El príncipe roto

El príncipe roto


Capítulo 21

Página 24 de 39

Capítulo 21

Regreso a mi habitación y consigo dormir dos horas antes de que suene la alarma para ir a clase. Saco una mano de debajo de la colcha y busco a tientas mi móvil. Pulso «posponer» y miro hacia el otro lado. Val está metida en la cama, aunque tiene una pierna fuera de la colcha y un abrazo colgando del borde del colchón.

Le sacudo el hombro.

—Despierta, Bella Durmiente.

—No. No quiero —murmura.

—Las clases empiezan dentro de… —Mi mente necesita un rato para calcular—… una hora y diez.

—Entonces, despiértame dentro de veinte minutos.

Me obligo a salir de la cama. Cojo una botella de agua del pequeño frigorífico que tengo en mi habitación y me meto en el baño. Parpadeo unas cuantas veces hasta que veo mi reflejo en el espejo con nitidez.

No hay rastro alguno en mi piel de las caricias de Reed. No tengo ninguna marca en el cuello, en las zonas que succionó al besarme. No hay pruebas físicas de mi debilidad. Llevo un dedo a mi labio inferior y finjo que es el de Reed.

Val aparece detrás de mí y me salva de mi estúpida imaginación. El moratón que tiene encima del ojo tiene un aspecto horrible.

—Sé que anoche le dijiste a Reed que te peleaste, pero si alguien te ha hecho daño, lo mataré. —Y no bromeo.

—Entonces necesitas empezar por mí, porque esto… —Se señala la frente—… es el resultado de dar un cabezazo a la ex de Tam.

Yo me encojo.

—Quizá podrías utilizar una botella de cerveza la próxima vez. —La miro a los ojos a través del espejo—. No me dijiste que había una fiesta en clase. ¿Por qué no me pediste que fuera contigo? Te habría acompañado.

—Me enteré ayer por la noche. Recibí un mensaje de una chica que va al Jefferson, el antiguo instituto de Tam, y me juró que lo había visto. Ni siquiera me detuve a pensar lo que hacía. Me vestí, Jordan me llevó porque iba de camino a la casa de Gastonburg y lo siguiente que recuerdo es estar en una estúpida pelea de gatas con una desconocida por culpa de Tam.

—Dijiste que era una ex, no una desconocida. ¿Era de su universidad?

Val hace una mueca, como si le hubieran golpeado en el estómago.

—No. Creo que me ha estado engañando durante años. Por eso dije que era su ex.

—Oh, no. 

La rodeo con un brazo y ella se aferra a mi pecho.

—Soy tan estúpida…

«No eres la única«, pienso.

Entonces, me aclaro la garganta y confieso:

—Anoche besé a Reed.

—¿En serio? —Su voz parece reflejar esperanza.

—Sí. Se ha dedicado a dormir junto a la puerta de mi habitación últimamente. Es raro, ¿a que sí?

Val se separa de mí para que contemple su mirada de sorpresa.

—Muy raro… 

Está de acuerdo conmigo, pero no suena convincente.

Me apoyo contra la encimera.

—No, yo tampoco creo que lo sea. Debería, pero en lugar de eso creo que es… extrañamente dulce que esté tan obcecado en asegurarse de que no me marcho de nuevo como para dormir delante de la puerta de mi habitación, en el suelo. 

Me froto la frente y me avergüenzo por mostrar mi debilidad.

—Ayer dio una paliza a Skip Henley por ti.

Parpadeo, sorprendida.

—¿Qué?

Val se remueve y, de repente, parece avergonzada.

—No te he dicho nada porque sé que no te gusta hablar de Reed, pero… sí. Pegó a Skip Henley en mitad de la cafetería por meterse contigo en clase de Oratoria.

Un torrente de emociones fluye en mi interior. Alegría. Satisfacción, porque los comentarios hirientes de ayer fueron brutales. Y después siento culpa, porque… mierda, porque he intentado alejarme de Reed desde que llegué y, mientras, él ha dormido en el pasillo, junto a la puerta de mi habitación, para protegerme y se ha peleado con otros chicos para defenderme.

Puede que… Dios, ¿se merece otra oportunidad?

—Pensé que te sentirías mejor si lo sabías —añade Val al tiempo que se encoje de hombros—. Al menos Reed no te ha puesto los cuernos y trata de evitar todo contacto contigo. No es un mentiroso como Tam. —Val me aprieta el hombro—. ¿Tienes un cepillo de dientes de sobra? Siento que tengo un animal muerto en la boca.

Me inclino y rebusco en el armario que hay debajo del lavabo. Encuentro una cesta con unos preciosos jabones y un paquete de cepillos de dientes nuevos. Le doy uno y echo pasta dentífrica a mi cepillo eléctrico. Mientras Val se lava los dientes y la cara, vuelvo a la habitación y observo el armario, repleto de la ropa que eligió Brooke. Aunque no fijo la vista en nada. Solo pienso en la frase «Reed no te ha puesto los cuernos».

Cuando Val lo ha dicho, mi primer instinto no ha sido negarlo.

Porque tiene razón.

Ya no creo que Reed me haya engañado. No sé si el bebé es suyo. Pero… si creo que no me engañó, entonces debería creerlo cuando dice que no es el padre del hijo de Brooke.

Y Val también tiene razón en otra cosa: Reed no es un mentiroso. Lo único que no ha hecho mientras hemos estado juntos es mentirme. Fue muy sincero cuando me dijo que planea irse de Bayview después de graduarse, que no se le dan bien las relaciones y que destruye a la gente a su alrededor.

Y no se refería a chicas o a cosas por el estilo. Al reflexionar sobre sus palabras, me doy cuenta de que hablaba de sus padres. Los quería a rabiar y ambos le han fallado.

Su madre se suicidó y abandonó a cinco hijos que tuvieron que lidiar con la pérdida. Su padre ahoga las penas en el alcohol y en mujeres horribles. No es de extrañar que Reed me dijese que el sexo es solo sexo y que lo usaba como un arma. Lo usa para castigarse a sí mismo y a los demás. Vive de acuerdo con el legado que le han dejado sus débiles padres, sin embargo, lucha una batalla interior, y fue eso lo que hizo que me acercara a él.

—Vas a babearte encima —exclama Val al salir del baño. 

Me paso una mano por la cara con culpabilidad y corro al lavabo a escupir la pasta de dientes y a enjuagarme la boca. Una cosa es que admita delante de Val que todavía siento algo por Reed, y otra historia es admitir que estoy planteándome perdonarlo. Una historia cuyo final no conozco.

—¿Qué crees que habrá hoy en mi taquilla? —pregunto cuando me coloco a su lado, frente al armario—. ¿Basura? ¿Restos de comida? ¿Tampones usados?

Val señala su hematoma.

—¿Y esto? Parezco una chica de una campaña contra la violencia de género.

—Eso puedo cubrirlo yo. Ya lo he hecho antes —explico al contemplar su expresión iracunda—. No a mí misma ni a mi madre, pero sí a algunas de las chicas con las que ella trabajaba.

—Uf.

—Lo sé.

Me doy la vuelta.

—¿Sabes qué? Creo que voy a hacer novillos otra vez e ir al centro comercial. ¿Qué te parece?

Val esboza una gran sonrisa.

—Creo que me apetece un pretzel gigante y comer yogur helado.

Chocamos puños.

—¿Fingimos estar enfermas?

—No. Hacemos novillos, sin más. Vamos al centro comercial, comemos porquerías y nos gastamos dinero hasta llegar al límite de nuestras tarjetas. Luego, vamos a Sephora para que nos hagan un cambio de look. Y, por último, vamos al muelle y nos hinchamos a marisco hasta que solo seamos atractivas para la fauna marina.

Respondo con una sonrisa de oreja a oreja y digo:

—Me encanta la idea.

***

—¿Qué tal las compras?

Me doy la vuelta cuando escucho la voz de Brooke. Estaba a punto de prepararme algo para picar, pero, como siempre, su presencia me quita el apetito. Dejo a un lado el bol de patatas fritas y me alejo de la encimera.

Brooke se acerca a mí calzada con sus zapatos de tacón de diez centímetros. Me pregunto si seguirá llevando tacones cuando esté de ocho meses, caminando como un pato sobre ruedas con su enorme barriga. Es probable. Es lo bastante vana como para arriesgarse a tropezar y caer, a pesar de estar embarazada.

Uf. ¿Por qué pienso en el embarazo de Brooke? Solo me provoca náuseas.

—¿No me hablas? ¿En serio? —dice Brooke entre risas de camino a la nevera—. Esperaba más de ti, Ella.

Pongo los ojos en blanco.

—Como si te importase qué tal me ha ido el día. Solo nos ahorro tener que charlar de cosas que a ninguna nos importan.

Brooke coge una jarra de agua y se echa un vaso.

—De hecho, tenía ganas de hablar contigo.

Ajá. Claro.

—Callum y yo hablamos la otra noche y creemos que sería una buena idea que Dinah y tú planeaseis mi fiesta del bebé.

Se me tensa toda la espalda. Está de coña, ¿no?

—Sería una oportunidad para que las dos os conocierais un poco más —añade Brooke—. Callum está de acuerdo.

Sí, claro. Estoy segura de que esto no ha sido idea de Callum. El día que me llevó a conocer a la viuda de Steve bebió hasta casi quedarse en coma y me rogó no hacer caso de nada de lo que dijera Dinah O’Halloran.

Brooke me observa, expectante.

—¿Qué te parece, cielo?

—¿Que qué me parece? —repito con dulzura—. Me parece que me gustaría ver los resultados de la prueba de paternidad antes de perder el tiempo organizando una fiesta del bebé.

Su delicada mandíbula se tensa.

—Eso ha estado fuera de lugar.

—No lo creo. —Apoyo la cadera contra la encimera y me encojo de hombros—. Puede que hayas hecho creer a Callum que es un bebé Royal, pero yo tengo mis dudas, cielo.

—Oh, claro que es un Royal. ¿Pero estás tú segura de qué Royal comparte la mitad del ADN de este bebé? 

Se da una palmadita en la barriga y sonríe.

Cierro los puños. Ha metido el dedo en la llaga, y lo sabe.

«No puedes pegar a una mujer embarazada», dice una voz en mi interior con firmeza.

Me deshago de la ira que crece en mí y obligo a mis dedos a relajarse.

Brooke asiente en señal de aprobación, como si hubiese hecho vudú para meterse en mi cabeza y supiese lo mucho que quiero golpearla.

—Entonces… sobre la fiesta del bebé —continúa como si este momento horrible no hubiese tenido lugar—… deberías pensar en ayudar a Dinah. No le gustó cómo la trataste durante la cena.

—Apenas le dirigí la palabra.

—Exacto. —Brooke frunce el ceño—. No te gustaría tener a Dinah como enemiga, Ella.

Yo levanto una ceja.

—¿Qué significa eso?

—Significa que no lleva bien que le falten el respeto, y tu comportamiento y el de los chicos la ha enfadado.

«No parecía enfadada cuando se estaba tirando al hijo de Callum en el baño del pasillo», estoy a punto de confesar.

—Cuando he hablado con ella esta mañana, incluso ha mencionado la palabra que empieza por «i» —añade Brooke.

Abro la boca. ¿Dina me ha llamado i…?

—Impugnar —dice Brooke entre risas, observando mi expresión asustadiza.

Yo la miro con indiferencia.

—Dinah ha amenazado con impugnar el testamento de Steve —me explica—. Y si lo lleva a cabo te garantizo que te mantendrá en los juzgados durante años. Para cuando termine, no os quedará dinero a ninguna de las dos, los abogados se lo llevarán todo. Ya le he advertido que no lo haga, pero siempre ha sido muy terca y la ha ofendido mucho la forma en que la has tratado.

—¿Por qué le importa? —Niego con la cabeza, molesta—. No la conozco, ni tampoco conocí a Steve.

Brooke bebe un sorbo de agua.

—Alégrate por eso último, por no haber conocido a Steve.

Frunzo el ceño. Por mucho que odie hablar con una arpía como ella, no puedo negar que cada vez que alguien menciona a mi padre biológico me pica la curiosidad.

—¿Por qué?

—Porque, a pesar de lo que Callum Royal piense, Steve fue un amigo horrible.

Dado que lo más probable es que su fuente sea Dinah, cuyo nivel de maldad se acerca al de Brooke, no creo ni una sola palabra de lo que dice, pero sonrío y asiento porque es la forma más fácil de dar por acabada la conversación.

—Si tú lo dices…

—Es la verdad. Tienes suerte de que haya muerto. No me gustaría ver en absoluto lo que le haría a una chica joven e inocente como tú.

Su tono directo, que no se parece en nada a la dulzura que emplea habitualmente para hablar, hace que se me erice el vello del cuello.

—Sé que Dinah está enfadada por lo del testamento, pero yo no he tenido nada que ver.

Brooke hace una mueca con la boca.

—Steve se lo habría dejado a una tortuga para no tener que dejárselo a Dinah. Que te lo legara a ti fue la sorpresa. Si hasta Callum pensó que el dinero iría a sus hijos.

Eso hace que me paralice. ¿Por eso no le caigo bien a Gideon? ¿Porque piensa que le he robado su herencia?

—Los chicos ya tienen un montón de dinero —señalo.

Brooke niega con la cabeza con fingida consternación.

—No se puede tener suficiente dinero en esta vida. ¿Acaso no lo has aprendido ya? —Deja la taza en la encimera, entre nosotras—. Aún no es tarde, Ella. Dinah y yo podemos ser tu familia. No necesitas quedarte aquí, con estos hombres. Son veneno. Te usarán y te harán daño.

La miro con incredulidad.

—Nadie me ha hecho más daño que tú. Intentas destrozar esta familia y no entiendo por qué. ¿A qué juegas? ¿Qué tienes en contra de ellos?

Ella suspira como si yo fuese tonta.

—Quiero sobrevivir, y he intentado enseñarte cómo hacerlo a ti también. He intentado que te marchases una y otra vez. Todo lo que hacía cuando estabas aquí era para ayudarte. —De repente, su dulce tono de voz cambia y adquiere un tono duro y mordaz—. Pero veo que eres como el resto. Estás tan cegada por las sonrisas brillantes de los Royal que no ves tu propia salvación. Mi madre me decía que no hay más ciego que el que no quiere ver.

—¿Y tú crees que estoy ciega porque no creo que los Royal vayan a acabar conmigo?

—Eres ignorante y estás perdida en tu deseo juvenil, lo cual es triste, pero… —Se encoge de hombros con delicadeza—. No te puedo hacer sabia. Tendrás que aprender esas duras lecciones tú sola.

—No estás hecha para ser profesora. Y deberías preocuparte en cuidar de ti misma, porque cuando reciba los resultados del test de paternidad, Callum te cortara el grifo.

Cojo mi bol de patatas fritas y me dirijo a la puerta.

—Cuídate tú también —responde—, porque no voy a ser tu paño de lágrimas cuando Reed te rompa el corazón. Aunque quizá deberías intentarlo con Gideon. Sé de buena tinta que es un animal en la cama.

No puedo evitar que la sorpresa se refleje en mi cara.

Brooke estalla en carcajadas.

—Eres tan infantil. El horror que veo en tu cara es adorable. Te daré un último consejo: ignora a los chicos Royal. Son dañinos. Deja que Dinah y yo te ayudemos con tu dinero, y todos viviremos felices para siempre.

—Confiaría antes en Reed que en ti.

No se inmuta ante mi replica. En lugar de eso, sonríe y continúa caminando como si no hubiera dicho nada.

—Juega bien tus cartas y podrás ser una dama de honor en mi boda. ¿A que será divertido?

Ja. Antes caminaría quince kilómetros sobre un camino de lava con los pies desnudos que ser su dama de honor.

—No, gracias.

Su mirada me quema en la espalda cuando salgo de la cocina y me encuentro con la cara sonriente de Reed.

—Sabía que todavía sentías algo por mí —murmura.

Quiero negarlo y decirle que está loco, pero las palabras mueren en mi garganta. No puedo decir lo que quiere escuchar. Me siento demasiado… vulnerable por todas las cosas que tengo en la cabeza. No estoy lista para mantener esta conversación con él.

—Ahora mismo me acabas de defender —me presiona cuando no respondo.

Yo niego con la cabeza.

—No te he defendido. Me he defendido a mí misma.

Ir a la siguiente página

Report Page