El príncipe roto

El príncipe roto


Capítulo 14

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Capítulo 14

Reed

En cuanto los ojos de Ella se posan en mí, sé que ha llegado a la conclusión equivocada.

La agarro de la muñeca y la saco a rastras de la habitación hasta llegar a la sala que hay al otro lado del vestíbulo, que da la casualidad que es el estudio de mi madre; el lugar donde Gid y yo la encontramos cuando… cuando se suicidó. Perfecto. Y es aquí donde quiero salvar mi relación con Ella. Eh… No.

—Mira… —empiezo a decir, pero ella ataca antes de que pueda pronunciar otra sílaba.

—Es tuyo, ¿no? —susurra.

—No. Te lo juro. No es mío.

—No te creo.

Ella tiene los puños cerrados.

Quiero acercarme a ella, pero no creo que sea buena idea.

—No la he tocado desde que llegaste —repito por enésima vez—. Ya había terminado con ella antes de que llegaras.

Golpea la superficie más cercana y el polvo inunda el aire. Esta habitación lleva cerrada mucho tiempo.

—¿Cómo sabes que no es tuyo?

Me remuevo, incómodo, porque responder requiere hacer acopio de un recuerdo vago, aunque no tengo elección.

—Cuando la vi solo tenía un bulto muy pequeño.

Ella palidece, y sé que está recordando la noche que descubrió a Brooke desnuda en mi habitación.

—No lo sabes. No puedes saberlo con seguridad. No hasta que te hagas las pruebas de paternidad. Dios, no me encuentro bien. —Se lleva una mano al estómago—. Tengo náuseas, literalmente.

—No es mío. Debe de ser de mi padre. Aunque, bueno, podría ser de cualquiera. Está más que dispuesta a engañar a mi padre —digo con desesperación.

—Y tú también.

Tomo aire. Ha sido un golpe directo y lo sabe. Pero no voy a rendirme. Esta es una lucha que voy a ganar, aunque tenga que jugar sucio.

—No voy a negar que he sido un cabrón. Puede que todavía lo sea, pero no soy el padre del hijo de Brooke. No te he engañado. Te oculté mi pasado, y sé que no estuvo bien. Lo sé. Me equivoqué. Lo siento. Pero… por favor, por favor, perdóname —suplico—. Sácanos a ambos de esta miseria.

—Ya no importa. —La falta de vida de su rostro me asusta. Ella sacude la cabeza—. Antes de conocerte, mi vida era un horror. Pero lidiaba con ello porque ¿qué otra cosa podía hacer? No importaba que mi padre nunca estuviese conmigo, porque tenía a mi madre. Cuando murió, intenté convencerme a mí misma de que debía estar agradecida por ello, porque sufría muchísimo. Luego llegué aquí y te conocí. Me vi reflejada a mí misma bajo ese aspecto exterior duro que intentas mostrar. Me dije a mí misma: «Este chico perdió a su madre. Está enfadado y dolido, lo veo. A lo mejor él también me ve a mí».

Cruza los brazos sobre el estómago; intenta mantener algo en su interior y, a la vez, mantenerme alejado de ella. Solo sé que está dolida. Alargo el brazo hacia ella, pero se encoge como si la mera idea de que la toque fuera demasiado dolorosa.

Joder, lo está pasando fatal, y yo soy el culpable.

—Sí que te vi… te veo —susurro.

No me escucha.

—Y pensé, voy a perseguirlo. Al final lo agotaré, lo convenceré de que lo nuestro puede ser un bonito cuento de hadas. Pero no lo es. No somos nada. Somos humo, insustancial e insignificante. —Chasca los dedos sin emitir ningún ruido—. Lo nuestro ni siquiera es una tragedia. Somos menos que nada.

Sus palabras hacen que me duela el corazón. Tiene razón. Debería alejarme de ella, pero no puedo. Y el hecho de que esté sufriendo tanto me dice que me necesita. Solo un cobarde dejaría de luchar ahora. Yo le he provocado todo el dolor que siente, pero sé que puedo hacer que desaparezca si me da la oportunidad.

Respiro hondo.

—Tengo dos opciones. Puedo alejarme o puedo luchar por ti. ¿Adivina qué he elegido?

Ella me atraviesa con la mirada en completo silencio, así que continúo hablando.

—La cagué. Debí haber sido sincero contigo desde el principio. Brooke me dijo que estaba embarazada esa misma noche. Entré en pánico. El cerebro dejó de funcionarme. Me las ingenié para no tener que contarte que me había acostado con ella. Me sentía avergonzado, ¿vale? Avergonzado. ¿Eso es lo que querías oír?

Curva los labios.

—Sí, bueno, ¿quieres saber quién soy yo? La chica estúpida de las películas de terror. Tú me has convertido en esa chica estúpida. —Me señala de forma acusatoria—. Soy la que vuelve a la casa donde está el tío con el cuchillo. Me lo advertiste. Me dijiste una y otra vez que me alejara de ti. Pero no te escuché. Pensé que era más lista.

—Me equivoqué. No deberíamos estar alejados el uno del otro. No podemos estar separados. Ambos lo sabemos.

Camino hacia ella y me detengo cuando mis pies casi tocan los suyos. Luego, con un movimiento rápido, la atraigo hacia mí. Oh, joder. La sensación de tenerla pegada a mí es increíble. Quiero enterrar una mano en su pelo suave y besarla sin parar, pero me observa con unos ojos lívidos y ardientes.

—No me toques —espeta—. Preferiría morir…

Le cubro la boca con la palma de la mano.

—No digas cosas de las que podrías arrepentirte. No digas cosas que no podrás retirar —advierto.

Levanta la mano y me pega una bofetada en la mejilla. Sacudo la barbilla hacia la derecha debido al impacto, pero no la suelto. Tiene los ojos brillantes y le tiemblan. Apuesto a que yo también parezco igual de estúpido, loco y descontrolado que ella.

—¿Qué quieres de mí? Dímelo y lo haré. ¿Quieres que me ponga de rodillas? ¿Que te bese los pies?

—No, no pierdas la dignidad —contesta con desprecio—. Necesitarás algo para mantenerte caliente por las noches. Ah, no, espera. Para eso tienes a Brooke.

Entonces, me asesta un golpe en el pecho y se deshace de mí. Ella abre la puerta de un tirón antes de que pueda alcanzarla.

En el vestíbulo, papá y Brooke se detienen en seco. Papá mira a Ella, que se marcha corriendo, y luego a mí con los ojos entrecerrados. Brooke es todo sonrisas.

Enfadado, paso por su lado en busca de Gid. A lo mejor él tiene algunas respuestas. A estas alturas, él es el único hermano que me dirige la palabra.

Lo encuentro fuera, de pie sobre la ristra de rocas que separa el césped de la tira de arena a la que llamamos playa. El océano Atlántico está frío y oscuro, iluminado ligeramente por la luna.

—¿El bebé es tuyo? —pregunta sin girarse.

—¿Por qué todo el mundo piensa lo mismo?

—Joder, hermano, no sé por qué cualquiera que sepa que te acostaste con Brooke puede pensar que el bebé es tuyo…

—No lo es. —Me paso una mano por el pelo—. No la he tocado en seis meses. La última vez que nos acostamos fue el Día de San Patricio. Nos pusimos ciegos, ¿recuerdas? Me quedé KO arriba. Ella se me subió encima. Solo recuerdo despertarme desnudo junto a ella. Papá estaba fuera, nos llamó para ir a cenar. Se lo iba a contar entonces. Aquella noche. Pero me acojoné.

Gideon no responde. Se limita a contemplar el agua.

—Creía que Dinah y Brooke intentaban destruir esta familia, pero ahora creo que somos nosotros. Nosotros somos los que estamos destrozándola. No sé cómo arreglarlo, Gid. Dime cómo hacerlo. —Ayúdame. No habla, así que vuelvo a intentarlo, desesperado por conectar con él—. ¿Recuerdas cuando mamá nos leía El Robinson suizo y paseábamos por la costa intentando encontrar la cueva perfecta para vivir? Lo hacíamos los cinco, juntos. Íbamos a matar a la ballena, a comer bayas, a fabricarnos nuestra propia ropa de musgo negro y algas.

—Ya no somos niños.

—Ya lo sé, pero no significa que no sigamos siendo una familia.

—Querías marcharte de aquí —me recuerda—. Eso era de lo único que hablabas. De huir de esta familia. ¿Ahora que Ella está aquí piensas que merece la pena quedarse? ¿Qué clase de lealtad sientes hacia tu familia?

Salta a la arena y deja que la noche se lo trague. Me deja a solas con mis deprimentes pensamientos.

Nadie me obligó a acostarme con Brooke. Tomé esa decisión yo solito. Sentí una satisfacción perversa al follarme a la novia de mi padre para devolvérsela.

Quería que sufriera. Se lo merecía después de todo lo que le hizo a nuestra familia. Llevó a mamá al borde del abismo con sus mentiras y sus engaños. Creo que las mentiras fueron lo peor. Quizá mi madre lo habría dejado si no hubiese prometido una y otra vez que él no tenía nada que ver con Steve, que no frecuentaba todas esas casas de putas cuando viajaban ni se relacionaba con todas las chicas de compañía de alto standing, modelos y actrices que el dinero de un multimillonario puede comprar.

Si se hubiera marchado, a lo mejor ahora todavía seguiría viva. Pero no lo está. Está muerta, y la negligencia y los engaños de mi padre acabaron con ella con la misma eficacia que las pastillas que tomó.

Frunzo los labios. Por supuesto, mi venganza no ha servido de nada porque no he tenido los huevos de contárselo a mi padre. Y cada vez que pienso que puede enterarse, me entran ganas de vomitar.

Me he pasado el último par de años intentando destruir todo lo que me rodea. Quién me iba a decir a mí que el éxito era tan agridulce…

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