El príncipe roto
Capítulo 20
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Capítulo 20
El teléfono suena a medianoche. No estoy dormida. Cuando cierro los ojos, lo único que veo son las cabezas de Gideon y Dinah, y las manos de él en el trasero de ella. Se parece mucho a la imagen que tengo del recuerdo de Brooke y Reed, y me pregunto si Reed sacó la idea de liarse con ella de su hermano.
Estiro el brazo y cojo el móvil de la mesita de noche. En la pantalla, veo la foto de Val, tirándome un beso con los labios fruncidos.
—Hola, tía, ¿qué tal? —susurro.
Recibo silencio como respuesta.
Me levanto.
—¿Val?
Después de una exhalación entrecortada y un sollozo, mi amiga dice:
—Ella, soy yo. Val.
—Lo sé. He visto tu nombre en el móvil. ¿Qué pasa? ¿Dónde estás? —Salgo de la cama y me pongo unos leggings al tiempo que espero a ver qué dice.
—Fuera de un almacén en South Industrial Boulevard. Hay una juerga.
—¿Qué ha pasado? ¿Necesitas que te recoja?
—Sí. Siento haberte llamado. —Suena destrozada—. Me han traído porque he oído que Tam había venido a la ciudad, pero no lo he encontrado. La persona que me ha traído se ha ido y no hay muy buen ambiente.
Suspiro, pero no la juzgo. Al fin y al cabo, ¿no me besé con Reed hace un par de noches? Me avergüenza tanto que no he sido capaz de confesarlo a mi mejor amiga.
—Llegaré lo antes posible —prometo.
Ella empieza a decir algo, pero se detiene.
—¿Qué? —pregunto mientras agarro las llaves del tocador.
—Es que… es un área peligrosa. Será mejor que no vengas sola.
¿Se refiere a Reed? Sí, claro. Me cortaría una pierna antes que pedirle ayuda.
—Voy a ver si Easton está en casa.
—Vale. Te espero aquí.
Encuentro mis zapatos, abro la puerta y me detengo de golpe cuando veo a Reed sentado, apoyado contra la pared. La puerta se cierra con un estruendo antes de que me dé cuenta y el sonido lo despierta.
Sus ojos adormilados se clavan en mi ropa, mi mochila y las llaves.
—¿Adónde vamos? —pronuncia despacio, alerta al instante.
—Yo voy a por algo de comer. —Es una mentira horrible, pero la mantengo—. ¿Está Easton en casa? —pregunto como si nada—. Quizá él también tenga hambre.
Reed se levanta.
—Puede que sí. Aunque tendrás que llamarlo, porque lo último que sé es que iba a tomar algo con Wade y los chicos.
Mierda.
—¿Y tú por qué no has ido? ¿Por qué merodeas por mi habitación como un pervertido?
Me mira con incredulidad.
—¿No es evidente?
Cierro la boca porque es evidente, pero lo más importante es que tengo miedo de que al abrir la boca de nuevo se me escape un torrente de preguntas. ¿Cuánto tiempo ha estado haciendo esto? ¿Lo hace porque tiene miedo de que me marche o porque quiere estar lo más cerca posible de mí? Estoy incluso más asustada de las respuestas.
Y tengo que recoger a Val, así que me doy la vuelta y me dirijo al piso de abajo. Reed me acompaña sin decir una palabra.
Me persigue como una sombra silenciosa cuando cruzo el gran vestíbulo, con su lámpara gigante, el comedor que nunca se usa y la cocina donde una vez me senté en su regazo y deseé poder comérmelo a él en lugar de lo que Sandra había preparado para desayunar.
—Sube, Reed. No te necesito.
—¿Y con qué coche irás?
Me detengo y él casi me pisa.
—Oh.
Mi coche, lleno de miel y purpurina e infestado de hormigas, no es una opción. Lo aparqué en el garaje que Callum nunca usa porque necesitaba tiempo para encontrar un sitio que lo pudiera limpiar y no tenía ni idea de cómo explicar lo ocurrido a Callum.
Reed se inclina, me quita las llaves del coche de la mano y se las guarda.
—Venga. Voy contigo.
Tengo la advertencia de Val presente, pero no quiero pedir nada a Reed.
—¿No me dejas tu coche?
—Primero, no es un coche, es un todoterreno. Segundo, no.
No tengo tiempo para discutir. Val me necesita. Y, por lo visto, yo necesito a Reed. Pero no tengo que ser agradable con él, así que resoplo y camino dando zapatazos hacia el vestíbulo. Una vez allí, cojo la primera chaqueta que veo. En cuanto me subo la cremallera, me doy cuenta de que es la de Reed. Genial. Ahora su olor me inunda la nariz.
—Vale, pero cuando lleguemos tienes que quedarte en el coche.
Reed gruñe a modo de respuesta, lo que puede significar tanto un sí como un «no voy a discutir contigo hasta que te metas en el coche».
—Entonces, ¿adónde vamos? —pregunta cuando me abrocho el cinturón. Le doy la dirección y me mira con ironía—. No había caído que el muelle es el único sitio para comprar comida rápida a las dos de la mañana.
—He oído que es el mejor sitio de la ciudad —respondo con altivez.
—Ambos sabemos que no vas a comprar comida. ¿Quieres decirme qué ocurre?
—La verdad es que no.
Espero que conteste algo como «mi coche, mis reglas», pero, en lugar de eso, permanece en silencio. Aferra los dedos al volante de cuero. Lo más probable es que imagine que es mi cuello y que si aprieta con la fuerza suficiente acabaré confesando y diciendo: «Joder, Reed, no me importa que te hayas tirado a la novia de tu padre y que puedas haberla dejado embarazada. Ven a mi habitación y haz que pierda la virginidad».
Bueno, si es que todavía quiere acostarse conmigo. Es decir, él afirma que lo atraigo, ¿pero qué significa eso? ¿Se reduce todo a su orgullo? ¿Acaso para él mi rechazo es un ataque a su ego y por eso me persigue para recuperar su imagen?
No puedo confiar en mi instinto. Al fin y al cabo, me abrí a Reed cuando él era todavía un capullo conmigo. Está claro que no puedo confiar en él ahora que es amable.
Debería haber hecho caso cuando me dijo que me alejara, pero estaba sola, era estúpida y había algo en él que me atraía. Pensé… no sé qué pensé. Quizá mis niveles de estrógeno estaban muy altos y las hormonas me afectaron a la cabeza. O puede que esté programada para actuar así. Me pasé la vida viendo a mi madre tomar malas decisiones en lo que respecta a los hombres. ¿Acaso resulta sorprendente que yo haga lo mismo?
Reed estira la mano y me aprieta la rodilla.
—Si piensas tanto, te vas a hacer daño en el cerebro.
Al entrar en contacto con él, se me acelera el pulso, así que muevo la rodilla y me separo de él. Reed capta el mensaje y vuelve a aferrar el volante mientras yo contemplo el salpicadero e intento deshacerme de la culpabilidad que me carcome.
—El problema que tengo no es que piense demasiado, sino que no pienso lo suficiente —murmuro.
—No tienes problemas, Ella. Al menos, no los que crees. Eres perfecta tal y como eres.
El piropo hace que un calor me invada el vientre. El Reed dulce y amable es más poderoso y peligroso que el Reed gilipollas. No puedo lidiar con esto ahora mismo. Estoy cansada y con la guardia baja.
—No seas amable conmigo. Tú no eres así.
Reed me sorprende al reír. No suelta una carcajada, sino una risa amarga.
—Ya no sé quién soy. Creo que estoy perdido. Y mis hermanos también lo están.
Siento que el corazón me da un vuelco. Oh, no. El Reed vulnerable es incluso más peligroso. Me esfuerzo por cambiar de tema.
—¿Es eso lo que le pasa a Easton?
—Si supiese lo que le pasa a East no te acompañaría en mitad de la noche a salvarlo del problema en el que está metido. Así que si tienes alguna idea para ayudarlo, por favor, soy todo oídos.
—No vamos a rescatar a Easton ahora mismo —confieso—. Y si quieres ideas para ayudarlo, pregunta a otra persona. No tengo la menor idea de qué le ocurre.
Solo sé que una vez me contó que tenía una adicción. Echa muchísimo de menos a su madre, adora a sus hermanos y lo que ha visto esta noche en el baño le repugna.
Estoy a punto de preguntar a Reed si sabe lo de Gideon y Dinah, pero, al igual que con otras cosas que ocurren en la casa de los Royal, siento que cuanto menos sepa, mejor.
—Creo que no le gusta que lo excluyamos —digo a regañadientes—. Por un lado, están los gemelos y, por otro, Gideon y tú. Quizá siente que no forma parte de ninguno de esos dos grupos.
Sé cómo se siente, y puede que eso explique por qué Easton se descompuso al ver a Dinah y Gideon. Por qué se lía con Abby y Savannah. Por qué bebe y fuma hasta la saciedad. Puede que esa sea la forma que tiene Easton de acercarse a sus hermanos.
Reed gruñe.
—Supongo que nunca lo había visto así.
Repiquetea los dedos contra el volante y cambia de tema con brusquedad.
—Todavía no le has contado a mi padre lo de tu coche.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque, de lo contrario, estaría caminando por toda la casa sin parar y haciendo mil llamadas. Y tu coche lleno de hormigas no estaría guardado en el garaje, donde papá no lo ve.
—He intentado buscar un sitio para limpiarlo.
—Yo me encargaré de ello.
La respuesta que pudiera tener queda en el olvido cuando llegamos al sitio. Hay coches que salen precipitadamente del aparcamiento y escuchamos el tenue sonido de unas sirenas a lo lejos. Cuando Reed aminora la marcha, abro la puerta y salgo. Echo a correr y grito:
—¡Val! ¡Val! ¿Dónde estás?».
Una figura esbelta sale de un matorral que hay a un lado de la acera y se abalanza sobre mí.
—Dios mío. ¡Pensé que nunca llegarías! —me solloza Val al oído.
Yo me alejo de ella y veo que un hematoma se empieza a formar junto a su ojo izquierdo y que tiene una marca enrojecida en la frente.
—¿Qué te ha pasado? —exclamo.
—Te lo contaré en el coche. Vámonos, por favor.
—Claro. —La rodeo con el brazo, pero, cuando empezamos a caminar hacia el coche, Val se tropieza y casi me hace caer con ella.
Reed aparece junto a nosotras y levanta en brazos a Val. Señala el coche.
—Vamos.
Esta vez no dudo y le hago caso. Las sirenas se aproximan y hay gente a nuestro alrededor que escapa con rapidez y nos empuja.
Reed se apresura a llegar a su todoterreno. Mete a Val en el asiento trasero mientras yo sujeto la puerta. Me subo a su lado al tiempo que Reed se sube al asiento del conductor.
—No me llevéis a casa. Por favor, esta noche no podría aguantar a Jordan —gime Val.
—Claro que no. Puedes quedarte conmigo.
Reed asiente para hacerme saber que me ha oído, pone el coche en marcha y se dirige hacia el norte, en dirección a casa.
—¿Quién te ha hecho eso, Val? —pregunta—. Le daré una paliza.
Val apoya la cabeza en el asiento. Está exhausta, tanto emocional como físicamente.
—No tienes que contárnoslo si no quieres.
Le froto el brazo. Lleva un conjunto bonito: una camiseta que deja su vientre al descubierto y unos pantalones cortos bordados. La ropa parece intacta. No veo señales de heridas a excepción de las que tiene en la cara.
—No pasa nada. —Esboza una lánguida sonrisa—. Me he encontrado con una ex de Tam. Ha sido una pelea tonta, así que si vas a dar una paliza a alguien, tendrá que ser a mí.
Cierra los ojos y unas lágrimas silenciosas le recorren las mejillas. Me acerco a ella y la rodeo con el brazo para abrazarla durante el resto del camino.
Al llegar a casa, la ayudo a subir a la habitación y ella cae rendida en mi cama. Le quito los zapatos, la camiseta y los pantalones cortos y cojo una botella de agua de la mininevera. Val la coge con una sonrisa de agradecimiento.
—¿Quieres una camiseta del equipo de Astor o esta vieja de Iron Man?
Val echa un vistazo adrede a la camiseta del equipo de fútbol americano, pero señala la otra.
—Iron Man, por favor.
Se la tiro y me alegra que no pregunte por qué tengo aún una de las viejas camisetas de entrenamiento de Reed. Mi respuesta sería que es cómoda. Es decir, lo es de verdad, pero cualquiera con dos dedos de frente adivinaría que me la he quedado por otras razones.
Val se mete bajo las sábanas justo cuando Reed aparece con un bote de pastillas.
—Valium —dice al entrar por la puerta que he dejado abierta.
No pregunto por qué se la han recetado. Simplemente tomo una del bote y se la doy a Val.
—¿Necesitáis algo más?
—No, gracias —respondo.
Reed cambia el peso de una pierna a otra y, después, se marcha a regañadientes.
Val se duerme casi al instante, pero yo estoy demasiado nerviosa como para caer rendida. Me acurruco a su lado durante un tiempo, hasta que un sonido en el pasillo me llama la atención. Tengo cuidado de no despertar a mi amiga al cruzar la habitación y abrir la puerta.
En efecto, Reed está sentado junto a la puerta de mi habitación.
—Vete a la cama —susurro.
Él abre un ojo.
—Ya lo estoy.
—No hay ninguna cama en el pasillo.
—No la necesito.
—Vale.
Estoy a punto de dar un portazo, pero, en el último momento, me acuerdo de Val. Cierro la puerta con suavidad, me apoyo contra ella y me obligo a recordar por qué no lo quiero. Fue cruel conmigo. Durante semanas, las imágenes de él y Brooke juntos me atormentaron. Quería acurrucarme en algún sitio y morir, pero, en lugar de eso, tenía que levantarme todos los días pronto para encontrar trabajo.
Y ahora está sentado al otro lado de la puerta de mi habitación e intenta convencerme de que ha cambiado.
Vuelvo a abrir la puerta y salgo dando pisotones.
—¿Por qué estás aquí?
Las palabras se me escapan como una súplica en lugar de sonar acusatorias.
Reed se levanta. Lleva una camiseta sin mangas negra y unos pantalones de chándal de cintura baja. Sus bíceps se tensan cuando estira un brazo hacia mí.
—Sabes por qué.
El fuego en sus ojos me excita y alimenta mi enfado al mismo tiempo.
—No me toques.
Él deja caer el brazo. Odio la decepción que siento cuando lo hace. «¡Espabila, Ella!», grito para mis adentros.
—Vale —responde con voz ronca—. Tócame tú.
Mis ojos se abren como platos cuando empieza a quitarse la ropa en medio del pasillo.
¿Reed desnudo, con su torso tonificado, sus fuertes piernas y esa fina línea de vello que apunta a la pretina de sus pantalones? No. No. ¡No!
—Ponte esto —ordeno, y le tiro la camiseta a la cara.
—No —responde, y la agarra en el aire y me la tira.
Y después me acerca a él.
Cada centímetro de su cuerpo está duro. Cada centímetro.
Anticipo otro momento en el que nos enrollamos de manera frenética, como en el camino de la casa de Savannah, pero Reed me sorprende. Me acaricia la mejilla con suavidad y empieza a respirar con agitación. Entonces, sus dedos viajan hasta mi pelo y se entierran en él. Unos instantes después, me gira la cabeza para besarme a la perfección.
Es el beso más dulce que me ha dado jamás. Lento. Suave. Noto la ligera caricia de sus labios, la forma vacilante en que enrosca su lengua con la mía. Siento cómo tiembla, aunque no sé si es a causa de los nervios, porque está excitado, o por ambas cosas.
Me chillo a mí misma que debo moverme y apartarme de él. Si pido ayuda, quizá deje de besarme como si fuese la persona más importante del mundo para él.
Pero no hago nada de eso. Mi estúpido cuerpo se rinde al suyo. Mis estúpidos labios se abren para él.
«Aprovecha lo que te dé y, luego, haz que se marche», susurra una pequeña voz en mi interior. Úsalo.
¿Acaso no es una excusa conveniente?
Pero mi incipiente deseo me nubla la mente y me rindo un poco más. Reed se aprovecha de ello para levantarme en brazos y llevarme a su habitación. Cierra la puerta y me echa sobre su cama.
—Te he echado de menos —susurra, y yo abro los ojos. Noto que los suyos brillan de emoción—. Dime que tú a mí también.
Trago las palabras antes de que salgan de mi boca.
La decepción en su cara desaparece con rapidez.
—Está bien, no tienes que decírmelo. Puedes demostrármelo.
Retira la mano de mi pelo y se mueve entre mis piernas. Cuando arquea los dedos, no puedo evitar empujar las caderas contra su cuerpo. Él gruñe de placer en mi boca y me frota la zona que palpita. Me hace gemir.
Odio que todavía tenga este poder sobre mí. Odio no sentir que controlo nada. Odio estar aquí. Que mi madre ya no esté conmigo. Odio haberme enamorado de Reed.
Las lágrimas empiezan a surcar mis mejillas y caen justo donde nuestras bocas se encuentran.
—¿Estás llorando?
Reed se separa de mí con brusquedad.
Soy incapaz de no agarrarlo con fuerza. Es como si una parte de mí dijese que he perdido demasiadas cosas a lo largo de toda mi vida como para no aferrarme a los restos que Reed Royal quiera ofrecerme.
Sin embargo, no puedo evitar llorar. Las lágrimas caen con rapidez y furia. Reed las enjuga, pero enseguida aparecen más.
—Nena, deja de llorar, por favor. Por favor —suplica.
Lo intento. Aguanto la respiración, pero mi cuerpo se estremece por las lágrimas que todavía no he derramado.
—Ya vale. No volveré a tocarte. Te lo prometo. Ella, me mata verte así.
Apoya mi cabeza contra su pecho y me acaricia el pelo. Volver a estar bajo control de mí misma me lleva más tiempo del que quiero admitir y, mientras tanto, Reed se disculpa y me promete de nuevo que se mantendrá alejado de mí.
Me digo que eso es lo que quiero, pero sus palabras solo consiguen que llore con más fuerza.
Por fin, me recupero lo bastante como para separarme de él.
—Lo siento —susurro.
Él me devuelve la mirada con tristeza.
Me levanto de la cama y me alejo de ella para tener la distancia que necesito. Cuanto más me separo de Reed, más se aclara mi cabeza.
—Necesitamos evitarnos el uno al otro. Ni yo soy buena para ti ni tú para mí.
—¿Qué significa eso?
—Sabes lo que significa.
Él se levanta y coloca los brazos en jarras. Desvío la mirada de su torso desnudo y de su perfecto rostro. Me ayudaría mucho que se afeara de la noche a la mañana.
—¿Entonces no te importará que tenga algo con otra persona? Que bese a otra chica. Que otra chica me toque.
Casi vomito sobre la alfombra de color crema. Me obligo a respirar por la nariz. Y a mentir.
—Sí.
Siento el peso de su mirada durante lo que parece una eternidad. Quiero lanzarme a sus brazos y rogar que se quede, pero, por el bien de mi propia supervivencia, mantengo la cabeza gacha y los pies plantados en el suelo.
—No, no es cierto —murmura Reed en voz baja—. Estás dolida y me alejas de ti, pero no pienso rendirme.
Camina hacia mí y yo me preparo. Pero él solo me besa en la frente y me deja sola en su habitación.
Sus últimas palabras permanecen en el aire. Yo me dejo caer al suelo y me abrazo las rodillas contra el pecho. Me duele que no haya intentado presionarme. Sé que me hubiese rendido. Me afecta que todavía prometa que luchará por mí.
No, eso no es cierto. Me afecta ser consciente de que me recuperará, haga lo que haga.