El príncipe roto
Capítulo 22
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Capítulo 22
Reed
«Me he defendido a mí misma».
Han pasado dos días y todavía sigo dando vueltas a las palabras que me dijo Ella. Tampoco puedo dejar de pensar en lo que pasó en mi habitación. En sus lágrimas. En la forma en que insistió en que no éramos buenos el uno para el otro.
Tiene razón. Bueno, parte de razón. Sin duda, ella es buena para mí, ¿pero yo…? Me comporté como un capullo cuando apareció en casa por primera vez. Me desquité con ella y la traté como una mierda porque no me gustaba la idea de que mi padre trajera a la hija bastarda de Steve a nuestra casa y se ocupara de ella cuando no prestaba atención a sus propios hijos. Se notaba que papá se preocupaba por ella, así que mis hermanos y yo hicimos lo contrario, la marginamos.
Y sí, cambié de opinión. Me rendí a la atracción. Bajé la guardia más y más hasta quedar a su merced por completo. Pero, incluso después de haberme enamorado de ella, oculté algunos secretos. La alejé de mí más de una vez. Dejé que se marchase en lugar de explicarle lo de Brooke de inmediato.
Dije a Ella que la recuperaría, pero, ¿cómo demonios lo haré? Le pegué un puñetazo en la mandíbula a Henley por ella; pero ¿qué puedo ofrecer a alguien como ella? Sabe cuidar perfectamente bien de sí misma.
Pero lo cierto es que la razón de que siempre pelee sus batallas y se defienda a sí misma es porque… nadie lo ha hecho nunca por ella.
Eso está a punto de cambiar.
—¿No vas a dejarme en casa primero? —gruñe Wade desde el asiento del copiloto de mi todoterreno.
Fulmina con la mirada todos los coches que hay en el aparcamiento que hay junto The French Twist.
—¿Por qué diablos tendría que hacerlo? —La pastelería está literalmente a cinco minutos del colegio, y la mansión de Wade está a veinte en la otra dirección—. Solo serán cinco minutos.
—Me espera alguien en mi casa.
—¿Quién? —le hago confesar.
—Rachel. —Sonríe, avergonzado—. Y su amiga Dana.
Yo rio con disimulo.
—Entonces no deberías haber chocado tu Porsche anoche. Pero lo hiciste, así que ahora no te queda otra que ser mi perrito hasta que vuelvas a tener coche.
Wade me enseña el dedo corazón.
—Llego tarde a un trío por ti, Royal. Nunca te lo perdonaré.
—Qué pena me das… —Dejo las llaves puestas en el contacto y abro la puerta—. Espérame aquí. No tardaré.
—Más te vale.
La pastelería está sorprendentemente vacía cuando entro. Lo normal es que esté a rebosar a estas horas, pero solo veo a un par de alumnos del Astor Park y a tres señoras en una mesa en la esquina.
La antigua jefa de Ella frunce el ceño cuando se acerca al mostrador.
—Royal —dice con educación—. ¿En qué puedo ayudarte?
Tomo aire, incómodo.
—Vengo a disculparme.
Levanta las cejas con incredulidad.
—Ya veo. Seré sincera, no pareces el tipo de chico que sepa el significado de esa palabra.
—Créame, sé cómo pedir perdón. —Sonrío lánguidamente—. Estoy seguro de que esas han sido las únicas palabras que he dicho últimamente.
La mujer esboza una sonrisa reticente.
—Mire, es culpa mía que Ella se marchase —explico deprisa—. No sé si se lo contó, pero ella y yo estábamos saliendo.
Lucy asiente.
—No me lo dijo, pero sabía que estaba con alguien. Nunca la había visto tan feliz como la última semana antes de que se marchara.
Siento que la culpa me atraviesa como una flecha. Sí, Ella era feliz. Hasta que le arranqué esa felicidad y la convertí en algo desagradable. Como siempre.
—La cagué. —Me obligo a armarme de valor y a mirar a Lucy a los ojos—. Ella no estaba enferma. Se escapó porque no le di otra opción. Pero se siente fatal por haberla decepcionado.
—¿Te ha enviado ella a decirme esto? —inquiere Lucy, que vuelve a fruncir el ceño.
Ahogo una risa.
—¿Está de coña? Me mataría si supiese que estoy aquí. ¿Ha conocido a alguien con más orgullo que Ella Harper?
Lucy frunce los labios, como si evitase reírse.
—A ella le encantaba este trabajo —continuo con seriedad—. Nadie de la familia, yo incluido, quería que trabajase. Es, esto… por el estatus. —Soy un idiota. Me doy cuenta de que los ricos somos lo peor—. Pero Ella buscó un trabajo a pesar de eso porque es ese tipo de persona. No le parecía bien aceptar limosnas o estar sentada de brazos cruzados como el resto de los chicos del Astor Park. Y a Ella le gustaba mucho como jefa.
—Yo estaba muy contenta de que trabajara conmigo —admite Lucy a regañadientes—. Sin embargo, eso no cambia el hecho de que me dejó sola durante más de dos semanas.
—Eso fue culpa mía —repito—. En serio, soy yo a quien debe culpar. Y me siento fatal por ello. Odio haberle quitado un trabajo que le gustaba de verdad. Así que le pido, por favor, que recapacite sobre el hecho de haberla despedido.
—Ya he contratado a alguien como sustituto, Reed. No puedo permitirme tener dos empleados.
La decepción se apodera de mí.
—Lo entiendo.
—Pero…
Y con solo esa palabra, siento un rayo de esperanza.
—¿Pero qué?
—Kenneth solo puede trabajar por la tarde —confiesa Lucy, y es evidente que eso no le gusta—. No he encontrado a nadie que pueda trabajar a partir de las cinco y media de la mañana, como Ella hacía. —Sonríe—. No muchos adolescentes quieren levantarse al alba.
—Ella sí —replico al instante—. Se toma el trabajo muy en serio. Ya la conoce.
Lucy parece pensativa.
—Sí, supongo que sí.
Apoyo ambas manos en la encimera y la observo.
—¿Entonces le dará otra oportunidad?
La mujer no contesta de inmediato, pero al cabo de unos instantes dice:
—Lo pensaré.
Ya que eso es todo lo que puedo pedir, le estrecho la mano, le agradezco que haya hablado conmigo y me marcho de la pastelería con una sonrisa en la cara.
***
Por primera vez desde la noticia del compromiso de papá y Brooke y su embarazo, ella no está en casa. La prometida de mi padre y su malvada secuaz, Dinah, estarán en Paris durante dos semanas para buscar el vestido de novia. Cuando papá nos lo cuenta, los gemelos sueltan un grito de felicidad. Nuestro padre los fulmina con la mirada y, acto seguido, anuncia que cenaremos todos juntos en el patio. Yo me encojo de hombros y me dirijo al exterior, porque no tendré problemas para cenar mientras Brooke y Dinah no coman con nosotros.
Nuestra ama de llaves, Sandra, coloca dos grandes cazuelas en la mesa del patio que ya está preparada para siete personas.
—Me marcho —le dice a Callum—, pero he dejado bastante comida en el congelador para que tengáis hasta el fin de semana.
—Oh, Sandy, no. ¿Te marchas de vacaciones otra vez? —pregunta Sawyer, consternado.
—No lo llamaría vacaciones exactamente. —Suspira—. Mi hermana acaba de tener un bebé y me marcho una semana a San Francisco para ayudarla. Preveo muchas noches en vela en mi futuro.
—Tómate todo el tiempo que necesites —le aconseja papá con una sonrisa—. Una semana más si lo necesitas.
Sandra resopla.
—Ya, y luego vendré y me encontraré con que estos dos —dice mientras señala a los gemelos— han vuelto a intentar quemar mi cocina de nuevo. —Entonces, añade con seriedad—: Os veré la semana que viene, Royal.
Papá ríe cuando la mujer rechoncha de pelo oscuro se dirige a la puerta de atrás. Se oyen voces en la cocina y, a continuación, Ella sale por la cristalera.
—Siento llegar tarde —dice sin aire—. Estaba al teléfono. —Se sienta al lado de Callum—. ¡No os imagináis quién me ha llamado!
Papá sonríe con benevolencia. Por otro lado, yo escondo mi sonrisa porque no quiero desvelar nada. Pero estoy bastante seguro de saber quién la ha llamado.
—¡Lucy! —Sus ojos azules reflejan entusiasmo—. Está dispuesta a darme una segunda oportunidad en la pastelería, ¿no es increíble?
—¿En serio? —pregunto con indiferencia—. Es una muy buena noticia.
Miro de soslayo a East, que me observa extrañado, pero no dice nada.
—Sí que es una noticia… —responde papá, nada contento.
Ella frunce el ceño.
—¿No te alegras de que haya recuperado mi trabajo?
—Nunca quise que trabajaras —–gruñe—. Me gustaría que te concentrases en los estudios.
—¿Otra vez quieres hablar de esto? —Ella suspira en alto y alcanza la cuchara para servir con la mano—. Soy perfectamente capaz de tener un trabajo e ir al instituto al mismo tiempo. Y ahora, ¿quién quiere lasaña?
—Yo —responden los gemelos al unísono.
Al tiempo que Ella sirve la comida a todos, me fijo en que mi padre y mis hermanos observan todos y cada uno de sus movimientos. Los gemelos sonríen. Papá está contento. East, sin embargo, parece triste. ¿No se alegra de que Ella haya vuelto? Perdió la cabeza cuando se marchó, ¿no debería estar contento?
—¿Por qué estás tan callado, East? —pregunta papá cuando empezamos a cenar.
Mi hermano se encoje de hombros.
—No tengo nada que decir.
Los gemelos sueltan una risilla.
—¿Desde cuándo? —bromea Seb.
Vuelve a negar con los hombros.
—¿Va todo bien? —inquiere papá.
—Ajá. Todo va genial en el mundo de Easton.
Su tono alegre me preocupa. Conozco a mi hermano. Sé que ahora mismo está dolido, y, cuando se pone así, pierde el control. Después de que mamá falleciera, le dio fuerte a la bebida. Luego, empezó con los analgésicos, las apuestas, las peleas y la interminable lista de mujeres con las que se ha acostado.
Gideon y yo logramos contenerlo. Tiramos las pastillas por el lavabo. Empecé a pelear más para controlarlo cuando iba al muelle. Pensé que había recuperado el control, pero ahora a vuelto a recaer, y me mata verlo así.
Papá se rinde y se gira hacia Sawyer.
—No he visto a Lauren por aquí desde hace tiempo. ¿Habéis roto?
—No, seguimos juntos.
Eso es todo lo que Sawyer está dispuesto a decir del tema, y papá vuelve a encontrarse con un muro de nuevo.
—¿Reed? ¿Easton? —inquiere—. ¿Cómo va la temporada? Espero ir al partido de este viernes. Ya le he pedido a Dottie que me deje la agenda libre.
No puedo ocultar mi sorpresa. Papá solía venir a todos nuestros partidos cuando mamá estaba viva. Los dos se sentaban tras el banquillo del equipo local y nos animaban como locos, pero no ha pisado el campo desde que falleció. Es como si hubiera dejado de importarle. O puede que nunca le importara y que mamá lo arrastrara a los partidos.
East se muestra igual de escéptico que yo.
—¿Qué pretendes?
La expresión de papá se viene abajo. Creo que le ha dolido de verdad.
—No busco nada —responde con brusquedad—. Sé que hace un tiempo que no veo jugar a mis chicos.
Easton resopla.
Hay un silencio incómodo en la mesa hasta que Ella lo rompe.
—Callum, ¿podemos hablar después de la cena?
—Claro. ¿De qué?
Ella baja la vista hacia su plato.
—Eh… Sobre mi… herencia. Tengo varias preguntas…
—Claro —repite, pero en esta ocasión su expresión es más alegre.
El resto de la cena transcurre con rapidez. Después, los gemelos se marchan a la sala de juegos mientras Ella y mi padre entran en su despacho. East y yo recogemos la mesa. Normalmente bromearíamos y charlaríamos de chorradas para hacer que la tarea fuese menos aburrida, pero East no dice ni una palabra cuando metemos los platos en el lavavajillas y guardamos las sobras en el frigorífico.
Joder. Echo de menos a mi hermano. Apenas hemos hablado desde que Ella volvió. Apenas hablábamos antes de eso. Odio esta situación. Mi vida parece desequilibrada cuando East y yo vamos cada uno por nuestro lado.
Easton cierra el frigorífico y se dirige a la puerta, pero lo detengo antes de que salga de la cocina.
—East —lo llamo con la voz ronca.
Él se da la vuelta despacio.
—¿Qué?
—¿Volveremos a estar bien otra vez?
No sé si son imaginaciones mías, pero creo ver un destello de arrepentimiento en sus ojos. No obstante, desaparece antes de que pueda estar seguro de ello.
—Necesito fumar —murmura.
Mi pecho se deshincha por la derrota cuando vuelve a girarse. Pero no se va. Entonces, dice sin mirarme:
—¿Vienes?
Me doy prisa por seguirlo y espero que no se note lo ansioso que estoy. Pero, joder, es la primera vez que quiere estar cerca de mí en mucho tiempo.
Salimos de casa por la puerta lateral y nos dirigimos a la cochera.
—¿Adónde vamos? —pregunto.
—A ninguna parte. —East quita el pestillo trasero de su camioneta y después salta para sentarse en la parte de atrás de esta. Saca una pequeña cajita de su bolsillo, la abre y extrae un porro ya liado y un mechero.
Al cabo de unos segundos, salto y me siento a su lado.
Easton lo enciende, le da una calada larga y, después, habla, oculto tras los círculos de humo que salen de sus labios.
—Has conseguido que Ella recupere su trabajo.
—¿Quién te ha dicho eso?
—Wade. —Me pasa el porro—. He ido a su casa después de clase.
—Pensé que iba a hacer un trío.
—Al final ha sido un cuarteto.
Exhalo una nube de humo.
—¿Sí? Creía que últimamente solo te interesaba tirarte a las ex de los Royal.
Mi hermano se encoge de hombros.
—Nadie dijo que fuese inteligente.
—Tampoco que fueras rencoroso —señalo con tranquiliadad—. Lo entiendo. Estás cabreado conmigo y por eso te liaste con Abby. ¿Pero Savannah…? Sabes que Gid todavía está pillado.
East tiene la decencia de sentirse culpable.
—No pensé en Gid cuando tonteé con Sav —admite—. La verdad es que no pensé en nada.
Le devuelvo el porro.
—¿Vas a ser sincero y contárselo a Gid?
Mi hermano sonríe con frialdad.
—Seré sincero con Gid cuando él decida serlo conmigo.
¿Qué demonios significa eso? No digo nada más al respecto porque no he venido aquí para arreglar la relación de Gideon y East. He venido para salvar mi relación con él.
—Estaba equivocado.
East frunce el ceño, confundido.
—¿Equivocado sobre qué?
—Sobre todo. —Me tiende el porro y le doy una buena calada que me deja algo mareado. Al respirar, confieso todo lo que he hecho este año—. No debería haberme tirado a Brooke. No debería habértelo ocultado. No debería habérselo ocultado a Ella. —La marihuana no solo despeja mi mente, sino que me suelta la lengua—. Se marchó por mi culpa. La alejé.
—Sí, fue culpa tuya.
—Lo siento.
No contesta.
—Sé que te asustaste cuando se fue. Que te dolió. —Me doy la vuelta y observo su perfil tenso. Entonces, yo también me tenso cuando se me pasa algo por la cabeza.
—¿La quieres? —pregunto con voz ronca.
Gira la cabeza hacia mí.
—No.
—¿Estás seguro?
—No la quiero. No como tú.
Me relajo un poco.
—Aun así, te importa.
Claro que sí. A todos nos importa, porque esa chica entró en nuestra casa como un vendaval y devolvió la vida a las cosas. Trajo hierro y fuego. Nos hizo reír de nuevo. Nos dio un propósito; al principio, nuestro objetivo era destruirla. Después, nos pusimos de su lado, y decidimos protegerla y quererla.
—Me hacía feliz.
Asiento con impotencia.
—Lo sé.
—Pero entonces se marchó. Huyó sin mirar atrás, como…
«Como mamá», termino la frase por él, y un sentimiento de agonía se instala en mi pecho.
—Ya —murmura East—. ¿No es para tanto, vale? Ha vuelto, así que ahora todo va bien.
Miente. Sé que todavía le asusta la posibilidad de que Ella coja sus cosas y se vuelva a marchar.
A mí también. Apenas me ha hablado desde la noche que nos besamos. La noche que lloró. Lloró tanto que me rompió el puto corazón. No sé cómo hacer que las cosas mejoren. No sé cómo ayudar a East ni a Gideon.
Pero lo que sí sé es que esto no es solo por Ella. Los problemas de abandono de East van más allá de eso.
—Mamá no va a volver —me obligo a decir a mí mismo.
—¿No me digas, Reed? Está muerta. —Easton empieza a reír, aunque no está divertido en absoluto—. Yo la maté.
Joder.
—¿Cuántos porros te has fumado hoy, hermanito? Porque estás delirando.
Tiene una mirada sombría.
—Nunca he estado tan cuerdo. —Vuelve a reír, pero ambos sabemos que no disfruta con esto—. Mamá seguiría aquí si no fuese por mí.
—Eso no es cierto, East.
—Sí lo es. —Da una larga calada y exhala otra nube gris—. Fueron mis analgésicos, tío. Los tomó y sufrió una sobredosis.
Lo observo con brusquedad.
—¿De qué cojones hablas?
—Descubrió dónde los escondía. Pocos días antes de morir. Estaba en mi habitación colocando ropa. Tenía esa mierda guardada en el cajón de los calcetines. Los encontró. Se enfrentó a mí, me los requisó y me amenazó con mandarme a rehabilitación si volvía a encontrar recetas. Pensé que había tirado las pastillas por el desagüe, pero…
Mi hermano se encoge de hombros.
—East… —Mi voz se apaga. ¿Lo cree en serio? ¿Lo ha creído durante dos años enteros? Tomo aire despacio—. Mamá no sufrió una sobredosis de analgésicos.
Él entrecierra los ojos.
—Papá dijo que sí.
—Eso fue solo una de las cosas que tomó. Vi el informe de toxicología. Murió por una combinación de mierdas. E incluso si solo se hubiera tomado los analgésicos, ella podría haber obtenido una receta fácilmente. —Le quito el cigarrillo de la mano y le doy una buena calada—. Además, ambos sabemos que fue culpa mía. Tú mismo lo dijiste, fui yo quien la mató.
—Lo dije para hacerte daño.
—Funcionó.
Easton me mira.
—¿Por qué crees que fuiste tú?
La vergüenza trepa por mi columna vertebral.
—Sentía que no era lo suficientemente bueno —admito—. Sabía que estabas enganchado a las pastillas. Sabía que a Gid le pasaba algo. La noche antes de que mamá falleciera, papá y ella discutieron por una pelea que tuve. Odiaba que me pelease, en cambio, a mí me gustaba demasiado hacerlo. Ella lo sabía, y lo odiaba. Yo… yo solo le añadía estrés.
—No fuiste la razón de que muriese. Estaba mal antes de eso.
—¿Sí? Bueno, tú tampoco lo eres.
Nos quedamos callados durante varios minutos. Es incómodo y me empieza a picar la piel. Los Royal no nos sentamos para hablar de nuestros sentimientos. Los enterramos. Fingimos que nada nos afecta.
East termina el porro y mete la colilla en su pequeña caja.
—Me voy dentro —murmura—. Me iré a dormir pronto.
Apenas son las ocho, pero no digo nada.
—Buenas noches —me despido.
Él se detiene junto a la puerta lateral.
—¿Quieres que te lleve al entrenamiento mañana?
Casi me atraganto ante la repentina oleada de felicidad. Joder, soy un maldito sensiblero, pero… no hemos ido en coche juntos desde hace semanas.
—Claro. Hasta mañana.
Entra en casa. Yo me quedo sentado en su camioneta, pero la alegría y el alivio me duran poco. Siempre supe que arreglaría las cosas con East. También espero arreglar las cosas con Ella, con los gemelos y con Gid. Mis hermanos nunca se enfadan conmigo durante mucho tiempo, por mucho que joda las cosas.
Pero sentarme aquí y confesar cosas con Easton me recuerda que todavía oculto un secreto a mi padre. Peor aún, estaba tan desesperado por asegurarme de que el secreto permaneciese siendo tal que lo animé a que volviera con Brooke.
De repente, tengo ganas de vomitar, aunque las emociones y la marihuana no tienen nada que ver. Brooke ha vuelto porque he sido demasiado cobarde como para admitir mis errores. ¿Por qué no la mandé a la mierda? ¿Y qué si le dice al mundo que soy el padre de su hijo? Un test de ADN y la historia se vendría abajo.
En lugar de eso hice un trato con ella. Metí prisa a mi padre para que volviese con ella porque no quería que se enterara de lo que había hecho. Para que Ella no se enterase. Pero ahora Ella sabe la verdad. Tomo aire y pienso que quizá es hora de que papá también la sepa.