en la puerta trasera. No parece muy contenta.

—¿Qué pasa? —pregunto cuando llegamos a su altura.

Señala a Easton con la cabeza.

—¿Qué hace él aquí?

—Lo siento, uno de los Royal tiene que estar con Ella en todo momento —dice East—. Órdenes de mi padre.

Val me mira con incredulidad.

—¿En serio?

—Ni idea, pero te prometo que, si hubiera podido dejar a Easton en casa, lo habría hecho. 

—Eh, me has hecho daño —protesta. 

Y solo porque puede que sea cierto, suplico:

—No dirá nada.

Val pone los ojos en blanco. 

—En fin… Entrad.

—¿Tienes algo de comer? —pregunta Easton cuando atravesamos la cocina.

—Sírvete tu mismo. —Señala con la mano la cornucopia de fruta y una tarta que hay sobre una bandeja en la encimera—. Te puedes quedar aquí. Ella y yo necesitamos estar a solas. 

—Oh, no. Quiero ir con vosotras. —Easton se acerca a mí—. Ella me ha dicho que ibais a probar la absorción de las compresas. Lo cierto es que me interesa bastante.

Val me lanza una mirada llena de confusión.

—Easton, por favor. Danos diez minutos para hablar a solas —suplico.

—Vale, pero me voy a comer la tarta entera.

—Empáchate, campeón —comenta Val mientras me saca a rastras hasta el porche interior que recorre toda la longitud de la casa.

La propiedad de los Carrington es una verdadera mansión sureña con grandes porches, columnas estriadas y un terreno que parece estar labrado a mano. Imagino que, hace años, las señoras de la casa se sentaban en mecedoras, ataviadas con grandes vestidos y guantes de encaje, abanicándose con abanicos pintados y diciendo cosas como «mis tierras». Puede que haya visto Lo que el viento se llevó demasiadas veces. 

Val se acomoda en uno de los sofás de flores.

—Creo que Tam me está poniendo los cuernos. 

—¡No! —Inhalo aire por la boca, sorprendida, y me dejo caer a su lado.

Tam y Val empezaron a salir juntos hace más de un año. Él va a la universidad, a apenas unas horas de distancia de aquí, y, por lo poco que me ha contado Val, ella y Tam tienen una vida sexual activa en la que se incluye el exhibicionismo y el sexo telefónico. Yo ni siquiera me he acostado con nadie todavía, y mucho menos he probado prácticas no convencionales. Si una relación puede sobrevivir a la distancia, esa es la suya, ¿verdad? 

—¿Por qué piensas eso?

—Se suponía que iba a venir a verme el mes pasado. ¿Recuerdas?

Sí. Había estado emocionadísima, pero al final la dejó plantada a última hora.

—Dijiste que no pudo venir porque estaba a tope con los deberes. —Al ver su triste expresión, hago una presuposición—: ¿Fue solo una excusa?

Suelta un suspiro trémulo. 

—Me llamó anoche y me dijo que teníamos que hablar.

—Ay, no.

—Hablamos por teléfono y me dijo que la universidad era divertida y que le ha hecho darse cuenta de lo infantil que era en el instituto. Jura que no me ha engañado, pero cree que la distancia y las tentaciones son demasiado para él y que le resulta complicado ser fiel. —Escupe la última palabra—. Necesitaba asegurarse de que me parece bien que empiece a ver a otras chicas.

—Espera. —Levanto una mano—. ¿No te llamó para cortar contigo, sino para que le dieras permiso para engañarte?

—¿Lo ves? —Val me mira, enfadada—. Es caer muy bajo. 

—Y le dijiste… —«Espero que le dijeras que se metiera el permiso por el culo», pienso, pero no quiero parecer sentenciosa tampoco. Eso es lo último que ahora necesita. Más tarde, sí, le recordaré lo increíble que es y que no necesita que un imbécil como Tam le chupe la energía, pero por ahora voy a decantarme por servir de apoyo—. Bueno, espero que le contaras cómo te sentías.

—Le dije que se podía zumbar a todas las chicas que quisiera, pero que no iba a volver a tener otra oportunidad conmigo. —Se atusa el pelo con un gesto de indiferencia, sin embargo, le tiembla la mano y tiene los ojos anegados en lágrimas.

—Él se lo pierde, lo sabes, ¿verdad?

—No dejo de repetírmelo, pero no me siento mejor. Una parte de mí quiere robar el coche a Jordan e ir hasta allí. No sé qué haría cuando llegara. Si le daría una patada en las pelotas o un beso. —Val se estremece y, luego, me mira de soslayo—. Le di a Reed una patada en las pelotas por ti, por cierto. 

—¿Sí? —Se me escapa una gran carcajada al imaginarme a la diminuta Val dándole una patada al gigante de Reed en la entrepierna—. ¿Y por qué?

—Por existir. Por su sonrisa engreída. Por negarse a decirme dónde estabas. —Val se abalanza sobre mí y me vuelve a abrazar—. Me alegro tanto de que hayas regresado.

—Ejem.

Alzo la mirada y veo a Easton allí de pie, sonriéndonos con suficiencia. 

—Pensé que queríais hablar. Si os vais a empezar a liar, estoy disponible. 

—¿Le dices eso a todas las chicas con edades comprendidas entre los dos y los ochenta y dos años? —refunfuña Val.

—Pues sí. —Finge ofenderse—. No quiero que nadie se sienta discriminado.

Se aparta de la puerta y se coloca al otro lado de Val.

—¿Problemas con chicos?

Val esconde el rostro entre las manos.

—Sí. Mi novio ha decidido que nos vendría bien mantener una relación abierta.

—Vaya, que quiere comer fuera, pero también volver a casa para cenar, ¿no?

—Sí, exacto.

—Y a ti no te parece bien.

—Claro que no. Me gusta que los chicos sean fieles. Puede que vosotros, los Royal, no lo entendáis. 

—Ay, Val. ¿Qué te he hecho yo? 

East se frota el pecho como si de verdad le doliera.

—Tienes pene. Por lo tanto, ya estás automáticamente en el bando equivocado.

Él bambolea las cejas.

—Pero hago cosas grandiosas con mi pene. Pregúntale a cualquier chica del Astor.

—¿Como Abby Kincaid? —lo reta Val.

Giro de golpe la cabeza en dirección a Easton.

—¿Te has liado con la ex de tu hermano?

Se desploma sobre los cojines con las mejillas ruborizadas.

—¿Y qué pasa si es cierto? Creía que odiabas a Reed.

Guau. Una cosa es que los hermanos Royal se peleen en casa, pero esta clase de desavenencia pública es algo nuevo... y resulta incómodo. Y por muy enfadada que esté con Reed, no me gusta ver que los hermanos se han distanciado tanto. No puedo evitar compadecerme de Reed, aunque, joder, no se lo merece.

Intento cambiar de tema.

—Además de los exámenes, ¿qué más se cuece en el Astor?

—Mañana es Halloween, pero Beringer no deja que nadie se disfrace en el colegio. —Val se encoge de hombros—. Aunque hay una fiesta en casa de los Montgomery después del partido del viernes. Todo el mundo se disfrazará.

Hago una mueca.

—Paso.

No soy muy fan de Halloween. Mi madre trabajaba por la noche en los clubs, así que nunca fui de puerta en puerta diciendo «truco o trato» como cualquier niño normal. Y odio disfrazarme. Ya me disfracé bastante cuando yo trabajaba en los clubs. 

—¿Qué más?

Val señala acusadoramente a Easton.

—Bueno, los Royal ya no se soportan y Reed no se molesta en mantener a los locos a raya. Y todos los demás con algo de conciencia son demasiado vagos o tienen demasiado miedo como para decir algo, así que Astor Park se ha ido a la mierda. Cada día que pasa es peor. En realidad, tengo miedo de que a alguien le pase algo de verdad.

Entonces lo de esta mañana no ha sido una anomalía. Frunzo el ceño en dirección a Easton.

—¿Qué pasa?

—Vamos al colegio a aprender, ¿verdad? —dice como si nada—. Bueno, una de las cosas que los chicos han de aprender es a cuidar de sí mismos. El mundo está lleno de matones. No se van cuando terminas los estudios. Así que es mejor que aprendan esas lecciones ahora.

—Easton. Eso es horrible. 

—¿Y a ti que más te da? Nos abandonaste a todos. ¿Qué más da que los niños ricos del Astor salgan mal parados porque no hay un Royal al mando? ¿No te alegra saber que el sitio se está convirtiendo exactamente en lo que creías que sería?

Para ser sincera, no me detuve a pensar en el Astor Park cuando me marché, pero ahora que sé que hay gente que está sufriendo, no puedo evitar sentirme mal.

—No, no me alegra. ¿Por qué piensas eso?

East se da media vuelta y escudriña el césped perfecto que se despliega ante nuestra vista mientras Val se remueve, incómoda, entre ambos.

—No le des más vueltas, Ella —contesta por fin—. No puedes cambiar nada. Lo único que puedes hacer es agachar la cabeza y sobrevivir. 

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