El príncipe roto
Capítulo 24
Página 27 de 39
Capítulo 24
Cuando llegamos arriba, Reed se mete en su habitación para cambiarse y yo me hago con un par de refrescos de mi mininevera y lo espero. Al regresar le doy una Coca-Cola, él se sienta a mi lado en la cama y se gira para quedarnos cara a cara.
—Sabes que mi padre engañó a mi madre, ¿verdad?
Yo me muestro dubitativa. Según Callum, nunca tocó a otra mujer mientras estuvo casado con Maria, pero, por alguna razón, sus hijos se resisten a creerlo.
Reed percibe la duda en mi rostro.
—Es cierto. Le era infiel mientras viajaba por todo el mundo con el tío Steve, el cual, por cierto, le puso los cuernos a Dinah desde el primer día.
Me trago una bola de infelicidad. Odio oír cosas así de mi padre, y es raro porque ni siquiera lo conocí.
—Aunque a Dinah no le importaba. Se casó con el tío Steve por su dinero, todos lo sabíamos. Además, ella también le era infiel. Pero mamá era diferente. A ella le importaba.
—¿Tenía pruebas de que Callum la engañara? —pregunto con vacilación.
—Él estaba fuera todo el tiempo, siempre con Steve, un tío al que le costaba no sacársela cada dos por tres.
Yo me encojo.
—Eso no son pruebas, Reed. Es una sospecha. ¿Por qué estás tan seguro de que es culpable?
—Porque lo es —persiste Reed. Quiero rebatirlo un poco más, pero no me da la oportunidad—. Mamá estaba deprimida y tomaba muchas pastillas.
—He oído que hubo una confusión con sus recetas. Su médico fue a la cárcel o algo así, ¿no?
—No hubo ninguna confusión —responde con amargura—. Tomaba pastillas para tratar la depresión y el insomnio, pero empezó a automedicarse y a tomar más pastillas de las que debía. También bebía… —Le tiembla la voz—. Poco a poco, empeoró, pero papá nunca estaba en casa, así que nos tocó cuidarla a nosotros.
—Es un asco no poder hacer nada por alguien —murmuro, y pienso en cómo tuve que cuidar de mi madre cuando estaba enferma.
Sus ojos brillan al darse cuenta de que sé exactamente lo que se siente cuando ves a alguien que quieres sufrir una enfermedad y sabes que no puedes hacer una mierda para ayudar a esa persona.
—Sí. Es lo peor del mundo.
—¿Cómo sabes que no fue un accidente? —pregunto.
Él toma aire despacio.
—Nos dijo a Gid y a mí que nos quería, pero que no podía más. Que lo sentía mucho. —Hace una mueca dolorosa—. Pero esas palabras no significan nada, ¿no?
Cierra los ojos, repugnado, como si recordase cuántas veces me ha dicho eso mismo a mí desde que regresé a Bayview.
El adiós de Maria hizo más mal que bien. Si hubiese muerto sin profesar su amor y su arrepentimiento, quizá Gideon y Reed habrían podido convencerse a sí mismos de que su muerte fue un accidente. En lugar de eso, cargan con la culpa de no haber hecho lo bastante para mantenerla con vida.
Me doy cuenta de que Maria fue tan mala como Callum. Igual de egoísta. Igual de necesitada. No debería sorprenderme que sus hijos tengan sus mismos defectos.
—Lo odié por lo que le hizo. Todos lo hicimos. Y seis meses después de que falleciese, empezó a traer a Brooke a casa. Quise matarlo. Era como si escupiese en la tumba de mamá.
Suelto aire temblorosa y me pregunto cómo pudo ser Callum tan estúpido. ¿No podía haber esperado un poco más antes de exhibir a su novia delante de sus hijos?
—Estuvieron juntos un año y entonces Brooke empezó a tontear conmigo —admite Reed—. La cagué. Sé que la cagué. Lo irónico es que lo hacía para devolvérsela a mi padre, pero nunca tuve agallas de decírselo.
—¿Por qué no dijiste nada aquella noche? —espeto—. ¿Por qué me dejaste pensar lo peor?
Levanta la cabeza y me mira a los ojos.
—Estaba avergonzado. Sabía que tenía que confesarte lo de Brooke y tenía miedo de que me odiases por ello. Después me contó que estaba embarazada. Sabía que no podía ser mío, pero… me quedé paralizado. No podía moverme. Literalmente. Lo intenté, pero no podía. Y después me enfadé, conmigo mismo, con ella y contigo.
Me tenso.
—¿Conmigo?
—Sí, por ser todo lo que deseé que fueras. —Su voz se vuelve ronca—. Mira, la gente conoce a los Royal por su dinero, su físico y ya está. Nos rendimos ante el primer signo de presión. El negocio de papá está a punto de quebrar, empieza a ser infiel. Mamá empieza a automedicarse y después… muere. Yo… —Traga saliva—. Yo estaba enfadado con mi padre, así que me acosté con su novia.
Aprieto la mandíbula con fuerza y los dientes me rechinan, pero no digo nada.
—En cuanto oí el portazo fue como si me hubiesen liberado de la cárcel. Corrí detrás de ti. Estuve toda la noche buscándote.
Pero yo ya me había ido, me senté en un autobús y estaba decidida a alejarme todo lo que pudiese de Bayview.
—Lo siento. —Me toma la mano y entrelaza sus dedos con los míos—. Siento haberte hecho daño. Siento no haberte contado la verdad antes.
Suelto aire, temblorosa.
—¿Reed?
—¿Sí?
—Te perdono.
Su respiración se entrecorta.
—¿Sí?
Asiento con la cabeza, y la mano de Reed tiembla cuando me levanta el mentón.
—Gracias.
Me acaricia el pómulo con el pulgar, dibujando un arco en mi piel, y me enjuga una lágrima. No me había dado cuenta de que estaba llorando.
La emoción que me sube por la garganta me dificulta hablar:
—Quiero olvidar…
Él me besa antes de que termine la frase. Unos labios cálidos se posan contra los míos y yo abrazo sus fuertes hombros y lo acerco a mí.
Su respiración me hace cosquillas en los labios.
—He echado de menos esto. Te he echado de menos.
A continuación, me vuelve a besar. Por todas partes. Me roza las mejillas, la garganta y los párpados cerrados con los labios. Explora mi cuerpo con dulzura y calma, y yo lo disfruto. Uno de sus muslos se cuela entre mis piernas y presiona mi zona más sensible.
—Reed —susurro, pero no sé lo que quiero.
Él sí.
—Esta noche no.
Aprieto los muslos alrededor de su pierna. Su cuerpo vibra contra el mío y él deja escapar un gemido. Después se mueve, se echa a mi lado y coloca mi cabeza sobre su pecho.
Estar de nuevo en sus brazos es genial. También había echado de menos eso. Pero tengo miedo de que este momento de felicidad no dure, porque todavía hay demasiados obstáculos en nuestras vidas.
—¿Reed?
—¿Mmm?
—¿Qué vamos a hacer con lo de Brooke?
—No lo sé.
—¿Y si le doy mi herencia?
Su respiración se detiene.
—Papá nunca te permitiría hacer eso.
—Lo sé. —Me desplomo sobre la cama—. He intentado dársela a él. Brooke me dijo que Callum esperaba que Steve os dejara algo.
Reed me mira.
—Por favor, dime que se ha negado.
—Se negó.
—Bien. No necesitamos ese dinero. Es tuyo. Nosotros tenemos más que suficiente.
—Brooke dice que nunca se tiene suficiente.
—Brooke es una zorra que se apropia del dinero de los demás.
La frustración crece en mi interior.
—¿Por qué ha vuelto con ella? ¿Solo porque está embarazada? Vivimos en el siglo veintiuno. Incluso Callum sabe que no tiene que casarse con ella solo porque la haya dejado preñada.
Reed se tensa, y levanto la cabeza de inmediato.
—¿Qué has hecho? —pregunto.
—Hice un trato con ella —admite—. Ella mantendría la boca cerrada sobre lo de que es bebé el mío, lo cual es mentira, y a cambio yo hablaría con mi padre.
—Dios mío. Era una idea terrible.
—Lo sé. Soy un idiota, pero estaba desesperado. Habría accedido a cualquier cosa a esas alturas.
—Obviamente —respondo en un tono sombrío.
Ambos nos quedamos callados durante un segundo.
—Necesitamos encontrar una forma de deshacernos de ella. —dice en voz baja y de forma inquietante—. No puedo vivir con esa mujer aquí. No quiero que esté cerca de ti.
Yo me muerdo el labio porque me preocupa lo que le pueda pasar a Reed si se descubre la verdad. Callum ya piensa que es demasiado permisivo con los chicos. Si descubre lo de Reed y Brooke, será otra señal de que necesita tomar las riendas con más fuerza. No sé si estoy en desacuerdo con la manera de pensar de Callum. Los chicos Royal podrían mejorar con un poco de disciplina en sus vidas. El problema es que no sé qué camino tomaría Callum. ¿Los mandaría a una escuela militar?
No me imagino vivir en este museo gigante sin los chicos. Supongo que yo también soy un poco egoísta.
—No hagas nada de lo que puedas arrepentirte —le aviso.
Me estrecha con más fuerza.
—No voy a prometer nada que no pueda cumplir. Sabes que haría cualquier cosa por ti. Por nosotros.
Me acerco más a Reed. Acabo de recuperarlo y no quiero discutir. Al menos, no esta noche. Entrelazo los dedos con los suyos.
—¿Estás seguro de que a todos les parece bien que me quede con la mitad de la empresa de Steve?
—Sí, ¿por qué?
—Porque no le caigo bien a Gideon.
—Nena, es todo lo contrario. Gid piensa que no soy lo bastante bueno para ti.
¿Eso es lo que le pasa a Gideon? Nunca ha sido malo conmigo, pero siempre se ha mantenido distante.
—¿Por qué piensa eso? —pregunto, incómoda.
—Su vida no es perfecta ahora mismo. Tiene… problemas.
¿Problemas? ¿Tirarse a la viuda de mi padre es uno de ellos? Me pregunto si Reed lo sabe.
—¿Qué problemas?
—No está pasando por un buen momento.
Sí, esto no me gusta. Soplo para quitarme un mechón de pelo de la cara.
Creo que necesitamos dejar de tener secretos entre nosotros.
Reed alza la mano libre.
—Te juro que, si pudiera contártelo, lo haría. Pero son los problemas de Gideon, no los míos.
Me reincorporo y me siento junto a él.
—Se acabaron los secretos —digo, esta vez con más firmeza—. ¿Quieres que empiece? Vale, empezaré yo.
—Empezar con qué…
—Easton y yo pillamos a Gideon y Dinah juntos —lo interrumpo.
Él también se reincorpora.
—¿Lo dices en serio? ¿Y me lo cuentas ahora?
Observo su expresión.
—No pareces sorprendido. —Mi tono se vuelve más serio—. ¿Por qué no te sorprende, Reed? ¿Lo sabías?
Él vacila.
—¡Lo sabías!
Reed se encoge de hombros.
Me aparto el pelo de los ojos enfadada.
—¿Por qué está con Dinah? —inquiero—. ¿Y por qué le importa si estamos juntos? La noche que te pillé con Brooke, Gideon me pidió que nos viésemos, ¿te lo contó? Por eso fui a tu habitación aquella noche, para contártelo.
—No, no me lo contó —responde Reed, con el ceño fruncido—. ¿Qué te dijo?
—Que me alejase de ti. Que me harías daño y que demasiada gente había salido herida. ¿Qué quería decir con eso?
Él vuelve a encogerse de hombros.
—Reed, te juro que si no me dices lo que pasa no volveremos a estar juntos. No puedo soportar más mentiras. Lo digo en serio.
Él exhala y, luego, contesta:
—Justo después de que mamá falleciese, Gideon y yo fuimos a una gala benéfica a la que papá se suponía que tenía que asistir, pero se rajó. Estaba demasiado ocupado haciendo algo con Steve. Nos emborrachamos.
Gruño molesta.
—¿Qué tiene que ver aquello con todo esto?
—Querías saber lo que le pasa a Gid. Pues te lo estoy contando. —Reed refunfuña—. Dinah fue a esa gala benéfica.
—Oh.
Me muerdo el labio. Dios, quizá, después de todo, no quiera saber los detalles.
—Sí. Había estado tonteando con Gid durante algún tiempo, lo pilló al salir del baño y ellos… eh, se liaron un rato.
—Reed, ¿sacaste de ahí la idea de «voy a tirarme a la novia de mi padre»?
Su expresión de culpabilidad lo delata.
—Quizá —suspira—. Bueno, después de eso no dejó a Gid en paz. Lo acorralaba constantemente y soltaba comentarios sórdidos como que le gustaban las cosas frescas, jóvenes y maduras.
No puedo evitar poner cara de asco.
—Es muy desagradable.
—Y que lo digas. Quería más. Como si estuviese obsesionada con él. De hecho, lo está. Después de esa fiesta, intentó seducirlo de forma descarada. Me contó cosas horribles que no querrías saber. Pero él se enamoró de Savannah y no quiso tener nada que ver con la cazafortunas de Steve. Así que una noche Dinah le pidió a Gid que fuese a su casa. Le dijo que tenía que enseñarle algo; mi padre y Steve estaban fuera de la ciudad, como siempre. Gid fue al ático. —Reed se detiene—. Cuando volvió, me dijo que se había acostado con Dinah.
—Puaj. ¿Por qué?
—Porque ella lo chantajeó —responde Reed sin emoción.
—¿Lo dices en serio? ¿Con qué?
—Fotos. Consiguió el teléfono de Gid, supongo que se lo dejó en la cocina o algo cuando Dinah vino algún día a casa. Husmeó entre sus cosas y encontró fotos que Gid y Sav se habían enviado.
—¿Subidas de tono?
—Sí.
—¿Y qué? —Sigo confusa—. La gente se manda fotos como esas todo el tiempo.
—Las autoridades están tomando medidas contra eso. Hubo dos chicos de Raleigh acusados de siete delitos de pornografía infantil cuando los padres de la chica descubrieron que se habían estado mandando mensajes subidos de tono. A la chica le retiraron la beca de la Universidad de Carolina del Norte. Si solo hubiera estado en juego el cuello de Gid, lo más probable es que la hubiera mandado a la mierda, pero Dinah juró que involucraría a Sav y que incluso enseñaría las fotos al colegio entero.
Ahora me siento incluso peor.
—¿Entonces Dinah lo chantajeó para que se acostara con ella?
—Así es. Hace más de un año. Él rompió con Sav, y eso la destrozó.
Pienso en Savannah, una chica fuerte e irritable. Sus sonrisas son finas y sus palabras, hirientes. Si quería a Gideon de verdad, entonces el dolor que ha sufrido ha debido de ser terrible.
—Es horrible.
Reed hace una mueca.
—Me va a matar por habértelo contado.
—Me alegro de que lo hayas hecho —respondo con dureza—. Porque ahora podemos trazar un plan.
—¿Un plan para qué?
—Para salvar a Gideon de Dinah. No podemos dejar que le haga esto. De lo contrario, perderá la cabeza.
—A veces siento como si esto fuese un plan ideado por Dinah y Brooke. Como si nos hubiesen separado y hubiesen decidido destruirnos, uno a uno. También a Steve. —Reed niega con la cabeza—. Parece una locura cuando lo digo en voz alta.
—¿Crees en serio que Brooke y Dinah han planeado esto?
—Son amigas. Creo que papá se tiraba a Brooke antes de que mamá muriese, pero no sé nada sobre ellas. Steve se presentó con Dinah un día y ella llevaba un anillo en el dedo. Aunque casarse con ella no le impidió acostarse con otras mujeres.
—¿Qué más sabemos sobre Dinah? ¿Y dónde crees que tiene las pruebas contra Gid? ¿Crees que se las ha enseñado a alguien?
—Lo dudo, porque a Gid lo habrían arrestado hace tiempo.
—Si podemos conseguir esas fotos, Dinah no tendrá nada para chantajear a Gideon. —Pienso en ello—. ¿Cómo las encontramos? ¿Sería tan tonta como para tenerlas en el ático? ¿Lo bastante inteligente como para hacer copias?
—No lo sé. Pero puede que tengas razón. Si encontramos todo lo que tiene para chantajearle y nos deshacemos de ello, podríamos olvidarnos de este tema para siempre.
—¿Y qué pasa con Brooke?
—Brooke… —repite con asco—. Necesitamos una prueba de paternidad. No entiendo por qué papá no se las hace.
—Yo tampoco.
Me muerdo el dedo hasta que Reed me lo saca de la boca.
—Vas a comértelo si sigues pensando en ello. ¿Podemos dejar de hablar de Brooke y Dinah? Por lo menos durante un rato.
—¿Por qué?
Su mirada se vuelve sexy.
—Porque ahora mismo tenemos mejores formas de pasar el tiempo.
—¿Haciendo qué…?
Antes de que termine, me da la vuelta y posa sus labios sobre mi cuello.
—Esto, por ejemplo —susurra.
Yo jadeo.
—Oh… vale.
Sus dedos encuentran un trozo de piel desnuda sobre mi cintura. Aunque una chica con más voluntad habría podido contener un escalofrío, yo nunca he sido capaz de resistirme a Reed. Y, ahora, me parece inútil intentarlo. Sobre todo cuando me gusta tanto que me toque.
Reed entierra la nariz en mi cuello y continúa su recorrido por mi cintura como si fuese feliz solo con hacer eso. Y, durante un rato, es lo único que necesito yo también. Dejo que el silencio nos invada y disfruto de sus simples caricias. En este momento de paz me doy cuenta de que es la primera vez en mucho tiempo que he estado tan tranquila con una persona.
—¿Me perdonas de verdad? —pregunta.
Yo acaricio su pelo oscuro y brillante. Cuando miro a Reed, su cuerpo ejercitado y sus marcados rasgos, a veces olvido que tiene un corazón tan frágil como el mío. Pero se supone que los tíos no son sensibles, así que esconden sus sentimientos tras una imagen seria y grosera o un comportamiento idiota.
—De verdad.
—¿Aunque me comporte como un gilipollas?
—¿Has acabado de comportarte como un gilipollas conmigo? —Le tiro del pelo un poco más fuerte de lo necesario.
Él agacha la cabeza como si dijese «me lo merecía».
—Hace tiempo. Justo después de nuestro primer beso. Ni siquiera he mirado a otra chica desde que te conocí, Ella.
—Bien. Y si me tratas como la diosa que soy y no me engañas, entonces sí, no me importa.
—Soy complicado.
Lo que significa que quiere con fuerza y teme que le vuelva a dejar plantado como ya he hecho, como hizo su madre.
—Sí… pero eres mi chico complicado —susurro.
Su risa se amortigua cuando su boca se pasea por mi clavícula y me besa con suavidad el pecho. El delicado encaje de mi sujetador parece al instante rugoso y áspero. Me muevo, impaciente. Él se desliza hacia abajo y su pecho presiona la suavidad de mi abdomen. Entonces, se apoya en mi entrepierna excitada.
Le agarro del pelo; no estoy segura de si quiero que vuelva a mi boca o que siga el camino hacia abajo. Pero Reed tiene sus propios planes. Levanta el dobladillo de mi camiseta despacio. Yo la agarro y me la quito por la cabeza con impaciencia.
Él sonríe.
—¿Te he dicho ya lo mucho que me gustan tus pijamas?
—Son cómodos —respondo a la defensiva.
—Ajá —murmura, pero la sonrisa de superioridad permanece en su cara cuando echa las manos hacia atrás y se quita su camiseta.
Me olvido de la respuesta mordaz que iba a soltar y coloco una mano sobre su torso.
Él cierra los ojos y se estremece. Tiene las manos en los costados; las abre y las cierra continuamente. ¿Me está esperando? Me gusta esto, que se controle hasta que le diga que siga.
—Tócame —exclamo en voz baja.
Sus ojos se abren de par en par y el calor que emiten me hace jadear. Me echa hacia atrás y ataca mis pantalones de yoga como si le hubiesen ofendido personalmente. Yo levanto las caderas y me los quito porque no quiero que haya nada entre nosotros dos. Quiero sentir su cuerpo pegado al mío.
Entonces, me desabrocha el sujetador. Después su boca me cubre y mi cuerpo entero empieza a temblar. Cuando me besa un pezón, dejo escapar un sonido desesperado y ahogado, y le clavo los dedos en los hombros.
Estaba equivocada. El contacto con su piel no me alivia. Hace que me sienta más salvaje, más excitada y más descontrolada que nunca. Y cuanto más baja, más me excito.
—Reed —gimo y echo la cabeza hacia atrás.
—Chsss —responde—. Déjame.
¿Que le deje qué? ¿Bajar hasta que me abra las piernas con los hombros como nunca había imaginado? ¿Hasta que pose la boca justo ahí y su lengua me haga sentir que estoy en el paraíso? ¿Dejar que me toque de forma que una vez creí que me haría sentir incómoda?
Él gime perdido en su propio placer y yo dejo que me convierta en un cuerpo incapaz de pensar. Arqueo la espalda, retuerzo los dedos y agarro las sábanas cuando un torrente de puro éxtasis me invade.
Al cabo de un rato, se levanta y me deja jadeando y temblando. Se echa a mi lado y me doy cuenta de su excitación a través de los calzoncillos.
Reed sonríe cuando me pilla.
—Ignóralo. Se me pasará en un rato.
Me acerco a él.
—¿Por qué querría ignorarlo?
Se tensa cuando poso una mano sobre él.
—Quería que esta noche fuese para ti —protesta, pero sus ojos arden de deseo cuando introduzco la mano en sus bóxers.
—Bueno, yo quiero que sea para los dos —susurro.
Me encanta sentirlo en mi mano y, por su respiración agitada y sus ojos entrecerrados, creo que disfruta de cada segundo.
—Ella… —Empuja las caderas—. Joder. Más rápido.
Observar su cara es lo más excitante. Tiene las mejillas sonrosadas y los ojos perdidos. Cuando lo beso, su lengua se entrelaza con la mía hasta que ambos nos quedamos sin aliento.
La excitación que sentía en la entrepierna vuelve a aparecer y Reed parece notarlo, porque sus dedos me encuentran. Tratamos de volvernos locos el uno al otro. Y funciona. Me agarro a él con fuerza porque, si voy a perderme, quiero llevarlo conmigo. Su boca se posa en la mía y nos movemos en perfecta sincronía hasta que me dejo llevar y me ahogo en un mar de felicidad.