El príncipe roto

El príncipe roto


Capítulo 25

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Capítulo 25

—¿Has visto a Reed? —pregunta Callum a alguien en el pasillo.

Al oír su voz tan cerca de mi puerta, me levanto de inmediato. Un brazo fuerte me detiene y me devuelve al colchón.

—Lo más seguro es que haya ido al entrenamiento de fútbol —responde Easton.

—Vaya, es temprano. ¿No deberías estar tú también allí?

—Esa es mi intención, pero alguien me está interrogando sobre el paradero de mi hermano —replica Easton con mordacidad.

Callum gruñe, se ríe o bufa. No soy capaz de distinguir qué hace exactamente. Sacudo los hombros de Reed hasta que abre los ojos.

—Es tu padre —susurro.

Él cierra los ojos a modo de respuesta y frota la mejilla contra mi mano.

Callum vuelve a hablar.

—Me han llamado de Franklin Auto Body y me han dicho que Reed ha llevado un coche, pero veo su todoterreno ahí fuera. El coche de Ella no está. No habrá vuelto a escaparse, ¿no? 

Detecto un leve tono de cansancio en su voz. Me pregunto si le hice sentir mal al hablarle sobre la herencia. Quizá piensa que él me ha hecho sentir mal a mí, y por eso le preocupa que me haya escapado.

—No, hubo un pequeño incidente con el coche de Ella. Algo relacionado con miel, pero estaba demasiado avergonzada como para contártelo. Reed lo ha llevado a que lo limpien.

—¿Algo relacionado con miel?

—Sí, no te preocupes, papá —exclama Easton, y después sus pisadas se extinguen por el pasillo.

Echo un vistazo al reloj y calculo que es hora de moverme si quiero llegar a tiempo a la pastelería. Lucy me ha dado una segunda oportunidad y no pienso volver a cagarla. Paso por debajo del brazo posesivo de Reed y me doy cuenta de que estoy en ropa interior.

Andar casi desnuda delante de Reed me da mucha más vergüenza que quitarme la ropa frente a un montón de extraños. Encuentro su camiseta en el extremo de la cama y me la pongo con rapidez.

Reed se coloca boca arriba y lleva una mano debajo de la cabeza. Me observa con interés mientras camino por la habitación y me preparo.

—No hace falta que te tapes por mí —dice despacio.

—No me he tapado por ti. Lo he hecho por mí misma. 

Ríe, y el sonido es ronco, leve y sexy.

—Todavía eres virgen, señorita inocente.

—No me siento muy inocente —replico.

—Tampoco lo pareces.

Me posiciono frente al gran espejo que cuelga sobre mi escritorio. Estoy completamente despeinada. Como si una familia de animales salvajes se hubiese instalado en mi cabellera.

—¡Dios mío! ¿Así es como se le queda a la gente el pelo después de acostarse con alguien?

Aunque, ¿se considera sexo cuando no llegas hasta el final?

A mis espaldas, Reed se levanta. Está demasiado guapo para ser tan pronto. Me aparta un poco de pelo y me besa el cuello.

—Estás preciosa y muy sexy, y si me quedo aquí un poco más, perderás la virginidad al igual que has perdido las bragas que llevabas ayer.

Acto seguido, me da una palmadita en el culo y sale de mi habitación vestido solo con sus calzoncillos. Doy gracias a Dios por no oír a Callum gritar horrorizado.

Cuando Reed se marcha, me humedezco el pelo en el lavabo, me pongo unos vaqueros, unas zapatillas de deporte y una camiseta de encaje negro bastante atrevida que me ponía a menudo cuando trabajaba en la estación de servicio en la que estaba antes de que Callum me encontrara.

Reed pasa por delante de mi habitación cuando salgo. Se detiene, me recorre el cuerpo con la mirada y levanta un dedo.

—Quédate aquí.

No lo hago, porque como ya le he dicho un millón de veces, no soy un perro. 

Lo sigo a su habitación y lo encuentro rebuscando en el armario.

—¿Qué haces?

—Buscar un uniforme.

Pongo los ojos en blanco.

—No hay que ponérselo los viernes.

El viernes es el único día que nos permiten no llevar el uniforme al colegio, aunque el director Beringer parece preferir que nos vistamos con algo que anime al equipo de fútbol los días que hay partido.

—Eso no quiere decir que puedas vestirte así y provocar el caos en el colegio.

Reed aparece con una camisa de cuadros azules y blancos.

—No puedo esperar que te vistas con mi jersey, ¿verdad?

Hago una mueca. No estoy preparada para declarar al mundo entero que he vuelto con Reed Royal. Ya tengo bastante mierda con la que lidiar en el colegio, y no estoy segura de cuánto complicará esto las cosas.

Reed suspira, pero no discute.

Dejo que me ayude a meter los brazos en la camisa y le acerco a la cara el brazo para que vea que me queda grande.

—¿Cómo se supone que tengo que llevar esto?

Él hace un gesto circular con el dedo índice.

—Enróllate las mangas. ¿No se supone que llevar ropa ancha está de moda? No pasa nada si le robas la ropa a tu novio.

Al oír la palabra «novio» siento que mi temperatura corporal aumenta unos cinco grados, pero no puedo dejar que Reed sepa el efecto que tiene sobre mí o lo usará en mi contra todo el tiempo.

—Están de moda los vaqueros anchos, pero vale. Solo por esta vez —gruño al tiempo que me enrollo las mangas para poder llevar la camisa en la pastelería sin manchar los puños de harina.

Cogemos algo para picar de la cocina antes de salir.

—¿Qué quieres hacer este fin de semana? —pregunta Reed cuando nos ponemos de camino a la pastelería.

—No quiero ir a ninguna fiesta que organice alguien del Astor. —Arrugo la nariz—. Deberíamos hacer algo con Val porque Tam es un gilipollas y no quiero que esté sola.

—Hay una granja que tiene un gran laberinto de maíz y un concurso de tiro de calabaza a la que podríamos ir.

—¿Podríamos? ¿Te refieres a ti y a tus hermanos? —pregunto, esperanzada.

—Claro, todos nosotros. Descargaremos nuestra testosterona con las calabazas y, luego, tú y yo podemos ir a liarnos en los maizales.

—Pareces muy seguro de ti mismo.

Sonríe de forma burlona.

—Esta mañana tenía arañazos en la espalda.

—¡No es cierto! —exclamo y, después, tomo aire—. ¿En serio? —pregunto en voz baja y me miro las uñas.

Reed no deja de sonreír, pero es inteligente y cambia de tema.

—¿Cómo está Val?

Escondo las manos bajo los muslos.

—No está bien. Echa de menos a su ex.

Ojalá se diera cuenta de que está mejor sin el infiel de Tam, pero no soy de las que aconseja sobre relaciones. En la habitación trasera de los clubs nocturnos se arruina más de una amistad cuando una mujer intenta mencionar las obvias imperfecciones del novio de una amiga.

De repente, me asalta un pensamiento. Reed tiene un año más que yo. El año que viene seguiré en el Astor Park y él se irá. Una vez dijo que quería poner un océano de por medio entre él y Bayview. Ahora sé por qué, pero pensar en que se marchará es algo devastador.

—¿Voy a tener que preocuparme por ti cuando te marches a la universidad? —pregunto nerviosa.

—No. —Apoya una mano sobre mi rodilla y me aprieta—. El chico de Val quiere intentar un montón de cosas, pero yo ya… —Se detiene para buscar las palabras correctas—. No quiero que lo que voy a decir sobre tu padre suene mal, pero Steve tuvo a todas las mujeres del mundo y ninguna lo hizo feliz. No necesito acostarme con muchas mujeres para saber lo que quiero.

Ay, sus palabras… sus palabras son como rayos de sol que atraviesan los poros de mi piel con dulzura. Al instante, rezo para no haber cometido un error al aceptar darle otra oportunidad. No creo que pudiera sobrevivir si volviera a romperme el corazón.

Reed se detiene en la puerta de la pastelería y se inclina para colocar una mano sobre mi nuca. Antes de poder protestar me besa con fuerza y posesividad.

—Te veo en el aparcamiento —gruñe contra mi boca.

No espera que responda y se marcha con velocidad a entrenar. Me doy una colleja mental por disfrutar de su actitud cavernícola, pero no puedo dejar de sonreír al entrar en la pastelería.

***

La mañana pasa volando. Pensé que me deprimiría, que echaría de menos la compañía de Reed y que se me haría eterna, pero, en lugar de eso, me siento llena de energía. Quizá tenga algo que ver con el hecho de que casi me he acostado con Reed. Me pregunto cómo me sentiré después de llegar hasta el final. ¿Como una superheroína? ¿Cómo si fuese capaz de saltar sobre altos edificios y levantar con un dedo aviones que caen del cielo?

Ni siquiera me importa encontrar un par de bragas usadas en mi taquilla. Es decir, voy a tener que empezar a llevar guantes de goma a todos lados, pero ni siquiera quienes me atormentan en el Astor Park pueden hacer que me venga abajo.

—¿Te acostaste con alguien anoche? —pregunta Val cuando dejamos las bandejas del almuerzo sobre la mesa.

¿Tengo alguna señal en la frente? 

—¿Por qué lo dices?

—Tienes una expresión enfermiza de felicidad que la gente suele mostrar cuando se acuesta con alguien.

—No, no me he acostado con nadie —le prometo.

—Pero has hecho algo. —Me inspecciona con cuidado, como si hubiese algún rastro que ponga de manifiesto que Reed me ha tocado—. ¿Con él? —Señala con la cabeza hacia la caja, donde Reed está pagando su almuerzo. Mi expresión debe de haberlo confirmado porque gime y dice—: Entonces es cierto. Has vuelto con él. ¿Por qué?

Me irrito.

—¿Qué? ¿Ahora vas a dejar de ser mi amiga? —inquiero con ironía.

Su expresión se suaviza al instante.

—¡No! Claro que no. Pero no lo entiendo. Dijiste que no podías perdonarlo.

—Supongo que estaba equivocada —suspiro—. Lo quiero, Val. Quizá eso me convierta en la tía más estúpida del planeta, pero quiero que las cosas con él funcionen de verdad. Yo… lo echo de menos.

Ella deja escapar un sonido de frustración.

—Yo también echo de menos a Tam. Mira las tonterías que hice la otra noche. ¿Y para qué? No podemos volver con estos gilipollas. De lo contrario, no seremos capaces de mirarnos a la cara.

—Lo sé, y créeme, si estuviese en tu lugar, yo también pondría los ojos en blanco. 

Me muerdo la comisura del labio. No puedo revelar los problemas de Reed porque son privados, pero quiero que Val me entienda. El único motivo por el que me presiona es porque le importo, y se lo agradezco.

—¿Y entonces por qué? ¿Se le da bien arrastrarse y pedir perdón?

¿Por qué he perdonado a Reed? No fue porque su vida ha sido triste y me haya hecho sentir bien, porque esas no son razones para estar con alguien que trata a una chica como Reed me trata a mí.

Mi conexión con él es… complicada. Ni siquiera yo la entiendo a veces. Solo sé que lo comprendo profundamente, que su pérdida me recuerda a la mía. Que su felicidad está ligada a la mía. Que su esfuerzo por encontrarle el sentido a este loco mundo me resulta extrañamente familiar.

Intento explicárselo a Val con cuidado.

—He vuelto con él porque no sé si hay alguien a quien entienda mejor o que me comprenda a ese mismo nivel. No lo sabías, pero un par de semanas después de que llegase me dio un ataque y empecé a pegar a Reed en el coche.

Val frunce los labios.

—¿En serio?

Me alegra verla sonreír. La amistad de Val es tan importante para mí como lo que está ocurriendo ahora mismo en mi vida. 

—De verdad. Me apartó con una mano mientras me llevaba a casa. E incluso cuando me decía que me odiaba, me llevaba al instituto todos los días. No sé cómo explicarlo, pero siento que somos iguales. Algunos días estoy con las hormonas revolucionadas y sensible, y, otros, él es un gilipollas, pero estamos hechos del mismo material. Somos igual de inestables.

—¿Has intentado salir con otro tío?

—No. Pero creo que si lo hiciera, no funcionaría. Él no sería… Reed.

Ella suspira, aunque es un sonido cargado de aceptación.

—No voy a fingir que lo entiendo, pero después de la otra noche, decidí que voy a pasar página.

—Puede que sea mejor esperar hasta que desaparezcan los moratones. ¿Qué dijiste a tu familia?

—Les dije que me choqué contra una puerta. Es cierto en parte, excepto que la puerta era la cara de una tía.

—¿Iremos al partido esta noche?

Picotea algo de comida de su bol vegetal de quinoa.

—No sé. Creo que voy a pasar de los chicos del Astor.

—¿Qué me dices del tío bueno sentado al lado de Easton? 

Echa un vistazo detrás de mí.

—¿Liam Hunter?

—Parece… intenso.

—Lo es. Y lo más seguro es que esté en la cima de mi lista de tíos a los que evitar. Es como Tam. Un chico pobre con un gran peso sobre sus hombros que quiere tener éxito. Me usaría como un pañuelo y después me tiraría. —Le quita el tapón a la botella de agua—. Lo que necesito es un niño rico que no sienta apego por la gente, solo por las cosas. Si no se encariñan conmigo, yo no me encariñaré con ellos.

Empiezo a contestar que no funciona así, que puedes enamorarte de gente a la que no soportas. El ejemplo somos Reed y yo. Me enamoré de él cuando me intentaba alejar y me trataba fatal. Seguí queriéndolo a pesar de descubrir cosas horribles. Pero Val no me escucha. Todavía está cegada por su dolor, y solo oye su voz.

—Si necesitas usar a un niño rico, yo soy el indicado.

Ambas nos damos la vuelta y vemos a Wade pasar junto a nuestra mesa.

Val lo analiza con frialdad. Noto que le gusta lo que ve, pero no me sorprende. Wade está bueno.

—Si te usase, tendrías que abstenerte de otras tías. 

—¿A qué te refieres? —inquiere él, confundido. La fidelidad es un concepto extraño para él.

—Quiere decir que mientras os uséis el uno al otro, no podrías salir de esa relación de follamigos —explico.

Él frunce el ceño.

—Pero…

Val lo interrumpe.

—Olvídalo, Wade. Te haría cosas que te volverían loco, y después no serías capaz de volver a disfrutar porque me compararías con el resto de chicas. Y ellas nunca estarán a mi nivel.

Él abre la boca, y yo sonrío porque es la primera vez que veo que alguien tiene ese efecto sobre Wade.

—Sabe cosas —afirmo, aunque no sé de qué hablo.

—Sabes cosas —repite él con voz ronca.

Val asiente.

—Así es.

Wade se pone de rodillas al instante.

—Oh, querida dama. Por favor, permitidme que introduzca mi miembro en su cueva del placer y la lleve a los cielos que solo los inmortales conocen.

Val se levanta y coge su bandeja.

—Si esa es tu forma de decir guarradas, tienes mucho que aprender. Ven conmigo.

Ella se marcha.

Wade se gira hacia mí y repite sin voz «decir guarradas», emocionado como un niño.

Yo me encojo de hombros, le digo adiós con la mano y él corre tras Val. Literalmente.

—¿Se puede saber de qué iba eso? —pregunta Reed, y deja su bandeja junto a la mía. 

—No. La verdad es que no creo que pudiese explicártelo aunque me lo pidieras.

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