El príncipe roto

El príncipe roto


Capítulo 15

Página 18 de 39

Capítulo 15

Ella

—¿Qué pasa? —pregunta Val el viernes a la hora del almuerzo—. Y no me digas que nada porque todos estáis deprimidos perdidos. Si hasta parece que alguien ha pegado al cachorrito de Easton.

—¿Es un eufemismo? —intento bromear.

Valerie me atraviesa con la mirada.

—No. No lo es.

Picoteo mi comida. No he sido capaz de comer mucho esta semana y creo que se me nota. Cada vez que intento comer, la imagen de Brooke contándonos lo de su embarazo me viene a la mente, pero no es Callum quien está a su lado, sino Reed. Y luego mi cabeza le sigue el juego y me muestra escenas donde Reed está sujetando al bebé, lo pasea en cochecito por el parque con Brooke, que parece una modelo de fitness a su lado. Los imagino arrullándose, emocionados, al ver los primeros pasos de su estúpido bebé.

No me extraña que no pueda comer.

Cuando me puse los vaqueros esta mañana, me di cuenta de que me quedaban anchos. Me estoy quedando en los huesos.

No estoy preparada para contarle a Val que la casa de los Royal se desmorona por dentro, pero si no le digo algo, puede que me apuñale con el tenedor.

—Pensaba que ser hija única era una mierda, pero los problemas familiares son cien veces peor.

—¿Reed? —pregunta.

—No solo él. Son todos. —Odio la tensión que hay en la casa. Cómo los hermanos no se miran a la cara durante el desayuno. Y yo ni siquiera me puedo escaquear porque he perdido el trabajo. Supongo que debería empezar a buscar uno nuevo. Esta vez no porque necesite el dinero, sino porque cuando entro en casa siento que cargo con cien kilos sobre los hombros. Y será peor cuando llegue el bebé. No sé cómo voy a lidiar con eso.

—La vida es una mierda, pero si te consuela, yo he bloqueado el número de teléfono de Tam.

—¿Sí? —Ya era hora. La estúpida proposición de Tam de tener una relación abierta era básicamente su modo de mantener a Val atada mientras él se tira a todas las estudiantes de la universidad, y no se lo merece—. Porque sí que me consuela.

—Sí, y me sentí bien al hacerlo. Me estaba atormentando leyendo todos sus mensajes y me sentí débil.

—Ya sabes que puedes encontrar a alguien mejor.

—Lo sé. —Da un sorbo a su Coca-Cola light—. Anoche lo bloqueé y he dormido bien por primera vez en mucho tiempo. Cuando he despertado esta mañana, todavía me dolía, pero el dolor no era tan insoportable.

—Irá a mejor —digo sin energía.

Antes ese era mi mantra personal, pero ahora no sé si ya me lo creo.

Juguetea con la lata de refresco.

—Eso espero. ¿Hay algún botón de bloqueo para la vida real? Porque lo necesito.

—Gafas de sol. Gafas de sol enormes —le aconsejo—. O mejor, espera… un escudo. —A mí también me vendría bien uno para protegerme de Reed.

Esboza una sonrisa a regañadientes al considerar mi estúpida sugerencia.

—¿No sería un poco extraño maniobrar con esa cosa?

—No, qué va, es perfecto. Patentemos la idea y hagámonos millonarias.

—Vale. —Extiende la mano y yo se la estrecho.

—Dios, Val. Creo que eres lo mejor que me ha pasado desde que me mudé aquí.

—Lo sé. —Lanza una mirada especuladora a la mesa de los jugadores de fútbol americano y, luego, vuelve a mirarme a mí—. Vayamos al partido de esta noche.

—Eh… no, gracias. Retiro todo lo bueno que te he dicho.

—¿Por qué no?

—Primero, porque no me gusta el fútbol americano. Segundo, no quiero animar a gente que no me cae bien. Tercero, no me importaría en absoluto que los alumnos del Astor Park muriesen en un incendio, a excepción de ti.

—Recógeme a las seis y media.

—No. No quiero ir al partido.

—Oh, vamos. Ambas necesitamos distraernos. Tú tienes que olvidarte de Reed y yo, de Tam. Todo el mundo va a los partidos de los Riders. Podemos inspeccionar a los chicos que estén disponibles y elegir uno para que cuide de nuestros corazones rotos.

—¿No podemos comprar simplemente una tarrina de helado?

—Haremos las dos cosas. Comeremos helado y luego nos comerán a nosotras.

Menea las cejas y yo río con reticencia, pero, en el fondo, mi corazón protesta. Las únicas caricias que quiero son las de Reed. El puto mentiroso. Joder. A lo mejor sí que necesito distraerme.

—Vale. Vamos.

***

—Sal del coche —me ordena Val cuando se acomoda en el asiento del copiloto más tarde esa noche—. Tengo que ver mejor ese modelito.

—Ya lo verás cuando lleguemos al partido.

—¿Estás haciendo esto para que Reed se corra en su uniforme o para que a las chicas del Astor Park les dé un patatús?

Ignoro la referencia a Reed. No estaba pensando en cómo darle celos cuando me he vestido. Qué va. En absoluto.

—Me dijiste que tenía que elegir a un nuevo hombre esta noche. Este es mi modelito de caza —digo, y señalo la ropa con la mano.

Me he puesto unos calcetines a rayas hasta las rodillas con unos leggings negros por debajo y un jersey viejo que encontré en una tienda de segunda mano a la que fui después de clase. No podía metérmelo por dentro de los leggings sin que pareciera que tenía un montón de calcetines metidos en las bragas, así que compré un cinturón grande negro y me lo he colocado sobre el jersey, a la altura de las caderas.

Llevo dos trenzas despeinadas y un montón de delineador de ojos sobre una prebase, para que no se corriera, bajo los ojos para completar mi look pin-up futbolero.

—Te sugerí que eligieras a un chico, no a toda una horda —dice Val con ironía—. Pero a lo mejor esto también me beneficia a mí. Tú elige al que quieras y me dejas a mí al resto.

—Muy graciosa.

—En serio. Estoy pensando que vamos a necesitar que los gemelos nos escolten hasta el estadio. Tengo miedo de lo que las chicas puedan hacer en cuanto te vean.

Val no va nada desencaminada. Las novias de los jugadores fruncen el ceño cuando pasamos junto a la zona donde los padres y las novias de los jugadores esperan a que estos salgan corriendo del vestuario al campo.

Unos cuantos insultos —«puta», «barriobajera» y «¿de qué va?»— se escuchan entre la multitud.

—Estas tías están tan celosas que ni siquiera se van a meter lo dedos para vomitar hoy —comenta Val con sarcasmo—. La envidia quemará todas sus calorías extra.

Me encojo de hombros.

—Me han dicho cosas peores, y lo cierto es que no me importa.

—No debería. La semana que viene estaremos rodeadas de todo un equipo de jugadores de fútbol americano puteros.

—Tendré que apuntar más arriba entonces.

Me gustan los retos.

Cuando llegamos a la zona para estudiantes, Jordan nos echa.

—No podéis sentaros aquí —anuncia.

Pongo los ojos en blanco.

—¿Por qué? ¿Porque soy demasiado vulgar para tu preciosa grada?

—Sí, también es por eso. —Sonríe con suficiencia—. Pero es porque llevas los colores equivocados.

Echo un vistazo a la masa de estudiantes y me percato de que lleva razón. Todos están sentados de forma que el color de sus camisetas forma una «A» dorada sobre un fondo negro. Yo llevo un jersey blanco y Val un suéter gris de punto corto. Jordan lleva un mono negro y lo único que le falta a su atuendo de dominatriz de látex es un látigo y una silla.

—Supongo que no nos llegó el memorando.

Estoy casi segura de que se ha enviado alguno, porque todos los demás estudiantes encajan perfectamente. Estoy impresionada, aunque me cueste admitirlo. No debe de ser fácil organizar a doscientos alumnos para que vistan tal o cual color dependiendo de dónde estén sentados en la grada.

—A lo mejor deberías echarle un ojo a las historias de Astor en Snapchat de vez en cuando.

Jordan se gira a la vez que se echa el pelo brillante hacia atrás.

Ni siquiera sabía que el Astor Park tenía cuenta de Snapchat.

—Vamos —dice Val, tirando de mi brazo—. Nos sentaremos con los padres.

Encontramos un sitio en lo alto donde podemos comer palomitas y fingir que animamos a los Riders.

—¿Qué coño llevaba Jordan puesto? —Río por lo bajo—. ¿Es una dominatriz a tiempo parcial o qué?

—Qué va. —Val se mete varias palomitas en la boca—. El grupo de baile actúa en el descanso, justo antes de la banda, así que me imagino que va vestida con ese atuendo por eso.

Tiene razón. Cuando llega el descanso, Jordan y su equipo llevan a cabo una coreografía con tanto meneo de tetas y culo que siento que debería meterles la tarjeta de contacto del Daddy G’s en sus bolsas de deporte en caso de que alguna vez necesiten algo de dinero.

—Ganarían propinas de cinco dólares por lo menos —susurro a Val tapándome la boca con la mano.

—¿Solo cinco dólares? Yo querría por lo menos veinte por tío antes de desnudarme.

—¿De qué hablas? Te desnudarías gratis —bromeo.

Val ya me ha contado que tiene tendencias exhibicionistas. Cuando vamos al Moonglow la noche para mayores de dieciocho años, Val me hace bailar en las jaulas que hay colgadas del techo.

—Cierto. Pero no me importaría que me pagaran. —Me dedica una mirada pensativa—. ¿Cuánto dijiste que ganabas cuando trabajabas en esos clubs?

—No te lo dije. Y hacer striptease es muy diferente a bailar en jaulas frente a un puñado de chicos salidos de instituto y de la universidad —le aviso.

La mayoría de los clubs de striptease apestan a desesperación y arrepentimiento, y no me refiero solamente a los vestuarios de las strippers. Los tíos que están en la sala y que lanzan los billetes por encima de su solomillo de ocho dólares están igual de necesitados que las chicas que bailan sobre el escenario.

Val arruga la nariz.

—No sé. Me vendría bien tener algo de dinero extra, y tú debiste de ganar bastante si te mantuviste a ti misma y a tu madre.

—El dinero es lo único bueno que tiene. Además, es mejor que no te desnudes por aquí. Imagínate que te ve alguien con quien vas a clase o algo así. Sería bastante incómodo.

Suspira.

—Solo era una idea.

Siento un ramalazo de compasión. Sé que el estatus de Val como familiar pobre la molesta. Ojalá pudiera darle parte de mi dinero —tampoco es que me haga falta—, pero no es de la clase de personas que aceptaría un cheque. Lo vería como una obra de caridad, y bastante tiene con su tío y su tía.

—¿Y si te contrato para que seas mi guardaespaldas? Porque todo el mundo me mira ahora mismo como si quisiera asesinarme. Sobre todo esa de allí.

Señalo con la cabeza la segunda fila de la sección de estudiantes, donde una chica rubia que me resulta familiar no deja de girarse y de observarme con el ceño fruncido.

—Ja. Abby no le haría daño ni a una mosca. Es demasiado pasiva. ¿Crees que pone esa expresión de cordero degollado cuando se corre?

Me llevo la mano a la boca para ahogar una carcajada.

Pero es cierto. La ex de Reed es pálida, calladita y amable, todo lo contrario a mí, vaya. Alguien dijo que Abby le recordaba a la madre de Reed. Hubo un tiempo en que eso me ponía muy nerviosa, porque Reed adoraba a su madre. Ahora me importa una mierda intentar impresionar a Reed Royal.

Pero está claro que a Abby todavía le importa. Y es evidente que me considera la competencia, porque no deja de mirarme. Si me hubiese preguntado, yo le podría haber dado un muy buen consejo sobre cómo ganarse a Reed: primero y, ante todo, no debería haberse acostado con su hermano.

—¿De verdad se acostó con Easton cuando yo no estaba? —pregunto a Val.

—Sí. ¿Qué idiota, verdad? Me refiero a que es un movimiento infalible para hacer que Reed huya en la dirección contraria. —Val tuerce la boca—. O espera, a lo mejor no. Tú te liaste con Easton y eso no ahuyentó a Reed. —Luego vuelve a cambiar el tono de voz—. Pero tú eres especial. Abby no. Ni de coña va a volver con ella ahora.

—Si hasta Abby es demasiado buena para él —refunfuño—. Reed se merece estar solo para toda la eternidad.

Val suelta una risita.

—En realidad, esperaba que alguien le partiera las piernas en el partido, pero desgraciadamente parece que sigue vivito y coleando —añado.

—Podríamos partírselas nosotras.

—¿Lo asaltamos con un bate de béisbol en mitad de la noche? —pregunto con tristeza.

—Parece que ya lo tienes todo planeado.

—Puede que haya fantaseado con ello unas cuantas veces.

—Cuando terminemos con Reed, ¿podemos ir a Penn State?

—Claro. Y luego podemos poner un anuncio en internet ofreciendo nuestros servicios a otras mujeres. Llamaremos a nuestro bate «Venganza».

—Tu sed de sangre me pone mucho.

—Guárdatelo para la horda —contesto—. ¿Ya le has echado el ojo a alguno?

—No. Sigo valorando mis opciones.

Traducción: el único para el que tiene ojos ahora mismo es Tam. Yo tengo el mismo problema, pero en mi caso es por culpa de Reed.

Nos desplomamos en los asientos de la grada y devolvemos nuestra atención al partido.

Los Riders ganan, tal y como se esperaba, y los murmullos tras el partido se centran en el baile de invierno que se celebrará en Astor Park tras Acción de Gracias y antes de Navidad. Esa charla para Jordan son como los preliminares. Está exultante cuando Val y yo descendemos las escaleras del estadio. Tardamos bastante tiempo en bajar por culpa de todos los padres que se detienen para decirle a Jordan lo mucho que les ha gustado su coreografía y que tiene mucho talento.

Jordan saca las tetas un poco más con cada cumplido que recibe. Los padres la miran con lujuria y ella parece deleitarse con ello.

—Bonito espectáculo —digo a Jordan cuando llegamos a su misma altura. Está fantástica en ese disfraz y tiene las mejillas encendidas por todo el ejercicio que ha hecho en el campo.

Posa la vista en mí y sus ojos reflejan, primero, desdén y, luego, rechazo. Se gira hacia su prima y dice:

—Eres demasiado buena para este pedazo de mierda, Val. ¿Por qué no vienes conmigo a la fiesta de Shea?

—Paso. No me subiría a tu coche ni aunque me persiguieran unos zombis.

Unos cuantos chicos ríen a nuestra espalda. Eso solo logra cabrear más a Jordan.

—No me puedo creer que estemos emparentadas.

—Lo sé. A mí también me sorprende a veces que alguien tan amable como yo haya podido terminar con una zorra como tú como prima.

Jordan se abalanza sobre Val, y yo, tonta de mí, me interpongo entre ambas. Jordan me da un puñetazo en el cogote al mismo tiempo que Val se lanza hacia delante. Me quito de en medio de un salto y aterrizo contra la barandilla.

—Joder —grita un chico—. ¡Pelea de chicas!

Las gradas se vacían y, de repente, todo es un caos. Hay palomitas volando por los aires. Brazos, manos y uñas en mi cara. Un fuerte brazo me levanta por encima de la barandilla y otra persona me agarra y me aparta del follón. Alzo la mirada y veo a Reed.

Easton aparece a mi otro lado y desliza un brazo por mi hombro para separarme de Reed. Ambos se observan con el ceño fruncido.

—¿Vamos a ir a la fiesta de los Montgomery? —pregunta Easton.

—Ya te lo dije, no me gusta disfrazarme.

Ríe y señala mi atuendo.

—Ya parece que estés disfrazada, hermanita.

Ay, Dios. Tiene toda la razón.

—Vamos —me insta—. Será divertido.

Cedo.

—Está bien. Lo que tú digas. ¿Dónde está Val?

Me giro hacia las gradas y veo que los organizadores han detenido la pelea.

Un brazo me gira de repente. Una vez más, es Reed.

—¿Qué coño llevas puesto? ¿De quién es ese jersey?

—Es de segunda mano…

—Quítatelo.

—¿Qué? No.

Lanzo una mirada a Easton en busca de ayuda, pero este frunce el ceño.

—Ahora que lo pienso, no puedes llevar el jersey de otro colegio en nuestros partidos. Da mala suerte.

—Habéis ganado —le recuerdo.

—Quítatelo ahora mismo —ordena Reed.

Su voz suena amortiguada mientras intenta quitarse su camiseta.

—Olvídalo. No voy a ponerme tu camiseta.

—Oh, sí. Sí te la vas a poner. —Las protecciones de los hombros se le han subido hasta las orejas—. Joder, East, ayúdame.

Easton lo ignora.

—¿Quieres que te lleve, hermanita?

—Ella viene conmigo —contesta Reed con firmeza.

Vuelve a colocarse bien la camiseta y me reta con la mirada a que le lleve la contraria.

Así que lo hago.

—Lo siento, amigo, pero no.

—No me llames amigo.

—No me des órdenes.

Sin embargo, me da otra.

—Val puede conducir a la fiesta con tu coche. Tú te vienes conmigo.

—¡Por Dios! —exploto—. ¿Qué más tengo que decir para que pilles el mensaje, Reed? Hemos terminado. —Mi frustración y mi enfado están alcanzando máximas históricas—. Ya le tengo echado el ojo a otro.

Entonces, se le dilatan las fosas nasales.

—Y una mierda.

Miro a la fila de jugadores que está en el campo, observándonos, y una idea perversa me cruza la cabeza. Entrecierro los ojos al atisbar a Wade, el quarterback. Wade es un picaflor. Vaya, si usó el Range Rover de Reed para zumbarse a una chica una noche en el aparcamiento de la discoteca porque, según Reed, no podía esperar a llegar a casa.

Sonrío con suficiencia a Reed y me alejo de los Royal en dirección a Wade para abalanzarme sobre él.

Me rodea con sus brazos musculosos en un acto reflejo. Cuando me inclino para besarlo, sus labios se abren automáticamente. Sabe a sudor, huele a hierba y besa maravillosamente bien. No me mete la lengua, sin embargo, usa los labios con gran maestría.

No me extraña que las chicas se marchen de una discoteca para acostarse con él en el coche de un desconocido. Le agarro del pelo y le rodeo la cintura con las piernas. Él gime como respuesta y me hunde los dedos en el trasero.

Los gritos de ánimo empiezan a escucharse, aunque se detienen de repente. Lo siguiente que sé es que Reed me aparta de los brazos de Wade.

—¿Qué coño haces, Carlisle? —gruñe.

Wade se encoge de hombros, arrepentido.

—Se ha tirado encima de mí. No podía dejar que se cayera.

—No la toques. Que nadie la toque. —Reed lanza su casco directamente al estómago de un pobre jugador y avanza en dirección a Wade con los puños cerrados.

El enorme y rubio quarterback ríe y levanta las manos.

—No le he dado bola, tío.

Reed lo atraviesa con la mirada y luego señala al resto del equipo.

—Ella es una Royal. Me pertenece. Si alguno de vosotros la quiere, tendréis que pasar primero por encima de mi cadáver, capullos.

Abro la boca, impertérrita.

—Que te den, Reed. Yo no pertenezco a nadie, y menos a ti. —Le doy una patada en la corva y, luego, me giro y observo a los jugadores de fútbol americano, en fila—. Estoy disponible. ¿Quién quiere liarse con una vulgar stripper? Me sé algunos trucos que ni siquiera las estrellas del porno conocen.

Los ojos de los chicos se iluminan e, inmediatamente después, se desvían hacia Reed. Sea cual sea su expresión, logra que todos los miembros del equipo bajen la mirada al suelo. Ni un solo tío se mueve.

—Cobardes —murmuro.

Luego me giro y me dirijo con resolución hacia Val, que me sonríe desde la banda. Que les den a los chicos de Astor Park. Que los jodan a todos.

Ir a la siguiente página

Report Page