El príncipe roto

El príncipe roto


Capítulo 17

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Capítulo 17

—¿Qué pasa? —pregunta Val cuando pongo un pie en el porche. Me tiende un botellín frío de cerveza. 

—No encuentro a ningún tío que me mire a los ojos. —Inspecciono a la multitud y localizo a Easton al otro lado del porche. Tiene la mano en la cadera de Shea Montgomery. Se miran el uno al otro con atención—. Supongo que Reed ha dejado las cosas claras. 

—Deberíamos ir a Harrisville —sugiere Val.

—¿Eso qué es?

—Un instituto público que hay como a treinta minutos. Allí a nadie le importa un huevo la jerarquía social del Astor Park. —Hace una pausa—. Aunque lo cierto es que me sorprende que la gente haga caso a Reed. Según los rumores, los Royal ya no manejan los hilos por aquí.

Le doy un trago a mi cerveza antes de responder:

—Te das cuenta de lo ridículo que suena eso, ¿verdad? 

—Pero no lo es. El orden se determina al nacer. Incluso antes. El gobernador de nuestro Estado fue al Astor. Los jueces que designa son tíos y mujeres con los que fue al colegio. El colegio o el instituto al que has ido es algo importante si quieres ir a una de las mejores y más grandes universidades. Dependiendo de a qué club pertenezcas, conseguirás un trabajo u otro. Cuanto más secreto y exclusivo, mejor. Por eso yo vivo con los Carrington nueve meses al año. Para poder darles a mis hijos una buena vida desde el principio, que mis padres no tuvieron. 

—Supongo. Pero se puede ser feliz sin todo esto. —Señalo hacia la fiesta con el botellín—. Yo era feliz antes de venir aquí. 

—Mmm… —Val emite un sonido de incredulidad. Al ver que frunzo el ceño, añade—: ¿De verdad eras feliz tú sola? ¿Cuidando de tu madre enferma? A lo mejor salías del paso, pero no puedes decirme que eras dichosa y realmente feliz. 

—A lo mejor no era realmente feliz, pero sí que lo era más que ahora. 

Se encoge de hombros.

—Vale, pero la cuestión sigue siendo la misma. Astor es una versión más pequeña del mundo al que tendremos que enfrentarnos cuando seamos adultos. Estos gilipollas lo dirigirán a menos que hagamos algo para evitarlo.

Suspiro, irritada, sobre todo porque sé que tiene razón. ¿Cómo voy a sobrevivir? No puedo huir, así que supongo que eso significa que voy a tener que hacer frente a esta gente y lidiar con ellos.

—Si los Royal ya no manejan los hilos, ¿entonces quién lo hace?

—Jordan, por supuesto. Está saliendo con Scott Gastonburg.

Val señala a un chico alto apoyado contra la chimenea. 

Entrecierro los ojos en su dirección. Me resulta bastante familiar con ese modelito de cowboy, salvo porque la última vez que lo vi, no tenía la mandíbula tan apretada. La última vez que lo vi fue en la discoteca, tendido en el suelo, mientras Reed le partía la cara.

—Ya veo por qué salen juntos —digo con malicia—. Ella habla y él solo sonríe y asiente. El novio perfecto. —No me siento culpable porque Reed le partiera la cara. Scott me dijo cosas horribles. No tan horribles como las palabras de Jordan, pero seguían siendo horribles.

Val sonríe con suficiencia y le da un trago en silencio a su cóctel. Luego señala con la barbilla a otro chico sentado en el brazo de un sofá. 

—¿Qué opinas de él?

—No tengo ni idea de quién es. Pero tiene unos pómulos bonitos. 

El chico al que se refiere Val tiene el pelo negro azabache y lleva un disfraz de pirata con una espada de aspecto peligroso colgada de la cintura. El brillo de la empuñadura de metal parece demasiado real como para formar parte de un disfraz. 

—¿Verdad que sí? Es Hiro Kamenashi. Su familia es dueña de parte del conglomerado de Ikoto Autos. Abrieron una fábrica hace dos años y al parecer tienen más dinero que algunos países pequeños. 

—¿Es simpático?

Se encoge de hombros.

—No lo sé. Pero he oído que tiene un buen trabuco. Sujétame la copa. Voy a hablar con él. 

Agarro su vaso antes de que se caiga al suelo y observo a Val abrirse paso a través de la multitud y dar unos golpecitos a Hiro en el hombro. Unos cuantos segundos después, lo guía hasta la sala contigua, donde las parejas se dan el lote.

Siento una sacudida en el vientre. Si Reed y yo estuviésemos juntos, estaríamos allí. Nuestros cuerpos estarían pegados. Sentiría su erección contra mí. Él percibiría mi deseo en mi respiración irregular y en mis gemidos suaves e incontenibles. 

Saldríamos y buscaríamos un rincón oscuro donde sus dedos se deslizarían bajo mi camisa y mis manos recorrerían las duras llanuras de sus músculos. Y, en la oscuridad, alejados del gentío, nuestras bocas se unirían y ambos conseguiríamos que mis sentimientos de pérdida y soledad desaparecieran. 

He mentido a Valerie. Sí he experimentado momentos de felicidad completa. El problema es que caer desde el acantilado de la alegría es muy doloroso.

Sacudo la cabeza para deshacerme de esos peligrosos pensamientos sobre Reed y vuelvo a mirar a mi alrededor en busca de mi propio Hiro. Esta vez, cuando localizo a Easton, está apoyado contra un pilar del porche y no es Shea la que está entre sus piernas. Es Savannah, ataviada con un vestido blanco y etéreo. Está preciosa, pero parece triste, como la princesa abandonada que es. 

«Easton, qué tonto eres», pienso. 

Pero yo soy tan tonta como él, buscando a un tío que me abrace y me haga sentir mejor. Bueno, ya tengo a alguien que se preocupa por mí y por quien yo también me preocupo. Y no voy a dejar que esta noche cometa otro error. 

—Hola, Easton —lo saludo cuando me acerco.

Él gira la cabeza con pereza hacia mí. Tiene los ojos completamente desenfocados. Mierda. No tengo ni idea de lo que se ha metido. El tío me saca casi treinta centímetros y pesa casi cincuenta kilos más que yo. No voy a poder arrastrarlo. 

Así que improviso. 

—Val ha encontrado a un tío bueno y necesito una pareja de baile. 

—No me interesa. 

Desliza la mano por el costado de Savannah hasta que su pulgar queda justo debajo del pecho de ella.

Savannah tiene la boca cerrada con fuerza, como si me retara a que la desafiara.

Y lo hago, porque ambos se arrepentirán de esto mañana.

—Venga —le insto a Easton—. Tengo hambre. Vamos a por algo de comer.

Se inclina hacia delante y le da un beso a Savannah en el hombro. Ha dejado de escucharme, si es que lo ha hecho antes.

Lo intento con Savannah entonces. 

—No te va a hacer sentir mejor. Puede que tengan el mismo apellido, pero no son la misma persona.

Su expresión desafiante vacila por un momento, hasta que Easton dice lo bastante alto para que lo oiga:

—¿Qué pasa? ¿Que tú eres la única tía que podemos compartir? 

Unas cuantas risas y un grito ahogado hacen que Easton esboce una sonrisa. Ha dado en el clavo, tal y como quería. A lo mejor no está tan colocado, al fin y al cabo. Sabe exactamente lo que hace y, al parecer, Savannah también. 

—Vale, jodeos la vida. 

A pesar de haberse metido Dios sabe qué, Easton parece percibir mi expresión de dolor, porque empalidece y su cara refleja remordimientos.

—Ella…

Me abro paso a través de un par de estudiantes boquiabiertos y me topo con Jordan, que está bebiéndose un cóctel con vodka y me sonríe con suficiencia. 

—¿Estás celosa de que tus Royal estén pasando página? Todo el mundo sabe que siempre fuiste algo temporal. —Con el vaso todavía en la mano, me quita una mota inexistente del hombro. El líquido helado se derrama por el borde, cae por debajo del cuello de mi jersey y se desliza entre mis pechos—. Probar con las barriobajeras puede ser divertido para una noche o dos, pero, después de un tiempo, el mal olor es tan intenso que es imposible de aguantar.

—Lo sabes por experiencia, ¿no? —digo con brusquedad, y retrocedo.

—En realidad, solo lo presuponía. No me gusta ensuciarme, ni tampoco mojarme.

Jordan sonríe mientras vacía su bebida sobre la parte delantera de mi jersey.

Una oleada de rabia me posee. Con una mano, agarro su blusa de seda, la arrastro hacia mí y me restriego contra ella.

—Supongo que ahora las dos estamos mojadas —gorjeo.

—¡Es una camisa Balmain de mil dólares! —chilla, y me aparta de un empujón—. Eres una zorra. 

Le dedico una sonrisa maliciosa.

—Lo dices como si fuera algo malo.

Luego, voy en busca de Val antes de que a Jordan se le ocurra otro insulto. Encuentro a mi amiga en medio de la pista de baile con las manos de Hiro en el trasero.

Después de darle unos cuantos golpecitos en el hombro, llamo la atención de Val. 

—¿Qué pasa? —pregunta.

—Quiero irme. No puedo quedarme aquí ni un minuto más. 

Val mira reacia a Hiro y, luego, posa la vista en mí de nuevo.

—Vale. Deja que vaya al baño y nos vamos. 

Hiro avanza.

—Yo puedo llevarte a casa. Tina y su novio, Cooper, vienen conmigo. 

Val me dedica una mirada suplicante.

—¿Te parece bien?

—Por supuesto —respondo, aunque es mentira.

Necesito a mi amiga. Quiero que alguien me coja de la mano, me aparte el pelo de la cara y me busque una toalla. Quiero compadecerme con alguien por lo zorra que es Jordan y que alguien me diga que no pasa nada porque no me caiga bien.

Pero Val es mi amiga y ella también necesita algo esta noche, algo que yo no puedo darle. Así que le lanzo una sonrisa tranquilizadora y me alejo con el cóctel de vodka que me chorrea por las tetas.

La multitud no se aparta como en la escena de una película. Tengo que empujar a la gente y abrirme paso entre polis, ladrones, superhéroes y hombres lobo. Me echan encima o casi encima más que un poquitín de cerveza, y, cuando llego a la puerta principal, huelo como si hubiese estado metida en un contenedor lleno de levadura de cerveza. 

Me dirijo a mi coche con decisión. Clavo el tacón en una grieta del asfalto y se me tuerce el tobillo.

Maldigo entre dientes, me quito los zapatos enseguida y continúo el resto del camino descalza, sin ni siquiera darme cuenta de los diminutos guijarros que se me clavan en la planta de los pies como pequeñas sanguijuelas puntiagudas. Cuando llego al descapotable, lanzo los zapatos al asiento trasero y agarro el tirador de la puerta.

¡Puaj!

¿Qué es eso? Siento algo pegajoso en la mano. Busco a tientas el teléfono con la mano izquierda e ilumino la pantalla en dirección a la mano derecha. Tengo algo pegajoso y amarillento en los dedos y… ¿eso son hormigas?

¡Qué asco!

Grito y me limpio la mano con el jersey, pero ahora tengo la palma de la mano pegajosa y llena de fibras. Con una expresión sombría, enfoco la luz hacia la puerta del coche. Hay miel desparramada por todo el lateral y una hilera de hormigas se mueve por encima del tirador y se mete por la grieta de la puerta en el coche.

Con un mal presentimiento en el cuerpo, me asomo por encima de la capota abierta. El teléfono no ilumina mucho, pero veo más hormigas y motitas brillantes. Parece haber una piscina de miel mezclada con purpurina sobre el caro cuero de los asientos. El respaldo del asiento del conductor está revestido de la misma mierda. 

Es demasiado. Todo. Este lugar. Estos putos niños. Toda esta ridícula vida que se suponía que iba a ser mejor que la que tenía antes solo porque tengo la cartera llena de billetes. Echo la cabeza hacia atrás y profiero un grito de frustración que he intentado contener desde que volví a Bayview en autobús. 

—¡Ella! —Oigo las pisadas de alguien que viene corriendo por el pavimento—. ¿Qué pasa? ¿Quién te ha hecho daño? ¿Dónde está? Lo mataré… 

Reed se detiene en seco cuando se da cuenta de que estoy sola. 

—¿Por qué me sigues?

Reed es la última persona a la que quiero ver ahora mismo, mientras las hormigas me recorren los pies, la cerveza se me seca en la piel y con la mano asquerosa y pringosa. 

—Llevo llamándote desde hace cinco minutos, pero estabas tan perdida en tus pensamientos que no me has oído. —Me agarra por los hombros y añade—: ¿Estás herida?

Sus manos me recorren los brazos y luego se posan sobre mis caderas. Me da la vuelta y yo se lo permito porque anhelo tanto que alguien se preocupe por mí que hasta esto me parece una maravilla. Y me odio por ello. 

Me aparto de un tirón y me tambaleo hasta la puerta del coche.

—No me toques. Estoy bien. Grité por esto. 

Acerco, furiosa, la mano hacia el coche.

Él se asoma al descapotable y lo ilumina con su móvil para contemplar el desastre.

—¿Quién ha hecho esto? —gruñe. 

—A lo mejor tú —murmuro, aunque mi cerebro me dice enseguida que es una acusación estúpida. Reed no tiene ninguna razón para destrozar mi coche.

—Mi padre te regaló este coche —contesta con un suspiro, irritado, y confirma mis pensamientos—. ¿Por qué querría destrozarlo? 

—¿Quién sabe por qué haces cualquier cosa? —respondo con desdén—. Ni siquiera imagino lo que se te pasa por la cabeza. Estás enfermo.

Reed lucha por mantener la compostura. ¿Por qué? No tengo ni idea. Yo soy la que tiene que lidiar con un coche infestado de hormigas mientras él estaba muy acaramelado con su exnovia. 

—¿Te acostaste con Abby cuando no estaba? —pregunto antes de darme cuenta.

Me arrepiento unas cien veces más cuando una ligera sonrisa aparece en su rostro.

—No.

«¿Entonces qué estábais susurrando allí dentro?», grito en mi interior.

Me obligo a girarme y a centrarme en arreglar el problema. No necesito a Reed, ni a nadie, ya que estamos. Llevo cuidando de mí misma durante años. 

Me vuelvo a limpiar la mano y luego abro el navegador del móvil. Avergonzada, escribo la palabra «taxi».

—¿No vas a preguntarme de qué estábamos hablando?

No. Ya he aprendido la lección. Selecciono la primera compañía y llamo.

—Yellow Cab, ¿en qué puedo ayudarle? 

—Estoy en… —Tapo el micrófono del teléfono—. ¿Cómo se llama este sitio?

—¿Señora? Necesito una dirección —dice el telefonista con impaciencia.

—Un minuto —murmuro.

Reed niega con la cabeza y me quita el teléfono.

—Lo siento. Me he equivocado de número. —Cuelga y se mete el móvil en el bolsillo de los vaqueros—. Abby se estaba disculpando por haberse acostado con East. Le he dicho que no se preocupara.

—Pues tú sí deberías preocuparte. Devuélveme el móvil. 

Él ignora mi petición.

—Tengo otras cosas en la cabeza. Como preguntarme por qué mi chica ha besado al quarterback de mi equipo. 

—Porque está bueno. 

Miro fijamente el bolsillo de Reed y me pregunto cómo voy a sacar mi teléfono de ahí. Desvío la mirada hacia la izquierda, donde veo que hay otro bulto. Uno que parece crecer cuanto más lo miro. Uno que recuerdo pegado contra mi cuerpo, duro y caliente…

Se me empiezan a tensar algunas partes del cuerpo y noto un cosquilleo. Aprieto los muslos con fuerza, el uno contra el otro.

—No te gusta —afirma Reed con voz ronca.

—Tú no sabes qué me gusta.

—Ah, sí… Sí lo sé. 

Entonces, rápido como un lince, me rodea la cintura con un brazo y me besa en la boca.

Le agarro la cabeza para apartarlo, pero, en cambio, lo mantengo en el sitio. Nos besamos al mismo tiempo que intentamos matarnos el uno al otro con los labios, la lengua y los dientes. Me sujeta los brazos con las manos, y yo entierro los dedos en su pelo. La barra de acero que hay dentro de sus vaqueros ya no es un recuerdo, sino una realidad, y todo mi cuerpo se deleita con ello. Ay, Dios, cuánto he echado de menos esto… Tener sus labios pegados a los míos. Su cálido cuerpo contra el mío. Lo he echado de menos y me detesto por ello.

Me aparto de su boca de un tirón.

—Deja de besarme —ordeno.

Reed curva las comisuras de la boca hacia arriba y dice:

—Entonces suéltame.

Y cuando no lo hago de inmediato, él vuelve a besarme y su lengua se desliza dentro de mi boca, abierta. Esta vez, baja la mano hasta la cinturilla de mis leggings y tira de ellos hacia abajo. Busco a tientas el botón de su camisa. Quiero tocarle la piel. Él gime y me impulsa hacia arriba, y yo, de algún modo, le rodeo las piernas con la cintura.

Siento el frío metal del capó del coche bajo mi trasero desnudo. Los dedos de Reed me apretujan los muslos y la rigidez que sentí antes es tan evidente que me duele. Me revuelvo entre sus fuertes brazos porque quiero algo, busco algo, me esfuerzo por alcanzar ese algo. Pero es escurridizo. 

Su boca abandona la mía y desciende hasta mi cuello y, luego, hasta el hombro.

—Eso es, nena. Eres mía —gruñe contra mi piel.

Sí, soy suya. Su… ¿nena?

—No. No, no lo soy. —Me retuerzo debajo de él, sin aliento y avergonzada, y me subo los leggings con ahínco—. Tú ya tienes un nene.

Reed se endereza con total lentitud, sin molestarse en bajarse la camisa o en abotonarse los vaqueros que, al parecer, le he desabrochado.

—Por última vez, Ella… no he dejado preñada a esa mujer. ¿Por qué cojones no me crees?

Suena tan sincero que casi lo creo. Pero «casi» es la palabra clave. De repente, recuerdo todas aquellas veces en las que mi madre me suplicó que le diera a su último novio infiel una última oportunidad. «Ha cambiado, cariño. Es diferente. Fue un malentendido. La mujer era su hermana en realidad».

Nunca entendí por qué no se daba cuenta de las mentiras, pero ahora me pregunto si quizá quería creer tanto en el amor que se convencía a sí misma de que su novio baboso decía la verdad solo para tener a alguien a su lado.

—Por supuesto que lo niegas. ¿Qué más vas a decirme? —Exhalo aire con cierto nerviosismo—. Hagamos como si esto no hubiera sucedido.

—¿De verdad crees que podría olvidarlo? —pregunta con un tono de voz grave y tenso—. Me has devuelto el beso. Todavía me deseas.

—No te emociones tanto. Habría besado a cualquiera ahora mismo. Y lo he hecho, ¿acaso no te acuerdas? Si, en lugar de ti, estuviera Wade aquí, también lo habría besado.

Reed frunce el ceño.

—Wade es un buen tío. No le rompas el corazón para vengarte de mí. Tú no eres así.

—Tú no sabes cómo soy.

—Sí, sí lo sé. Tú misma lo has dicho: te veo, tal y como eres. Veo tu dolor y la soledad que sientes. Veo tu orgullo y cómo te impide pedir ayuda a la gente. Veo tu gran corazón. Quieres salvar al mundo, incluso a un cabrón como yo. —Titubea—. Me he cansado de tonterías, Ella. En mi mundo, solo existes tú. Si me ves hablando con alguna otra chica, quiero que sepas que hablo de ti. Si me ves caminando junto a alguien, desearía que ese alguien fueses tú. —Da un paso hacia mí—. Tú eres la única persona que me importa.

—No te creo.

—¿Qué puedo hacer para que cambies de opinión?

Lo empujo. Está demasiado cerca de mí y necesito espacio. 

—¿Quieres que te suplique? Porque lo haré.

Reed empieza a arrodillarse en el suelo.

—¡Tío! ¡Royal es un calzonazos! —se jacta una voz, gritando.

Tras ese comentario, se oye un montón de risas ebrias. Un grupo de tíos pasan junto a nosotros con paso tambaleante de camino a uno de los laterales de la mansión. 

Agarro a Reed antes de que se arrodille por completo. Por mucho que lo odie, odio más a los chicos del Astor. Pero a Reed no parece molestarle lo más mínimo que estos imbéciles lo hayan oído. Se limita a sonreír con suficiencia y les enseña el dedo corazón.

Las lágrimas anegan mis ojos y aparto la cara para que no lo vea.

—Odio este lugar —susurro—. Astor es oficialmente el peor colegio de todo el mundo.

Se produce un silencio y, al cabo de unos instantes, Reed suspira con cierto pesar.

—Venga. Te llevo a casa. 

Como mi coche está fuera de servicio, agacho los hombros, derrotada, y me subo a su todoterreno, pero me aseguro de sentarme lo más lejos posible de él.

—¿Qué le ha pasado a tu jersey? —pregunta, recio—. Está empapado. 

—Jordan. 

Aferra el volante con las manos tensas.

—Me ocuparé de ella. 

—¿Cómo?

—Déjamelo a mí.

Miro por la ventana y hago oídos sordos a la esperanza que empieza a apoderarse de mi corazón. Al fin y al cabo, es Reed Royal. Es el tío que se tiró a la novia de su padre. No tiene moral ni principios. Solo se preocupa por sí mismo y lo que pueda conseguir.

Así que no, no voy a permitirme sentir esperanza. Mi corazón no podría soportarlo una vez más.

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