El príncipe roto
Capítulo 12
Página 15 de 39
Capítulo 12
Oigo susurros en cuanto pongo un pie en el colegio a la mañana siguiente. Algunos alumnos me ofrecieron unas cuantas sonrisillas de autosuficiencia y miradas mientras detenía el coche en el aparcamiento de estudiantes, pero cuando entro es mucho peor. Una quietud ensordecedora seguida de un sinfín de murmullos y de risas engreídas me persiguen por todo el pasillo.
Cuando llego a mi taquilla, estudio mi reflejo en el pequeño espejo de la puerta y me pregunto si tengo algún pelo o un moco en la nariz o algo. Pero estoy bien. Tengo la misma apariencia que cualquier otro estudiante del Astor Park, con la camisa blanca del uniforme, la falda y la americana azul marino.
Tengo las piernas desnudas porque todavía hace bastante buen tiempo como para no llevar medias, pero casi ninguna de las chicas que están en el pasillo las lleva, así que no creo que cuchicheen sobre mi apariencia.
No me gusta esto. Se parece mucho a mi primer día en el Astor, cuando nadie me dirigía la palabra porque estaban esperando a ver qué hacían Reed y sus hermanos. Odiar a Ella o darle la bienvenida. Al final, los alumnos del Astor se quedaron en un punto intermedio. La mayoría de los chicos nunca se acercó a mí, pero eso probablemente fuera porque me comportaba de forma antisocial a propósito y solo quedaba con Val.
Hoy, casi todas las personas con las que me cruzo me miran con desdén. Mientras me abro camino a mi primera clase, no dejo de juguetear con los dedos. Me siento insegura, y lo odio.
Siento que alguien me da un fuerte empujón cuando una chica morena me aparta a un lado en vez de pasar rodeándome. Se adelanta unos cuantos pasos, luego se detiene y se gira para mirarme.
—Bienvenida de nuevo, Ella. ¿Qué tal el aborto? ¿Te dolió? —Sonríe con inocencia.
Abro la boca ligeramente antes de obligarme a cerrarla. La chica que está delante de mí es Claire no-se-qué. Easton salía con ella antes de aburrirse.
—Que te den —murmuro antes de pasar por su lado.
Llego a clase de Química a la vez que Easton. Este me echa una mirada rápida y frunce bastante el ceño.
—¿Estás bien, hermanita?
—Sí —respondo entre dientes.
No creo que me crea, pero no me dice nada mientras me sigue al interior del aula. Nos acomodamos en la mesa que llevamos compartiendo desde que empezó el semestre y me percato de que nos están lanzando unas cuantas sonrisillas de suficiencia.
—Genial. La muñeca sexual de los Royal ha vuelto, ¿eh, Easton? —suelta un chaval arrastrando las palabras desde el fondo del aula—. Seguro que Reed y tú estáis encantados.
Easton se gira todavía sentado en la silla. No le veo la cara, pero sea cual sea su expresión, logra que el pesado se calle en un santiamén.
Se oye una tos seguida del sonido de varias libretas que se abren y el roce de la ropa.
—Ignóralos —me aconseja Easton.
Aunque es mucho más fácil decirlo que hacerlo.
La mañana empeora. Easton está en la mayoría de mis clases y planta su culo junto al mío en todas ellas. Me arden las mejillas cuando oigo a dos chicas susurrar que me estoy acostando con dos de mis hermanastros.
—Seguro que también se está tirando a Gid —dice una de ellas, ya sin molestarse ni siquiera en bajar la voz—. Probablemente fuera suyo el bebé del que se ha deshecho.
Easton vuelve a girarse y a lanzar esa mirada mortífera suya, pero, aunque silencia a las zorras malvadas, no logra hacer lo mismo con la intranquila voz que resuena en mi cabeza.
Val me advirtió que corrían rumores sobre mí, ¿pero esto es lo que la gente piensa realmente? ¿Que me fui para abortar? ¿Que me he acostado con Reed, Easton y Gideon?
La vergüenza no es un sentimiento extraño para mí —cuando empecé a desnudarme con quince años, recibí una enorme lección de humildad—, pero saber que todos los alumnos del Astor dicen cosas tan horribles sobre mí me obliga a contener las lágrimas.
Me recuerdo a mí misma que tengo a Val, y ella es la única persona en Astor Park cuya opinión me importa. Bueno, y la de Easton, supongo. Apenas se ha apartado de mi lado desde que volví a Bayview, así que creo que no tengo más remedio que considerarlo mi amigo. Aunque desprecie a su hermano.
Después de clase, camino de vuelta a mi taquilla para dejar unos libros y coger otros, porque no me caben todos en la mochila. Easton desaparece por el pasillo, pero, antes de marcharse, me da un apretón en el brazo cuando nos encontramos con otro corrillo de personas que susurran de forma desagradable.
—¿Hoy le toca a Easton?
Me tenso al escuchar la voz de Jordan Carrington. Me preguntaba cuánto tardaría esta zorra en hacer acto de presencia para darme la nobienvenida.
En vez de responder, cojo mi libro de Historia del Mundo de la balda superior y lo reemplazo por el de Química.
—Es así como lo hacéis, ¿verdad? ¿Alternas a Reed y a Easton? Los lunes, miércoles y viernes estás con Reed. Los martes, jueves y sábados te tiras a East. —Jordan ladea la cabeza—. ¿Y qué hay de los domingos? ¿Lo tienes reservado para uno o para los dos gemelos?
Cierro la taquilla de un portazo y me giro con una sonrisa.
—No, los domingos me tiro a tu novio. Menos cuando está ocupado, entonces me tiro a tu padre.
Sus ojos brillan, iracundos.
—Cuidado con lo que dices, zorra.
Mantener la sonrisa se convierte en toda una hazaña.
—Cuidado con lo que dices tú, Jordan. A menos que quieras que te vuelva a zurrar. —Le recuerdo la paliza que le di en el gimnasio el mes pasado.
Suelta una risa ronca.
—Adelante, inténtalo. Veamos hasta dónde eres capaz de llegar sin tener a Reed para protegerte.
Doy un paso adelante, pero ella ni se inmuta.
—No necesito la protección de Reed. Nunca me ha hecho falta.
—Anda, ¿en serio?
—Sí, en serio. —Hinco un dedo en el centro de su pecho, justo entre sus grandes pechos—. Soy capaz de darte un paliza solita, Jordan.
—Ha llegado una nueva era al Astor Park, Ella. Los Royal ya no llevan las riendas del colegio; las llevo yo. Una sola palabra mía y todos los estudiantes estarán encantados de hacerte la vida imposible.
—Ay, qué miedo.
Jordan esboza una media sonrisa.
—Deberías tenerlo.
—Sí, sí, lo que tú digas. —Estoy harta de las luchas de poder de esta tía—. Apártate de mi camino.
Se coloca el pelo, castaño y brillante encima de un hombro.
—¿Y si no quiero?
—¿Va todo bien? —pregunta una voz masculina.
Ambas nos giramos y vemos a Sawyer. Su novia pelirroja, Lauren, está con él. Lanza una mirada incómoda a Jordan y luego a mí.
—Esto no te incumbe, pequeño Royal. —Jordan ni siquiera lo mira, pero sí que se toma la molestia de burlarse de Lauren—. A ti tampoco te incumbe, Donovan, así que ¿por qué no os largáis tú y Sawyer de mi vista? ¿O es Sebastian? Nunca soy capaz de distinguirlos. —Una sonrisa malvada ilumina su rostro—. ¿Y tú, cariño? ¿Los diferencias? ¿O cierras los ojos cuando te follan?
Me preguntaba si Lauren era consciente de los jueguecitos de los gemelos Sawyer y Sebastian, y la expresión de su rostro ahora mismo responde a mi pregunta. En lugar de mostrarse sorprendida, parece avergonzada e indignada.
Pero la chica tiene más huevos de los que pensaba, porque se enfrenta a la mirada burlona de Jordan y dice:
—Que te jodan, Jordan.
Luego agarra a Sawyer de la mano y lo aleja de nosotras.
Jordan vuelve a reír.
—Toda esa familia está como una cabra, ¿eh? Pero apuesto a que eso te pone, igual que a la puta de Lauren. ¿Verdad, Ella? Una stripper como tú seguramente disfruta de que dos Royal se la follen a la vez.
—¿Hemos terminado? —pregunto con voz tensa.
Ella me guiña un ojo.
—Ay, cariño, no. Esto nunca se terminará. De hecho, acabamos de empezar.
Se despide moviendo unos cuantos dedos y, luego, se aleja por el pasillo sin echar la vista atrás.
La observo mientras se aleja de mí preguntándome en qué mierda de lío he vuelto a meterme.
***
En el almuerzo, Valerie y yo nos sentamos en una mesa en la esquina de la cantina, donde intento fingir que somos las dos únicas personas que existimos. Pero es difícil, porque noto como todo el mundo tiene la vista fija en mí, y me estoy poniendo nerviosa.
Val da un mordisco a su sándwich de atún.
—Reed te está mirando.
Por supuesto que sí. Me doy la vuelta y lo localizo sentado en una mesa abarrotada de jugadores de fútbol americano. Easton también está allí, aunque está en el extremo de la mesa en lugar de en su sitio habitual, junto a Reed.
Lanzo una mirada a Reed, que me atraviesa con sus ojos azules. Los mismos ojos que entrecerraba cada vez que nos besábamos y que ardían cada vez que estábamos en la misma habitación.
—¿Me contarás algún día que pasó entre vosotros dos?
Aparto la mirada y me obligo a comer algo de pasta.
—No —contesto con ligereza.
—Jope, venga ya… Sabes que puedes contarme cualquier cosa —me incita Val—. Soy una tumba.
Mi vacilación no es por falta de confianza. Compartir no es algo natural para mí. Me siento más cómoda tragándome las emociones. Pero la expresión de Val es tan sincera que me siento obligada a ofrecerle algunos detalles.
—Estuvimos juntos. La lio. Y ya no estamos juntos.
Sus labios se sacuden.
—Guau. ¿Te ha dicho alguien alguna vez que eres una horrible cuentacuentos?
Hago una mueca.
—Es todo lo que puedo decirte ahora mismo.
—Vale, no seguiré dándote la tabarra. Pero que sepas que estoy aquí para escucharte cuando estés preparada para hablar. —Abre su botella de agua—. ¿Qué hacemos esta noche?
—¿No te has cansado ya de mí? —bromeo.
Tras el decepcionante encuentro con Lucy, volví a casa de Val y ambas nos atiborramos de tarta e hicimos una maratón de películas de Step Up. Easton se fue de nuestra vista en el primer minuto y no regresó.
—Eh, estoy de luto. —Saca la lengua con tristeza y se relame el labio inferior—. Tienes que distraerme para que no piense en Tam. Halloween era nuestra fiesta favorita. Nos disfrazábamos juntos.
—Oh. ¿Te ha vuelto a mandar algún mensaje? —Tam le escribió tres veces anoche, pero Valerie lo ignoró.
—Constantemente. Ahora dice que quiere bajar para que hablemos en persona. —Parece afectada—. Que te rompan el corazón es una mierda.
«¿Me lo dices o me lo cuentas?», pienso.
Justo en ese momento, recibo una notificación de un mensaje en el móvil. Me encojo cuando veo el nombre de Reed en la pantalla.
«No lo leas», me ordeno.
Pero soy una idiota, y lo hago.
«Deja d actuar como si no t importara una mierda. Ambos sabemos q sí te importo».
Aprieto la mandíbula. Uf. Qué arrogante.
Entonces, aparece otro mensaje:
«Me echaste d menos cuando t fuiste. Igual q yo a ti. Superaremos esto».
No. Quiero gritarle que deje de mandarme mensajes, pero si algo sé de Reed Royal, es que es un cabrón egoísta. Hace lo que quiere y cuando quiere.
Y su siguiente mensaje me lo recuerda.
«Lo de Brooke fue un error. Ocurrió antes d conocerte. No volverá a suceder».
Al leer el nombre de Brooke, sujeto el teléfono con más fuerza. Antes de poder detenerme, le contesto con un mensaje cortante.
«Nunca te perdonaré q t hayas acostado con ella. Déjame en paz».
—Sabes que sigo aquí, ¿no?
El comentario seco de Val me hace sentir culpable. Guardo de inmediato el teléfono en la mochila y agarro de nuevo el tenedor.
—Lo siento. Solo le estaba diciendo a Reed que se vaya a la mierda.
Echa la cabeza hacia atrás y suelta una carcajada.
—Dios. Te he echado de menos, ¿sabes?
Yo también río y, por primera vez en todo el día, lo hago de forma genuina.
—Yo también te he echado de menos —digo, totalmente en serio.
***
Cuando suena la campana, estoy más que preparada para poner pies en polvorosa. Mi primer día de clase tras volver a casa de los Royal ha sido tan divertido como ahogarse en la playa. Las risas malvadas, los susurros, las burlas, las miradas de desprecio… Estoy más que lista para encerrarme en mi habitación, poner música a tope y fingir que el día de hoy nunca ha tenido lugar.
Ni siquiera me molesto en pasar por la taquilla. Me cuelgo la mochila al hombro, le mando un mensaje a Val para recordarle que me tiene que decir si va a venir más tarde a casa y me precipito hacia el aparcamiento.
Luego, me detengo en seco, porque Reed está apoyado contra el lado del conductor de mi coche.
—¿Y ahora qué quieres? —espeto.
Estoy cansada de encontrármelo por todas partes. Y odio lo guapo que está ahora mismo. El tiempo es cada vez más frío y el viento le ha despeinado el pelo y ha hecho que sus duros pómulos se enrojezcan.
Aparta su grande y muscular cuerpo del coche y se acerca a mí.
—Sawyer me ha dicho que antes Jordan te ha acosado.
—La única persona que me acosa eres tú. —Le lanzo una mirada glacial—. Deja de mandarme mensajes. Deja de hablar conmigo. Se acabó.
Él se encoge de hombros.
—Si de verdad me lo creyera, me alejaría. Pero no me lo trago.
—Bloquearé tu número —advierto.
—Me compraré un móvil nuevo.
—Me cambiaré de número.
Resopla.
—¿De verdad crees que no seré capaz de conseguirlo?
Sujeto la mochila contra el pecho como si fuera un escudo.
—Se acabó —repito. Un nudo de dolor se forma en mi garganta—. Me has engañado.
—Yo nunca te he engañado —dice con voz ronca—. Llevo sin tocar a Brooke seis meses.
Suena tan sincero… ¿Y si dice la verdad? ¿Y si…?
«¡No seas idiota!», grita una voz en mi interior. Uf. Por supuesto que no está siendo sincero, y yo debería ser un poco más lista y no dejarme engañar por su expresión seria y el ligero tembleque de su voz. Durante mi infancia y mi adolescencia, vi cómo mi madre se enamoraba del tío equivocado una y otra vez. Le mentían. La usaban. Y por mucho que yo la quisiera, odiaba lo estúpida que podía ser en lo que se refería a los hombres. Le llevaba meses, a veces casi un año entero, darse cuenta de que el cabrón mentiroso que tenía en la cama no se merecía su tiempo, mientras yo estaba ahí, en un segundo plano, esperando a que entrara en sus cabales.
Me niego a que jueguen conmigo de esa manera.
—Vete a la mierda, Reed —murmuro—. Lo nuestro se ha acabado.
Se acerca todavía más a mí.
—¿Sí? ¿Me estás diciendo que ya no me deseas?
—Eso es exactamente lo que estoy diciendo.
Me aparto de él y, prácticamente, me estampo contra el coche. Pero me sale el tiro por la culata, porque se da la vuelta con presteza y me acorrala contra la puerta.
El calor de su cuerpo traspasa la tela de mi ropa. El pulso se me acelera cuando planta ambas manos en la carrocería y me atrapa entre sus brazos.
—¿Me estás diciendo que ya no te pongo cachonda? —Ladea la cabeza y su cálido aliento me acaricia el cuello. Me estremezco al sentir un escalofrío por todo el cuerpo y él ríe con suavidad—. Admítelo, me echas de menos.
Frunzo los labios.
La mejilla de Reed roza la mía mientras me susurra al oído:
—Echas de menos mis besos. Echas de menos que me cuele en tu cama por la noche. Echas de menos la sensación de tener mi boca justo aquí… —Pega los labios contra mi cuello y yo me vuelvo a estremecer. Reed emite otra risa ronca—. Sí, estoy seguro de que ya no tengo ningún efecto en ti, ¿verdad, nena?
—No me llames así. —Lo empujo, enfadada, e ignoro los fuertes latidos de mi corazón. Odio la forma en que su presencia me afecta—. Y déjame en paz.
Oigo una voz grave a nuestras espaldas.
—Ya la has oído. Déjala en paz.
Easton se acerca a nosotros y agarra a Reed con fuerza por el hombro. Pese a ser un año menor, Easton es tan alto y fuerte como su hermano. No le supone ningún esfuerzo apartar a Reed de mí.
—Esta es una conversación privada —dice Reed, impertérrito, cuando su hermano lo toca.
—¿Ah, sí? —Easton me observa—. ¿Estás de humor para hablar con tu hermano mayor, hermanita?
—No —respondo con fingida alegría.
Easton sonríe.
—Ahí lo tienes, Reed. La conversación se ha acabado. —El brillo burlón de sus ojos se esfuma y lo sustituye la ira—. Además, papá acaba de mandarme un mensaje. Quiere que volvamos a casa cuanto antes. Él y Brooke tienen una noticia que darnos.
Poso la mirada en Easton.
—¿Brooke?
Suelta una carcajada amarga y se vuelve hacia Reed.
—¿Qué? ¿No se lo has contado?
—¿Contarme qué?
¿Por qué narices está Brooke en casa?
Reed le dedica a su hermano una fría y dura mirada.
—Vaya, me pregunto por qué no se lo has mencionado. —Easton se encoge de hombros en mi dirección—. Papá y Brooke han vuelto.
Todo el calor de mi cuerpo me abandona. ¿Qué? ¿Por qué volvería Callum con una bruja como ella?
¿Y cómo voy a mirarla a la cara después de lo que vi aquella noche en el dormitorio de Reed?
Siento que me tiemblan las piernas y las manos. Espero que los chicos no se percaten de lo mucho que tiemblo, de lo conmocionada que me ha dejado la noticia.
De repente, volver a casa se ha convertido en lo último que quiero hacer.