El príncipe roto
Capítulo 23
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Capítulo 23
Ella
Después de una conversación inútil y frustrante con Callum, subo dando pisotones por las escaleras y me tiro a la cama. Callum se siente molesto porque tengo trabajo y quiero devolver la herencia. Me ha sermoneado sobre ello durante veinte minutos antes de que lo interrumpiese para preguntarle si intenta controlarme a mí porque es incapaz de controlar a sus hijos. Sí, todo ha ido muy bien.
No entiendo la importancia que le da. Es mi herencia, ¿no? Y no la quiero. Mientras tenga el dinero de Steve, la gente como Dinah y Brooke siempre intentará quitármelo. Entonces, que lo hagan. ¿Qué más me da?
Solo me permito una hora de conmiseración antes de enviar un mensaje a Val.
«Q haces?»
«BBQ con la fam. Terrible».
«Jordan t molesta?»
«No. Sta arriba haciend maletas. Visita a la abuela (part padre). La mandan allí d vez n cuando xq la vieja sta forrada. Por como hablan de ella s 1 saco d piel relleno d billetes», dice, y no puedo evitar reírme.
«Parece q vivirá para siempre».
«Seguro. Creo q tiene 80».
«Todos estos $$$ me ponen nerviosa. M da la sensación d q si los Royal no tuviesen tanto serían + felices».
«Nena, nadie es + feliz siendo pobre».
Le doy vueltas a esto último. Cuando mamá estaba viva, yo era feliz. Sí, teníamos problemas y a veces parecían insuperables, pero también había mucha risa en nuestras vidas. Nunca dudé de que me quería con toda su alma. Es ese amor absoluto lo que echo de menos. El amor puro, dulce y sólido que me ofrecía y que me mantuvo caliente por las noches y me llenaba el estómago durante el día.
«Aunq fueses rica tampoco hay garantía d felicidad».
«Estudios actuales demuestran q se puede comprar la felicidad».
«Ok! M rindo. Compremos algo d felicidad con mis $».
«Fuimos felices comprando l otro día. Vamos al centro comercial si t apetece. Pero no sta noche. Sta noche tengo q sufrir. D hecho, mi tía me fulmina con la mirada. Hablamos luego».
Dejo caer el teléfono en la cama y miro al techo. Supongo que el dinero puede mejorar las cosas hasta cierto punto. Puede que lo mire de forma equivocada. Quizá puedo comprar la felicidad de los Royal si compro a Brooke. Ella quiere una seguridad que se convierta en la cuenta bancaria Royal, ¿no? ¿Y si pudiera hacer que se marchase ofreciéndole mi herencia? Callum no la quiere. Podría vivir sin ella. Creo que… mmm, creo que puede ser una buena idea. Solo desearía tener alguien a quien contársela.
Mis dedos tamborilean contra la colcha de la cama. Hay alguien que conoce a Brooke mejor que yo, y vive en esta casa.
Uf. ¿Es esta una excusa para hablar con Reed? Quizá. Me deshago del pensamiento y me levanto para buscarlo.
No resulta fácil. Los Royal se han separado. Lo más probable es que Seb y Sawyer estén en casa de Lauren. La puerta de Easton está cerrada y tiene la música tan alta que no me oye cuando llamo a la puerta. O puede que sí y me ignore. Echo un vistazo a la habitación de Reed, al final del pasillo. La puerta está abierta, pero él no está.
Deambulo por la gran casa hasta oír ruido. Proviene del gimnasio. Un golpe rítmico me hace bajar las escaleras, hasta llegar al sótano. La puerta está abierta y veo que Reed golpea un gran saco con los puños. El sudor le cae por la cara y hace que su torso brille. Uf. Está tan bueno…
Digo a mis hormonas que se tranquilicen y abro más la puerta. Reed gira la cabeza en mi dirección de inmediato.
—Hola —saludo en voz baja.
Él agarra el saco, se echa hacia atrás y se limpia la cara con una mano envuelta en esparadrapo. Tiene los ojos enrojecidos y me pregunto si alguna parte de la humedad que le cubre la cara podría no ser por el ejercicio físico.
—¿Qué tal? —pregunta, y se le quiebra la voz.
Con la excusa de beber agua, agacha la cabeza y coge una botella.
—Los gemelos se han ido. Y la puerta de la habitación de Easton está cerrada con pestillo.
Él asiente.
—Los gemelos han ido a ver a Lauren. Easton está… —Se detiene como si buscase las palabras adecuadas—. Easton está… —Vuelve a detenerse y sacude la cabeza.
—¿Qué pasa? —inquiero—. ¿Está bien?
—Mejor que hace un par de horas.
—¿Y tú… estás bien?
Al cabo de un momento, niega con la cabeza despacio.
A pesar de las alarmas que resuenan en mi cabeza, doy un paso hacia él. Esto está mal. Mi muralla defensiva se ha venido abajo. Noto cómo me rindo ante él. Él me atrae con sus besos adictivos, su fuerza y la vulnerabilidad que ha dejado de ocultarme.
—¿Qué ha pasado?
Lo observo tragar saliva.
—Yo… —Se aclara la garganta—. He intentado decírselo.
—¿Decirle qué a quién?
—A mi padre. He ido a su estudio. Estaba preparado para contarle lo que hice.
—¿Lo que hiciste…? —repito como una idiota.
—Lo de Brooke —escupe—. Le iba a contar lo de Brooke. Pero he sido un gallina. Me he quedado en la puerta y no he podido llamar. Imaginaba que sentiría asco y decepción… así que me he rajado. Me he dado la vuelta, he venido aquí y ahora golpeo el saco y finjo que no soy un cobarde y un cabrón egoísta.
Un suspiro asciende por mi garganta.
—Reed.
—¿Qué? —murmura—. Sabes que es cierto. Por eso me odias, ¿no? ¿No es porque soy un gilipollas egoísta?
—Yo… no te odio —susurro.
Percibo un destello de algo en sus ojos. ¿Sorpresa? ¿Esperanza, quizá? Después desaparece y la tristeza invade su mirada.
—Dijiste que nunca me perdonarías —me recuerda.
—¿Por qué? —Mis labios se tuercen y esbozo una sonrisa amarga—. ¿Por acostarte con alguien antes de estar conmigo? ¿Por intentar que me alejara de ti?
Él se frota los labios, inseguro.
—Por todo. Por no contarte lo de Brooke. Por no estar ahí cuando me necesitabas. Por aprovecharme de ti la noche que Daniel te drogó…
—Sabía lo que hacía aquella noche —lo interrumpo—. Si hubiese dicho que no en algún momento, no me habrías tocado. Quería que pasase, así que, por favor, no me hagas sentir mal y convertirlo en algo que no es.
Él tira la botella a un lado y acorta la distancia entre nosotros.
—Vale. No siento lo que ocurrió esa noche. Tengo muchas cosas por las que disculparme, pero no voy a mentirte. Aquella fue una de las mejores noches de mi vida. —Levanta una mano y me acaricia la mejilla—. Y, después de aquello, viví los mejores días de mi vida, porque tenía ganas de abrazarte todas las noches.
Sé lo que quiere decir. Después de que ambos bajásemos la guardia las cosas entre nosotros fueron… perfectas. Nunca había tenido un novio de verdad, y cada segundo que pasé con Reed, cuando nos besábamos, hablábamos o nos dormíamos juntos, fue nuevo y maravilloso, y me encantó.
—Echo de menos a mi madre —confiesa, acongojado—. No me di cuenta de ello hasta que llegaste. Creo que eras como un espejo. Te miraba y contemplaba lo fuerte que eres, y me di cuenta de que yo no tenía la misma fuerza que tú.
—Eso no es cierto. No te valoras lo suficiente.
—¿Y no es probable que tu me valores demasiado?
No puedo evitar reír.
—No creo que haya sido así desde hace tiempo.
Reed sonríe con cierto remordimiento.
—Sí, ahí me has pillado. —Después su cara recobra seriedad—. Me gustaría hablarte de mi madre. ¿Te parece bien?
Asiento despacio. No sé lo que está pasando entre nosotros ahora mismo, pero sea lo que sea… me siento bien. Algo de este chico siempre me ha hecho sentir bien, incluso cuando no se portaba bien conmigo, incluso cuando juré no volver a enamorarme de él.
—Vale, me ducho y, luego, hablamos. No vayas a ninguna parte —murmura al alejarse—. ¿Me lo prometes?
—Te lo prometo.
Se dirige al baño adjunto. Val o yo habríamos tardado veinte minutos en ducharnos, pero Reed acaba literalmente en dos. Todavía está empapado cuando sale con una toalla en la cintura y otra en la mano que usa para secarse el pelo corto.
El agua se desliza por su cuerpo y traza un interesante recorrido a lo largo de su pecho y sus abdominales, hasta detenerse en el tejido que le cubre la cintura. La toalla parece estar bien sujeta, pero estoy bastante segura de que se le caería con un ligero tirón.
—¿En tu habitación o en la mía?
Alzo la cabeza. Él sonríe, pero no dice nada. Chico listo.
—En la mía —respondo.
Reed extiende la mano y dice:
—Tú primero.