El príncipe roto
Capítulo 18
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Capítulo 18
Reed
Ganarme de nuevo a mi chica me está costando más de lo que pensé en un principio. Y también es mucho más difícil de lo que creía. Pensé que el beso que nos dimos en la fiesta de Shea era una muestra de que Ella estaba empezando a cambiar de opinión. Aunque al final tuvo el efecto contrario. Ella sigue sin creerme y, a menos que le entregue una prueba de paternidad, no sé cómo voy a convencerla.
Papá no ha dicho nada sobre la prueba, pero se la hará, ¿verdad? No puede casarse con esa serpiente sin estar seguro primero de que el bebé de Brooke es suyo.
Durante el triste fin de semana, toda mi familia me ignora, a excepción de Brooke y mi padre. Ella, Easton, los gemelos y Gid; todos están enfadados conmigo.
Sé que me lo merezco. Al cien por cien. Acostarme con Brooke fue la decisión más estúpida que he tomado en mi vida. El hecho de haber sido siempre exigente con respecto a las tías hace que me sienta peor, porque no debería haber incluido a alguien como Brooke en mi reducida lista. Debería haberme resistido a ella. Debería haber resistido las ganas de querer castigar a mi padre. Sé por experiencia que hago tonterías como esta solo porque, al final, termina castigándome a mí.
Pero lo hice, y es algo que no puedo cambiar. Puedo odiarme por ello, puedo sentirme como una mierda cada vez que lo recuerdo, pero no puedo reescribir el pasado.
Y Ella no puede echármelo en cara para siempre, ¿verdad?
—La estás mirando fijamente.
Me giro y encuentro a Wade, con los ojos en blanco. Sí. Me ha pillado. Estaba mirando fijamente la mesa de Ella. Está sentada con Val al otro lado del comedor, y sé que ha elegido ese sitio a propósito. Intenta poner tanta distancia entre nosotros como es humanamente posible.
Y se ha sentado de espaldas al resto de la cantina. A mí. Quiere que sepa que lo nuestro se ha acabado, pero ambos sabemos que eso no es cierto. Antes me odiaba y, aun así, se enamoró de mí. Nada ha cambiado entre nosotros realmente. Seguimos peleándonos, seguimos acechándonos como buenos oponentes equiparados, pero aquí estamos, en el cuadrilátero, juntos. Y eso es lo único que importa.
—Puedo mirarla. —Frunzo el ceño en su dirección—. Tú, en cambio, no. Así que mantén los ojos apartados de mi chica. Y los labios también.
Wade sonríe.
—Eh, no es mi culpa que me metiera la lengua hasta la campanilla.
Gruño.
—Vuelve a sacar el tema y te daré una paliza.
—Nunca le harías daño a tu quarterback —me provoca Wade entre risas. Luego, se pone de pie—. Os veo luego, hermanos. Hay alguien que me espera en el baño.
Todos los chicos ponen los ojos en blanco. Wade es conocido por sus líos en los baños.
—Hola, East —dice alguien sentado en el extremo contrario de la mesa—. He oído que te has tirado a Savannah Montgomery.
Enderezo la espalda al instante. ¿En serio? Primero Abby, ¿y ahora Sav?
Abby me abordó en la fiesta para disculparse por haberse acostado con East. Dice que estaba enfadada conmigo y que fue su forma de desahogarse. Fue difícil contener las ganas de decir «Me importa una mierda con quién te acuestas». Pero es verdad, no me importa. Yo ya había terminado con Abby antes de que Ella entrara en escena y, sinceramente, no me importa a quién se tira.
El que sí me importa es East. Mi hermano está fuera de control y no hay nada que pueda hacer para detenerlo. Eso es lo que me quita el sueño por las noches. Bueno, eso y Ella.
Hablando de Ella, uno de mis compañeros de equipo de repente menciona su nombre. Descarto cualquier pretexto para no mostrarme interesado y me giro para quedar frente a los dos jugadores de fútbol americano que cotillean.
—¿Qué pasa con Ella? —pregunto.
Neiman Halloway, un estudiante de segundo año de la línea ofensiva, hace una mueca.
—Acabo de oír que lo ha pasado bastante mal en Oratoria.
—¿Qué ha pasado?
Me cruzo de brazos y atravieso a ambos jugadores con la mirada. Si no empiezan a hablar, llevarán en la cara la marca de las bandejas durante el resto del día.
Neiman carraspea.
—No estaba cuando ha ocurrido, pero mi hermana va a clase con ella. Me ha contado que Ella ha tenido que dar un discurso hoy sobre gente a la que admira o algo así. Ha hablado de su madre, y… ah… —Se detiene, removiéndose incómodo en su silla.
—Escúpelo. No voy a pegarte un puñetazo por contarme lo que ha pasado en clase, pero puede que sí te dé una paliza si me haces perder el tiempo.
Desde el otro extremo de la mesa, East también nos escucha con atención, pero no me mira a los ojos cuando lo busco con la mirada.
—Vale. Muy bien. Supongo que algunos chicos se metieron con ella, ya sabes. Le dijeron cosas como que ellos también admiraban a las strippers, sobre todo cuando les ponían las tetas en la cara. Y mi hermana me ha contado que una de las chicas pastel preguntó si Ella tenía en casa vídeos de su madre enseñándole a mamársela a los clientes.
Notó que mi expresión se ensombrece y que el enfado que refleja mi cara aumenta con cada palabra que pronuncia. Me recuerdo a mí mismo que él es solo el mensajero y que no puedo matarlo.
Neiman está más blanco que un fantasma.
—Y luego una chica le dijo que su madre murió de vergüenza porque Ella es una puta.
Percibo un movimiento de soslayo y me giro. Ella y Val atraviesan el brillante suelo de madera de la cantina con las bandejas vacías en las manos.
Estoy tentado a seguirla, pero por mucho que quiera consolarla, sé que no quiere saber nada de mí. Además, el consuelo no hace milagros.
Wade tenía razón: las cosas tienen que cambiar en este colegio. Antes de que Ella se marchara, nadie, excepto tal vez Jordan, se habría atrevido a hablar a Ella de ese modo.
Devuelvo la atención a los chicos.
—¿Eso es todo? —pregunto con la mandíbula tensa. Los dientes me rechinan.
Neiman y su amigo intercambian una mirada de preocupación.
No, supongo que no es todo. Me preparo para escuchar el resto.
Su amigo retoma la historia.
—Cuando salíamos de clase, alguien le preguntó a Daniel Delacorte si a Ella se le cayeron billetes de dólar cuando se abrió de piernas para él. Él dijo que no, que es demasiado barata. Que solo le caían centavos.
Coloco los puños sobre las rodillas porque tengo miedo de perder el control y destruir todo este puto colegio.
—Mándale un mensaje a tu hermana —espeto a Neiman—. Quiero nombres.
Neiman saca el teléfono más rápido que cuando se abalanza sobre un defensa contrario que va a por nuestro quarterback. Escribe un mensaje y esperamos durante casi un minuto a que su hermana responda. Cuando el móvil suena, yo ya estoy preparado para asesinar a alguien.
—Skip Henley es quien dijo lo de los billetes de dólar…
Neiman no ha terminado la frase, pero yo ya estoy de pie. Mi visión periférica me muestra que East también lo está, pero levanto una mano para detenerlo.
—Déjamelo a mí —gruño.
Percibo algo —¿respeto?— en su mirada. Ja. A lo mejor la relación con mi hermano no es del todo insalvable.
Inspecciono el comedor hasta que doy con mi objetivo. Skip Henley. El chaval lleva ya un tiempo en mi radar. Es un bocazas y le gusta alardear de las chicas con las que se ha acostado ofreciendo detalles denigrantes.
Cruzo la estancia en dirección a la mesa de Henley, que se queda en silencio cuando llego a él.
—Henley —digo con frialdad.
Skip se gira con pies de plomo. Tiene aspecto de niño pijo con ese pelo engominado y repeinado y esa cara afeitada de niño bien.
—¿Sí?
—¿Tú tienes Oratoria antes del almuerzo?
Asiente.
—Sí. ¿Y qué?
—Este es el trato. —Me doy un golpecito en el pecho—. Te voy a dejar que me pegues. Donde quieras. Y luego voy a propinarte tal paliza que ni tu propia madre te reconocerá cuando acabe contigo.
Él mira a su alrededor, desesperado por encontrar una vía de escape. Pero no va a escapar de mí. Sus amigos fingen que no lo conocen. Todos los que están sentados en la mesa desvían la mirada, juguetean con el teléfono y picotean sus almuerzos. Skip está solo y lo sabe.
—No sé qué crees que he hecho, pero…
—Oh, ¿necesitas que te lo recuerde? Por supuesto. Deja que te eche una mano, hermano… has hablado mal de Ella Harper.
El miedo se refleja en sus ojos durante un segundo, pero luego se transforma en indignación. Se da cuenta de que no tiene muchas opciones, así que decide plantarme cara. Menudo estúpido.
—¿Y qué? Decía la verdad. Todos sabemos que tu chica se ha pasado tanto tiempo tumbada que ya tiene la palabra «esperma» tatuada en la piel…
Lo levanto de la silla antes de que acabe la frase. Lo agarro por el cuello de la camisa y acerco su cara a la mía.
—O tienes muchos huevos o tienes muchas ganas de morir. Yo apuesto más bien por lo segundo.
—Que te jodan —grita Henley, y me escupe en la cara—. ¿Crees que mandas en esta escuela, Royal? ¿Crees que puedes traer a una zorra a nuestra casa y obligarnos a aceptarla? ¡Mi bisabuelo conoció al general Lee! No voy a asociarme con basura como ella.
Luego, se me lanza al cuello con un rugido, y yo dejo que me aseste el golpe. Es flojo, como él. Como todos los acosadores. Por eso lo son. Porque son idiotas inseguros que intentan sentirse mejor consigo mismos.
Su puño rebota en mi mandíbula porque no sabe cómo dar un puñetazo. Entre risas, agarro al gilipollas por la garganta y lo arrastro hacia mí.
—¿Tu papi no te quiere lo bastante como para enseñarte a pelear, Skippy? Mira y aprende. Esto es un puñetazo. —Le endiño dos seguidos—. ¿Ves cómo se hace?
Oigo una fuerte carcajada a nuestra espalda. Reconozco la risa de Easton. Mi hermano está disfrutando del espectáculo.
Henley gime de dolor y se aleja de mí. El olor a orina invade el ambiente.
—Dios, ¡se ha meado en los pantalones! —grita alguien.
Asqueado, agarro a Skip por la nuca, le hago una zancadilla y le estampo la cara contra el suelo. Le clavo la rodilla en la espalda antes de inclinarme hacia él.
—Dirige una sola palabra más a Ella o a alguno de sus amigos y te esperarán más que un par de puñetazos en la cara, ¿lo pillas?
Asiente al mismo tiempo que gimotea lastimeramente.
—Vale. —Lo empujo y me pongo de pie—. Eso va para todos vosotros —anuncio a todo el comedor—. Todos vais a empezar a controlar vuestros actos desde hoy, o lo que le he hecho a este imbécil va a parecer una puta fiesta del té.
Todo el comedor está en completo silencio, y las miradas nerviosas y colmadas de miedo que observo a mi alrededor me embargan de satisfacción. Wade tenía razón sobre otra cosa: estos chavales necesitan un líder, alguien que evite que se devoren entre ellos.
Puede que no haya solicitado el puesto, pero es mío, me guste o no.
***
En vez de ir a clase, me dirijo al servicio de hombres de la primera planta, junto al gimnasio. No hay ninguna regla escrita que diga que este baño sea solo para los jugadores de fútbol americano, pero, en realidad, es así.
Y Wade hace buen uso de él. Él tiene Política y Gobierno a esta hora, pero desde que su madre empezó a acostarse con el profesor, no ha puesto un pie en el aula. Dice que después de todos los carbohidratos del almuerzo, o bien se echa una siesta o se tira a alguien, y que lo segundo es más divertido.
Hago ruido cuando entro para alertar a los ocupantes de que no están solos, pero Wade no se da por aludido. Oigo unos cuantos gemidos intercalados con un «sí, Wade, por favor, Wade» pronunciado a un ritmo que me resulta bastante familiar.
Aburrido, me apoyo contra los lavabos y observo como una de las puertas cerradas de uno de los retretes tiembla con fuerza cuando Wade empieza a darlo todo. Por el sonido de su voz, me imagino que quien lo acompaña en este encuentro postalmuerzo es Rachel Cohen.
Wade tiene la capacidad de atención de un cacahuete, pero cuando está con una chica, lo da todo. No se puede pedir más. Miro el reloj. No quiero perderme la próxima clase.
Aporreo la puerta.
—¿Ya casi habéis terminado, niños?
El ruido se detiene durante un momento y, acto seguido, oigo un grito ahogado de sorpresa y un susurro de consuelo.
—No pasa nada, nena… —Oigo un crujido y, luego, dice—: Eso es. Estás en la gloria, ¿eh? No te preocupes por Reed… Ah… te gusta, ¿a que sí? Quieres que abra la puerta… ¿no? Vale, pero está fuera. Puede oírte. Joder, te encanta, ¿verdad? Sí, nena, córrete para mí.
Un suave gemido se escapa de los labios de la chica y luego oigo más movimiento, seguido de un largo y grave gemido. El final llega cuando escucho el sonido de la cisterna.
La puerta se abre y miro a Wade a los ojos al tiempo que le doy unos golpecitos a mi reloj de pulsera. Él asiente y termina de abrocharse los pantalones; luego estrecha a Rachel entre sus brazos y le da un beso húmedo y ruidoso.
—Joder, nena, ha sido espectacular.
Ella suspira contra su cuerpo. Reconozco ese sonido. Cuando tonteaba con Ella, hacía el mismo ruidito. Me muero por volver a escucharlo. Me cabrea un poco que no me deje acercarme a ella, que haya levantado una muralla a su alrededor.
Carraspeo con fuerza.
Wade medio arrastra a Rachel hasta la puerta.
—¿Te veo después de clase? —pregunta la chica con una mirada esperanzada.
—Pues claro, nena. —Hace una pausa y, luego, gira la cabeza hacia mí.
Yo niego, y Wade se encoge de hombros como si dijera que no pasa nada por preguntar.
—Me pasaré después de cenar. Mantén esto calentito para mí, ¿vale? —Le da un golpecito en la corta falda del uniforme—. Pensaré en ti toda la tarde. Va a ser duro.
Incluso después de todos los años que llevo con Wade, todavía no sabría decir si es sincero o si es solo un buen actor.
—Te refieres a que vas a estar duro —arrulla.
Vale, ya es suficiente.
—Wade —digo con impaciencia.
—Hasta luego, Rach. Tengo que hablar con Reed, si no, te prometo que tendríamos otra ronda.
Ella vacila y Wade tiene que empujarla literalmente hacia la puerta para que se marche. Cuando la puerta se cierra, coloca la papelera delante y se acerca a mí. Yo abro los grifos para evitar que algún oído indiscreto nos oiga.
Voy directo al grano.
—El viernes, en la fiesta de los Montgomery, alguien llenó el coche de Ella de miel, y acabo de tener un encontronazo con un gilipollas que la ha crucificado en clase de Oratoria. ¿Qué coño está pasando?
—¿En serio? ¿No escuchaste ni una palabra de lo que te dije la última vez que hablamos de esto? Bueno, en realidad, sí… y me dijiste que no te importaba —apunta.
—Bueno, ahora sí me importa. Quiero saber por qué Ella vuelve a ser un objetivo. Todo el mundo sabe que estoy dispuesto a dar una paliza a cualquiera que la mire, así que no entiendo por qué la acosan.
Wade coloca las manos bajo el grifo y se las lava. Se toma su tiempo antes de responder.
—Wade…
—Vale, no me pegues. —Levanta las manos—. Mira qué cara tan preciosa. —Se da un golpecito en la barbilla—. No habrá más Rachels en el baño si este guaperas pierde su atractivo.
Miro fijamente a Wade, que es cinco centímetros más bajo que yo.
—¿Por qué la gente se mete con Ella?
Se encoge de hombros.
—La gente solía tenerte miedo, pero ahora ya no.
—¿Y eso que se supone que significa?
—Significa que Delacorte conserva todos sus dientes a pesar de que intentó violar a tu chica. Jordan dice lo que quiere y no hay represalias. Todos piensan que has terminado con Ella y, como has dejado de dar la cara por otros, ahora no van a devolverte el favor. Para ellos, meterse con Ella es legítimo.
—¿Algo más?
Wade se encoge de hombros, visiblemente arrepentido.
—¿No te parece bastante?
Asiento, frustrado.
—Sí, es bastante.
—¿Vas a hacer algo al respecto?
—¿Tú qué opinas? —Le doy un empujón a la papelera y la aparto de la puerta.
—Creo que si los Royal fuesen un frente unido, todos se relajarían. A nadie le gusta realmente lo que está pasando, pero todos están asustados o son unos vagos. Y, francamente, tío, tú encajas en la segunda categoría.
Aprieto la mandíbula, aunque no se equivoca. Gideon fue un líder mucho más activo que yo. Él prestaba atención. Se enteraba de quién hacía qué y se cercioraba de que todos se comportaran correctamente. Yo solía entregar los mensajes.
Cuando se marchó, todo el mundo presupuso que yo estaba a cargo del colegio y no hice mucho para demostrar si tenían razón o no… hasta ahora.
Giro la cabeza hacia él.
—Tienes razón. He sido un puto vago.
Wade sonríe de oreja a oreja.
—Yo siempre tengo razón. Entonces, ¿qué vas a hacer?
—Todavía no estoy seguro. Pero no te preocupes, las cosas van a cambiar. —Le dedico una mirada mortífera—. Ya estoy trabajando en ello.