El príncipe roto

El príncipe roto


Capítulo 19

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Capítulo 19

Ella

Vuelvo a casa y me voy directa a mi habitación. Me tiro encima de la cama y me coloco en posición fetal. Lo único que quiero es fingir que este día horrible nunca ha sucedido. Cada vez que pienso que no puedo sentirme más humillada, los idiotas del Astor Park me demuestran lo contrario.

Sin embargo, no voy a llorar. No derramaré ni una lágrima por ellos. No voy a permitir que tengan ese poder sobre mí.

Aun así, la clase de Oratoria ha sido horrible. Los insultos hacia mi madre han sido casi más de lo que podía soportar. No puedo creer que el profesor se quedase parado como un monigote durante cinco minutos antes de mandar callar a los estudiantes.

Quizá debería haber ido a casa de Val, como ella quería. Podríamos habernos sentado en su cama, haber comido algo de helado y cotilleado sobre quién le gusta. Eso suena mucho mejor que quedarme enfurruñada en mi habitación toda la noche.

Además, si hubiera ido a su casa, no me tensaría cada vez que escucho pisadas en el pasillo. No puedo creer que besase a Reed la otra noche. No, hice más que besarlo. Me bajó los pantalones y posó las manos en mi trasero. ¿Quién sabe lo lejos que le habría dejado ir si no me hubiera llamado nena?

¿Qué pasaría si realmente fuese el padre del bebé de Brooke? ¿Cómo podría vivir en la misma casa que Reed, Brooke y el bebé que el pobre Callum criaría como suyo sin saberlo?

Dios. ¿Cuándo se ha convertido mi vida en una telenovela?

Me estrujo la cara entre las manos hasta que siento que los dientes chocan contra mis mejillas. Ese dolor no hace que el que siento en mi corazón desaparezca. Echo… echo de menos a Reed. Me enfado conmigo misma por reconocerlo, pero no lo puedo evitar. Todo lo que le conté sobre cómo creía que me veía… todavía lo creo. Cuando Reed posa sus intensos ojos azules en los míos noto que me ve el alma. Que ve más allá de la fuerte coraza exterior tras la que me escondo. Ve mis miedos y mi vulnerabilidad, y no me juzga por ello.

Y, sinceramente, pensé que yo también lo veía a él. ¿Eran imaginaciones mías? Aquellos momentos en los que reíamos cuando bajábamos la guardia, esa mirada sincera cuando me dijo que deseaba convertirse en una persona digna de mí, esa sensación de paz que me sobrevino cuando ambos nos dormimos…

¿Acaso me lo imaginé todo?

Cojo mi libro de Matemáticas de la mochila y me obligo a concentrarme. Después, me recompenso con dos episodios de The Bachelor, pero el programa no tiene gracia si Val no está sentada a mi lado haciendo comentarios sarcásticos sobre los participantes.

—Ella —dice Callum desde el pasillo. Luego, llama a mi puerta—. La cena está lista. Baja.

—No tengo hambre —respondo.

—Baja —repite—. Tenemos invitados.

Frunzo el ceño y miro la puerta. Normalmente Callum no suele ser tan estricto conmigo, pero ahora mismo su tono de voz es severo y paternal.

—Comeremos en el patio —añade, y después lo oigo llamar al resto de las puertas y avisar a la tropa.

Nos avisa a todos. Parece un poco… preocupado.

Yo me levanto con cautela y me pregunto quiénes son nuestros «invitados». Es obvio que una es Brooke, porque la bruja ha venido casi todas las noches desde que ella y Callum nos dieron la noticia del bebé.

Pero, ¿quién más podría haber venido? Por lo que sé, el único amigo de Callum era Steve, y está muerto.

Salto del colchón con un suspiro, me quito el uniforme del colegio y me pongo algo más apropiado para la cena. Desgraciadamente, me olvido continuamente de ir de compras, así que solo puedo ponerme uno de los vestidos que adquirí cuando fui de compras con Brooke.

Salgo al pasillo al mismo tiempo que Easton y Reed. Ignoro a ambos, y ellos se ignoran mutuamente. Bajamos por las escaleras en un silencio sepulcral.

Al llegar al patio entiendo al instante el porqué de la preocupación de Callum. Tenemos dos invitadas a la cena: Brooke… y Dinah O’Halloran.

Reed se tensa a mi lado. Pasea los ojos azules de una zorra rubia a la otra.

—¿Qué estamos celebrando? —inquiere con frialdad.

Brooke nos sonríe de oreja a oreja.

—¡El compromiso, tonto! —Se echa el pelo hacia atrás—. Por supuesto que no es algo oficial, porque habrá una fiesta de compromiso cuando ultimemos los detalles. En algún sitio decadente, como el Palace o el King Edward. ¿Qué te parece, Dinah? ¿Queremos un lugar moderno o más distinguido?

Dinah levanta la nariz en señal de desagrado.

—El hotel King Edward ha perdido su atractivo, Brookie. Antes era más exclusivo, pero ahora que han reducido sus tarifas, la clientela es de clase más baja.

Callum nos observa a los chicos y a mí.

—Sentaos —ordena—, estáis siendo unos maleducados.

Echo un vistazo a los asientos disponibles. Brooke y Dinah están a ambos lados de Callum, y Sawyer y Sebastian, con expresión taciturna, han tenido la suerte de ocupar los asientos en el otro extremo de la mesa.

Reed y Easton rodean las sillas vacías junto a las mujeres y se dejan caer al lado de los gemelos. Eso me deja con dos opciones nada atractivas, pero decido que Dinah no es tan mala como Brooke y, a regañadientes, escojo la silla que hay junto a ella.

Me acomodo justo cuando Gideon atraviesa la cristalera.

—Buenas noches —murmura.

Callum asiente en señal de aprobación.

—Me alegra que hayas podido venir, Gid. —Percibo un cierto tono cortante en su voz.

Y el tono de Gideon es más cortante todavía cuando dice:

—Tampoco me has dado elección, ¿eh, papá? —Se le tensa la mandíbula cuando se da cuenta de que el único asiento libre está al lado de Brooke. Su futura madrastra.

Ella da palmadas en la silla.

—Siéntate, querido. Deja que te sirva un vaso de vino.

—Beberé agua —responde él con firmeza.

Un silencio incómodo invade la mesa cuando todos nos acomodamos. Todos los chicos Royal tienen el ceño fruncido. Callum los observa, decepcionado.

Aunque, ¿qué esperaba? Sus hijos apenas han hablado con él desde la noticia del embarazo. He visto que los gemelos se encogen cada vez que Brooke enseña su brillante anillo de diamantes. Easton está más borracho que sobrio. Por lo visto, para que Gideon vuelva a casa, tiene que obligarlo. Y Reed se acostó con la novia de Callum dos, tres o cien veces.

Así que sí. Callum está loco si cree que esta gran y feliz cena familiar no será un desastre.

—Muchísimas gracias por invitarme esta noche —le comenta Dinah a Callum—. Hacía siglos que no venía al palacio de los Royal.

La mordacidad de sus palabras revela cómo se siente ante la falta de invitaciones. Esta noche está preciosa, a pesar de su ponzoñosa mirada de color verde. Tiene el pelo dorado recogido y lleva unos pendientes de diamantes largos y un vestido blanco con escote en V que muestra su bronceado y su pecho.

Entiendo por qué atrajo a mi padre. Dinah parece un ángel sexy. Me pregunto cuánto tiempo tardó en darse cuenta de que era en realidad un demonio.

Callum ha debido contratar un catering para la cena, porque tres mujeres vestidas de uniforme que no reconozco caminan por el patio y comienzan a servirnos la comida. Me hace sentir incómoda y tengo que agarrarme a la silla para no levantarme y ayudarlas.

A continuación los nueve empezamos a comer. ¿La comida está deliciosa? Ni idea. No me doy cuenta de qué me llevo a la boca. Intento no vomitar. Brooke parlotea sobre el nuevo bebé Royal y siento náuseas.

—Si es un niño, me gustaría que su segundo nombre fuese Emerson, en recuerdo al padre de Callum, que en paz descanse —le cuenta Brooke a Dinah—. ¿No crees que suena bien? Callum Emerson Royal júnior.

¿Tiene pensado llamar Callum al bebé? ¿Por qué no Reed? Me gustaría confesar lo que sé. Pero agarro mi vaso de agua con fuerza porque solo pensar que Reed puede ser el padre biológico de este niño me hace rabiar. Y me da ganas de vomitar. Es simplemente horrible.

Reed afirma que la última vez que estuvo con Brooke fue hace más de seis meses y ella no está embarazada de tanto tiempo. Así que quizá no se acostaron la noche que los pillé. Él dice que no. Brooke también dice que no.

¿Es posible que digan la verdad?

«Sí, Ella, y el último novio de mamá solo le cogía la mano a su hermana. Idiota», pienso.

—¿Ella?

Levanta la cabeza y veo que Callum me mira fijamente.

—Perdona, ¿qué decías?

—Brooke te ha hecho una pregunta.

Clavo los ojos en Brooke a regañadientes, que me guiña el ojo.

—Te he preguntado si propones algún nombre de niña.

—No —respondo—. Lo siento. No se me dan bien los nombres.

—¿Chicos? —pregunta a los Royal—. ¿Alguna sugerencia?

Ninguno contesta. Los gemelos fingen estar demasiado concentrados en la comida, pero Reed, Gideon y Easton la ignoran por completo.

Ya que soy la única que ha contribuido a la conversación, si se le puede llamar contribución a diez palabras, paso a ser el centro de atención de los adultos con rapidez.

—Me decepciona que no visites el ático más a menudo —comenta Dinah—. Me gustaría conocer a la hija de mi marido.

Dice «hija» como si fuese un insulto. Las facciones de Callum se endurecen, pero su boca permanece cerrada.

—No me has invitado. —Intento sonar indiferente.

La mirada de Dinah se oscurece.

—No necesitas invitación —responde con dulzura—. La mitad del ático es tuyo, ¿recuerdas?

—Supongo.

Se encoge de hombros ante mi vaga expresión y se da la vuelta hacia Gideon.

—¿Qué tal la universidad, querido? Hace siglos que no te veo. Cuéntame qué has hecho.

—Me va bien —responde él, cortante.

—Tienes una competición de natación pronto, ¿no? —Dinah pasa los dedos por el tallo de su copa—. Creo que Brooke lo había mencionado.

Noto como se le tensa un músculo de la barbilla antes de contestar:

—Sí, así es.

Brooke habla y sus ojos se iluminan.

—Quizá deberíamos ir a animarlo. ¿Qué te parece, Callum?

—Ah, sí. Suena… genial.

Reed resopla en voz baja.

Callum le lanza una mirada de advertencia.

Ahora mismo odio a casi todas las personas sentadas en la mesa.

La tensión se incrementa hasta que siento que las paredes cada vez están más cerca de mí y me ahogo. Y estamos al aire libre, maldita sea.

—Ojalá hubieras conocido a tu padre —comenta Dinah—. Steve era un hombre tan… formidable. Y fiel. Tan fiel. ¿Verdad, Callum?

Callum asiente y se sirve otra copa de vino. Estoy bastante segura de que ya va por la segunda botella. En cambio, Brooke bebe agua con gas.

—El mejor hombre que he conocido —dice Callum con voz ronca.

—Aunque no se le daba muy bien administrar el dinero—dice Dinah. Entrecierra sus ojos verdes cuando posa la mirada en mí durante un momento—. ¿Te pareces a tu madre o a tu padre, Ella?

—A mi madre —replico con brusquedad, ¿pero cómo podría saberlo?

—Claro —murmura—. Después de todo, Steve no sabía nada de ti. No exististe para él durante la mayor parte de tu vida, literalmente.

«Muy buena pulla subliminal, Dinah», pienso. ¿Pero sabes qué? Crecí entre arpías que se asustaban con frecuencia de que su único punto fuerte, su físico, empeorara con rapidez. Puedo soportar cualquier cosa que me diga.

Yo sonrío.

—Pero volvió en sí. Es decir, me dejó todo lo que pudo.

«Y me hubiese dejado más si tú no tuvieses un ejército de abogados asegurándose de que cada moneda libre caiga en tu bolsillo», añado para mis adentros.

Esboza una amplia sonrisa y me enseña los dientes a modo de respuesta.

—El otro día me acordé de ti. —«Por favor, no lo hagas», pienso—. Y en lo parecidas que somos. Cuando yo era joven, mi madre no estaba bien, y nos mudábamos tan a menudo como tú. Tomó decisiones desacertadas. A menudo eran… —Se detiene y bebe un sorbo de su copa.

Escuchamos sus palabras en contra de nuestra voluntad y se nota que le encanta ser el centro de atención.

—Muchas veces la gente que entraba y salía de mi vida no siempre fue la mejor influencia. A veces esos hombres querían cosas de mí que no se deberían pedir nunca a una niña.

Dinah me mira con expectación. Supongo que es como uno de esos ancianos pastores sureños que necesitan una afirmación como respuesta para asegurarse de que su mensaje se ha comprendido.

—Qué pena —respondo.

Sin embargo, tiene razón. Su historia es parecida a la mía. Pero me niego a compadecerme de ella. Su vida ahora dista mucho de la de entonces.

—Lo es, ¿cierto? —Se limpia la comisura de la boca con una servilleta—. Me encantaría aconsejarte, de una chica perdida a otra. No necesitas esperar algo que realmente quieres en la vida, porque, si lo haces, acabarás como nuestras madres: utilizada y, al final, muerta. Y estoy convencida de que eso no es lo que quieres, ¿verdad, Ella?

Callum deja el tenedor sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.

—No creo que este sea un tema de conversación adecuado.

Dinah hace un gesto con la mano para indicar lo contrario.

—Es una conversación de chicas, Callum. Imparto a Ella algo de sabiduría que he conseguido a base de mis duras experiencias.

También me avisa de que intentará llevarse todo lo que Steve me ha dejado en herencia.

—¿Estamos en un telefilme o qué? —interrumpe Easton antes de que pueda replicar—. Porque no tengo ganas de ver esto ahora mismo.

—Ni yo —añade Sawyer—. ¿Dónde está el postre?

—Bueno, si estáis aburridos de la historia de la vida de Ella y la mía, ¿qué me decís de vosotros, chicos? Sé que a Easton y los gemelos les gusta ir de flor en flor. ¿Y vosotros dos? ¿Reed? ¿Gideon? ¿Salís con alguien especial u os dedicáis a romper corazones como vuestros hermanos? —dice entre risas, aunque nadie la acompaña.

—Ambos estamos solteros —contesta Gideon a regañadientes.

Eso llama la atención de Brooke. Retuerce un mechón de pelo entre los dedos y me lanza una mirada traviesa al tiempo que los camareros colocan los postres sobre la mesa.

—¿Y tú, Ella? ¿Has encontrado ya a alguien especial?

Ahora Callum también me mira. Da la casualidad de que este es el momento en que decide levantar la vista de su botella de vino.

Bajo la cabeza y poso la mirada en el postre como si el tiramisú de mi plato fuese lo más interesante que he visto en mi vida.

—No, no salgo con nadie.

Hay otro momento de calma en la conversación. Engullo el dulce tan rápido como puedo y observo de soslayo que todos los chicos Royal hacen lo mismo.

Gideon nos gana. Deja el tenedor en su plato vacío y arrastra la silla hacia atrás.

—Necesito hacer una llamada.

Su padre frunce el ceño.

—Están a punto de servir el café.

—No me apetece café —murmura Gideon, que se marcha del patio todo lo rápido que puede.

Reed abre la boca para hablar, pero Callum lo silencia con los ojos. «No vas a ir a ninguna parte», parece decir con la mirada. Y Reed se deja caer sobre su asiento, enfadado.

Los camareros regresan con bandejas de lujosos cafés latte con diseños sobre la espuma. El mío tiene una hoja. El de Brooke tiene un árbol, pero debería ser una horca.

—Disculpadme —dice Dinah mientras sirven el café—. Necesito ir al tocador.

Reed sostiene mi mirada y ambos ponemos los ojos en blanco; me arrepiento de compartir ese momento de camaradería al instante porque una media sonrisa se asoma en sus labios.

Esta vez Easton y yo ganamos a los hermanos y nos bebemos el latte en tiempo récord. Dejamos la taza en la mesa y hablamos a la vez.

—Ayudaré a las camareras con los platos…

—Llevaré la bandeja…

Nos fulminamos con la mirada durante un momento, pero la necesidad mutua de irnos volando inspira otro momento íntimo.

—Ella y yo nos ocuparemos de esto —dice Easton, y yo asiento en señal de agradecimiento.

Callum no tarda en protestar.

—El servicio está perfectamente capacitado para…

Pero Easton y yo ya estamos recogiendo los platos y las tazas.

Al tiempo que nos damos prisa por llegar a la cristalera, escucho el gruñido molesto de Reed y siento un cosquilleo por la espalda.

—Los genios pensamos igual —murmura Easton.

Frunzo el ceño.

—Ah, ¿así que ahora somos amigos otra vez?

Su expresión refleja la culpabilidad que siente. Cuando llegamos a la cocina, deja los platos en el fregadero, echa un vistazo disimulado a los camareros del catering y baja la voz.

—Siento lo que dije en la fiesta de Sav. Estaba… borracho.

—No vale que lo utilices como excusa —replico—. Siempre estás borracho y nunca antes me habías dicho algo así.

Se el enrojecen las mejillas.

—Lo siento. Soy un gilipollas.

—Pues sí.

—¿Me perdonas?

Pone la cara de niño pequeño con la que normalmente consigue que la gente se rinda, pero no pienso perdonarlo con tanta facilidad. El comentario que hizo la otra noche fue miserable. Y me hizo daño. Así que niego con la cabeza y salgo de la cocina.

—Ella. Venga, espera. —Llega a mi lado en el pasillo y me coge del brazo—. Sabes que digo estupideces sin pensar.

Me sonrojo.

—Dijiste delante de la gente de la fiesta que soy básicamente una zorra, Easton.

Él gime.

—Lo sé. La cagué, ¿vale? Sabes que eso no es lo que pienso de ti. Tú… —Sus facciones se arrugan—. Me caes bien. Eres mi hermanita. No te enfades conmigo, por favor.

Antes de responder, un sonido suave atrae mi atención. Parecía un gemido. ¿O era un suspiro?

Miro hacia el final del pasillo. Solo hay tres habitaciones en esta sección de la casa: un pequeño tocador, la alacena y un vestidor.

—¿Has oído eso? —pregunto a Easton.

Él asiente con seriedad.

Algo me obliga a cruzar el pasillo. Me detengo frente a la alacena, pero no oigo nada tras la puerta. Tampoco oigo nada en el vestidor. Pero cuando llegamos a la puerta del baño…

Easton y yo nos quedamos paralizados cuando escuchamos el gemido. Por cómo suena, se trata de una mujer. Se me congela la sangre, porque hay seis mujeres en la mansión Royal ahora mismo y sé dónde están cinco de ellas. Brooke está en el patio. Las camareras, en la cocina. Yo aquí.

Lo que significa…

Me giro hacia Easton con los ojos abiertos como platos y no puedo evitar sentir náuseas.

Él debe de haberlo adivinado porque abre la boca ligeramente.

—Easton — susurro cuando agarra la manilla.

Se lleva el dedo índice de la mano libre a los labios. A continuación, para mi sorpresa, gira la manilla y abre la puerta un par de centímetros.

Y eso es todo lo que necesitamos. Un par de centímetros es suficiente para entrever a la pareja que está en el baño. La cabeza rubia de Dinah. La oscura cabellera de Gid. La forma en que la agarra por las caderas. El cuerpo de ella arqueándose hacia el de él.

Easton cierra la puerta del baño en silencio, repugnado, y se tropieza hacia atrás como si le hubiese dado un sopapo.

No hablamos hasta que estamos a una distancia prudencial.

—Dios mío —susurro horrorizada—. ¿Qué demonios hace Gideon…?

Easton me tapa la boca con la mano.

—Calla —exclama en voz baja—. No hemos visto nada. ¿Entendido?

Le tiembla la mano cuando la deja caer. Me lanza una última y dura mirada, se da media vuelta y desaparece en el vestíbulo. Unos segundos después, la puerta de la entrada se cierra de un portazo.

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